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Crónicas zombi: Orígenes

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Re: Crónicas zombi: Orígenes

Notapor Belthazor » Jue, 13 Feb 2014, 12:57

CAPÍTULO 17: IRENE

Todos en el grupo se quejaban de lo desesperada que era nuestra situación, pero ninguno se había parado a pensar que la mía era sin duda la más desesperada de todas. Nadie entre ellos me tenía el menor aprecio, aquello ya lo tenía asumido y lo cierto era que, salvo por sus implicaciones prácticas, me importaba un carajo; pero hasta la única persona que por lo menos me tenía en consideración, que era Aitor, se había largado en cuanto tuvo la oportunidad. Quizá eso fuera lo más inteligente que el soldadito hiciera en toda su vida, por muchos debates que quisiera Maite la única verdad era que la comunidad que tenía montada aquella extraña secta tenía todo lo que andábamos buscando.
Pero no me iba a rendir tan fácilmente, no había llegado tan lejos para acabar de aquella manera… no mientras pudiera hacer algo para remediarlo. Mientras me movía al trote sobre la carretera en dirección al pueblo, aprovechando que, pese a haber pasado casi un mes encerrada en un colegio, mi forma física de profesora de gimnasia todavía la conservaba, no podía dejar de pensar en lo que el chalado que Maite había llevado a la ermita nos había contado. Sinceramente, me daba completamente igual que aquel grupo de sectarios se hubiera cargado a los militares de la base; de hecho aquello me convencía todavía más de que tenía que hacer todo lo posible para unirme a ese grupo, pues si podían con militares armados en su propio territorio podían con cualquier otro problema que les pudiera presentar.
La única contra que tenía aquello fue la que me señaló Luís: que podían no aceptarme entre ellos por lo que había hecho, aunque eso no lo tenía tan claro después de ver de lo que eran capaces… sin embargo, tras las explicaciones del militar chalado era evidente que ninguno de los panolis del grupo se iba a unir a aquella comunidad, de modo que no había ningún motivo para que no lo hiciera yo. Solo tenía dos problemas, el primero era Aitor, que ya estaba con ellos, pero ese tenía fácil solución, ya que a él podía convencerle de que no dijera nada sobre mi pasado con facilidad. El otro problema era Sergei, quien seguía tan dispuesto a unirse a ellos como al principio y a quien no iba a poder convencer de nada… y por eso me estaba dando tanta prisa en llegar al lugar de encuentro acordado con la gente de la secta, si lograba ser la primera en contactar y convencerles de que nadie más se iba a unir nos iríamos, y una vez entre ellos me sería muy fácil dejar a Sergei fuera.
Tenía que admitir que mi plan tenía algunas lagunas, pues perfectamente ese proxeneta hijo de puta podría presentarse en las puertas de aquel lugar exigiendo a voces su lugar dentro, pero para entonces esperaba haber podido contarles ya que las muertes de sus hombres fueron causadas por Maite y los suyos, cerrando la puertas a cualquiera que quisiera unirse también.
Los resucitados del camino eran uno de mis temores, pues la única defensa que tenía contra ellos era un cuchillo que saqué del colegio. Me hubiera gustado tener un arma de fuego, pero la que conseguí de mis primeras víctimas se había quedado sin balas, y después de lo que pasó con los niños sabía que con solo sugerir la idea de que me dejaran llevar otra Maite se habría puesto histérica. No obstante, en las afueras del pueblo no creía que fuera a tener problemas con los muertos, y esperaba que una vez llegara al lugar acordado quien fuera que nos esperara allí estuviera convenientemente preparado para enfrentarse a ellos si era necesario hacerlo.
Ese lugar de reunión resultó ser un pequeño chalet de las afueras, tan afueras que en realidad era una de las últimas casas del pueblo. Aquello me gustó porque significaba que esa gente no quería que nos arriesgáramos adentrándonos más para contactar con ellos, y esa clase de gestos me hacía confiar en ellos. No me importaba realmente que fueran los fanáticos sectarios que Maite creía si podía confiar en ellos, me daba igual que le rezaran a cabezas cortadas o que bebieran sangre de militares si tras sus paredes estaba a salvo… fingir que adoraba a una líder con complejo de mesías y seguir sus tontas normas basadas en gilipolleces religiosas no era lo peor que me podía pasar a cambio de comodidades y protección, a fin de cuentas había trabajado en un colegio religioso durante algún tiempo, y en cierto modo la situación era parecida.
