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Crónicas zombi: Orígenes

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Re: Crónicas zombi: Orígenes

Notapor Belthazor » Vie, 26 Abr 2013, 00:10

CAPITULO 7: AITOR


-No me puedo creer que estemos haciendo esto otra vez. –Se lamentó Sebas cuando los edificios empezaron a bloquearnos la vista de las afueras de Madrid, indicando que, de nuevo, estábamos adentrándonos en esa ciudad maldita.
Estaba un poco cansado porque la noche anterior me tocó montar guardia. El detalle de dejarnos dormir la noche entera cuando partimos la primera vez no podía repetirse; éramos menos y Maite había insistido en hacer guardias dobles, ya que no sabíamos si por allí podía haber problemas. Además de eso, habíamos perdido un par de horas de la mañana entre los coches abandonados con los que nos cruzamos el día anterior, aunque no solo rellenamos el depósito del coche, sino que también habíamos encontrado algunas mantas extra, que con el frío que estaba haciendo los últimos días nunca venían mal. Si hubiéramos tenido más tiempo podríamos haber registrado más a fondo, porque estaba seguro que encontraríamos ropa utilizable entre las maletas que habían dejado en los coches… pero había reanimados por allí, y las medicinas eran más importantes.
-Esta vez lo haremos bien. –Intenté levantarle el ánimo desde el asiento del copiloto del coche de Agus, que iba sentado cómodamente en el asiento trasero, mirando el paisaje de calles, coches abandonados y reanimados putrefactos ocasionales con el que nos íbamos cruzando.- Ya sabemos que no tenemos que subestimar a la cola que se está organizando detrás de nosotros.

Por muy despacio que fuéramos y todo lo sigilosos que intentáramos ser, era imposible evitar que algún muerto viviente se percatara de nuestra presencia y emprendiera la marcha en una lenta persecución que, si bien podía parecer inofensiva, se volvía más peligrosa cuando llegaba la hora de aparcar el coche y comenzaban a recortar distancia.
-¡Dios! Creo que tu novia tenía razón. –Exclamó Sebas cuando pasamos por delante del Hospital Ruber Internacional, el lugar donde él pretendía ir desde un principio.
“No es mi novia” sentí la tentación de decirle, pero la escena que se estaba desarrollando allí me impresionó tanto que me salieron las palabras.
Desde luego Raquel tenía razón, hasta el impasible Agus tuvo que detenerse a mirar por la ventanilla. Toda la clínica estaba rodeada por un muro, pero en la entrada de las ambulancias tan solo había una valla metálica separando el interior del exterior; delante de la valla habían colocado una barrea de sacos rodeados de espino, y junto a ella había un jeep del ejército abandonado. Al otro lado, en el interior del hospital, por lo menos cien muertos vivientes daban vueltas como idiotas por la zona pavimentada que comunicaba la entrada con el hospital.
-La gran puta… -Murmuró Sebas parando el coche.
-¿Crees que ese jeep funcionará? –Pregunté pensando en que no nos vendría nada mal un vehículo extra, y más uno militar y todoterreno, por si teníamos que movernos fuera de carretera.
-No sé. –Respondió el guardia de seguridad, que seguía mirando embobado la masa de muertos, pero apartó la vista lo suficiente para mirarme alarmado.- No pretenderás…
No le respondí, tan solo abrí la puerta del coche y salí fuera. El reanimado más cercano estaba todavía demasiado lejos para suponer un problema, así que corrí hasta el jeep y me subí a él. Uno de los muertos de la clínica se dio cuenta de que andaba por allí y se lanzó contra la valla con las fauces abiertas, metiendo las manos entre los huecos de la estructura metálica y lanzando gruñidos salvajes cargados de impotencia, ya que le era imposible siquiera acercarse a mí.
No encontré las llaves del jeep, pero lo que sí me encontré fue el cadáver más horripilante que había visto desde que encontramos al hermano de Raquel parcialmente devorado por su propia hermana pequeña. Se trataba de un soldado, a juzgar por los jirones de ropa que aún conservaba, o más bien medio soldado, ya que de cintura para abajo había desaparecido completamente; pero de cintura para arriba no estaba mejor, sus brazos eran solo huesos con algo de carne colgando, su rostro una calavera con un solo ojo y su pecho estaba abierto en canal, mostrando las costillas.
No pude contener una mueca de asco cuando aquel ojo se movió para mirarme y su boca se abrió liberando un lastimoso gemido que quedó en nada, ya que su garganta estaba completamente desgarrada y sus cuerdas vocales debían haber acabado en el estómago de algún otro de sus congéneres.
-¡Eh chaval! ¡Mejor que nos larguemos de aquí! –Me llamó Sebas asomando la cabeza por la ventanilla del coche; tenía razón, los muertos vivientes que todavía podían suponer algún peligro se estaban acercando, y en la valla ya tenía a cinco de ellos intentando atravesarla a empujones.
-¡Voy! –Dije antes de desenfundar el puñal y clavarlo en la cuenca del ojo desaparecido del soldado, acabando definitivamente con su vida… no sabía si de esos seres quedaba algo de lo que fueron estando vivos, pero por si así fuera no podía dejarlo así, en ese estado.
Su fusil estaba tirado a un lado, lo recogí y le quité el cargador… estaba completamente descargado, el soldado había luchado hasta quedarse sin munición. Un estruendo que se escuchó junto a la valla del hospital que hizo levantar la vista alarmado. Los muertos vivientes haciendo presión ya eran más de diez, y la valla estaba empezando a ceder.
De un salto bajé a la carretera y volví al coche.
-Sí, será mejor largarse ya. –Le dije a Sebas.- Es mejor no ponerlos nerviosos.
-Un poco tarde para eso. –Observó Agus; con un crujido, la valla se desencajó, dejando salir a algunos de los muertos a la carretera.
“Esta vez lo haremos bien… por los cojones” maldije mentalmente.
-Que se jodan todos esos ricachones y famosetes, no van a cogernos. –Dijo Sebas arrancando el coche de nuevo.- Vámonos de aquí. Agus, ¿falta mucho para la farmacia?
-En realidad está un poco más adelante. –Respondió.- Después del segundo cruce.
-¿Qué? –Exclamé espantado… esa horda iba a lograr salir en manada del hospital de un momento a otro, no podríamos parar en la farmacia si más de cien muertos vivientes nos iban pisando los talones.- ¡Joder! Qué manera de cagarla así a lo tonto.
Avanzamos todo lo rápido posible para intentar poner metros entre los muertos vivientes y nosotros, pero no iba a servir de nada. No habíamos llegado al primer cruce cuando la valla se vino abajo, y lo que había sido un goteo de reanimados saliendo de ella se transformó en una avalancha de carne muerta.
Llegamos hasta la farmacia y nos bajamos del coche los tres con la marea de muertos a tan solo unos cincuenta metros. El establecimiento estaba cerrado, por supuesto, y cubierto por una reja; no me costaría mucho cargarme el candado de un balazo, pero ese no era el problema más acuciante.
-¿Qué vamos a hacer? –Preguntó Sebas.- Si entramos nos quedaremos atrapados dentro hasta vete tú a saber cuándo… si es que no logran entrar, que teniendo en cuenta los que son es más que probable. Acaban de romper una valla más grande que estos hierrecitos.
Me pasé una mano por la cabeza mientras intentaba pensar en algo. La única solución, porque ponerse a buscar otra farmacia estaba descartado, era avanzar con el coche, alejarlos de allí y dar un rodeo que los despistara para poder volver. Pero era una apuesta arriesgada, dar rodeos por la ciudad perfectamente podía significar sumar más reanimados a la persecución… no obstante no teníamos otra.
-Volvamos al coche, daremos vueltas hasta perderlos y volveremos cuando esté despejado. –Propuse finalmente; sin embargo, Agus ya había pensado otra cosa.
-No hace falta que nos vayamos todos. –Dijo volviendo la vista hacia la horda, que ya estaba a menos de treinta metros.- Abridme esto y yo recogeré todo lo de la lista del doctor. Vosotros podéis coger el coche y despistarlos.
-¿Estás seguro de eso? –Preguntó Sebas no muy convencido.- Si te ven entrar…
-Los distraeremos. –Afirmé sumándome a aquella idea.- No me parece mal, perderemos menos tiempo y, aunque no logremos quitárnoslos de encima, tampoco tendremos que parar, solo habrá que recoger a Agus y marcharnos.
-Está bien, vale, como queráis. –Accedió Sebas.- Pero será mejor que nos demos prisa, porque los tenemos ya aquí.
Sin perder un segundo apunté con el fusil y volé por los aires el candado que mantenía cerrada la farmacia. Entre Agus y Sebas levantaron la estructura metálica lo suficiente para que el primero pudiera pasar, y luego volvieron a cerrarla.
-No dejes que te vean desde fuera o esto no servirá de nada. –Le dije a Agus, que asintió antes de entrar al interior de la farmacia y dejarnos al guardia de seguridad y a mí solos.
-¡Vamos al coche! –Exclamó metiéndome prisa, y no sin razón… los muertos estaban a solo diez metros.
Algunos de ellos fueron hacia la farmacia, quizá porque habían visto a Agus entrar, o quizá porque habíamos estado delante de la puerta un segundo antes y no habían tenido tiempo para recular, pero la cuestión es que, para atraer aún más su atención, disparé una ráfaga de balas contra ellos.
-¡Joder! –Protestó Sebas, que no se había esperado que empezara un tiroteo, mientras subía al coche.- Cuidado con eso, chaval.
Me pareció que me cargaba al menos a un par de ellos, pero la mayoría de los disparos golpearon en sus cuerpos y, como era ya sabido por todos, eso era como si no les hubiera hecho nada, aunque al menos por el impacto lograba hacerles caer de espaldas.
-¿Nos siguen? –Preguntó mi compañero metiendo la primera.
-¡Joder si nos siguen! ¡Dale! –Exclamé yo saltando al asiento del copiloto.
Cuando la primera mano putrefacta golpeó contra el maletero del coche, éste salió disparando calle abajo. Me giré en mi asiento para mirar atrás y asegurarme de que ninguno de esos muertos se dirigía a la farmacia, y por una vez la suerte estuvo de nuestro lado, ya que parecía que todos iban tras nosotros… si es que a eso se le podía llamar suerte.
-Vale, ¿y ahora qué hacemos? –Inquirió Sebas, que estaba empezando a ponerse nervioso.
-Sigue recto, luego te metes a la derecha y después arriba, no quiero que nos metamos demasiado en Madrid porque podría ser peor el remedio que la enfermedad. –Le indiqué.- Tenemos que darle un poco de tiempo a Agus para que lo recoja todo, no quiero quedarme aparcado delante de la farmacia más que lo imprescindible para que se suba al coche de nuevo.
-¿La próxima a la derecha? Creo que eso va a ser un problema. –Dijo señalando hacia delante con el dedo.
-¡Oh mierda! ¡Doble mierda! –Blasfemé al descubrir que algún idiota se había estrellado contra una esquina con su coche, bloqueando el paso.- ¿Es que no puede salir nada bien del todo?
Ya era demasiado tarde para dar la vuelta y buscar otro cruce, la marea muerta avanzaba lenta pero inexorablemente y no nos dejaba más opción que seguir adelante… y el problema era que más adelante había un cordón militar, y una empalizada construida con sacos y rodeada de espino nos cortaba el paso en esa dirección también.
Haciendo un juicio rápido, deduje que los compañeros que estuvieron trabajando en esa zona debieron limpiarla de muertos tras encerrar a los del hospital y después montaron el cordón para contener a los que venían desde el interior de la ciudad. Puesto que no había ningún vehículo, como solía ser habitual en los cordones, y éste seguía intacto, me imaginé que debieron replegarse hacia la zona segura cuando llegó la orden de abandonar la ciudad a su suerte y proteger a los civiles.
“Para lo que sirvió al final…”
-Nos quedamos sin opciones. –Observó Sebas nervioso, buscando con la mirada algún callejón que nos pudiera haber pasado; pero aquella era una zona edificada y no íbamos a tener esa suerte.
-¡Deja el coche! ¡Vamos! –Grité abriendo la puerta y saliendo del vehículo.
Con él no íbamos a llegar a ninguna parte, tendríamos que esquivar a los reanimados a pie.
-¿Y si nos metemos allí? –Sugirió señalando el edificio de un colegio que estaba un poco más adelante.- Saltamos la valla y nos apartamos de los muertos… luego podemos escapar por otro lado mientras ellos siguen aquí.
Como no tenía una idea mejor, me colgué el fusil a la espalda y corrí a su lado en dirección al edificio. “Colegio Virgen de Mirasierra” se leía en letras grandes en un cartel de la fachada principal… lo conocía, era el colegio al que había ido Raquel cuando era niña, antes de que la conociera en el instituto. Esperaba que aquello fuera una buena señal.
Sin embargo, la cosa empezó con mal pie, y nunca mejor dicho, ya que mientras intentábamos saltar al otro lado trepando la valla algo pringoso me hizo resbalar y caí al suelo apoyando mal el pie derecho.
-¡Augh! ¡Mierda! –Me quejé dolorido agarrándome el tobillo.
-¿Qué haces? ¡Vuelve a subir! ¡Rápido! –Exclamó Sebas alarmado desde lo alto, él no había tenido ningún problema para trepar.
Los reanimados más adelantados de la horda estaban casi encima mía. Me puse de pie con dificultad y retrocedí unos pasos para alejarme de ellos antes de comenzar a trepar de nuevo, aunque un muerto demasiado entusiasta logró agarrarme del pie y tuve que desembarazarme de él estampándole la bota en la cara. Sin embargo, no iba a tener una segunda oportunidad, porque los reanimados llegaron hasta la valla y empezaron a empujarla, quizá intentando echarnos abajo, quizá solo por instinto… una caída como la anterior y las consecuencias serían más graves que un pie dolorido.
-Esto cada vez se pone mejor. –Mascullé mientras cruzaba de un lado al otro de la valla, tambaleándome de un lado a otro por los golpes de los muertos.
-¿Crees que resistirá? –Preguntó Sebas dubitativo cuando llegamos al patio del otro lado.
-Seguro. –Afirmé asegurándome de que lo del pie solo había sido el golpe y no me había doblado nada.- Esta valla es más grande y están más repartidos que la del hospital.
-Vale, ya estamos a salvo, ¿y ahora qué? –Insistió el guardia de seguridad.
Era evidente que de nuevo se había quedado completamente bloqueado y sin ideas, así que era yo quien tomaba las decisiones… un rol que no me gustaba por la responsabilidad que suponía. No obstante, antes de poder abrir la boca descubrí que una figura humanoide se encontraba en mitad del patio, caminando hacia nosotros. Inmediatamente la apunté con el fusil, pensando que incluso allí dentro había muertos vivientes; pero en seguida me di cuenta de que no podía tratarse de un resucitado, por la forma en que se movía solo podía ser una persona viva, concretamente una mujer morena y delgada que nos miraba como sin poder creérselo.
-Sebas. –Avisé a mi compañero, que seguía embobado mirando a los muertos al otro lado de la valla.
-Ostias. –Exclamó en un susurro al ver a aquella mujer acercarse.
Como tenía las manos a la vista, iba desarmada y no parecía un peligro me permití bajar el arma.
-¿Sois del ejército? –Me preguntó mirando mi uniforme.- ¡Oh Dios, gracias! Pensaba que no ibais a venir nunca.
Antes de que pudiera reaccionar se echó encima de mí y me abrazó como si fuera un familiar largo tiempo perdido. Hasta que no me soltó no pude volver a tomar aire.
-¿Solo sois dos? –Preguntó extrañada con sus brazos aún alrededor mío.
-Perdona la confusión, pero no somos del ejército. –La corregí apartándola del todo.- Bueno, yo lo era, pero ya no porque… porque en realidad ya no hay ejército.
-¡Oh! –Dijo un poco avergonzada por su primera reacción.- Lo siento, pensé que… ¿qué es eso de que ya no hay ejército?
-¿No podemos hablar esto en otro lado? –Suplicó Sebas desviando la mirada hacia la jauría que seguía pegada a la valla.- No quiero provocarlos más de la cuenta.
-Estoy dentro del colegio, podemos entrar si queréis. –Se ofreció la chica… como me parecía bien apartarnos de la vista de aquellos seres accedí.
-Me llamo Irene, por cierto.- Se presentó ella cuando ya íbamos de camino.
-Yo soy Aitor, él es Sebas. –Nos presenté yo.- ¿Cuánto llevas aquí dentro?
-Desde algo después de Navidad. –Respondió mientras abría la puerta principal del colegio.- Veréis hay una cosa…
La cosa no necesitó más explicación cuando en el umbral de la puerta nos topamos de frente con cinco críos que no debían tener más de siete años, vestidos con ropas harapientas, con la cara y el pelo sucios y que nos miraban con unas caras que daba pena verlos.
-Joder… -Murmuró Sebas al observar la situación.
-Son alumnos míos. –Nos explicó Irene.- Niños, ¿qué hacéis aquí? Os dije que os quedarais en la clase.
-Jessica tiene que hacer pis. –Dijo una de las niñas que había.- Yo también y Miguel también.
Irene suspiró con resignación y se llevó una mano a la frente.
-No tengáis morro que todos sabéis ir al baño vosotros solitos. –Les regañó.
-¿Quiénes son esos? –Preguntó un niño llevándose un dedo a la nariz.
-Son… una visita. –Respondió Irene.- Si tenéis que ir baño id, Marta, si Jessica necesita ayuda ayúdala.
Con miradas cabizbajas los cinco niños se fueron, aunque algunos giraban la cabeza de vez en cuando para volver a mirarnos, pero volvían a mirar al frente en cuando se daban cuenta de que Sebas y yo los estábamos mirando también, casi sin poder creerlo.
-Son… niños. –Dijo el guardia de seguridad.- Niños muy pequeños.
-Si. –Confirmó Irene de forma tan innecesaria como la afirmación de Sebas.
-¿Qué hacen aquí? ¿Has dicho que son alumnos tuyos? –Le pregunté yo.
-Ellos… no vino nadie a recogerlos cuando cerraron el colegio, así que me quedé aquí con ellos. –Dijo.- Llevamos desde entonces sin saber nada.
-¿Llevas todo este tiempo encerrada aquí con esos niños? –Pregunté anonadado.- ¿De qué habéis vivido?
-Había comida en el comedor. –Respondió.- Como para dar de comer a doscientos de esos monstruitos, aunque ya empieza a faltarnos… ahora que me fijo no parecéis un equipo de rescate.
-¿Equipo de rescate? Más bien no. –Dije confirmando sus sospechas.- Yo era militar, pero como ya hemos dicho no hay ejército.
-¿Qué quiere decir que no hay ejército? ¿Todavía no han salido de la zona segura? –Nos interrogó.- ¿A qué están esperando? ¡Llevan más de un mes ahí encerrados!
Sebas y yo nos miramos sabiendo lo difícil que iba a resultar contarle la verdad a esa pobre mujer, que todavía no se había enterado de la mitad de cosas que habían pasado.
-Será mejor que nos sentemos. –Propuse.
-Estoy bien así, me paso todo el día sentada, no hay mucho que hacer aquí. –Respondió a la defensiva, empezando a ponerse nerviosa.- ¿Qué es lo que pasa?
-Cuando digo que no hay ejército es que no hay ejército. –Le expliqué con pesar.- La zona segura… ha caído.
-¿Qué significa eso de que ha caído? –Inquirió.
-Significa que ya no hay zona segura. –Dije sin poder mirarla a los ojos.- Los muertos vivientes lograron entrar y acabaron con todos, los refugiados que había allí están muertos, las tropas destinadas a su protección, que en la práctica eran todas, fueron superadas y arrasadas… ya no hay ejército, ni policía, ni gobierno, ni instituciones, ni nada.
Durante un par de segundos Irene nos miró con los ojos como platos. Por un momento pensé que le había dado un síncope o algo así, pero finalmente abrió la boca para hablar.
-Creo… creo que necesito sentarme. –Dijo retrocediendo hasta chocar contra la pared y dejarse caer al suelo.- ¿Me estás diciendo que no queda nadie que nos vaya a sacar de aquí? ¿Qué todo el tiempo que hemos aguantado aquí dentro no ha servido para nada? ¿Qué todo lo que he…? ¿Cómo podéis saber eso? ¿Estabais en la zona segura?
-Hasta hoy mismo estábamos con un pequeño grupo acampados a las afueras. –Le expliqué.- No supimos nada de todo esto hasta que llegó un hombre que había logrado escapar vivo de la zona segura y nos lo contó todo.
-Aguantar sí ha servido de algo. –Intervino Sebas.- No queda mucha gente viva ya, vosotros tenéis la suerte de estarlo.
-¿Suerte? –Repitió ella mientras unas lágrimas comenzaban a formársele en los ojos.- ¿Suerte para qué? Si todo ha caído, ¿qué nos queda?
-Luchar por salir adelante. –Exclamé.- ¿De qué sirve rendirse? Para morir siempre hay tiempo.
-¿Luchar? Con cinco niños detrás… -Masculló abrazándose las rodillas y agachando la cabeza, exactamente el mismo gesto que había hecho Raquel en la tienda de campaña el día anterior.- ¿Qué habéis venido a hacer aquí? Si estabais fuera de la ciudad, ¿a qué habéis venido?
-En realidad somos tres, uno de los nuestros, el que escapó de la zona segura, está en la farmacia que hay más arriba, cogiendo unos medicamentos que necesitamos. –Le conté.- Seguimos adelante mientras él estaba en la farmacia para apartar a los muertos vivientes del camino, pero nos quedamos bloqueados por el control militar y tuvimos que dejar el coche y saltar la valla para esquivarlos.
-Ya veo. ¿Os importa… podéis dejarme sola un momento? Solo un momento, por favor. –Pidió visiblemente afectada.
Le hice una señal a Sebas para apartarnos y dejarla asimilar toda la información que acababa de recibir. No era sencillo hacerse a la idea de que todo se había acabado, de que la sociedad que conocíamos se había disuelto en un mar de muertos vivientes; el día que llegó Agus y nos enteramos recordaba haber sentido incredulidad primero, y después miedo, mucho miedo, pues no tenía la más remota idea de qué hacer a continuación. Me parecía que, hasta que Maite decidió dar un paso adelante, nos habíamos quedado atascados en esa fase, en la del miedo, la de no saber qué hacer.
-A lo mejor deberíamos decirle que venga con nosotros. –Me dijo Sebas sin que ella, que se había arrastrado hasta un rincón a llorar, pudiera escucharnos.- No tiene mucho sentido que se quede aquí.
-¿Con cinco niños? –Señalé con preocupación.- ¿Cómo diablos vamos a hacernos cargo de cinco niños pequeños si vienen con nosotros?
-Pero dejarlos aquí es inhumano. –Insistió Sebas muy convencido.- Si se les acaba la comida y el agua, ¿qué van a hacer? Imagínate que ella sale a buscar algo que comer y la cogen los muertos… esos críos morirían de inanición aquí dentro.
-¡Ya lo sé, joder! –Exclamé frustrado… aquella era una de las típicas situaciones en la que había que tomar una decisión difícil y apechugar con ella, y me pareció que ninguno de los dos estaba preparado para algo así.- ¿Por qué no hablamos con ella antes? A lo mejor ni siquiera quiere venir…
Dejar que la decisión fuera de otra persona era un verdadero alivio, así que Sebas se aferró a esa opción asintiendo con la cabeza tres veces seguidas.
Dejamos pasar un par de minutos y volvimos a su lado. Al levantar la cabeza para mirarnos tenía el rostro congestionado de haber estado llorando y tuvo que secarse una lágrima con la manga de la camisa.
-Hemos pensado que, si quieres, podríais venir con nosotros. –Le propuse.- Tenemos comida, agua, y siempre será mejor que estar tu sola aquí ahora… bueno, ahora que sabes que va a ser por tiempo indefinido.
Apartó la mirada durante unos segundos, mientras se lo pensaba, antes de volver a hablar.
-Supongo que no es mala idea. –Admitió al final.- Pero, ¿y los niños? ¿Cómo vamos siquiera a sacarlos de aquí?
Ese era un problema a tener en cuenta, porque con la valla rodeada de muertos vivientes la salida de aquel lugar se complicaba enormemente si había que estar pendientes de cinco críos, que a lo mejor ni eran capaces de trepar por ella.
-¿Y allí fuera? ¿Cuántos sois? –Continuó preguntando.
-Somos… además de nosotros dos, Maite y Clara, Toni, Judit, Luís, Érica, Agus y tu novia, ¿no?
“¡Que no es mi novia ya!” pensé frustrado por su insistencia en llamarla así… ¿es que no había notado que no habíamos dormido en la misma tienda de campaña y que no nos habíamos dirigido la palabra antes de marcharnos?
¿Tendría que dar una rueda de prensa o qué?
-Sois doce. –Dijo contando los nombres.
-Bueno, Toni ahora mismo está herido, a Érica le dispararon y no sabemos si saldrá de esta, y Clara, Judit y Raquel no llegan a los veinte años. –Matizó Sebas, a mi juicio innecesariamente.
-Entiendo. –Suspiró Irene.- Entonces creo que solo tengo una opción.
Se puso en pie y se secó las últimas lágrimas que cruzaban su cara.
-Si vais a venir tendríais que ir recogiendo vuestras cosas… y la comida que pueda quedar en el comedor no nos vendría mal tampoco. –Le dije.- Sebas y yo deberíamos ir abriendo camino antes de que Agus se piense que le hemos abandonado en una farmacia y haga alguna tontería.
-Sí, vale… yo iré a… prepararlos. –Dijo con tono raro, pero no le di mucha importancia.
-Vamos fuera. –Le propuse al guardia de seguridad.- Creo que tengo una idea.
Volvimos a salir al patio del colegio, donde el aire era más frío y los reanimados seguían tras la valla gruñendo y mordiendo intentando abrirse paso.
-¿Cuál es esa idea? Porque el coche ahora mismo está rodeado. –Observó Sebas señalando el coche, que se encontraba más o menos en mitad de la jauría de muertos vivientes.
-Es sencillo, la valla rodea todo el colegio, si salimos por el lado de la izquierda caeremos directamente en la calle cortada por el cordón militar, justo en el lado contrario al de los muertos. –Le expliqué.- Podemos salir a esa calle, que debería estar relativamente limpia de reanimados, abrimos el cordón militar para que los muertos puedan pasar sin problemas, los provocamos para que nos sigan y, cuando estén en esa calle, volvemos dentro del colegio y salimos por donde mismo llegamos, que ahora debería estar libre de muertos.
-No suena mal. –Admitió Sebas valorativamente.
-Aun así habrá que darse prisa. –Apuntillé con cierto temor.- No sé si tendremos tiempo para que todos los niños salgan antes de que los reanimados vuelvan.
-Si uno los atrae desde la valla, otro puede volver a taponar el cordón. –Propuso Sebas creyendo haber encontrado una solución al problema, sin embargo negué con la cabeza.
-Podemos apartar el espino y echar los sacos abajo, pero volver a montarlos antes de que se percaten de lo que estamos haciendo se me antoja imposible. –Le contesté.- Habrá que confiar en que vayamos a tener tiempo.
-Más nos vale, si no habremos provocado una carnicería con esos niños…
La calle perpendicular a la plagada por los muertos estaba más o menos despejada. Algunos reanimados se movían a lo lejos, pero ninguno suponía una amenaza a corto plazo. Como correspondía a cualquier lugar donde los militares hubieran estado disparando, había varios cadáveres dispersados por el suelo que, una vez libres de lo que sea que les hacía resucitar, se descomponían devorados por las moscas y los gusanos. No era una imagen bonita, pero después de ver lo que podían hacer cuando se movían, los prefería así, bien muertos y pudriéndose.
-Yo apartaré el espino, tú vigila por si se acerca alguno. –Le indiqué a Sebas mientras me colgaba el fusil a la espalda para tener las dos manos libres.
-¿Cómo vas a apartar el alambre de espino? –Me preguntó desenfundando su pistola y manteniéndose en guardia.
El cadáver de un hombre vestido un con un traje negro y corbata a juego no era más que un esqueleto con un poco de pellejo seco alrededor, pero seguía enredado en el alambre del mismo modo en que lo estuvo antes de que lo remataran de un disparo en la cabeza. Sin pensarlo dos veces lo agarré de los brazos y fui tirando de él, arrastrando el espino a su vez hasta que logré una pequeña apertura, suficiente para que un par de muertos vivientes pudieran atravesarlo a la vez.
-Muy listo, ¿y ahora? –Preguntó Sebas sin dejar de vigilar los alrededores, un par de muertos andantes comenzaban a acercarse, o quizá solo caminaban en nuestra dirección por casualidad, pero todavía estaban muy lejos para ser preocupantes.
-Ahora los sacos. –Respondí.- Ayúdame.
No hizo falta demasiado, cuando apenas habíamos quitado cuatro o cinco sacos de arena, varios reanimados de la horda nos vieron y comenzaron a caminar hacia nosotros.
-¡Ahí vienen, ahí vienen! –Exclamó Sebas alarmado dejando caer el saco que estaba sujetando al suelo.
-Vámonos, los sacos que quedan no van a detenerles. –Le dije tirando de él hacia atrás.
Los muertos vivientes empujaron y los sacos empezaron a caer sin ninguna dificultad. Los que iban delante cayeron al suelo al tropezar con ellos, pero había más detrás para tomar la delantera. El espino les dio más problemas, ya que no parecía importarles lo más mínimo que estuviera allí, y varios terminaron enganchándose en él antes de que otros encontraran el pequeño hueco que les había dejado para cruzar. Resultaba desagradable ver como reaccionaban ante el alambre; lo habitual en una persona era quedarse muy quieta para no clavárselo más y esperar a recibir ayuda, pero aquellos seres no sentía dolor, de modo que seguían dando tirones sin ningún pudor, desgarrando su propio cuerpo y dejando jirones de carne enganchados en las púas.
-Creo que ya nos han visto todos, volvamos dentro. –Propuso Sebas retrocediendo hasta la valla del colegio.
Le seguí y juntos cruzamos al otro lado. Los muertos, siguiendo nuestro plan, habían abandonado sus intentos de alcanzarnos por un lado del colegio para intentarlo desde otro y despejarnos el que necesitábamos. Había funcionado, por una vez algo había salido bien, y eso resultaba satisfactorio.
-Busquemos a Irene y los críos y larguémonos de aquí. –Le dije a mi compañero un poco más animado… pero antes de poder abrir la boca para decir nada más, un sonido retumbante proveniente del interior del colegio nos volvió a poner en alerta.
-¿Qué ha sido eso? –Preguntó Sebas.- Ha sonado como…
-Un disparo. –Terminé la frase por él.- ¡Vamos!
Corrimos al interior del colegio como alma que lleva el diablo con las armas en las manos. No tenía la menor idea de lo que podía estar ocurriendo allí dentro, pero por el camino se escucharon un par de disparos más. ¿Acaso se había colado a alguien más y estaban siendo atacados? ¿Se habrían colado los reanimados dentro y los estaría rechazando Irene? No sabía que tuviera un arma, pero tampoco me había molestado en preguntarlo...
Ya dentro del edificio, el cuarto disparo se escuchó mucho más fuerte y cercano.
-Por allí. –Dije señalando la puerta que llevaba a un pasillo interno del colegio.
El quinto disparo llegué a ver cómo se realizaba. Sebas se tapó los oídos cuando Irene, apuntando desde el pasillo al interior de la clase, disparó con lágrimas en los ojos contra alguien que se encontraba dentro.
Temiendo saber quién se encontraba allí me abalancé sobre ella para derribarla en el suelo... y ella no se resistió. En el impacto su pequeña pistola cayó rodando y ella se quedó desplomada delante de la puerta, conmigo encima contemplado estupefacto la horripilante escena que se había producido en el interior de la clase.
La imagen dentro del aula era dantesca. Los cinco niños habían sido tiroteados con cinco disparos en la cabeza… y lo peor era que no parecía que ninguno se resistiera; todos confiaron ciegamente en su profesora, la que había cuidado de ellos todo ese tiempo. Lo que fueran sus camas, hechas de colchonetas, ropas, juguetes y dibujos iban manchándose de la sangre de sus dueños del charco que se había formado en medio del aula y que se extendía por el suelo hasta impregnarlo todo.
-¿Qué has hecho? –Susurré horrorizado.
-¡Oh! ¡La puta madre! –Exclamó Sebas al acercarse y ver lo mismo que yo estaba viendo.
-¿Te das cuenta de lo que has hecho? –Le grité agarrándola de la camisa con lágrimas en los ojos… aquello era demasiado.
-Tenía que hacerlo. –Se defendió Irene sin ofrecer resistencia ante mis zarandeos.- Ellos... es mejor así... nadie iba a rescatarnos... ahora ya están lejos de esta mierda, de todo este horror.
-Había otras opciones. –Dijo Sebas sin poder evitar mostrar su cara de consternación ante lo que estaba contemplando.
Irene se rió amargamente.
-¿Otras salidas? ¿Es que no habéis escuchado vuestras propias palabras? ¡No hay zona segura! ¡No hay militares! ¡No hay nada! Solo muertos caníbales... ahora están lejos de todo esto, les ha ahorrado sufrimiento, están con sus padres… ¡ahora descansan en paz!
De un empujón me quitó de encima y, con la cara surcada de lágrimas, salió corriendo por la misma puerta por la que habíamos entrado nosotros.
-¿Y ahora qué hacemos? –Dijo Sebas repitiendo su pregunta favorita.- ¿Qué hacemos con ella?
Por la forma en la que había hablado estaba claro que creía haber hecho lo correcto, pero ver los cinco cuerpos muertos de unos niños allí tirados tras ser ejecutados sangre fría me hacía sentir ganas de ahogarla con mis propias manos.
-No sé, tío, no sé… esto me sobrepasa. –Confesé derrumbándome en el suelo.
Sebas recogió la pistola de Irene del suelo y sacó el cargador.
-Descargada… tal vez deberíamos irnos sin ella.
-Si nos vamos la estaríamos dejando morir. –Repuse yo sin levantar la mirada del suelo, donde el charco de sangre de niño se iba haciendo más y más grande.
-¿Acaso se merece otra cosa? –Escupió Sebas empezando a cabrearse.- ¡Que se joda esa asesina!
-¿Y entonces en qué somos mejores que ella? –Le contradije.- Esos niños eran un lastre que no podíamos permitirnos. Sé que es duro, sé que es terrible y antinatural pensar así, pero este mundo… ¡los muertos se levantan, por dios! ¿Qué tiene eso de natural?
-No sé si estoy de acuerdo con eso. –Dudó él torciendo el gesto.
-Cinco bocas más que alimentar, cinco críos a los que habría que vigilar constantemente… ¡Cinco Sebas, cinco! Es una puta mierda, y me doy asco por estar diciendo esto, pero quizá no había otra solución. La civilización se ha acabado, impera la ley de la naturaleza… los hámsteres se comen a las crías que no pueden mantener, aunque sean de su propia prole.
-¿Nos estás comparando con animales? –Se indignó Sebas.
-Pues quizá es lo que somos ahora. –Intenté justificarme.- Ya no estamos arriba del todo en la cadena alimenticia, lo están… ellos… el mundo se ha vuelto hostil y peligroso.
-No lo sé, esto me parece una solución demasiado fácil. –Negó él sin querer aceptar lo que decía; no podía culparle, ni yo quería aceptar lo que estaba diciendo, pero eso no lo hacía menos cierto.
-¿Te parece que eso ha sido “demasiado fácil”? –Preguntó la voz de Irene, que había regresado al pasillo sin que nos diéramos cuenta ninguno de los dos, y nos miraba con los ojos aún llorosos y con una mochila al hombro.- ¿No deberíamos irnos?
Sebas y yo nos miramos, y cuando me puse en pie sabía que él iba a hacer lo que yo dijera. Las grandes decisiones le quedaban grandes.
-Sí, vámonos. –Dije poniéndome en marcha.
Siguiéndola, volvimos una vez más al patio, donde los reanimados seguían apiñados contra la valla, aunque en aquella ocasión la del otro lado del colegio. A Irene no parecía impresionarle demasiado la escena, porque ni se giró a mirarlos.
-A Maite no le va a gustar. –Soltó Sebas sin que ella pudiera escucharnos.- Ella tiene una hija.
Si, Maite iba a ser un problema… y seguramente no solo ella, pero si una vez con el grupo decidían echarla daba igual, no dejándola sola en el colegio yo tendría la conciencia tranquila.
-Saltamos la valla, subimos al coche y nos largamos. –Resumí el plan para tenerla informada una vez llegamos al final del patio.- Los muertos empezarán a perseguirnos en cuanto se den cuenta de que es más fácil llegar hasta nosotros desandando sus pasos, así que será mejor si nos damos prisa… tampoco queremos llevar la horda hasta donde están los demás.
Como no había dudas, comenzamos a trepar la valla en silencio, con el sonido de los gruñidos de los muertos como único ruido ambiental. Cuando llegamos al coche ya había un reanimado peleándose con el alambre de espino para volver. Como eran tantos, habían podido con él por saturación… cuando hubo muertos clavados por todo el espino dejó de ser un obstáculo de verdad, y estaban volviendo más rápido de lo esperado.
-Dale, que esos no se paran ni por los semáforos. –Urgí a Sebas para que pusiera en marcha el coche.
Cuando empezamos a movernos ya había unos diez muertos tras nosotros. El plan había servido para escapar del colegio, pero no íbamos a tener mucho tiempo para recoger a Agus, y luego habría que ver cómo evitar que esa horda nos siguiera hasta el lugar donde los demás nos esperaban.
-Oh vaya, sí que son muchos. –Dijo Irene mirando hacia atrás desde el asiento trasero del coche cuando ya estábamos al lado de la farmacia.
-Espero que Agus haya terminado. –Deseó Sebas deteniendo el coche frente a la puerta.
-Haya terminado o no tendremos que irnos. –Exclamé yo abriendo la puerta y saliendo fuera.
El gruñido de los reanimados que nos perseguían se escuchaba como un ruido de fondo que no hacía más que aumentar de volumen conforme quienes lo emitían se iban acercando. Movido por esa urgencia fui con Sebas hacia la farmacia, levantamos de nuevo la verja metálica y entramos dentro.
La farmacia, aunque con una capa de polvo por toda ella, permanecía perfectamente ordenada, tal y como la habían dejado antes de cerrarla, probablemente para siempre. Un mostrador separaba la zona donde atendían a los clientes del interior, donde guardaban los medicamentos, y donde esperaba que estuviera Agus.
-¡Agus! –Le llamé.- ¡Tenemos que irnos! ¡Deprisa!
Sin embargo, Agus asomó la cabeza desde detrás del mostrador, y al vernos se puso en pie, revelando que tenía toda la manga derecha del jersey manchada de sangre.
-Había uno dentro. –Dijo con tranquilidad mostrándonos la palanca que se utilizaba para bajar y subir el toldo de la entrada del establecimiento, manchada de sangre también.
-Tenemos que irnos. –Repetí.- ¿Lo tienes todo?
-Si. –Afirmó mostrándome una bolsa llena hasta los topes de vendas, pastillas y cajas de medicamentos.- ¿Por qué habéis tardado tanto?
-Ahora te lo explicaremos. –Dijo Sebas metiéndole prisa para que saliera.
Cuando ya estuvimos fuera, Agus me entregó la bolsa de las medicinas.
-Da igual, llévala tú. –Le dije tras asegurarme de que los muertos seguían a una distancia prudencial de nosotros.
-Es que yo no voy. –Respondió él con tal indiferencia que me costó un segundo entender lo que había dicho.
-¿Cómo que no vienes? –Preguntó Sebas confundido.
Como única respuesta, Agus se remangó la manga del jersey llena de sangre y nos mostró un profundo mordisco en el antebrazo. La sangre no le había salpicado por matar al reanimado, era producto del mordisco.
-Lo maté, pero fue más rápido que yo. –Confesó volviendo a cubrirse la herida.
-Tío… lo siento. –Fue lo único que alcanzó a decir Sebas.
-No tienes que quedarte. –Le dije.- Puede que aún te quede un día o dos, podrías…
Negó con la cabeza con una tranquilidad pasmosa.
-Moriré aquí, en la ciudad donde murió mi familia, a manos de los que mataron a mi familia.- Miró hacia la horda, cada vez más cercana; desde el coche, ajena a lo que sucedía, Irene nos hacía gestos para que nos diéramos prisa.- Servirá para que esos dejen de perseguiros y no lleguen hasta los demás.
-¿Estás seguro? –Le pregunté sintiendo verdadera lástima por él; no era alguien con quien hubiera intimado demasiado en el grupo, pero era uno de los nuestros, y verle en esa situación era difícil.- Es una muerte horrible.
-A lo mejor el dolor hace que vuelva a sentir algo antes del final. –Declaró con tal convicción que no quise discutir con él; agarré las medicinas y, seguido por Sebas, corrí de vuelta al coche.
-¿Qué hace vuestro amigo? ¿No viene? –Preguntó Irene alarmada.
-No. –Respondí con un suspiro.- Le mordieron… prefiere esto.
-¿Qué? ¿Quién diablos puede preferir eso? –Exclamó volviéndose para mirarle mientras nos alejábamos de allí.
Con total tranquilidad, Agus caminó hasta el mismo centro de la calzada, y allí se planto de cara a los muertos, a esperar a que le alcanzaran. No tuvo que esperar demasiado, y cuando llegaron hasta él no hizo el más mínimo intento de escapar; la jauría cayó sobre él, cubriéndole por completo.
-¡Oh Dios! –Gimió Irene cubriéndose la boca con la mano.- Lo ha hecho…
No sabía si es que ya estábamos demasiado lejos para eso, o que sencillamente Agus estaba demasiado machacado mentalmente como para hacerlo, pero no se le escuchó gritar mientras aquellos seres acababan con su vida. Quizá su último deseo no se había cumplido y ni el dolor le había hecho volver a sentir algo… ese hombre había perdido a su mujer y a sus hijos en la zona segura, ¿cómo se recuperaba uno de algo así? El miedo que sentí por la posibilidad de perder a Raquel mientras atravesaba media ciudad en su busca no tenía que ser ni la mitad del dolor que Agus debía llevar sintiendo desde que llegó de la zona segura.
“Y aun así, perdí a Raquel” me recordé amargamente.
-Descansa en paz, amigo. –Dijo Sebas levantando la mirada hacia el espejo retrovisor.
-Hemos perdido a demasiados. –Me lamenté apartando la mirada de la tremenda manada que, afortunadamente, se encontraba demasiado ocupada devorando los restos de Agus como para seguir persiguiéndonos.- Óscar, Félix, Silvio, Cristian… ahora él.
-Parece que los hombres de ese grupo vuestro tienen una maldición. –Observó Irene, quizá no sin acierto… aunque si no teníamos en la bolsa lo que necesitábamos Érica podía romper la maldición en cualquier momento.
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Belthazor
 
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Re: Crónicas zombi: Orígenes

