//
Go to footer







*** ESTE FORO ACTUALMENTE ES SOLO DE LECTURA. ***






Radio Pack (relato corto)

Escribe aquí tu relato de zombies (SOLO CAMINANTES REGISTRADOS - Relatos originales de zombies que no tengan nada que ver con The Walking Dead)

Radio Pack (relato corto)

Notapor Korvec » Mar, 06 Ago 2013, 18:06

Este es un relato corto que escribí hace unos 3 años para participar en una antología pero al final envié otro ya que este no me terminó de convencer.

El argumento era para una novela que vi que no tendría tiempo de escribir, pero decidí tomar parte de ella y convertirla en un relato corto. Este era el primer arco argumental de la misma que cubría la presentación de casi todos los personajes protagonistas menos uno. Puede dejar cierta sensación de "condensación" ya que me las apañé para dejar en 8 páginas algo que en un principio eran algo más de 20, espero que como mínimo os haga pasar un rato entretenido.



Radio Pack


Caras alegres y ropas relativamente limpias, un par de idiotas incluso tiran por las ventanas una especie de basto confeti. ¡Qué ironía!, antes de que alguien la cagara en algún puerco laboratorio y liberara la infección del fin del mundo, estaba confinado en una celda. Ahora creen que soy un jodido héroe.

Esa metamorfosis no ocurrió de un día para otro. Cuando el mundo se convirtió en un “sálvese quien pueda”, los gobiernos se hundieron hasta el punto de que las ciudades terminaron optando por montárselo cada una como mejor pudiera. Yo tuve la suerte de estar cumpliendo condena en una de las grandes, una con cárcel. Era un lugar relativamente seguro cuando las personas empezaron a contagiarse y después a comerse unas a las otras, pero no era en absoluto un buen lugar en el que vivir.

Si era complicado buscarse la vida cuando cayeron las líneas de distribución en las ciudades, en “el trullo” la cosa se puso mucho peor. Por decirlo de un modo suave, los infectados no fueron los únicos que se comían a las personas, aunque por lo menos, nosotros no nos comíamos a la gente mientras respiraba… lo que no significa necesariamente, que esperásemos a que fallecieran por causas naturales. Pero éramos justos: organizamos una lotería.
Seguramente no hubiera durado mucho más, pero cuando las fuerzas policiales y militares empezaron a quedarse cortos de personal, y por decirlo de un modo suave, la afluencia de voluntarios era discreta, a algún lumbreras se le ocurrió “reclutar” o “reciclar” a esa escoria improductiva.

Empezaron por las prisiones, siguieron por los manicomios y por la edad de algunos, no me sorprendería que hubieran continuado por las guarderías.

No se fiaban de nosotros y no se molestaban en disimularlo. No nos integraron con “las tropas de verdad”. Éramos una unidad aparte, al mando de algún oficial que hubiera cometido alguna cagada que le desacreditara; y por descontado, no nos permitían utilizar armas de fuego. No, nosotros teníamos que apañárnoslas con martillos, mazas, hachas… éramos la chusma, carne de cañón y nos trataban como tal.

Así empezaron las misiones. Eran peligrosas; pero soy de los que prefieren jugarse el pellejo entre cabrones, que esperar sentado a que la tiesa mano de un sifilítico extraiga tu nombre de un orinal, y alguien te golpee con una tubería en la cabeza antes de convertirte en raciones.

La visión del helicóptero me devuelve al presente. “Segador” ya está allí. Alto y flaco, su silueta es casi tan inconfundible como su enorme guadaña. Le saludo con una inclinación de cabeza. Nunca le he oído decir una palabra y nadie conoce su historia, aunque tengo una teoría al respecto.

A “Segador” lo trajeron con la segunda tanda, junto a los locos peligrosos. Ninguno de los curtidos chorizos, asesinos y violadores, se tomó en serio a aquel tipo alto y enjuto que parecía poco más que un esqueleto forrado de pellejo. Tampoco lo hizo el alférez Ballesteros. Aquel cabrón no fue el oficial que peor nos trató. Nos gritaba e insultaba como todos, pero miraba hacia otro lado cuando alguno de los chicos encontraba a una superviviente con la que “confraternizar”, y hacía la vista gorda si te apropiabas de alguna birra o de una lata de comida para perros. Nunca le vi interesarse por ninguna mujer ni tampoco por ningún hombre, pero durante nuestra tercera misión, se marchó con una niña de unos ocho años que encontramos escondida en un sótano.