-¿Hola? –Llamé, pero en voz no demasiado alta, por si los resucitados, cuando atravesé la puerta que daba al patio frontal; la puerta principal de la casa estaba abierta, de modo que no creía equivocarme de lugar, pero aun así puse una mano en el cuchillo preparándome para utilizarlo si la cosa se ponía fea por cualquier motivo.- ¿Hay alguien ahí?
-¡Ah! ¡Hola! -Un tipo grandote y con cara de tonto salió a recibirme con una sonrisa de idiota en la cara.- Debes ser del grupo de Maite, ¿no?
-Sí, lo soy. –Le respondí acercándome a él tendiéndole una mano.- Hola, me llamo Irene… ¿qué tal?
-Óscar Gutiérrez, es un placer conocerte. –Se presentó él.- Ya empezaba a pensar que no vendríais, os habéis tomado vuestro tiempo. Aunque en realidad tengo órdenes de esperar aquí todo el día, esperaba que tomarais la decisión de venir mucho antes… pero veo estás sola, ¿no? ¿Dónde están los demás?
-Lamentablemente no van a venir. –Le dije a aquel tipo tan parlanchín; a juzgar por su forma de hablar me daba la impresión de que no era lo que se dice un hombre listo, de modo que creía poder engañarle con facilidad.- Lo estuvimos discutiendo ayer toda la tarde y toda la noche y lo votamos esta mañana, pero el resto del grupo no está dispuesto a venir, prefieren buscarse la vida por su cuenta y rechazar vuestra oferta. Lo siento.
-Oh vaya, ¿en serio? –Preguntó consternado.- Vaya… no sé que decir, me pareció que Maite y esa chica rara, Judit creo que se llamaba, no salieron demasiado satisfechas con lo que vieron allí, pero creía que la otra chica, la novia de Aitor, estaba más convencida. Aunque solo fuera por querer estar con él.
-Ex novia. –Le corregí.- Supongo que prefiere empezar de cero lejos de él, no lo sé, pero nadie más va a venir, solo yo.
-Pues ya lo siento. –Afirmó con pesar, agachando la cabeza y suspirando profundamente.- La vida ahí fuera es… complicada como poco, y después de haber visto la verdad a manos de nuestra Santa de verdad creía que…
-Hay gente que no está preparada para la verdad. –Dije siguiéndole el rollo a aquel tipo tan enervante.- Yo, sin embargo, tengo mucho interés en presenciar esos milagros de los que tanto he oído hablar. Creo que como nadie más va a venir podemos marcharnos de aquí ahora mismo... me gustaría conocer ese lugar donde vivís cuanto antes, tengo un poco de hambre, no teníamos mucha comida en la ermita.
-¡Oh, perdona! ¿Dónde están mis modales? –Exclamó cayendo en la cuenta de algo.- He traído algo de agua y comida precisamente por si teníais hambre o sed, están en la cocina, puedes pasar y tomar algo mientras esperamos si quieres.
-¿Esperamos? –Repetí con recelos.- ¿A qué? No sé si me has escuchado, pero ya te he dicho que no van a venir.
-Esperaremos a ver si cambian de idea. –Contestó mirándome con su estúpida sonrisa de bobalicón, que ya me estaba dando ganas de borrarle de la cara de un sopapo.- De todas formas no nos esperan en la basílica hasta antes de que caiga la noche, podemos aguardar unas horas más por si finalmente alguno decide entrar en razón y nos acompaña.
“Maldita sea” mascullé para mí misma… ¿por qué todo tenía que ser tan complicado?
-En realidad yo preferiría que nos fuéramos cuanto antes. –Le dije adoptando un tono de lástima que esperaba que le conmoviera, aunque solo fuera un poco.- Este lugar, dentro del pueblo, podría ser peligroso con todos esos resucitados fuera. Además, me gustaría sentirme segura por primera vez en semanas cuanto antes… ¿de verdad no podemos marcharnos ya? Anoche dormí sobre una piedra helada y la espalda me está matando toda la mañana.