Notapor Belthazor » Jue, 02 May 2013, 23:04

CAPÍTULO 8: MAITE


“Vamos concéntrate” me dije a mí misma sintiendo como las manos me sudaban al agarrar el hacha de Érica.
Aquel ser me miraba con unos ojos vacíos hundidos en sus cuencas mientras estiraba torpemente sus manos hacia mí. Su boca se abrió, mostrando dos hileras de dientes amarillentos y sucios, y comenzando a mascullar los gruñidos y gemidos que componían todo el vocabulario de aquellas criaturas.
-Ten cuidado. –Me advirtió Toni desde la furgoneta.- No creo que pueda ayudarte.
-Tengo que hacerlo sola. –Le dije con convicción… tenía que aprender a matar a aquellos seres, a plantarles cara, con precaución pero sin miedo.
Cuando estuvo a la distancia adecuada, lo que sucedió más rápido de lo que me esperaba, descargué un hachazo contra su cabeza. Mis brazos temblaron cuando alcancé al resucitado en la coronilla y sentía como su cráneo se quebraba, una asquerosa sensación que me daba casi más ganas de vomitar que contemplar su rostro putrefacto y sanguinolento, pero no murió.
“Mierda” pensé al ver que, pese a tener el filo del hacha clavada en la cabeza, aquella criatura infernal seguía moviéndose.
Agarrando el mango del hacha podía mantenerlo a distancia, pero en cuanto tiré para arriba y se la desincrusté para intentar un segundo golpe, el ser se abalanzó sobre mí y me derribó en el suelo.
-¡Me cago en la puta! –Exclamó Toni alarmado, poniéndose en pie con dificultades debido a su pierna herida.
Interpuse mi brazo entre la boca del muerto y mi cuello; el mordisco fue doloroso, pero no mortal… la chaqueta que llevaba puesta era lo bastante gruesa para que ningún diente medio podrido pudiera atravesarla.
-¡Aguanta! –Gritó Raquel acercándose con una de las armas de los militares muertos en las manos.
-¡Espera! –La detuve haciéndole un gesto con la mano que tenía libre.
Agarré a la criatura del brazo y giré sobre mí misma para intercambiar posiciones y quedar yo sobre ella. No me fue difícil conseguirlo, los resucitados tenían mucha fuerza a la hora de atacar, pero no ofrecían ninguna resistencia en otros aspectos… mientras me mordisqueara el brazo le daba igual estar arriba o abajo. Una vez encima, me libré del mordisco de un tirón y recuperé el hacha, que había caído al suelo cuando el muerto me tiró al suelo. Poniéndome en pie, le retuve en el suelo pisándole el pecho mientras me preparaba para lanzar el corte que esperaba fuera mortal de una vez por todas. El resucitado no dejaba de gruñir y lanzar dentelladas al aire al tiempo que sus putrefactas manos me arañaban el pantalón.
El impacto entró por su frente, rompiendo carne, hueso y cerebro. Sus brazos cayeron al suelo, inertes, y todo rastro de vida desapareció de su cuerpo inmediatamente.
Suspiré aliviada mientras a un par de metros Raquel todavía apuntaba asustada al cadáver con el arma.
-¿Seguro que está muerto? –Preguntó dubitativa.
-Si no lo estuviera lo sabríamos. –Respondí mientras apartaba la mirada de la escena de su cráneo abierto derramando sesos por el suelo.
Me quité la chaqueta, exponiéndome por un instante al desagradable frío que traía el aire, y comprobé que el mordisco que había recibido apenas había dejado una marca colorada en mi piel. Aquellos seres mordían con fuerza, pero el cuero bueno no se perfora fácilmente.
-Estamos demasiado cerca de la ciudad, no utilices eso. –Le dije a Raquel mientras me ponía la chaqueta de nuevo, refiriéndome al fusil que había estado a punto de disparar.
-¡Dios! A ver si vuelven ya y podemos largarnos de este lugar para siempre. –Exclamó mirando hacia los edificios más cercanos, que apenas se encontraban a cincuenta metros del lugar donde nos habíamos detenido.
Raquel estaba resentida, enfadada con el mundo y con la ciudad, ese lugar maldito que una y otra vez nos obligaba a aventurarnos en su interior para conseguir lo que necesitábamos para seguir adelante. No podía culparla por ello, lo que había vivido el día anterior con su familia, saber que estaban muertos, verlos así, era como para volver loco a cualquiera.
-No creo que les lleve mucho tiempo, espero que esta noche podamos dormir en un sitio lejos de aquí. –La tranquilicé al pasar a su lado en dirección a la furgoneta.
En la parte trasera del vehículo seguía Érica, luchando por salir adelante bajo la atenta mirada de Luís, que no se apartaba de ella. Toni ocupaba el asiento del copiloto, Clara se había sentado en el suelo, apoyándose en el neumático trasero, mientras que Judit daba vueltas de un lado a otro.
-Ha faltado un pelo… -Me dijo Toni cuando me acerqué para dejar el hacha dentro del vehículo.
-La próxima vez lo haré mejor. –Respondí con optimismo.- El problema es que el hacha pesa mucho, lo habría conseguido a la primera con algo más ligero, como un machete o una espada.
-Cuanto más peso, más impacto. –Afirmó el categóricamente.- Lo que necesitas es hacerte más fuerte.
No me podía creer que estuviera teniendo una conversación tan bizarra sobre la mejor forma de romper una cabeza humana.
-Puede ser, pero para el próximo creo que utilizaré uno de los cuchillos. –Dije entregándole el hacha; sabía que no podía utilizarla, pero quería que la tuviera alguien en las manos todo el tiempo, no me apetecía necesitarla y que nadie se acordara donde la habían puesto.
Recuperé el rifle de Félix, que en realidad perteneció a Óscar, pero que ya podía decir que era mío, visto el destino que habían sufrido sus dos últimos dueños. Como los alrededores estaban despejados de muertos vivientes, decidí acercarme a Clara para ver como se encontraba. Con tantas cosas que hacer, las vigilancias y el organizarlo todo, no había tenido oportunidad de hablar con ella desde el día anterior, y habían pasado demasiadas cosas desde entonces.
-¿Has comido algo? –Le pregunté sentándome a su lado.
Asintió con desgana mirando hacia el horizonte, pero a nada en particular.
-Cuando los demás vuelvan nos iremos de aquí. –Le expliqué.- Buscaremos un lugar lejos de la ciudad donde no haya resucitados, allí estaremos bien, ya verás.
-A lo mejor hay gente mala allí. –Replicó ella girando la cabeza para mirarme con una mezcla de inquietud y miedo.- Como los soldados de ayer.
Le pasé una mano por encima de los hombros para tranquilizarla, era normal que tuviera miedo después de todo por lo que habíamos pasado.
-Eso no volverá a pasar. –Le prometí.- Ya no dejaremos a la gente mala acercarse a nosotros.
-¿Y si los demás no vuelven? –Preguntó.- Óscar no volvió, y Raquel volvió pero está triste.
No sabía si era tristeza lo que sentía, pero en ese instante Raquel estaba en cuclillas delante del muerto viviente que acababa de matar, rebuscando entre los bolsillos de su ajada ropa buscando vete tú a saber qué.
-Volverán, ya lo verás. –Afirmé.- Vendrán con medicinas para que Érica y Toni se pongan buenos.
No dijo nada, se quedó mirando a Raquel en el suelo, registrando el cadáver, sin decir nada durante un minuto, armándose de valor para hacer la siguiente pregunta.
-¿Por qué no le hiciste un entierro a papá? –Dijo de repente.
-¿Qué? –Respondí cuando la pregunta me cogió completamente desprevenida.
-Ayer, cuando los enterramos a todos, ¿por qué no le hicimos una tumba a papá? –Repitió con dificultad, mirándome con esos ojos claros, idénticos a los míos, acusadoramente.- Hiciste una tumba para todos pero no para papá.
-No hicimos tumbas para todos, cariño. –Le contesté.- Todos los que estamos aquí perdimos a gente. Raquel perdió a sus papás y a sus hermanos, Érica a su mamá, Agus a sus hijos… no podíamos hacer un entierro por todo el mundo, habrían sido demasiadas tumbas.
-Oh. –Dijo un poco triste volviendo a mirar al horizonte.
Busqué en el bolsillo del pantalón la cartera y la saqué, en ella tenía varias fotos guardadas, y entre ellas una de mi marido que había intentado no mirar desde que murió porque no sabía si podría aguantarlo… pero lo que realmente me afectó en ese momento fue ver la foto que nos hicimos los tres cuando Clara cumplió ocho años; estábamos los tres delante de una tarta con ocho velas, y sentí ganas de echarme al llorar al darme cuenta de que esa era una escena que jamás volvería a repetirse, y no solo porque él hubiera muerto… los tiempos habían cambiado.
-Mira, quédate con esta foto. –Le dije entregándole la foto del cumpleaños.- Así siempre que eches de menos a papá podrás mirarla. Y te prometo que cuando encontremos un lugar seguro le haremos una tumba a papá, ¿vale?
-Vale. –Respondió mirando la foto.
Quise decirle algo más para que recuperara la sonrisa por primera vez en semanas, quizá alguna historia de cuando era pequeña, pero en ese momento Raquel se puso en pie y empezó a patear con furia el cadáver que un segundo antes estaba registrando.
-Vaya… -Murmuré con aprensión poniéndome en pie.- Clara quédate aquí.
Me acerqué corriendo hacia Raquel que, presa de un ataque de ira, golpeaba con todas sus fuerzas al resucitado.
-¡Eh! ¡Ya vale! –Intenté calmarla cogiéndola de los brazos cuando llegué a su altura; tenía la cara colorada y llena de lágrimas.
-¡Es culpa de ellos! –Gritó fuera de sí alcanzando a darle otra patada al muerto.- ¡De todos ellos! ¡De todos los que son como él! ¡De todos esos malditos muertos vivientes!
-Ya lo sé. –Dije quitándole de las manos el fusil, no fuera a dispararlo accidentalmente.- Pero no grites tanto o atraerás a más.
Pero entonces se lanzó en mis brazos y comenzó a llorar desconsoladamente.
-Están todos muertos. –Se lamentaba.- Mi padre, mi madre, Mónica y Rubén… todos muertos.
“Mucho ha tardado en venirse abajo” me dije tratando de consolarla frotándole la espalda; para alguien de su edad verse privada de esa manera de su familia tenía que ser terrible.
-¿Qué voy a hacer ahora? –Se preguntó en voz alta.- Mira cómo estamos, mira cómo vivimos…
-Tu familia ha muerto, pero tú sigues viva. –Le dije separándola de mí y entregándole su arma de nuevo.- Eso es mucho más de lo que la mayoría de las familias tienen ahora, que uno de ellos siga vivo. Tienes que luchar por seguir adelante, ahora estamos mal, pero estaremos mejor.
-Si ya… con resucitados por todas partes, militares locos y a punto de coger la sarna de la mugre que llevamos encima. –Repuso secándose las lágrimas.
-De todo eso es de lo que huimos. –Exclamé tratando de darle un poco de esperanza.- Ten un poco de fe.
Metió la mano en uno de los bolsillos de sus pantalones y sacó un pequeño encendedor, que me entregó sin ni siquiera mirarme.
-Llevaba esto encima. –Dijo refiriéndose al cadáver.- Algunos pueden llevar cosas útiles encima.
-Sí, tienes razón. Gracias. –Le respondí observando el mechero… nos venía muy bien, porque hasta entonces habíamos hecho fuego gracias al encendedor de Aitor, y sin Óscar para frotar un palo necesitaríamos algo para crear fuego.
-Ah, y por favor, si quieres que tenga un poco de fe intenta tranquilizar a Judit. –Dijo lanzándole una mirada de desagrado a la chica, que seguía dando vueltas de un lado a otro, hecha un manojo de nervios.- Me está poniendo cardíaca.
Tenía razón, iba siendo hora de hablar con ella. Parte de mi trabajo, si es que iba a dirigir a esa gente, era atender sus problemas y ver si tenían solución.
-¿Por qué no vas, te secas esas lágrimas y bebes algo de agua? –Le dije a Raquel.- Y, ¿te importaría quedarte con Clara mientras hablo con Judit?
Asintió y volvió hacia la furgoneta. Yo, por mi parte, me dirigí hacia Judit, que además de dar vueltas a unos metros de allí como si recorriera un circuito, murmuraba en voz baja algo ininteligible, lo cual me preocupó un poco.
-¿Va todo bien? –Le pregunté al llegar a su lado.
Ella se detuvo en seco y se quitó las gafas para frotarse un ojo.
-Sí, bueno, más o menos. ¿Por qué? –Preguntó ella a su vez mirándome con ansiedad.
-Te veo un poco nerviosa, eso es todo. –Respondí.
-Oh, eso… no es nada… es que necesito tener la mente ocupada en algo. –Dijo enfatizando el “necesito”.- Pero no te preocupes, estoy bien.
-Ya veo, ¿y qué murmurabas? Si puede saberse… -Indagué preocupado por su estado mental; mi abuela me dijo una vez “líbrame Dios de hijos muy tontos o muy listos”, y es que las rarezas de estos últimos que solían acompañar a su inteligencia superior a veces eran difíciles de comprender.
-Los decimales de pi. –Respondió sin darle importancia.
-¿Te los sabes todos? –Pregunté asombrada… cuando parpadeó un par de veces caí en la cuenta de la tontería que había dicho.- Vale si, son infinitos, ahora me acuerdo. Solo quería decir que es asombroso el haber memorizado eso, yo después del dieciséis catorce no sé seguir.
-Oh bueno, gracias, pero tengo lo que comúnmente se conoce como memoria eidética, así que no es un esfuerzo tan grande para mí.- Me explicó.- No tendrás un libro o algo así para leer, ¿verdad?
-Me temo que no. –Le dije- ¿Revisaste la comida?
-Tres veces. –Afirmó.- He calculado el aporte calórico de todo lo que tenemos y lo he dividido entre los que somos. El cálculo es aproximado porque no sé exactamente vuestro peso y el ritmo de vuestro metabolismo, pero a voz de pronto calculo que tendremos cubiertas nuestras necesidades alimenticias durante noventa y siete horas, o sea, cuatro días. Si reducimos nuestra actividad, encontrando un refugio, por ejemplo, podemos ampliar el período otras 26 horas.
-Eh… eso está bien. - Le respondí un poco anonadada, sabía que Judit era una de esas cerebritos superdotadas, pero por lo que parecía su privilegiado cerebro era más privilegiado de lo que creía en un principio.- Seguro que para cuando esa comida se agote ya hemos encontrado un lugar en el que instalarnos y donde conseguir más comida.
-Eso espero, confieso que me preocupa más el tremendo aumento de la mortandad que estamos sufriendo que la falta de comida.
-No te preocupes por eso, estamos empezando a saber manejarnos con ellos. –Le dije al recordar mi primera batalla con un resucitado, unos minutos antes… técnicamente no era primer muerto que remataba, pero sí el primero con el que había tenido que luchar.- ¿Seguro que estás bien?
-Sí, no te preocupes. –Asintió volviendo a lo que estaba haciendo, dar vueltas y murmurar.
“Decimales de pi.”
Mientras volvía al furgón me sentí un poco preocupada por ella, no era de extrañar que una mente como la suya necesitara estar ocupada en algo, y en la situación en la que nos encontrábamos no es que tuviera demasiado a lo que atender. Un libro con sudokus habría venido de perlas…
Como Clara estaba muy entretenida hablando con Raquel no quise molestarlas, a ver si se consolaban un poco entre ambas, así que aproveché para acercarme a la parte trasera del vehículo, donde Luís cuidaba de Érica, y así completar la ronda completa de visitas.
-De repente me siento como la madre de todos. –Dije sentándome a su lado y mirando a la chica que, con el tórax completamente vendado, dormía apoyando la cabeza en un saco de fertilizante.- ¿Cómo se encuentra?
-No ha dormido en toda la noche, ha caído rendida por puro agotamiento… y porque casi se desangra. –Dijo el doctor mirándola de reojo.- Tiene que dolerle a horrores, tiene una costilla rota que no le ha perforado el pulmón de milagro. Espero que traigan algún calmante.
-Es su cometido principal, seguro que lo harán. –Respondí con una seguridad que estaba lejos de sentir, no porque dudara de su capacidad, sino porque a veces las cosas sencillamente era imposible realizarlas.
-Así que… ahora eres la jefa del cotarro. –Dejó caer como quien no quiere la cosa.
-Alguien tenía que coger las riendas. –Respondí.- Y ya llevaba mucho tiempo compadeciéndome de mí misma, para sobrevivir en este mundo había que dar un paso al frente, y más al morir Óscar y Félix tan repentinamente.
-Seguíamos a Óscar porque sabía qué hacer y a Félix porque sabía qué decir. –Dijo Luís.- ¿Crees ser capaz de asumir ambos roles?
-¿Qué intentas decirme? –Le pregunté suspicaz.
-Solo digo que nadie dudó cuando había que ir a por comida, era una necesidad básica. –Me explicó.- Pero mira como sucedió todo, los que fueron allí lo hicieron voluntariamente… sin embargo tu dijiste que había que ir a por medicamentos y elegiste quien tenía que ir a cogerlos. En respuesta Jorge se marchó…
-Jorge era un imbécil, y estamos mejor sin él. –Repuse a la defensiva.
-No lo dudo, pero se marchó porque le obligaste a hacer algo a lo que se oponía. –Continuó.- Solo digo que, antes de tomar la decisión de entrar en la ciudad de nuevo, debiste preguntarnos a todos si estábamos de acuerdo.
-¡Nadie se opuso! –Protesté.- Todos me seguisteis, así que deduje que estabais de acuerdo. Aitor se ofreció…
-Aitor es el soldado perfecto. –Me interrumpió.- Deseoso de cumplir órdenes, da igual quien las de y lo difíciles que sean. Entrar a la ciudad fue una experiencia terrorífica, y mira lo que ha tardado en querer volver a hacerlo. Pero si le pasara algo la responsabilidad sería tuya, todos en el grupo lo verían así.
-Percibo como que estás en mi contra. –Le dije sin tapujos.
-En otras circunstancias quizá lo hubiera estado. –Respondió, luego volvió a mirar de reojo a Érica antes de seguir.- Pero estoy de acuerdo contigo, yo era partidario de marcharnos y también lo soy de buscar medicinas para Érica, así que hasta ahora te sigo al cien por cien. Yo solo digo que los medios que deberías usar tendrían que ser otros.
-Sé lo que quieres decir. –Admití dándome cuenta de mis errores.- Este viaje… si saliera fatal me hundiría como líder. Me lo he jugado todo a una carta sin darme cuenta.
-Y eso sería terrible porque no hay quien te sustituya. –Añadió Luís asintiendo.- Después de morir Óscar y saber que Félix había muerto también tuve mucho miedo, porque no te veía haciendo su trabajo, hasta que te pusiste a ello y descubrí que tenías madera. Si tú fallas no creo que vayamos a tener otra oportunidad, porque dos epifanías en dos días me parecería demasiada suerte.
-Lo sé, pero ya solo queda esperar. –Admití.- ¿Sabes de algún lugar al que podamos ir después de esto? Me gustaría tener alguna idea cuando alguien más me haga esa misma pregunta.
-No sabría decirte, pero cuanta menos gente, menos muertos vivientes. –Contestó.- No hace falta ser Judit para comprender esa ecuación.
-¿Algún otro consejo? –Le pregunté un poco sarcástica después de comprender que estaba en la cuerda floja.
-Solo que no hagas promesas que quizá no puedas cumplir.
No sabía si lo decía en general o por algo en concreto, porque le había prometido una vida mejor a Raquel, un entierro digno para su padre a mi hija, un lugar seguro a Judit… pero, ¿de qué otra forma quería que les diera esperanzas? ¿Quería que les dijera? “Mira, volaos la cabeza porque no creo que vayamos a encontrar una vida en condiciones en ninguna parte”
-¡Maite! –Me llamó Raquel al otro lado del coche.
Temiéndome que otro muerto viviente se estuviera acercando a nosotros, me puse en pie y, con el rifle en las manos y acompañado por Luís, corrí a buscar a Toni para recuperar el hacha.
Sin embargo, eso no fue necesario. Cuando me acerqué a ella, Raquel me señaló hacia los edificios; desde allí el coche de Agus se acercaba a toda velocidad.
-Han vuelto. –Exclamó con alegría Judit, que también se había acercado.
-Sí. –Dije con alivio… al menos habían logrado volver, ya era una victoria parcial.- Toni, prepara el coche por si las moscas.
-¿Ocurre algo? –Preguntó el pasándose del asiento del copiloto al del piloto.
-No, pero vienen muy rápido, si les están persiguiendo los resucitados quiero poder salir de aquí rápidamente. –Le respondí.- Los demás estad preparados.
Cuando llegaron hasta nosotros y vi a Aitor salir del coche con los brazos completamente cubiertos de sangre me temí lo peor, pero no debían haberle mordido cuando su expresión era de alivio; además Sebas salió del asiento del copiloto con cara de estar bastante harto, pero bien… sin embargo, mi sorpresa fue mayúscula cuando del asiento trasero salió una muchacha morena con una mochila a la espalda en lugar de Agus.
-Lo hemos conseguido. –Dijo Aitor levantando una bolsa llena por encima de su cabeza.- Calmantes, aspirinas, vendas, sutura, hay de todo.
-¿Dónde está Agus? ¿Y quién es esa? –Le pregunté bruscamente señalando a la chica que, cohibida, se quedó al lado del coche.
La sonrisa de Aitor se borró inmediatamente de su rostro.
-Agus… cuando nos acercamos a la farmacia nos perseguía un gran número de reanimados. Dejamos a Agus en la farmacia y seguimos adelante para despistarlos mientras él recogida todas las cosas. Cuando volvimos… había un muerto dentro de la farmacia, pudo con él, pero le mordieron. Dijo que prefería quedarse allí.
-¡Oh Dios! –Exclamó Raquel tapándose la boca con las manos.
-¿Le dejasteis allí sin más? –Preguntó Luís.
Yo no podía decir nada porque me había quedado sin habla… Agus había caído también, y esa muerte era culpa mía y únicamente mía. Habíamos perdido a otro miembro del grupo apenas veinticuatros horas después de hacerme cargo del mismo.
-Decidió quedarse. –Intervino Sebas.- Le insistimos, pero dijo que prefería morir en la ciudad, donde también estaba su familia. Tuvimos que irnos porque los muertos se acercaban.
-Se quedó allí y dejó que los reanimados se lo comieran para que dejaran de perseguirnos. –Añadió Aitor.
-Que putada. –Opinó Toni asomando la cabeza desde la ventanilla del coche para poder ser partícipe de la conversación.
-¿Mamá? –Me llamó Clara cogiéndome la mano y sacándome de mis pensamientos.
-¿Y ésta quién es? –Pregunté inmediatamente señalando a la chica.
-Oh, ella es Irene. –Respondió Aitor.- Mientras atraíamos a los reanimados para alejarlos de la farmacia descubrimos que había un bloqueo del ejército en mitad de la carretera que nos cortaba el paso. Tuvimos que meternos dentro de un colegio para que pasaran de largo, y allí nos encontramos con ella.
Dirigí mi mirada hacia ella para escrutarla detenidamente, no creía que fuera a ser un problema como habían sido los militares, pero quizá sí que fuera un problema como lo había sido Jorge. Su ropa sucia y el pelo también sucio delataban que había estado viviendo más o menos como nosotros, aunque tenía menos manchas de polvo… y de sangre.
-¿Qué hacías en un colegio? –Le pregunté antes de hacer ninguna presentación.
-Yo… era profesora en el colegio Virgen de Mirasierra. –Dijo tímidamente.- Llevo allí desde que todo esto empezó.
No creía que eso fuera una mentira, pero el instinto me decía que había algo más en esa historia. Que ella se sintiera incómoda podía entenderlo, a fin de cuenta no nos conocía de nada, pero que tanto Sebas como Aitor también lo estuvieran no tenía sentido.
-Creo que hay algo que no nos estás contando. –Le dije para provocarla.- Hemos tenido problemas con recién llegados y no confiamos fácilmente en gente nueva, ¿sabes?
-Digamos que no estuve sola todo este tiempo. –Murmuró bajando la mirada.
-¿Qué quiere decir eso? –La presioné… pero como no fue capaz de decir nada más, interrogué con la mirada a Aitor que, aunque reacio, acabó hablando.
-Estaba en el colegio con cinco niños pequeños, niños que sus padres no recogieron cuando cerraron los colegios, seguramente porque para entonces ya estaban muertos, y que no evacuaron porque la policía y el ejército no daban abasto.
-¿Y dónde están? Porque en el coche no los veo. –Insistí, pero de nuevo los tres comenzaron a dudar.
-Tenéis que entender que yo pensaba que nos iban a rescatar. –Dijo ella cayendo al suelo de rodillas y cubriéndose la cara con las manos.- De hecho cuando ellos llegaron pensaba que era una patrulla de rescate o algo así… pero luego me contaron lo que había pasado, con los militares, con la zona segura, con todo.
No supe por qué apreté más la mano que Clara me tenía agarrada en ese momento, pero lo hice.
-Me ofrecieron salir de allí, pero me dijeron que estabais en un campamento, que los muertos se acercaban de vez en cuando, que os ibais de Madrid a buscar un lugar mejor donde quedaros, que había muerto gente… y pensé, ¿qué clase de vida era esa para cinco niños? ¡Eran cinco! Y yo era la responsable de lo que les ocurriera.
-¡Oh Dios! ¿Qué hiciste? –Preguntó Luís con aprensión.
-Les disparé, a los cinco. –Dijo con los ojos cargados de lágrimas; Raquel ahogó un grito y Clara se agarró a mi mano con todavía más fuerza… yo no pude ni reaccionar porque me costaba creer lo que estaba escuchado de su boca.- Fue rápido, indoloro, no sufrieron… pero es que este mundo no está hecho para niños.
Nadie supo qué decir a eso, pero yo sí que supe qué hacer; sin perder un instante me descolgué el rifle de la espalda y le apunté con él.
-¡Hija de puta! ¿Mataste a cinco niños porque no sabías qué hacer con ellos? –Bramé a punto de abrir fuego contra ella, que se levantó del suelo y retrocedió asustada.
Quizá, de no ser porque Aitor y Luís me detuvieron, le habría disparado. ¿Qué sabían ellos? Ellos no tenían una hija pequeña, una niña como los que ella admitía tan felizmente haber matado para “ahorrarles sufrimiento”.
-¡Dejadme! –Les grité loca de ira.- ¡Se lo merece! ¿Es que no escucháis lo que ha dicho? ¿Es que no os dais cuenta de lo que ha hecho?
-¿Y qué vas a hacer? ¿Matarla? –Me recriminó Luís obligándome a recomponerme.
-Ha matado a cinco niños. ¡A cinco! –Le recordé mostrándole los cinco dedos de la mano.- En el mundo real se pasaría el resto de su miserable vida en la cárcel.
-¿Crees que lo hice por gusto? –Me gritó hecha un mar de lágrimas.- ¿Crees que voy a poder olvidar sus caras en lo que me quede de vida? ¡Mira este lugar! ¿Quién iba a hacerse cargo de cinco niños de seis años? ¿Quién iba a vestirlos, alimentarlos, educarlos, vigilarlos, cuidarlos…?
Una vez más nadie supo que responder, y eso me cabreó todavía más.
-¿Para qué coño la habéis traído aquí? –Les pregunté a Aitor y Sebas.- ¿Pretendéis que venga con nosotros? ¿Es que os habéis vuelto locos?
-Sé que lo que hizo estuvo mal. –Se justificó Sebas.- Pero dejarla allí… nos parecía mal.
-¿Y no pensasteis por un momento que aquí está mi hija? –Exclamé indignada.- ¿Y que con esa psicópata aquí está en peligro?
-¡No voy a hacerle nada a tu hija! –Respondió ella a la defensiva.- Ella no es mi responsabilidad, no está a mi cargo.
-¿Y todos vais a aceptar eso? –Les grité a los demás, que permanecían tan callados que parecían tontos.- ¿Esas son las normas que aceptáis ahora? Supongo que si un día me ocurre algo haréis lo mismo con Clara, ¿no?
No debí decir eso, no delante de ella al menos. Bastante asustada estaba la pobre con tantos gritos como para encima decir algo así… pero el asunto no era de broma, ¿íbamos a aceptar sin más a una asesina confesa? Por encima de mi cadáver.
-Creo que lo mejor es que te largues por dónde has venido. –Le dije señalándola con el dedo.- No hay lugar aquí para gente como tú.
-Creo que deberíamos tranquilizarnos y hablar sobre esto de forma civilizada. –Intervino Luís intentando poner paz, mirándome con unos ojos en los que podía leer tan claramente “¿qué acabamos de hablar sobre tomar decisiones unilaterales?” que casi parecía que tuviéramos telepatía.
-Yo solo os pido un poco de misericordia. –Dijo Irene suplicante.- Sé que lo que he hecho está mal, pero no tenía otra opción.
-Vámonos. –Le dije a Clara tirando de ella hacia la parte trasera de la furgoneta, con Érica, que continuaba dormida pese a los gritos y las voces.
No recordaba haber empezado a llorar, pero tenía lágrimas en la cara. Me las sequé rápidamente antes de que alguien más las notara, no quería parecer débil justo en ese momento.
-Mamá, ¿qué pasa? –Me preguntó Clara asustada.
-Nada cariño, ¿por qué no le haces compañía a Érica? Avísame si se despierta. –Respondí metiéndola dentro de la furgoneta mientras los demás se acercaban.
-Creo que deberíamos votar sobre esto. –Propuso Luís.
-¿Qué hay que votar? –Replicó Raquel fulminándolo con la mirada.- ¿De verdad vamos a votar si una asesina múltiple viene con nosotros o no?
-Creo que la estamos juzgando precipitadamente… –Repuso el doctor.
-¿A qué tenemos que esperar? ¿A que mate a otros cinco? –Exclamó Toni.- Que le den, no la necesitamos para nada. Si queréis mi opinión, yo habría dejado que Maite le pegara un tiro.
Me sentí tentada de darle las gracias, pero ya me había calentado bastante, y una líder tenía que mostrar sangre fría.
-No me refiero a eso. –Negó Luís con paciencia.- Dejemos un lado sentimentalismos, ¿qué habría pasado si llega a venir aquí con cinco niños pequeños detrás? Es lo que ha dicho ella, no tenemos forma de hacernos cargo de ellos. Maite, tú y yo hemos tenido hijos, sabemos la lata que dan a esas edades, mira la forma en la que vivimos ahora, ¿te parece que podríamos hacernos cargo de cinco niños de esa edad?
-Con cinco niños entre nosotros tendríamos provisiones para dos días. –Aportó Judit como dato.
-No sería solo comida, imaginaos los cuidados que necesitan unos críos. –Añadió Sebas.- No tenemos ni sitio para ellos en la furgoneta.
-Entonces ahora justificamos el asesinato, ¿es eso? –Intervine yo tratando de parecer calmada, aunque por dentro me ardía la sangre.
-No es eso… -Fue a decir Aitor, pero Luís le interrumpió antes de acabar la frase.
-Sí, es exactamente eso. –Declaró.- Lo justificamos… justificamos que tu, Maite, mataras a aquel soldado a puñaladas, que Érica matara al otro, que Agus lo hiciera con el tercero, que Aitor matara a Cristian cuando se lo estaban comiendo los resucitados.
-No es lo mismo. –Repliqué.- En esos casos nos defendíamos, o evitábamos que alguien sufriera.
-Desde su punto de vista ella ha hecho lo mismo con los niños. –Razonó Luís.- Si un niño se escapa, no corre lo bastante rápido, nos descuidamos un segundo o lo que sea y los resucitados le atacan, ¿qué va a pasar? No tiene forma de defenderse contra algo así. ¿Ser devorado vivo o consumirse por la enfermedad de la mordedura es una muerte más digna?
-Al menos no tendríamos las manos manchadas de sangre. –Afirmó Raquel insegura.
-Sí que las tendrías. –La contradijo Aitor.- En el momento en que sabías que eso podía pasar y pasa, la culpa es tuya.
-Todo esto de justificar el asesinato de niños está muy bien. –Intervino Toni aguantándose en pie con el palo que utilizaba de muleta.- Pero una cosa es que nos pueda parecer razonable, que por cierto, a mí no me lo parece, y otra cosa es que ella vaya a venir con nosotros.
-Dejarla aquí y sola es como matarla. –Exclamó Aitor.- Y matarla de hambre, de sed, o a manos de los muertos… no una muerte limpia de un disparo.
-Que haya hecho eso no significa que en el fondo sea mala. –Añadió Sebas.- Se la ve dispuesta a colaborar, a hacerse un hueco entre nosotros.
Lamentablemente me estaba viendo cada vez más sola. Estaba segura que de estar Érica en plenas facultades, sin preguntar a nadie le habría dado de su medicina a esa asesina, pero aunque estuviera despierta no estaba en condiciones de emitir un voto.
-Todos sabéis cuál es mi opinión. –Dije para concluir el debate.- No obstante, se hará lo que diga la mayoría, a fin de cuenta el grupo somos todos. ¿Votos a favor de que se quede?
Luís levantó la mano, también Aitor y Sebas… pero cuando Judit levantó la mano supe que la causa estaba perdida.
-Si votáis en contra Toni, Raquel y tu, hemos ganado. –Hizo el recuento Aitor.- Porque Érica no puede votar.
-Así sea. –Dije asintiendo.- Iré a darle las buenas noticias… para ella.
Me aparté de la parte trasera del furgón para dejar que el doctor cogiera las medicinas que Sebas y Aitor habían traído de la ciudad, y me encaminé hacia el coche de Agus, donde Irene permanecía esperando su veredicto, todavía secándose algunas lágrimas de la cara.
-¡Maldito Aitor! –Masculló Raquel a mi lado.- Seguro que ha votado a favor de que se quede porque le gusta.
Me sorprendió ese ataque de celos tan de niñata en un momento como ese, pero lo hizo más porque había sido ella quien le había dejado.
-Quédate vigilando, podría aparecer más muertos vivientes. –Le pedí mientras me encargaba personalmente de Irene.
Cuando llegué a su lado levantó la mirada y me miró con resignación, como si cualquier cosa que le dijera le pareciera bien, o merecida.
-Hemos decidido que puedes quedarte con nosotros. –Le dije con todo el dolor de mi corazón.
-¡Gracias! ¡Dios, gracias! –Exclamó cogiéndome de la mano en gesto de agradecimiento.
Aprovechando que me tenía agarrada, tiré de ella con brusquedad hasta que mi boca quedó muy cerca de su oreja.
-Escúchame, si te veo a menos de cinco metros de mi hija te mato. –Le susurré amenazadoramente.- Y no en un modo metafórico, no; si te veo siquiera mirarla a los ojos te meteré un balazo en la frente y dejaré tu cadáver como comida para los muertos, ¿entiendes?
Cuando me aparté de ella su mirada era de todo menos desafiante.
-Me llamo Maite, por cierto, un placer conocerte. –Dije antes de darme la vuelta y volver a la furgoneta; quería ver qué habían logrado traer de la farmacia, y si con eso podíamos ayudar a Érica a recuperarse y, por tanto, podíamos marcharnos de una vez por todas y para siempre de Madrid.
-Ya le he dado la bienvenida. –Les dije a los demás.- Creo que está encantada de estar aquí.

El suministro médico que el fallecido Agus había recopilado de la farmacia parecía estar bastante completo y logró satisfacer al doctor.
-Hay calmantes, pero también antibióticos para aburrir. –Dijo mientras hacía recuento.- Una vez pasado el peligro de morir por las heridas, una infección era lo que más me preocupaba, con esto espero que logremos evitarlo.
-Creo que me apunto a ambos. –Exclamó Toni sujetándose la pierna.- A los calmantes y los antibióticos.
-Lo tengo en cuenta. –Afirmó Luís, que luego se giró hacia mi.- Deberías dejar que le echara un vistazo a tu herida, aun no he tenido la oportunidad de verla.
-Está bien, no necesito calmantes. –Respondí sin tener demasiadas ganas de tenerle demasiado cerca después de haber votado en mi contra.
-Aun así, no hará daño que un profesional te dé su opinión, ¿verdad? –Insistió.
Como no tenía una réplica para eso tuve que ceder, y quitándome la chaqueta y levantando la camiseta dejé expuesto el rasguño que la bala me había hecho al rozarme. La venda que me había colocado estaba manchada de sangre seca de cuando se me volvió a abrir la herida, y me dolía cuando hacía según qué movimientos, pero no creía que estuviera mal.
-Id preparándolo todo. –Le ordené a Toni mientras Luís hacía su trabajo.- En cuanto estemos listos nos vamos de aquí.
Toni asintió y se marchó cojeando con los demás.
-¿Te das cuenta? –Preguntó Luís mientras retiraba el vendaje de la herida.- Nadie ha vuelto a mencionar a Agus, pese a que acaba de morir.
-No es que hiciera mucho por ganarse el cariño de nadie. –Contesté a desgana.- La gente ya ha sufrido bastante como para llorar a todo el mundo.
-La gente ya ha sufrido bastante. –Repitió como analizando mis palabras.- Sí, y tú querías añadirles también la carga de abandonar a su suerte a esa chica.
-El mundo se ha vuelto duro, Luís. –Intenté explicarle.- Si quieres democracia pero no quieres tomar decisiones difíciles vamos a acabar mal. Puede que Irene sea inofensiva para nosotros, pero quizá el próximo con cuyo abandono no podamos cargar en nuestras conciencias no lo sea.
-Hasta Aitor, el soldado perfecto, ha votado contra eso. –Se defendió.- Esas “decisiones difíciles” pueden acabar costando vidas inocentes.
-Prefiero una decisión difícil que cueste una vida inocente desconocida a una decisión fácil que acabe costando una vida inocente conocida. –Repliqué señalando al resto del grupo.- La última vez que confiamos tan felizmente en alguien Félix murió, Érica fue herida, Toni también y a mi casi me violan… y de esos ni siquiera sospechábamos. Espero que hayáis votado acertadamente, porque esa chica “inocente” ya tiene delitos de sangre en sus manos, y cualquier daño que cause recaerá directamente en esas conciencias que no queréis cargar con decisiones difíciles.
-Está cicatrizando bien. –Diagnosticó el doctor refiriéndose a mi herida.- No hagas movimientos bruscos en unos días o se reabrirá, pero no creo que necesites puntos y no está infectada. Aunque voy a cambiarte la venda.
-Tú eres el experto. –Dije dejándole hacer mientras miraba de mala gana a Irene dejar su mochila en el coche de Agus, uniéndose así oficialmente a nosotros.
Aitor le estaba ayudando, quizá demasiado solícitamente… ¿tendría razón Raquel? Pensaba que sus celos eran solo una rabieta de ex novia despechada, pero Aitor también era solo un chaval, capaz de meter la serpiente en el nido sin darse cuenta solo para poner celosa a la chica que le dejó.
“Ni tras el fin del mundo nos libramos de estas estupideces” pensé deseando que el día se acabara de una vez por todas.
Pero eso estaba lejos de ocurrir, todavía quedaba la parte más complicada del día, nuestro viaje a ninguna parte. Había preparado un par de ideas para que los demás creyeran que más o menos tenía alguna idea de hacia dónde ir, pero en realidad no era así… al final iba a ser todo cuestión de coger los coches y buscar.
-Sé que todos estamos de acuerdo en alejarnos de Madrid. –Les dije una vez estuvimos listos para marchar.- Es lógico que nos apartemos de una gran ciudad, cuanto más gente más muertos vivientes, pero tampoco podemos alejarnos demasiado de un núcleo urbano… necesitamos comida, ropa y muchas otras cosas que solo podemos conseguir en lugares donde viviera alguien. También necesitamos agua y, como no tengo ningún motivo para pensar que haya algún lugar donde sigan teniendo suministro, no nos queda más que aprovechar lo que la naturaleza nos ofrece.
-¿Hablas de río Manzanares? –Preguntó Judit levantando la mano, como si estuviera en clase.
-Sí, tenemos cinco embalses cerca de aquí, creo que lo ideal sería acercarnos en coche a las proximidades y buscar un lugar cercano a ellos que cumpla las demás condiciones.
-Hay muchos pueblecitos por aquí. –Apuntilló Irene.- Quizá alguno esté libre de muertos vivientes.
-Yo no contaría con ello. –La contradije con bastante satisfacción.- Pero puede que haya algún edificio apartado que sí que esté libre de muertos y que podamos apropiarnos.
-Me parece bien. –Dijo Toni mirando a los demás.- Cualquier cosa es mejor que seguir acampados como domingueros. Personalmente no entiendo como Félix y Óscar nos tuvieron tanto tiempo a un tiro de piedra de Madrid, tirados como animales a merced del frío.
-Bueno, ellos no sabían que la zona segura había caído hasta la última semana. –Les defendió Judit.- Hasta entonces esperar cerca era lo mejor, creíamos que la ciudad se podía recuperar… y después de que arrasaran con todo cabía la posibilidad de que intentaran reorganizarse fuera de la ciudad, de modo que estábamos en el mejor lugar para ser rescatados.
-Ya nadie va a rescatarnos, no queda nadie que pueda hacerlo, así que mejor olvidarnos de eso. –Intervine para detener esa conversación, que no nos llevaba a ninguna parte.- Subamos a los coches y pongámonos en marcha, cuanto antes empecemos antes encontraremos algún lugar a salvo.
Una vez todos subidos en alguno de los dos vehículos, me senté en el asiento del conductor de la furgoneta y abrí la marcha de vuelta a la carretera, donde nos esperaba un destino incierto.
-Ponte el cinturón. –Le dije a Clara, que viajaba de copiloto.
-Intenta no coger demasiados baches. –Me pidió Luís desde la parte trasera del vehículo, donde también iban Raquel, que no quería viajar en el mismo vehículo que Aitor, Toni, que necesitaba estirar la pierna, y Érica, que seguía dormida.
-Haré lo que pueda. –Respondí sin prometer nada; que íbamos a tener que meternos por caminos de tierra era un hecho, ya que las principales carreteras que salían de la ciudad estaban atestadas de coches abandonados.
-Allá vamos… -Dijo Raquel dirigiendo una última mirada hacia Madrid.
Seguramente sentía el mismo hormigueo en el estómago que sentía yo por abandonar la ciudad donde había vivido toda la vida. Al mirar por el espejo retrovisor vi a un resucitado solitario salir de la ciudad dando trompicones; desde tan lejos daba hasta un poco de pena verle tambalearse torpemente solo él sabía hacia donde y para qué. La ciudad ya únicamente pertenecía a los suyos, a los muertos; la habían conquistado a base de sangre y mordiscos, y no quedaba nadie que fuera a discutirles la propiedad… al menos de momento. En mi foro interno deseaba de corazón que, tarde o temprano, los humanos volviéramos a estar en condiciones de reclamar lo que nos pertenecía, la sociedad que habíamos construido con esfuerzo a lo largo de milenios y que ellos habían destruido en menos de un mes.
“Algún día volveremos” pensé mientras Madrid se iba haciendo más y más pequeña conforme nos alejábamos de ella.
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Belthazor
 
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Re: Crónicas zombi: Orígenes

Notapor Belthazor » Jue, 09 May 2013, 23:02

CAPÍTULO 9: IRENE


“Mala suerte, solo ha sido mala suerte” pensaba mientras me agarraba al asiento del coche para evitar saltar por los aires después de cada bache.
Habíamos tomado una carretera secundaria y, aunque íbamos despacio, el viejo coche parecía ir a desmontarse cada vez que encontraba algo con lo que tropezarse. El destino que seguíamos era incierto, ni ellos mismos sabían a dónde íbamos, y yo no tenía ni idea de donde podíamos ir, de modo que acepté ciegamente el lugar donde me llevaran. Cualquier cosa era mejor que quedarse en ese maldito colegio.
Había llegado a odiar ese lugar… después de todo lo que había tenido que hacer para sobrevivir cualquier buen recuerdo que pudiera tener se había disipado en una nube de sangre y canibalismo. Todavía sentía en el estómago cada trozo de carne humana que había devorado, ¿pero cuál había sido la alternativa a eso? ¿Morir de hambre? ¿Matar de hambre a cinco niños?
El grupo me odiaba, incluso los que me defendían lo hacían más por piedad que porque les pareciera mi compañía agradable. La mala suerte en la que pensaba era que la única persona con pelotas de aquel grupo fuera madre de una niña. ¿De qué manera iba a aceptarme si había matado a cinco niños más pequeños que la suya?
Tampoco me arrepentía de eso… no era algo que me hubiera gustado hacer, pero era lo que tenía que hacerse, y ya había aprendido que la mayoría de las veces lo que había que hacer era una mierda. Matar niños, emborrachar a indeseables y dejarles follarme para poder reducirles y… lo que había hecho con esa gente era lo peor, al menos hasta que maté a los niños. Pero de nuevo no tenía más opciones que convertir sus últimos días de vida en un infierno de dolor y miedo. ¿Creían que me gustaba hacerles eso? El primero que llegó solo era un pobre hombre perdido buscando refugio mientras intentaba huir de la ciudad. Hasta se sintió aliviado cuando se topó conmigo, y fue bueno con los niños. ¿Pensó mientras le desmembraba día tras día que hacía aquello por placer? ¿Me tomó por una psicópata? No se daba cuenta de que, si no se lo hacía a él, tendría que habérselo hecho a alguno de los niños para alimentar a los demás. ¿Habría sido eso mejor? ¿Habría sido mejor salir con los cinco e intentar huir? Solo tenían seis años y eran demasiados, les habrían cogido los resucitados y habrían sufrido una muerte horrible.
“No tienen derecho a juzgarme” me dije con resentimiento mientras el coche daba trompicones sobre la carretera.
Matar a los niños… fue demasiado impulsivo por mi parte, no calculé el riesgo que eso suponía, las noticias de que el mundo se había acabado definitivamente me nublaron la mente. Aunque no lo supiera, esos críos estaban muertos desde antes de que los matara, desde antes de que matara por ellos. No había forma humana de encargarse de cinco niños en ese nuevo mundo… pero no debí matarlos. De nuevo hice lo que había que hacer, pero no me di cuenta de que había otros que serían capaces de hacerlo en mi lugar, y que su opinión iba a contar mucho para que mis nuevos compañeros me aceptaran.
Debí dejar que se los llevaran si querían, ellos mismos sabían que no tenían medios para cuidar de cinco niños, pero debí dejar que lo intentaran. Pero me pudo la compasión… Aitor era un crío que apenas sabía lo que hacía, y Sebas no tenía carácter ni capacidad de decisión compa tomar una medida semejante, al final los críos morirían de la forma que quería ahorrarles cuando les disparé, a manos de los zombis por culpa de alguna negligencia.
Y no debí hacerlo, pese a las reticencias iniciales, Maite y Toni, que parecían los únicos con un poco de sangre en las venas, se habrían dado cuenta de que eliminarlos de forma indolora era lo mejor para ellos. Pero era mucho más fácil no tener que plantearse qué hacer e iniciar una caza de brujas contra mí… a fin de cuenta ellos ni le habían visto la cara a esos niños, ni sabían sus nombres o habían tenido que dejarse manosear por individuos repugnantes para darles de comer. Yo era la mala porque los había ejecutado y ellos los buenos porque no se habían visto en esa disyuntiva.
-¿Eras profesora? –Me preguntó de repente la chica de gafas que viajaba a mi lado; no había abierto la boca en una hora de camino, pero en ese momento me miraba con mucho interés.
-Sí. –Respondí con desgana, no sabía por qué me lo preguntaba, ya les había dicho a qué me dedicaba al encontrarnos… aunque probablemente entonces solo estuviera pendiente de escuchar cosas sobre niños muertos.
-¿Y qué enseñabas? –Insistió la chica, Judit me parecía recordar que me habían dicho que se llamaba… todavía no había memorizado todos los nombres de aquella gente.
-Educación física. –Estábamos subiendo una pequeña montaña, de modo que si miraba hacia atrás podía ver la monstruosa ciudad de Madrid quedándose atrás.
-Oh. –Dijo un poco decepcionada… y no volvió a decir nada, se quedó mirando hacia delante como si la conversación, o el intento de ella, nunca hubiera existido.
-Parece que nos paramos. –Exclamó Sebas, que era quien conducía, señalando la furgoneta de jardinería donde iban metidos los demás, y que se había detenido en mitad de la carretera, junto a un desvío.
Todos bajaron de los coches, pero yo no tenía allí ni voz ni voto, y realmente el camino a seguir me daba igual, de modo que permanecí en mi asiento. No quería dejarme ver demasiado delante de Maite, sabía que nunca iba a olvidar lo de los niños, pero no quería provocarla y que lograra convencer a los demás para que me echaran… al menos hasta tener a alguien apoyándome en el grupo.
Además de mí misma, la única que no se había bajado del coche era la chica que venía a mi lado, que seguía mirando hacia delante como si el coche todavía estuviera en marcha.
-Perdona… te llamabas Judit, ¿verdad? –Llamé su atención.
-Eh… sí. –Contestó ella, que por algún motivo debía parecerle extraño que hablara con ella.
-¿Sabes por qué han parado? –Le pregunté.
-Oh, supongo que estarán decidiendo el rumbo a seguir. –Respondió sin darle mucha importancia.
-¿Y no te importa hacia donde vayamos? –Su actitud era realmente extraña.
-Mientras vayamos en esa dirección... –Señaló hacia delante.- me parece bien. Vamos prácticamente a ciegas con respecto a cualquier otra cosa, así que es irrelevante si coger un desvío u otro.
Dicho eso, volvió su vista hacia delante. Me quedé mirándola unos segundos, pero o no se dio cuenta de ello o no le importó lo más mínimo. Descarté intentar congeniar con ella, era demasiado rara y no tenía la iniciativa necesaria como para que me sirviera de apoyo. ¿Es que aquel grupo estaba formado solo por pusilánimes?
Sebas y Aitor regresaron al coche casi inmediatamente y volvimos a ponernos en marcha.
-¿Qué ha pasado? –Pregunté con interés.
-Querían saber qué camino seguir, pero me parece haber visto una casa al final de ese camino. –Dijo Sebas señalando el desvío.- Vamos a ver si podemos parar allí, coger cosas e incluso pasar la noche.
Asentí y volví a apoyar la cabeza contra el respaldo del coche. Me parecía bien, solo era medio día, pero en cinco horas empezaría a anochecer, y no quería acabar pasando la noche al aire libre. Por muy lejos que estuviéramos de la ciudad los muertos vivientes acechaban en cualquier lugar.
Tras un par de minutos conduciendo, comencé a divisar yo también una especie de caserón al final del camino. Sin embargo, conforme nos fuimos acercando más y más aquello comenzó a parecerse más a un motel de carretera de dos pisos. El final del camino desembocaba en un pequeño aparcamiento completamente despejado, en la fachada del motel se podía leer “El Paraiso” en unas letras de neón apagadas. Al lado del nombre, una imagen también de neón de una mujer en pose provocativa, junto a una palmera y dos cocos, me hicieron comprender rápidamente la naturaleza de aquel lugar.
-Un lugar poco apropiado, aquí hay niños. –Dijo el hombre negro herido en una pierna cuando bajamos de los coches.
-Eh, yo solo dije que vi una casa, -Se defendió Sebas.- ¿qué sabía yo que esto era…?
-¿Un burdel? –Terminó la frase por él Raquel, la niña pija, indignada.
-Mamá, ¿qué es un burdel? –Preguntó la niña mirando a su madre… sin embargo ella me estaba mirando a mí, fulminándome con la mirada; instintivamente había dirigido la vista hacia la cría cuando preguntó, pero su madre no estaba dispuesta a dejarme pasar una.
“Zorra” pensé con rencor.
-Nada cariño. –Respondió Maite sin darle importancia.- Fuera lo que fuera ahora es un lugar apartado, y tapiado.
Alguien se había molestado en tapar con tablas tanto la puerta principal como todas las ventanas del piso inferior.
-Está claro que ahora mismo nos vale prácticamente cualquier cosa para poder descansar. –Opinó Luis, el médico, uno de los que me había apoyado… quizá sería mejor candidato para ganarme su confianza, pero si quería hacerlo tendría que tener más cuidado que con nadie, me daba en la nariz que ese hombre no tenía un pelo de tonto.- Érica necesita un lecho decente cuanto antes para empezar a recuperarse. Pero no me gusta, este sitio podría estar ocupado por alguien, y tal y como está esto tapiado no creo que les guste recibir visitas.
-Que estén las ventanas así solo indica que hubo gente. –Matizó Toni.- No quiere decir que aún estén, ni mucho menos que sigan vivos si es que aún están allí.
-Nos acercaremos pacíficamente. –Estudió la situación Maite.- Si hay alguien y quieren que nos vayamos, nos iremos. No debe ser la única casa por los alrededores.
-Burdel. –La corrigió Raquel.
-Lo que sea. ¿Algún voluntario para acercarse conmigo? –Preguntó Maite al grupo.
Solo Aitor levantó la mano, y debido a eso, y contradiciendo lo que pensaba un momento antes, vi una oportunidad de hacerme un hueco.
-Si no te importa, yo también me ofrezco. –Dije tímidamente, lo que llamó la atención de todos.
-¿Tú? –Escupió ella, que desde luego no se esperaba mi ofrecimiento.
-Quiero resultar útil. –Si aquella zorra picaba, poco a poco iría viendo que soy más útil que la mitad de los sangrefloja que la acompañaban… no podría odiarme eternamente bajo esas condiciones.
Picó, y un instante después nos acercamos los tres a la fachada de aquel prostíbulo de mala muerte. Además de sellar con tablones todas las ventanas, alguien las había cubierto desde dentro con gruesas cortinas que impedían ver el interior. A simple vista aquel lugar parecía completamente abandonado.
-Debe haber una entrada trasera. –Sugirió Maite al comprobar que las tablas de la entrada no se podían quitar con facilidad.
Pero de repente una de las ventanas junto a la puerta principal se abrió, y por una rendija entre dos tablones se asomó el cañón de una escopeta.
-¿Quienes sois y qué queréis? -Dijo una quebrada voz de varón.
Al ver la escopeta apuntándonos desde la ventana levanté las manos un poco asustada, era la primera vez que alguien me apuntaba con un arma, y no era una sensación agradable.
-Somos un grupo en busca de un lugar donde descansar. Tenemos niños y gente herida con nosotros. –Dijo Maite con voz tensa.
Tras unos segundos de silencio, finalmente aquel desconocido retiró el cañón de la escopeta.
-No parecéis peligrosos. Aquí hay sitio de sobra, pero no me fío una mierda de nadie. –Dijo con su voz quebrada.- Os abriré la puerta trasera, entrad vosotros tres, sin armas, y hablaremos. No es negociable, si no os gusta podéis iros a tomar por culo.
Maite y Aitor intercambiaron una mirada.
-Muy bien, sin armas. –Accedió Maite, muy irresponsablemente a mi juicio; aquel hombre sí que iba armado, ¿qué le impedía volarnos la cabeza nada más entrar?
Sin embargo no dije nada, no habían pedido mi opinión.
Retrocedimos hasta el grupo y los dos se desarmaron.
-Esto no me gusta. –Dijo Sebas cuando estuvieron al corriente.
-No sabemos nada de quién está ahí dentro. –Protestó Raquel.- Ya llevamos bastantes desconocidos por hoy, ¿no os parece?
“Zorra.”
-Les estaríamos dando tres rehenes. –Observó Toni con sagacidad.- Piénsalo, os encañonan y nos dicen que si no les damos la comida y las armas… o a las chicas, os vuelan la cabeza. ¿Qué coño hacemos entonces?
-Es un riesgo que debemos tomar. –Replicó Maite.- Solo vamos a hablar, y parecía bastante razonable, no creo que quiera hacernos daño.
“No sabes nada” mascullé para mí misma; yo también parecía amable y solícita, y mis víctimas tuvieron una muerte horrible… pero eso era algo que no podía contar.
-Todo irá bien. –Afirmó Aitor con seguridad, aunque no podría explicar qué es lo que le hacía sentirse tan seguro.
Rodeamos el prostíbulo. En la parte trasera también habían apuntalado las ventanas, pero una pequeña puerta metálica se encontraba abierta, esperándonos.
Entramos. El interior estaba iluminado por velas, de manera que no veíamos un carajo. Sentí un escalofrío al recordar el aula de la tercera planta del colegio que había acondicionado para mis… víctimas había estado iluminado exactamente de la misma forma.
Pese a la oscuridad pude distinguir unas mesas llenas de polvo, una barra de bar con todo tipo de bebidas alcohólicas al fondo y una barra de streeptease sobre un escenario. La decoración de aquel lugar consistía principalmente en posters y fotografía de chicas ligeritas de ropa.
-¡La puta madre que os parió! –Gruñó una voz a nuestra espalda; un hombre alto y moreno, de pelo largo, bigote y perilla, vestido con un traje sucio, cerró la puerta en cuanto estuvimos dentro.
No parecía un tipo amistoso, de hecho, si tuviera que haber descrito su apariencia con una sola palabra, sería “peligrosa”. Que tuviera la escopeta en sus manos no me hizo cambiar de opinión.
-La puta madre que os parió. –Repitió de nuevo.- ¿De dónde coño habéis salido? Hace dos semanas que no vemos a otro puto ser vivo, y hoy venís todos aquí.
-Estábamos refugiados es un campamento a las afueras de Madrid. –Le explicó Maite, mirando con recelo la escopeta.- La ciudad está perdida, la zona segura ha caído y nadie está combatiendo a los muertos, por lo que nos hemos tenido que marchar. Solo buscamos un lugar que nos proteja de los resucitados mientras recuperamos fuerzas.
-¿La zona segura ha caído? –Preguntó suspicaz.
-Sí. –Respondió Aitor.
El hombre se quedó mirándonos como si evaluara el riesgo que podíamos suponer. Desarmada, Maite no imponía gran cosa, y Aitor, aun con uniforme militar, solo era un crío. No creía que yo pudiera aparentar ser un peligro para nadie tampoco.
-Los heridos no están mordidos, ¿verdad? –Inquirió.- Si a alguno le han mordido lo mejor que podéis hacer es volarle la cabeza.
-No. –Contestó Maite sin perder el aplomo.- Son heridas de bala.
Para mi tranquilidad, bajo la escopeta.
-De acuerdo, podéis pasar. –Accedió.- ¿Tenéis algo de comer? Estoy hasta los cojones de comer panchitos, a cambio podéis beber lo que os dé la gana de la barra. Pero hay una condición, las armas se quedan fuera, tengo gente que proteger y no quiero desconocidos armados aquí dentro.
-Mire, si tiene a más gente aquí entiendo que meter en su casa a un grupo de desconocidos armados pueda resultarle peligroso, lo sé muy bien, créame. –Dijo Maite.- Pero entienda que nosotros también tenemos que velar por los nuestros, ya hemos tenido problemas con otra gente y quedarnos desarmados ante otro desconocido… podría ser un ladrón y dejarnos sin nada y no tenemos forma de saber si no es así. ¿No podemos llegar a un acuerdo?
El hombre dio un bufido.
-¿Un ladrón? ¿Yo? Sois vosotros los que venís mendigando, ¿y encima queréis poner condiciones? Es mi casa y son mis reglas, si no le gustan, señora, usted y sus heridos pueden irse a chupársela a un zombi.
No hubo mucho que discutir, todos, y me incluyo yo, nos habíamos hecho ilusiones con respecto a las posibilidades de descanso que ese lugar ofrecía. Después de semanas durmiendo sobre colchonetas me apetecía probar una cama, aunque fuera una cama donde hubieran pasado cosas que prefería no imaginarme.
Como el resto también estuvo de acuerdo, aparcaron los coches y sacamos las cosas de los vehículos para llevarlas al interior. Entre Luís, Sebas y Judit ayudaron a Érica, la chica herida, a ponerse en pie. Ya estaba despierta y se había negado a que siguieran llevándola tumbada.
-No hagas gestos bruscos. –Le advirtió Luís por el camino.- Se te podrían salir los puntos.
-¿Un puticlub? –Exclamó una vez dentro.- Menuda puta mierda.
-A bonitos lugares venimos. –Protestó la niña pija escandalizada por las imágenes en las paredes.
-Mirad el lado bueno, es posible que si estamos aquí acabemos topándonos con Jorge. –Bromeó Toni y, aunque no sabía quién era ese tal Jorge, a todos pareció hacerles gracia aquello, menos a Maite.
Cuando volvimos dentro, además del hombre de la escopeta se encontraba tras la barra una impresionante mujer que debía ser de Europa del este, con un crió a su lado más o menos de la edad de la hija de Maite.
-Bien, yo soy Sergei Mijaílovich Petrov, pero llamadme Sergei. –Se presentó el de la escopeta… me llamó la atención que tuviera un nombre ruso por lo menos, ya que no le había notado ningún acento.- Mi mujer Katya y mi hijo Andrey.
-¿Esto es un puticlub? –Preguntó Érica sin ningún pudor mientras contemplaba la decoración.
-Un club de alterne. –Matizó Sergei.- Pero poco me alterna ya.
Tras las correspondientes presentaciones por parte de los demás, a Luís le urgía encontrar una cama para Érica.
-Necesita reposo, se está recuperando de unos disparos. ¿Podemos acostarla en alguna parte?
-Tenéis doce habitaciones para repartiros... salvo que venga más visita. –Dijo Sergei.- La del fondo a la derecha es nuestra, pero el resto están libres.
Mientras todos comenzaron a murmurar entre sí para ver cómo repartir las habitaciones, Maite se acercó a Aitor para decirle algo al oído, pero estaba lo bastante cerca como para escucharlo.
-Voy a subir con ellos para instalara Érica, ¿por qué no te quedas e intentas averiguar algo más de esta gente? No me gustan las pintas que tienen.
Como conseguir una habitación no me corría demasiada prisa, ya que tenía claro que nadie iba a querer compartir cuarto conmigo de ser necesario, me senté en una de las sillas mientras los demás subían al piso superior. Solo Aitor se sentó en uno de los taburetes de la barra, con Sergei y su familia al otro lado de la barra. Aquel lugar me resultaba desagradable, todas esas chicas en ropa interior en las paredes me hacían sentir incómoda, y quien sabía la clase de guarra que había restregado el culo en la silla donde me estaba sentando.
Me di cuenta de que el niño se me quedó mirando, de modo que le sonreí; no quería empezar también con mal pie con aquella gente. El no hizo ningún gesto que diera a entender que le importaba lo más mínimo, quizá porque era demasiado tímido y allí había demasiada gente nueva para él, o quizá porque se me había puesto cara de asesina de niños…
-Tenemos algunas conservas, recién saqueadas. –Les mostró Aitor enseñándoles las bolsas con comida que habían sacado del coche.
-Os lo “agrradecemos” –Dijo la mujer, Katya, con un fuerte acento del este.- No hemos tenido mucha comida de verdad por aquí.
-¿Y cómo acabasteis aquí? –Le preguntó Aitor, que a veces parecía tonto.
-¿Cómo terminamos aquí, dices? –Repitió Sergei haciendo un gesto con la mano; inmediatamente Katya cogió un vaso de chupito y se lo llenó con el contenido de una botella de la barra.- Ya estábamos aquí cuando empezó, yo dirigía este sitio. El resto de chicas se fueron a la zona segura cuando la cosa se puso peor. Si decís que ya no hay zona segura supongo que estarán muertas... mala suerte. Desde hace dos semanas solo recibimos la visita de algún muerto viviente ocasional, hasta que habéis llegado todos vosotros.
Raquel apareció bajando las escaleras, lo que provocó un tenso silencio por parte de Aitor. Observando las miradas que se intercambiaron era evidente que entre esos dos había pasado algo.
-Creo que ya nos hemos repartido las habitaciones, todavía quedan libres. –Añadió mirándome, a lo cual asentí.- Espero que no os importe que estemos… eh… adecuando las habitaciones. Los posters de las paredes son un poco… peculiares.
-Esos dormitorios no se hicieron para dormir, niña. –Le respondió Sergei, que acto seguido se bebió de un trago el chupito.
-Ya… bueno, Maite me dijo que os avisara. –Exclamó Raquel volviendo escaleras arriba.
Aitor se quedó mirándola hasta que desapareció de la vista.
-Creo que yo también quiero una de esas. –Le dijo a Sergei volviéndose hacia él.
-¿Has cumplido los veintiuno? –Le preguntó éste.
-He matado más de veintiún reanimados, ¿te vale? –Respondió Aitor.
Sergeí lanzó una carcajada y le hizo otro gesto a Katya para que le sirviera un chupito al joven militar.
-Mal de amores, ¿eh? Como si no hubiera bastante con los muertos vivientes. –Dedujo el ruso.
“O sea que era eso, a la niña pija se le había antojado el fusil del soldado...” pero claro, luego había pasado de él; natural, las niñas pijas acaban con niños igual de pijos, no con soldados, por muy niños que sean.
-Nunca me fié mucho de los militares, y los conozco bien, son clientes habituales de este sitio. Por eso nos quedamos aquí cuando todo empezó. –Siguió hablando Sergei.
-Creo que hiciste bien, al final nos ganaron. –Replicó Aitor con el chupito en la mano, intentando aparentar ser más hombre de lo que era.
-¿Hacia dónde os dirigís? -Le preguntó.- Pensábamos que a estas alturas estaría ya todo solucionado, no teníamos ningún plan previsto a largo plazo. Nos queda algo de comida y más alcohol del que podríamos beber, pero nada más. ¿Sigue habiendo algún lugar seguro?
-No lo sabemos, andamos buscando. –Contestó el soldado bebiéndose de un trago lo que le habían servido, solo para acabar a punto de ahogarse un instante después.
-¿Demasiado fuerte para ti? –Se carcajeó Sergi.- ¡Vamos chico! ¡Eres un militar! ¿Y usted señorita? ¿No quiere beber algo?
Se dirigía a mí, y no me lo había planteado porque habitualmente no bebía, pero quizá un buen trago era justo lo que necesitaba.
-Ponme una de lo mismo. –Dije levantándome y acercándome a la barra.
-Ya has oído Katya, ponle uno a la señorita; y ponte uno tú también, hay que recibir a nuestros invitados con cordialidad… hay mucha mierda que olvidar, ¿eh? –Comentó el ruso mientras su mujer me ponía un chupito como el que se estaban bebiendo ellos, antes de rellenar el de Aitor y de servirse otro ella misma.
-Y que lo digas. –Respondí cogiendo el pequeño vaso.
Aitor lo intentó de nuevo, pero no aguantó esa vez tampoco.
-¡Joder! ¿Pero qué es esto? –Preguntó tomando aire.
-Vodka, niño. Bebida de hombres. –Contestó Sergei.
-Bebida de hombres muertos… esto podría revivir a un resucitado. –Replicó el soldado.
-Na zdoróvie. –Dijo Katya antes de alzar el vasito y bebérselo de un trago; acompañada por Sergei, que vació el suyo también.
Yo me bebí el mío con la misma técnica, lo que hizo que me abrasara la garganta y los ojos hicieran un amago de ponerse a llorar, pero aguanté con temple y volví a dejar el vaso vacío sobre la barra con un golpe.
-¡Já! Aquí tenemos a tres hombres de verdad. –Bromeó el ruso rellenándome el vaso.- Y dos son mujeres, ¿qué te parece soldado?
-Está bien, pero solo uno más. –Dije cuando Katya fue a rellenarme el vaso.
-Bueno, y si no hay ningún lugar seguro, ¿entonces qué planes tenéis? Katya, Andrey y yo teníamos intención de marcharnos pronto de aquí, solo tenemos frutos secos para comer, y de alcohol no se puede vivir, pero tampoco sabría a donde ir. Hay una base militar aquí cerca, pero parece que todo el jodido mundo está lleno de esas cosas muertas vivientes.
-No sé, queríamos subir un poco al norte y buscar algún lugar a salvo, cerca de algún pantano y de algún pueblecito para poder abastecernos. –Le explicó Aitor, y yo escuché atentamente, ya que era la primera noticia que tenía sobre los planes del grupo… no sonaba mal como plan, si todo está lleno de resucitados lo mejor es ir a algún lugar donde antes hubiera poca gente, pero cerca de algún lugar donde conseguir comida y cosas que necesitemos.- También podríamos coger la autopista e irnos bien lejos, lo estamos meditando.
-Eché un vistazo a la autopista hace unos días. –Replicó el ruso.- En los coches había cosas útiles, pero es imposible atravesarla en vehículos. Hubo varios accidentes y choques, que provocaban atascos conforme la gente quería huir de la ciudad. El tráfico está bloqueado incluso antes de entrar en la propia utopista. Además... hay de esos seres entre los coches. No son muchos, pero hay.
-Si tienes alguna idea háblalo con Maite, ella es la que nos dirige, a lo mejor se nos ocurre algún lugar más concreto. –Dijo el soldado esquivo bebiéndose su tercer chupito.- Oye, al final se le coge el punto a esto.
Como aquello no daba más de sí, agarré mi mochila y subí al piso superior a ocupar mi habitación, dejándolos allí abajo con su alcohol. Toda aquella planta era un largo pasillo bastante sucio con muchas habitaciones a los lados… si era un puticlub no era precisamente de lujo, y cada vez me daba más asco estar allí. Lo único destacable del pasillo eran un par de máquinas de condones colocadas justo al lado de las escaleras.
Muchas de las puertas estaban abiertas, porque la gente del grupo estaba todavía instalándose, pero decidí pasar de largo sin mirarles y dirigirme a una de las habitaciones vacías. Nada más abrir la puerta lo primero que me llamó la atención fue que hubiera un espejo en el techo, sobre la cama, que estaba cubierta por una colcha roja muy hortera. Las paredes eran rojas también y estaban decoradas con posters de chicas mostrando sus partes pudendas sin ningún rubor.
Intentando no pensar en los repugnantes fluidos corporales que pudiera tener esa colcha, me senté sobre ella y dejé la mochila en una mesita. Dentro solo tenía las pocas cosas que llevaba habitualmente al colegio cuando iba a trabajar, que básicamente consistían en el contenido habitual de mi bolso y el chándal para las clases de gimnasia. Había llevado ese chándal durante más de tres semanas y ya olía peor que la ropa que en ese momento llevaba puesta, y tanto el móvil como las llaves de mi casa ya no servían para nada, así que básicamente esa mochila era un montón de cosas inútiles.
Ignorando la colcha y a las despampanantes mujeres que me miraban abiertas de piernas desde la pared, me tumbé sobre la cama para descansar un rato y poder aclarar mis ideas. Aquella misma mañana me había enterado de que el mundo se había acabado cuando llegaron los muertos vivientes, todo el mundo que conocía había muerto si la zona segura había caído, y todavía no había tenido tiempo de digerir la noticia.
Estaba sola, completamente sola, no sabía si iba a conseguir que aquel grupo me aceptara alguna vez, y si las cosas se ponían feas de mí sería la primea de la que prescindirían por lo que había hecho… pero si hubieran sabido la mitad de lo que había hecho para mantenerme viva dejarían que Maite me volara la cabeza.
Pero fue precisamente pensando con amargura en eso cuando me di cuenta de que el ser humano es un animal de manada, no tenía ninguna posibilidad de sobrevivir yo sola, necesitaba al grupo a mi lado. La situación no había cambiado tanto, ya no se trataba tanto de comer como de contar con el apoyo de los demás para salir adelante, tener a alguien cubriéndome las espaldas, y de nuevo tendría que hacer cualquier cosa para conseguirlo… lo que fuera.
“Una cadena se rompe siempre por el eslabón más débil” pensé trazando planes en mi cabeza mientras sentía que el sueño se iba apropiando de mi mente.