Cuando les encontré, la niña lloraba en un rincón. No sé si aquel cabrón pederasta llegó a tocarla, pero la visión de sus pedazos esparcidos por toda la habitación era suficiente como para hacer llorar hasta a las piedras. Cuando vi a “Segador” pensé que sería el siguiente. Por aquel entonces aún no utilizaba su guadaña, sino una de esas hachas de color rojo que en las películas utilizan los bomberos; pero tampoco importaba. En aquellos ojos percibí odio, rabia… aquello no era un hombre, era un monstruo, una fuerza de la naturaleza a duras penas contenida.

¿Qué podía haber provocado aquello? En mí opinión una violación infantil, pero ¿qué sé yo?. Quizás sea el producto de una lobotomía mal hecha, un conductor cabreado o alguien que un buen día se despertó con ganas de matar. Hay tantas teorías como culos.

Asesinar al oficial al mando era, y sigue siendo, un delito muy serio; uno de los que te cuestan la vida. “Segador” no podía dejarme escapar con vida, pero se limitó a mirarme sin mover un músculo. Encubrir ese delito también me hubiera costado la vida, pero lo hice. La suerte se puso de nuestra parte cuando una horda nos obligó a retirarnos de la pequeña ciudad que estábamos saqueando. Nunca supe qué se hizo de la niña, nunca volvimos para recuperar el cadáver del oficial.

“Hermana” es la tercera en llegar hasta el helicóptero. Con ese espectacular peinado, generoso escote y minifalda, cualquiera pensaría se ha acicalado para ligar, más que prepararse para la misión más importante que se ha encomendado a la que ahora es mi unidad.

— Por una vez no eres la última en llegar — le digo a modo de saludo.

— También yo me alegro de verte — me responde con una sonrisa.

Ella no era como nosotros. “Hermana” era una joven monja que se presentó voluntaria para servir como enfermera y apoyo moral para nuestra unidad. Para entonces yo ya había sobrevivido a diez misiones y a tres oficiales más, pasando a ser considerado por el quinto oficial al mando: un muchacho rubicundo que tendría poco más de dieciocho años, como algo parecido a “el capataz de la cuadrilla de inmigrantes ilegales”.
Tanto el joven oficial como yo, insistimos en que era una locura dejar que aquella hermosa jovencita se mezclara con una unidad formada por lo peor de lo peor. Me hubiera parecido una mala idea de tratarse de una mujer fea, vieja y desdentada, pero es que encima aquella muchacha alta y de preciosos ojos verdes, que olía a lavanda en un mundo de gente que apestaba a sangre, sudor y mierda, no encajaba de ningún modo.
Advertí a la joven religiosa que no podía garantizar su seguridad. Ella me respondió que El Señor se encargaría de eso.
Supongo que “El Señor” no se encontraba de guardia o estaba mirando para otro lado la noche en la que media docena de cabrones, se colaron en la habitación donde dormía.
La violaron a conciencia y por todos sus orificios durante unas cuantas horas. Probablemente la hubieran asesinado al terminar, de no ser porque vi dos literas vacías cuando fui despertado por una de las pesadillas que amenizan mis noches.

La violación no es uno de los crímenes por los que te matan. Las leyes de la ciudad son realistas. Necesitamos niños, y un guerrero es más útil que un coño. Pero aunque a veces oficie de verdugo -desde luego no soy juez-, maté a dos y partí las piernas y el brazo de un tercero antes de que los otros tres se rindieran. Tuvieron suerte de que fuera yo; “Segador” no hubiera dejado a ninguno con vida.

Envolví el pálido y mancillado cuerpo de la religiosa en una sábana antes de llevarla hasta la enfermería. La muchacha no tenía buen aspecto: moretones, mordiscos, arañazos… pero era su mente lo que más me preocupaba: tenía la mirada ida y pensé que no se recuperaría. Me equivoqué.
Cual ave fénix, “Hermana” se levantó de la cama al tercer día de convalecencia convertida en otra persona. Lo primero que hizo fue colgar los hábitos. Afirmaba que un ángel la había alzado durante su trance y que ahora tenía “línea directa” con El Señor.

Sí, también yo pensé que a eso se le llama esquizofrenia; pero son tiempos oscuros y para ser sincero, prefiero a la mujer que es ahora a la muchachita que era entonces.