-En el comedor hay un sofá, y las camas de los dormitorios están limpias. –Me ofreció amablemente.- Si quieres echarte un rato y descansar está bien, no voy a marcharme de aquí sin ti, te lo prometo, y esta casa es completamente segura. Mi gente y yo hemos limpiado esta zona varias veces, la primer de ellas cuando sacamos toda la comida de las casas, así que estás completamente a salvo, créeme. Por eso preparamos esta casa justamente aquí.
-Vale, como quieras.- Tuve que ceder al ver que no iba a cambiar su postura; tendría que ser de otra manera… no lograba entender por qué todo el mundo se empeña en ponérmelo difícil y en obligarme a hacer cosas que realmente no quería tener que hacer- ¿Me acompañas a la cocina? La verdad es que me muero de sed.
-Por supuesto. –Accedió muy caballeroso ofreciéndome precederle al interior de la casa.
Aunque tenía un poco de polvo debido al tiempo pasado sin ser limpiada, el interior de aquel lugar todavía se conservaba en buenas condiciones, señal de que los muertos no habían llegado a pisar por allí. Sobre unos estantes había varias fotos enmarcadas de los que debieron ser los antiguos dueños de la casa… probablemente en esos momentos estuvieran en algún lugar del pueblo, buscando carne humana que llevarse a la boca.
En la cocina había varias raciones militares sobre una mesa y tres botellas de agua completamente llenas al lado. Óscar había acudido allí con comida para todo el grupo… de verdad creía que acabarían uniéndose todos, y eso era algo que no lograba comprender. Teniendo en cuenta que solo vio las reacciones de Maite, Judit y Raquel, ¿qué le hizo pensar que estaban satisfechas con lo que vieron? ¿El escepticismo de Judit ante la santidad de su líder o la reacción horrorizada de Maite al saber lo que hacen con las cabezas de los muertos?
Quizá por ese motivo no utilicé lo que sabía sobre los tres muertos para convencerle, semejante bobo seguramente querría escuchar lo que los demás tuvieran que decir en su defensa, y eso podía arruinarlo todo.
-De verdad creo que deberíamos irnos cuanto antes. –Le dije una vez más mientras él, muy cortésmente, me servía el agua que le había pedido en un vaso de la vajilla de la casa.- Conozco a esa gente y sé que no van a cambiar de idea… a estas alturas puede que incluso se hayan marchado ya de la ermita.
Mis palabras le dejaron pensativo unos segundos, que debía ser el tiempo que aquel hombre necesitaba para tener un pensamiento sencillo, durante los cuales hasta tuve la esperanza de que recapacitara y decidiera que nos fuéramos. Sin embargo, cuando volvió a hablar me sentí terriblemente desencantada.
-¿Sabes? Tal vez lo que debería hacer es acercarme por allí, si es que todavía están, para intentar que recapaciten. –Sugirió ofreciéndome el vaso lleno, al cual di un trago porque realmente tenía sed después de tres kilómetros y pico caminando al trote.- Quizá, como la mayoría de ellos no conocen a nadie de los nuestros, si ven que no somos bichos raros se convenzan.
-Bueno, no digo que no sea una idea, pero… -Intenté disuadirle, sin embargo no parecía querer escucharme.
-Decidido, voy a ir. –Afirmó con rotundidad.- Puedes quedarte aquí y esperarme, o si lo prefieres puedes acompañarme… de hecho casi lo preferiría, no me gustaría dejarte sola, y quizá entre los dos consigamos ejercer más presión.
“Gilipollas de mierda” maldije para mí misma al ver que aquel pedazo de imbécil no solo iba a conseguir que siguiéramos allí cuando Sergei llegara, sino que además tenía la intención de ir y buscarle él mismo, jodiendo todos mis planes.
-Te acompaño. –Le dije disimulando mi frustración.- No quiero quedarme sola.
-¡Estupendo! –Exclamó satisfecho frotándose las manos.- Venga, no perdamos más tiempo y pongámonos en marcha, cuanto antes les convenzamos antes podremos ir a la basílica de una buena vez, como querías.