No fue un sueño agradable, ni mucho menos. Estaba en el colegio otra vez, con el segundo tipo que utilicé para comer, Charli creo que se llamaba, en el gimnasio, aguantando con temple sus ebrias embestidas contra mí mientras esperaba que hicieran efecto los somníferos del director que le había echado a la ginebra y pudiera quitármelo por fin de encima. Pero de repente él ya no era él, sino que era lo que había dejado de él después de mutilarle, un torso ensangrentado y destrozado que respiraba con dificultad, sin brazos ni piernas. Grité y lo aparté a un lado de un empujón cuando ya me había embadurnado de sangre, pero entonces me rodearon los niños. Los cinco estaban muertos, tenían disparos en la cabeza, pero caminaban y gemían como muertos vivientes, y se acercaban hacia mí con intención de devorarme viva…
Cuando me desperté tenía sudores fríos por todo el cuerpo. Tuve que parpadear un par de veces para recordar donde me encontraba… y me dio por pensar que en el sueño estaba mejor.
Casi más cansada que cuando me dormí, me levanté de la cama que, por otra parte, era cómoda, y salí al pasillo de nuevo. No sabía cuánto tiempo había pasado porque no me ocurrió mirar el reloj antes de dormirme, pero todas las puertas estaban cerradas y se escuchaban voces desde el piso inferior. Todos tenían que haber bajado, de modo que fui hacia el bar yo también.
-…hacia la costa, tíos, hay que ir hacia la costa. –Estaba diciendo Toni a los demás; se habían reunido todos allí, menos Érica, que necesitaba descansar para recuperarse de sus heridas, y no se habían molestado en avisarme... discretamente busqué un asiento yo también y me dediqué a escuchar.- Si había algún plan de evacuación del gobierno tenía que ser en la costa, alguna isla en el Mediterráneo, o en el Atlántico.
-No, al norte, hay que ir al norte. –Le contradijo Luís.- El frío tiene que congelar a unos seres sin riego sanguíneo, quizá por allí la cosa no haya sido tan grave, estamos en pleno invierno.
-No me convence lo de ir hacia el norte. –Reflexionó Aitor.- No he oído en ninguna parte que los países del norte lo tuvieran mejor que nosotros.
Maite miró a Judit, que permanecía ajena a la discusión ojeando un libro que no sabía de dónde demonios había sacado.
-¿Y tú qué opinas? Estuviste trabajando para el gobierno con todo esto, ¿no?
Levantó la vista como si no se hubiera dado cuenta de que estaban hablando a su alrededor.
-¿Eh? Sí… sin pulso deberían ser más susceptibles a la congelación, pero por lógica habrá menos muertos vivientes donde menos gente haya, habría que ir hacia Castilla la Mancha, estadísticamente es la zona con menor densidad de población del país. Desde luego mucho menos que en la costa.
-Sea como sea, no podemos movernos por autopistas. –Afirmó Toni.- No creo que sea solo la M40, ¿no visteis las noticias, cuando todavía había noticias? En todas partes había colas kilométricas de gente que huía.
-¿No sería más sensato quedarse por aquí cerca? –Propuso tímidamente Raquel.- Al fin y al cabo los resucitados son cadáveres, terminarán pudriéndose.
Judit, que había vuelto a su lectura, no pudo contener una carcajada que hizo que todos nos quedáramos mirándola. Cuando se dio cuenta pareció extrañarle.
-Perdón. –Dijo poniéndose colorada.
-¿Alguna objeción? –Le preguntó Maite.
-Es solo… esos seres no se descomponen como un cadáver normal, quiero decir, si se descompusieran ya estarían, de hecho, descompuestos. Lo mismo que los reanima deja su putrefacción suspendida, o más bien ralentizada.
-¿Y entonces cuánto podrían tardar en pudrirse tanto que ya no puedan moverse y morder? –Preguntó Aitor con interés.
-No lo sé. –Respondió cerrando el libro de golpe y mirando hacia el techo, pensativa.- Dependería mucho del clima, pero podrían ser… ¿cinco años?
-¡¿Cinco años?! –Exclamó Toni desalentado.- ¿Cinco años de esos seres merodeando por todas partes?
-Vamos a tener que matarlos antes. –Bromeó Aitor, pero Judit se tomó el comentario muy en serio.
-Según las últimas estimaciones oficiales ya había un vivo por cada cinco muertos vivientes. –Calculó.- Si tenemos en cuenta la caída de la zona segura y que la gente que se quedó atrincheradas en sus casas a esperar que todo pasara no tienen demasiadas posibilidades… cada ser humano superviviente tendría que acabar con unos mil muertos vivientes para limpiar el mundo. En este lugar somos ahora mismo trece personas, contando heridos y niños, de modo que para cumplir nuestra cuota tendríamos que matar trece mil muertos vivientes. Poco más de siete de ellos por día a lo largo de esos cinco años.
No podía creer que hubiera hecho esos cálculos mentalmente y del tirón ella sola.
-¿Tú que “erres”? ¿Una especie de “cerrebrrito”? –Le preguntó Katya, que seguía tras la barra junto a su hijo, mientras que Sergei se había sentado en una mesa con los demás.
-Mi coeficiente intelectual es de ciento cincuenta y dos, igual que el de Stephen Hawking, si es que te refieres a eso. –Respondió ella sin el menor rasgo de prepotencia, casi con vergüenza por ser mucho más lista que la media.
-¡Mola! ¿Puedes sumar dos números cualquiera? –Exclamó entusiasmado Andrey que, como su padre, no tenía el más mínimo rastro de acento, aunque posiblemente él hubiera nacido en España.
-Eh… bueno sí. –Respondió Judit comenzando a ponerse nerviosa.- Y multiplicarlos, dividirlos y casi operar de cualquier manera con ellos, gané un concurso de cálculo mental en…
-Doce mil ciento veinticuatro por… diecisiete. –Le preguntó alegremente la hija de Maite.
-Doscientos seis mil ciento ocho. –Contestó Judit un segundo más tarde.
-¡Qué guay! –Exclamó la niña.
-¿Podemos volver al tema que estábamos hablando? –Propuso Maite.
-Sí, dejad los numeritos para cuando puedan matar resucitados. –Escupió Sergei.
-Visto que no hemos sacado nada el claro, sugiero que lo mejor sería seguir con el plan inicial. –Expuso Luís.- Hay pantanos por aquí cerca donde conseguir agua, y varios pueblecitos donde abastecernos. Con alejarnos un poco más de Madrid debería bastar.
-Si ese es vuestro plan a mi familia y a mí nos gustaría unirnos a vosotros. –Pidió Sergei.- Si ya no hay salvación no podemos resistir aquí dentro eternamente. Tengo un arma y un coche que aportar, además de estar dándoos cobijo ahora mismo.
-No tenemos problemas en aceptar a alguien con buenas intenciones. –Asintió Maite, dirigiéndome seguidamente una mirada venenosa.
“Zorra” pensé; si ese niño había nacido por relaciones consentidas yo era la reina de Inglaterra, ¿es que no se daba cuenta nadie más de que esos tres eran una puta, su hijo y el tío que la chuleaba?
Con ese acuerdo decidieron que nos quedáramos en aquel puticlub un par de días, durante los cuales estudiarían los mapas de carreteras para decidir un destino y los heridos podrían recuperarse un poco. Todos parecían bastante contentos por tener un techo, pero no pude compartir su alegría ya que no había estado viviendo a la intemperie como ellos, aunque tenía que reconocer que aquel lugar era mucho más cálido que el colegio… o quizá fuera por el alcohol que me pasé bebiendo el resto del día.
-Si sigues bebiendo así mañana “tendrrás” “rresaca”. –Me advirtió Katya tras mi cuarto chupito de tequila, ya habiendo caído la noche.
Qué más me daba. ¿Acaso había algo que hacer allí además de beber?
-¿Qué haces aquí abajo? –Preguntó Maite mientras unas lentas pisadas bajaban la escalera.
No había visto a Érica más que los pocos segundos que había permanecido despierta entre que se bajaba de la furgoneta y entraba a aquel lugar, de modo que me sorprendió ver que la habían vendado por completo desde el pecho hasta la cintura. Tenía tres pequeños puntitos de sangre seca en los lugares donde recibió los disparos que la habían dejado en esa situación, y me sorprendió mucho que fuera capaz de mantenerse en pie.
-A la mierda, no aguantaba más allí tumbada. –Refunfuñó acercándose a una mesa; hizo varios gestos de dolor contenido mientras se sentó en una de las sillas.
-No has debido bajar, se te podrían saltar los puntos. –Le recomendó Luís acercándose a su lado.
-Que les jodan a los puntos. –Exclamó, luego se fijó en mí.- ¿Y esta quién es? ¿Una de las putas de este sitio?
“Que maja” pensé con resentimiento.
-Es Irene, ¿no te acuerdas? –Intento recordarle Luís.- Creo que estabas demasiado sedada.
En otras circunstancias antes de levantarme y marcharme habría dicho algo como “me voy a tomar un poco el aire”, pero no había necesidad, ya me había dado cuenta de que a nadie le importaba una mierda lo que hiciera o dejara de hacer.
En aquel lugar, lejos de la ciudad, en plena noche y al aire libre, el viento traía un aire congelado hacia mí, que solo iba vestida con una camiseta y una cazadora por encima, pero prefería estar allí a volver dentro. No se podía decir que sintiera aprecio por esa gente, pero su indiferencia me dolía, y la forma en que Maite me miraba cada vez que cruzaba su mirada conmigo no ayudaba mucho a evitar esa sensación.
“Quizá no sean sus miradas” me dije a mí misma, “quizá sea que en el fondo siento que me merezco ese desprecio.”
Di un par de vueltas por la parte trasera de aquel local para entrar en calor, pero sin alejarme demasiado, ya que no quería toparme con algún resucitado despistado. Estaba segura de que desde allí se podían ver las luces de la ciudad de Madrid por la noche, pero con Madrid abandonada a los muertos las únicas luces que se podían ver eran las de la luna y las estrellas. Del mismo modo el único sonido era el de la brisa y el de los grillos… costaba acordarse de los muertos vivientes estando allí.
-Me han contado lo que hiciste. –Dijo una voz femenina a mi espalda; alarmada, me giré rápidamente y me encontré a Érica a un metro de mí, con un hacha en la mano y un algo en la mirada que no me gustó nada.
-¿Ah, sí? –Pregunté sin saber qué decir ante su afirmación.
-No eres más que una zorra asesina. –Exclamó levantando el hacha en el aire.
Asustada, retrocedí un par de pasos al ver que esa loca tenía la intención de matarme de un hachazo… pero el maldito alcohol y andar hacia atrás no eran buena combinación, y terminé cayendo de espaldas sobre la tierra.
-¿Qué… qué vas a hacer? –Pregunté estúpidamente, pues sus intenciones eran bien claras, ¿la habría enviado Maite, o sería algo que estaba haciendo por su cuenta?- No… no tienes que hacer esto.
-¿No? ¡Que te jodan, zorra! –Bufó tomando impulso con el hacha.
Ya había cerrado los ojos y me había preparado para recibir el golpe cuando vi que tuvo que retroceder hacia atrás un par de pasos ella también, llevándose la mano al estómago y visiblemente dolorida… eran las heridas, los puntos le tiraban y le dolían, además de estar muy débil por los calmantes y los antibióticos.
No supe qué cables se cruzaron en mi cabeza mientras me incorporaba, pero de repente sentí un acceso de ira terrible. ¡Había intentado matarme! ¿Qué coño se había creído aquella imbécil?
Me lancé sobre ella completamente enloquecida y la tumbé de espaldas. El golpe no debió sentarle bien, porque además de un gesto de dolor terminó soltando el hacha. Lo primero que hice fue darle un puñetazo en la herida del estómago, lo que hizo que gimiera de dolor.
-¿Crees que puedes venir y matarme sin más? –Bramé dándole un golpe en otra de sus heridas; aquello le dolió tanto que no pudo ni gritar, tan solo puso los ojos como platos, como habían hecho en ocasiones los dos tipos a los que descuarticé.- ¿Sabes lo que he tenido que hacer para llegar hasta aquí? ¿Eh loca de mierda?
La tenue mancha de sangre que tenía en la venda en cada lugar donde le habían disparado comenzó a ampliarse. Los puntos le habían saltado por los golpes, pero eso no me detuvo… sencillamente no iba a dejar que tuviera una segunda oportunidad de intentar matarme.
Me senté sobre sus hombros, inmovilizándola de brazos, y con una mano le tapé la boca y con la otra la nariz.
-¿Sabes lo que he tenido que hacer, zorra? –Le susurré fuera de mi mientras ella se retorcía intentando soltarse para no morir asfixiada.
La chica era más corpulenta que yo, fácilmente podría haberme rechazado y obligado a morder el polvo, pero estaba débil y herida, no era una rival, estaba a mi merced.
-He hecho cosas que me hacen asquearme de mí misma. –Seguí susurrándole sin dejarla respirar.- Maté a los niños, si, pero también me he dejado usar por tipos despreciables, tipos a los que luego fui desmembrando trozo a trozo, devorándoles poco a poco, alimentando con ellos a los niños y alimentándolos a ellos mismos para mantenerlos vivos más tiempo con su propia carne.
Cuando la miré a los ojos no sabía si estaba más asustada por estar ahogándose o por lo que le estaba contando.
-¿Crees que después de eso voy a dejar que una retrasada con un hacha me joda? ¿Lo crees?
Evidentemente no contestó, no tardó ni unos segundos más en ponerse morada y perder el conocimiento. Cuando sentí que ya no hacía fuerzas la solté, comprobé su pulso y vi que no tenía, luego miré hacia la casa. Todos estaban allí dentro, parloteando como idiotas tras unas ventanas tapiadas con madera que no dejaban ver lo que ocurría fuera. No pude evitar sonreír.
-¡Socorro! –Grité con mi voz más lastimosa.- ¡Socorro! ¡Que venga alguien, por favor!
Me tumbé en el suelo de forma que pareciera que me había caído de espaldas y esperé hasta que empezaron a salir todos fuera. Me forcé a comenzar a llorar, mi vida dependía de aquella interpretación.
-¡Dios! ¿Qué ha pasado? –Preguntó Aitor al llegar a la escena del crimen; Luís no se detuvo a hacer preguntas y se arrodilló delante de Érica.
-Ella… me atacó. –Contesté fingiendo estar muerta de miedo.
-¿Qué coño le has hecho? –Escupió Maite corriendo hacia mi lado y levantándome del suelo de un tirón de la cazadora.- ¡Responde! ¿Qué has hecho?
-¡Nada! ¡Lo juro! –Respondí.- Me dijo que le habíais contado… eso… y quiso atacarme con el hacha, pero no pudo, cayó hacia atrás y…
-No tiene pulso. –Dijo Luís examinándola.- Se le han saltado los puntos.
“Quédate muerta zorra, no me jodas” pensé al ver que el doctor comenzaba a realizar con ella una maniobra de reanimación.
Maite me tiró al suelo despectivamente y corrió junto a la chica. Mientras que los demás solo supieron quedarse mirando horrorizados los esfuerzos de Luís por revivirla, Aitor se acercó hacia mí para ayudarme a levantarme. No desaproveché la oportunidad y me aferré a él, como si fuera mi protector ante todo aquello, mi caballero andante. La mente masculina es tan manipulable...
-No responde. –Exclamó Luís tras casi un minuto intentando despertarla.
-¡Sigue intentándolo! –Le apremió Maite, no dispuesta a rendirse.
-Ha muerto. –Sentenció el doctor negando con la cabeza.
La conmoción en el grupo fue evidente. Me agarré más fuerte a Aitor y comencé a sollozar en su regazo, pero fui separada bruscamente por Maite, que parecía más furiosa que apenada.
-Si descubro que has tenido algo que ver en esto… -Bramó amenazantemente.
-Yo… ¡ella me atacó y se desmayó! ¡Yo solo pedí ayuda! –Balbuceé.
Sin pruebas y nada que pudiera indicar que yo había tenido algo que ver con su muerte, Maite no pudo acusarme, de modo que me soltó, tirándome al suelo de nuevo, y fue hacia el cadáver.
-Hay que rematarla antes de que despierte. –Dijo.- Y tendremos que enterrarla, se merece un funeral digno.
Sollozando aún en el suelo para hacerme la víctima, sentí como la mano de Aitor se apoyaba en mi hombro. Le miré entre las lágrimas, y por su mirada supe que había picado el anzuelo hasta el fondo… el príncipe azul al rescate. Gentilmente me ayudo a volver a levantarme y me acompaño dentro mientras los demás seguían allí lamentándose.
De un plumazo había eliminado una amenaza y, en cuanto flirteara un poco con el soldado, me habría ganado un aliado.
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Belthazor
 
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Re: Crónicas zombi: Orígenes

Notapor Belthazor » Jue, 16 May 2013, 14:03

CAPITULO 10: MAITE


No me importaba lo que hubiera ocurrido en esa cama antes de que Clara y yo la utilizáramos, solo con sentir un colchón en mi espalda en lugar de un suelo de tierra, tener un techo que nos protegiera del frío y saber que ningún resucitado iba a aparecer en mitad de la noche y lanzarse contra la tienda de campaña era un alivio… y precisamente por eso no podía pegar ojo.
Mientras mi hija dormía como un tronco a mi lado, no podía quitarme de la cabeza la locura que habían sido los últimos días. Habían pasado tantas cosas y había tenido tan poco tiempo para asimilarlas que me extrañaba no haberme colapsado todavía. Pensaba que al coger el liderazgo del grupo cuando nadie más podía hacerlo solo tendría que preocuparme por guiarlos a un lugar seguro y mantenerlos a todos alimentados y a salvo. Eso era algo que podía hacer, a fin de cuentas era lo que también quería para mí y para Clara… pero todo se había complicado de manera insospechada. No solo tenía que alejarlos del peligro, también tenía que protegerlos de ellos mismos, de sus propias debilidades, de sus propios miedos y de sus propios traumas. Y por si eso fuera poco acababa de descubrir que también tenía que protegernos a todos de otra gente.
Aunque despreciaba a Irene y lo que había hecho con toda mi alma, si no había luchado más en contra de que formara parte de nuestro grupo era porque en realidad no la consideraba peligrosa; no era más que una chiquilla estúpida… o al menos eso había creído hasta que murió Érica.
-No creo que haya tenido nada que ver. –Me había dicho Luís mientras Aitor se llevaba a la asesina dentro y los demás seguían contemplando horrorizados el cadáver.- Érica estaba débil, tres disparos en el pecho no son cualquier cosa, tendría que haber guardado reposo durante días. Y con los antibióticos y los calmantes…
-Sobrevivió sin eso una noche entera. –Le recordé todavía sobrepasada por la ira.- ¡Una noche entera! Con los puntos frescos, con la pérdida de sangre.
-Tiene las vendas llenas de sangre. –Señaló Luís sin perder la calma.- Se le saltaron los puntos, seguramente por un movimiento brusco. También pudo darle un ataque al corazón, su cuerpo ha estado sometido a demasiado estrés.
-¿Hay forma de saberlo? –Pregunté no tan dispuesta a excusar a Irene de aquello como Luís… la chica que yacía muerta delante de mí me había salvado de ser violada.- ¿Tenemos forma de saber exactamente cómo murió?
Luís mostro una sonrisa triste.
-No tengo medios para hacer una autopsia, no tengo medios ni para serrar un hueso. –Respondió chafando mis esperanzas; sin embargo, no quise mostrar ninguna emoción, no delante de él, que ya me había acusado antes de dejarme llevar por ellas, simplemente asentí secamente con la cabeza y me di la vuelta para volver junto al cuerpo.
-Aquí ya no hay nada que ver, volved dentro. –Les dije a los demás.- Sebas, ¿puedes traer una manta, una sábana o algo que nos sirva de mortaja?
-Eh… sí, claro, voy. –Respondió el guardia de seguridad apartando la vista del cuerpo.
Todos excepto Sergei se apartaron y caminaron de vuelta al interior del local. Me descolgué el rifle de la espalda y apunté con él como Aitor me había enseñado a la cabeza del cadáver de Érica.
-¿Qué vas a hacer? –Preguntó él extrañado.
“Algo que me va a doler a mí más que a ella” mascullé mentalmente mientras la tenía en el punto de mira… ella había evitado que me violaran, nos había salvado cuando los militares parecían dispuestos a acabar con nosotros, y yo no pude evitar que muriera.
-Dispararle. –El ruso no sabía que todos los muertos se levantaban de nuevo, independientemente de la forma en que murieran, pero ya habría tiempo de explicaciones más tarde.
Cuando el eco del disparo resonó en la distancia me arrepentí de haberlo hecho. Ese ruido tan fuerte podía atraer resucitados de los alrededores, pero horas más tarde, tumbada en aquella cama de sábanas de hilo más viejas que yo, no se había presentado ninguno todavía, de modo que no me preocupé. Tampoco había fuera ninguna luz que o ruido que pudiera revelarles que dentro de esa casa quedaba alguien vivo, si un muerto se acercaba simplemente pasaría de largo. De hecho era la primera noche en la que nadie hacía guardia, aunque quizá mis desvelos podían contar como eso.
Además de Irene, otra persona que me quitaba el sueño era Sergei, que no había más que verle las pintas para darse cuenta de qué clase de persona era. Si la despampanante mujer que tenía estaba legalmente en el país yo era la presidenta del Gobierno, y si había llegado a España a trabajar de lo que trabajaba voluntariamente quizá también fuera la presidenta de la Unión Europea. Aquel hombre era peligroso, un mafioso, un traficante de personas… de no haber estado tan necesitados de refugio jamás habría pactado con él que nos acompañara, pero no tenía otra opción. Sin embargo estaba dispuesta a jugarme la mano derecha apostando a que nos daría problemas en el futuro.
Mientras escuchaba a Clara respirar nerviosa, profundamente dormida pero, de nuevo, con pesadillas, me dio por pensar en mi marido. Pudiendo por fin descansar con tranquilidad lo echaba tanto de menos que casi no podía soportarlo. Si él hubiera estado ahí todo habría sido mucho más fácil, con su apoyo habría logrado convencer a los demás de darle a Irene un par de latas y haberla dejado allí, fuera de Madrid pero lejos de nosotros. Si estuviera allí habría tenido a alguien más con el carácter suficiente como para tener a Sergei controlado en adelante… el instinto me decía que ese misógino machista no iba a respetar nunca que fuera yo quien llevara las riendas del grupo.
“Demasiadas preocupaciones para una noche como esta” suspiré recordando que todavía teníamos que enterrar a Érica por la mañana.
Enterrar a Érica, decidir nuestro siguiente destino, vigilar a Irene, tener controlado a Sergei, evitar que Raquel se derrumbara, evitar que a Judit se le fuera la cabeza, consolar a mi hija… demasiadas cosas para una sola persona, irremediablemente algo iba a salir mal.

Irene tuvo la decencia de no asomar la cabeza mientras enterrábamos a Érica a la mañana siguiente. Estando al corriente de lo que había hecho, Sergei me sugirió la noche anterior echarla del grupo… era comprensible, él también tenía un hijo del que preocuparse. No fui capaz de darle un argumento razonable de por qué la manteníamos con nosotros, y luego murió Érica.
-Haya tenido algo que ver o no es como poco sospechosa. –Me dijo después del entierro, cuando volvimos al bar.
Katya entretenía a su hijo y a Clara haciéndole a ella una estrafalaria trenza en la barra, mientras que Toni y Sebas se tomaban un vermut matutino en otra mesa. Judit leía tranquilamente en un rincón un libro que había encontrado en una de las habitaciones y Raquel y Luís hablaban de algo que no alcanzaba escuchar junto a la puerta. Solo faltaban Irene, que no había bajado en toda la mañana de su habitación, y Aitor, que estaba fuera montando guardia.
-Lo sé. –Admití a desgana.- Pero la mayoría del grupo votó que la lleváramos con nosotros.
-Creo que, como parte de esto, y estando viviendo en mi casa, tengo algo que decir al respecto. –Reclamó frunciendo el ceño.
-Puedes proponer echarla, yo te apoyaría. –Le dije.- Pero probablemente a estas alturas no consigas muchos más apoyos, aun habiendo muerto Érica sigue siendo un asesinato abandonar a alguien estando las cosas como están.
-Es mi casa y no quiero asesinas aquí –Exclamó.- A mí no me engañas, sé que no te fías de ella.
“Tampoco me fío de ti” me dije mentalmente… cuanto más le veía más miserable me parecía, la forma en la que trataba a Katya, como si fuera una criada, decía mucho de la clase de persona que era, una demasiado acostumbrada a que su palabra fuera ley, y eso le podía servir con prostitutas extranjeras, pero no le iba a servir conmigo.
-Haz lo que tengas que hacer, pero si no consigues apoyo y te empeñas en hacerlo de todas formas es posible que tengamos que irnos todos y dejaros aquí. –Le advertí, cosa que no le gustó nada.
-¿Abandonarías un lugar seguro por defender una asesina? –Preguntó incrédulo.
-Abandonaría un lugar seguro por el grupo. –Asentí.- Tomar esas decisiones difíciles es parte del liderazgo, ya voté por dejarla fuera cuando llegó y tuve que tragar con ella.
-Pues qué tragaderas. –Gruñó.- Tú también tienes una hija, con esa psicópata suelta está en peligro.
-No creo que vaya a reincidir. –Tener que defender algo en lo que no creía solo porque había sido la voluntad del grupo era una parte difícil del liderazgo, y la que menos me estaba gustando… de hecho no había ninguna parte de él que me estuviera gustando, no entendía como históricamente la gente se había matado por ejercerlo.
-No puedes saberlo… pero que sea como tú quieras, es tu grupo y tus normas. –Cedió Sergei.- Pero te advierto que la voy a tener vigilada, y que si veo algo sospechoso no me va a temblar el pulso si tengo que pegarle un tiro.
Simplemente asentí… qué fácil habría sido que Sergei se la cargara y él tuviera que cargar con la ira del grupo. Sería matar dos pájaros de un tiro, Irene pagaría por sus crímenes y nos libraríamos del mafioso. Pero la vida nunca suele ponernos las cosas tan sencillas.
Sergei se levantó y fue hacia la barra. Vi con desprecio como Katya tuvo que dejarlo todo para ponerle un vaso de whiskey, por lo que Clara, con su nueva trenza, saltó del taburete al suelo y, después de mirarme con resentimiento, se marchó escaleras arriba. Solo pude suspirar y desear que le pasara el enfado. Me había enterado de que estaba enfadada conmigo poco después de despertarnos, cuando no solo no me dirigió la palabra, sino que se negaba a mirarme.
-Dijiste que Érica iba a ponerse buena. –Me reprochó cuando logré sonsacarle qué le pasaba.- Dijiste que le ibas a hacer un entierro a papá.
Le expliqué que no íbamos a quedarnos en ese lugar para siempre, que solo estábamos de paso y que su padre se merecía un entierro en un lugar donde pudiéramos visitar su tumba. En cuando a lo de Érica… sencillamente no supe qué decirle, Luís me advirtió sobre hacer promesas que no podía cumplir demasiado tarde, le había prometido que ella se pondría bien y me había equivocado.
Creía entender lo que le pasaba, se había sentido segura en ese burdel y le dolía descubrir que seguíamos sin estar completamente a salvo. Pero, ¿cómo le podía explicar que nunca volveríamos a estar a salvo del todo? ¿Cómo le podía decir que fuéramos donde fuéramos, por muy seguro que pareciera, no volvería a ser jamás como antes?
Me sentí tentada de ir a la barra y beber yo también algo, pero tenía que mantenerme despejada y sobria por si surgía alguna otra eventualidad de la que tuviera que hacerme cargo. No pude evitar preguntarme cómo valorarían del uno al diez mi liderazgo los demás miembros del grupo, porque estaba convencida de que en esos momento la nota sería muy baja. No sabía si estaba respondiendo a las crisis como debería, especialmente con el tema de la muerte de Érica.
Había sido un duro golpe para todos. No es que la mayoría simpatizara mucho con ella, pero llevábamos unos días en los que parecía que no hacíamos otra cosa que perder gente, y seguramente muchos se temían ser los siguientes. También estaba el hecho de que Agus había muerto para conseguir medicinas para ella, y que hubiera salido adelante habría supuesto un impulso anímico, una buena noticia por fin después de tanto tiempo hundidos en la mierda… pero en lugar de eso había muerto, nada de lo que hicimos por ella había servido para nada y los ánimos seguían por los suelos.
-Ya se le pasará. –Dijo de repente la voz de Raquel a mi lado.
Estaba tan absorta en mis pensamientos que no la había visto acercarse a la mesa y sentarse.
“Llega a ser un resucitado y me come.”
-¿Eh? –Le pregunté sin sabe de qué estaba hablando.
-No creo que esté enfadada contigo, solo está enfadada… con el mundo. –Siguió diciendo mirando hacia las escaleras por las que Clara se había marchado.- Sé exactamente lo que está sintiendo en estos momentos.
-No estaba preocupada. –Le respondí.- Creo que es la primera vez que se separa de mí más de diez metros por voluntad propia, es un progreso. Aunque parece que haya encontrado la forma de liberar sus temores tomándola conmigo.
-Ojalá fuera tan sencillo como tomarla con alguien. –Suspiró la muchacha.
-Al menos hemos podido dormir en caliente por una noche. –Dije intentando animarla.
-Habrás podido dormir tú, yo no he pegado ojo. –Se lamentó.
“No, yo tampoco he dormido nada” la corregí mentalmente, porque contarle que yo tampoco había podido dormir era dar explicaciones que nadie había pedido.
-Yo tampoco pude dormir apenas los primeros días después de que muriera mi marido. –Le confesé.- Y también creía que nunca iba a levantar cabeza, pero todo acaba pasando. El dolor no desaparece, pero se hace más llevadero…
-No era mi marido. –Me interrumpió.- Eran mis padres, eran mis hermanos, y todos acabaron convertidos en esas cosas. Deberías haberlos visto, Maite, era algo horrible... mi hermana se comió a mi hermano, mi madre se transformó delante de mi padre, que acabó suicidándose al no poder soportar aquello, ¿cómo se supone que tengo que lidiar con eso? Y encima también está Irene.
“Irene, siempre Irene, en todos los problemas siempre aparece Irene” mascullé para mí misma.
Que Raquel hubiera dejado a Aitor no le había sentado nada bien al soldado, tanto por lo inesperado como por las razones, que si bien no compartía, podía entender. Habiendo sido ella quien le dejó no debería mostrarse tan dolida, pero había que reconocer que, después de dos años de relación, el acercamiento que estaban teniendo Aitor e Irene al día siguiente de haber roto era algo prematuro. Después de lo de Érica Irene se mostró inconsolable, y nadie salvo Aitor tuvo el aliento suficiente para intentar consolarla.
-No han hecho nada, pero aunque lo hicieran es algo natural. –Había dicho Luís cuando se lo comenté mientras volvíamos del lugar donde habíamos enterrado a Érica.- Son jóvenes, se ha mostrado amable con ella y ella ahora se siente más sola que nunca.
Todo acto realizado con Irene lo interpretaba siempre de forma negativa, teniendo motivos de sobra para ello, y por tanto aquél repentino acercamiento hacia el soldado me pareció sospechoso. Era muy sencillo para una mujer hecha y derecha de veintimuchos años seducir a un crío de dieciocho al que acaban de romper el corazón, y con ello, si volvía a haber problemas, se ganaba su apoyo con facilidad… y yo no estaba dispuesta a tener sexo con un crío para igualar lo que ella podía ofrecerle. Naturalmente, eso inutilizaba a mi mano derecha si surgía algún problema con ella, y ella lo sabía de sobra.
“Siempre me quedará Sergei” me lamenté; él aseguraba que no iba a dudar si tenía que matarla, pero precisamente eso era lo que más miedo me daba… si tenía que elegir, prefería tener a alguien como Aitor a mi lado antes que un tipo tan visiblemente amoral.
-¿Eres creyente? –Le pregunté a Raquel intentando encontrar una forma de abordar el problema.
-Si… o no, no sé… -Dudó.- Pero lo del “lugar mejor” no me consuela, la verdad.
-Creas en lo que creas da igual, ellos ya descansan en paz y están lejos de toda esta mierda. Les diste un entierro digno, te despediste de ellos, el dolor va a estar ahí, pero tienes que sobreponerte, no puedes permitirte hundirte, no en este mundo.
No era psicóloga, no sabía qué otra cosa podía decirle que no le hubiera dicho ya, si lo que estaba buscando era un hombro sobre el que llorar no debería haber expulsado de su vida al único que tenía, yo solo podía decirle la verdad… sin embargo, eso solo pareció abatirla más.
-¿Crees que Aitor y ella…? –Preguntó con timidez mirando hacia el suelo; esa chica cambiaba tan rápido de drama que a veces me desconcertaba.- Anoche parecían tan unidos que no sé qué pensar.
-No lo sé, pero a lo mejor deberíais hablar. –Le recomendé.- Creo que si se acerca a ella es por despecho más que otra cosa.
-Lo nuestro está acabado, no voy a cambiar de idea. –Exclamó.- Pero llevaba saliendo con él desde los dieciséis, hemos hecho… cosas… pero nunca… bueno, nunca nos hemos acostado juntos. Si se ha acostado con esa asesina el día después de dejarlo te juro que…
No supo terminar la frase, pero podía entender un poco mejor su frustración con todo aquello. Al parecer, después de todo, las ideas que tenía de lo que ocurría dentro de esa tienda de campaña eran erradas. Si no se habían acostado juntos en dos años era casi seguro que al menos ella era virgen todavía… y posiblemente él también. No debía sentar bien que el novio que ha aguantado dos años contigo sin hacer nada de repente lo haga con la primera desconocida que se le cruza.
-No te enfades por eso. –Quise tranquilizarla.- No lo puedo saber, pero no creo que hayan hecho nada, Aitor es demasiado caballeroso para eso.
-Sí, es verdad. –Admitió un poco aliviada.- Aitor nunca haría algo así tan pronto, y menos con ella, una asesina de niños.
Asentí para darle confianza, pero por dentro estaba lejos de sentir la seguridad que manifestaba por fuera. Quizá Aitor fuera un caballero en ese aspecto, pero también era un chico de dieciocho años despechado viviendo el fin del mundo, un blanco muy fácil para Irene. Solo tenía que abrirse de piernas y el soldado la seguiría como un perro faldero.

Poco después del mediodía me encontraba en la habitación de Luís cambiándome el vendaje de la herida de bala que tenía en el costado. Él no había quitado los posters de mujeres despatarradas de las paredes, pero claro, él no tenía una hija pequeña que no tenía por qué ver esas cosas, ni era un moralista como Raquel.
-La herida está cicatrizando bien. –Afirmó tras echar un vistazo después de quitar las vendas viejas; como habíamos conseguido un buen surtido de ellas después de saquear la farmacia y Érica ya no iba a necesitarlas había determinado que Toni y yo nos cambiáramos el vendaje diariamente, para prevenir infecciones.- En un par de días no hará falta que lleves ninguna venda.
-Me extraña que todavía no me hayas dicho nada. –Dejé caer mientras buscaba entre la bolsa de las medicinas.
-¿Sobre qué? –Preguntó despreocupadamente con un rollo de vendas limpias en la mano.
-Sergei, Katya y el niño… les ofrecí ir con nosotros sin consultar con nadie, justo lo contrario de lo que me recomendaste. ¿Cómo era? “Tomar decisiones unilateralmente.”
-Tomar decisiones polémicas unilateralmente. –Matizó el doctor comenzando a vendarme de nuevo.- Soy lo bastante inteligente para darme cuenta de que necesitamos este lugar, un respiro en medio de tanto caos y tanta muerte, y también para darme cuenta de que Sergei no iba a aceptar un “no” y nos iba a dejar quedarnos aquí.
-¿Y no te preocupa que se unan a nosotros? –Le pregunté.- No son precisamente la compañía que habría elegido para unirse al grupo.
-No creo que ni la chica ni el niño nos den problemas. –Aseguró el doctor.- Él… es harina de otro costal. Tiene carácter y creo que está demasiado acostumbrado a hacer su voluntad.
-He pensado exactamente lo mismo. –Asentí.
-No sé si llevará bien lo de trabajar en equipo, o que no sea él quien dé las órdenes. –Continuó Luís.- Pero creo que se preocupa genuinamente por la mujer y el chiquillo.
-Siempre piensas lo mejor de la gente, ¿verdad? –Le reproché una vez terminó de vendarme mientras volvía a abrocharme la camisa.
-Al contrario. –Replicó él.- Pensaba que Sebas era un inútil cobardón y me equivocaba, ha entrado en Madrid dos veces y, aunque no tiene madera de líder, ha demostrado estar a la altura. Pensaba que Aitor era un crio y me equivocaba, ha tenido más sentido común y temple que cualquiera de nosotros en situaciones difíciles... pensaba que tú no tenías madera de líder y me equivocaba también. Cuando pienso lo peor de alguien suelo equivocarme, por eso tengo confianza en que ni Irene ni Sergei darán más problemas.
-Irene podría haberlos dado ya. –Exclamé con resentimiento, la muerte de Érica me había dolido más que la de cualquier otro de los muchos que habíamos perdido hasta entonces.
-Repito que no creo que tuviera nada que ver. –Se obstinó Luís.- Sé que te gusta pensar que sí, no está mal echar mierda sobre alguien que no te gusta, y con razón, y así de paso puedes culpar a alguien por su muerte… pero fui yo quien no se despegó de ella los últimos dos días, quien tuvo que emplearse a fondo para mantenerla viva y quien finalmente vio que no había servido para nada. Tengo tantos motivos como tú para estar enfadado por su muerte, pero no culpo a nadie más que a ella. Ya sabes cómo era, impulsiva, agresiva, inconsciente… atacó a Irene por lo que había hecho sin tener en cuenta su estado, y al final se colapsó.
-Me alegra que confíes en ella. –Dije tras reflexionar unos segundos mientras acababa de vestirme.- Pero yo no puedo permitirme confiar en nadie. Además de un grupo hecho polvo ahora tengo que vérmelas con una asesina y con un pseudomafioso proxeneta. Esto podría estallar por cualquier parte y terminar como el rosario de la aurora.
-Eso es cierto. –Admitió Luís asintiendo levemente.- Pero es parte del trabajo de un líder, preocuparse por todo.
Sin duda lo era.
Judit leía muy atentamente un libro en un rincón del bar, sentada en una de las mesas junto a un rayo de luz que entraba entre las tablas que bloqueaban las ventanas. Me senté con ella sabiendo que no iba a ser una conversación satisfactoria, pero necesitaba saber por qué la que posiblemente fuera en esos momentos la mujer más lista del mundo había votado a favor de que nos acompañara una asesina.
Aunque había cogido el libro esa misma mañana, apenas había pasado el mediodía y ya llevaba más de la mitad leído, lo que debían ser por lo menos trescientas páginas, ya que era un tomo bastante gordo.
-¿Ya lo habías leído? –Le pregunté por iniciar la conversación de alguna forma.
-En realidad sí, pero nunca está de más releer las escrituras dudosamente sagradas. –Dijo mostrándome el título del libro; era una biblia… no pude evitar sonreír al pensar que el único libro que había en aquel burdel era precisamente ese.
-Lo llevas bastante avanzado. –Observé.
-Lectura rápida. –Respondió cerrando el libro y mirándome dubitativa.- Sospecho que no has venido a preguntarme por mis hábitos de lectura.
“Muy lista…”
Decidí que, tratándose de ella, dando rodeos solo llegaría más tarde a mi objetivo, de modo que le pregunté directamente.
-¿Por qué votaste a favor de que se quedara Irene?
Me miró perpleja, como si no entendiera a qué venía esa pregunta.
-¿Qué iba a hacer si no? –Contestó.
He de reconoce que no me esperaba una respuesta así.
-Pudiste votar que se quedara allí, muchos lo hicimos. –Dije tomándomelo con paciencia.- Mató a unos niños.
-Tú mataste a unos soldados. –Repuso ella.
-No es lo mismo. –Repliqué incómoda porque hubiera sacado aquel tema… no me gustaba recordar ese momento.- Esos soldados nos atacaron, los niños eran solo unos críos indefensos.
Se quedó pensativa unos segundos.
-¿Matar está bien o está mal…? No me quiero quedar contigo, solo quiero saber lo que piensas sobre eso. –Me preguntó.
-Está mal. –Respondí con convicción.- Pero supongo que es justificable hacerlo en caso de defensa propia.
-Es decir, que está bien en determinados casos. –Resumió.- Si aceptamos que matar está mal categóricamente tenemos que condenarte a ti igual que la condenaríamos a ella. Pero, por otro lado, el utilitarismo de Mill dice que la moralidad de cualquier acción viene definida por su utilidad para los individuos. Si aceptamos que matar está bien en determinados casos estamos adoptando un ética utilitarista… no puedo condenar a alguien que haya matado a unos niños igual que no podría condenarte a ti, si eso fuera útil.
-¿Qué utilidad tenía matar a cinco niños? –Exclamé frustrada mientras trataba de digerir su explicación.
-El índice de supervivencia y la calidad de vida han descendido dramáticamente desde que todo esto empezó. –Dijo encogiéndose de hombros.- Ella sabe más de niños que yo, pero creo que tiene razón al pensar que al matarlos les ha ahorrado miserias y sufrimiento, y posiblemente una muerte a mano de los muertos vivientes. Si aceptamos que ahorrarles sufrimiento a unos niños es una acción “útil” no tenemos más remedio que aceptar que también es moral…
-Eso es un poco… retorcido. -No sabía qué otra cosa decir ante aquello.
-Mira este libro. –Dijo enseñándome la Biblia.- Dios mata, arrasa, maldice, destruye, asesina… y se considera una guía moral.
-Fue escrita en otros tiempos. –Defendí mi argumento, que en esos momentos ni yo sabía cuál era.- Era una moral distinta.
-Son otros tiempos ahora. –Argumentó ella volviendo a abrir el libro y enfrascándose de nuevo en su lectura.- Quizá necesitamos una moral nueva, no sé… las cuestiones morales no se me dan bien. Siento no poder ayudarte con eso.
No supe qué responder… yo no era un personaje de novela que pudiera soltar una frase inspirada y demoledora que dejara claro los principios por los que me guiaba, solo era una persona normal y corriente que se iba dando cuenta de que cada vez estaba más perdida.
Necesitada de aire fresco y un poco de luz, de modo que salí del bar y me dirigí a la furgoneta, donde teníamos todas las armas. Lo primero que había hecho nada más despertarme fue asegurarme de que seguían allí; no tenía miedo de que un muerto viviente pudiera robárnoslas, pero sí de que lo hiciera Sergei… aunque, por suerte, no fue así.
Con el rifle a la espalda me acerqué a la tumba de Érica. Me seguía invadiendo la rabia solo de pensar que estaba allí, pudriéndose bajo un montón de tierra, y me dio por pensar en lo que habría ocurrido de no haber estado con nosotros. Ese soldado me habría violado, y después de eso no habría levantado cabeza, si se hubiera producido el tiroteo habríamos muerto todos, y aunque no fuera así seguramente no habría tenido fuerzas suficientes como para coger las riendas del grupo. Probablemente seguiríamos en Madrid, muriéndonos de frío y con más miedo que antes.
-¿Va todo bien? –Me preguntó la voz de Aitor a mi espalda.
-Tan bien como puede ir. –Le respondí apesadumbrada, las conversaciones que había tenido hasta entonces habían sido como poco frustrantes.- ¿Algún problema aquí fuera?
-Todo despejado. –Aseguró.- Esto está en medio de ninguna parte, no hay peligro de que se acerquen muertos vivientes… al menos no muchos de golpe, algún despistado siempre hay.
-¿Podemos hablar con sinceridad un momento? –Le pedí apartando la vista de la tumba y mirándole directamente a los ojos.
-Ehhh… sí, supongo que sí. –Dudó.- ¿Qué pasa?
-Ese sobre Irene. –Confesé para observar su reacción.
-¿Qué pasa con ella? –Preguntó a la defensiva, lo cual me pareció una mala señal.
-Mató a cinco niños, solo quiero saber qué es lo que te convenció a ti para defenderla.
-La verdad es que no lo sé. –Admitió con un suspiro.- Yo estaba allí cuando lo hizo, vi a los niños muertos, el suelo de la clase lleno de sangre…
Se me estaba poniendo la piel de gallina solo de imaginarme la escena.
-… y también vi su cara. –Continuó.- No es una psicópata, no estaba disfrutando de lo que hacía. Lo único que recuerdo haber visto en su cara era dolor… no los mató por gusto, los mató porque pensó que aquello era lo mejor para ellos.
-¿Matarlos era lo mejor para ellos? –Exclamé indignada.
-Ella estuvo con ellos, ¿cuánto tiempo? ¿Un mes? Cuidó de ellos sola, les dio de comer, los mantuvo a salvo, entretenidos, le ayudó a superar las muertes de sus padres… joder, ¡el mundo se olvidó de esos críos y ella se quedó allí con ellos! ¿Acaso eso no cuenta?
-Cuenta. –Asentí.- Pero los mató.
-Los mató. –Repitió.- Los mató… cuando descubrió que todo estaba perdido, haciendo lo que creía mejor para ellos, una muerte rápida e indolora. Dime que no has pensado suicidarte ni una sola vez desde que todo esto empezó.
Lo había hecho, y más de una vez. Y lo más curioso era que esos pensamientos habían ido a más conforme el tiempo pasaba, conforme me iba haciendo a la idea de que todo se había acabado, de que no había solución y de que nuestras vidas ya no tenían mucho sentido… pero eso no justificaba matar a unos niños, no justificaba matar a nadie. Desde mi punto de vista Irene, hasta el moño de niños después de un mes cuidándolos, sabiendo que no había rescate ni zona segura y que nadie se iba a hacer cargo de ellos había optado por librarse de ellos para siempre de aquella forma.
-No quiero que esto provoque un cisma. –Le dije.- Pero tienes que entender una cosa, matar a unos niños no es un comportamiento normal, si se le fue la cabeza… quiero que la vigiles.
Aquello pareció indignarle, cosa que me esperaba, pero no le dejé interrumpirme.
-Escucha, ya sé que confías en ella, no te pido que la espíes para mí, pero el trauma, todo por lo que ha pasado, creo que puedes comprender que eso me preocupe. Solo te pide que estés atento, no te estoy diciendo que no seas su amigo, o que no te líes con ella si es lo que te apetece.
-No me lío con ella. –Replicó.- Solo… no sé, quería ser amable.
-No me tienes que dar explicaciones, no quiero meterme en tu vida privada. –Le corté sin darle importancia a aquello, aunque Raquel se quedaría más tranquila.- Si de verdad te preocupa ella, preocúpate también por su estado mental.
-Está bien, vale. –Accedió finalmente.
-Sigo necesitándote a mi lado. –Le dije para transmitirle confianza.- Otra cosa, nos vamos de aquí mañana.
-¿Mañana? –Se extrañó.- Pensaba que íbamos a estar aquí por lo menos un día más. Todavía nos queda comida, ¿no?
-Ese era el plan, pero solo porque necesitábamos que los heridos se recuperaran. Con Érica muerta nos basta con descansar un par de noches para coger fuerzas y seguir, no quiero tener problemas de comida si no encontramos algo más permanente pronto.
-Si tuviéramos un supermercado cerca podríamos quedarnos aquí. –Se lamentó.
-Puedes llevarte los posters de las paredes si quieres. –Bromeé.- No creo que a Sergei le importe.
En vez de reírse o indignarse, tan solo torció el gesto.
-No me gusta ese tipo. –Sentenció.- Tiene pinta de ser peligroso.
“Sin embargo Irene no, claro” quise decirle, pero me mordí la lengua por no complicar más la situación.
Habiendo aclarado las cosas con Aitor solo me quedaba una última cosa por hacer. Regresé al interior del burdel y me dirigí a la mesa donde estaban sentados, bebiéndose el vermut, Toni y Sebas.
-¿Puedo acompañaros? –Les pregunté antes de sentarme con ellos.
-Claro. –Dijo Toni haciéndome un gesto hacia la silla.- ¿Hemos decidido ya nuestro destino?
-No del todo. –Tuve que confesar.- Dudo mucho que desde aquí podamos decidir nada en firme, Sergei ha mencionado otra vez la base militar que está por aquí cerca… supongo que por acercarnos no perdemos nada, pero ese sitio podría estar lleno de muertos vivientes también.
-Pues sería un fastidio. –Se lamentó Sebas llevándose la botella a la boca.
-Lo que sí sabemos es cuando nos vamos. Mañana.
-¿Tan pronto? –Se extrañó Toni mientras el guardia de seguridad se atragantaba por la sorpresa.- ¿Es por la comida?
-En parte sí. –Tuve que admitir.- No quiero que nos vayamos de aquí estando sin nada, no sabemos lo que vamos a tardar en encontrar algo… y aunque Érica haya muerto, somos cuatro bocas que alimentar más que ayer. ¿Será un problema?
-¿Lo dices por el pie? –Preguntó Toni.- No. Bueno, no creo que vaya a poder correr en una temporada, pero Luís dice que no hay ningún daño permanente. Si nos tuviéramos que quedar por mi pierna estaríamos aquí un mes.
-Mañana… -Masculló Sebas alarmado.- Esperaba, no sé, poder estar aquí más tiempo. Dios sabe que estando por ahí fuera no hemos estado precisamente cómodos.
-No creo que las comodidades sea algo que vayamos a volver a tener. –Tuve que decir sabiendo que era completamente verdad.- Sé que dije que nos quedaríamos aquí al menos un día más, pero las circunstancias han cambiado. Necesito que cojáis todo lo que haya aprovechable en este lugar que podamos transportar: comida, agua, tiritas… menos las bebidas alcohólicas y los tangas femeninos.
-¿No podemos llevarnos alcohol? –Preguntó Sebas decepcionado.
-Ocupa espacio y no nos es necesario. –Le expliqué.- No podemos cargarnos con cosas inútiles.
-A Sergei no le gustará que saqueemos su local. –Observó Toni dubitativo.
-Este lugar será saqueado en cuanto algún otro superviviente lo encuentre, mejor que nos lo llevemos nosotros a que se lo quede un extraño. –Le respondí.- Sergei lo entenderá… o si no, que se quede aquí vigilando su vodka si quiere.
-Suponiendo que queden más supervivientes. –Apuntilló Sebas.- ¿Has pensado que cabe la posibilidad de que no quede nadie más?
-Sí. –Era verdad, lo había pensado, pero no me parecía posible, y no solo porque no quisiera pensar que algo así había acabado sucediendo.- Nos hemos cruzado con mucha gente, no tengo motivos para pensar que no hay nadie más, e incluso puede que haya gente bien organizada intentando reconstruir algo parecido a lo que teníamos antes.
-¿Es eso lo que andamos buscando? –Me preguntó Toni.
-No, andamos buscando un lugar fijo donde quedarnos. Un lugar alejado de los muertos y que nos permita subsistir. Cuando estemos en una posición estable podemos empezar a explorar, ver lo que nos rodea y cómo está realmente la situación, o si hay algún grupo mayor al que podamos unirnos. Pero de momento tenemos que conseguir lo básico: comida, agua y seguridad.
-Mi padre era de Somalia. –Afirmó Toni.- Sabía lo que suponía pasar hambre, carecer de hasta la medicina más básica y estar en peligro constante. En esas situaciones no abundan los grupos organizados con buenas intenciones, solo los más indeseables sobreviven, y lo que abundan son los grupos de ladrones, asesinos, saqueadores e incluso esclavistas. Lo que quiero decir con esto es que me parece más prudente buscar un lugar escondido, que no llame la atención de nadie, y armarnos con todo lo que encontremos para defenderlo llegado el caso.
-Tío eso es… un poco exagerado, ¿no? –Exclamó Sebas preocupado.- No creo que la gente se vaya a poner en ese plan. Lo más sensato sería intentar crear una comunidad, no andar saqueando y robando.
-¿Desde cuándo la gente hace lo que es más sensato? –Replicó Toni desdeñoso.- Yo solo lo advierto, mi padre sabía demasiado bien lo peligrosa que puede llegar a ser la gente.
-Sobre todo la que está muerta. –Dije sin pensar mientras reflexionaba sobre su idea.
-No, sobre todo la que está viva.- Me corrigió él.- Nos han causado más daño esos tres militares locos en una mañana que todos los muertos vivientes de Madrid en un mes.
Eso era cierto, los resucitados al menos eran previsibles. Te perseguían y te intentaban devorar sin importarles nada más… era un objetivo terrible, pero concreto, y los medios que tenían para conseguirlo, aunque efectivos, eran limitados. Con otra persona nunca podías saber por dónde te iba a salir. ¿Acaso no había estado y misma más preocupada de Irene y de Sergei que de los muertos?
-Bueno, esperemos que nuestro vigilante de seguridad nos proteja. –Dije dándole una palmadita en el brazo a Sebas, que pareció horrorizarse solo con la idea, mientras me levantaba de la mesa.
Como los turnos de vigilancia estaban asignados, y no tenía que hablar con nadie más, subí las escaleras hacia las habitaciones con la intención de intentar dormir una siesta que me sirviera para recuperarme de no haber podido pegar ojo en toda la noche, aunque no creía que fuera conseguirlo. No había ocurrido nada a lo largo del día que me hubiera librado de preocupaciones… muy al contrario, la última charla con Toni había añadido unas cuantas nuevas.
Tenía mucho miedo por Clara. No podía ni empezar a imaginarme el mundo en el que le iba a tocar vivir aun logrando mantenerla a salvo hasta que fuera mayor. Los muertos vivientes nos habían devuelto a algo así como la edad media tecnológicamente hablando, pero posiblemente también nos hubiera devuelto a tiempos más bárbaros en un aspecto más social. ¿Qué sociedades podían surgir en ese nuevo mundo? Solo supervivientes, depredadores que buscan mantenerse a salvo a costa de cualquier cosa. Hasta que los muertos no desaparecieran, momento que Judit había cifrado para cinco años más tarde por lo menos, la humanidad no podría comenzar a levantar cabeza sin miedo a que los resucitados volvieran a hundírsela bajo tierra… y cinco años eran mucho tiempo. En un mes había aprendido a utilizar un arma de fuego, a matar sin remordimientos, a enviar a la muerte a alguien… ¿qué quedaría de mí cinco años más tarde si esa iba a ser nuestra nueva vida? Solamente lo que yo dejara quedarse, la parte de persona civilizada que no dejara que desapareciera ahogada por los acontecimientos, pero esa parte podía llegar a hacerse muy pequeña si la supervivencia estaba en juego.
Cuando entré en la habitación, Clara se encontraba allí, mirando a través de la única ventana del cuarto hacia el exterior.
-¿Qué miras? –Le pregunté sentándome sobre la cama; hasta que no sentí el blando colchón debajo de mí no me di cuenta de lo cansada que estaba.
-Me gusta mirar por esta ventana. –Dijo volviéndose para mirarme con un gesto muy serio.
-¿Y qué se ves? –Inquirí inocentemente.
- Se ve… el campo. –Contestó visiblemente nerviosa, aunque no sabía por qué.
Preocupada por aquello, volví a levantarme y me asomé yo también a la ventana. Desde allí teníamos unas vistas perfectas de la parte trasera del burdel, incluido el lugar donde habíamos enterrado a Érica esa misma mañana.
-No mires eso. –Le dije cogiéndola de la mano, pensando que era la tumba lo que la ponía nerviosa.- Mañana nos iremos de aquí, y te prometo que haremos un funeral por papá, ¿vale cariño?
-Vale. –Respondió con desgana.- ¿A dónde vamos a ir?
-No lo sé, nos subiremos al coche y buscaremos. –Le expliqué acariciándole el pelo.- Oye, que trenza más chula te ha hecho Katya.
No dijo nada, pero se llevó una mano a la trenza y se permitió mostrar un atisbo de sonrisa. Me hubiera gustado poder prometerle que encontraríamos un sitio mejor, pero ya había aprendido que era mejor no prometer lo que no se sabe si se podría cumplir, de modo que preferí quedarme callada.
Pese a todo, aquella noche volvió a tener pesadillas. Habría dado lo que fuera porque la tranquila estancia en el burdel hubiera servido para que empezara a recuperarse de nuevo, a fin de cuentas no habíamos visto un solo muerto viviente en todo el día, pero el mundo hacía mucho que se empeñaba en no ponernos las cosas fáciles. Me dolía en lo más profundo ver como empezaba a revolverse en sueños y tener que despertarla para que todo acabara; después de cada pesadilla terminaba llorando por el miedo que había pasado, y sobre todo porque al despertar se daba cuenta de que la pesadilla era real.
-No pasa nada cariño, todo irá bien. –Le dije mientras la abrazaba para que volviera a dormirse, con el corazón en un puño por no saber si realmente acabaría superando el trauma; en el mundo real la habría llevado a un psicólogo infantil que la ayudara a canalizar todo aquello, pero allí no tenía esa posibilidad.
Cuando la luz del sol entró por la ventana me di cuenta de que tampoco había logrado dormir nada esa noche, y mientras cargábamos los coches con todo lo que Toni y Sebas habían recogido sentía como los ojos me escocían.
-Despedíos de este sitio. –Dijo Sergei a su familia cuando estuvimos listos para irnos.- No creo que vayamos a volver.
Dicho eso se metió en su coche, un impresionante vehículo de alta gama, pero Katya y el pequeño Andrey se quedaron mirando el burdel durante un momento más. Al final, la mujer escupió al suelo, murmuró algo en ruso de mala gana y, cogiendo a su hijo de la mano, fueron hacia el coche también.
-Estamos listos. –Afirmó Aitor una vez estuvieron los vehículos llenos, tanto de nuestras cosas como de nuestra gente.
Le había pedido que viniera de copiloto en mi coche, que era la furgoneta de jardinería que habían traído de Madrid. Al final me había decidido por darle una oportunidad a la base militar de la que había hablado Sergei el día anterior, a ver en qué estados se encontraba, y quería tener cerca al soldado por si acaso. Raquel también iba en nuestro vehículo, al igual que Toni, pero le había pedido a Luís que fuera en el coche que conducía Sebas. Quería cerca de Irene a alguien capacitado para tratar con ella si era necesario, y ni Judit ni Sebas me parecían las personas adecuadas para eso.
Nos pusimos en marcha y regresamos al cruce en el que nos habíamos desviado dos días atrás. Un muerto viviente solitario, seguramente salido de la ciudad, se tambaleaba por allí con un pie roto. Estiró una mano podrida a la que le faltaban varios dedos hacia nosotros, pero al ser incapaz de seguir el ritmo de los vehículos acabamos perdiéndolo en la distancia.
-Si nos metemos en la autovía pasado Tras Cantos llegaremos a Colmenar Viejo. –Me indicó Aitor mirando el mapa.- Más adelante hay un embalse, pero la base San Pedro está al lado... si queda algo del ejército tiene que estar allí. ¿No creéis?
-No deberíamos acercarnos tanto a una población. –Nos advirtió Toni desde la parte trasera de la furgoneta.
-Ni meternos en una autovía. –Añadió Raquel, que después de explicarle lo que había pasado la noche anterior con Clara estaba haciendo de canguro mientras yo conducía; no quería forzara la ex pareja a estar juntos, pero dadas las circunstancias más valía que todos nos acostumbráramos a tolerar la compañía de los otros.- ¿No recordáis la salida de Madrid?
-A esa altura puede que no haya coches abandonados ya. –Supuse.- Y la autovía rodea el pueblo sin entrar, no me importaría echar un vistazo de lejos a ver cómo está la situación por allí. Y la base militar…
Si había supervivientes podrían estar a salvo de los muertos y dejarnos formar parte de ellos. Si no los había, a lo mejor eran un lugar donde instalarse, esos lugares están bien protegidos.
-¿Confiáis en los militares después de lo que pasó? –Pregunto Toni dubitativo.
No necesitaba que me lo recordara, lo hacía perfectamente… pero no podía dejar que los prejuicios me cegaran, si quedaba algo del ejército era nuestra mejor opción.
Con esa idea en mente guié el convoy hacia la autovía.