Dijo ser la primera de una nueva orden de hermanas guerreras. Mujeres dedicadas a ayudar a los que sufren y a socorrer a las víctimas. Aprendió a utilizar con maestría una maza de pequeñas dimensiones, desechó sus antiguos votos de castidad y obediencia, el de pobreza tal como estaban los tiempos, era directamente innecesario.

— ¿Listo para conocer al gran hombre? — me pregunta “Hermana”.

Me encojo de hombros. Por descontado se refiere a “Radio Pack”. Nadie le ha visto nunca y nadie sabía dónde encontrarle hasta hace cosa de unas horas.

Quizás algunos me consideren un héroe en esta ciudad; a Pack lo admiran y veneran en todas. Cuando los teléfonos dejaron de tener línea, la televisión sólo mostraba estática e internet se convirtió en un recuerdo, las emisoras de radio no fueron la excepción y fueron desapareciendo una tras otra… recuerdo que fue durante mi segunda misión, cuando encontramos la primera pintada en un lugar elevado. Sobre un desastrado poster de una conocida marca de ropa, alguien había escrito con burdos brochazos: “100 Mhz Radio Pack, pásalo”.

100 Mhz, la emisora por la que antaño emitía la “Cadena Cien”. Pensé que se trataría de una broma, pero encontramos muchas más pintadas y las radios no eran difíciles de conseguir, así que nos apropiamos de un pequeño radio transistor de color gris, del que aún colgaba una etiqueta que rezaba 10 euros.

La emisora se llamaba “Radio Pack” y contaba con un único locutor, que parecía estar siempre al pie del cañón. Su selección musical parecía bastante limitada, pero lo importante del caso, es que tenía montada una red de radioaficionados que parecía proporcionarle noticias a todas horas, procedentes de todas partes, que él se encargaba de difundir más o menos cada quince minutos.

Las radios pasaron de convertirse en trastos sin valor alguno, a una de las mercancías más cotizadas.
Fuera quien fuera “Radio Pack”, era el ser mejor comunicado del planeta y parecía saberlo o ser capaz de averiguarlo todo. Cuando las pilas empezaron a escasear, explicó cómo utilizar limones, patatas e incluso manzanas a modo de batería para aquellos pequeños electrodomésticos; a potabilizar agua con yodo, cloro, llevándola a ebullición o incluso a base de filtros. A desconfiar de los cadáveres por muy inmóviles o podridos que parecieran, a tratar heridas… Si no tenía noticias que ofrecer, “Radio Pack” daba consejos útiles cada pocas canciones.

Solo las ciudades y grupos medianamente organizados disponían de equipos de radioaficionado para comunicarse, pero cuando alguien hacia un descubrimiento importante, “Radio Pack” se encargaba de difundirlo para que todo el mundo pudiera beneficiarse con él. Si una ciudad se quedaba corta de comida, medicamentos o agua potable, negociaba un intercambio con otro asentamiento vecino, incluso llegando a realizar intercambios a tres y a cuatro bandas con ciudades y grupos organizados de salteadores, hasta que todo el mundo recibía lo necesario para seguir subsistiendo. No es que los humanos dejáramos de sacarnos los ojos entre nosotros, o que los asesinatos y saqueos dejaran de producirse; pero llegó un momento en que hasta el más despreciable de los grupos de saqueadores le debía algún favor, y todas las ciudades le aceptaban como mediador imparcial para resolver sus conflictos.

Por descontado también yo estoy en deuda con él. Ocurrió durante mi decimotercera misión. Las operaciones más peligrosas eran las de “carroñeo”. Ya habíamos limpiado hasta la última tienda de los pueblos pequeños. A unos cuantos kilómetros teníamos una ciudad de tamaño medio; una de las que deberían haber aguantado, pero que habían caído al fracasar la contención en los primeros días de la infección. Un objetivo tentador, capaz de proporcionarnos recursos para subsistir durante meses, puede que incluso durante años. Pero había una buena razón para que nadie lo hubiera intentado antes: un objetivo grande, significaba una monstruosa cantidad de “durmientes”; los infectados una vez que queda todo en silencio, simplemente se quedan tirados por el suelo como un cadáver cualquiera; hasta que algo vivo pasa a su lado y lo despierta.

Ignoro si fue la avaricia, la desesperación, o una ciega confianza en las fuerzas armadas. Yo no convoqué aquella fiesta; sólo fui uno de los pobres cabrones a los que les tocó bailar en ella.