-Que conste que lo advertí. –Dijo Raquel cuando vimos una multitud de vehículos abandonados que nos bloqueaban el paso más adelante.
-¿De quién ha sido la idea de coger la autovía? –Preguntó Sebas bajándose de su coche para reunirse con nosotros; Sergei hizo lo mismo.
-Mía, no me esperaba eso. –Tuve que admitir.- Pero siempre se puede tomar una salida, tenemos una aquí mismo.
Había una salida que subía hacia el norte a tan solo unos metros de nosotros, aunque dudaba mucho que nos fuera a llevar a la base militar, que en ese instante nos quedaba al oeste.
-Más de un soldado y más de un oficial de ese lugar han sido clientes de mi local. –Dijo Sergei cuando les expliqué mis intenciones.- Aunque, como ya dije, no creo que la base siga operativa…
-Puede que no siga operativa, pero eso no significa que esté abandonada. –Repliqué esperando que mis palabras fueran ciertas.
-No sé, está demasiado cerca del pueblo. –Observó Toni mirando el mapa de Aitor.- Como se liaran a tiros se les echarían encima todos los muertos vivientes del mundo. ¿Seguro que es recomendable hacer una excursión allí tan felizmente? Si encontramos un sitio por aquí que ocupar podemos acercarnos y echar un vistazo… pero ir allí con todo no me parece buena idea.
-¿Qué otra opción tenemos? –Protesté viendo como mi plan comenzaba a hacer aguas.- Encontrar un lugar donde estemos a salvo es el objetivo de ir allí.
-A lo mejor esto podría valer. –Dijo Aitor señalando uno de los carteles que indicaba el destino del desvío que teníamos más adelante.
Nada más leerlo me pareció que era una opción interesante… tan interesante que casi parecía una señal divina, un gesto del Todopoderoso hacia nosotros, después de habernos estado puteando tanto.
-Sí, eso podría valer. –Asentí.- Todos a los coches… y que la Virgen nos ayude.
“Puede funcionar” me dije leyendo de nuevo el cartel, cuando pasamos a su lado con el coche, que indicaba la dirección a seguir para llegar a la ermita de Nuestra señora de los Remedios, con la sierra de Guadarrama al fondo. Una ermita, un lugar apartado con cuatro paredes y un techo era justo lo que necesitábamos; teníamos un embalse al norte, el pueblo a un par de kilómetros y una base militar por investigar. Dada la situación, no se me ocurría un escenario mejor.
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Re: Crónicas zombi: Orígenes

Notapor Belthazor » Mié, 25 Dic 2013, 20:43

Orígenes vuelve a las andadas

CAPÍTULO 11: MAITE

Las manos me sudaban de apretar tan fuerte el rifle que sujetaba entre ellas, pero no hice ademán de ir a secármelas, no podía permitirme el lujo de exteriorizar mis nervios… no delante de Sergei, que ya había puesto en entredicho la idoneidad de mi persona para llevar a cabo aquella misión delante de los demás antes de salir. Tenía que demostrar que estaba a la altura o perdería el respeto del grupo, y eso tampoco podía permitírmelo.
-¿Vamos a entrar de una vez o nos vamos a quedar mirando todo el día? –Gruño impaciente el ruso mientras esperábamos que Aitor regresara de su evaluación preliminar del terreno.
Nos habíamos instalado en la ermita tan solo el día anterior, pero no quise esperar más tiempo antes de echar un vistazo en la base militar de San Pedro, vecina al pueblo junto al que nos encontrábamos, Colmenar Viejo. Había confiado en encontrar allí un mínimo de presencia militar, pues el lugar estaba a unos treinta kilómetros de Madrid, lo bastante lejos como para que los millones de resucitados que ahora la poblaban no les alcanzasen, pero por lo que estaba viendo no parecía que fuéramos a tener suerte. Que la puerta de la verja exterior estuviera abierta y sin vigilancia de ningún tipo no era una buena señal.
-Esperaremos a que vuelva Aitor, como estaba acordado. –Le respondí pacientemente.
Solo Sergei, Aitor y yo nos habíamos aventurado a aquella pequeña expedición. Aitor, como parte del ejército, era casi obligatorio que me acompañara, pero de haber podido elegir no habría llevado a Sergei conmigo. Mi primera elección habría sido Sebas, ya que Toni estaba herido, pero teniendo en cuenta que el pobre hombre había estado involucrado en prácticamente toda acción peligrosa que habíamos llevado a cabo hasta entonces pensé que se merecía un descanso. Lo malo era que sin él solo Sergei estaba lo bastante preparado para hacer frente a los problemas que pudiéramos encontrar… y francamente, prefería tenerlo vigilado. Con él e Irene en la ermita me habría sentido demasiado intranquila como para estar concentrada en aquello.
Por supuesto, no me hizo ninguna gracia dejar a Clara sola. Aunque la noche anterior durmió con tranquilidad, todavía no tenía la confianza suficiente como para separarse de mi mucho rato, así que a ella tampoco le gustó que me fuera… pero era necesario. La dejé a cargo de Raquel, con quien había hecho buenas migas, y de Luís, que al menos había tenido un hijo y algo sobre críos sabría. Confiaba en que aquello no nos llevara demasiado y pudiera volver con ella lo antes posible.
-No sé qué puede retrasarle tanto. –Bufó Sergei apoyando la espalda contra el coche.
Nos habíamos escondido tras él junto a la entrada a la base militar para estar apartados de la vista, por si había muertos vivientes, mientras que Aitor se había adelantado para echar un vistazo superficial a la zona y avisarnos si había problemas. Oficialmente solo tenía que asegurarse de que no hubiera demasiados resucitados, ya que aquel lugar parecía estar abandonado, pero tampoco quería arriesgarme tontamente; si después de todo allí había militares y estos eran hostiles él tendría más posibilidades al ser uno de ellos, y con nosotros escondidos quizá tuviéramos una oportunidad de sacarle de ahí gracias al efecto sorpresa. No obstante, como no contaba con poder ganar una guerra contra soldados bien armados, esperaba que simplemente me hubiera pasado de precavida y no hubiera ningún problema con gente viva.
Aitor apareció junto a la valla un minuto más tarde y nos hizo un gesto con el brazo para que entráramos.
-Ya está, vamos dentro. –Le indiqué a Sergei saliendo de detrás del coche.
-No ha disparado, ¿es que además de no haber militares tampoco hay muertos? –Se preguntó él comenzando a seguirme.
-Mejor que no haya tenido que disparar. –Dije torciendo el gesto.- El pueblo está demasiado cerca, se nos podría acabar echando encima una multitud.
Nos reunimos con Aitor junto a la puerta de la verja. Armado con su fusil de asalto y vestido completamente de soldado parecía aún más crío de lo normal, como si esa arma y ese uniforme le vinieran grandes, pero por muy ridículo que pudiera aparentar a primera vista ya había demostrado ser merecedor de ambas cosas en el pasado.
-No hay muertos. –Observé echando un vistazo a mí alrededor; por allí solo se podían ver unos pocos edificios militares, caminos que llevaban de unos a otros y mucho campo abierto, pero ni rastro de aquellas indeseables criaturas.
-Por aquí no, pero por la zona de las residencias he visto unos cuantos. –Respondió Aitor.- De todas formas no parece que haya demasiados en general, aunque yo no haría mucho ruido...
-¿Esos que viste eran civiles o militares? –Le pregunté con interés.
-Civiles. –Aseveró.- Creo que se colaron desde el exterior, quizá vinieran desde el pueblo… han tenido un mes para andar de un lado a otro, no es raro que hayan llegado hasta aquí teniendo en cuenta que tampoco está tan lejos.
-Aquí también había personal civil. –Intervino Sergei.- Esos que has visto podrían ser civiles que vinieron a buscar refugio, casi como estamos haciendo nosotros.
-Sea como sea el caso es que no hay militares. –Concluí yo ciñéndome a lo importante.- No sé qué ocurriría aquí, porque si los muertos les hubieran echado esto estaría lleno de cadáveres y de resucitados, pero la cuestión es que no están.
Aunque sabía que era poco probable, por un segundo me había hecho la ilusión de encontrar una instalación militar perfectamente operativa donde estar protegidos de aquellos seres y donde gente más competente se encargara hacerlo funcionar, pero al parecer no iba a tener ni siquiera a unos cuantos soldados escondidos con los que intentar colaborar… seguíamos estando completamente solos contra el mundo.
-Es posible que enviaran a toda esta gente a la zona segura de Madrid. –Meditó Sergei rascándose la barbilla.- O incluso antes, para las evacuaciones.
-Puede ser. –Asentí.
-¿Entonces qué vamos a hacer? –Preguntó Aitor.- ¿Nos vamos?
-No. –Le respondí.- No hay militares pero pueden quedar cosas que nos sean útiles. Armas, comida, vehículos más resistentes, gasolina… prácticamente cualquier cosa que tuvieran aquí puede sernos de utilidad, creo que la visita merece la pena, ya que parece que los resucitados no van a ser un problema.
-Estoy de acuerdo.- Se me unió Sergei enseguida.- Ya que tenemos la oportunidad, echemos un vistazo a fondo a esto.
-Vale, pero mejor tener cuidado, no sé si dentro de los edificios habrá algo más, yo solo he mirado por fuera. –Nos advirtió Aitor tomando la delantera.
Me imaginé que si a los militares de la base se los habían llevado a las zonas seguras o a combatir a los muertos de la ciudad poco habrían dejado allí, pero lo poco que fuera podía hacernos mucho bien a nosotros, así que habría sido del género tonto no comprobar qué podíamos sacar… después de todo aquello lo habíamos pagado con nuestros impuestos.
Nunca había estado en una base militar hasta ese momento y por tanto no sabía lo grande que podía llegar a ser aquel recinto, pero por lo que estaba viendo el espacio no era precisamente un problema para los militares; cada edificio estaba bien separado del siguiente, los caminos eran amplios y, en realidad, la mayor parte del terreno era campo abierto.
-Eso es la cafetería. –Anunció Aitor señalando una casa de una sola planta junto a un aparcamiento; en él, un todoterreno militar permanecía estacionado junto a un par de coches civiles.
-Quizá aún haya algo comestible dentro. –Dijo Sergei contemplando la fachada de aquel lugar.- Deberíamos comprobarlo.
-Si abandonaron la base militar antes de que todo se colapsara es posible que aún quede algo. –Opiné coincidiendo con él, aunque no muy esperanzada de que realmente aquello fuera cierto.- Aitor y yo entraremos a comprobarlo. Sergei, ¿puedes echar un vistazo al todoterreno? Si podemos arrancarlo creo que nos será muy útil.
-De acuerdo. –Aceptó volviéndose hacia el vehículo mientras el joven soldado y yo nos dirigíamos al interior de la cafetería.
-Cuidado ahora. –Le advertí parándome junto a la puerta.- Si sale algo le disparas.
Aitor asintió agarrando su fusil y posicionándose para abrir fuego, no obstante tuvimos suerte y nada salió a recibirnos, de modo que pudimos entrar sin incidentes… aunque de todas formas no bajamos la guardia, hacerlo era la mejor forma de que un cadáver andante escondido se te echara el cuello.
La cafetería parecía completamente abandonada. Las sillas estaban dobladas y colocadas sobre las mesas, como si el dueño hubiera cerrado el local tras un día cualquiera de trabajo… salvo porque la puerta no estaba cerrada con llave.
-Bueno… ¿hablaste con Raquel? –Le pregunté aprovechando que nos habíamos quedado solos los dos.
-¿Qué hay que hablar? –Contestó él con una fingida indiferencia que no me creí ni por un segundo.- Lo nuestro es historia. ¿Miramos en la cocina a ver si hay comida?
-Lo que pueda haber ahí seguramente estará pasado, pero mira a ver. –Le dije asintiendo con la cabeza.- Yo voy a ver si encuentro algo tras la barra.
Además de trapos, servilletas, la cristalería y un sacacorchos no encontré nada de interés allí, pero aun así me guardé el sacacorchos en un bolsillo… si llegábamos a necesitar una de esas cosas para lo que fuera iba a ser difícil de conseguir en otra parte. Los estantes tras la barra estaban completamente vacíos, lo que me resultó extraño; no creía que hubieran estado vacíos siempre, pero tampoco creía que los militares fueran a llevarse a la zona segura las patatas fritas y el alcohol.
-No hay nada. –Exclamó Aitor volviendo de la cocina.
-¿Todo podrido? –Le pregunté apartando la vista de los estantes.
-No, es que no hay nada de nada. –Aclaró.- Se lo han llevado absolutamente todo, la cocina está completamente vacía.
-Sí, parece que alguien saqueó esto a conciencia. –Admití volviendo a mirar los estantes.- Vamos a ver si Sergei ha tenido más suerte.
El estado de aquél lugar era un mal augurio para lo que nos esperaba. Si los militares habían sido tan escrupulosos era poco probable que encontráramos algo de utilidad en cualquier otro lugar de la base, todo lo que pudiera haber se lo habrían llevado ya.
“Menudo fracaso” pensé abatida volviendo fuera, a la luz del sol.
-¿Cómo va eso? –Le preguntó Aitor a Sergei, que seguía trasteando dentro del todoterreno.- ¿Tenemos al menos un vehículo mejor en el que movernos?
-Pues me temo que no. –Respondió él asomando la cabeza.- Abrirlo ha sido fácil, pero estas mierdas de última tecnología son imposibles de puentear… a menos que encontremos las llaves esto va a quedarse aquí. Y es una lástima, esta bestia podría llevarse por delante una manada de esos muertos vivientes sin ni siquiera notarlo.
-Es extraño que los militares lo dejaran aquí… -Reflexioné en voz alta.
-No íbamos escasos de vehículos precisamente. –Me explicó Aitor.- De hecho, cuando la cosa se puso mal, faltaba más gente que coches, no sé si me explico.
-Perfectamente. –Aseveré; los militares fueron los primeros en plantar cara en serio a los resucitados, y habían perdido, de modo que sus bajas debieron ser catastróficas.- Continuemos.
Si algo había que reconocer es que ese lugar era como una ciudad en miniatura, pues tenía de todo lo que se pudiera necesitar: casas, un campo de tiro, la cafetería, un gimnasio, duchas, lavandería, iglesia, enfermería y hasta un colegio… no se me ocurría un mejor lugar donde comenzar a reconstruir la civilización que aquél. Si no hubiéramos sido tan pocos para protegerlo nos habría trasladado allí sin ninguna duda.
-No sé si merece la pena entrar a la enfermería. –Titubeó Aitor cuando pasamos frente a la fachada del edificio.- Si se llevaron hasta los refrescos de la cafetería aquí no quedarán ni agujas usadas.
-Aun así deberíamos comprobarlo. –Le contradije tomando la delantera; probablemente tendría razón, pero sería del género tonto no asegurarse.
El interior de aquel sitio también se encontraba limpio de resucitados, estábamos teniendo suerte por el momento en ese aspecto, pero desgraciadamente no era de lo único que estaba limpio, pues prácticamente cualquier cosa utilizable en la disciplina médica había desaparecido. El lugar era grande y se notaba que había estado bien dotado de material, de haber estado completamente surtido habría hecho las delicias de Luís.
-Revisémoslo a fondo, cualquier cosa que hayan dejado nos podría ser útil. –Les propuse.
Nos dividimos para hacer aquello más rápido. Así, mientras Aitor revisaba el almacén, Sergei inspeccionó los boxes donde trataban a los pacientes y yo me encargué de los despachos de los médicos. No me fue sencillo colarme en ellos, pues todos estaban cerrados con llave, pero como todas las puertas tenían una cristalera translúcida donde estaba escrito el nombre del doctor al que pertenecía pude colarme rompiéndolas con la culata del rifle y abriendo desde dentro.
“Si me hubieran dicho hace solo un par de meses que estaría saqueando una base militar…” pensé mientras pasaba la vista de un lado a otro del primer despacho.
Aquellas oficinas eran más funcionales que otra cosa, de modo que carecían de adornos o cualquier tipo de parafernalia llamativa; solo sobre los escritorios encontraba de vez en cuando algún adorno que hubiera pertenecido al propietario de los mimos, sin embargo estaban tan vacíos de cualquier cosa útil como el resto de la enfermería. Tan solo logré sacar un paquete de chicles, una caja de aspirinas y la chaqueta militar de un médico especialmente menudo que, con un poco de suerte, le serviría a Clara, aunque le viniera un poco grande.
-Aspirinas, algo es algo. –Me dije regresando al a entrada tras registrarlo todo, donde ya me estaban esperando los demás.
-¿Ha habido suerte? –Preguntó Sergei al verme llegar.
-Aspirinas. –Le mostré la caja antes de guardarla en mi mochila.- ¿Y vosotros?
-Unas tiritas, una botella de agua oxigenada que no se llevaron porque se cayó y rodó hasta debajo de una de las camas y un bote de pastillas misteriosas. –Respondió Aitor.- ¿Deberíamos llevárnoslas? No sabemos lo que son…
-A lo mejor Luís puede identificarlas. –Se me ocurrió.- Tu guárdalas, siempre habrá tiempo de tirarlas luego si no valen para nada. ¿Echamos un vistazo a la iglesia?
-¿La iglesia? –Se extrañó el soldado.- ¿Qué podríamos encontrar allí? Además, ya estamos viviendo en una.
-No sé, más velas quizá. –Le respondí encogiéndome de hombros.- Hasta que no vayamos no lo sabremos. Ya que estamos aquí es mejor que lo revisemos todo a fondo.
-El Señor proveerá. –Recitó el ruso con sorna.
De camino a la capilla nos topamos con el primer muerto viviente del día. Como había dicho Aitor, no era un militar, sino un civil, aunque por el estado en el que se encontraba su ropa era difícil averiguar qué o quién había sido antes de convertirse.
-No disparemos. –Les advertí.- No sabemos cuántos hay aquí y no quiero que se nos acaben echando encima.
El hacha se había quedado en la ermita por si algún resucitado les daba problemas por allí, así que mi única arma cuerpo a cuerpo era un cuchillo… instrumento que no me gustaba nada para matar a esos seres, ya que exigía acercarse demasiado a ellos. Sin embargo Sergei se me adelantó y, con sus propias manos, agarró al muerto, que apenas logró hacer un amago de abalanzarse contra él, y lo estampó contra el suelo. Allí le pisoteó la nuca hasta que se escuchó un crujido y la criatura dejó de moverse.
-Solo es uno, joder. –Bufó lanzándonos una mirada desdeñosa.- Sigamos.
Miré asqueada el cuerpo de aquel muerto viviente al pasar sobre él de camino a la iglesia, aunque ya me había, no diría acostumbrado, pero al menos hecho a la idea de vivir rodeada de cadáveres putrefactos, no dejó de resultarme desagradable la forma en que ese en concreto había muerto… aunque pronto descubrí que ese sentimiento iba a palidecer al compararlo con lo que sentí cuando entramos en la capilla.
-Desde luego esto no me lo esperaba. –Afirmó Aitor mirando a su alrededor con aprensión.
No me extrañaba que no fuera a esperárselo porque yo tampoco habría sido capaz de adivinar que allí dentro nos íbamos a topar con algo tan grotesco como lo que estaban viendo mis ojos.
-Es como si alguien se hubiera entretenido llenando al patrón de este lugar de vísceras putrefactas. –Evaluó Sergei aproximándose al altar.
Yo preferí quedarme junto a la puerta, el suelo del interior estaba lleno de sangre seca que no me apetecía pisar, sangre que también se encontraba desperdigada por las paredes e incluso por el techo. Al estar ya coagulada era imposible saber si esa sangre era de humano o de resucitado, pero ese misterio era un asunto menor, pues lo más llamativo sin duda era el regalito que habían dejado sobe el altar. Tripas, miembros amputados y otros pedazos de carne cuyo origen era más incierto se pudrían sobre él, con moscas revoloteando por todas partes… era como si alguien hubiera hecho una macabra ofrenda de vísceras humanas al santo.
-Algún gracioso que ha aprovechado todo esto para profanar la iglesia. –Teoricé sintiendo muy mal cuerpo, no solo por el apestoso hedor que emitían aquellos restos putrefactos, sino también por el hecho de que alguien pudiera estar tan perturbado como para ponerse a descuartizar cadáveres y esparcir sus restos por allí.
-Solo falta un 666 por alguna parte. –Dijo Aitor cubriéndose la boca y la nariz con un brazo; el único que no parecía traumatizado por aquello era Sergei, que se atrevió incluso a acercar una mano al montón de restos humanos del altar.
-Esto es piel. –Evaluó dando un tirón a un pellejo.- Piel humana, ¿qué coño significa esto?
-Prefiero no saberlo, vámonos. Está claro que aquí no hay nada para nosotros. –Exclamé dándome la vuelta y regresando al exterior; el aire nunca me había parecido tan limpio como después de salir de ese maldito sitio.
-No sé quien vendría aquí después de que se fueran los militares, pero espero que se haya ido también. –Murmuró Aitor cuando estuvimos fuera.
-No tenía pinta de ser reciente, toda esa mierda debe llevar ahí como dos o tres semanas, puede que incluso cuatro. –Calculó Sergei… prefería no preguntarle cómo sabía eso, ya había salido suficientemente asqueada de la iglesia.
Conforme fuimos profundizando en la base militar la situación comenzó a complicarse, pues la separación entre edificios era mucho menor y entre ellos había muertos vivientes dando vueltas buscando algo que llevarse a la boca. Nos las apañamos para pasar desapercibidos moviéndonos por la periferia, aquellos edificios no tenían ninguna marca, así que me imaginé que eran las residencias de los soldados que Aitor había mencionado antes; como de allí tampoco creía que fuéramos a sacar nada no intentamos entrar en ellas… al menos hasta que nos topamos con un grupo de cinco resucitados cortándonos el paso. Los cinco se movían por nuestro mismo camino, pero en dirección contraria, así que era inevitable que nos cruzáramos. Sergei gruñó y sacó su escopeta preparado para disparar en cuanto alguno se le pusiera a tiro, pero le puse una mano en el hombro para detenerle antes de que pudiera hacerlo. Ya me parecía mala idea disparar cuando creía que apenas habría muertos vivientes allí, pero después de ver que hasta formaban pequeños grupos la idea de llamar la atención abriendo fuego pasó a parecerme pésima.
-Espera. –Le susurré señalándole la puerta trasera de una de las residencias.- Metámonos ahí y esperemos a que pasen de largo.
Fue Aitor quien se adelantó a abrir la puerta, que tampoco estaba atrancada… de hecho era como si alguien hubiera reventado la cerradura de una patada para colarse dentro.
-Es evidente que alguien ha estado aquí después de que los militares se marcharan. –Murmuré después de traspasar el umbral y encontrarnos los tres en un largo pasillo, que llevaba hasta la entrada principal de la residencia y a unas escaleras laterales que subían al segundo piso.- Quizá para lo mismo que nosotros, salvo por lo de profanar iglesias, claro… ¿no oléis eso?
Una peste, similar a la de la capilla pero no tan intensa, impregnaba el aire de aquel lugar.
-Huele como si hubiera algo podrido. –Determinó Aitor olfateando a su alrededor.- A lo mejor aquí también se han entretenido decorándolo todo con tripas.
-Parece que viene de ahí. –Señaló Sergei haciendo un gesto hacia una puerta doble a un lado del pasillo; sobre ella había un letrero en el que se leía “gimnasio”.- Deberíamos echar un vistazo.
No podía estar del todo de acuerdo con esa afirmación, pues lo último que necesitaba era acabar vomitando el escaso desayuno si terminábamos encontrando más vísceras de muerto viviente, pero viéndolo objetivamente quizá fuera mejor asegurarse de que aquél lugar era seguro.
-Adelante. –Accedí no de buen grado.
Y enseguida me arrepentí de hacerlo… aquello era mucho peor que lo de la iglesia, infinitamente peor de hecho. Docenas de cuerpos se descomponían en el suelo del gimnasio, envueltos en una nube de insectos y un hedor de tal magnitud que Aitor salió espantado y acabó vomitando en una esquina, mientras que yo tuve que hacerme a un lado porque hasta los ojos me lloraban; incluso Sergei retrocedió cubriéndose la nariz.
-¡Madre mía! –Exclamó mirando aquel horror desde fuera, pues solo un loco se aventuraría dentro de aquel depósito de cadáveres putrefacto.
-Debe haber como cuarenta cuerpos ahí. –Balbuceó Aitor limpiándose la boca.
No me preocupaba cuántos eran, a fin de cuentas, por triste que fuera, había visto a tanta gente morir que un montón de cuerpos más no significaba nada… lo que me preocupaba era que todos estuvieran vestidos con el uniforme militar. Si no me equivocaba demasiado allí se encontraba lo que quedaba del ejército después de que cayera la zona segura.
Haciendo de tripas corazón me aventuré yo también y me asomé; por muy repugnante que pudiera ser aquello seguía siendo más importante saber qué había pasado allí, pues era evidente que sus muertes no habían sido obra de los muertos vivientes.
-Creo que esto es lo que queda del grupo de operaciones especiales. –Dijo Sergei.- Esos y los de apoyo logístico eran los que tenían su base aquí, pero supongo que a la mayoría se los llevaron para la zona segura.
-¿Y a estos qué les ha pasado? –Se preguntó Aitor horrorizado tapándose la nariz y la boca con la manga de la camisa.
-Los han matado. –Sentencié tras encontrar precisamente lo que andaba buscando y que daba respuesta a esa pregunta.- Están muy podridos, pero aún se ven las heridas de bala. A estos pobres desgraciados los tirotearon y luego los dejaron aquí para que se pudrieran.
-¿Quién haría algo así? –Se extrañó Aitor.- Con esta gente protegiendo el fuerte hasta podría haber sido habitable.
-Pues lo haría alguien que no quería que este lugar fuera habitable. –Repuso Sergei lacónicamente.- Mira, hasta les metieron una bala en la cabeza a cada uno para que no se levantaran de nuevo… supongo que alguien quería armarse a conciencia y pensó que una base militar tendría armas de sobra para llevarse.
-Para asaltar un lugar como este, con tantos soldados protegiéndolo, se necesitaría ya de por sí un arsenal. –Repliqué yo cerrando la puerta del gimnasio, si seguía oliendo aquello no podía volver a comer en una semana, y los bichos necrófagos comenzaban a deslizarse fuera de la habitación.
-Pues quien lo haya hecho ya tendrá dos arsenales. –Añadió Sergei.- Pero esto es la prueba de que hemos perdido el tiempo miserablemente, cualquier cosa que pudiera haber aquí o se la llevaron los militares o se la llevaron los que mataron a los militares que quedaban.
Lamentablemente tenía razón. No había ningún motivo para adentrarse más en la base y arriesgarnos a vérnoslas con más resucitados cuando el botín, si es que lo había, sería más bien escaso. No conseguiríamos armas, comida, medicinas ni nada de lo que esperaba que pudiéramos encontrar… efectivamente aquello había sido una pérdida de tiempo.
-Sí, será mejor que nos vayamos mientras aún podamos. –Asentí cargándome el rifle a la espalda.- No hay de qué preocuparse, todavía nos queda comida de la incursión a Madrid, volveremos, formaremos otro grupo y buscaremos en las casas más exteriores de…
Me interrumpí porque comenzó a escucharse un sonido a lo lejos que me costó identificar, no porque no lo hubiera escuchado antes, sino porque no podía creer que estuviera oyéndolo en un momento como ese.
-¿Qué coño es eso? –Gruñó Sergei mirando a su alrededor, como si el origen de aquel ruido estuviera a la vista… pero no, venía de fuera, y sabía exactamente de donde.
-Una campana.- Exclamé atónita.- Creo que es la de la iglesia.
-¡Pues claro que es la de la iglesia! ¿Cuántas putas campanas crees que puede haber por aquí? –Escupió Sergei de malos modos.- ¿Pero por qué coño está sonando?
-Es mediodía, a lo mejor está programada para sonar a ciertas horas. –Sugirió Aitor.
-¿Y eso qué importa? ¡Con el ruido que está haciendo va a revolucionar a todos los muertos vivientes de este lugar! –Clamé descolgándome de nuevo el rifle.- ¡Tenemos que largarnos de aquí antes de que sea demasiado tarde!
Sin pensarlo un segundo los tres salimos corriendo de vuelta a la entrada trasera de la residencia, dispuestos a escapar de aquel lugar antes de que los resucitados comenzaran a acudir al sonido de las campanas y nos pillaran en mitad de su camino. Aitor fue el primero en llegar hasta ella, pero en cuanto la abrió la volvió a cerrar.
-Eh… mejor salir por otra parte. –Dijo tragando saliva.
-¿Ya han llegado? –Le pregunté; la campana no dejaban de sonar, hasta el resucitado más sordo podría haberla escuchado a esas alturas.
-Están los cinco de antes y un par más, pero están aquí… -Un golpe contra la puerta hizo que el final de su frase se volviera irrelevante.-…encima, y creo que me han visto.
-Vamos por la otra puerta. –Propuso Sergei. –Si nos damos prisa quizá podamos salir antes de que se llene también.
Como corrimos hacia un lado corrimos hacia el otro buscando una salida a aquella situación que, si los muertos vivientes lograban atravesar la puerta, se pondría realmente fea.
¡Oh mierda! –Masculló Aitor frenándose en seco cuando llegamos al otro lado; allí la puerta era de cristal, y sin necesidad de abrirla pudimos ver que tras ella la situación no nos era más favorable.
-Estamos jodidos, verdaderamente jodidos. –Gruño Sergei valorando bastante acertadamente la gravedad de la situación.
Quizá sin el sonido de la campana excitando a todos los muertos del lugar podríamos habernos movido discretamente entre aquellos pabellones residenciales sin que ninguno de ellos se percatara, pero alertados por el ruido y moviéndose en dirección a él aquello era imposible. Fuera teníamos una docena tambaleándose hacia la iglesia, y no dudarían en echársenos encima en cuanto nos vieran aparecer.
-No del todo, mira. –Le contradijo Aitor señalando algo con el dedo.- Ahí hay otro todoterreno, si podemos abrirlo y ponerlo en marcha puede que logremos salir disparados de aquí.
-¿No me estaba escuchando cuando dije que estas cosas no se pueden puentear? –Replicó Sergei frunciendo el ceño.
-Este no es como el otro, míralo, ni siquiera está blindado. –Repuso el soldado con agitación.
Viéndolo pintado con los colores de camuflaje engañaba, pero en realidad no era muy distinto a cualquier todoterreno civil… quizá por eso se había quedado allí en lugar de ir a la zona segura o ser robado por quien matara a los militares.
Las campanas seguían sonando y los resucitados comenzaban a abollar la puerta trasera de la residencia, si lograban entrar tendríamos que abrir fuego contra ellos, y después de eso todos los muertos vivientes de los alrededores se nos echarían encima. Quedarnos atrapados en alguna habitación de ese piso o del superior tampoco era una opción, pues no teníamos forma de saber si podríamos volver a salir de ella…
-Lo intentaremos. –Decidí en una décima de segundo.- Aitor y yo te cubriremos, Sergei. Nos cargaremos a los que se acerquen mientras intentas ponerlo en marcha.
-Sabéis que si no puedo estamos todos condenados, ¿verdad? –Advirtió él antes de que entráramos en acción.
-Habrá que arriesgarse. –Sentencié.- Si nos quedamos atrapados aquí estaremos sentenciados de todas formas. Vamos, yo iré delante.
Pese a lo decidida que intentaba parecer no olvidaba que aquel iba a ser mi primer enfrentamiento real contra un grupo de muertos vivientes. Saliendo de Madrid no hice más que huir y esconderme, y una vez fuera tan solo me las vi con uno de ellos mientras intentaba aprender a utilizar el hacha… y el resultado no fue muy bueno, no había sido mordida solo porque llevaba un abrigo de cuero que los dientes de mi atacante no logró atravesar. Además de eso, mis lecciones con el rifle habían sido únicamente teóricas, nunca había disparado a un blanco que se moviera.
Tuve que respirar profundamente antes de abrir la puerta. Aquello tenía todas las papeletas para que acabara muy mal, y no era solo mi vida la que estaba en juego… no podía dejar sola a Clara, no después de haber perdido también a su padre.
Los primeros tres segundos la cosa fue bien, salimos tan rápidamente de la residencia que los resucitados tuvieron que detenerse por un momento para darse cuenta de lo que estaba ocurriendo, pero a partir de ahí la cosa se complicó. Tal y como habíamos acordado, Sergei se lanzó sobre la puerta del vehículo para forzarla, mientras que Aitor y yo nos colocamos dándole la espalda, preparados para acabar con cualquier muerto viviente que osara acercarse… y lamentablemente no parecía que fueran a ser pocos.
El primer disparo lo realizó Aitor, y cuando lo hizo temí haber cometido un terrible error, pues hasta los resucitados más lejanos volvieron sus miradas muertas hacia nosotros después de escuchar aquél sonido, ignorando por completo a la maldita campana de la iglesia.
-¡Cuidado con ese! –Me advirtió el soldado cuando uno de ellos comenzó a acercarse demasiado.
-Lo tengo controlado. –Le respondí, aunque no era del todo cierto; había dejado que se acercara porque no quería errar el tiro, pero no tenía nada claro que pudiera mantener el nivel de muertes necesarias para que no acabaran comiéndonos el terreno… antes de comernos a nosotros.
Disparé, media melena de una chica delgada y morena saltó por los aires mientras que su cadáver tambaleante cayó al suelo definitivamente muerto; era mi primer resucitado eliminado con un arma de fuego, pero no iba a ser el último del día, pues inmediatamente tuve que volverme hacia otro, un hombre más bien tirando a viejo que cojeaba notablemente, para darle su ración de plomo.
-¡Lo tengo! –Exclamó Sergei abriendo la puerta del todoterreno y arrojándose dentro.- Dadme un momento más…
-No vamos a tener ese momento. –Exclamé retrocediendo un paso y disparándole al viejo, que cayó tan muerto como la chica anterior; mientras tanto Aitor había abatido ya a cinco o seis, pero pese a aquello el número de ellos no se reducía.- ¿Me escuchas? ¡Esto se pone feo!
-¡Entremos dentro del coche! -Propuso Aitor disparando una vez más y volándole la cabeza a otro.- Cuando arranque nos vamos y listo, no podrán cogernos ahí dentro.
-¡No! –Le detuve al verle hacer un amago de realizar su plan.- Si no logramos arrancarlo nos quedaremos atrapados con una jauría encima.
La cosa estaba fea, los que teníamos cerca ya estaban sobre nosotros, los que se habían alejado por el ruido de la campana comenzaban a volver, y los que más rezagados empezaban a alcanzarnos. No teníamos potencia de fuego suficiente para rechazar aquello.
-¡Salta al otro lado del coche! –Me gritó Aitor de repente.
-¿Qué? –Le pregunté mientras abatía a mi tercera víctima, ésta solo un niño con la cabeza llena de desgarros y marcas de dientes.
-¡Ponte detrás! ¡Que no te vean por un segundo! –Exclamó dando un empujón a Sergei, metiéndolo del todo en el coche y cerrando la puerta.
-¿Pero qué coño…? –Protestó el ruso.
-¡No! –Quise detener a Aitor cuando intuí qué pretendía hacer.
-¡Es la única manera! ¡Vamos, ponte detrás! –Repitió descolgándose el fusil para manejarlo mejor y dando un paso al frente.
Solté una blasfemia mientras me subía al capó del vehículo y me deslizaba hasta el otro lado, poniendo el todoterreno entre la horda que se nos echaba encima y yo misma. Aitor lanzó una ráfaga contra la multitud más cercana antes de abrirse paso entre dos de ellos y echar a correr hacia las profundidades de la base militar. Con los más próximos muertos, el resto de seres solo tuvo ojos para aquel estúpido soldado suicida que corría y disparaba como un loco llamando su atención, de modo que fueron tras él.
-¡Maldito loco! –Murmuré con aprensión al perderle de vista tras un muro.
-Ya casi está… -Decía Sergei hurgando entre los cables del todoterreno bajo el volante.- ¡Ya!
El motor rugió y el vehículo se puso en marcha. Sin perder un segundo abrí la puerta del asiento trasero y me subí en él, mientras que Sergei lo hizo en el del conductor. Algunos resucitados se volvieron al escuchar cómo nos poníamos en marcha, pero ya era tarde para ellos, con un acelerón nos apartamos de su alcance en cuestión de segundos.
-¡Tenemos que volver a por Aitor! –Le dije abriéndome paso hasta el asiento del copiloto y tomando asiento en él.- Con esta cosa podemos pasar por encima de la multitud.
-¿Estás loca? –Bufó él.- Si volvemos ahí nos harán pedazos, este es un todoterreno normal y corriente, no puede aguantar a decenas de esos bichos si se lanzar a por nosotros... el soldadito sabe lo que se hace, sabe donde vivimos y tiene el coche con el que llegamos, estará bien.
Lo dijo con tal frialdad que rápidamente recordé con quién estaba hablando… si creía una sola palabra de lo que estaba diciendo yo era la reina de Inglaterra, pero estaba dispuesto a abandonar a Aitor a su suerte con tal de no arriesgar el pellejo. Ya no se escuchaban disparos, pero quizá con toda la horda tras él ya no necesitara hacerlos para llamar su atención; de cualquier forma no había tiempo para pelearme con Sergei, y probablemente tuviera razón al decir que nuestro vehículo no aguantaría contra una multitud de muertos. Por muy poco que me gustara tenía que tener la mente fría que el liderazgo requería, y eso significaba dejar atrás a Aitor y aprovechar la oportunidad que nos había dado.
Solo podía esperar que fuera listo y se dirigiera hacia las vallas que rodeaban la base en cuanto pudiera. Él podía treparlas y los muertos no, si era inteligente podría dejarlos con un palmo de narices en un solo movimiento…
-Ahí está. –Murmuró Sergei entre dientes, visiblemente enfadado.
Por un segundo pensé que se refería al soldado, pero al mirar el mismo lugar que él miraba me di cuenta de que se refería a la iglesia. La campana seguía sonando, sin embargo en el mismo instante en que nos acercamos el sonido cesó, como si quien lo provocara se hubiera dado cuenta de que estábamos allí. Más sorprendente para mí fue que Sergei detuviera el coche y se bajara de él hecho una furia, escopeta en mano.
-¡Eh! –Gritó disparando contra la fachada del edificio.- ¡Eh capullo!
-¿Te has vuelto loco? ¿Qué estás haciendo? –Le reprendí sin poder creer que hubiera interrumpido la huída para ponerse a disparar contra un edificio.- ¡Tenemos que irnos de aquí!
No solo teníamos algunos resucitados a nuestra espalda, sino que aquel era el epicentro del sonido que los había revolucionado, así que también había por allí unos cuantos rondando que se mostraron encantados de que Sergei se pusiera a pegar tiros.
-¿Querías jodernos, cabrón? –Seguía gritando él mientras vaciaba toda la munición de su arma contra la fachada de la iglesia.
-¡Vuelve dentro! –Le exigí poco dispuesta a jugarme el pellejo por eso después de haber tenido que dejar atrás a Aitor.- ¿A quién cojones le hablas?
-¡Al cabrón que se ha puesto a tocar la campana! –Respondió disparando su último cartucho; había dejado la pared llena de marcas de escopetazos.
-¡Ahí no hay nadie, vámonos! –Le increpé intentando que entrar en razón.
Solo cuando se vio con el cargador vacío se decidió a volver dentro, pero para entonces un resucitado flacucho y con un rostro extremadamente cadavérico se había interpuesto en mitad de su camino. De un culatazo en la frente y un pisotón acabó con él sin despeinarse antes de entrar de nuevo al coche y arrancarlo. No respiré tranquila hasta que nos pusimos en marcha de nuevo, en dirección a la salida de la base militar.
-¿A qué coño ha venido eso? –Inquirí tras respirar profundamente dos veces para tranquilizarme.
-A que nos han intentado joder, a eso. –Replicó él todavía furioso.- Si llego a pillar a…
-¿A quién? –Le interrumpí.- Ahí no había nadie.
-¡Las campanas no suenan solas! –Bramó.
-Aitor dijo que podía estar programada para tocar a ciertas horas. –Le expliqué.
-¿Programar? ¿Sin electricidad en ninguna parte? ¡No me jodas! –Bufó él dando un volantazo para esquivar a un muerto viviente despistado.- ¡Alguien nos ha jodido, bonita, que te quede claro!
No podía creer que una persona hubiera hecho eso a propósito, más que nada porque no entendía qué podía estar haciendo alguien en una base militar abandonada y llena de muertos vivientes. Sin embargo algo había pasado allí, alguien había matado a los militares y había profanado la iglesia. Miré por el espejo retrovisor en dirección a la capilla y, tan solo por un segundo, me pareció ver algo moverse… giré la cabeza tan rápido que casi me fracturo el cuello, pero al mirarlo directamente no logré ver nada.
-¿Qué? ¿Qué pasa? –Me preguntó Sergei impaciente.
-Me ha parecido ver… nada, supongo que nada. –Le respondí volviendo la vista al frente.
Por un instante creía haber visto algo parecido a una persona con una gabardina o una capa negra deslizarse junto a la iglesia, pero debía habérmelo imaginado, porque de ser una persona real los muertos vivientes que rondaban por allí le habrían atacado, como hacían siempre…
Abandoné por el momento ese misterio para concentrarme en el problema más acuciante, que era la posibilidad de haber perdido a Aitor. Si el soldado no volvía no quería ni pensar cómo afectaría eso al grupo, era una de las personas más competentes del mismo y casi el único con quien podía contar incondicionalmente. A Raquel, aunque precisamente le dejó porque algo así podía ocurrir, se le partiría el corazón si de hecho llegara a ocurrir, y sin duda Sergei aprovecharía para culparme a mí de todo, ya que la idea de visitar la base militar fue mía. ¿Le habría dejado atrás por eso? De un hombre de su calaña me lo podía llegar a esperar, su respeto por la vida humana ya era muy bajo antes de que los muertos comenzaran a resucitar, y aunque no se había pronunciado al respecto sabía que sería mucho más feliz si el liderazgo del grupo recayera sobre él, pero para eso antes tendría que desacreditarme delante de los demás.
“No le costaría mucho” me lamenté; todavía no ha habido una incursión promovida por mí que no acabara con la muerte de alguien… y en el caso de la última podía juntarse eso mismo con un fracaso absoluto a la hora de encontrar refugio o suministros.
Por lo menos nos quedaba la ermita, un lugar lo suficientemente seguro como para que nos pudiéramos permitir utilizarlo como escondite una temporada, temporada que sería tan larga como los suministros nos lo permitieran. Por el momento la base militar estaba descartada como fuente de alimento, esperaba que tuviéramos más suerte con las casas del pueblo… si es que no terminaban hartos de mis ideas y las muertes que causaban y decidían hacer otra cosa. No tenía ni idea de qué planes mejores que los míos tendría Sergei en mente, pero fueran los que fueran no me quedaba otra posibilidad de asumirlos si es que él terminaba haciéndose con el liderazgo del grupo; Clara y yo no podíamos sobrevivir solas.
Ni siquiera cuando dejamos atrás la base militar Sergei hizo un amago de detenerse para esperar a Aitor. Los remordimientos por haberle dejado atrás, aunque hubiera sido idea suya, me pedían que cogiera el coche y regresara inmediatamente, pero eso habría sido poco práctico, no era probable que le fuera de mucha ayuda al soldado si tenía que vérselas con una horda y, como había dicho el ruso, tenía el coche con el que llegamos a la base en la puerta para huir si lograba llegar hasta él.
-No es que tuviera mucha fe en ese lugar… –Comentó Sergei cuando nos metimos en la autovía, de vuelta a casa.- Pero sin él, ¿qué pretendes que hagamos? ¿Vamos a quedarnos en la ermita?
-Por el momento sí. –Le respondí.- Aún podemos aguantar unos días, no creo que no haya comida en ninguna parte por aquí, podemos aguantar una temporada, lo bastante como para encontrar un lugar mejor donde podamos trasladarnos definitivamente, o por lo menos hasta que se vaya el frío y Toni se recupere.
-Supongo que tu gente estará de acuerdo con eso, pero a mí no me gusta ese lugar. –Gruñó sin apartar la vista de la carretera.- Y está claro que esta zona no es segura, ¿has visto la multitud que había ahí dentro? Y eso que parecía limpio al principio… imagina cómo debe estar el pueblo.
-¿Y qué otra opción tenemos? –Le pregunté cansada de las críticas; bastantes iba a tener de ellas cuando volviéramos sin Aitor… y si él no lograba regresar todavía más, además de la propia culpabilidad.- Buscar una zona segura del ejército requiere meterse en mitad de ciudades invadidas, y ya han demostrado que no son de fiar. Nuestra mejor opción es quedarnos aquí y explorar los alrededores buscando un sitio mejor o algún asentamiento bien defendido al que poder unirnos.
-Si tú lo dices… -Concedió con cierto desdén.- Pero yo creo que las cosas se encuentran buscándolas, no quedándose parados, y tendríamos que aprovechar ahora que aún tenemos comida. Si después de todo resulta que este lugar está seco podemos encontrarnos en mitad de ninguna parte sin nada que llevarnos a la boca.
-Lo sé, pero no se trata solo de lo más conveniente, sino de lo que está dentro de nuestras posibilidades. –Repliqué.- Acabamos de enterrar a un montón de los nuestros, Toni está herido, nuestros hijos son solo críos y acabamos de abandonar a su suerte a la única persona con formación adecuada para esta situación.
-Él decidió quedarse atrás. –Me corrigió Sergei.- Lo hizo para darnos una oportunidad de huir, cosa que le agradezco. Si ha muerto su sacrifico habrá servido de algo, puesto que seguimos vivos.
-Suena como si te diera igual que pudiera haber muerto. –Le dije sin poder contenerme; entendía que él no le conocía había tanto tiempo y por tanto no tuviera los mismos lazos que yo con él, pero la indiferencia que mostraba hacia su persona me resultaba irritante.
-¿Tengo que echarme a llorar o qué? Mucha gente ha muerto, mala suerte, no soy una persona del tipo sentimental, ya le llorará bastante la rubia. –Rezongó con desgana tomando la salida que nos llevaba hasta la ermita.
No pude evitar quedándome mirándole a la cara durante unos segundos; no había visto jamás tamaño desprecio por la vida ajena, y eso que en nuestro grupo había una asesina de niños y unos días antes un grupito de militares habían asesinado a uno de los nuestros y malherido a otra…
La ermita que era nuestro refugio se encontraba rodeada por un muro de piedra de más o menos un metro de alto, de haber sido más alto y haber tenido una puerta que no permitiera que los coches entraran al interior del recinto sin ningún obstáculo habría resultado ser un refugio perfecto, pero tampoco teníamos donde elegir. Sebas y Luís fueron los primeros en vernos llegar porque todavía estaban deshaciéndose de los cuerpos de los últimos muertos vivientes que encontramos en el interior. No teníamos ni idea de quienes eran ni de cómo habían acabado allí, pero los encontramos encerrados dentro entre las banquetas de la iglesia. Sin embargo fue Clara la primera que salió a recibirnos cuando salimos del coche.
-¡Mamá! –Chilló corriendo hacia mí; me agaché para estar a su altura cuando me abrazara, después de lo que había pasado sentí un inmenso alivio al volver a verla.
-Bonito vehículo. –Observó Luís dejando el cadáver en el suelo y acercándose a nosotros.- ¿Habéis encontrado algo útil?
-No. –Dije negando con la cabeza.- Nada importante, ese lugar está vacío, y demasiado invadido para ser un refugio útil.
-Bueno… al menos aún tenemos este sitio. –Suspiró el doctor, optimista pese a todo.
Al escucharnos llegar los demás fueron asomándose fuera, esperando las noticias que pudiéramos traerles. Toni salió apoyado en el hombro de Judit, cojeando por la herida de la pierna; Raquel, que seguía alicaída tras lo que había ocurrido con su familia, caminó lentamente hacia el coche; mientras que Irene y Katya, con Andrei a su lado, se limitaron a esperar junto al portón. Entendía que Irene guardara las distancias, pero me resultó llamativo que ni Katya ni el niño se acercaran a interesarse por el estado de su marido y de su padre.
-Sí, genial. –Bufó Sergei pasando de todos y dirigiéndose tan rápidamente hacia la ermita que Sebas tuvo que saltar un lado para que no le arrollase.
-No parece muy satisfecho. –Observó Luís rascándose la barbilla; al pasar junto a su mujer y su hijo Sergei no hizo ni un amago por saludarles, y cuando atravesó la puerta ellos le siguieron sumisos al interior.
-Pues no tiene motivos para no estarlo. –Murmuré con la mosca detrás de la oreja.- Todo esto ha sido un fracaso completo.
-¿Por qué? –Se extrañó él.- ¿Qué ha pasado?
-¿Dónde está Aitor? –Preguntó Raquel alarmada ante la ausencia del soldado.
“Eso ha pasado” me dije sintiendo rabia, pero contra mí misma; me había acojonado tanto por culpa de los muertos que había dejado que Sergei que convenciera para dejar abandonado a Aitor… un acto así era imperdonable para alguien que se haga llamar líder, y esa maldita cucaracha escurridiza me había dejado sola para que les diera explicaciones a los demás.
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Belthazor
 
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Re: Crónicas zombi: Orígenes

Notapor Belthazor » Jue, 02 Ene 2014, 15:00

CAPÍTULO 12: AITOR


“Esto no podría estar peor” me dije tragando saliva y dejando caer el cargado al suelo después de haber agotado hasta la última bala de él.
Abriéndome paso a tiros entre los reanimados había logrado dejarlos todos a mi espalda, pero aun así no conseguía despegarme de ellos lo suficiente como para despistarlos; el terreno era demasiado abierto para eso, no tenía donde esconderme salvo metiéndome dentro de algún edificio, y si hacía eso lo único seguro sería que no podría volver a salir.
Desde luego Sergei tenía razón al pensar que habíamos perdido el tiempo miserablemente investigando la base militar, pues no solo no habíamos sacado nada de ella sino que además los muertos vivientes casi nos matan a todos. Al menos tras ver el todoterreno arrancar y largarse disparado sabía que como mucho iban a matarme a mí…
-¡Me cago en la campana del demonio! –Blasfemé tras resbalar y caer al suelo por estar fijándome más en lo que tenía detrás que en lo que tenía delante.
Mi fusil vacío salió disparado varios metros, pero no pude recogerlo si no quería que una multitud de más de veinte reanimados se me echara encima… no pasaba nada, ya estaba descargado, y sin más munición en la base militar era poco probable que pudiera volver a dispararlo. Aun sabiendo eso no me hizo ninguna gracia quedarme completamente desarmado, así que desenfundé el puñal por si tenía que abrirme paso a machetazos y comencé a correr como alma que lleva el diablo en dirección sur.

Como los muertos nos habían rodeado en la zona norte de la base, pretendía dirigirlos hacia el sur para abrirme un hueco y poder girar al oeste, hacia la entrada principal. En otras condiciones quizá pudiera haber salido trepando la valla por cualquier parte, pero al parecer tras la invasión de los muertos vivientes todo, salvo la entrada, había sido recubierto por alambre de espino, haciendo que fuera imposible saltar de un lado a otro. Como los reanimados no sabían trepar la única explicación a aquello era que pretendían evitar que una avalancha de personas vivas pero aterrorizadas se colara dentro por la fuerza. No sabía si aquello había llegado a producirse, pero esperaba que no fuera así.
La suerte estuvo de mi parte y no me crucé con más muertos vivientes que pudieran interponerse en mi camino, supuse que muchos se distraerían persiguiendo el coche en el que huían Maite y Sergei y los demás aun estarían dirigiéndose hacia el sonido de la campana de la iglesia, pese a que este se había detenido tan misteriosamente como se originó. No sabía por qué esa campana había comenzado a tocar, pero por culpa de ello nos habíamos visto con la soga al cuello… y de hecho yo todavía la tenía.
Giré hacia el este en cuanto tuve la primera oportunidad de hacerlo, metiéndome entre dos edificios separados tan solo por un espacio de tres metros. Confiaba en que el grupo de mis perseguidores se ralentizara si tenían que colarse por un espacio tan estrecho. Tan atento iba a ellos que me olvidé de mirar hacia el frente y accidentalmente me llevé por delante a otro reanimado, provocando que cayéramos los dos rodando al suelo. El cadáver andante, que era el de una mujer, gruñó debajo de mí, como si me estuviera recriminando mi falta de atención, así que le respondí apuñalándole en un ojo para evitar que pudiera agarrarme y me dificultara levantarme del suelo.
Incluso pese a aquel incidente logré sacarles algo de ventaja al grupo, de modo que no perdí la oportunidad que tenía y salí corriendo. Si podía apartarme de su vista me perderían para siempre; pero por desgracia, entre las prisas y el peligro, no me fijé hacia donde me dirigía…
-No debí tomar este camino. –Me lamenté en cuanto vi delante de mí la dichosa iglesia.
Desde la última vez que la vi alguien se había entretenido disparando contra la fachada, pero lo que realmente me preocupaba era el grupo de seis o siete reanimados que se encontraba allí. Sin un arma de fuego tanto muerto junto era un peligro demasiado grande, así que me guardé el cuchillo para tener las manos libres e intenté deslizarme por la parte trasera del edificio sin que me vieran para dejarlos atrás.
En aquella ocasión no fue mi culpa que cayera el suelo, pues lo último que podía esperar era que una figura cubierta por una capa negra apareciera doblando la esquina y se diera de bruces conmigo mientras pasaba junto a la puerta trasera de la capilla. Los muertos vivientes gruñeron cuando ambos caímos, y para cuando pude pararme a mirar con quien había chocado éste ya corría hacia la valla, veloz como una gacela.
-¿Pero quién coño…? –Me pregunté anonadado ante aquella repentina aparición; fuera quien fuera ese tipo iba vestido con una capa negra y cubierto por una capucha… y sin duda debía ser quien se había puesto a tocar la campana, no había nadie más vivo allí que yo supiera.
Sin un arma con la que intentar amenazarle a distancia y con los reanimados advertidos no tenía forma de averiguar quién era y por qué había hecho eso, de modo que volví a correr en dirección a la salida de la base militar y me olvidé por el momento de aquel misterio. Fuera quien fuera no parecía muy interesado en ayudar, puesto que lo de la campana nos había metido en un apuro importante.
Junto a la salida la situación no mejoró, por lo menos seis o siete muertos vivientes daban vueltas por allí, seguramente después de perder de vista el todoterreno en el que Maite y Sergei se fueron. Estando tan cerca del campo abierto podría haberlos rodeado, pero precisamente aquellos se encontraban rondando alrededor del coche que tenía que coger para escapar de allí. Siete eran demasiados para plantarles cara sin un arma de fuego, pero creía que podría conseguirlo si lograba separarlos a unos de otros y matarlos individualmente. El grupo que me perseguía podía alcanzarme en cualquier momento, pero me pareció que tenía tiempo si me daba prisa.
Sin poder permitirme pensarlo más tiempo llevé la mano a la funda del cuchillo… y me la encontré vacía.
-No… -Murmuré espantado mirando el lugar donde debería encontrarse mi arma, pero no estaba allí; no podía entender cómo había desaparecido, pero la única explicación era que se me hubiera caído durante el tropezón junto a la iglesia.- ¡No, no, no…! ¡Mierda!
Estaba completamente desarmado… no me había sentido tan vulnerable e indefenso como al ser consciente de ello jamás. ¿Cómo se podía sobrevivir sin armas en un mundo como aquél? Y para empeorar las cosas los muertos vivientes que me perseguían acortaban distancias. No me quedó otra opción, tuve que correr una vez más, embestir al que me pareció más débil e inestable de los siete que me cortaban el paso y seguir corriendo alejándome de allí.
Había logrado salir de la base, pero no estaba más seguro por ello. No podía volver a por el coche, no tenía con qué defenderme y no podría correr eternamente. Si me metía por la carretera los reanimados me verían y no los perdería jamás, al final o me agotaría y me cogerían, o terminaría llevándolos hasta la ermita. La única solución al problema era seguir una ruta alternativa, aunque no me gustara un pelo, y ésta era meterme dentro del pueblo. La distancia entre la base y las primeras casas era de apenas medio kilómetro, podía hacerlo… podía perderlos entre las calles y luego intentar regresar con los demás sin ponerles en peligro.
Al no ver más alternativas no me quedó otra que variar el rumbo y dirigirme rápidamente hacia Colmenar Viejo. Solo esperaba que no hubiera por allí demasiados muertos que empeoraran todavía más la cosa, que bastante se me había complicado ya. No se podía decir que mi adiestramiento en el ejército fuera lo que se dice completo, porque los muertos vivientes lo interrumpieron, pero ni de lejos me habían preparado para algo así; apenas aprendí a disparar, obedecer las órdenes sin rechistar y hacerme la cama en el cuartel en un tiempo record.
Perseguido por una horda insistente atravesé el campo lleno de pequeños arbustos y tierra que separaba la base del pueblo, las casas más próximas eran pequeños adosados familiares, por lo que no creía que fuera a tener demasiados problemas en saltar el muro de uno de ellos tras doblar una esquina y dejar que la multitud pasara de largo. Hiciera lo que hiciera tendría que ser deprisa, porque si mis perseguidores terminaban atrayendo a más muertos del pueblo acabaría rodeado.
En cuanto dejé de caminar sobre tierra y pisé carretera busqué con la mirada cualquier posible refugio que sirviera para mi propósito. El cruce más cercano se encontraba apenas a cincuenta metros, en cuanto doblara por él tendría una oportunidad única para perderlos… pero no conté con que también allí pudiera haber muertos vivientes, y de hecho allí me encontré con uno, que nada más verme comenzó a tambalearse en mi dirección.
De nada serviría saltar dentro del patio de un adosado si un reanimado solitario me veía hacerlo, se pondría a dar golpes contra el muro y los que me perseguían le imitarían. Si quería escapar no me quedaba más remedio que apartarme por completo de la vista de cualquier muerto viviente, y ese cometido no era sencillo en mitad de un pueblo invadido y sin una mísera arma con la que eliminar testigos.
“Piensa, piensa, piensa” me presioné a mí mismo, necesitaba una idea que me sacara de aquello, no podía ponerme a correr como un loco sumando más y más reanimados a la horda, tenía que perderlos lo más rápidamente posible o no los perdería nunca.
-¡Al suelo! –Gritó una voz salida de no sabía dónde, y antes de que pudiera reaccionar, el reanimado solitario cayó al suelo con un disparo en la cabeza.
Al escuchar más disparos me lancé contra el suelo para cubrirme, y cuando alcé la vista para ver qué estaba ocurriendo lo único que vi fueron un montón de piernas pasando a mi lado antes de que alguien me agarrara del cuello de la camisa y me incorporara.
-Vamos chico, esto va a ponerse calentito. –Exclamó quien me había levantado, un hombre corpulento armado con un fusil de asalto; me llamó la atención comprobar que su ropa, aunque sencilla, estaba limpia, y su barba de una semana arreglada…
No estaba solo, por lo menos cinco hombres más y un par de mujeres, también armados con fusiles de asalto, le acompañaban, y en ese momento abrían fuego contra la multitud que me venía persiguiendo. Por el reguero de muertos que estaban dejando en el suelo se notaba que no era la primera vez que disparaban, aunque dudaba que hubieran recibido entrenamiento formal.
Demasiado sorprendido por aquella repentina aparición como para reaccionar me quedé allí de pie, con cara de bobo, y desgraciadamente mi salvador se dio cuenta.
-¡Espabila chaval! –Dijo agitándome de un hombro.- Sube al furgón. ¡Vamos!
Un furgón militar apareció por una esquina, con dos hombres armados más en su interior, y se detuvo a nuestro lado.
-¡Óscar! –Llamó uno de ellos al que me sujetaba.- ¿De dónde coño han salido tantos zombis? ¿Y quién es este?
Con “este” se refería a mí, que seguía demasiado anonadado por la repentina aparición de aquel grupo. Me estaba costando decidir qué clase de gente era aquella; desde luego no era un grupo de supervivientes como el mío, y tampoco parecían militares, aunque se comportaran de forma parecida a como lo haría una unidad militar de verdad… si hubiera tenido que apostar habría dicho que eran el brazo armado de un grupo mayor, pero ese concepto se me hacía difícil de creer, pues el mío era el grupo más grande que había visto hasta entonces.
-Deben haber venido de la base militar, es el único lugar tan invadido que hay por aquí cerca. –Les respondió Óscar casi arrastrándome hasta la parte trasera del furgón.- Quédate aquí hasta que lo despejemos todo.
Me acababan de salvar de una situación que podría haberse puesto muy mal, de modo que no rechisté, pero tampoco podía evitar preguntarme qué necesidad tenían de cargarse a todos los reanimados que me perseguían. Habría sido mucho más prudente subir todos al furgón, que tenían lleno de comida y suministros, y largarnos de allí a toda prisa dejándoles con un palmo de narices en lugar de malgastar munición de aquella forma.
La batalla campal se prolongó tan solo unos segundos más, pues parecían apañárselas bastante con los muertos vivientes, y en cuanto el último reanimado cayó todos se replegaron de nuevo alrededor del furgón.
-¿Estás bien, chaval? –Me preguntó el grandullón llamado Óscar.- Menuda horda te seguía.
-Sí… gracias. –Respondí inmediatamente, no quería seguir pareciendo tonto quedándome callado.- No me han mordido ni nada de eso.
-Es un militar. –Dijo otro mirándome con el ceño fruncido.- Mira su uniforme.
-Solo es un crío. –Replicó una de las mujeres escupiendo en el suelo.- Mírale, ¿qué tienes? ¿Dieciséis años? Seguramente cogió el uniforme en la base antes de tener que salir por patas de allí.
-Tengo dieciocho y sí, soy… o era, militar. –Contesté a la defensiva.- ¿No habría que salir de aquí antes de que venga más? Este lugar podría estar infectado.
-Desde luego no es de por aquí. –Comentó uno de ellos con cierta sorna.
-Hemos estado toda la mañana despejando esta zona, niño. –Me reprendió la mujer.- Estaba prácticamente limpia hasta que tú has traído más.
-¿Limpiando esta zona? –Le pregunté confundido.- ¿Vivís por aquí? ¿En alguna casa?
-En más de una, pero no por esta zona… ya lo verás. –Dijo Óscar con cierto misterio.- Si hemos acabado aquí deberíamos volver, ya tenemos un buen cargamento de provisiones, nos encargaremos de los cadáveres mañana.
-¿Vamos a llevárnoslo? –Rezongó la mujer mirándome con desagrado; no entendía qué podía ofenderle tanto de mí como para lanzarme esas miradas, pero preferí no intervenir.
-Son las reglas. –Le respondió Óscar.- Si encontramos a alguien desamparado le llevamos, exactamente igual que cuando lo hicimos contigo, ¿recuerdas?
-Sí. –Respondió ella a regañadientes volviendo a escupir en el suelo.
No sabía si dejarían que me marchara si les decía que no quería ir con ellos, de modo que ni siquiera planteé la pregunta. No quería mencionar tampoco al resto del grupo por el momento, no hasta saber qué clase de gente era aquella.
Óscar subió conmigo al furgón, pero los demás caminaron a su lado cuando éste se puso en marcha. Como su paso era lento todos podían seguirlo andando sin problemas.
-No le hagas caso, no le caen bien los militares. –Me dijo restándole importancia a los modales de su amiga.- Porque eres militar de verdad, ¿no? No te estabas tirando un farol.
-Sí que lo soy. –Le aseguré.- Estaba echando un vistazo en la base, buscaba comida, armas… lo que fuera para seguir vivo, estuve destinado en Madrid.
-Eso no acabó bien, por lo que cuentan algunos. –Se lamentó torciendo el gesto.- La zona segura cayó, fue una masacre, tenemos algunos supervivientes de eso entre los nuestros, pero muy pocos… por cierto, me llamo Óscar, Óscar Gutierrez.
-Aitor Montoya. –Me presenté.- ¿Hay mucha gente en tu grupo? ¿Dónde está?
-Estamos en el centro del pueblo. –Respondió con un deje de orgullo.- ¿Conoces la basílica de la Asunción de Nuestra Señora? Ese es nuestro cuartel general, y también nuestro templo. Ahora se llama Basílica de Santa Mónica.
-¿Basílica de Santa Mónica? –No entendía la necesidad de cambiar el santo patrón de un lugar estando las cosas como estaban.
-En honor a Santa Mónica, nuestra líder. –Asintió con una sonrisa.- Ella es la que protege ese lugar de los infernales muertos vivientes.
-Espera… ¿vuestra líder de hace llamar “santa”? –Le pregunté sin poder creerlo.
-No se hace llamar, la llamamos así. –Me corrigió.- Chico, estás a punto de conocer unas cuantas verdades sobre esta plaga apocalíptica que nos azota.
-Verdades, ¿qué clase de verdades? –Insistí sintiendo que empezaba a no gustarme del todo aquella situación.
¿Qué clase de gente considera santa a su líder? Era como si nosotros hubiéramos llamado a Maite Santa Maite… ella habría sido la primera en reírse.
-Que esta plaga no tiene un origen natural. –Me explicó.- Por eso la ciencia no pudo encontrar una cura, porque no hay cura, su origen es puramente divino, el castigo de Dios a un mundo que ha dejado de escucharle.
-¡Oh! –Respondí sin saber qué decir a eso; viéndolos disparar jamás habría supuesto que aquel era una especie de grupo religioso, o quizá una secta fundada a raíz de todo lo que había ocurrido… después de todo habían tenido el fin del mundo que todas las sectas proclaman.
Como no quería ofender las creencias de la gente que me había salvado permanecí en silencio hasta que llegamos a la basílica, el lugar que se suponía que era su refugio.
-¡Vaya! –Exclamé admirado de lo que habían construido allí.
No solo la basílica era su refugio, habían rodeado los edificios de los alrededores con un muro de hormigón, como si fuera una pequeña zona segura, y habían colocado alambre de espino delante para que los muertos vivientes no pudieran acercarse. Había zonas donde la parte superior estaba todavía a medio construir, pero aun así aquello ya era una barrera infranqueable para cualquier reanimado que se presentara por allí.
-Bonito, ¿eh? –Sonrió Óscar mirando aquel lugar con admiración.- La mayoría de las cosas para levantar este lugar las sacamos de la base militar cuando la registramos. Encontramos lo que sobró tras la construcción de la zona segura, no sabemos si la de Madrid o la de algún otro lugar, así que empezamos a levantar nuestro propio muro… tenemos un par de arquitectos aquí. Y llegas justo a tiempo para ver cómo las obras terminan, pronto los problemas con los muertos vivientes serán cosa del pasado en nuestra comunidad.
Sobre la parte del muro completada patrullaban varios hombres armados, sobre todo cerca de la zona de la puerta, el único lugar que no era de hormigón, sino que consistía en unas improvisadas y gruesas hojas metálicas que cerraban formando un pico. Si no me equivocaba, esas puertas se abrían hacia fuera, de modo que por mucho que los reanimados empujaran no podrían forzarlas.
-¿Sacasteis las armas de la base militar? –Le pregunté a Óscar al fijarme en que el armamento de los vigilantes también eran armas automáticas; en ese lugar se había producido una masacre de soldados y no quería pensar que esa gente había tenido algo que ver.
-Sí, igual que la mayoría de los vehículos, la comida y las cosas de la enfermería. –Admitió él.- Al principio entramos allí buscando la protección de los militares… pero luego la cosa se complicó, ocurrieron cosas entre ellos y nosotros y tuvimos que marcharnos. Si no llegamos a tener a Santa Mónica habríamos muerto, pero Ella nos mostró la Verdad y nos guió a este lugar, donde hemos construido una comunidad que funciona al margen de cualquier militar.
-Están todos muertos. –Le dije todavía con sospechas.- Los vi, hay cadáveres por todas partes.
-Supimos que habían muerto más adelante.- Asintió Óscar.- Admito que tuvimos que matar a algunos cuando se negaban a dejarnos marchar, vivían muy bien con un montón de civiles como mano de obra y chicas calentando sus camas, si sabes a lo que me refiero. Después no sabemos lo que ocurrió, una noche hubo un tiroteo y al día siguiente, cuando fuimos a investigar, nos los encontramos así. Debieron matarse entre sí porque también les gustaba mucho discutir sobre si los antiguos rangos seguían vigentes o no. El caso es que eran demasiados para enterrarlos a todos, así que los dejamos en el gimnasio… de todas formas no íbamos a quedarnos en la base.
-¿Por qué no? –Me interesé.- Sería un buen refugio con todo lo que pudierais necesitar, y parecéis bastantes para poder protegerla.
-Para entonces ya nos habíamos asentado en este lugar. –Replicó él.- En esta basílica todos fuimos bautizados de nuevo en la Verdadera Fe, no se abandona un lugar sagrado.
-Entiendo. –Dije asintiendo con la cabeza, aunque en realidad no entendía cómo podían haber tomado esa decisión… por muy sagrado que sea un lugar, la base militar debía ser diez veces más segura que vivir en mitad de un pueblo infectado.- ¿Cómo os las apañasteis con los muertos?
-Al principio mal. –Admitió apesadumbrado.- Sobre todo antes de levantar el muro. Perdimos a gente, algunos dudaron de Santa Mónica, incluso yo llegué a tener mis dudas cuando murió mi mujer, pero al final nuestra fe se vio recompensada, levantamos este sitio, limpiamos buena parte del pueblo y estamos construyendo una nueva vida aquí.
Un muerto viviente despellejado y empalado de entrepierna a cuello en una estaca clavada en el suelo gruñó y se agitó cuando pasamos a su lado mientras nos dirigíamos hacia la entrada a aquel asentamiento. Un poco más adelante vi otro, y poco después había de ellos por todas partes, todos despellejados y clavados en estacas, pero todavía vivos… por decir algo.
-¿A qué se debe eso? –Le pregunté a Óscar con aprensión.
-Oh, eso… tenerlos ahí mantiene alejados a los otros. –Contestó.- No es bonito de ver, pero funciona. Fue idea de Ella lo de despellejarlos, el olor a putrefacción que desprenden es mayor así. Sus congéneres ni se acercan a los alrededores. Así los espantábamos al principio, antes de tener el muro y el espino.
Empezaba a entender que no era precisamente la fe de una santa la que mantenía ese lugar a salvo… pero por muy macabro que pudiera resultar tener a muertos clavamos por todas partes, si funcionaba merecía la pena hacerlo y olvidar los escrúpulos. ¿Acaso la vida de los que todavía respiraban no valían más que la integridad de unos cuerpos que debieron quedarse muertos al morir?
El portón se abrió cuando paramos frente a él, y en cuanto nos introducimos tras los muros de aquel lugar el escenario cambió por completo. De recorrer calles sucias, abandonadas, y con muertos vivientes paseándose por ellas me vi rodeado de calles limpias, cuidadas y llenas de gente viva. Era una escena que no veía desde hacía tanto tiempo que hasta me emocioné un poco.
-Sé lo que estás sintiendo. –Me dijo Óscar sonriéndome.- Todos los que llegan aquí por primera vez sienten lo mismo… es tan parecido a cómo era el mundo antes que impresiona.
-Sí… –Fue lo único que acerté a decir; algunos de los que nos seguían a pie comenzaron a mezclarse entre la gente, que parecía contenta de verlos regresar.- ¿Cuánta gente hay aquí?
-Creo que no llegamos a ser cien. –Respondió él rascándose la barba.
-¿Cien? –Exclamé sorprendido.- ¿De dónde sacáis comida para tanta gente?
-La poca comida que quedaba en la base y, sobre todo, la que hemos ido recogiendo en el pueblo. –Me explicó.- Hemos vaciado por completo supermercados, tiendas y cualquier lugar donde se guardara comida, así como gran parte de las casas. Por el momento tenemos de sobra para pasar lo que queda de invierno.
El furgón se detuvo a un lado de la famosa basílica, rebautizada como de Santa Mónica. Allí los del grupo que no se habían marchado ya se encontraron con otro grupo encabezado por un hombre de mediana edad, alto y de gesto adusto, que se plantó delante del vehículo y apoyó las manos en las caderas. Un tipo más bajito, delgado y con una libreta y un bolígrafo en las manos hacía de su sombra; los demás se mantenían discretamente a un lado.
-¿Cómo ha ido? –Preguntó el jefe.
-No ha ido mal teniendo en cuenta que es la segunda pasada que hacemos por la zona. –Le respondió Óscar bajando del furgón.- Pero hemos gastado más munición de la esperada.
-¿Y eso a qué se debe? –Inquirió el hombre frunciendo el ceño.
-Tuvimos que rescatar a este chico. –Contestó haciéndome un gesto para que bajara.
No tenía más remedio que hacerlo, de modo que salté al suelo junto a Óscar. Nada más verme el ceño de aquel hombre se frunció todavía más, y el tipo de las gafas comenzó a alternar la mirada ansiosamente entre él y yo.
-¿Es un militar? –Le preguntó a Óscar tras echarme un rápido vistazo.
-Sí, pero no de la base, dice que viene de Madrid.- Le respondió él un poco apurado.
-Entiendo que no tengan buen recuerdo de los míos. –Intervine creyendo que debía explicarme y no dejar que mi salvador respondiera por mí.- Pero no sé nada de lo que ocurrió en la base, yo fui reclutado en Madrid poco antes de que todo esto empezara y no he salido de la ciudad para nada… bueno, hasta que fue invadida. Desde entonces he estado… solo.
Seguía sin querer decir nada sobre los demás por el momento, hasta estar completamente seguro de que aquella gente era de fiar.
-Aun así los militares son peligrosos. –Insistió él sin dirigirme la mirada.
-Se lo dije, señor Veltrán, pero no me hizo caso. –Añadió la mujer a la que no le había caído bien tampoco.
- Gracias Sara. –Replicó fríamente él.- Jesús, ¿a qué estás esperando? Haz recuento de lo que han traído y comenzad a guardarlo con lo demás, vamos.
El tipo de las gafas asintió y pasó rápidamente a mi lado. Pronto todos los hombres a mi alrededor estuvieron descargando el furgón, mientras que Óscar y yo seguíamos allí plantados bajo la mirada de aquel suspicaz individuo.
-Así que un huido de Madrid, ¿eh? –Dijo volviendo la vista hacia mí, su mirada era tan penetrante que lograba hacerme sentir incómodo.- Hace tiempo que no vemos a gente de allí por aquí, ¿Dónde has estado todo este tiempo?
-Lejos de cualquier lugar donde hubiera gente. Me acerqué a la base militar porque necesitaba comida, y armas. –La mentira me salió tan rápido que hasta me sorprendí de mí mismo, aunque lo de estar lejos de lugares en los que hubiera gente lo había sacado de Maite, que siempre insistía en alejarnos de los núcleos urbanos.- No conseguí ninguna de las dos cosas, como es evidente.
-Estaba desarmado y le perseguía un grupo de unos treinta cuando lo encontramos, señor Veltrán. –Añadió Óscar.- No creo que sea peligroso. Es solo un chaval, ruego que se le dé una oportunidad de unirse a nosotros, sería un acto de caridad.
-No podemos permitirnos la caridad en estos tiempos. –Sentenció con dureza el tal señor Veltrán.
-Da de tu pan al hambriento, y tus vestiduras al desnudo. –Recitó una suave voz femenina.
De una puerta lateral de la basílica emergió una mujer joven, tal vez solo unos pocos años mayor que yo, de piel pálida, envuelta en una fina túnica blanca, con un largo cabello castaño recogido con una peineta dorada y varias pulseras en ambas muñecas, así como un rosario alrededor del cuello.
“Santa Mónica” pensé fascinado por lo que me pareció poco menos que una aparición angelical; durante un segundo me sentí culpable por mirarla tan fijamente, pero inmediatamente recordé que Raquel me había dejado, así que no estaba haciendo nada malo.
Los hombres que descargaban el furgón se detuvieron y se arrodillaron al verla, todos menos Veltrán, que tan solo se hizo a un lado cuando aquella mujer se acercó a mí. Me miró a los ojos con unos ojos extraordinariamente claros y logró hacerme sentir más incómodo aún que Veltrán, aunque de un modo diferente, pues esa mujer parecía capaz de ver mi propia alma.
-Disculpa a mi buen Joaquín. –Me dijo con una voz tranquilizadora.- A veces puede ser demasiado diligente al hacer su trabajo.
-Mis disculpas, señora. –Exclamó él agachando ligeramente la cabeza.- Solo me aseguraba de que no suponía un peligro para nuestra comunidad.
-No tienes de qué disculparte, pero recuerda que ante todo esta es una comunidad cristiana. –Le respondió ella con una arrebatadora sonrisa.- Encárgate de que nuestros buenos hermanos tengan la comida que necesitan, yo me haré cargo de nuestro invitado.
-Como digáis, señora. –Accedió Veltrán agachando la cabeza otra vez.
-Acompáñame, Aitor. –Dijo la mujer dándose la vuelta en dirección a la basílica de nuevo.
Prefiriendo tratar con ella que con el otro tipo obedecí. No fue hasta que estuvimos junto al a puerta cuando me di cuenta de que en ningún momento le había dicho cómo me llamaba.
-¿Cómo sabes mi nombre? –Le pregunté mientras una mujer también vestida con túnicas, pero en su caso marrones y más gruesas para protegerse del frío, le abría la puerta.
No me respondió, solo giró la cabeza hacia mí y me dedicó media sonrisa.
No sabía cómo era el interior de la basílica antes de que ellos llegaran, pero aunque todavía conservaban las banquetas y el altar, de modo que debían seguir celebrando misas, tenía entendido que en aquel lugar se mostraban algunos óleos y esculturas, y todos habían sido retirados. Varios hombres y mujeres se encontraban allí rezando de rodillas entre los bancos, salvo dos mujeres, una anciana y otra que estaba en camino de serlo, ambas vestidas con túnicas marrones, que comenzaron a seguirnos, o más probablemente a seguirla a ella.
-¿Crees en Dios, Aitor? –Me preguntó de repente.
-Bueno… -No supe qué responderle, era una pregunta que no me había planteado demasiado en serio, y me daba corte decir que no en ese lugar; su atmósfera religiosa ejercía demasiada presión.
-Tomaré eso por un “no”. Pero no te preocupes, muchos tampoco creían cuando llegaron aquí, y muchos más dejaron de creer cuando los muertos comenzaron a moverse. –Exclamó caminando hacia una puerta que había a un lado de altar, que imaginaba que llevaba a las entrañas de aquella enorme basílica.- Pero qué descuido por mi parte, ni siquiera me he presentado todavía, debes estar preguntándote quien soy.
-Eres Santa Mónica. –Decirlo entre aquellas paredes sonaba mucho menos ridículo que al aire libre, con reanimados por todas partes… de hecho costaba pensar en los reanimados allí dentro.- Hablé un poco con Óscar por el camino.
-Óscar es un fiel devoto y un buen hombre. –Afirmó.- No sé si soy una santa, Aitor, solo sigo el camino que el Señor dictó para mí.
-No digáis eso, señora. –Intervino la mujer menos vieja con aprensión.- Los que hemos observado vuestros milagros no tenemos ninguna duda.
La otra anciana asintió, pero la presuntamente santa tan solo les sonrió.
-Traed agua y algo para que Aitor coma, tengo cosas de las que hablar con él. –Les pidió, a lo que ellas agacharon la cabeza en una reverencia y se retiraron.
-Tenéis una comunidad sorprendentemente grande aquí. –Dije para romper el hielo que se había formado al quedarnos los dos a solas, aquella mujer no parecía tener prisa para nada, y por algún motivo esa actitud me hacía sentir más relajado a mí también.
-La fe nos mantiene unidos. –Aseveró ella.- No está en nuestra naturaleza negarle ayuda a nadie que la necesite, pero has de entender que esta comunidad está formada por y para auténticos creyentes. El Todopoderoso ya ha castigado al mundo por su idolatría, por no seguir su palabra, y este lugar es un nuevo comienzo para el mundo, un lugar donde los verdaderos creyentes están a salvo, protegidos por Él… por ese motivo no podemos aceptar a nadie que no esté dispuesto a abrir su corazón y su mente a esa verdad, ¿entiendes?
Las dos mujeres volvieron, una con una bandeja con dos vasos y una jarra de agua y la otra con un cuenco lleno de pequeños bollos de pan. Dejaron ambas sobre una mesita y sirvieron los dos vasos de agua antes de volver a marcharse haciendo reverencias.
-Bebe, por favor. –Me ofreció.- Es agua limpia, recién sacada del pozo.
Lo cierto era que con tantos problemas y tantas sorpresas luego me había olvidado de que tenía mucha sed, la mayoría de mis cosas, incluida mi cantimplora, se habían quedado en la ermita, con el resto del grupo.
Tenía razón en que el agua estaba limpia, y además fresca.
-Está buena. –Le agradecí bebiéndome el vaso del tirón.
-Jesús es nuestro planificador comunitario. –Me explicó.- Dice que en unas semanas podríamos volver tener agua corriente en los grifos de las casas, rezo porque llegue ese momento… volviendo al asunto importante, no quiero que me des una respuesta ahora, de hecho no espero que lo hagas. Por el momento eres nuestro invitado aquí, te daremos un lugar donde dormir, ropa limpia, algo para que te laves y comida.
-Eso… es muy generoso por su parte. –Respondí asombrado ante tanto altruismo.
Sin embargo no terminaba de gustarme quedarme allí. Mi grupo no sabía si seguía vivo y podían preocuparse, y me sentía un poco culpable de poder dormir tranquilo una noche mientras ellos estaban helándose de frío en la ermita. Pero no podía hablarles de ellos, no todavía, no hasta que supiera de qué iba todo ese rollo religioso. Quizá cuando estuviera seguro de que aquel lugar no escondía nada demasiado raro pudiera ir a buscarlos a todos… una comunidad como esa era precisamente lo que Maite estaba buscando.
-No quiero pecar de arrogante, pero en el mundo en que vivimos sí que es generoso. –Afirmó mirándome a los ojos.- Por eso no entiendo por qué sigues sintiéndote tan indeciso, ¿acaso hay algo más que quieras contarme?
-No. –Respondí rápidamente, quizá demasiado.- Es solo… no parece que por aquí les caigan muy bien los militares.
-Hemos tenido un pasado difícil con ellos, pero el perdón es una virtud, no temas, nadie te hará daño mientras estés con nosotros. –Me tranquilizó, aunque no era eso lo que me preocupaba.- Debes estar cansado, la vida fuera de estos muros es muy dura, seguramente querrás descansar. Haré que te lleven a una habitación ahora.
No sabía por qué había esperado que fuera Óscar quien me acompañara a mi habitación, pero desde luego jamás habría pensado que sería Sara, la mujer a la que le gustaba escupir en el suelo y que no le caí nada bien, la que lo haría.
-Perdona si he sido un poco brusca contigo, chico. –Se disculpó conmigo ya fuera de la basílica, mientras caminábamos por la calle; no podía decir que hubiera mucha gente fuera, pero los que estaban allí no parecían tener miedo, era como si los muertos vivientes hubieran desaparecido.
-No pasa nada, es normal desconfiar de la gente al principio. –Le dije quitándole importancia al asunto.- Este lugar es… increíble. Debe ser genial vivir sin miedo a lo que hay fuera.
-Sí que lo es. –Asintió ella.- Creo que de los que estamos aquí soy de las que más tiempo pasó ahí fuera, y este lugar es la justa recompensa para los verdaderos creyentes.
-Ya… -Dije prefiriendo no entrar en ese tema.- No he visto niños.
-No tenemos. Pero no por nada, sino porque no llegó ninguno. Sería estupendo tener algunos por aquí, le darían más alegría a esto. Yo tenía un hijo pero… -Se le quebró la voz y tuvo que tomarse un par de segundos para recomponerse.- No pasa nada, Santa Mónica dice que todos los niños son inocentes, así que volveré a verle en el Cielo aunque se transformara en uno de ellos.
-Claro. –Repliqué apurado.
Entramos en el portal de un pequeño edificio de tres plantas que no parecía demasiado transitado por la gente de aquel lugar. Juntos subimos al segundo piso, y allí ella abrió una de las casas. Era un edificio de construcción antigua, así que la casa no era demasiado grande, pero tenía techos altos; se encontraba perfectamente amueblada y estaba razonablemente limpia.
-Pues aquí te alojarás. –Anunció enseñándome el interior.- La cocina no tiene gas, no hay luz eléctrica ni agua corriente. Si necesitas ir al baño hay un orinal en el baño.
-Espera, ¿tengo toda la casa para mí solo? –Le pregunté incrédulo.
-Si algo nos sobra aquí es espacio. –Respondió encogiéndose de hombros.- Alguien te subirá agua para un baño y para beber, y algo de comida.
-Puedo subir yo mi propia agua, no es necesario molestar a nadie. –Me ofrecí un poco cohibido por tantas atenciones.
-Lo siento pero tú no puedes salir de esta casa por el momento. –Dijo Sara negando con la cabeza.- No te lo tomes a mal, es solo una cuestión de seguridad temporal, por si resultas no ser buena gente después de todo. Pero no te preocupes, en este lugar nos gusta ayudar, ya lo verás.
-Bueno… gracias. –Exclamé de todos modos; no me gustaba eso de que me encerraran, pero podía entender que ellos no me conocían de nada y no confiaran… después de todo yo también pensaba tomar mis medidas por si los que no eran de fiar resultaban ser ellos.
-¿Sabes ya si vas a quedarte? –Me preguntó antes de marcharse.
-No, de hecho todavía no me dejan tomar una decisión. –Le confesé.
-Dicen que hoy mismo tendrán terminado el muro, así que supongo que querrá que asistas a la misa de mañana, cuando hable a toda la comunidad. –Supuso jugueteando con las llaves.- Bueno, te dejo, encantado de conocerte Aitor.
-Igualmente. –Le correspondí.
Mientras ella echaba la llave a la casa desde el exterior yo me acerqué al sofá del comedor y me senté en él. Fue un auténtico placer poder apoyar el culo en algo blando y cómodo, y eso me hizo volver a sentirme culpable por dejar al resto del grupo aplanándose el trasero contra la piedra de la ermita… pero era necesario por su propia seguridad.
Tras unos minutos descansando me asomé al balcón, que daba a la calle que llevaba a la basílica, y por ello estaba bastante transitado. Quería observar de qué forma se comportaba la gente que vivía allí, qué aspecto tenían, y cómo se llevaban unos con otros… en resumen, saber cómo era la vida tras esos muros de hormigón.
Durante el tiempo que pasé desde que salí al balcón hasta que escuché la puerta abriéndose no vi nada que me resultara alarmante. Una pareja pasó cogida de la mano, un hombre armado con un fusil estuvo un buen rato hablando con otro junto a una tienda cerrada, y tres viejas se pasearon calle arriba y abajo charlando entre ellas… aquello se parecía tanto al mundo real que me costaba no pensar que estaba en algún tipo de sueño, y que tarde o temprano me despertaría y volvería a estar rodeado de reanimados, gente muriendo, hambre, frío, sueño y dolor.
Quien entró por la puerta fue un pequeño grupo de gente cargados con un barreño de agua, cubos, ropa y algo de comida. Muy amablemente llevaron el barreño al cuarto de baño y dejaron jabón y una toalla para que me aseara antes de volver a marcharse, cosa que no tardé en hacer.
Me avergonzó un poco descubrir lo negra que acabó el agua cuando terminé de bañarme, pero el remojón me sentó de muerte. Envuelto en una toalla comí lo que me habían traído y luego me vestí con la ropa limpia. Con unos vaqueros y una sudadera casi no me reconocía delante del espejo, pero agradecí tener unos calcetines nuevos que no tuvieran agujeros.
Aquella noche, pese a que tenía un colchón blandito y unas gruesas sábanas protegiéndome del frío, no podía quedarme durmiendo. Estar tan cómodo hacía que me sintiera todavía peor con respecto a la situación del resto de mi grupo. A esas alturas posiblemente me hubieran dado por muerto, y eso si no habían vuelto a la base militar a buscarme jugándose el pellejo en el proceso. ¿Pero qué otra opción tenía? Si me marchaba de allí a lo mejor perdíamos la oportunidad de unirnos a esa comunidad para siempre, y no quería pecar de confiado y poner en apuros al grupo revelando su existencia antes de estar seguro del todo… pero el caso es que no parecía que tuviera ningún motivo para desconfiar. Quizá allí fueran todos parte de esa extraña secta, pero vivían como personas normales, no nos habría costado nada adaptarnos. ¿Qué importaba tener que ir a misa de vez en cuando si a cambio obteníamos protección contra el mundo de fuera?
Cavilando sobre aquel asunto finalmente me dormí, y cuando desperté ya estaba bien entrado el día. Nada más acabar de vestirme la puerta volvió a abrirse, aunque en esa ocasión solo un hombre entró por ella: Óscar.
-Te he traído el desayuno y más agua. –Anunció pasando a la cocina cuando salí a recibirle.- ¿Has pasado una buena noche? Sé por experiencia que la primera no suele serlo, pero hay que preguntar.
-No me puedo quejar. –Admití rascándome la nuca todavía un poco adormilado.- No sabía qué hacer con el agua sucia del barreño, así que la he utilizado para la cisterna del wáter.
-Ah, muy ingenioso. –Exclamó él dándome una palmadita a la espalda.- Dime una cosa, ¿te han ofrecido la oportunidad de quedarte?
-Sí, ella me dijo que me lo pensara. –Le confesé.
-No seas tonto y no lo desaproveches. –Me advirtió.- Lo que tenemos aquí no se encuentra en ninguna otra parte, y ahora que el muro está terminado mucho menos. Sé que por el momento no tienes fe, ¿cómo vas a tenerla? A fin de cuenta todos fuimos como tú antes, pero cuando sepas la verdad sobre Santa Mónica serás uno de los nuestros.
-¿Y cuál es esa verdad? –Le pregunté intrigado, ya que no era la primera vez que lo mencionaba.
-La verdad es que ella es la respuesta de Dios a nuestras oraciones. –Exclamó.- Ella… mira, quizá no debería contarte estas cosas hasta más adelante, cuando estuvieras preparado, pero creo que tienes la mente lo suficientemente abierta para plantearte la posibilidad de que sea posible, así que ahí va: ella es inmune a los muertos vivientes.
Tardé un par de segundos en asimilar lo que acababa de decir.
-¿Inmune? –Repetí incrédulo.- ¿Qué quiere decir eso exactamente?
-Que es inmune. –Insistió.- Los resucitados no la persiguen, y la mordedura no puede matarla.
-¿La mordedura no puede matarla? –Volví a repetir con escepticismo.
-Escucha, no te calientes la cabeza con eso por ahora. –Me dijo poniéndome las manos sobre los hombros.- Tú solo ten la mente abierta, hoy mismo podrás ver la verdad por ti mismo.
-Muy bien.- Accedí un poco preocupado por aquello; ¿sería algún tipo de embuste con el que esa mujer engañaba a sus fieles?
-Excelente… venga, te acompaño que yo tampoco he desayunado. Esta noche me toca guardia y eso abre el apetito hasta por la mañana. –Declaró con alegría sentándose en una de las sillas de la cocina.
Me senté con él porque tenía hambre, y porque el desayuno consistía en pan recién hecho que tenía un aspecto muy apetitoso.
-Es increíble que hayas estado este tiempo tú solo. –Comentó dando un bocado a un panecillo.- Mi familia y yo éramos parte de un pequeño grupo que se buscaba la vida como podía. Fuimos a la base militar buscando refugio, perdí a mi hija antes de llegar allí, y casi que me alegro de que fuera entonces y no cuando también murió mi mujer, porque teniendo en cuenta lo que los militares hacían en ese lugar con las mujeres guapas…
-A la gente se le va mucho la pinza. Yo… al principio no estaba solo tampoco, éramos unos pocos, estábamos acampados a las afueras de Madrid esperando a que todo acabara. –Confesé, pero con matices.- Allí también había un Óscar, un buen tipo, un poco duro pero con buen corazón. Era cazador, tenía una ballesta con la que mataba a esos seres sin hacer ruido… murió cuando entramos a Madrid a por comida, y también un chaval que nos encontramos allí malviviendo; nos metió en apuros, pero no tenía mala intención.
-Al final es verdad eso de que siempre se van los mejores. –Aseveró con gravedad.
-Mientras estábamos en Madrid tres soldados supervivientes de la zona segura llegaron hasta el campamento. Intentaron violar a una mujer del grupo, la cosa se torció y los tres acabaron muertos, pero mataron a uno de los nuestros e hirieron tan gravemente a otra que murió más tarde.
-Soldados, ¿eh? –Observó frunciendo el ceño.- Parece que son iguales en todas partes, no te puedes fiar de ellos, se les sube el uniforme a la cabeza… con perdón.
-No importa. –Le tranquilicé.- Yo casi no me considero un militar ya. Cuando nos ordenaron replegarnos a la zona segura preferí ir a buscar a mi novia a su casa y sacarla de la ciudad, y ahora ya no hay ejército al que pertenecer.
-Muy cierto. –Asintió.- ¿Y cómo murió?
-¿Quién?
-Tu novia. –Concretó.- Y el resto del grupo ya puestos. Estabas solo, ¿no?
-Su casa… toda la familia eran reanimados. –Le contesté, lo que era una verdad a medias.- Y los demás… pasaron muchas cosas. Necesitamos medicinas para los heridos, volvimos a Madrid y murió otro más, luego uno nos robó parte de la comida y se largó… y al final fueron los muertos vivientes, hay de ellos por todas partes, vayas donde vayas.
-Siento que tuvieras que pasar por eso. –Se compadeció de mí.- Ahí fuera es un mundo peligroso, muy peligroso. A mí al principio me daba miedo salir, y eso que iba con un grupo armado. En cuanto pones un pie en el territorio de los condenados no sabes si vas a vivir para ver un día más. En el fondo comprendo a los que se le va la olla y se desvían del camino. A fin de cuentas, ¿cuánto tiempo se puede aguantar ahí fuera bajo tanta presión?
-Sí… -Dije mirando el panecillo que tenía a medio comer, de repente había perdido el apetito.
-Yo doy gracias a Dios todos los días por tener este lugar. –Continuó.- No sé que habría sido de mí si no estuviera aquí, probablemente a estas alturas me habría volado la cabeza desesperado. ¿Quién quiere vivir siempre corriendo, con miedo y pasando hambre y frío?
Arrojé el panecillo de vuelta al cesto… no podía soportarlo más. Óscar me miró interrogativamente debido a mi brusquedad.
-Vosotros me encerrasteis aquí porque no sabíais si era alguien de fiar. –Le dije.- Yo no os he contado toda la verdad por eso mismo, pero en realidad no es cierto que estuviera solo. Verás, hay un grupo…
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Belthazor
 
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Re: Crónicas zombi: Orígenes

Notapor Belthazor » Mié, 08 Ene 2014, 00:37

CAPÍTULO 13: MAITE


-Maldita sea… -Murmuré al ver como el sol se iba escondiendo entre los árboles.
Me había pasado todo el día sentada sobre el muro que rodeaba la ermita esperando el retorno de Aitor, pero el día estaba a punto de acabar y el soldado no había aparecido todavía, lo que hacía que empezara a plantearme la posibilidad de que no fuera a hacerlo nunca. La base militar estaba tan sólo a unos tres kilómetros de allí, incluso a velocidad de paseo debería haber llegado horas atrás.
-¿Qué pasa, mamá? –Me preguntó Clara levantando la vista hacia mí con preocupación.
Aunque debía estar aburriéndose de estar allí de pie sin hacer nada me alegraba que hubiera preferido quedarse conmigo a permanecer dentro de la ermita; ella no quería volverá quedarse sola y a mí me hacía compañía. Sin embargo empezaba a anochecer, pronto haría frío y no sería recomendable tenerla fuera, pese a que la chaqueta militar que le había traído parecía muy abrigada… lo último que me faltaba era que hija se pusiera mala por estar pasando frío.
-Nada cariño. –Le respondí para que se quedara tranquila.
Por suerte aquello era cierto en parte. Pese a que llevaba el rifle conmigo, en todo el tiempo que llevaba allí no había aparecido ni un solo muerto viviente, y eso era de agradecer porque tenía problemas más importantes en la cabeza. No quería ni imaginar lo que podían estar diciendo de mí dentro, sobre todo si Sergei les había dado más explicaciones sobre lo ocurrido, pero pese a eso creía que mi deber estaba allí, esperando.
-¿Es por Aitor? ¿Por qué no ha vuelto aún? –Insistió Clara asomando la cabeza fuera y mirando a ambos lados.
-Sí, es por eso. –Contesté con pesar.- Aquí empieza a hacer frío, ¿no prefieres entrar dentro, con Raquel?
-Raquel lleva llorando todo el día. –Replicó ella arrugando la nariz.- Mamá, ¿está Aitor muerto?
La miré sorprendida de que me hiciera una pregunta así… no era nada propio de ella. Me inquietó un poco no ver en su cara preocupación o tristeza, sino algo más parecido a la resignación, o incluso la indiferencia.
-¿Por qué dices eso? –Le pregunté con delicadeza.
-Todo el mundo se muere. –Respondió pestañeando con lentitud.- Félix, Óscar, Érica, Silvio, Agus, la familia de Raquel… papá.
Sentí un nudo en la garganta cuando mencionó a su padre, pero solo fue porque esa muerte nos tocaba a las dos en lo personal; en realidad era una desgracia que hubiéramos perdido a tanta gente en tan poco tiempo… y todo apuntaba a que realmente habría que sumar a Aitor a la lista.
-No lo sé, cariño. –Le confesé decidida a ser sincera con ella.- No sé si Aitor ha muerto, pero espero que no.
-¿Vamos a quedarnos a vivir en este sitio? –Quiso saber.
-De momento sí, aquí no parece que haya muchos resucitados, y dentro se está caliente y podemos encender un fuego sin miedo a que nos vean. –Le expliqué.- Pero todo dependerá de la comida que consigamos… oye, se está haciendo de noche y no es seguro que estés aquí fuera, entra dentro, por favor, yo iré enseguida.
Resignada, agachó la cabeza y se marchó en dirección a la ermita, dejándome sola con mi rifle vigilando una carretera que cada vez se veía menos por culpa de la creciente oscuridad. Cuando hubiera anochecido del todo no tendría más remedio que entrar yo también, no tenía sentido esperar la llegada de alguien a quien no podías ver, pero aun así la conciencia me pedía que me quedara allí el tiempo que hiciera falta, hasta que supiéramos algo.
“En cambio Sergei seguro que dormirá con la conciencia bien tranquila” pensé con rabia, ya que después de todo de él había sido la idea de abandonar a Aitor, aunque reconocía que la culpa era mía por haberme dejado llevar.
-Ese ni siquiera tiene conciencia. –Bufé en voz baja.
-¿Quién no tiene conciencia? –Preguntó la voz de Luís a mi espalda.
Me giré rápidamente y me lo encontré a dos metros de mí, acercándose envuelto en su abrigo.
-No te he visto llegar. –Le dije un poco sorprendida porque me hubiera pillado desprevenida.
-Malo para alguien que se supone que está esperando a alguien. –Exclamó parándose a mi lado.- He visto entrar a tu hija sola y me he dicho, ¿qué hace Maite ahí fuera todavía?
-Lo mismo que llevo haciendo todo el día, esperar a que Aitor vuelva. –Repliqué frunciendo el ceño.- ¿Qué otra cosa puedo hacer? Tú mismo me persuadiste para que no cogiera el coche y saliera a buscarle.
-Habría sido una locura. –Asintió.- ¿Dónde querías buscarle? ¿En la base militar? Si los muertos vivientes estaban allí él ya no puede estar, y no tienes forma de saber donde puede haber ido. Te habrías pasado el día dando vueltas, y andar por ahí fuera es peligroso… todavía no sé cómo podíamos dormir en aquel campamento, te juro que no podría volver a hacerlo ahora que sabemos lo mal que está la cosa.
-Al menos habría sentido que estaba haciendo algo. –Suspiré.- La impotencia que siento ahora es lo más difícil de todo.
-Clara ya lo pasó bastante mal cuando te fuiste esta mañana. –Me recordó.
-Ya lo sé, ya me persuadiste una vez de no salir y no tengo pensado hacerlo… pero eso no significa que me guste. –Protesté hastiada de todo aquello.- ¿Cómo van las cosas ahí dentro?
-Regular. –Tuvo que admitir.- Con la base militar vacía algunos empiezan a perder la esperanza, y ya sabes lo que se dice, eso es lo último que se pierde, así que deduzco que ya no tenían otra cosa que perder.
-Ya sé lo mal que estamos, no hace falta que me lo recuerdes. –Le reprendí.- Algunos no tienen nada que perder, pero yo tengo una hija. Hace un momento me ha preguntado si Aitor estaba muerto, y cuando le he preguntado por qué pensaba eso me ha dicho que lo hace porque todo el mundo se muere, como su padre. ¿Crees que hace gracia que esté pasando por algo como esto?
-Ya sé que no, pero…
-Intento buscar soluciones. –Le interrumpí, sentía que debía justificar mis decisiones.- Pero no sé qué esperáis de mí, por el momento considero que permanecer aquí es lo más seguro. No hemos tenido un maldito resucitado en todo el día, ¿eso no cuenta? Si mañana encontramos comida en el pueblo podremos aguantar unos cuantos días, lo suficiente para buscar algún resto de civilización por los alrededores.
-No digo que eso esté mal. –Comenzó a decir.- Pero lo de la base militar ya podría haberle costado la vida a Aitor.
-Veo muchos reproches pero ninguna idea. –Le increpé pudiendo ver la sombra de Sergei en sus palabras… y eso me preocupaba, porque si él había podido malmeter contra mí incluso en alguien tan cabal como Luís no quería ni pensar lo que tendrían que estar diciendo de mí a esas alturas los demás.- No soy una dictadora, solo estoy en esta tesitura porque hace falta alguien que tome decisiones y tire adelante del grupo, pero estaré encantada de debatir cualquier alternativa.
-No te estoy reprochando nada. –Se excusó inmediatamente.- Ya sabes que estoy de tu parte, solo digo que lo que pretendes es posible que no seamos capaces de realizarlo. Solo míranos.
-Te equivocas. –Le corregí muy convencida.- Hemos hecho mucho: escapamos vivos de Madrid, aguantamos semanas acampados en las afueras, entramos a por comida y a por medicinas… somos mucho más capaces de lo que crees, pero lo fácil es rendirse. Tenemos un lugar seguro y resguardado, cosa que no hemos tenido hasta ahora; si es necesario podemos volver al burdel de Sergei y coger algunas camas para estar más cómodos. Y mañana tendremos más comida… además, me niego a creer que Aitor esté muerto, no todavía.
-Ha pasado todo el día. –Señaló Luís torciendo el gesto.- La última vez que le visteis estaba cargando contra una marea de muertos vivientes… quiero tanto como tú que esté vivo, pero un líder debe tener la cabeza fría, Maite, debes estar preparada para las consecuencias de que haya podido morir, y creo que es precisamente de eso de lo que te escondes aquí fuera. No has entrado a la ermita desde el mediodía.
-¿Eso os ha dicho Sergei? ¿Qué me estoy escondiendo? –Estallé finalmente.
-Sergei no ha tenido que decir nada de nada. –Respondió él sin perder la calma.- Deberías entrar ya, aquí apenas se ve y esta noche va a hacer frío.
Por orgullo no le respondí y dejé que se marchara de vuelta a la ermita solo, pero tras un minuto comprendí que tenía razón, como siempre. Lo más probable era que Aitor estuviera muerto a esas alturas, así que aprovecharía mejor mí tiempo pensando qué hacer a raíz de eso que aferrándome a la vana esperanza de que volviera.
-¡Mierda! –Mascullé bajando del muro y encaminándome yo también al interior de nuestro refugio.
Cuando llegué todos se encontraban alrededor de una hoguera junto al altar. El combustible eran principalmente los bancos de la iglesia; me daba igual que algunos se sintieran como si estuvieran profanando ese lugar cuando sugerí la idea, necesitábamos calentarnos y cocinar la comida.
Sin decir nada dejé el rifle apoyado contra la pared, me quité los guantes y me senté junto a Clara, que devoraba el contenido de una lata con una cuchara. Aunque todos estaban allí, incluso Raquel, a quien más le había afectado la desaparición de Aitor, nadie hablaba. Luis tenía razón, los ánimos estaban por los suelos.
-Deberíamos hacer guardias. –Sugerí para iniciar una conversación.- No hemos tenido resucitados en todo el día, pero es mejor asegurarse.
-Muy bien, yo haré la primera. –Se ofreció Sergei.- De todas formas no tengo mucho sueño.
-Yo puedo encargarme de otra más tarde. –Intervino Toni.- La pierna rara vez me deja dormir demasiadas horas de golpe.
-¿Y mañana qué? –Preguntó Raquel de repente.- ¿Vamos a salir a buscar a Aitor?
-Chiquilla, si ese chaval no ha vuelto ya por sus propios medios es que está muerto. –Le respondió Sergei con crueldad.- Eso sería perder el tiempo, lo que hay que hacer es salir a por comida, la que tenemos no va a durar para siempre.
Raquel le dedicó una mirada asesina de la que el ruso ni siquiera llegó a percatarse. Me hubiera gustado pensar que con eso Sergei perdía un apoyo, pero sabía muy bien que Raquel me culpaba a mí por haber dejado atrás a Aitor… ella sabía tan bien como yo que aquel mafioso no tenía conciencia, pero no se esperaba algo así de mí.
-Saldremos a buscar comida mañana por la mañana. –Anuncié al grupo.- No nos arriesgaremos, ya hemos tenido bastante de eso, buscaremos en las casas más exteriores del pueblo, y esta vez seremos cuatro, por si los resucitados dan problemas.
Después de cenar, y con la hoguera ya apagándose, todos nos fuimos a descansar. Aquel lugar no disponía de muchas camas, pero sí de varias habitaciones separadas, y como todavía conservábamos los sacos de dormir y tiendas de campaña de cuando estuvimos acampados a las afueras de Madrid todo el mundo tuvo un lecho sobre el que dormir. Metidas las dos dentro de un saco, Clara y yo nos dispusimos a ello en cuanto cada mochuelo estuvo en su olivo.
-Si encontramos otros sacos de dormir mañana podrías tener el tuyo propio, ¿te gustaría? –Le pregunté una vez estuvimos acomodadas dentro.
-¿Te vas a ir mañana otra vez? –Replicó ella preocupada e ignorando mí pregunta.
-Sí cielo, pero no te preocupes, ¿vale? No vamos a un lugar peligroso, solo salimos a buscar comida, todo va a ir bien. –Quise tranquilizarla.
-La otra vez que fuisteis a por comida Óscar murió, y…
No pudo terminar la frase, y entendía perfectamente por qué; mientras Luís, Aitor, Sebas y los demás estaban fuera tres militares nos atacaron. Silvio y Félix murieron, y Érica y Toni fueron heridos… hasta yo sangré, así que podía entender que no tuviera un buen recuerdo de aquel suceso.
-Esta vez no va a pasar lo mismo, no vamos a un sitio tan peligroso como Madrid. –Traté de que comprendiera.- Y aquí ya no nos vamos a fiar de nadie, así que duerme tranquila, cariño.