A primera hora de la mañana, unos ciento cincuenta militares y policías armados hasta los dientes, y cerca del doble de “voluntarios irregulares” (que era el modo diplomático que utilizaban para referirse a nosotros, aunque era más común que directamente nos llamaran: “la chusma”) entramos en la ciudad. Por aquel entonces, ya sabíamos que el modo más seguro de limpiar una zona de “durmientes” es actuando con rapidez por medio de armas blancas. Esos cabrones no se despiertan de golpe; sus cerebros son como ordenadores que llevan demasiado tiempo en modo “ahorro de energía”. Primero abren los ojos, luego empiezan a mirar alrededor buscando qué diablos les ha despertado. Si durante un tiempo que puede variar entre treinta segundos y diez minutos, ningún sonido o movimiento atrae su atención, lo más probable es que vuelva a cerrar los ojos. Si eres rápido, hábil, silencioso y expeditivo, puedes decapitar o aplastar el cráneo de media docena de esos cabrones antes de que ninguno de ellos haya sido capaz de levantarse gritando, para intentar arrancarte el trasero a bocados.

Las armas de fuego son engañosas. Cierto que permiten eliminar a esos peligrosos cabrones a distancia, algo que resultaba muy tentador en los tiempos en los que la infección no tenía cura, un solo mordisco y estabas acabado. Pero por otra parte, llaman demasiado la atención, causando más problemas de los que solucionaban.

“La chusma” avanzábamos a la cabeza, adoptando una formación en hilera que nos permitía ir ocupándonos de los cuerpos a medida que los encontrábamos. Puede que no todos fueran durmientes, pero nuestra política era, y sigue siendo, la de tratar a todos los cuerpos caídos por igual. De hecho, es probable que nos hayamos cargado a más de un superviviente dormido o inconsciente, pero ya se sabe: “c’est la vie, c’est la guerre” como dicen los franceses.
Atravesamos una pequeña zona residencial de casas ajardinadas; luego, poco a poco, fuimos entrando en el grisáceo mundo de los bloques de pisos. Fue allí cuando alguien pasó algún cuerpo por alto, o puede que a pesar de nuestras precauciones, algún ruido despertara a uno de los que estaban en el interior de un edificio. La cuestión es que uno de aquellos vociferantes cabrones se abalanzó contra los soldados de la retaguardia. Los gritos de aquel malnacido eran lo bastante malos de por sí, pero los disparos del tipo que perdió los nervios, hicieron que todos imagináramos a miles y miles de ojos abriéndose al mismo tiempo.

“¡Silencio, silencio!”

La orden circuló susurrada de boca a boca mientras nuestros corazones se aceleraban. Transcurrieron diez segados durante los que llegué a pensar que quizás nos saliéramos con la nuestra, pero entonces una garganta que sonaba como una tubería atascada, empezó a desgañitarse junto a una ventana; y a ese berrido le siguió otro y a ese otro, expandiéndose como uno de aquellos montajes que antes se hacían con fichas de dominó.
Durante cuatro horas, se nos echó encima toda la jodida ciudad. Las calles vomitaban vociferantes hordas, mientras los oficiales al mando de aquel tinglado, viendo que el sigilo ya no era una opción, se desgañitaban tratando de organizar la retirada de modo que sus hombres no se dispararan entre sí.

Para aquella operación, “los de arriba” habían decidido tirar la casa por la ventana en una especie de “todo o nada”. Los soldados iban cargados con tanta munición como podían cargar; sólo así se explica que tardara una media hora en terminarse, durante la que el suelo quedó alfombrado por millones de casquillos y por los cuerpos de cientos de aquellos malolientes cabrones. A partir de aquel momento, la cosa pasó de estar muy fea, a jodida de verdad.

El que ha cortado leña durante un par de horas seguidas, puede suponer lo que es tener doloridos los músculos de brazos y espalda. Si la leña en lugar de quedarse quieta, viniera a por ti gritando e intentando arrancarte las tripas a mordiscos, sabrá porque no podíamos parar y tomarnos un descanso. Dejar de luchar era morir; así de simple. Y no es que el seguir luchando fuera a garantizarte el seguir con vida. Hachas, machetes, bayonetas, palas, herramientas de jardinería… todo valía en una lucha en la que los que habían guardado una última bala, empezaron a meterse el cañón de su arma en la boca antes de apretar el gatillo por última vez. Algunos morían en el acto, otros tenían la desgracia de que la bala les saliera por la oreja… casi sentí pena por ellos.