-¡Esto debe ser una maldita broma! –Estallé dando una patada a un cubo de basura, que cayó al suelo y rodó calle abajo esparciendo basura por toda la carretera.
-¡Cuidado! –Me advirtió Raquel; tenía razón, debíamos hacer el menor ruido posible para no atraer a ningún resucitado, pero no podía evitar sentirme frustrada de que todo saliera mal.
A primera hora, con el frugal desayuno todavía en la boca, Raquel, Judit, Sebas y yo salimos con el todoterreno de la base militar en busca de comida. Se suponía que aquello no podía salir mal, solo era colarse en alguna casa o comercio que hubiera cerca de las afueras y coger todo lo que pudiéramos encontrar… estaba convencida de que con más comida y quizá incluso con algunas mantas nuevas el grupo se sentiría más a gusto en la ermita y los ánimos mejorarían, pero al parecer el destino tenía un interés especial en frustrar todas mis esperanzas, rozando incluso los límites de lo absurdo. ¿Cómo era posible que no hubiera comida en ninguna parte?
Cuando entramos en la primera casa y la encontramos completamente vacía no le di importancia, pensé que los dueños o quizá algún otro grupo itinerante como el nuestro la habría saqueado buscando lo mismo que nosotros. Cuando entramos en la siguiente y también la encontramos prácticamente vacía tan solo me pareció raro, supuse que toda la calle podía haber sido saqueada, de modo que nos movimos por la carretera hasta varias calles más adelante… pero entonces encontramos el supermercado completamente saqueado, y al ver que se habían llevado de allí hasta la última chocolatina supe que no había nada que hacer, toda aquella zona había sido limpiada a conciencia.
“Piensa Maite” me dije luchando por mantener la mente fría, “¿Y ahora qué?”
Pero por más vueltas que le diera no había nada que hacer, si no encontrábamos ni siquiera comida no podríamos quedarnos allí, tendríamos que salir a la carretera ese mismo día, pues no podíamos permitirnos permanecer más tiempo inactivos sin tener una fuente de alimento… no sabíamos cuando acabaríamos encontrando algo.
-Se acerca uno. –Nos advirtió Sebas levantando la pistola; un muerto viviente subía por la calle tambaleándose exageradamente y con los brazos colgando.
-Nada de armas de fuego. –Les recordé adelantándome con el hacha en las manos.
Aunque normalmente no me gustaba tener a esos seres cerca, tenía que admitir que me sentó bien poder clavar el hacha en su cabeza para matarlo; fue una forma excelente de descargar toda la frustración que sentía.
-¿Qué hacemos entonces? –Quiso saber Raquel colgándose el fusil al hombro mientras yo desincrustaba mi hacha, llena de sangre y sesos, de la cabeza de aquel pobre desgraciado.- ¿Seguimos buscando? A lo mejor si nos movemos un poco más…
-Es muy raro que no haya comida en ninguna parte. –Observó Judit.- Quiero decir, ¿en ninguna parte? Por mucho que un grupo haya podido coger aquí debe haber toneladas de alimentos, es imposible que hayan vaciado todas las casas. No podrían cargar con tanto, y eso sin contar las tiendas, que teniendo en cuenta la densidad de población aproximada de este lugar debía haber por lo menos unas…
-A lo mejor hay un grupo cerca asentado por aquí. –Teorizó Sebas.- Podían haber ido cogiendo la comida según la necesitaron.
-Debía ser un grupo enorme entonces. –Calculó Judit.- Han vaciado hasta un supermercado, y solo hemos tenido que empezar a alimentarnos de saqueos hace unas semanas, es imposible para un grupo pequeño consumir tanto.
-¿Qué importa eso? –Intervino Raquel resoplando con fastidio.- ¿Qué vamos a hacer?
-Volver. –Respondí con pesar.
-¿Volver? –Repitió Sebas anonadado.- ¿Tan pronto? Podemos seguir buscando, es imposible que, por muchos que fueran, se hayan llevado hasta la última lata de comida.
-Técnicamente eso es cierto. –Asintió Judit.- Este lugar debía estar perfectamente surtido hasta que todo empezó, y en el municipio vivían alrededor de cuarenta mil personas.
-Alrededor de cuarenta mil motivos para no seguir. –Repliqué.- Se suponía que la idea era inspeccionar las casas más externas, pero estas están vacías. No podemos adentrarnos más sin tener que vérnoslas con los resucitados… y no pienso arriesgarme con eso.
Después de lo que había pasado con Aitor no podíamos permitirnos perder a nadie más, y allí, pese a mi intención inicial, ni siquiera estábamos los más capaces para tener un enfrentamiento con los muertos vivientes mayor que algún solitario ocasional. Le di descanso a Sergei, más que nada porque no quería verle, pero estando allí también Irene prefería dejar a Clara al cargo de Luís. Llevé a Sebas porque necesitaba a alguien con experiencia en las armas de fuego, a Raquel porque insistió en venir al creer que podíamos encontrar alguna pista de Aitor, y a Judit porque decía que había visitado el pueblo varias veces.
-Eso me parece muy sensato. –Admitió Judit asintiendo con la cabeza.
-Además, si hay otro grupo por aquí quizá deberíamos irnos antes de que nos vean, creo que ya hemos aprendido bastante bien que no todo el mundo es amistoso. –Les dije cargando con el hacha y comenzando a caminar hacia el vehículo.
Abatidos, pero comprendiendo que aquello era lo mejor, me siguieron hasta el todo terreno. No era cierto que nos fuéramos completamente de vacío, en una de las casas encontramos algunas mantas y varias conservas inútiles, como tallos de soja y tomate frito, que no se habían llevado. Teniendo comida de verdad quizá a ellos no les sirvieran de nada, pero yo casi podía verme unos días más tarde deseando tener unos tallos de soja mojados en tomate frito que llevarme a la boca.
-Todavía podríamos buscar en alguna gasolinera de los alrededores. –Sugirió Sebas mientras se subía al asiento del conductor del vehículo.
-Quizá, pero no ahora, vamos. –Les arengué, sin embargo Raquel se quedó unos segundos mirando hacia el pueblo; un muerto viviente lejano comenzó a caminar hacia nosotros, pero todavía estaba demasiado lejos para ser preocupante.- Si te sirve de algo, yo tampoco creo que esté muerto.
-¿Quién te ha dicho que no crea que esté muerto? -Replicó ella con brusquedad dirigiéndome una fría mirada.- Creía que aparecería en algún momento de la noche, pero ha pasado todo un día… ¿qué posibilidades tiene?
Pocas, tenía muy pocas, y eso era algo que no creía que fuera a perdonarme jamás. No obstante, había que seguir adelante, teníamos demasiados problemas como para pararnos a pensar en los que se habían quedado atrás, por duro que pudiera resultar eso.
-Venga volvamos, tenemos que prepararnos por si al final decidimos marcharnos de aquí. –Le dije poniéndole una mano en el hombro.
Con el fracaso de aquellos dos días no me cabía duda de que nadie votaría por quedarse en la ermita. Había tenido muchas esperanzas en ese lugar y todas se habían esfumado… era duro de asimilar, sobre todo porque no veía más posibilidades en nuestro futuro próximo. Pero quien sabía, quizá en el siguiente pueblo hubiera más suerte.
En aquello iba pensando mientras me dirigía hacia el asiento del copiloto cuando vi que por la carretera se acercaba otro vehículo. Era militar, sin ninguna duda, y aunque todavía estaba lejos en su interior pude ver por lo menos a tres personas.
-¿Quién…? –Fue a preguntar Sebas, pero no logró terminar la pregunta antes de que me subiera a toda prisa al otro asiento y le golpeara en el brazo para que se diera prisa.
-No vamos a quedarnos para averiguarlo. ¡Arranca, vamos! –Exclamé; pero había un problema con el que no había contado.
-¿Hacia dónde? Están en nuestra carretera. –Me señaló el guardia de seguridad.- ¿Quieres que me meta hacia el interior del pueblo?
“¡Mierda!” blasfemé, pero solo mentalmente, no quería que cundiera el pánico aún…
No sabía si teníamos más posibilidades con los muertos que con los vivos, pero mi primer instinto era alejarme de aquel grupo lo antes posible; si resultaban ser los que se habían llevado la comida quizá no les hiciera ninguna gracia que estuviéramos fisgando en su territorio. Sin embargo tenía que ser realista, con los humanos se podía negociar, si empezábamos a meternos en territorio de los muertos quizá la cosa se pusiera peor.
-Quedaos dentro del coche y tened vuestras armas listas. –Les ordené a los demás volviendo a abrir la puerta.- Yo saldré a hablar con esa gente… ante la duda abrid fuego.
-¿De verdad vas a hacerlo? –Preguntó Raquel espantada.- Deberíamos largarnos ahora que aún podemos.
-No, ya no podemos, y no está el pueblo como para una persecución en coche. –Respondí cerrando la puerta tras bajar del todoterreno y poniéndome el rifle en las manos, lista para disparar si era necesario; fuera lo que fuera aquello tenía que ser yo quien diera la cara, era la parte mala del liderazgo… estaba deseando empezar a conocer la parte buena.
Aquel vehículo se detuvo a diez metros del nuestro, y de él se bajaron dos personas que, no sabía por qué, había esperado que fueran militares… quizá el recuerdo de los tres soldados que nos atacaron en las afueras de Madrid seguía demasiado vivo. No obstante, aquellos hombres, que en realidad eran un hombre y una mujer, vestían por completo como civiles.
-¡Hola! –Saludó él, un tipo grande y fornido que manejaba un fusil del ejército.- Perdón, no queríamos asustaros, ¿es usted Maite Figueroa?
Que aquellos desconocidos supieran mi nombre me dejó tan atónita que no se me ocurrió otra cosa que apuntarles con el rifle, lo que hizo que ambos me apuntaran a mí con los fusiles y que el tercer hombre del coche saliera de él también armado.
-¿Quiénes sois vosotros? –Les pregunté empezando a ponerme nerviosa, aunque intentaba que no se me notara.- ¿Cómo sabéis mi nombre?
-¡Deja de apuntarnos con eso, tía! –Dijo la mujer escupiendo en el suelo.- No queremos empezar un tiroteo aquí, ¿verdad?
-No me llames “tía”, niñata, os he hecho una pregunta, ¿Quién coño sois y cómo sabéis quien soy yo? –Repetí teniendo el presentimiento de que aquello no iba a acabar bien.
-¡Tranquilidad! –Exclamó el otro hombre bajando su fusil.- Perdona a mi compañera, no queríamos faltar al respeto. Nos envía Aitor.
“¿Aitor?”
-¿Aitor? –Gimió Raquel sacando la cabeza por la ventana.
-¡Vuelve dentro! –Le ordené sin saber muy bien cómo reaccionar a todo aquello… esos tipos sabían quién era yo, y sabían quién era Aitor.
-Sé que lo perdisteis mientras inspeccionabais la base militar. –Afirmó el hombre.- No encontrasteis nada, es normal, cogimos todo lo que pudiera haber útil allí hace tiempo, igual que tampoco encontrareis nada en esas casas. Mi grupo las repasó de arriba abajo.
-¿Cuántos sois en ese grupo tuyo? –Le interrogué.- ¿Está Aitor allí? ¿Está bien?
-Está mucho más que bien. –Nos aseguró.- Él nos pidió que fuéramos a buscaros. Somos un grupo de unas cien personas, estamos alrededor de la basílica, tenemos comida, agua y muros. No queremos haceros daño, todo lo contrario, Aitor nos dijo donde estabais porque queremos que vengáis con nosotros, íbamos de camino a la ermita pero os vimos aquí y decidimos parar.
-¿Y cómo sabemos que no le habéis interrogado para sacarle mi nombre y el lugar donde nos encontrábamos? –Le pregunté sin confiar todavía en ellos.
-¿Por qué clase de gente nos toma esta? –Gruñó la mujer lanzándome una mirada desafiante.- ¡Somos una comunidad cristiana! No hacemos daño a gente inocente, salvamos la vida de vuestro amigo y ahora intentamos hacer lo mismo con vosotros, idiotas.
No terminaba de fiarme de ellos, sencillamente no era capaz de hacerlo. ¿Un grupo grande y bien protegido aparecía de repente, cuando lo creía todo perdido? Era demasiado bonito para poder aceptarlo así sin más.
-¿Qué es lo que queréis que hagamos entonces? –Inquirí si bajar el arma.
-Solo acompañarnos, ver que vuestro amigo está bien y conocer aquello. –Respondió él con mejores modales que su compañera.- Si os convence podéis llegar a quedaros, si es lo que queréis, siempre admitimos a gente nueva dispuesta.
-¿Así de fácil? –Quise asegurarme.
-Así de fácil. –Asintió.- Sabemos que estáis en la ermita pasando frío, y pronto hambre cuando os quedéis sin comida, tenemos mejores armas que vosotros y, como ya ves, tenemos mujeres. Si fuéramos mala gente, ¿qué podríamos querer de vosotros? Solo intentamos ayudar.
Me permití apartar la vista de ellos y mirar hacia mis compañeros para ver qué opinaban. Con solo saber que Aitor estaba allí Raquel parecía más que dispuesta a ir a cualquier parte, Sebas parecía confundido y Judit interrogativa.
-Lo haremos de la siguiente manera. –Exclamé volviéndome hacia los recién llegados y bajando el rifle.- Uno de mis compañeros volverá a la ermita a decirles a los demás lo que ha pasado, el resto iremos con vosotros en vuestro vehículo y con nuestras armas; eso es innegociable, no nos quedaremos desarmados rodeados de desconocidos.
-De acuerdo. –Accedió aquel hombre tras pensarlo durante unos segundos.
-¿Estás segura de esto? –Me preguntó Sebas unos segundos más tarde, cuando nos preparábamos para realizar el plan establecido.- A lo mejor debería ir yo también con vosotras.
-No, tú vuelve la ermita y diles donde estamos. –Le repetí.- Cargad el todoterreno con la comida y nuestras cosas y permaneced vigilantes. Si se acerca alguien que no seamos nosotras o comienza a anochecer y todavía no hemos vuelto os largáis de allí, ¿entendido?
-Entendido. –Asintió.- ¿Y qué le digo a…?
No hacía falta que terminara la frase, era evidente que se refería a mi hija.
-Dile que no se preocupe, que sé lo que estoy haciendo y que estoy bien.
-Vale… ¿y sabes en realidad lo que estás haciendo? –Quiso saber.
-No. –Confesé.- Si todo esto es verdad hemos tenido una suerte increíble, si es una trampa habremos muerto por idiotas y picar en ella. Ahora vete, y asegúrate de que nadie te sigue.
-Muy bien, allá voy. –Dijo antes de poner el vehículo en marcha y marcharse, dejándonos a Raquel, Judit y a mí solas con aquellos tres desconocidos.
-Bueno, ella es Sara, el conductor es Adrián y yo me llamo Óscar. –Presentó a todo el mundo el grandullón.- ¿Estáis listas?
Asentí y nos subimos a la parte trasera de aquel vehículo, que inmediatamente se puso en marcha llevándonos a un destino incierto.
-Además de poca comida también habréis visto pocos resucitados, ¿verdad? –Preguntó Óscar al cabo de un par de minutos.
-No demasiados. –Admití; les había pedido a Raquel y a Judit que permanecieran en silencio todo lo posible, no quería que accidentalmente dijeran algo que les hiciera saber más sobre nosotros de lo que hubieran podido sacarle a Aitor si resultaban ser mala gente.
-Trabajo nuestro. –Presumió con un deje de orgullo que no hizo nada por intentar disimular.- Aun quedan cientos, posiblemente miles de ellos sueltos, pero hemos matado a tantos que no puedo ni contarlos. Intentamos mantener el pueblo limpio de esos seres condenados.
No lo dudaba teniendo en cuenta que los tres iban bien armados, pero eso no hacía que confiara más en ellos. Ese armamento y aquel vehículo tenían que haber salido de la base, y no me olvidaba de los militares asesinados que encontramos allí… no obstante, por el momento no me pareció prudente tocar el tema. Si realmente Aitor estaba con ellos quizá también se lo hubiera preguntado, y una explicación muy buena debían tener para que, pese a todo, les dijera dónde estábamos. Aunque también existía la posibilidad de que no le hubieran dejado elección.
Todo me pareció normal en el camino hasta que atravesamos una zona llena de muertos vivientes despellejados, empalados y clavados en el suelo. Aquellos cuerpos putrefactos todavía moviéndose e intentando salir de las estacas donde estaban atravesados era lo más repugnante que había visto desde que Érica partió en dos la entrepierna de uno de los soldados del campamento de Madrid.
-Oh Dios… -Murmuró Raquel mirando aquella escena con aprensión.
-Sí, es repugnante. –Admitió Óscar.- Pero ayuda a mantenerlos lejos de nuestro refugio.
-Habíais dicho que sois una comunidad cristiana. –Recordé.- Estabais en la basílica, ¿no? ¿Sois algún tipo de cofradía, hermandad o algo así?
-No exactamente. –Respondió él.- Nosotros somos los fieles devotos de Santa Mónica. Santa Mónica es nuestra líder… es posible que por el momento no entendáis esto, pero nosotros creemos que ella es una mensajera del Señor, enviada para guiarnos en estos tiempos de tribulación.
-Oh… -Exclamé estupefacta ante aquella revelación.- Así que sois una especie de…
-¿De secta? –Terminó por mí Sara frunciéndome el ceño, pero inmediatamente se encogió de hombros.- Si quieres verlo así estás en tu derecho, por supuesto, pero Santa Mónica nos ha dado pruebas irrefutables de su naturaleza divina.
-¿Pruebas irrefutables? –Replicó Judit casi ofendida por aquella afirmación.
-No estamos aquí para cuestionar o poner en duda las creencias de nadie. –Dije para retenerla y evitar que nos buscara problemas.- ¿Falta mucho para llegar a ese refugio vuestro?
-No, está ahí mismo. –Afirmó Óscar señalando hacia el final de la calle.- Vuestra llegada ha sido casi providencial, ya que precisamente hoy hemos terminado la construcción del muro. Por fin podemos afirmar que este lugar es completamente seguro.
Rodeando varias calles habían levantado un enorme muro de hormigón, y a su vez éste lo habían rodeado de alambre de espino y lo custodiaban varios hombres armados. La puerta, un par de grandes planchas metálicas que formaban un pico, se abrió cuando el todoterreno se acercó.
-¡Vaya! –Exclamó Raquel asombrada cuando estuvimos dentro y el vehículo se detuvo junto a la puerta; un grupito de gente se acercó atraído por la curiosidad.- Este lugar es tan…
-Normal. –Dentro de aquél muro parecía como si no hubiera llegado el fin del mundo, la gente caminaba por unas calles limpias y cuidadas como habrían hecho antes de la aparición de los resucitados.
-¡Raquel! ¡Maite! –Nos llamó una voz conocida de entre el grupo que se había acercado.
-¡Oh Dios, Aitor! –Gimió Raquel.
Sin el uniforme militar no parecía él, pero lo era, tenía que serlo. Me dio un vuelco al corazón cuando llegó hasta nosotras y se abrazó con Raquel… estaba vivo, algo había salido bien. Lo que era más, teniendo en cuenta que vestía ropa limpia y que parecía que se hubiera duchado y afeitado, yo diría que no le habían torturado para sacarle información, de modo que cabía la posibilidad que aquella comunidad fuera justamente lo que estábamos buscando.
-Cómo me alegro de veros.- Dijo el soldado sonriendo.- Pero… ¿Dónde están los demás? ¿Por qué no han venido también?
-Nos encontraron mientras buscábamos comida en la ciudad. –Le expliqué.- No sabíamos si podíamos fiarnos de esta gente, así que vinimos solo nosotras.
-Qué bonitos son los reencuentros. –Comentó Óscar satisfecho con todo aquello.- Iré a avisar de que ya hemos llegado, querrán hablar con vosotros. Ahora vuelvo.
-Me alegro de que salieras de aquello. –Le dije a Aitor cuando se soltó de Raquel.- Siento que te dejáramos atrás, debimos intentar volver a por ti.
-Bueno, recuerda que todo eso fue idea mía. –Me disculpó él sin darle importancia.
-¿De qué va todo ese rollo religioso que nos han contado? –Le pregunté aprovechando que Óscar se había ido y que los otros dos estaban ocupados en el vehículo.
-Al parecer esta gente cree fervientemente que su líder, a la que llaman Santa Mónica, es una especie de santa. –Respondió en todo confidencial.- Están todos convencidos de que es inmune a la mordedura de los reanimados, que éstos no la atacan y que está aquí para construir un nuevo futuro para los verdaderos creyentes y nosequé.
Judit no pudo disimular un bufido de desprecio.
-¿Has visto a esa Santa Mónica? –Quise saber.- ¿Has hablado con ella?
-Hablé con ella. –Asintió.- Es… una persona interesante, aquí todos la respetan muchísimo, y la verdad es que la acompaña un halo casi místico.
Pude sentir la tirria en la mirada de Raquel mientras Aitor contaba aquello.
Me gustaría haberle preguntado más por ella, pero en ese instante llego nuestro comité de bienvenida y tuvimos que dejarlo. Aquel pequeño grupito lo encabezaba un hombre de mi edad, más o menos, con cara de no tener ninguna gana de estar allí haciendo eso. Nada más plantarse delante de nosotros nos examinó de arriba abajo con la mirada; en otras circunstancias habría pensado que lo hacía porque las tres éramos mujeres, pero tenía la impresión de que aquel hombre estaba por encima de esas cosas.
-Seguís armadas mientras que aquí nadie os está amenazando con un arma, espero que toméis eso como un gesto de confianza y de nuestra buena intención. –Declaró mirándome sobre todo a mí.
-Lo consideramos en ese sentido. –Le respondí yo manteniéndole la mirada, mostrar debilidad en ese momento me parecía una muy mala idea, sobre todo porque ya nos colocaba en una posición inferior el estar sucias y vestidas con ropa casi harapienta mientras que aquél hombre parecía un pincel.
-Mi nombre es Joaquín Veltrán, y me encargo de los asuntos… mundanos de este lugar. –Afirmó con seguridad.- El de las gafas que me sigue es Jesús Guillén, planificador comunitario, él es quien os asignará unas casas si es que decidís quedaros aquí.
-Supongo que ya sabe, porque Aitor se lo habrá dicho, que mi nombre es Maite, ellas son Judit y Raquel, y le agradecemos enormemente su ofrecimiento. –Le dije con amabilidad.- No es común en estos tiempos encontrarse con tanta generosidad, y ruego que nos perdonen si pecamos de demasiado suspicaces por ese motivo. Supongo que comprenderá que me gustaría hablar directamente con vuestra líder antes de tomar una decisión al respecto que involucre al resto de mi grupo.
-Por supuesto que hablareis con ella. –Asintió él sin mutar su gesto serio.- Nadie es aceptado aquí sin hablar antes con nuestra señora. A las dos de la tarde se oficiará una misa especial, celebramos que hoy por fin, después de mucho trabajo, el muro que nos protege ha sido terminado, y también que hace justamente dos meses desde que el castigo divino sobre la Tierra comenzara.
-Si se refiere a la aparición de los muertos vivientes todo comenzó pasado mediados de Diciembre. –Intervino Judit.- Las primeras noticias son del veintiuno de Diciembre… aún no han pasado dos meses.
-No han pasado dos meses desde las primeras noticias, jovencita. –Matizó Joaquín sin perder la compostura.- Pero sí desde que la plaga fue desatada sobre los pecadores del mundo.
-¿Qué fuentes tienen para saber eso? –Inquirió Judit.
-Santa Mónica lo dijo, a ella le fue revelada la verdad y por eso los que la seguimos desde el principio escapamos de esto con vida. –Le respondió.
Ella fue a replicar algo, pero la detuve antes de que alguno de los curiosos que estaba por allí se sintiera ofendido. Cuestionar las creencias de la gente no era la mejor forma de hacer amigos.
-Podemos esperar al final de la misa, no queremos importunar a nadie. –Dije dando por zanjada la ronda de preguntas.
-Os recibirá antes, y sin duda querrá que presenciéis la ceremonia. –Sentenció él.- Mientras tanto podéis descansar, asearos y comer un poco en la casa de invitados, con Aitor.
- Gracias. –Exclamé antes de que aquél hombre se diera la vuelta y se marchara, seguido por el hombre de las gafas y su séquito; no era una experta en aquello, pero tenía la impresión de que él era el verdadero poder en esa comunidad, la “santa” debía ser solo el engaño con el que mantenían unida a tanta gente.
Nos llevaron hasta uno de los edificios del recinto y allí nos metieron en una casa, donde se suponía que Aitor pasó la noche. Más tarde nos subieron agua y algo de comer, y ni Raquel ni Judit, que no parecía que aquel lugar le terminara de gustar, desaprovecharon la ocasión para quitarse de encima la mugre que llevábamos acumulada desde hacía tanto tiempo. Hasta yo terminé cediendo y lavándome un poco la cara.
-Nosotros en la ermita, muertos de preocupación por ti y mientras tanto tú aquí, durmiendo en una cama de verdad. –Le recriminé en broma a Aitor un momento más tarde.
-Lo siento. –Se disculpó.- No quería decir nada sobre vosotros hasta sabe que esta gente era de fiar. Habría esperado más, pero sabía cómo estabais allí y me pareció que cuanto antes os trajeran aquí mejor.
-Este lugar es impresionante. –Exclamó Raquel.- ¿Lo habéis visto? Es casi como era el mundo antes de todo esto, ¿verdad?
-A mí no me gusta. –Refunfuñó Judit arrugando la nariz.- Quiero decir, todo ese aire religioso me incomoda un poco… digamos que no es de mi estilo.
-A mí tampoco me gusta. –Tuve que admitir.- Pero esperemos a que hable con esa mujer. Después de todo unas pocas misas y actos religiosos serían un precio pequeño por un lugar seguro y bien surtido como este.
-¿Entonces crees que podríamos llegar a quedarnos aquí? –Preguntó Raquel esperanzada.
-La gente es maja, y muy amable. –Afirmó Aitor.- Sí, todos están completamente convencidos de que Santa Mónica es algo así como la segunda encarnación de Jesús, que ha venido a la Tierra a salvarles de los reanimados, pero aparte de eso…
-Como ya he dicho, veremos cuando hable con ella… -Zanjé aquel tema por lo sano, no tenía sentido conjeturar hasta que supiera de qué iba todo ese rollo sectario.
Se tomaron su tiempo para recibirnos, habíamos salido de buena mañana y pronto sería mediodía, aunque Sebas les hubiera avisado de lo que ocurría posiblemente estarían empezando a preocuparse, sobre todo Clara. No me gustó nada lo que me dijo la tarde anterior, eso de que todo el mundo se moría, era tan poco propio de ella… pero, ¿qué podía esperar después de todo lo que había tenido que ver, después de todo el miedo que había pasado? ¿Cómo iba una niña a canalizar todo aquel torrente emocional si yo, que era una adulta, apenas lograba hacerlo?
Quien vino a recogerme para llevarme ante esa tal “Santa Mónica” fue Óscar, pero parecía tener una idea distinta de lo que aquella recepción iba a ser.
-No. –Me negué rotundamente.- Iré yo, desarmada si es lo que queréis, pero ellas se quedan aquí, con Aitor.
-Santa Mónica gusta de hablar con todos los recién llegados. –Insistió tozudamente él.
-Cuando hayamos hablado ella y yo, y decida si somos unos “recién llegados” o solo gente de paso, podrá hablar con quien quiera, pero de momento tendrá que hacerlo conmigo.
No quería llevar a Raquel y a Judit conmigo por el momento. Raquel me parecía demasiado entusiasmada para ser objetiva, y Judit podía estropearlo todo diciendo algo inadecuado.
-Por favor no tenemos todo el día. –Rezongó Óscar rascándose la cabeza.- La misa comenzará en menos de una hora.
-Entonces será mejor que nos vayamos tú y yo ya. –Dije yo sin ceder un ápice.
-Está bien, como quieras. –Cedió finalmente… discutir no era el punto fuerte de aquel hombre, era solo cuestión de tiempo que se rindiera.
-¿Por qué no quieres que vayamos ahora? –Me preguntó Raquel mientras le entregaba el rifle para que me lo guardara mientras estaba fuera.
-Quiero saber todo lo posible sobre quienes dirigen esto antes de exponer a nadie más. –Le respondí.- Confía en mí, es lo mejor por el momento.
-Los líderes de sectas tienen una gran facilidad para manipular a la gente. –Intervino Judit.- ¿De verdad no prefieres que te acompañe?
- Gracias, pero iré sola. –Le dije luchando por contener una sonrisa; Judit era muy inteligente, eso no podía negarlo nadie, pero las relaciones humanas no eran precisamente su fuerte… un líder de secta encontraría muy fácil engañarla, quizá no poniéndole un hábito y haciéndola rezar, pero existían muchas otras formas de manipular a la gente.
Óscar me escoltó personalmente hasta la basílica, y una vez allí hasta una celda que parecía hacer las veces de despacho, donde me encontré con la mujer que se hacía llamar “santa”. Resultó no ser más que una cría, quizá solo unos años mayor que Raquel, aunque eso sí, muy guapa, y que desde luego sabía sacar partido a la parafernalia religiosa. Vestida con un manto como una virgen renacentista solo le faltaba una corona dorada y un Jesús en los brazos… aunque en realidad a Jesús lo tenía a un lado.
-Es el hombre que se encarga de que todo funcione aquí. –Lo presentó con una sonrisa santurrona.
-Bueno… solo soy el planificador de la comunidad. –Respondió el hombrecillo un poco cortado.
-Ya nos han presentado antes. –Exclamé con la intención de ir al grano lo antes posible.- Sé que tenéis una misa especial, y no querría haceros llegar tarde, así que podemos empezar cuando queráis.
-Tengo la sensación de que Aitor ya te ha contado qué es este sitio. –Dijo ella tomando asiento.- Antes que nada debes saber que ha sido esa fe la que ha hecho avanzar esa comunidad. Puede que no creas lo que hayas oído de mí, la mayoría de los que comenzaron esto tampoco lo hacían al principio.
-No se les puede culpar. –Afirmé.- Dicen que eres una enviada del Todopoderoso para guiar a los verdaderos fieles en estos tiempos difíciles, y también que los muertos vivientes no te atacan, y que su mordedura no puede matarte. Son cuestiones difíciles de creer después de lo que hemos visto ahí fuera.
-Solo sigo el camino que el Señor ha marcado para mí, Maite. –Asintió sin mutar lo más mínimo su gesto tranquilo.- Pero todo eso es cierto, todos han sido testigos de ellos, y vosotros también lo seréis si es lo que necesitáis para convenceros de la verdad.
-Reconozco que me impresiona un poco que estés dispuesta a darnos una prueba. –Admití levantando la guardia; quizá no fuera fácil engañarme, pero no quería caer en el error de pensar que podía ser más lista que una charlatana profesional.- No es algo habitual en una religión, la verdad.
-Las religiones murieron con el viejo mundo. –Aseveró cerrando y abriendo los ojos muy lentamente.- No se trata de creencias, sino de conocimiento, de saber lo que el Todopoderoso quiere de nosotros para poder salvar nuestras almas y no ser consumidos por los condenados. Los muertos vivientes no van a estar ahí para siempre, su función purgadora del mundo terminará y los salvos sobreviviremos. De nosotros dependerá construir un nuevo futuro para la humanidad, uno en armonía con Dios y con Cristo, no alejado de ellos.
-¿Es esa ruptura con la religión clásica por lo que la capilla de la base militar ha sido profanada? –Le pregunté a traición; y la pregunta le pilló tan de improviso a Jesús que la libreta que sujetaba en las manos se le cayó al suelo y tuvo que agacharse a recogerla.
Sin embargo, la presunta santa se limitó a respirar con pesar.
-¿Conoces nuestra historia con los militares de la base? –Me preguntó.
-Aitor me contó algo antes. –Respondí.- Sé que hubo una matanza cuando os separasteis, también encontramos los cuerpos en el gimnasio de una de las residencias.
-Aquello ni lo empezamos nosotros ni nos fue grato hacerlo. –Confesó agachando la mirada.- No nos dejaron otro remedio. Sin gobierno, sin mandos superiores, no había nadie que controlara a esa gente, se autodenominaron amos y señores de aquel lugar y sus abusos fueron demasiado lejos. La gente se levantó contra ellos, arengados por mí y por mi gente, que al principio éramos pocos, lo reconozco. Acababa de recibir el Mensaje y todavía no sabía muy bien cómo llevar a cabo el plan de Dios… pero no todos los militares murieron, no hicimos ningún daño a los que se rindieron; ni siquiera les obligamos a abandonar aquél lugar, ya que no pretendíamos quedarnos allí, sino fundar una nueva comunidad lejos de tanta violencia. Pero los supervivientes estaban resentidos, siendo tan pocos no podían defender la base y tuvieron que marcharse, y en su dolor profanaron la iglesia como forma de atacarnos.
No tenía ningún motivo para creer o dejar de creer esa historia, desde luego le habría sido difícil improvisarla de repente, pero lo que me inquietaba fue la figura que vi moviéndose por allí con una capa negra. Si como decía Sergei había sido él quien tocó la campana y nos echó a los muertos encima, ¿podría haber sido uno de esos militares? No tenía forma de saber que no éramos parte de la comunidad que tanto odiaban, y quizá por eso nos intentó matar…
-Yo estuve allí cuando los militares empezaron a abusar de su poder. –Añadió Jesús tímidamente.- No fue algo agradable, mucha gente lo pasó mal, pero ahora son felices, intentan reconstruir sus vidas.
-Ya casi es la hora, ¿por qué no vas a traerlo? –Le pidió amablemente ella, a lo que Jesús asintió nerviosamente, se levantó de su silla y salió al trote por una puerta lateral del despacho.
-¿Qué tiene que traer? –Le pregunté con curiosidad.
-Los bártulos para la ceremonia. –Contestó entrelazando los dedos.- Me gustaría que asistierais y vierais lo que allí va a ocurrir y se va a decir, estoy segura de que os convencerá de que no intento comeros el coco ni nada parecido… la verdad es que sería estupendo que tu grupo y tú decidierais quedaros aquí, Aitor es una persona capaz, y sé que tenéis dos niños. Si algo falta en esta comunidad son niños que le den vida, y futuro.
-Nada nos gustaría más que encontrar un lugar seguro, lo hemos pasado mal ahí fuera, hemos perdido a gente, a algunos muy recientemente. –Le confesé.- Pero también debe entender que queremos saber dónde nos estaríamos metiendo.
-Lo vais a ver muy pronto. –Me prometió poniéndose en pie al tiempo que Jesús regresaba con un báculo en las manos; la parte superior del mismo estaba cubierta por una sábana, probablemente protegiendo un ornamento que parecía tener el tamaño de una sandía.
-Iré a preparar… lo demás. –Exclamó él volviendo a marcharse después de lanzarme una rápida mirada y entregar el báculo
-Reanimados los llamaban los militares. –Dijo ella observando casi con deleite aquél bastón dorado.- Resucitados los llamaban en la televisión, por muertos vivientes los conoce todo el mundo, e incluso conocí a algunas personas que los denominaban “zombis”. Pero, ¿qué son en realidad? La verdad que pocos saben es que son condenados, son aquellos que no superaron el juicio de Dios y ahora vagan por la Tierra atormentando a los vivos… como ves, todos, incluidos ellos, tienen un papel en el plan de Dios.
No sabía por qué, pero tuve un mal presentimiento al escucharla hablar con tanta pasión.
-Había un hombre en la base, uno de los militares, que quizá sea una de las personas más despreciables que he tenido la desgracia de conocer. –Comenzó a contarme con un extraño brillo en la mirada.- Obligaba a las chicas jóvenes a hacer cosas innombrables con él a cambio de la seguridad suya y de sus familias… dos de ellas se suicidaron cuando no pudieron más, pero antes de enterrar el cuerpo de la segunda ya estaba buscando a la tercera. Mis fieles pensaban que alguien como él no tenía cabida en el plan de Dios, que un pecador tan alejado de Su bondad no podía ser sino un incordio, una piedra en el camino de los fieles de buen corazón.
De un tirón quitó la sábana que cubría el báculo y del respingo que di al ver lo que se escondía allí abajo casi me caí de espaldas al suelo. Clavada en él como si fuera un adorno, la cabeza medio podrida de un hombre abría y cerraba la boca, chasqueando unos blancos dientes, mientras que sus pupilas se movían de un lado a otro de la habitación.
-¡Joder! –Gemí poniéndome en pie y dando un par de pasos hacia atrás.
-Pronto vieron que hasta alguien tan alejado de Su bondad como ese hombre tenía su lugar en el plan de Dios…
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Belthazor
 
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Re: Crónicas zombi: Orígenes

Notapor Belthazor » Mié, 22 Ene 2014, 12:30

CAPÍTULO 14: AITOR

-Después de esto miré, y he aquí una puerta abierta en el cielo; y la primera voz que oí, como de trompeta, hablando conmigo, dijo: Sube acá, y yo te mostraré las cosas que sucederán después de estas. Y al instante yo estaba en el Espíritu; y he aquí, un trono establecido en el cielo, y en el trono, uno sentado. Y el aspecto del que estaba sentado era semejante a piedra de jaspe y de cornalina; y había alrededor del trono un arco iris, semejante en aspecto a la esmeralda… -recitaba Mónica a sus fieles desde detrás del altar.
-Apocalipsis de San Juan, capítulo cuarto. –Murmuró Judit mirando con cierta condescendencia a la multitud.
En el retablo mayor se encontraban todos y cada uno de los miembros de aquella cada vez más inquietante comunidad, sentados en los bancos y bebiendo las palabras que su líder, a la que consideraban santa, les leía de las sagradas escrituras. En una esquina del mismo, ligeramente apartados del grupo, nos colocamos Maite, Judit, Raquel y yo, observando con cierta suspicacia el desarrollo de aquella ceremonia. Después de que Maite regresara hecha un basilisco de su entrevista con Santa Mónica estuvieron a punto de marcharse… y tenía que admitir que yo también me lo planteé, porque lo que nos costó sobre la cabeza de aquel reanimado resultaba cuando menos inquietante.
-Nadie dijo nada de cabezas cortadas. –Le juré a Maite una vez más aprovechando que al estar un poco apartados nadie nos escuchaba.
-Claro que no te lo dijeron, ¿cómo van a decirte algo así? –Gruñó ella cruzada de brazos.- Todavía no sé cómo he accedido a esto, tendríamos que habernos largado en cuanto descubrimos que esta gente es solo una panda de locos.
Solo había consentido asistir a la misa después de que Óscar le insistiera mucho, pero siendo sincero me parecía que el único motivo por el que lo había hecho en realidad era para no verse solas en medio del pueblo si se marchaban sin más. Prometieron llevarnos de vuelta a la ermita después de que aquel extraño rito terminara, y un viaje seguro en un furgón militar es algo que no se rechaza, no cuando la alternativa es caminar por un pueblo que, si bien había sido aligerado de muertos vivientes, por lo que había visto seguía teniendo muchos de ellos en sus calles.
-¿Entonces qué vamos a hacer? –Quiso saber Raquel.- Todo este rollo me da bastante mal rollo, valga la redundancia.
-Esperaremos a que esto termine y nos largaremos de aquí. –Respondió Maite muy decidida.- No creo que el resto tenga demasiado que pensarse cuando sepa que aquí juegan con cabezas cortadas, así que propondré que nos vayamos a otro lugar, lejos de esta secta. Si de todas formas han saqueado a conciencia los alrededores no creo que vayamos a encontrar nada para nosotros por aquí.
-Estoy de acuerdo. –Accedió Judit muy convencida.
-Entiendo que esto pueda resultar un poco… -Comencé a decir, pero no sabía cómo definirlo sin que sonara demasiado mal.
-¿Siniestro? –Completó Maite.
-¿Terrorífico? –-Añadió Raquel.
-Vale, siniestro y terrorífico. –Les concedí.- Pero estamos hablando de elegir entre esto y seguir ahí fuera. Estar allí sí que es terrorífico; Óscar, Félix, Silvio, Agus, Érica... ¿cuánta gente más tiene que morir mientras buscamos un lugar seguro que podría no existir? Quizá este sitio no sea tan perfecto como creía al principio, pero sigue siendo mejor que estar pasando frío, hambre y miedo, sin saber si viviremos para ver el día siguiente, ¿no?
-Eso también es verdad… -Susurró Raquel indecisa.
-No se trata solo de la cabeza cortada. –Objetó Maite.- No por sí misma, al menos… es todo lo que eso conlleva. ¿Qué será lo próximo? ¿Meter resucitados aquí dentro para hacer sacrificios humanos? La gente que sigue una religión que la incita a jugar con muertos vivientes no está muy bien de la cabeza, ¿de verdad creéis que viviendo aquí no pasaríais miedo? La desesperación hace que aceptes cualquier cosa con tal de alejarte de los muertos de fuera… hasta auténticas atrocidades.
-Creo que ya no estás hablando de esa cabeza. –Me aventuré al darme cuenta de que había algo más que eso escondido tras sus palabras.
-Su historia con los militares de la base no termina de convencerme. –Confesó torciendo el gesto.- Podría habérmela creído cuando pensaba que era una comunidad de pánfilos a los que les gusta rezar seis veces al día y adoraban a una chica mona con complejo de mesías, pero que no les importe que su “santa” tenga un báculo con una cabeza cortada lanzando mordiscos al aire hace que no confíe en ellos.
-Tampoco es que sea una persona viva. –Intenté justificarles.- Es solo un reanimado, nosotros los hemos ido matando sin dedicarles siquiera un pensamiento.
-No es lo mismo. –Me contradijo.- Los matamos para defendernos, pero no nos divertimos clavándolos en bastones y realizando ceremonias religiosas con ellos. Además, me dijo que conocía a la persona a la que pertenecía esa cabeza, así que no era solo un resucitado más…
-Cuidado… -Nos advirtió Raquel cuando un hombre vestido con una túnica ceremonial se acercó empujando de un carrito lleno de obleas, cuya función sin duda era hacer de hostias consagradas.
-…ahora tomaremos la eucaristía como signo de la unidad y el vínculo que une esta comunidad igual que Jesucristo está unido a nosotros, protegiéndonos y guiándonos en estos tiempos difíciles. –Anunció Santa Mónica saliendo de detrás del altar.- Me gustaría invitar a nuestro cuatro visitantes a ser los primeros en ser partícipes del santísimo sacramento, pues la comunidad es importante, pero más importante es aún a los ojos de nuestro Señor el acoger al extraño, en tratar al prójimo con la misma consideración que le daríamos a alguien de nuestro propio grupo.
-Será mejor que vayamos antes de que nos quemen en la hoguera por herejía. –Murmuró Maite a regañadientes dando un paso al frente; podía entender que a ella le hacía mucho menos gracia que a mí tener que ser partícipes de aquello, pero no veía ningún motivo para rechazar el gesto, solo era un inocente sacramento.
Sentí las miradas de todo el mundo clavadas en nosotros mientras tomábamos la oblea de manos de la santa, lo que hizo que me sintiera un poco cohibido; pero sin duda fue Judit la que menos ganas tenía de participar en todo aquello, ya que hasta que Maite no le hizo un gesto no accedió a someterse a aquel rito, y nada más hacerlo se sacó la ostia de la boca con disimulo y se la guardó en un bolsillo.
Aunque nosotros fuimos los primeros, todos los asistentes se acercaron a recibir el sacramento después, de modo que aquello llevó todavía varios minutos más.
-No ha sido para tanto, ¿no? –Les dije aprovechando que los murmullos de la gente hacía que no pudieran oírnos.- No ha sacado la cabeza cortada. Esto es solo como ir a misa, mi abuela iba todos los domingos y no le pasaba nada.
-Suponiendo que no nos hayan envenenado. –Argumentó Raquel con desdén.
-Están todos bebiendo la misma agua. –Observó Maite.- A menos que hayamos llegado justo el día en que la secta de pirados pensaba suicidarse en grupo no creo que haya problema con eso.
-O también podrían ser gente completamente normal, pero religiosos. –Repliqué un poco harto de tantas críticas hacia esas personas, que a mi juicio no parecían más que un grupo que intentaba sobrevivir en un mundo difícil.- Yo creo que si sus creencias les hacen tener un poco de fe y esperanza bienvenidas sean.
-¿Bienvenido sea el tener un bastón con una cabeza cortada? –Exclamó Maite levantando una ceja.- ¿Te parece eso medianamente normal?
-La verdad es que no sé como son los rituales religiosos habitualmente. –Intervino Judit.- Sé que la muerte está muy presente en las doctrinas religiosas, ya que todas predican de alguna manera la continuidad de la existencia del individuo tras ella, así que quizá el emplear un símbolo como la cabeza de un reanimado en ellos podría no ser tan extraña, pero lo cierto es que es la primera vez que acudo a un acto religioso desde mi bautizo.
-¿No hiciste la primera comunión de pequeña? –Le preguntó Raquel extrañada.
-¿La comunión? No… hasta ahora al menos –Respondió ella.- Mí madre quería que la hiciera, pero estaba muy ocupada decidiendo qué rama de ciencias quería estudiar en el instituto, si la científico-técnica o ciencias de la salud, para perder el tiempo con esas tonterías.
-¿A los nueve años…? –Exclamó Raquel estupefacta.
-Pues te puedo asegurar que en las misas de antes no utilizaban cabezas de muertos, estuvieran reanimados o no. –Expuso Maite.
-Quizá en la tradición católica no. –Admitió Judit.- Pero existen muchas otras doctrinas religiosas, la santería, los cultos a la muerte, o incluso el vudú… y hablando del vudú, hay una similitud muy graciosa entre los muertos vivientes y lo que ellos llaman…
-¡Callad! –Reclamó Raquel.- Creo que ya han terminado.
Como la propia Santa Mónica nos había invitado a tomar la comunión no podíamos volver a la esquina a mantenernos en un discreto segundo plano de nuevo, de modo que no tuvimos otro remedio que tomar asiento en primerísima fila el resto de la ceremonia. No podría explicar por qué, pero al sentarme me pareció notar por un momento como si los santos y vírgenes de los relieves de las paredes me estuvieran mirando, y comencé a sentirme un poco agobiado.
-La fe es una virtud de la que muchos carecen. –Comenzó a decir Santa Mónica con aquella voz tan suave que la caracterizaba; allí, frente a un altar y rodeada de fieles, parecía más una santa que nunca.- También es algo que muchos abandonaron cuando los condenados pisaron la Tierra, a fin de cuentas, ¿qué clase de dios que se hace llamar misericordioso mandaría semejante plaga contra nuestros padres, nuestros hijos, nuestros hermanos y seres queridos? Sin embargo bien es sabido que el Todopoderoso no cierra una puerta sin abrir una ventana, y esa ventana somos nosotros. Todos hemos sufrido mucho para llegar aquí, pero con esfuerzo, y con el Señor de nuestro lado, redimiremos esta tierra maldita, salvaremos las almas condenadas de nuestros seres queridos y levantaremos un nuevo Edén.
Maite se retorció nerviosa cuando Jesús, el planificador comunitario, entró con un báculo dorado cubierto por una sábana en las manos y se lo tendió a aquella mujer… que quizá mis sentidos me engañaran, pero casi podía ver como un halo celestial se formaba a su alrededor.
-¡Recordad hijos míos que los condenados solo buscan las almas de los impuros! –Recitó a sus seguidores mientras Jesús colocaba una gran fuente llena de un líquido que no logré ver sobre el altar.- ¡Un alma pura no tiene nada que temer de estos seres!
La expectación de toda la basílica aumentó hasta casi volverse palpable en el ambiente, y yo comencé a sentirme muy raro… era como si una gran fuerza invisible se hubiera introducido en la enorme estancia y flotara sobre nosotros, observándonos.
Santa Mónica levantó la manta, dejando ver que el báculo tenía la cabeza de un muerto viviente clavada en él, tal y como Maite había dicho. Lo que no había dicho, porque ni ella ni ninguno de nosotros cuatro tenía forma de saberlo, era lo que iba a hacer a continuación. Elegantemente se remangó la manga del brazo derecho de su túnica ceremonial y dejó que la cabeza de aquel muerto viviente le mordiera a la altura de la muñeca.
Todo se volvió confuso a partir de ese momento. Maite se puso en pie de un salto y dijo algo que no pude entender, pues de repente las imágenes religiosas de aquella basílica me rodearon y comenzaron a dar vueltas alrededor de mi cabeza. Gritos de júbilo se escucharon por todas partes mientras la sangre fluía del brazo de aquella mujer hacia la fuente del altar.
-Tomad y bebed. –Exclamó agarrándose la sangrante herida.- Pues esta es mi sangre…
-¿Aitor? ¿Estás bien? –Me preguntó Raquel agarrándome del brazo y devolviéndome a la realidad.
Maite se había levantado de su asiento y miraba horrorizada cómo Santa Mónica vertía su sangre dentro de la fuente, pero no era la única, toda la congregación se había alzado también, aunque por un motivo muy distinto. Por las oraciones, las alabanzas y los gestos de contrición de los fieles cualquiera hubiera dicho que estábamos presenciando un milagro.
-Sí, creo que sí. –Le respondí a Raquel para que se quedara tranquila.- ¿Y tú?
Tampoco ella tenía buen aspecto, parecía mareada, lo cual podía entender perfectamente… aquella mujer se había dejado morder por un muerto viviente, ¿acaso se había vuelto loca, o no sabía que aquello era una condena a muerte? Cuando Óscar me dijo que ella era inmune a los reanimados lo último que me esperaba era que fuera a dejarse morder a sí misma para demostrarlo.
-No. –Contestó Raquel agarrándome del brazo.- Dame la mano, por favor.
Se la di, y por un momento recordé lo agradable que era la sensación de tenerla conmigo, de estar junto a ella. Era una sensación que compensaba con creces el malvivir dentro de una tienda de campaña con frío y miedo durante semanas… pero tan solo duró unos segundos, hasta que Maite tiró de nosotros para sacarnos de la basílica entre un mar de rezos y alabanzas de los fieles.

-Eso ha sido… raro. –Dijo Raquel media hora más tarde, cuando ya estuvimos los cuatro a solas en la casa que me habían prestado.
-¿Raro? –Replicó Maite.- Ha sido una locura… ¡esa loca ha dejado que la muerda un resucitado, por el amor de Dios! ¡Y todos parecían encantados con ello!
-Pero, ¿lo habéis sentido? –Les pregunté tímidamente; aquello era algo que no podía quitarme de la cabeza… en el momento no la había reconocido como tal, pero cuanto más lo pensaba más claro lo tenía: acababa de tener una experiencia religiosa.
-Judit desde luego sí, todavía está vomitando. –Afirmó Maite mirando de reojo hacia el baño; nada más llegar la pobre empezó a sentir nauseas y llevaba pegada a la taza diez minutos.
-Yo sí lo he sentido. –Me aseguró Raquel.- Ha sido como… como si hubiera alguien o algo allí, contemplando toda la ceremonia. No me había sentido tan abrumada en mi vida.
-¡Oh, por favor! –Resopló Maite poniendo los ojos en blanco.- Lo que sentisteis se llama sugestión.
-¿Sugestión de qué? –Replicó Raquel.- Yo no creía nada de eso, pero a esa mujer le ha mordido un muerto viviente… ¡y luego todos bebieron de la fuente con su sangre!
Esa parte no llegamos a verla del todo, pero cuando estábamos saliendo de la basílica los fieles de la santa hacían cola para beber el líquido de la fuente donde ella había derramado su sangre… sangre contaminada por la mordedura del muerto viviente, que si todo lo que sabíamos sobre ellos era cierto tendría que infectarles…
-Lo que significa que seguramente mañana estarán todos muertos. –Nos aseguró Maite.- Deberíamos irnos de aquí mientras aún podemos. Fingiremos que ese numerito suicida nos ha hecho pensar y que queremos… predicar la buena nueva al resto del grupo, o algo así.
-No es un numerito suicida. –Le dije tras recordar algo que me mencionó Óscar.- Creo que ya lo ha hecho antes, el dejar que le muerdan. Decían que era inmune a los muertos vivientes, que éstos no podían matarla con sus mordiscos y que nos iban a dar pruebas, ¿no? Pues ahí está la prueba, mordida y todavía viva.
-Eso es imposible. –Exclamó Judit regresando del baño todavía agarrándose el estómago y con el rostro algo verdoso.- Imposible. Se comprobó, si de algo estábamos de acuerdo en la universidad con los militares era en que lo que provoca esto es contagioso al cien por cien y mortal al cien por cien. Es imposible no contagiarse si estás expuesto y es imposible no morir si has sido contagiado.
-¿Entonces cómo explicas que se dejara morder? –Le preguntó Maite.
-Muy sencillo, si no muere es que no hubo mordisco en realidad. –Afirmó con rotundidad.
-Todos vimos cómo le mordían. –Replicó Raquel.- Vimos las marcas, la sangre… y Aitor tiene razón, creo que ya lo ha hecho antes porque me han parecido ver marcas en otras partes del brazo.
-Ahora también hay marcas de otros mordiscos. –Bufó Maite desdeñosa.- Pronto estaréis contando que mató a un grupo de muertos vivientes lanzando rayos por las manos y siguiéndole el juego a una embaucadora, o a una niñata suicida... se acabó, ya hemos estado aquí lo suficiente y hemos visto lo que querían que viéramos, vamos a volver ya antes de que el grupo se preocupe demasiado por nosotros.
Dicho aquello cogió la puerta, tras la que ya no nos encerraban, y salió de la casa. Judit se volvió a sentir mal y se marchó corriendo de vuelta al baño, dejándonos a Raquel y a mí a solas.
-Entonces… ¿crees que lo que ha pasado podría ser cierto? –Le pregunté.
-No lo sé Aitor, te juro que no lo sé. –Respondió con pesar.- ¿Y tú? Dijiste que también sentiste algo antes de lo del mordisco.
-Sí, exactamente lo mismo que tu, como si hubiera allí una presencia. –Le confirmé.- ¿Y si esa presencia fuera…?
-¿Dios? –Terminó por mí la frase.- Eso significaría que no es una farsante, que todo esto es cierto y que lo correcto sería unirse a esta comunidad.
Escuchar aquellas palabras, unidas al hecho de que me cogiera de la mano en la ceremonia, hizo que despertara en mí una esperanza que creía casi muerta.
-Si al final nos quedamos aquí a lo mejor podríamos… volver a intentarlo. –Le sugerí.
-¡Oh Aitor! –Gimió.- No volvamos a eso otra vez, por favor.
-No escucha. –Le supliqué.- Entiendo tus motivos, ¿vale? Pero una vez aquí estaríamos completamente a salvo, no habría ninguna razón para que estuviéramos separados.
-Cortamos. –Me recordó.- Mi familia murió, tú los viste… y no podía con eso, aun no puedo creerlo del todo, y quizá solo por eso me mantengo a flote, pero murieron. Corté contigo por miedo a perder a otro ser querido más, y ayer casi ocurre lo que tanto temía cuando te dimos por muerto… no puedo volver a quererte Aitor, no después de todo eso. No creo que pueda volver a querer a nadie en este mundo. ¿Lo entiendes?
Habría sido tan estupendo que los dos tuviéramos nuestra propia casa en aquella comunidad, a salvo del mundo exterior, con un futuro los dos juntos… pero mi gozo había acabado en un pozo una vez más, conocía demasiado bien a Raquel y sabía que no lograría hacer que cambiara de opinión.
-Separarse de los seres queridos por miedo a perderlos no me parece una buena idea. –Le espeté.- Los estás perdiendo de todas formas, pero si es tu decisión la respeto.
- Gracias. –Respondió sonriéndome con tristeza.
Maite regresó unos minutos más tarde seguida de Óscar. Por sus rostros pude deducir que Óscar esperaba que la ceremonia la hubiera impresionado y convencido de la verdad de su fe, pero no había sido así… ella traía cara de hastío y él de decepción.
-Si queréis marcharos ya tengo permiso para dejaros donde queráis. –Afirmó él.- Puedo llevaros hasta la ermita o dejaros donde os encontré, como prefiráis. Tenemos una casa preparada a las afueras, por si las emergencias, mañana por la mañana estaré allí y me quedaré todo el día. Si al final decidís quedaros podréis encontrarme allí, os diré donde está.
-Bien, gracias. –Respondió Maite secamente recogiendo su arma y preparándose para partir.
-Yo no voy. –Anuncié después de tomar mi decisión.
-¿Qué? –Replicó Raquel sorprendida.
-Yo no tengo nada más que pensarme, me quedo, seré parte de esta comunidad. –Me expliqué.- No quiero volver ahí fuera, en ese mundo ya no queda nada para mí.
-¿Ni siquiera vas a venir a recoger tus cosas? –Me preguntó Maite, que apenas podía disimular lo decepcionada que se sentía.- Todavía siguen en la ermita.
-Si decidís venir también podéis traérmelas… si no, probablemente las necesitéis más que yo.
-Si esto es por lo que hemos hablado antes. –Comenzó a decir Raquel, pero la detuve antes de que pudiera completar la frase.
-No es por eso. –Le aseguré, a ella y a los demás.
-Ha visto la luz. –Exclamó Óscar con júbilo.- Estaremos encantado de que seas uno de los nuestros, Aitor… espero que el resto de tu grupo acabe aceptando la verdad y uniéndose también.
Judit fue a replicar algo, pero Maite la detuvo.
-Es tu decisión. –Dijo asintiendo.- Espero que acertada, sobre todo si terminamos tomando la misma. Hasta la vista entonces.
-Adiós. –Me despedí mientras las tres salían de la casa siguiendo a Óscar; Raquel se volvió un segundo para dirigirme una mirada triste, casi suplicante, pero me mantuve firme en mi decisión, por mucho que pudiera conmoverme ver su rostro triste, y dejé que se fuera.
Cuando el todoterreno se perdió de vista tras atravesar las puertas unos minutos más tarde me sentí completamente abatido. Sabía que no me equivocaba en mi decisión, pero también que ésta significaba perder a Raquel para siempre si no decidían unirse también… y aunque lo hicieran, jamás volveríamos a estar juntos.
-Parece una buena chica, seguro que acaban entrando en razón y vuelven. –Me dijo Sara, que junto con Óscar habían decidido hacerme una visita ya por la tarde para levantarme el ánimo, sin darle mucha importancia.- No digas que lo he dicho, pero creo que fue un poco fuerte empezar mostrándoos lo de esta mañana… a ver, es normal que se asustaran, es un shock muy grande.
-Aun así seguro que deciden venir. -Aseguró Óscar completamente convencido.- Cuando los dejé me pareció que a ella esto le había gustado.
-¿Sabes ya en qué casa vas a instalarte? –Preguntó Sara con interés.
-¿Otra casa? –Repliqué dándome cuenta de que, por alguna razón, había dado por sentado que me quedaría a vivir en la que me encontraba.
-Esta es solo para las visitas, hombre. –Me explicó.- Si vas a ser uno de los nuestros vivirás con nosotros, hay muchas casas vacías, la mayoría más grandes que este piso.
-¿Para qué quiero más espacio si estoy solo? –Exclamé con amargura.- La verdad es que la casa me da igual, me he pasado semanas en una tienda de campaña, con tener una cama y un techo doy gracias.
-Eso dices ahora, pero ya verás cuando te acostumbres a estar aquí cómo todas esas tonterías te empiezan a molestar. –Me aseguró Óscar.- La comida, por ejemplo. Eso es lo que más me molesta a mí, echo de menos la comida fresca… ojalá tuviéramos espacio para cultivar, detesto las raciones de los militares y las latas de conservas.
-¿Y cuándo me tengo que trasladara esa nueva casa? –Les pregunté; quería conocer cuál iba a ser mi nuevo hogar cuanto antes y comenzar a integrarme; seguro que cuando tuviera allí unos cuantos amigos me sentiría mucho mejor.
-Supongo que después de la ceremonia. –Respondió Sara encogiéndose de hombros.- Cuando seas oficialmente uno de los nuestros.
-¿Ceremonia? –Balbuceé un poco sobrecogido; la idea de volver a presenciar uno de los ritos de aquel sitio después de las cosas que había visto y sentido en el último no es que me entusiasmara demasiado.
-Tienes que ser bautizo en tu nueva fe. –Me aclaró Óscar.
-Pero no será una ceremonia como la… otra, ¿no? –Quise saber.
-¡No hombre! –Se carcajeó dándome una palmadita en el hombro.- Tú tranquilo, en esa ceremonia solo estaréis ella, tú y tu conciencia, y tan solo te rociará agua bendita por encima.
-Bien, porque no creo estar preparado para un despliegue como el de antes. –Resoplé un poco más tranquilo.
-Puedes llevar invitados, algo así como tus padrinos. –Añadió Sara.- Bueno… si tuvieras alguien a quien llevar, claro.
-Podíais ser vosotros mis padrinos. –Se me ocurrió de repente; prefería enfrentarme a aquello acompañado, aunque fuera de dos personas que acababa de conocer, antes que hacerlo solo.
-Vaya, no sé qué decir, es un gran honor. –Afirmó Óscar adoptando un tono más serio.- Apenas nos conocemos, ¿no sería un poco…?
-¡Vamos Óscar, el chico no tiene a nadie! –Le contradijo Sara, que luego se volvió hacia mí.- No te preocupes, estaremos encantados de ser tus padrinos Aitor.
-Bien, gracias. –Respondí un poco más aliviado.- ¿Cuándo será la ceremonia?
-Ahora que has tomado tu decisión no tiene sentido retrasarla, ¿no? –Replicó ella.