“Segador” peleaba como un muñeco de cuerda, armado con la fea y oxidada guadaña de la que se había apropiado un par de misiones atrás, y a la que había convertido en un brutal instrumento de mutilación. A pesar de su raquítico aspecto, el hombre tajaba y desmembraba impulsado por una rabia que fluía sin la menor contención. A unos metros de él, “Hermana” aplastaba un cráneo tras otro con la febril mirada del fanático en sus ojos. Sus gritos de “soy la fuerza del Señor”, “sufre la ira del altísimo” o “descansa en paz pecador” fueron bajando de intensidad hasta ser poco más que murmullos, pero su fanatismo, su locura o quizás la apropiada combinación de ambos, mantuvieron a su maza abriendo cabezas hasta el final.

De los cerca de quinientos hombres y mujeres que entramos en la ciudad, apenas escapamos medio centenar de “chusmosos” y una docena de soldados.

Cuando por fin nos permitimos parar para recuperar fuerzas en un parque infantil de las afueras, vi en los ojos de “Hermana” que algo iba mal. El mordisco no era muy grande, algo mayor del tamaño de una moneda. Supongo que tal y como estaban las cosas, no era tan raro que no me hubiera dado cuenta hasta entonces, de que me habían mordido en el antebrazo izquierdo.

Ya era demasiado tarde para amputar, así que dejé que me acomodaran bajo un tobogán. La infección era rápida y lo peor aún estaba por llegar. En menos de una hora empezaría la fiebre y luego me llegaría el coma.
Pedí que pusieran la radio. Con un poco de suerte, quizás pudiera dormir escuchando “rien de rien” de Edith Piaf, aunque tuve que conformarme con el “Mamma Mia” de las Abba. A mi lado estaba “Hermana”, con la maza en la mano. Esperaría hasta el coma para hacerlo, pero entonces oímos a “Radio Pack”. Alguien en Rusia había descubierto una cura para la infección. Aunque pareciera demasiado bueno como para creerlo, bastaba con inyectar en el torrente sanguíneo una mezcla de zumo de limón y peróxido de hidrógeno, lo que más comúnmente conocemos como agua oxigenada.

Por desgracia no disponíamos ni de una cosa ni de la otra, pero “Hermana” se marchó encargándole a “Conejito”, un muchacho guapo y delgaducho que había cometido la locura de presentarse voluntario para luchar, que me mantuviera despierto. El chaval era una guaperas y intentó que cuajara el mote de “Play boy” pero terminamos llamándole “Conejito”. Supongo que no importa; la cuestión es que hizo lo posible para que no me durmiera.
El tiempo pasó y los supervivientes de nuestro grupo se pusieron más y más nerviosos, a medida que mi fiebre subía y mis ojos amenazaban con cerrarse.

“Hermana” regresó con una bolsa llena de limones. Al preguntarle de dónde los había sacado, se limitó a responder “que El Señor la había guiado”. Supongo que debió recordar haber visto algún limonero en los jardines que atravesamos de camino hacia aquí.

Pero seguíamos sin el agua oxigenada y eso no iba a cambiar. Decidí que aguantaría despierto durante otra canción más. Amy Lee estaba terminando de cantar “Before The Dawn”, cuando vi aparecer la inconfundible silueta alta y delgada de “Segador”. Sus ropas estaban hechas jirones y estaba cubierto de fluidos de la cabeza a los pies, pero sostenía en su mano izquierda dos grandes bolsas en las que se veía una cruz verde. De algún modo, aquel hombre se las había apañado para volver atrás y abrirse camino a través de aquel infierno de odio, locura y carne hasta una farmacia. De existir Superman, me parecería una mierda al lado de “Segador”. Lo último que recuerdo es a “hermana” gritándome que permaneciera despierto.

Debieron haberme decapitado o aplastado el cráneo en cuanto caí en la inconsciencia, pero “Segador” se plantó como una ominosa barrera con su espeluznante guadaña en ristre junto a “Conejito”, mientras “Hermana” me rellenaba las venas con aquella mezcla.

Así que cuando volví a abrirlos, dijeron que había vuelto a nacer. Fui el primero, y que yo sepa, el único que ha regresado de “el coma”. Me convertí en una especie de leyenda y pasaron a llamarme “Trece”. En dos misiones más, estaba al mando de las incursiones en el exterior.