La ceremonia fue aquella misma tarde, antes de que comenzara a anochecer. Joaquín Veltrán, a quien a partir de entonces tendría que llamar “señor Veltrán”, como hacían los demás, se encargó de llevarme a la basílica junto a Sara y Óscar. Volver a ver Santa Mónica me resultó un poco incómodo, pues después de las cosas que sentí en la ceremonia anterior era posible que empezara a creer más en ella… por eso y porque, efectivamente, tenía un vendaje en el brazo en el lugar donde la había mordido el muerto viviente. Un poco de sangre se había filtrado a través de las vendas, prueba de que el mordisco realmente había sucedido.
-¿Tienes miedo Aitor? –Me preguntó confidencialmente cuando estuve arrodillado frente al altar, a sus pies; los demás aguardaban sentados en los bancos, expectantes ante el momento en que el agua mojara mi cabeza y pasara a formar parte oficialmente de aquella comunidad.
-No. –Respondí con firmeza, a lo que ella sonrió; no me pareció ni febril ni débil, y tampoco pude notar en ella ningún otro síntoma de alguien que ha sido mordido por un muerto viviente… ¿sería verdad que era inmune a ellos?
-¿Renuncias a Satanás y sus falsas promesas? –Me preguntó esta vez en voz alta, para que todos pudieran escucharlo.
-Renuncio. –Afirmé también en voz alta.
-Entonces que el poder del Espíritu Santo descienda sobre esta agua y te permita nacer de ella y del Espíritu. Aitor, yo te bautizo en la verdadera fe en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. –Recitó vertiendo un poco de agua sobre mi cabeza tres veces.- A partir de este momento ya eres un miembro de esta congregación, que el Todopoderoso te guíe con sabiduría.
Todavía tuve que esperar unos minutos a que los presentes terminaran de murmurar sus oraciones. Aproveché para recordarme que tendría que aprendérmelas yo también, pues si era parte de ellos tendría que tomar parte en sus ritos y ceremonias.
-¡Bienvenido hermano! –Me dijo Óscar dándome un afectuoso apretón de manos cuando pude reunirme con los demás.- Ya sabía en el momento en que te vi que terminarías siendo uno de los nuestros.
-Sí, bienvenido. –Exclamó Sara abrazándome y besándome en las dos mejillas.- Esto hay que celebrarlo, deberíamos ir a la plaza para que empieces a conocer a todo el mundo…
-Creo que eso puede esperar hasta que nuestro nuevo hermano esté instalado. –Intervino Veltrán acercándose a nosotros, acompañado como siempre por Jesús.
-Por supuesto señor Veltrán. –Asintió Óscar.- Vamos Sara, nos reuniremos con Aitor luego… o quizá ya mañana por la tarde, porque me toca guardia en el muro hasta bien entrada la noche dentro de diez minutos, y por la mañana tengo que ver si el resto del grupo decide unirse también.
Veltrán esperó hasta que ambos salieron de la basílica para empezar a hablar.
-Primero permíteme darte la enhorabuena por tu nuevo bautizo. –Afirmó casi con desgana, como si en realidad aquello le diera igual.- Por supuesto, como comprenderás todo esto es más que unos ritos y unas palabras, para que una comunidad funcione es necesario un orden y una logística.
-Lo entiendo. -Le aseguré tratando de causarle una buena impresión, si él iba a ser uno de mis jefes era mejor que nos lleváramos bien.
-Por tu pasado militar y el tiempo que has estado ahí fuera Jesús y yo creemos que podrías realizar una buena labor en las batidas al exterior en busca de suministros y provisiones. –Continuó como si no me hubiera escuchado.- ¿Alguna objeción a eso?
-No señor, no me da miedo el exterior, señor… al menos sabiendo que tengo un lugar seguro al que volver. –Le garanticé adoptando inconscientemente la posición de firmes, quizá por reflejo de ese pasado militar al que se refería.
-Perfecto entonces. Por supuesto no vamos a mandarte fuera todavía, acabas de llegar, pasado mañana comenzarás montando guardia en el muro, quizá la semana que viene comencemos con las misiones en el exterior. –Se volvió hacia su compañero.- Jesús se encargará de informarte de tus turnos de guardia.
-Es muy generoso por su parte, pero puedo empezar mañana mismo si quieren. –Me ofrecí.- Un par de comidas calientes y dos noches durmiendo adecuadamente son más que suficientes para mí, estoy listo para lo que quieran.
-No hay problema. –Exclamó con nerviosismo Jesús.- Puede… hacer la guardia de la mañana de Pérez, así podrá curarse del todo de esa gripe antes de volver a trabajar.
-Muy bien, que así sea. –Accedió Veltrán asintiendo con la cabeza.- Ahora Jesús te llevará a tu nueva casa, luego te darán un arma en la armería. No creo que necesites entrenamiento, de hecho posiblemente pudieras darles tú clases a más de uno, así que trabajo que nos ahorramos. Discúlpame pero tengo que ocuparme de otros asuntos, buenos días.
-Buenos días, señor. –Me despedí mientras él se marchaba dando largas zancadas, dejándome solo con Jesús.
-¿Vamos? –Preguntó echando un vistazo al montón de papeles que llevaba encima.
-Vamos. –Respondí emprendiendo la marcha hacia mi nuevo hogar.
-Bueno… bienvenido a nuestra pequeña comunidad, por cierto. –Dijo el hombrecillo, al cual casi sacaba una cabeza de altura, cuando estuvimos ya en la calle.- Hacía tiempo que no se nos unía nadie de fuera… ¡No por nada! Solo porque sencillamente no ha aparecido mucha gente, es como si todo el mundo ahí fuera estuviera…
-Muerto. –Terminé por él.
-Muerto… sí. –Se estremeció.- ¿Puedo preguntarte qué fue lo que te convenció para quedarte? Aparte de estar en un lugar seguro, quiero decir.
Si era una pregunta con trampa para poner a prueba mi fe no iba a picar.
-En la ceremonia del mediodía sentí… algo, no sabría explicarlo, pero fue muy intenso.- Le contesté.- Y luego está lo del mordisco, he visto la herida, le mordió de verdad pero parece encontrarse perfectamente. Es… un milagro.
-Sí, un milagro. –Asintió él acelerando la marcha.- ¿Y qué hay de tu gente? No parece que se marcharan de aquí demasiado satisfechos.
-No sabría decir. –Dije por no darle la razón.- Supongo que todo esto les ha impresionado un poco, pero confío en que tomen la decisión correcta.
-Yo también… por su propio bien. –Exclamó aceleradamente.- Es… el mundo de ahí fuera es peligroso… pero qué te voy a contar a ti, ¿verdad? Bueno, ya hemos llegado, aquí está tu casa.
Mi futura casa se encontraba en un edificio de dos pisos, en cuya planta baja había un herbolario y una peluquería, cerrados, por supuesto. No era la calle más elegante de la zona y se encontraba casi pegada al muro, pero al menos había gente paseando por allí.
-Puedes elegir entre la casa del primer piso, la del aire acondicionado, o la de al lado en el segundo, con el toldo. –Me ofreció señalándolas desde la calle.- El toldo está roto y el aire acondicionado no funciona, pero ambas están listas para que alguien entre a vivir en ellas.
-Me quedo con la del toldo. –No sabía por qué pero prefería un segundo piso… además, si lograba arreglar el toldo el aspecto exterior del edificio mejoraría, y quizá mis nuevos vecinos lo valoraran.
-Mañana por la mañana pásate por el almacén. –Me dijo entregándome unas llaves.- No es un almacén de verdad, son unos garajes que hay detrás de la basílica, los utilizamos para guardar las cosas. Allí te darán un par de mudas limpias y te explicarán cómo funciona el racionamiento. Haré que Sara te de comida para esta noche.
-¿De dónde sacasteis las llaves? –Le pregunté con curiosidad al recogerlas.
-Oh, tenemos un cerrajero. –Me explicó.- Cambiamos las cerraduras de las casas que vamos a utilizar, todavía hay muchos edificios a los que no podemos entrar, pero vamos poco a poco.
-Vale… eh, ¿puedo preguntarte una cosa? –Había algo que tenía mucho interés en saber, pues aquel hombre no me parecía un devoto religioso como Óscar, y tampoco parecía la clase de persona que simplemente disfrutaría de una posición de poder.
-Sí, supongo que sí. –Respondió algo inseguro.
-¿Qué fue lo que te convenció a ti para quedarte?
-¿A mí? –Replicó titubeante.- Ella… me convenció ella… bueno, hasta luego Aitor.
-Adiós.- Me despedí de él antes de dirigirme a mi nuevo hogar.
Nunca había tenido una casa propia, pasé de la casa de mis padres a un barracón del ejército, de modo que me resultó muy extraño subir las escaleras de aquel edificio y plantarme delante de la puerta sabiendo que aquel lugar era mío.
“Y sin tener que pagar una hipoteca” me dije metiendo la llave en la cerradura.
Al ser una construcción moderna, el piso era más amplio y el techo más bajo que en la otra donde me había alojado. Por el aspecto no creía que la gente que viviera allí originalmente fuera de clase alta precisamente, pero no estaba mal. Tenía tres habitaciones y dos cuartos de baño, lo que significaba que, teniendo en cuenta que vivía solo, me sobraba casi media casa… si Raquel hubiera accedido a lo que le propuse también nos habría sobrado media casa, pero habría hecho esa misma observación con más alegría.
Solo en esa casa tan vacía la echaba tanto de menos como cuando llevaba días en las calles de Madrid con el resto de mi unidad, masacrando y, sobre todo, siendo masacrados por los muertos vivientes. Cuando ellos nos sobrepasaron y descubrimos que de toda la unidad solo quedábamos dos con vida me olvidé de cuál era mi deber y fui a por Raquel. Creía que tenía que sacarla de aquel infierno en el que se había convertido la ciudad a cualquier precio, así que no me importó plantarle cara a toda su familia y llevármela. Me hubiera gustado poder hacer lo mismo otra vez, pero igual que Raquel se había mostrado conforme con huir de Madrid también dejó clara nuestra ruptura, así que lo único que me quedaba era esperar que decidieran unirse a la comunidad y que con el tiempo se arrepintiera. Era una perspectiva un poco patética, pero si no estábamos juntos no veía ningún motivo para estar allí fuera malviviendo y jugándome la vida, el grupo podía elegir vivir a salvo igual que había hecho yo.
Como no sabía que política tenían allí con respecto a los muebles y los adornos, ya que dudaba que siguieran fabricando esas cosas en alguna parte, decidí no tocar nada por el momento. Tampoco tenía cosas propias que querer colocar en alguna parte, ni siquiera ropa que meter en el armario, así que me limité a sentarme en el sofá, que no era tan cómodo como el de la otra casa, y esperé. En la estantería del comedor había libros, pero no me apetecía leer nada… me sentía un poco inquieto, y quizá hasta culpable de saber que yo estaba allí, tan tranquilo, mientras Raquel, Maite y los demás seguían expuestos al peligro.
“Ellos decidirán lo que quieran” me dije para apartar esos pensamientos de una vez, “ahora este es tu hogar, acostúmbrate.”
Pero no era tan sencillo simplemente hacer borrón y cuenta nueva, habían sido muchas semanas con los nervios a flor de piel, con una tensión constante, en las que había visto y hecho cosas impensables… y todo eso acaba pasando factura. Quizá la noche anterior durmiera sin problemas por el agotamiento generalizado, pero dudaba que aquella lograra pegar ojo por culpa del estrés.
Agradecí enormemente tener una excusa para levantarme de aquel sofá cuando llamaron a la puerta, y me encontré con Sara al abrir.
-Jesús me ha dicho que estarías aquí. –Dijo dando un paso dentro.- Ah sí, recuerdo las casas de este edificio… cuando empezamos a cerrar esto revisamos las casas para asegurarnos de que no hubiera ningún muerto viviente en ellas; lo último que faltaba era levantar un muro para encontrarnos con que los condenados están aquí dentro, ¿verdad?
-Verdad. –Asentí cerrando tras ella cuando entró.- Como no hay problemas de espacio no digo nada, pero creo que esta casa es mucho para mí solo.
-Bueno ya la irás llenando. –Bromeó.- Mientras venía, una chica bastante mona y más o menos de tu edad me ha preguntado quien eras, que se había fijado en ti al salir de la basílica.
-No sé si tengo cuerpo para esas cosas. –Repliqué torciendo el gesto.- Además, tampoco es que pueda llevarla a ninguna parte o invitarla a algo.
-¡Ah! Ya empiezas a ser uno de los nuestros. –Exclamó carcajeándose.- Nada más llegar das gracias por tener una cama, pero mírate, llevas aquí dos días y ya te estás quejando de que no hay nada que hacer en tu tiempo libre.
-Es muy fácil acostumbrarse a lo bueno. –Tuve que admitir, aunque desde luego que no hubiera bares o cines no era mi mayor preocupación en esos momentos.
-A ella no podrás llevarla a ninguna parte, pero yo tengo que llevarte a la armería. –Me dijo hablando ya en serio.- Si quieres mi opinión, deberías haberte tomado el día de descanso y haber empezado a conocer a la gente y familiarizarte con este sitio. No sé por qué tanta prisa por trabajar.
-¿Qué mejor forma de conocer a esta gente y este sitio que empezando cuanto antes? –Le contradije.- Además, prefiero mantenerme ocupado.
-Como quieras, pero pronto estarás cansado de hacer guardias y desearás tener algún día libre, ya lo verás. –Me aseguró.- ¿Vamos ya? Preferiría no tener que madrugar mañana para darte un arma, pero como se haga de noche no quedará más remedio, recuerda que no tenemos luz eléctrica.
-Entonces vamos. –Asentí agarrando las llaves y saliendo con ella de la casa.
Como estaba empezando a oscurecer, y además de la oscuridad hacía frío, la gente comenzaba a abandonar la calle, así que no creía que fuera a cruzarme con la chica que había dicho Sara. Realmente no tenía cuerpo para eso por el momento, pero sentía curiosidad por conocer a la mujer que se había fijado en mí… por no cerrarme puertas inútilmente.
La armería se encontraba dentro de la propia basílica, quizá porque ese era el lugar más seguro dentro de aquel recinto lleno de casas residenciales. Un par de hombres vigilaban la puerta, que era una de las entradas traseras de la iglesia; quizá estuviera demasiado acostumbrado a los militares de los que había estado rodeado en el pasado, pero aquellos dos tipos no me imponían demasiado, y mucho menos lo hicieron cuando saludaron a Sara con amabilidad y nos dejaron pasar sin hacer preguntas.
-Aquí estamos. –Exclamó ella una vez dentro.
-¡Vaya! –Exclamé yo a su vez al ver el arsenal del que disponían allí.- Impresionante.
Impresionante era poco, no me había planteado qué podían tener guardado, pero jamás habría imaginado que sería tanto. No solo tenían docenas de fusiles de asalto almacenados en un rincón y una gran colección de pistolas en una mesa, también había decenas de cajas de munición de todos los calibres necesarios, cargadores, cajones llenos de granadas, explosivos e incluso un par de lanzacohetes.
-Lo sacamos de la base militar. –Afirmó Sara con orgullo.- No está mal, ¿eh?
-Nada mal. –Tuve que admitir; con aquello se podía armar un ejército entero.
-También cogimos algunas cosas de la comisaría. –Me explicó.- Los novatos con las armas se sienten más cómodos con pistolas, escopetas y esas cosas… pero como tú eres un profesional supongo que podemos darte algo de armamento de verdad para tus guardias, ¿verdad?
-¿Cómo funciona esto? –Pregunté mientras ella rebuscaba entre los fusiles de asalto.- ¿Tengo que traer las armas aquí cuando termine mi guardia, o que llevarlas siempre encima?
-Normalmente solo vamos armados cuando es necesario, pero los que sabemos utilizar armas de fuego profesionalmente tenemos permiso para ir armados todo el tiempo, aunque nadie te mirará bien si llevas uno de estos. –Respondió tendiéndome uno de los fusiles.- Son para matar condenados desde lejos, pero deberías coger una de estas pistolas para llevarlas siempre encima. Los muros son seguros pero nunca se sabe.
-De acuerdo. –Dije cogiendo el fusil, un par de cargadores extras, la pistola y un cargador de más para ella; todo eso junto con un puñal nuevo hacía que fuera mejor armado que cuando el ejército me soltó a matar muertos vivientes en mitad de la ciudad… salvo por la granada que sacamos de los soldados muertos del campamento, que la había dejado en la ermita; aunque como aquel polvorín había varias cajas de ellas también cogí una.- No soy un experto en eso pero, ¿estáis seguros de que guardáis la munición y los explosivos de la forma adecuada? Si hubiera una explosión aquí dentro la basílica saltaría por los aires.
-Este sitio es un lugar fresco y seco, no tienen ningún motivo para explotar. –Contestó ella.- De todas formas este lugar no puede derrumbarse, se sostiene en pie gracias la fe de los que creemos en Santa Mónica, mientras ella esté con nosotros estamos a salvo.
-Sí. –Afirmé mentalizándome de que tendría que acostumbrarme a ese tipo de comentarios.- Pero aun así yo no fumaría aquí dentro.
Sara se limitó a sonreír.
-Anda vámonos. –Exclamó poniéndome una mano en el hombro.- Tengo tus provisiones de la semana en mi casa… venga, te invito a cenar allí, así hablamos de esa chica a la que le gustas y te doy un par de ideas sobre lo que podéis hacer dentro de estos muros.
Acepté su invitación y la seguí hacia su casa. Quizá fuera por estar de nuevo armado pero, pese a las dudas iniciales y la depresión posterior, tenía la sensación de que todo iba a ir bien a partir de entonces. Aquella gente me había acogido de buen grado y todos se estaban portando estupendamente conmigo, ¿qué más podía pedir? Quizá todavía tuviera mis dudas con respecto a la santa mujer que lo dirigía todo, pero un reanimado la había mordido y seguía viva, y esa presencia en la basílica durante la misa me hacía plantearme en serio la posibilidad de que todo eso fuera cierto. Solo podía esperar que Maite y el resto del grupo entraran en razón, dejaran a un lado las dudas y se unieran también a la comunidad.
En la casa de Sara, mucho más bonita que la mía, descubrí que las provisiones de las que disponían allí eran principalmente raciones militares sacadas de la base, de modo que ya estaba perfectamente familiarizado con su sabor, que no era el mejor del mundo.
-Más adelante, cuando el pueblo esté más limpio de muertos vivientes, pretenden crear pasillos de verdad entre las calles que lleven al exterior de forma segura, no como ahora que solo hay unos cuantos coches bloqueando el paso a los muertos. Allí podremos plantar cosas y tener una fuente de alimentación a largo plazo. –Me explicó mientras cenábamos.
-Eso está bien, me deja más tranquilo saber que están pensando en el futuro. –Respondí masticando unas albóndigas que no sabían a nada.- De todas formas con las raciones no creo que haya problemas de alimentación, a menos que se lo llevaran todo a la zona segura debían guardar comida para un regimiento, literalmente.
-Oh si, había mucha. –Asintió ella.- Cuando los militares se fueron se llevaron todo lo que podían cargar, pero no eran muchos así que sobró casi tanta comida como armamento, y ya has visto que no estamos nada mal surtidos.
No sabría explicar por qué, pero al mencionar a los militares y la base me acordé de la figura con capa que se chocó conmigo mientras intentaba huir de la jauría de reanimados que me persiguió hasta el pueblo. ¿Podía haber relación entre ese tipo y que sonaran las campanas, alertando a los muertos vivientes de nuestra presencia? Quizá un militar resentido intentó matarnos al confundirnos con miembros de la comunidad.
Pensé que quizá ella tuviera más idea del asunto, así que se me ocurrió comentárselo… lo que no podía imaginarme era que aquello fuera preocuparla tanto.
-Había oído hablar de él, pero creía que era solo un cuento. –Exclamó mirándome con los ojos muy abiertos.- Cuando yo llegué a esta comunidad ya se hablaba de que un soldado, uno incluso peor que el que Santa Mónica utiliza en sus sermones, decidió esconderse en la base en lugar de marcharse con los demás, y que ronda por allí como un alma en pena.
¿Podía ser ese el motivo por el cual la capilla de la base había sido completamente profanada? No era descabellado pensar que un soldado resentido con todo lo que había pasado entre el ejército y la comunidad siguiera por allí tocando las narices.
-Tal vez deberíamos informar de que le has visto. –Opinó algo preocupada.- Hacía tanto que no se hablaba de ello que todos pensábamos que se había marchado, pero si sigue por ahí puede ser un peligro… este muro puede mantener lejos a los condenados, no a las personas vivas.
No veía ningún motivo para no hacerlo, aquella se había convertido en mi gente y si ese tipo tenía algo contra ellos también lo tenía contra mí… pero en realidad tenía la sensación de que más que un militar “malvado” era un pobre loco. ¿Qué persona cuerda llenaría una iglesia de carne podrida, viviría en una base abandonada y se dedicaría a corretear entre los reanimados para azuzarlos contra las visitas?
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Belthazor
 
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Re: Crónicas zombi: Orígenes

Notapor Belthazor » Mié, 22 Ene 2014, 12:32

CAPÍTULO 15: LUÍS

-Espera, más despacio, ¿qué es eso de que dejó que le mordiera un resucitado? –Pidió Toni después de que Maite, Judit y Raquel nos contaran a todos lo que habían visto mientras estaban en aquella comunidad formada en Colmenar Viejo.
-La cabeza de un resucitado. Y no olvides que la tenía clavada en un báculo. –Matizó Maite, quien no había salido de aquel lugar demasiado convencida de que fuera el lugar a salvo que andábamos buscando.
Tenía que reconocer que cuando Sebas regresó con la noticia de que Aitor no solo estaba vivo, sino que además había encontrado un grupo bien organizado y una zona segura donde vivir me hice ilusiones; aquello podía ser el golpe de suerte que necesitábamos, pues nuestra situación no avanzaba precisamente a mejor valiéndonos simplemente de nuestros propios medios. Sin embargo, después de que Maite volviera empecé a temer que se produjera una verdadera escisión en el grupo, pues lo que había visto allí no le había gustado nada e intentaba convencernos de que no nos uniéramos a aquella comunidad… trabajo harto difícil para ella, ya que la posibilidad de tener un lugar a salvo de los muertos vivientes, con comida y muros que nos protegieran, no era fácil de rechazar para nadie. Tras observar la forma de comportarse de la gente después de que los reanimados asolaran el mundo había aprendido a ser cauteloso, de modo que no podía decir que las noticias que nos traían me resultaran alentadoras, pero no tenía más remedio que admitir que la idea de unirnos a esa gente resultaba tentadora.
-¿Entonces está muerta? –Quiso saber Toni, al que la historia se le hacía difícil de comprender por lo bizarra que resultaba.- Si la mordió un muerto viviente es lo que pasa, que yo sepa nadie ha sobrevivido a algo así, ¿no?
-Por lo que sabemos hasta ahora es imposible sobrevivir a un mordisco. –Le respondí yo, que creía que dando mi opinión médica aclararía las cosas.- Si se ha dejado morder está muerta. Nadie sobrevivió a eso más de un par de días, y eso con un mordisco pequeño en un cuerpo sano y robusto, al final la infección te mata irremediablemente. El cuerpo no es capaz de combatirla… pero solo por lo que sabemos, que tampoco es mucho.
-¿Cuál es el problema entonces? –Intervino Sergei, a quien las revelaciones de Maite habían escandalizado mucho menos que a los demás.- Cuando esa zorra chiflada esté muerta y ese grupo de meapilas perdidos descabezados se acabó toda esa estupidez de cabezas cortadas.
-No se va a morir. –Afirmó Raquel completamente convencida.- Le vi el brazo... no era la primera vez que hacía algo así, dejarse morder, digo. Ya lo ha hecho antes, y toda la congregación reaccionó con júbilo al verlo… aquello no era un suicidio o algo así, era solo una parte más de la ceremonia que estaba llevando a cabo.
-Tampoco sería descabellado pensar que hubiera gente inmune a la mordedura. –Dije intentando matizar mis palabras anteriores.- Todas las enfermedades del mundo han tenido grupos de gente a la que, por un motivo u otro, ésta no les afecta. Hasta el Ébola tiene una tasa de mortalidad de solo el noventa y ocho por ciento, o sea que dos de cada cien infectados sobreviven.
-Pero no hay registros de algo así. –Me contradijo Judit, que al igual que Maite no había vuelto de la visita a aquel lugar con buenas sensaciones.- En la universidad, cuando aún trabajábamos con el ejército, teníamos miles de historiales médicos de pacientes que fueron infectados con los que trabajar, y en ninguno se mencionaba nada parecido.
-Eso no significa que no pudiera existir. –Insistí.- Dada la naturaleza de la enfermedad es posible que esos casos pasaran desapercibidos… no sirve de nada ser inmune a la transformación si te está devorando una manda de esos muertos vivientes. Pero no sería ninguna tontería pensar que alguien que descubrió por casualidad ser inmune a la infección haya creado una especie de culto divino a su alrededor. ¿Quién iba a impedírselo?
-Eso podría ser. –Admitió Judit.- O también que no hubiera mordisco en realidad, un ilusionista podría hacer cualquier tipo de truco o efecto visual para engañar los sentidos con facilidad.
-Sí que hubo mordico. –Repitió Raquel.- Todos lo vimos, tenía el brazo bien, luego la cabeza le mordió y ella sangró... y además, repito que tenía en el brazo marcas de mordiscos anteriores. No sé explicar cómo puede sobrevivir a eso, pero lo hace.
-Entonces es que lo que le mordió no era un muerto viviente en realidad. –Se empecinó cruzándose de brazos, poco dispuesta a admitir una explicación de carácter sobrenatural a todo aquello, como sí que estaba Raquel, a quien, como todo ser humano cuyas creencias se ven cuestionadas, pareció molestarle los intentos de Judit por desacreditar a esa mujer que se dejaba morder por los muertos.
-Sí que lo era. –Replicó ella frunciendo el ceño.- ¿Por qué os cuesta tanto plantearos siquiera la posibilidad de que aquello fuera real?
-¿Por qué estás tú tan dispuesta a creerlo? –Le espetó Maite.- Esa mujer es solo una embaucadora que tiene engañado a un grupo de gente demasiado necesitada de esperanza como para pensar por sí mismos y ver detrás de los embustes a los que están siendo sometidos.
-Yo sé lo que sentí cuando eso pasó. –Se defendió la chica agachando la cabeza, quizá un poco avergonzada.- Eso no lo puede simular.
-En realidad… -Fue a decir Judit, pero Sergei la interrumpió.
-¿Por qué no nos centramos en lo práctico? –Propuso alzando la voz para terminar con aquella discusión que no nos llevaba a ninguna parte.- Si aceptamos que no va a morirse por el mordisco, o lo que sea, todavía tenemos una oferta de un grupo grande y bien defendido para unirnos a ellos en este mismo momento. ¿Qué es lo que tenemos que pensar tanto? Si decís que nos van a esperar en las afueras del pueblo deberíamos recoger nuestras cosas y largarnos de aquí. Podríamos volver dormir calientes y seguros, sin tener que preocuparnos de que esos putos cadáveres revividos aparezcan. ¿No es eso lo que andábamos buscando?
-En otras condiciones te daría la razón sin dudarlo. –Admitió Maite.- Yo habría sido la primera en cargar las cosas en el coche e ir allí hoy mismo, pero dada la naturaleza de la mujer que dirige aquello creo que deberíamos pensarlo más a fondo. Al ir allí estaríamos aceptando pasar a formar parte activa de una especie de secta fatalista, que básicamente piensa que los reanimados están aquí para purificar el mundo de pecadores y que su líder es una especie de santa a la que los muertos no pueden matar por la gracia de Dios.
-Eso es raro, vale. –Opinó Sebas, que había permanecido callado y en un discreto segundo plano hasta entonces.- Pero tendríamos nuestras propias casas, comida, camas… ¿cómo vamos a rechazar algo así?
-Opino igual. –Apuntó Sergei.- ¿Qué importa seguirle el rollo a una chalada con complejo de mesías? Hacemos el paripé y listo… joder, ¿es que ninguno ha ido a una celebración religiosa solo por compromiso? Sería más o menos lo mismo. Yo creo que a esa tía le da igual lo que creamos en realidad siempre que no le desmontemos el chiringuito.
-¿Y qué chiringuito es ese? –Replicó Maite.- En un grupo que sigue ciegamente a una líder, esa líder puede pedirnos cualquier cosa, y seguramente serán cosas poco razonables. ¿Es que no habéis visto nunca lo que hacen en según qué sectas? Le estaríamos dando a esa lunática completos poderes sobre nosotros para hacer lo que le diera en gana.
-¿Y si fuera verdad? –Repitió Raquel.- ¿Y si lo que predica es cierto? ¿Y si realmente es una especie de… enviada de Dios, como ella dice?
El silencio que siguió a esas preguntas duró un par de segundos, hasta que Toni, cojeando, dio dos pasos al frente y encontró las palabras para responder.
-Raquel, seamos serios… lo que dices es imposible. –Dijo con suavidad.- ¿Cómo va a ser esa mujer ninguna enviada…?
-¿Por qué no? –Insistió ella sin darse por vencida y sin sentirse cohibida porque nadie la apoyara.- Estos seres, los muertos vivientes, no son naturales… la ciencia no puede explicarlos, ¿y si realmente son seres sobrenaturales? ¿Y si todo lo de Dios y la biblia es cierto, tenemos la prueba delante y no podemos verla?
-La ciencia no puede explicarlos… todavía. –Apuntó Judit.- Si a cada cosa que la ciencia no puede explicar aún le otorgáramos naturaleza divina acabaríamos… no sé… creyendo todo tipo de disparates.
-Como que Jesucristo se ha reencarnado en Madrid. –Se mofó Toni.
-No podemos poner nuestra ignorancia en un altar y llamarla “dios”. –Añadió Judit encogiéndose de hombros.
-Insisto en que eso es un asunto completamente irrelevante. –Exclamó Sergei.- Si es una enviada de Dios bien por ella, felicidades… y si no lo es da igual, solo queremos de ellos esos muros, la comida y la protección del grupo, nada más.
-Sí que es relevante. –Le contradijo Maite.- Si nos unimos a ese grupo posiblemente tengamos que vivir allí el resto de nuestra vida. ¿De verdad queréis hacerlo bajo esas condiciones? Os recuerdo que esa mujer se deja morder por muertos vivientes, se cree una especie de mesías y tiene una cabeza cortada clavada en un bastón… y todos allí lo aplauden. Si nos unimos a ellos tendremos que aplaudir eso con los demás, ¿eso os parece bien?
-Creo que ella tiene razón. –Le murmuró Katya a Sergei, yo puede escucharlo porque me encontraba al lado de ellos, pero habló lo suficientemente bajo como para que nadie más la oyera.- No pretenderás meter a Andrei en un sitio como ese. ¿Verdad?
-Tú cállate. –Le espetó su marido con no muy buenos modos.- Esta puede ser la mejor oportunidad que tengamos.
-¿Y qué otra opción nos queda? –Preguntó Irene desde una esquina, consiguiendo que todos se volvieran hacia ella, ya que no había abierto la boca desde que Maite y las demás volvieran.
Dado que mató al grupo de niños que cuidó el tiempo que estuvo encerrada en la escuela con ellos mientras el mundo se hundía a su alrededor, pese a ser parte del grupo, no contaba con demasiadas simpatías. Maite no había intentado disimular la animadversión que le despertaba en ningún momento, y Sergei tampoco… cosa que podía comprender ya que ambos tenían hijos; el resto del grupo, salvo Aitor, que no se encontraba allí, simplemente la tolerábamos. Era posible que, por humanidad, no quisiéramos dejarla sola y abandonada a las afuera de Madrid cuando la conocimos, pero se hacía difícil querer entablar amistad con alguien que había sido capaz de matar a sangre fría a unos niños inocentes. Debido a aquello no solía ser muy participativa en ese tipo de debates, pues ella misma se daba cuenta de que no le convenía meterse en polémicas que no la ayudarían a conseguir amigos en el grupo.
-Sí, ¿qué otra cosa propones que hagamos en su lugar? –Añadió algo sorprendida de que todos la miráramos de aquella manera.- Si no nos unimos a ese grupo, ¿cuál es el plan para seguir vivos a largo plazo?
Por supuesto aquello puso en un apuro de considerables dimensiones a Maite. Sabía de sobra que no tenía ningún plan mejor, solo su plan de siempre: buscar otro lugar... pero eso no le iba a valer, no cuando ya nos estaban ofreciendo un lugar considerablemente bueno.
-Este grupo puede parecernos la salvación. –Declaró dando un paso al frente.- Y sin duda eso es lo que pretenden que parezca a cualquiera con quien se crucen, pues con eso añaden más fieles a sus filas, y con eso a su vez se hacen más fuertes y más irresistibles… pero también son la prueba de que hay grupos organizados ahí fuera, de que podemos encontrar alguno que no esté lleno de chiflados que juegan con cabezas de resucitados y que creen que su líder es una especie de divinidad.
-Sí, pero verás, esto no es como ir al supermercado y elegir de entre todos el grupo que más nos guste y unirnos a él. –Intervino Sergei poniéndose en pie.- El próximo grupo que encontremos podría ser hostil en lugar de amistoso, o quizá sean buena gente pero no puedan permitirse más bocas que alimentar en lugar de ofrecernos un lugar entre ellos; es más, quizá no lleguemos vivos hasta el siguiente grupo, o quizá ni siquiera lleguemos a encontrarlo nunca. Rechazar esta oferta ahora es una locura, no hacéis más que llorar por toda la gente a la que habéis perdido, ¿es que queréis seguir perdiendo gente? Porque eso es lo que va a pasar si seguimos aquí, ayer mismo podríamos haber perdido a Aitor mientras buscábamos uno de esos “sitios mejores”.
-¿Y lo de los militares? –Argumentó Maite, que se mantuvo razonablemente serena pese a la mención a Aitor por parte de Sergei; aunque todo se hubiera solucionado, ella se culpaba por haberle dejado tirado, pero culpaba todavía más de ello a Sergei, y que utilizara esa casi desgracia a su favor debió parecerle pueril como poco.- Esa historia bien podría ser mentira, ¿y si mataron a toda esa gente solo para dirigir ellos al grupo y no estar bajo las órdenes de ningún militar?
-También podría ser completamente cierta. –Replicó Sergei señalando la pierna herida de Toni.- ¿Y desde cuándo confiáis en los militares? Que fueran del ejército ya no significa quesean gente de fiar, y aquí todos tenemos las manos manchadas de sangre. Yo tengo una familia y debo pensar en su futuro, así que voto por darle una oportunidad a ese lugar.
-Esa mujer es un fraude. –Afirmó Judit sin un ápice de duda.- Estoy segura de eso, no quisiera vivir en un lugar dirigido por alguien así, así que voto que no.
-No pienso meter a mi hija en esa jaula de locos, yo también voto que no. –Repuso Maite cruzándose de brazos.
-O podría no serlo. –Insistió Raquel.- Si todo lo que dice es cierto unirnos a ese grupo sería la decisión más acertada del mundo. Voto que sí.
-En resumen, que tenemos cuatro posturas distintas. –Intervine yo para hacer síntesis de todo lo debatido.- Por un lado los que votan que sí porque esa mujer que los dirige es realmente una santa, y los que votan que sí porque nos ofrecen un lugar seguro donde vivir. Por otro lado los que votan que no porque ese grupo es demasiado parecido a una secta y no quieren vivir entre sectarios perturbados, y los que votan que no porque la líder podría ser una farsante y no quieren vivir bajo las reglas de una mentirosa.
-Más o menos esa es la idea. –Asintió Toni.- ¿Entonces qué hacemos? ¿Votamos y lo que diga la mayoría?
-¿Qué necesidad hay de eso? –Bufó Sergei.- Quien quiera ir que vaya, los que no que se las apañen por su cuenta… yo pienso ir allí diga lo que diga esa mayoría, no soy idiota, no pienso desaprovechar esa oportunidad. Mi familia y yo vamos.
-Yo no quiero ir. –Protestó Katya asustada.- Ese lugar es…
-¿Quieres que Andrei acabe siendo devorado por uno de esos seres? –Le espetó él furioso.- ¿Quieres ver a tu hijo muerto, o es que quieres morir tú? Porque eso es lo que acabará pasando si seguimos aquí fuera, así que cierra el pico. Nosotros vamos.
-Tú no puedes obligarla a ir si no quiere hacerlo. –Se interpuso Maite.- ¿Qué hay del “quien quiera ir que vaya” de hace un segundo?
-No te metas en los asuntos de mi familia. –Le advirtió Sergei lanzándome una mirada asesina.- Preocúpate de la tuya propia.
-Propongo que nos tomemos un tiempo para pensar en todo esto. –Me entrometí para detener aquello antes de que fuera a más.- Mi opinión es que por muy claro que creamos que lo tenemos ahora mismo deberíamos tomarnos un tiempo para pensarlo en profundidad. Sugiero que lo dejemos por hoy, pensemos esta noche sobre ello y mañana por la mañana nos volvamos a reunir para tomar una decisión en conjunto.
Nadie dijo nada, pero como todos comenzaron a levantarse y a marcharse cada uno por su lado supuse que aceptaban tácitamente mi propuesta.
-No me gusta nada ese hombre. –Murmuró Maite cuando me acerqué a ella mientras los demás se dispersaban; Sergei levantó de un tirón del brazo a su mujer y casi la arrastró fuera de la ermita, seguidos por Andrei.
-Ya me lo habías dicho. –Lo cierto era que a mí tampoco me gustaba nada; me había fijado en Katya y en Andrei porque sospechaba que pudiera haber maltrato, pero no vi en ellos ninguna marca que pudiera probarlo, aunque sin duda ella le tenían miedo… no todos los malos tratos eran físicos, así que posiblemente Sergei fuera muy bueno intimidándola, cosa que no me sorprendería de ser cierta.- No niego que tienes motivos.
-También tengo motivos para desconfiar de esa secta. –Afirmó mirándome con dureza.- ¿Qué piensas tú? Los demás puedo intuir lo que van a decidir, y no es que hayas dicho mucho en el pequeño debate que acabamos de tener pero reconozco que tú siempre me terminas sorprendiendo a la hora de las votaciones
Asimilé estoicamente la puya, pues no quería tener que volver a justificar mi voto a favor de que Irene se incorporara a nuestro grupo de unos días atrás. Entendía que le hubiera sentado mal, pero voté con la conciencia… que aquello hubiera sido una buena o una mala idea estaba por ver.
-¿Y qué crees que van a votar los demás? –Le pregunté con curiosidad; yo también tenía mis cávalas y quería ver cómo de similares eran a las suyas.
-Sergei no va a cambiar de opinión, Judit tampoco porque nunca votaría por algo en lo que no cree… ella es así, Raquel podría hacerlo, pero con Aitor allí lo dudo. –Enumeró.- De entre los que no se han pronunciado creo que votarán a favor todos, lamentablemente. No niego que mis objeciones no han sido demasiado escuchadas, están todos demasiado ilusionados con la posibilidad de dormir en una cama caliente como para hacer caso a lo que solo son suposiciones por mi parte, pero eso no hace que ese lugar me dé menos mala espina.
-La verdad es que intentar escandalizarles con cabezas cortadas impresiona poco. Admitámoslo, a estas alturas todos hemos visto cosas mucho peores que eso. –Añadí asintiendo con la cabeza, pues estaba de acuerdo en todo lo que había dicho hasta entonces, y hasta me sentía un poco orgulloso de que se hubiera dado cuenta de que sus argumentos no eran tan buenos como le hubiera gustado.- Quizá Toni atienda a razones, pero solo porque no es lo bastante sumiso para aceptar la religión de esa gente ciegamente, ni tan falso como Sergei para fingir que lo hace.
-Podría tener buenas razones. –Dijo ella con una idea repentina.- Y creo que sé dónde encontrarlas… en la base militar.
-¿La base militar? –Repetí atónito.- ¿Y cómo ibas a encontrar ahí nada? Espera un momento, ¿no estarás pensando…?
-En ir allí, sí. –Asintió muy convencida.- Debería ir mañana y darme prisa, antes de que los demás decidan nada, pero puede hacerse. Eso sí, necesitaré que te quedes con Clara otra vez, si no te importa, y que intentes conseguirme tiempo.
-Esa chiquilla lo pasa muy mal cuando no estás. –Intenté disuadirla para que no cometiera aquella locura; después de cómo había acabado su primera incursión aquello no me parecía una buena idea.- Es normal, su padre murió y nosotros no somos más que un grupo de desconocidos para ella. Necesita a su madre, ¿de verdad te parece sensato marcharte otra vez? ¿Qué pretendes encontrar allí? Dijiste que estaba completamente desierto.
-No me parece sensato criar a mi hija en una secta. –Replicó apretando los dientes.- Pero la mayoría va a votar que sí, ya lo sabes, ¿qué podremos hacer entonces? No podemos quedarnos Clara, Judit y yo solas, si todo el mundo va no nos quedará otro remedio que unirnos también. Por eso es imprescindible que les disuada de hacerlo Me gusta tan poco seguir aquí fuera muriéndonos de hambre como a los demás, pero hasta eso me parece mejor que formar parte de esa extraña religión. ¿Entiendes?
-Perfectamente. –Le confirmé.- Pero aun no sé qué pretendes encontrar en la base militar que no vierais cuando fuisteis ayer.
-Al tipo que tocó las campanas. –Declaró.
-¿Qué? –Exclamé sin entender nada.- ¿Buscas a un tipo, si es que no es algo que te imaginaste, que intentó mataros?
-Tengo la intuición de que si hizo aquello fue porque pensaba que éramos miembros de la secta. –Aseveró ella con determinación.- Estoy segura de que él sabe más de todo lo que ha pasado allí, si consigo que me cuente la verdad tendría un argumento y las pruebas que convencerían a los demás para no unirse a ellos.
-Aunque fuera así, ¿qué te hace pensar que no se confundirá de nuevo y volverá a intentar matarte? –Pregunté cada vez menos convencido de aquel plan; estaba claro que aquella idea tan poco recomendable solo podía ser fruto de la desesperación.
-Nada, pero lo que no puedo hacer es meter a ciegas a mi hija allí dentro. –Se defendió.- Tendré que arriesgarme a eso si quiero averiguar la verdad de todo este asunto.
-Yo iré contigo. –Afirmó Judit entrando de nuevo por la puerta; al parecer lo había estado escuchando todo desde el otro lado, y ese extraño idealismo intelectual mezclado con inocencia de ella la había llevado a considerar aquella escapada como una buena idea.- Nada me proporcionaría más placer que desacreditar a esa farsante.
Sabía que contando con apoyo, aunque fuera el de Judit, no podría convencerla de lo contrario, así que ni lo intenté… o quizá se debiera a que yo tampoco me fiaba de aquél grupo. La facilidad con la que habían convencido a Raquel del carácter divino de esa mujer que jugaba con cabezas de muertos me daba un poco de miedo; eran tiempos muy desesperados y la clase de gente que orquestaría una farsa semejante precisamente era especialista en aprovecharse de la desesperación de los demás para su propio beneficio.
-De acuerdo, me quedaré con Clara y haré lo posible por daros tiempo. –Cedí finalmente, no sin algunas reticencias que preferí guardarme para mí.- Pero si no encontráis nada, o si resulta que la historia con los militares es cierta…
-Entonces no nos quedará más remedio que asumir que esa mujer será nuestra nueva líder, y que lo que dice, sea verdad o mentira, va a misa. –Suspiró Maite.- Al final tendremos que creernos que es una enviada del Todopoderoso.
-Eso lo dudo mucho... –Replicó Judit con un bufido.

Aunque el resto de la tarde fue bastante tranquila, ya que solo un par de muertos vivientes se acercaron a la ermita que nos hacía de refugio y entre Sebas y Sergei dieron cuenta de ellos, en realidad el ambiente estaba bastante tenso, pues aunque entre nosotros no volvió a haber ninguna discusión, las conversaciones habituales para matar el tiempo se habían visto sustituidas por momentos de reflexión. No podía decir que no lo entendiera, nos enfrentábamos a un dilema que podía marcar nuestras vidas y, aunque muchos ya tenían clara su decisión, habían tenido en cuenta mi consejo de meditar sobre ello antes de pronunciarse definitivamente. Solo Clara y Andrei parecían ajenos a todo aquello mientras jugaban en la parte trasera de la ermita, bajo la atenta mirada de Katya, que no parecía demasiado contenta, y Maite, que probablemente estuviera pensando más en su viaje del día siguiente que en lo que los niños hacían.
-¿Y tú qué opinas, doc? –Me preguntó Toni mientras le limpiaba la herida de la pierna; aunque estaba curando bien, la bala que le alcanzó era de un fusil de asalto, de modo que el daño fue considerable y, pese a que no tenía motivos para pensar que no acabaría recuperando toda la movilidad del miembro, sin duda aquello le llevaría todavía una buena temporada.
-¿Qué opino de qué? –Repliqué distraído.
-Sobre lo de ese sitio. –Me aclaró.- Fuiste el único que no dejó clara su postura, y no creo que no vayas a decir nada al respecto mañana.
-Quizá porque mi posición no está del todo clara. –Respondí comenzando a vendarle de nuevo; por suerte teníamos suministros médicos para una temporada gracias al sacrificio de Agus.
-Eso no me gusta. –Exclamó frunciendo el ceño.- Quería convencerme a mí mismo de que vuestras reticencias se debían simplemente a una sana cautela, lo cual no me parecía mal, pero empiezo a pensar que debe haber algo más que eso cuando Maite está tan convencida de que unirnos a esa comunidad no es buena idea y ahora resulta que tú también estás dudando.
-No son decisiones que se deban tomar precipitadamente. –Dije diplomáticamente, o más bien para no mojarme con una respuesta más clara.
-Un lugar seguro como el que describen es más de lo que me atrevía a pensar que encontraríamos. –Confesó él.- Sí, tienen sus cosas, como lo de la cabeza de un resucitado, pero en realidad tampoco es para tanto, solo es un puto muerto.
-Lo que dices puedo entenderlo perfectamente. –Le aseguré.- Pero estamos hablando de una comunidad fundada por una secta. Lucharan contra los militares de la base, como dicen ellos, o los asesinaran, como cree Maite, no tienen las manos limpias, y utilizan resucitados en sus rituales religiosos… creo que son motivos más que de sobra para pararse a valorar antes de unirse a ellos, ¿no crees? En realidad no sabemos mucho de sus creencias.
-Con la pierna así tampoco tengo mucha elección, no puedo correr delante de un resucitado, o de un loco con un rifle.- Se lamentó.- Sergei tiene mujer y un hijo, no me extraña que no quiera arriesgarse tampoco a seguir aquí fuera. Lo que no entiendo es cómo Maite puede rechazar esta oportunidad tan felizmente teniendo una cría.
-No creo que la rechace felizmente. –Le contradije.- Maite siempre se ha preocupado de su hija, y tiene buen instinto, verla tan convencida de que ese lugar no nos conviene me hace dudar todavía más sobre si de verdad no nos conviene. Dudo que se jugase la seguridad de su hija solo por idealismo u orgullo, ¿no te parece?
-Esa niña vio como se comían a su padre, ha malvivido un mes en una tienda de campaña helándose de frío y pasando hambre, estuvo presente cuando le volaron la cabeza a Silvio, a Félix y herían a su madre después de intentar… ya sabes… y lleva viendo como todo el jodido mundo muere a su alrededor constantemente. –Enumeró Toni.- Si fuera mía la llevaría a cualquier secta de tarados que pudiera para sacarla de todo eso sin pensarlo lo más mínimo. No entiendo cómo Maite puede tener la sangre fría suficiente como para considerar que corre más peligro en ese grupo que aquí fuera, con todos esos putos muertos vivientes.
-Quizá porque ya se ha dado cuenta de que los vivos son más peligrosos que los muertos. ¿Recuerdas? Creo que eso se lo dijiste tú. –Le recordé terminando de colocarle el vendaje.- Listo, en un par de días volveremos a cambiar las vendas… o lo harán los médicos que haya allí, según acabe todo esto.
-Te escucho doc, pero supongo que sabes que si ahora se produce una votación Sergei, su mujer, Raquel, Irene, Sebas y yo votaremos a favor. –Me dijo mirándome a los ojos.- Maite y Judit se quedarían solas, salvo que decidas apoyarlas. Veo bien lo de pararse a pensarlo con detenimiento, pero esto ya está prácticamente decidido… joder, hasta Aitor lo tenía tan claro que ni siquiera ha querido volver.
-Aitor es solo un chaval. –Le hice ver.- Las decisiones precipitadas rara vez son las más acertadas, y antes de dejarse seducir por los beneficios hay que examinar a fondo los perjuicios. Maite pretende salir mañana por la mañana, y Judit va a acompañarla.
-¿Salir? ¿A dónde? –Se extrañó.
-Van a la base otra vez, creen que pueden encontrar pruebas de lo que ocurrió de verdad entre esa gente y los militares de allí. –Le contesté.
-Eso podría ser jodidamente peligroso, la última vez que fueron allí casi no logran salir, y por poco no la palma Aitor. –Observó él.
-Sí, y lo sabe, pero aun así va a arriesgarse. –Le aseguré.- Y no lo hace por ella, ella ya sabe que no quiere ir, lo hace por nosotros, para que sepamos de verdad donde nos estamos metiendo. Creo que en consideración por ese gesto podemos esperar a que regrese con lo que haya encontrado antes de decidir nada en un sentido un otro, ¿no?
-¿Esperar? –Repitió con suspicacia.- ¿Cuánto?
-Van a salir mañana a primera hora, así que deberían tenerlo resuelto esa misma mañana. –Respondí confiando en que Maite y Judit se dieran cuenta de lo difícil que iba a ser alargar aquello demasiado, sobre todo cuando la decisión ya parecían tenerla tomada esa misma tarde.
-Supongo que por esperar unas horas no pasará nada. –Cedió finalmente.- Pero no me gusta alargar esto demasiado, si esa gente se cansa de esperar podríamos perder la mejor oportunidad de volver a dormir sin preocupaciones que tenemos desde que toda esta mierda empezó.
-Soy consciente de ello. –Asentí mientras él se marchaba del improvisado consultorio en el que había transformado una de las habitaciones internas de la ermita; además de consultorio, también era el lugar donde dormía por las noches, aunque distaba de ser un lugar cómodo, pero eso era más culpa de que tuviera que dormir en un saco de dormir que de la propia ermita.
Unos segundos más tarde, cuando ya tenía todo el material médico de nuevo recogido, limpio y ordenado, alguien llamó a la puerta con suavidad.
-Pasa. –Dije mientras guardaba el rollo de vendas en la bolsa con el resto del material.
-Hola. –Saludó Irene dando un par de pasos dentro de la habitación.- Me preguntaba… desde ayer tengo un dolor entre el hombro y el cuello que no termina de irse, supongo que se debe a la tensión o al estrés, pero como eres médico he pensado…
-Siéntate. –La invité señalándole el taburete donde hasta un momento antes había estado sentado Toni.- Seguramente será lo que dices, pero echémosle un vistazo, ¿vale?
- Gracias. –Dijo ella sentándose y apartándose la camisa para dejar expuesto el lugar donde decía que le dolía.- He oído lo que hablabais Toni y tú antes.
-¿Ah, sí? –Pregunté sin darle mucha importancia mientras comenzaba a examinarla.- ¿Te duele aquí?
-No, es más arriba… ¿Sabes? No sois los únicos que habéis hablado. –Afirmó.- Sé que no eres idiota, así que iré al grano y sin rodeos, ese ruso hijo de puta está convencido de que el grupo decidirá unirse a esos tarados, pero me ha dejado muy claro hace un momento que no está dispuesto a permitir que les acompañe ni a que me acepten como a una de ellos.
-Me pregunto por qué habrá dicho algo así. –Repliqué con cierta ironía, aunque no demasiado pronunciada; sin embargo ella la captó perfectamente y me lanzó una amarga mirada como respuesta.
-Ya, vale, quizá me lo haya ganado, no quiero discutir sobre eso, pero como comprenderás esa actitud me preocupa un poco… sé de sobra que hay división de opiniones sobre mi pertenencia al grupo, y que aunque la mayoría dejasteis que me quedara no se puede decir que cuente con ningún ferviente admirador entre vosotros, al menos no tan ferviente como lo son mis detractores.
En eso tenía razón. Si bien yo había votado que se quedara, no creía que nadie fuera a dar la cara por ella… salvo quizá Aitor, pero Aitor ya había tomado su decisión y en esos momentos era parte de la secta.
-Veo cuál es el problema, pero no sé por qué me lo cuentas a mí. –Le dije mientras le palpaba el cuello.- No es como si yo pudiera hacer algo, ¿no?
-No, y no te estoy pidiendo nada, solo quiero que me respondas a una cosa: ¿crees que Maite puede controlar a ese hombre? –Preguntó sin darle más vueltas.
-Esa no es la cuestión. –Respondí negando con la cabeza.- Aunque lograras que Maite se le enfrentara por ti, cosa que dudo que hiciera, ya que ella tampoco te tiene en demasiada estima, y aunque consiguiera que Sergei reculara, una vez en estando en aquella comunidad la jerarquía del grupo quedaría disuelta por completo. Lo que Sergei quiera o no quiera que hagas te da igual, el problema es que si cuenta a esa gente lo que les hiciste a esos niños no es probable que te permitan ser parte de ellos… pero ni Maite ni nadie pueden evitar que termine contándolo, ¿entiendes?
-Entonces estoy jodida del todo. –Resumió con bastante acierto.- Mañana podría acabar viéndome sola y en la calle… ¿sabes? Creía que muchos, entre ellos tu, habíais votado ya una vez en contra de eso.
-No creo que podamos hacer nada al respecto. –Contesté con cierto pesar.- Por mucho que votemos no podemos ocultar lo que hiciste, no mientras haya una sola persona dispuesta a contarlo. Quizá apelando a su humanidad Maite se ablande, pero no creo que a Sergei le quede mucho de eso, visto lo visto.
-Está claro que no. –Se lamentó suspirando profundamente.
-Tu dolor seguramente se deba a la tensión, como decías. Te daré un calmante. –Le dije buscando uno de la bolsa donde mismo había sacado los medicamentos para Toni.- Mañana debería estar bien.
-No sé cómo, visto que la tensión y el estrés no van a disminuir. –Me contradijo agarrando la pastilla y llevándosela a la boca.- Pero gracias de todas formas.
-De nada. –Le respondí cuando se levantó y se marchó por donde mismo había venido.
Suspiré con pesar cuando se fue. Con alguien como Sergei sabiendo lo que sabía dudaba que a esa chica le esperara algo bueno en aquella comunidad, si es que acabábamos formando parte de ella… sus delitos eran demasiado graves para ignorarlos, y dudaba que una secta religiosa fuera a ser comprensiva respecto al asesinato de unos niños; pero me parecía tan injusto ese trato hacia ella como lo que hizo ella con los niños, todos merecíamos una oportunidad de sobrevivir, y dejándola abandonada a su suerte no tenía ninguna. ¿Estábamos también condenando a muerte a esa mujer si votábamos que sí a unirnos a aquella comunidad?
Sin embargo, ya por la noche, mientras me disponía a coger el sueño, se me ocurrió pensar que bien podía estar equivocado, como me solía pasar muy a menudo al juzgar a la gente. ¿Y si Maite tenía razón e Irene había tenido algo que ver con la muerte de Érica? En un principio no me lo pareció, esa chica estaba muy malherida y era propensa a los arrebatos de furia, una mezcla poco recomendable cuando tu médico te ha recomendado reposo; quizá ella misma se buscó su destino… pero también cabía la posibilidad de que hubiera tachado demasiado radicalmente las sospechas de Maite hacia Irene como prejuicios contra ella. Maite se equivocaba a veces, pero solía tener buenos instintos.
Claro que quizá solo quería culpabilizar a Irene para no sentirme mal por ella si realmente terminaba quedándose sola en un mundo como en el que vivíamos y así poder conciliar el sueño.