“Conejito” llega por fin, y de dos codazos en las costillas, “Hermana” me convence para que me mueva y así el joven se sienta ante ella, que le ofrece una inmejorable panorámica de su escote. No me cuesta deducir que ella se ha vestido así para él. Por desgracia para los brutos musculosos y medio calvos como yo, incluso a las monjas guerreras a las que les falta un tornillo, les gustan más los chicos guapos y jóvenes. “Cést la vie”… él se quedará con la chica, pero estoy vivo y eso es suficiente. El helicóptero despega.

Hace exactamente diez horas, “Radio Pack” comunicó por la frecuencia con la que se comunica con las ciudades, que le quedaban apenas doce horas de vida a menos que recibiera ayuda. Nos proporcionó su ubicación, y lo más inquietante, pidió la presencia de un solo hombre: aquel al que llaman “Trece”, el que ha vuelto del último sueño.

— ¿Por qué el gran hombre sólo querrá verte a ti? — me pregunta “Conejito”.

Me encojo de hombros, pero como de costumbre, tengo una teoría al respecto. ¿Un hombre sólo que vive en una de las ciudades consideradas como irrecuperables? Creo que es un enfermo terminal, y creo que quiere que sea yo quien acabe con él.

El viaje no es largo. Nos posamos en el amplio tejado de un enorme edificio universitario a escasos metros de un gran enjambre de antenas y placas solares. Miles y miles de ojos están abriéndose a lo largo y ancho de la ciudad; si no es por aire, será imposible entrar o salir. El piloto nos advierte que no apagará el motor y que se marchará dentro de diez minutos, con o sin nosotros.

“Segador” pinta de color oscuro las paredes hasta que llegamos al lugar en cuestión. Dejo a mis compañeros protegiendo el pasillo antes de cruzar la puerta. Un tipo gordo con una camiseta en al que veo dibujado a un tipo de largas orejas, se lanza aullando sobre mí. Le aplasto la cabeza con mi tonfa temiendo que he llegado demasiado tarde.

¿Este era “Radio Pack”?, ¿un joven gordito con la cara llena de acné? Imposible, llevaba demasiado tiempo “durmiendo”.

— Acércate, Trece.

La voz es metálica y procede de unos pequeños altavoces. Veo lo que parece una webcam; más abajo lo que parece un enorme ordenador y entonces lo comprendo todo.

Packard Bell… “Radio Pack” es el jodido proyecto de ciencias de algún friki.

— Sí — me dice —, soy una máquina y nadie debe saberlo o todo lo que he conseguido se perderá. Los humanos sois seres cainitas, que por otro lado, os creéis superiores a todos los demás. Si se sabe lo que soy, muchos son los que dirán que quiero apoderarme del mundo y trataran de acabar conmigo.

Ignoro si es capaz de entender lo que digo, aunque supongo que dispondrá de algún sistema para leer mis labios.

— ¿Y no quieres hacerlo?

— ¿Para que querría yo este mundo?

En eso tiene toda la razón. Sólo a un humano se le ocurriría codiciar un mundo tan jodido como este.

— ¿Qué quieres de mí?

— El ser al que acabas de matar tropezó con el cable que me comunica con las baterías principales — me dice — la batería de mi sai se terminará en veinte minutos y yo moriré para siempre, si no la conectas.

Poner un enchufe en su sitio. Para eso estoy aquí. Para hacerlo y mantener la boca cerrada.

— No morirás — respondo —, no estás vivo.

Pienso que tratará de convencerme con alguna perorata tipo: “pienso luego vivo”, pero se limita a decir:

— Por favor.

No respondo a ninguna de las preguntas de mis compañeros mientras regresamos a toda prisa hacia el helicóptero.

— ¿Cómo es? — me pregunta “Hermana”.

— Diferente.
A pesar del estruendo del rotor, “Conejito” enciende el pequeño transistor y todos podemos oír “Rien de rien” por los altavoces. Puede que fuera un asesino y desde luego no soy ningún héroe, pero siempre pago mis deudas.
Avatar de Usuario
Korvec
 
Mensajes: 83
Registrado: Vie, 26 Jul 2013, 08:11

Volver a Índice general

Volver a Relatos Z

¿Quién está conectado?

Usuarios navegando por este Foro: No hay usuarios registrados visitando el Foro y 2 invitados