-Tengo que preguntarlo una vez más, ¿estás completamente segura de hacer esto? –Le pregunté a Maite a la mañana siguiente.
“Mañana” por decir algo, pues apenas estaba saliendo el sol en el horizonte y el cielo aún estaba oscuro; de hecho la mayoría de los demás seguían durmiendo, solo Judit, que iba a partir con ella, y Clara, que salía a despedir a su madre, estaban ya en pie.
-Completamente. –Aseguró ella dejando el rifle junto al asiento del conductor antes de agacharse para abrazar a su hija.- No te preocupes cariño, estaré de vuelta enseguida, ya verás, y luego ya no iré a ninguna parte, te lo prometo.
La niña no respondió, solo se dejó abrazar y miró con una cara ligeramente triste como su madre se metía en el vehículo pintado de camuflaje y lo arrancaba. Judit se sentó en el asiento del copiloto, quizá más convencida todavía que Maite de hacer aquello, lo cual no sabía si me parecía buena señal o mala. Judit era una mujer lista, eso era innegable, pero me parecía más lista en la teoría que en la práctica, no sabía si era del todo consciente del riesgo en el que se encontraba permanentemente.
Aun así, no quise decirles que tuvieran cuidado, en primer lugar porque ya lo sabían, y en segundo porque no quería preocupar más a Clara; su madre la había convencido de que su ausencia sería corta y no tenía ningún riesgo, así que no quería darle la impresión contraria diciendo algo inapropiado.
-Intentaré que esperen a que volváis antes de tomar una decisión. –Les prometí a las dos.
- Gracias Luís. –Respondió Maite antes de que el vehículo comenzara a rodar carretera abajo y atravesara el espacio entre los muros, perdiéndose de vista tras los árboles.
-¿Quieres que vayamos a desayunar? –Le pregunté Clara, que parecía como ausente.
-Vale. –Respondió con desgana mientras nos poníamos en camino de vuelta al interior del a ermita.- Luís, ¿por qué mi mamá siempre tiene que irse?
La pregunta me pilló un poco desprevenido, y hacía muchos años que mi hijo no era un niño pequeño, así que estaba un poco oxidado en el trato con críos, pero aun así traté de explicárselo de forma sencilla.
-Tu mamá se está asegurando de que el sitio donde nos han invitado a ir es lo bastante bueno como para quedarnos a vivir allí. –Respondí.- Tú no te preocupes, cuando regrese ya no volverá a irse, como te ha dicho antes, ya lo verás.
-¿Quién se ha ido? –Me sorprendió la voz de Raquel desde la puerta de la ermita.- He oído un coche, ¿se ha ido alguien?
-Maite y Judit. –Le confirmé asintiendo con la cabeza.
-¿Las dos solas? –Se extrañó.- ¿A dónde?
-A la base militar. –Exclamé.
-¿A la ba…? –Replicó ella atónita.- ¿Por qué? ¿Para qué?
-Quieren encontrar alguna prueba de que esa gente no son lo que dicen ser. –Le expliqué.- Creen que pueden encontrar algo allí que los incrimine con los militares muertos.
-¡Oh Dios! –Gimió, pero se cortó cuando vio a Clara a mi lado.- ¿Y te han dejado sola, cariño?
-Sí. –Confesó ella agachando la cabeza.
-No te preocupes. –Le dijo Raquel arrodillándose a su lado.- Seguro que mamá vuelve enseguida, como siempre, ¿verdad?
-Verdad. –Respondí yo, ya que esa última pregunta iba dirigida hacia mí.- Y cuando haya vuelto veremos que nos cuenta y votaremos si vamos a ese sitio o no. ¿Puedes llevarla a desayunar algo? Quiero hablar con los demás de esto cuanto antes…
Raquel me captó fácilmente, pero no me quitó el ojo de encima cuando me encaminé al interior de la ermita. Sebas o Irene no iban a ser ningún problema a la hora de convencerle de alargar la espera, uno por sumiso y la otra porque le convenía, la prueba más difícil sería convencer a Sergei de que esperara a que ellas volvieran antes de decidir nada.
Me imaginé que era mejor que lo habláramos en privado, no delante de todo el mundo, pues lo último que quería era que aprovechara para soltar un sermón oportunista que hundiera mis intentos de darle tiempo a Maite, así que para ello fui hasta la habitación que él y su familia utilizaban como dormitorio y llamé a la puerta.
-¿Qué pasa? –Me preguntó no de muy buen humor tras abrirme.
-¿Podemos hablar un momento? En privado. –Le pedí amablemente.
Como no había nadie en el pasillo se limitó a salir y cerrar la puerta de la habitación.
-¿Qué ocurre? –Inquirió frunciendo el ceño.
-Vamos a posponer lo de decidir si vamos o no a ese sitio unas horas. –Le dije con suavidad.
Esperaba que estallara, pero lo único que hizo fue cruzarse de brazos y mirarme con curiosidad.
-¿Y eso por qué? –Quiso saber.
-Vamos a esperar a que Maite regrese, ha salido con Judit hacia la base militar, creen que pueden encontrar al tipo que hizo sonar las campanas y averiguar lo que pasó realmente allí con los de la secta.
-¿Y eso quién coño lo ha decidió? –Exclamó conteniendo la ira.- ¿Ella misma por su cuenta?
-Sí. –Admití.- No es una idea que me guste por el peligro que representa, pero estoy de acuerdo en saber todo lo posible de esa gente antes de unirnos a ellos.
-Y vienes a contarme esto el último, después de haber convencido a todos los demás de retrasar la decisión, ¿no? –Observó sagazmente.- Muy listo, doctor.
-Esto no es una lucha de egos, Sergei. –Intenté hacerle comprender.- No se trata de quien la tienes más larga, si tú o Maite, se trata de nuestro futuro, de el de todos, pues si os vais la mayoría los que no lo tenemos tan claro tendremos que hacerlo también, ya que siendo tan pocos no tenemos posibilidades de sobrevivir.
-No doctor, de lo que se trata es de que esa gente no va a esperarnos para siempre. –Me contradijo él.- ¿Crees que no tienen nada mejor que hacer que quedarse ahí plantados hasta que les digamos algo? Por lo que a mí respecta esto es solo un intento de Maite para forzar la decisión… como sabe que no puede ganar la votación la retrasa todo lo posible, a ver si con un poco de suerte el tío que nos tiene que esperar en el pueblo se ha largado.
-¿De verdad crees que Maite sería tan retorcida? –Afirmé espantado por aquella acusación.
-¡Espabila! ¿En qué mundo crees que vives? –Repuso exasperado.- La cosa está jodida y la gente hace lo que le conviene para sobrevivir, y vosotros, como idiotas, picáis siempre el anzuelo. ¡Si hasta aceptasteis a una asesina de niños entre vosotros! ¿Qué clase de líder permite algo así?
-Ella tenía tan pocos motivos como tú para quererla entre nosotros…
-Eso no será más un problema, cuando estemos con nuestra nueva gente esa tía será carne de resucitado. –Dijo con total indiferencia.- Entiende una cosa doc, si he accedido a esto hasta ahora es por puro altruismo, porque sin mí seguro que acabaríais desperdiciando esta oportunidad dejándoos convencer por ella. Pero ninguna votación va a cambiar mi decisión, ya lo dije ayer y lo repito hoy, decidáis lo que decidáis mi familia y yo vamos a unirnos a esa comunidad, estén lo tarados que estén y hayan hecho lo que hayan hecho… y no vamos a esperaros eternamente, si a mediodía no habéis tomado una decisión nosotros nos largaremos, sin más prórrogas ni dilaciones, ¿entiendes? Vuestra “líder” que os maree lo que quiera, pero a mí no.
“Si no quieres una líder que te maree no pretendes ir al lugar adecuado” me dije, pero me cuidé mucho de comentarlo en voz alta, pues no creía que ese hombre apreciara ese tipo de bromas.
-Vale. –Cedí; le había conseguido a Maite unas cuatro horas, sería mejor que eso fuera suficiente, porque de lo contrario Sergei se marcharía, y probablemente con él alguien más, forzando de igual manera la decisión para el resto.
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Belthazor
 
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Re: Crónicas zombi: Orígenes

Notapor Belthazor » Jue, 13 Feb 2014, 12:55

CAPÍTULO 16: MAITE

Si hubiera tenido que definir con una palabra cómo me sentía ésta habría sido “frustración”. Frustración por no haber sido capaz de transmitir al resto del grupo el peligro que representaba el unirnos a esa secta fatalista; frustración por tener que volver a la base militar en un desesperado intento de hacer que entraran en razón; frustración porque Aitor hubiera decidido quedarse en ella, porque Raquel creyera que esa mujer tenía poderes divinos y porque Sergei estuviera empeñado en formar parte de ellos pasara lo que pasara; y frustración por tener que dejar a mi hija a cargo de Luís una vez más para hacer el trabajo sucio.
En aquellos momentos, conduciendo de vuelta a la base junto a Judit, la única que estaba tan convencida como yo de que todo aquello era una farsa, me sentía más hastiada del liderazgo que nunca. De no ser porque, de hacerlo, acabaríamos obedeciendo las órdenes de Sergei, habría abandonado en ese mismo instante, pues todo aquello me suponía una presión que no necesitaba.
-¿Se va por aquí a la base? –Preguntó Judit mirando la carretera.
-Estoy dando un rodeo. –Le expliqué.- No quiero pasar cerca de donde nos encontraron los tipos esos, por si están vigilando la zona.
-Oh… ¡Espera! ¡Para ahí! –Exclamó de repente señalando un grupo de coches abandonados junto al arcén de la carretera.
-Tenemos un poco de prisa… -Le recordé; no venía mal revisar lo que pudiera haber en los coches, pero no creía que fuera tan urgente como lo que estábamos haciendo.
-Será solo un segundo. –Replicó tan convencida que preferí hacerle caso y detuve el coche.
Más que abandonados, lo que me pareció cuando paramos junto a ellos fue que esos tres coches se habían salido de la carretera y habían chocado contra un grupo de rocas. Uno de ellos, el único que no tenía aspecto de haberse estrellado, era de la guardia civil, y fue hacia el que Judit se dirigió rápidamente en cuanto bajó del vehículo.
-¡Espera! –La llamé bajando yo también con el fusil en la mano.- Podría ser peligroso… ¿por qué hemos parado aquí?
-Quiero comprobar una cosa. –Respondió ella misteriosamente agachándose junto al coche.- ¿Qué crees que pasó aquí?
-No lo sé. –Tuve que admitir tras observar todo aquello con detenimiento.- Parece que hubo un accidente, quizá la guardia civil se detuvo a ayudar… si hubo algún muerto es posible que se transformara, veo restos de sangre por el suelo.
Se me ocurrió mirar en el maletero mientras ella rebuscaba en los asientos delanteros, y allí encontré, además de un montón de cosas que no nos valían para nada, una escopeta y munición extra para ella.
-Premio. –Exclamé al darme cuenta que no había sido una pérdida de tiempo detenernos allí.- He encontrado un arma Judit.
-Yo el cadáver del conductor. –Dijo mostrándome una pistola dentro de su funda, enganchada al cinturón que me le había quitado al cuerpo.- Creo que ya podemos seguir. ¿Ves? No hemos perdido ni dos minutos.
-Vamos. –Asentí cargando con la escopeta y los cartuchos de munición y metiéndolos dentro del coche antes de volver a ponernos en marcha.
-¿Me puedo quedar la pistola? -Preguntó cuando ya estábamos acercándonos a la base militar.- Me sentiría más segura con ella… no niego que, aunque quiera desacreditar a la líder de esa secta más que nada, esto me asusta un poco.
-Quédatela. –Le permití.- Pero no la utilices a menos que sea imprescindible, no queremos llamar la atención de la gente del pueblo, ni de los resucitados que pueda haber por aquí.
-De todas maneras no sé utilizarla. –Dejó caer mirando el arma con curiosidad científica.
-¿Entonces para qué…? ¿Sabes qué? Da igual, ya hemos llegado. –Dije aparcando el tema cuando alcanzamos la entrada a la base.
El coche con el que fuimos la primera vez estaba todavía allí, aparcado frente a la verja y con las llaves puestas… quizá eso fuera señal de que nadie había ido a ese lugar desde que lo hicimos nosotros, pero no podía estar segura.
-Ahora cuidado, ¿vale? –Le advertí a Judit colgándome el rifle a la espalda.
-Vale pero… ¿no queremos justamente lo contrario? –Preguntó confundida.- Es decir, queremos que ese hombre nos encuentre, ¿no es eso?
-Sí, pero aquí podría haber todavía resucitados. –Señalé.- No quiero caer en lo mismo dos veces seguidas. Tenemos un par de horas hasta el mediodía, tiempo más que de sobra para que nos vea si está por aquí. Vamos.
Nos pusimos en marcha. En principio no teníamos ningún lugar específico por dónde empezar a buscar, tan solo dar vueltas para que él nos viera y estar atentas por si le veíamos nosotros, pero se me ocurrió que quizá en los alrededores de la iglesia, el lugar donde lo vimos por primera vez, tuviéramos más posibilidades.
-No te lo he dicho antes, pero me sorprendió gratamente ver que no te dejaste embaucar por las percepciones que sí engañaron a Raquel y a Aitor en aquella ceremonia. –Soltó de repente Judit.
-¿Qué quieres decir? –Le pregunté confundida.
-Yo también sentí cosas cuando aquella cabeza cortada la mordió. –Confesó.- Y estoy segura de que tú también, pero no te dejaste engañar.
-Sí. –Admití un poco dubitativa.
Lo había sentido, exactamente lo mismo que relataron tanto Raquel como Aitor… como si una poderosa presencia se hubiera introducido en la basílica. Pero a diferencia de ellos no estaba tan dispuesto a darle credibilidad a aquello, y no porque fuera una escéptica empedernida, como Judit, sino porque el instinto me decía que detrás de aquello no había nada bueno. Nunca fui una mujer demasiado religiosa, pero dudaba que una manifestación del Todopoderoso pudiera despertar en mí tal desconfianza e inquietud… se suponía que Dios era paz y amor, no confusión y suspicacia.
-Sospecho que ese sentimiento de religiosidad tan repentino tiene su origen… -Comenzó a decir, pero no supe donde tenía su origen porque en ese mismo instante una persona armada con un fusil de asalto militar salió de detrás de la iglesia y nos apuntó con su arma.
Mi reacción fue inmediata, agarré el rifle y le apunté a él, que no era la persona que habíamos ido a buscar allí… o al menos no lo parecía. Vestido con una desgastada pero limpia chaqueta de cuero marrón, aquel hombre nos miró con desconfianza sin dejar de encañonarnos. Judit sacó torpemente su pistola, pero antes de que pudiera unirse a aquel duelo de armas apuntando otro tipo apareció a nuestra espalda.
-¿Quién coño…? –Balbuceé alternando la mirada entre uno y otro, atenta a que ninguno intentara abrir fuego, pues el segundo hombre también iba armado.
-¿Y vosotras de donde cojones salís? –Exclamó el primero de ellos.
-¿Quiénes sois vosotros? –Les interrogué yo poco dispuesta a responder a sus preguntas mientras nos estuvieran amenazando.- ¿Qué hacéis aquí?
-¿Ese cabrón tiene cómplices? –Le preguntó el segundo hombre al primero.
-¿Yo qué coño se? –Le respondió éste.
Una tercera persona se acercó corriendo, aunque aquella resultó ser una mujer, pero iba igualmente armada con un fusil de asalto… su cara ya la había visto antes, y no fue hasta que se plantó a unos metros de nosotras y escupió al suelo cuando la reconocí del todo. Creía recordar que su nombre era Sara, y pertenecía a la secta. Evidentemente ella también nos reconoció, ya que fue parte del grupo que nos llevó hasta su comunidad cuando nos encontramos.
-¿Qué cojones estáis haciendo aquí? –Preguntó frunciendo el ceño y levantando también su fusil.
-¿Las conoces? –Quiso saber uno de los hombres.
-Sí, estuvieron en la ceremonia de ayer, ¿no lo recordáis? –Respondió ella escupiendo en le suelo.- Son del grupo de la ermita.
-¿Y qué hacen aquí? –Masculló el otro.
-¿Qué hacéis vosotros? –Intervine yo harta de que tres armas me estuvieran apuntando mientras que yo solo podía encañonar a uno de ellos.- Se supone que este lugar está vacío, ¿qué estáis buscando?
-Eso no es de tu incumbencia. –Replicó Sara no muy satisfecha de tener que responder a mis preguntas.- Tenemos asuntos que resolver aquí.
-¿Algún soldado superviviente que rematar? –Inquirí sarcásticamente.
-¿Qué coño dices? –Escupió el de la chaqueta de cuero.
-A lo mejor no deberíamos provocarles. –Me susurró Judit visiblemente asustada.
-¡Está ahí! –Gritó el otro señalando al tejado de la iglesia.
Sobre él, un hombre vestido con algo parecido a una capa negra con capucha se apoyaba en el campanario mientras nos vigilaba… o lo hacía hasta que todos giraron sus armas hacia él y abrieron fuego. Instintivamente arrastré a Judit al suelo cuando las balas comenzaron a volar, pues ya tenía experiencia con ese tipo de tiroteos y sabía que una bala perdida podía ser más peligrosa que un muerto viviente.
-¡Maldita sea! ¿Dónde se ha metido? –Gruñó Sara cuando cesaron los disparos; me atreví a alzar la mirada y vi que el tipo de la capa había desaparecido del tejado.
-¡Vamos! ¡Ya casi le tenemos! –Exclamó uno de los hombres.
-¿Y qué hacemos con ellas? –Preguntó Sara parándose frente a nosotras.
-Han visto demasiado. –Sentenció él.
-Pero iban a ser parte de los nuestros… -Objetó ella apuntándonos de nuevo con su fusil; por haberme lanzado al suelo sobre Judit me había quedado desarmada, no podría agarrar el rifle y disparar antes de que ellos nos acribillaran a balazos por intentarlo.
-La pistola. –Le susurré entre dientes a Judit, todavía estaba sobre ella y podía intentar dármela sin que la vieran.
-Pero no son de los nuestros. –Corrigió el hombre dedicándonos una dura mirada.
Judit me puso disimuladamente la pistola en la mano, pero no creía que pudiera lograrlo, Sara ya estaba preparada para ejecutarnos allí mismo, y en lo único que podía pensar era en cómo se iba a sentir Clara cuando no regresara con ella.
-Lo siento. –Dijo poniendo el dedo en el gatillo.
-¡Ahí está otra vez! –Gritó alguien; de repente Sara abrió mucho los ojos y un segundo más tarde, cuando en el aire volvían a llover las balas, cayó al suelo de boca con un puñal clavado en la espalda.
-¡Hijo de puta! –Bramó el de la chaqueta de cuero; el hombre de negro se movía rápido entre los edificios, pero nadie podía ser más rápido que las balas eternamente.
-¡Quédate en el suelo! –Le ordené a Judit mientras me incorporaba para disparar a uno de los agresores.
No era el primer hombre que mataba, pero quizá si al que mataba estando perfectamente lúcida y sabiendo lo que hacía. Sin embargo, cuando cayó con un disparo en el estómago no me sentí culpable… esa gente había intentado matarnos.
Al girarse y ver lo que había hecho, el único superviviente sufrió un arrebato de ira y se lanzó a por mí con el fusil en la mano, más dispuesto a matarme a golpe que disparándome con él. Pero el extraño hombre de negro apareció oportunamente y le hizo un placaje con el que ambos cayeron al suelo dando vueltas. Para cuando se libraron el uno del otro, el sectario tenía el cuello cortado y sangraba como un cerdo, mientras que su asesino agarraba en su mano derecha un cuchillo ensangrentado.
Intenté dar un paso hacia él, pero inmediatamente estiró la mano del cuchillo y me apuntó con ella. Levanté las manos para indicarle que no pretendía hacerle daño… después de todo habíamos ido hasta allí para hablar con él, para escuchar lo que tuviera que decir, que tras lo que acababa de ocurrir no dudaba que sería mucho.
-No somos parte de ellos. –Le dije apaciguadoramente.- No hemos venido a atacarte, solo queremos respuestas.
El hombre giró la cabeza tan rápido hacia mí que temía que se hubiera quebrado el cuello. Bajo aquella capa negra había una densa melena negra, acompañaba por una desaliñada barba que le cubría toda la cara; el único rasgo que se podía distinguir bajo esa mata de pelo eran unos desconfiados ojos azules que me miraban con un deje de locura para nada tranquilizador. Aunque la barba engañaba, no debía tener más de treinta años, y por lo que acababa de hacer estaba claro que se conservaba bien físicamente, así que cabía la posibilidad de que él mismo hubiera sido uno de los militares de la base.
El sectario degollado dejó de moverse y los estertores cesaron mientras le sostenía la mirada a aquel extraño personaje.
-Se levantarán. –Dijo con una voz ronca por no haber hablado en mucho tiempo.
-Lo sé. –Asentí.- Nos has salvado la vida, gracias… me llamo Maite, ella es Judit, ¿tienes un nombre?
-¡Por supuesto que tengo un nombre! –Replicó ofendido; su reacción fue tan brusca que me hico dar un paso atrás, hasta quedar al lado de Judit, que en esos momento se levantaba del suelo y observaba con aprensión los cadáveres del suelo.- No estoy loco.
-Nadie ha dicho que lo estés, pero a lo mejor preferías permanecer en el anonimato. –Improvisé, lo cierto es que sí creía que estaba un poco loco, pero ya contaba con ello… ¿qué otra explicación había si no para alguien que vive solo en una base militar tomada por los muertos vivientes?
- Gonzalo. –Dijo.- Mí nombre es Gonzalo Medina, sargento Gonzalo Medina en realidad.
-¿Eras militar? ¿Del ejército? ¿Por qué los de la secta querían matarte? –Pregunté entusiasmada al creer que por fin había encontrado lo que buscaba, alguien que supiera la verdad sobre qué había ocurrido en ese lugar.
-¿Conoces la secta? –Exclamó perplejo.
-Creo que acaban de intentar matarnos también. –Observó acertadamente Judit.- Eso no ayuda a que quiera unirme a ellos.
-¿Uniros a ellos? –Replicó volviendo a alzar el cuchillo.
-¡No! –Me interpuse.- No queremos unirnos a ellos, sino todo lo contrario, queremos saber lo que hicieron aquí, a lo mejor tú puedes contárnoslo.
-¿Por qué queréis saberlo? –Inquirió suspicaz.- Eso no le importa a nadie, ¡a nadie!
-A nosotros sí. –Le contradije.- Somos parte de un grupo, llegamos a esta zona hace solo unos días, nos escondimos en la ermita, pero ayer nos topamos con la secta. Nos ofrecieron unirnos a ellos, pero vimos una de sus misas y queremos disuadir al resto para que no lo hagan. Tal vez si nos contaras…
-¿Visteis una de sus misas? –Quiso saber con interés.- ¿Visteis la cabeza?
-Sí. –Aseveré, lo que hizo que se rascara la barba varias veces mientras pensaba.
-Será mejor que hablemos en un lugar más seguro. –Nos indicó señalando a un par de muertos vivientes que se acercaban, sin duda atraídos por el ruido de los disparos de antes.
Antes de guiarnos a ese lugar más seguro remató a los tres sectarios muertos apuñalándoles en la cabeza, no parecía sentir tampoco ningún remordimiento por haber matado a dos de ellos, pero no me extrañó teniendo en cuenta que a él también habían intentado matarle. Yo, por mi parte, recogí las armas de los sectarios rematados, que vendrían bien en nuestro arsenal.
-Creo que está un poco ido de la cabeza. –Murmuró Judit cuando comenzamos a seguirle a donde fuera que nos estuviera llevando.
-Un poco sí. –Tuve que admitir.
Su refugio se encontraba dentro de la iglesia profanada, como ya me había imaginado. En una habitación contigua al altar tenía un saco de dormir militar, una mochila, un fusil del ejército sin balas y muchas raciones de comida vacías tiradas por todas partes. Judit y yo nos sentamos en una esquina limpia de porquería, mientras que él lo hizo sobre el saco de dormir. El olor a putrefacción que se colaba por la puerta era intenso, pero soportable, aunque no entendía cómo no había enfermado viviendo al lado de un montón de vísceras putrefactas e insectos necrófagos.
Todo aquello afectó especialmente a Judit, que de los tres era la única que no había visto todavía ese lugar por dentro.
-Me parece que voy a vomitar. –Gimió cubriéndose la nariz y la boca con la manga del jersey.
-No he limpiado este sitio porque el olor mantiene alejados a los reanimados. –Se disculpó quitándose la capa negra y echándola a un lado.- Tampoco recibo muchas visitas…
-No importa. –Dije yo.- Entonces, ¿qué fue lo que pasó aquí?
-Fue esa mujer. –Se lamentó.- Ella lo empezó todo cuando empezó a realizar sus… milagros.
-¿Milagros? –Replicó Judit, pero inmediatamente volvió a cubrirse la boca asqueada.
-A falta de un nombre mejor. –Asintió él.- Recuerdo la noche en que se fueron como si hubiera pasado ayer. Su gente se rebeló, abrió las puertas y ella pasó entre los muertos vivientes sin que se volvieran a mirarla siquiera… después de eso era imposible no creer en ella.
-¿Por qué no empiezas desde el principio? –Le sugerí con la intención de obtener un relato más ordenado.
-Vale… vale –Consintió respirando profundamente.- Al principio vinieron muchos civiles a refugiarse tras nuestras vallas, y acogimos a todos los que pudimos, pero otros no tuvieron tanta suerte… eso cabreó a mucha gente, os lo podéis imaginar, pero nuestros recursos eran limitados. Tuvimos que imponer obediencia militar, teníamos que hacer que este sitio funcionara, y eso gustó menos aún, pero no fue hasta que ella y su grupo comenzaron a rebelarse abiertamente cuando la cosa se puso fea. Solo eran unos pocos al comienzo, no le dimos importancia, pero cuando pudieron imponerse y abrir las puertas y los muertos no la atacaron… fue la locura.
-¿Qué pasó? –Pregunté interesada.
-Todos los de su grupo decían que debía ser ella la que mandara, porque esa era la voluntad de Dios, pero como comprendéis no estábamos dispuestos a dejar el control de la base en manos de una supuesta iluminada, por muchos milagros que realizara… así que decidieron irse. La siguieron, literalmente, por la ciudad hasta la basílica.
-¿Todos? –Me extrañé.
-No, todos no, solo sus seguidores, o los que creíamos que eran todos sus seguidores. –Se corrigió.- Dejó a muchos dentro porque tenía un plan mucho más perverso en mente. Por la noche ese grupo robó las armas y se hizo con la base por la fuerza… nos superaron, creíamos que con esa gente fuera dentro estábamos a salvo, pero nos equivocamos, y lo pagamos muy caro…
-Entiendo que resulte doloroso. –Quise parecer comprensiva.
-No sé si sobrevivió alguien además de mí mismo. –Continuó sin hacer caso a mis palabras.- Mataron a mis compañeros, a mis superiores, a mis subordinados… los ejecutaron. Luego robaron todo y formaron su zona segura alrededor de la basílica. Yo vi cómo clavaban la cabeza del comandante en un báculo y… y…
-¿Qué pasó con el resto de civiles, con los que no eran parte de la secta? –Pregunté con temor, pues cada vez veía con más claridad la clase de grupo que era la gente de la basílica… una pandilla de chalados religiosos, tal y como había dicho, pero además unos asesinos.
-Dijeron que quienes no estaban con ellos eran parte de este mundo condenado, y que por tanto no debían vivir. –Me explicó.- Los mataron, pero eso fue después, cuando los clavaron en estacas, primero…
-Les sacaron la piel. –Terminé la frase horrorizada; cuando fuimos a esa capilla por primera vez el altar estaba lleno de…
-Su piel sigue aquí, en el altar, que profanaron porque según ellos representaba la idolatría y la falsa religión que condenaron al mundo.
Judit y yo intercambiamos una mirada… ya teníamos todo lo que necesitábamos, de modo que me puse en pie, tan bruscamente que Gonzalo se sorprendió un poco.
-Coge tus cosas, nos vamos. –Le dije cargándome el rifle a la espalda.- Mi grupo tiene que saber esto antes de que en su ignorancia decidan unirse a esa gente.
-Y no te lleves esa capa. –Le pidió Judit.- Apesta casi tanto como este lugar…

-¡Lo de este tío debe ser una broma! ¿No? –Bramó Sergei después de que, tras reunirnos todos dentro de la ermita, el sargento Gonzalo Medina, también conocido como “hombre de negro” volviera a contar la verdad sobre lo ocurrido en la base militar con los sectarios.
-No es ninguna broma. –Le contradije.- Esos chalados intentaron matarle, intentaron matarnos a Judit y a mí, además de que su historia encaja.
-La historia que según tu cuentan ellos también encaja. –Replicó el ruso.- ¿Por qué tenemos que creer a este chiflado apestoso?
-¡No estoy loco! –Protestó Gonzalo.- Y la capa…
-Lo ha pasado mal, precisamente por culpa de esa gente a la que quieres unirte. –Salí en su defensa.- Creo que está claro que esa no es la comunidad idílica que querían hacernos creer, se ha levantado a base de sangre por una líder que les hace creer que es una enviada de Dios.
-¿Qué pruebas tenemos de que eso último no es cierto? –Intervino Raquel.- Él mismo ha dicho que fue un milagro que saliera fuera de la base y los resucitados no le mordieran.
-Si es una enviada es de Lucifer, no de Dios. –Masculló Gonzalo sentándose en una esquina.- El demonio domina las almas de los muertos y le ha otorgado ese don a su elegida para gobernar un mundo destruido…
- Genial, ya está delirando. –Bufó Sergei con desprecio.
-¿Qué opináis los demás? –Quiso saber Sebas, indeciso en los momentos críticos, como siempre.
-Puede que este tío esté mal de la cabeza y su ropa no huela precisamente a rosas. –Exclamó Toni.- Pero yo siempre me he creído eso de “piensa mal y acertarás”, entre creer que los vencedores son los buenos de la historia y creer lo que él dice me quedo con esto. Sé que es doloroso, que todos nos habíamos hecho ilusiones de tener un lugar a salvo, pero sabiendo esto paso. Podía tolerar que fueran unos fanáticos religiosos, pero no que también sean unos asesinos.
-Me temo que yo también he de pronunciarme en contra. –Añadió Luís pausadamente.- Pienso que un grupo así es peligroso, si matan a los vivos y utilizan cabezas de muertos en su rituales no son de fiar. No creo que sea la clase de comunidad que estamos buscando. De hecho creo que deberíamos marcharnos de aquí cuanto antes ahora que saben dónde estamos, podríamos correr peligro.
-Estoy de acuerdo. –Asintió Sebas posicionándose con la mayoría.
-¡Por favor! –Gruñó Sergei al ver que el grupo le iba abandonando.- Puede que hayan matado a gente, ¿y qué? ¿Quién tiene las manos limpias en estos tiempos? Lo importante es que tienen muros, armas, comida y nos han ofrecido ser parte de ellos.
-Unirse a esa gente es vender tu alma al diablo. –Masculló Gonzalo.
-Creo que el chalado este ya ha dicho suficiente tonterías por hoy. –Replicó el ruso.- ¿No podéis hacer que se calle?
-Creo que la mayoría ha hablado. –Anuncié con satisfacción.- Si alguien quiere marcharse con ellos está en su derecho, pero los demás nos vamos de aquí.
Sergei dio un manotazo en el aire, se dio la vuelta y se marchó hacia el exterior. Katya me miró con aprensión antes de coger a Andrei y salir tras él… sabía lo que significaba esa mirada, era miedo. Ella ya estaba poco convencida de lo que a ese grupo se refería, pero después de escuchar la historia de Gonzalo no le debía quedar ninguna duda; sin embargo Sergei se empeñaría en que los dos se fueran con él… y yo no iba a permitirlo a menos que esa fuera la voluntad de ella. Ese ruso mafioso llevaba demasiado tiempo haciendo lo que a él le daba la gana, y allí él no era nadie para decidir por los demás, ni siquiera por su mujer.
-¿Y qué pasa con Aitor? –Preguntó Raquel con preocupación.- Él no sabe nada de todo esto.
Era una pregunta difícil, no teníamos forma de hacerle llegar un mensaje, y aunque así fuera quizá solo le pusiéramos en apuros haciéndolo si esa comunidad le había acogido de buen grado. Tristemente lo único que podíamos hacer era desearle suerte y seguir sin él.
“Chiquillo idiota” pensé con fastidio… pero era lo que pasaba por tomar decisiones importantes por puro despecho en lugar de pensarlas a fondo antes.
-Me temo que ya no podemos hacer nada, Raquel. –Le dije con suavidad.- Tomó su decisión y ahora no puede echarse atrás, con esa gente podríamos ponernos en peligro a nosotros y a él mismo si le contamos lo que sabemos. Tendremos que seguir adelante sin él.
Le costó asimilar el golpe, pero al final asintió un par de veces antes de tener que secarse un par de lágrimas que comenzaron a brotar de sus ojos. Me hubiera gustado poder consolarla, pero había otros asuntos que reclamaban mi atención. Mientras los demás se dispersaban me acerqué a Sebas, que tampoco parecía muy feliz de la decisión que habíamos tomado.
-¿Va todo bien? –Le pregunté al detenerme a su lado.
-Sí… bueno, un poco decepcionado, eso es todo. –Respondió encogiéndose de hombros.
-Necesito que hagas una cosa. –Le pedí.- Estoy segura de que Sergei querrá irse, pero al hacerlo intentará llevarse también por la fuerza a Katya y Andrei. Quiero que le vigiles y me avises si intenta algo así, ¿de acuerdo?
-Eh… de acuerdo, vale. –Accedió un poco impresionado.- Pero Katya es su mujer y…
-Es su mujer, no su esclava. –Le reprendí.- Puede tomar sus propias decisiones, no voy a dejar que se la lleve contra su voluntad, ¿entiendes?
-Entiendo.- Asintió inmediatamente asustándose de mi tono.
- Gracias. –Le dije antes de dejarle y salir en busca de Clara; le había pedido que esperara en nuestra habitación mientras hablábamos porque no creía que el contenido de lo que se tenía que decir fuera adecuado para los oídos de una niña, pero antes de conseguirlo Luís me abordó.
-Irene no está. –Exclamó con preocupación.
-¿Cómo que no está? –Repliqué sin comprender.- Estaba aquí hace un momento.
-Pero ahora ya no. –Insistió.- En cuando tu amigo de la base terminó su historia se levantó y salió de la sala, pensaba que estaría en su dormitorio pero no está, y sus cosas tampoco.
Durante los últimos días había tenido demasiadas cosas en la cabeza como para preocuparme por Irene. Seguía sin gustarme que estuviera con nosotros, y mis sospechas de que tuvo que ver con la muerte de Érica no se habían disipado, de modo que si había decidido marcharse me parecía estupendo… mi único temor era que se echara atrás y decidiera volver antes de que nos hubiéramos ido nosotros también y la perdiéramos para siempre.
-No podemos salir a buscarla ahora. –Le dije.- No sabemos a dónde ha ido… a lo mejor al saber que ese lugar está lleno de asesino ha decidido unirse a ellos para estar entre los suyos.
-Ya, pero estoy hablando en serio. –Protestó Luís.- Deberíamos al menos fingir preocupación porque un miembro de nuestro grupo desaparezca.
-Y lo hago. –Contesté.- Pero no puedo hacer nada por Aitor, y tampoco puedo hacer nada por ella. Ahora, si me disculpas, quiero ver a mi hija.
El doctor se echó a un lado, aunque al ver la mirada de reproche que me dedicó supe que aquello no había acabado. Sin embargo lo último que tenía en mente en ese momento era preocuparme por Irene con todo lo que tenía ya en la cabeza.
-¿Clara? –Llamé a mi hija cuando la vi en la habitación mirando por la ventana, que daba al patio trasero de la ermita, sentada en una banqueta.
-¿Qué pasa mamá? –Me preguntó girando la cabeza rápidamente, parecía preocupada por algo.
-Ve recogiendo las cosas, nos vamos de aquí. –Le dije.
-¿Vamos a ir al sitio ese donde fuiste ayer? –Quiso saber levantándose de la banqueta.
-No cariño, nos vamos… -No sabía decirle a dónde íbamos a ir porque realmente no sabía hacia donde podíamos dirigirnos; se me habían acabado las ideas.- Vamos a buscar otro sitio.
-¿Es por lo que ha dicho el tipo raro ese que has traído? –Preguntó fingiendo inocencia, pero no me engañó ni por un segundo.
-¿Has escuchado lo que se ha dicho? –La interrogué
-Bueno… un poco. –Contestó poniéndose colorada.
Suspiré con resignación, pero a la vez me sentí muy tonta. ¿Qué sentido tenía intentar esconderle unos asesinatos cuando había visto morir a tanta gente y vivía rodeada de cadáveres revividos? Quizá cuanto antes se diera cuenta de que la gente viva tampoco era de fiar mejor le iría.
-Sí, es por lo que ha dicho él. –Le confirmé.- Esa gente es peligrosa, ¿entiendes? Puede que más que los muertos vivientes, así que vamos a alejarnos todo lo posible de ellos.
-Vale. –Exclamó asintiendo con la cabeza.- Creía que íbamos a enterrar a papá aquí… es un sitio bonito.
Lo último que necesitaba en ese momento era que me recordara eso… pero quizá ella tuviera razón, era un sitio tan bueno como cualquier otro para darle el ya demasiado retrasado último adiós a su padre. A lo mejor cuando estuviera hecho pudiera empezar a pasar página, y puede que incluso pudiera yo también.
-¿Sabes qué? Creo que aunque vayamos a irnos podemos hacerlo aquí. –Le dije agachándome a su lado y cogiéndola de las manos.- Es un lugar bonito, y así aunque viajemos mucho siempre sabremos donde está. ¿Qué te parece?
-Vale. –Consintió de buen grado.
-Pues venga, hacemos el equipaje rápido y luego salimos, ¿vale?
Asintió e inmediatamente se puso a recoger sus cosas, que tampoco eran demasiadas. Se me ocurrió que a lo mejor podíamos pasarnos por algún centro comercial de las afueras para abastecernos no solo de comida, sino también de ropa limpia y todo lo que pudiéramos encontrar que nos resultara útil. Al menos eso no daría tiempo para seguir buscando.
-¡Maite! Deberías salir aquí fuera. –Me llamó Luís entrando bruscamente por la puerta un cuarto de hora más tarde, cuando ya lo teníamos todo recogido.
-¿Qué pasa? –Le pregunté alarmada, ¿habría regresado Irene?
-Ven. –Fue lo único que me dijo antes de darse la vuelta y marcharse.
-Espera un momento hija. –Le pedí a Clara siguiendo al doctor.
Casi todo el grupo, entre ellos Gonzalo, se había reunido bajo el retablo alrededor de Sebas, que sentado en el suelo intentaba contener la sangre que le chorreaba por la nariz.
-¡Maite! –Exclamó nada más verme llegar, antes de que pudiera decir nada.- Se ha ido, se los ha llevado… e intentado detenerle pero…
No me quedé a escuchar nada más, tenía que haberme dado cuenta de que Sergei estaba muy alterado y que Sebas no era rival para él si quería hacer lo que acababa de ocurrir. Era culpa mía que se hubiera llevado a Katya y a Andrei contra su voluntad y a mí me correspondía solucionarlo. Rifle en mano salí al patio, allí faltaba el coche del ruso, pero seguía el todoterreno militar.
-¡Espera! –Me gritó Luís saliendo tras de mí.- ¿Qué pretendes hacer? Si se ha ido está en su derecho a hacerlo.
-Él puede hacer lo que le dé la gana. –Repliqué subiéndome al coche y poniéndolo en marcha.- Pero no puede decidir por su mujer y su hijo.
Luís fue a decir algo más, pero no me quedé a escucharle… Clara tendría que esperar un rato más, no podía permitir que Sergei se saliera con la suya y metiera a su mujer y su hijo en una secta de asesinos peligrosos.
Conduje casi sin prestar atención a la carretera en dirección a Colmenar Viejo, sabía exactamente a donde se dirigía él, al lugar donde se supone que Óscar nos esperaría si decidíamos unirnos a ellos. Solo deseaba poder interceptarles antes de que se los llevaran de allí, pues no quería tener que aporrear la puerta de la basílica hasta que dejaran que Katya y Andrei se marcharan.
No sabía cómo iba a acabar aquello, pero sabía que el ruso no tenía escrúpulos, así que a lo mejor incluso se ponía violento… de lo que estaba segura era de que no iba a rendirse sin luchar, ese hombre tenía un extraño concepto del matrimonio, ya que parecía considerar que podía disponer de su mujer a su antojo. Si mi difunto marido, cuyo entierro había retrasado el ruso con su escapada, me hubiera tratado así habría acabado de patitas en la calle con una patada en el culo. Lo que no entendía era cómo Katya podía aguantarlo; cuando el mundo tenía sentido quizá no tuviera otra opción, pero en la situación que estábamos viviendo no tenía ninguna razón de seguir sometida a él.
“Sí que hay una Maite” me corregí a mí misma, “una muy grande y muy poderosa: el miedo.”
¿Quién podía querer pasar por el fin del mundo sola? Con la pata quebrada bajo la sombra de Sergei ella y su hijo se creían protegidos… igual que yo cuando eran otros quienes tomaban las decisiones, igual que los demás siendo yo quien las toma e igual que esos sectarios los milagros de la mujer que les dirigía.
Pero toda esa falsa seguridad se iba a acabar pronto para el grupo. En cuanto volviera dimitiría de ser quien dirigiera el cotarro para siempre… bastante tenía con cuidar de mi hija como para añadir a eso las preocupaciones de gobernar a todo un grupo. No hacía otra cosa que jugarme la vida por ellos y ya no podía más, al llegar a la ermita haría el funeral por mi marido que debí hacer semanas atrás y me centraría en ayudar a Clara a superar todo por lo que estábamos pasando. No más viajes para averiguar la verdad, no más rescates ni más críticas a mi forma de hacer las cosas… a partir de ese momento sería una más y me limitaría a hacer mi parte.
Detuve el coche a escasos metros del de Sergei cuando llegué al lugar. Se trataba de un pequeño chalet rodeado por un muro de metro y medio de alto y una valla cubierta por una enredadera, cuya puerta principal estaba abierta. Armada con el rifle me acerqué con precaución, pues aunque la calle estaba limpia me encontraba en territorio de los resucitados, y tampoco sabía con cuánta violencia sería capaz el ruso de responder a mis exigencias.
Me los encontré allí a los tres, en el mismo patio. Andrei agarrado al pantalón de su madre mientras ésta observaba a Sergei caminando arriba y abajo con evidente nerviosismo. Pese a que mi llegada en coche no debió ser precisamente discreta ninguno de ellos parecía estar esperándome, de modo que se sorprendieron bastante de verme allí… o al menos lo hizo Katya, puesto que Sergei me recibió con una mirada asesina bastante intimidante.
-Se ha ido. –Escupió con rabia contenida.- Se han debido cansar de esperar y se ha largado, aquí no hay nadie. ¿Ya estás contenta?
-¿No estaba aquí? –Pregunté extrañada; era el lugar exacto y tampoco era tan tarde, apenas había pasado el mediodía y Óscar nos dijo que estaría todo el día… con el interés que tenía en captarnos me parecía raro que no hubiera allí nadie.
-Ya lo has conseguido, era lo que querías, ¿no? –Me acusó acercándose a mí.- Querías que nadie se uniera a ese grupo y lo has logrado, nos has entretenido tanto que nos han abandonado.
-Pues tanto mejor. –Dije pensando que la situación se había resuelto sola.
La respuesta del ruso fue romper de una patada un macetero que había por allí.
-¿Mejor? –Repitió.- Mejor para ti, ahora la oportunidad de tener un lugar mejor se ha esfumado.
-¿Un lugar mejor? –Exclamé sin poder creer lo que escuchaba.- ¿Es que no atendías mientras Gonzalo hablaba? Ese lugar es el territorio de una secta de asesinos.
-¡¿Y qué coño importa eso?! –Replicó furioso.- ¿No te das cuenta en el mundo que vives? Lo único que nos tendría que preocupar es que la gente a la que mataron no éramos nosotros, y tampoco lo seremos si nos unimos a ellos… pero la culpa es mía por haceros caso, por intentar que fuéramos un grupo, debí mandaros a la mierda mucho antes.
“A ti no debimos traerte con nosotros nunca.”
-Quizá todo eso valga para ti porque eres un puto cerdo sin escrúpulos. –Le espeté harta de él.- Si te da igual unirte a una panda de asesinos es solo porque tú tienes tanta o más sangre en las manos que ellos. ¿Crees que somos tontos? Nada más entrar a tu burdel de mala muerte nos callamos porque las cosas habían cambiado, pero que no te quepa duda que todos supimos nada más conocerte que allí tu mafia y tú prostituíais mujeres, empezando por la tuya.
Mis palabras le dejaron paralizado durante unos segundos, pero su reacción posterior fue aún peor quizá debido a eso.
-¡¿Quién coño te crees que eres tú para hablarme así?! –Rugío acercándoseme tan bruscamente que tuve que apuntarle con el fusil por miedo a que se me echara encima.- ¿Me amenazas con un arma? ¿Pones a un idiota a vigilarme? ¿De qué coño vas, zorra?
-Te lo advierto… -Le previne, pero con un rápido movimiento apartó el cañón del rifle de un guantazo y el arma cayó al suelo, a sus pies, aunque no se agachó a recogerla y cambiar las tornas.
-Tienes demasiados humos para no ser más que un ama de casa venida a más. –Masculló abalanzándose sobre mí.- ¿Con quién cojones te crees que estás hablando? ¿Sabes quién coño era yo antes de todo esto?
Estando inmovilizada en el suelo no pude evitar que me agarrara del cuello y comenzara a apretar con rabia, intentando asfixiarme.
-¿Sabes acaso las cosas que le he hecho a gente mejor que tú? –Añadió apretando más las manos… aquel hombre me estaba estrangulando y lo único que alcanzaba a hacer eran infructuosos intentos de arañarle para que me soltara y patalear en el suelo; el aire comenzaba a faltarme y sentía cómo la sangre se me acumulaba en la cabeza.
-¡Se acabó esa mierda de líder! –Gritó fuera de sí.- ¡A partir de ahora ese grupo de inútiles hará lo que se le diga o acabarán como tú, empezando por tu mierda de hija, que solo es un lastre que…!
Se escuchó un disparo y de repente la presión se alivió. Un líquido cálido y pringoso me salpicó por toda la cara antes de que el resto del cuerpo de Sergei cayera sobre mí como un peso muerto.
Escupiendo la sangre que me había entrado en la boca y luchando por volver a respirar eché el cuerpo del ruso a un lado. Katya estaba de pie junto a nosotros, con mi rifle en las manos humeando tras haber disparado la bala con la que atravesó la cabeza de Sergei de lado a lado.
-Ahí tienes tu lugar mejor, capullo. –Farfulló entre dientes.
Al levantarme del suelo, todavía tratando de procesar lo que acababa de ocurrir, Katya dejó caer el rifle al suelo y comenzó a patear el cadáver de su marido con tanta furia como la que había empelado él en estrangularme. Empapada de sangre y aún respirando con dificultad la agarré de los brazos para apartarla del cuerpo, pero ella se resistía a dejarlo.
-¡Andrei! –Le recordé.- ¡Acuérdate de Andrei!
Solo diciéndole aquello logré que parara. El chiquillo se había escondido tras unas plantas y lloraba aterrorizado por lo que acababa de presenciar. Dándose cuenta de ello su madre fue con él a tranquilizarle, momento que aproveché para volver a sentarme en el suelo y tratar de recuperar las fuerzas. La sangre de Sergei me chorreaba por toda la cara y me había manchado la ropa hasta por debajo de la cintura; saqué un pañuelo del bolsillo e intenté quitarme la que empezaba a deslizarse rostro abajo al tiempo que contemplaba lo que quedaba del ruso… desde luego no iba a transformarse en un muerto viviente después de un disparo de rifle a bocajarro en la cabeza.
-Deberíamos irnos. –Dijo Katya acercándose con Andrei en los brazos.
-Sí. –Le respondí con voz débil incorporándome de nuevo; todavía estaba un poco aturdida por lo que acababa de pasar… era la segunda vez que le volaban la cabeza a una persona y terminaba pringada de su sangre de los pies a la cabeza.- Por cierto, gracias.
-Llevaba años deseando hacerlo. –Replicó dirigiéndole una mirada de odio al cadáver.
-¿Andrei está bien? –Le pregunté preocupada por el chaval, acababan de matar a su padre y yo ya sabía lo que era para un niño ver como un padre moría.
-Estará bien. –Me aseguró ella.
En otras condiciones habría insistido, pero conociendo a Sergei cabía la posibilidad de que su hijo le tuviera más miedo que afecto, pues no lo veía precisamente del tipo de persona paternal, así que salimos de aquel patio y nos dirigimos de vuelta al coche antes de que los muertos vivientes hicieran acto de presencia atraídos por el disparo.
Como ella no sabía conducir cogimos el todoterreno, que era vehículo más adecuado para lo que nos esperaba en adelante. Katya sentó a su hijo en el asiento trasero mientras yo intentaba limpiarme la sangre de la cara con una toalla que había en el maletero.
-No era mi marido. –Dijo pasándose una mano por la frente.- Solo era un tío de esa gente que se encaprichó conmigo y me folló hasta meterme un niño dentro.
-No tienes que darme explicaciones si no quieres. –Contesté.
-Me trajeron engañada a este país con dieciséis años. –Continuó a pesar de todo.- Creía que sería mi gran oportunidad, pero solo sirvió para pasarme diez años en ese burdel… consuela un poco saber que ahora todos esos cabrones están muertos, pero me gustaría haber podido matarlos a todos con mis propias manos.
-Eso puedo entenderlo. –Le dije.
-Andrei estará bien. –Me volvió a asegurar.- Solo ha sido el susto, ese cabrón muerto nunca fue un padre para él, solo le dio por empezar a ejercer como tal cuando quiso evitar que nos fuéramos a la zona segura… dijo “también es mi hijo y él se queda aquí”. Creo que esa fue la primera vez que admitió que el niño era suyo.
-Ahora todo eso se acabó, y será mejor que volvamos antes de que los demás se preocupen. –Repliqué al no tener cuerpo en ese momento para esa clase de historias.- Quiero marcharme de este maldito lugar antes de que…
-¡Oh, joder! –Gimió ella señalando la carretera.
Un pequeños grupo de tres personas salidas de no sabía dónde estaban allí plantadas, a escasos veinte metros de nosotros, mirándonos tan atónitos como nosotras los mirábamos a ellos. Eran dos hombres y una mujer; la mujer y uno de los hombres iban vestidos con un uniforme militar, y mientras que ella era delgada y esbelta él parecía más un tremendo saco de músculos; ambos tenían fusiles de asalto en las manos. El otro hombre, más mayor que los militares, vestía un chaleco verde e iba armado con un rifle de caza parecido al mío.
-¡Hostia! Gente viva… -Exclamó sorprendido el del rifle.
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Belthazor
 
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