-Por supuesto, vamos. –Respondí sonriéndole cuando pasó frente a mí para dirigirse de nuevo al patio del chalet.- Por cierto, una pregunta. ¿Cómo lo hacéis para moveros por el pueblo sin toparos con los muertos? Porque según tengo entendido de aquí a la basílica hay que atravesar medio pueblo, y no creo que lo hayáis limpiado tanto de muertos como para que sea seguro moverse por él sin más.
-¡Oh! Nos llevó un tiempo, pero ahora tenemos varios caminos despejados que nos permiten movernos con facilidad por el pueblo. –Me aseguró muy orgulloso.- Desde aquí, por ejemplo, solo hay que seguir la avenida hasta el final y luego seguir recto por la calle de San Sebastián y la calle del Real, que están bloqueadas con coches para que no las invadan los muertos. Más sencillo imposible, ¿verdad? Hasta se podría hacer andando.
-Muy cierto. –Contesté dejando que me adelantara… y en cuanto me dio la espalda apreté los dientes, tomé aire, agarré el cuchillo que llevaba guardado y se lo clavé en la espalda con todas las fuerzas que pude reunir.
-¡Ah! –Fue lo único que pudo balbucear antes de caer de rodillas al suelo, con los ojos y la boca muy abiertos en un gesto de sorpresa.
-¿Por qué? –Pregunté con rabia arrancándole el cuchillo de la espalda y volviéndoselo a clavar varias veces más.- ¿Por qué cojones todos os empeñáis en obligarme a haceros este tipo de cosas? ¿Eh?
Con la siguiente puñalada un fino hilo de sangre comenzó a colgarle de la boca, mientras me miraba tan tembloroso e indefenso como un cachorrito.
-¿Creéis que soy una jodida psicópata? ¿Creéis que me gusta hacer estas cosas? ¡Joder, no! ¡No! ¡No! –Grité apuñalándole en el estómago.- ¡Solo intento seguir viva! ¿Sabes? Como todo el puto mundo… pero no me lo ponéis fácil, nada fácil, y es por eso por lo que tengo que hacer cosas como estas constantemente.
La última puñalada se la di en el corazón para rematarle de una vez, y tras ella su cuerpo cayó instantáneamente al suelo, completamente muerto. Resoplé y me miré la mano, llena de la sangre de mi nueva víctima mortal.
-¿Por qué os empeñáis en obligarme a hacer estas cosas? –Repetí en voz baja, casi hipnotizada por lo rojo y viscoso que era el fluido vital de aquel tipo.
Había vuelto a matar, como a aquel hombre que vino al colegio buscando refugio, como a ese tal “Charli” que se coló en él mientras intentaba huir de Madrid, como a Jessica, Miguel y el resto de niños, como esa zorra de Érica… pero todo había sido necesario, maté a los dos tipos del colegio porque teníamos que comer, maté a los niños porque no podía cuidar de ellos, maté a Érica porque intentó matarme a mí, y acababa de matar a ese bobalicón inocentón porque era lo que tenía que hacer para sobrevivir, como siempre. No podía dejar que hablara con los demás, ellos jamás debían llegar hasta la basílica, pues ese lugar era mi única oportunidad de volver a tener una vida, mi única oportunidad de empezar de cero, de estar rodeada de gente que no me juzgara por los asesinatos que había cometido. Resultaba irónico que para ello tuviera que empezar matando a uno de los suyos.
Me forcé a volver al presente al darme cuenta de que no podía perder más tiempo en esa casa, Sergei y quizá incluso alguien más podían presentarse por allí en cualquier momento, y para cuando lo hicieran lo mejor sería que yo estuviera lo más lejos posible.
Cogí una de las botellas de agua, una de las raciones y limpié mi cuchillo contra la ropa del fallecido Óscar que, si nadie lo impedía, y esa persona no iba a ser yo, pronto sería un muerto viviente más. En cuanto lo tuve todo salí del chalet, cerré la puerta y emprendí el camino supuestamente seguro para llegar a la basílica que muy amablemente me había indicado el muerto momentos antes.
Habría mentido si hubiera dicho que no me daba miedo tener que atravesar un pueblo lleno de muertos vivientes, pues no solo me había quedado en el colegio encerrada durante semanas por los niños, sino también porque no me atrevía a salir de él y plantarle cara a lo que había fuera. Durante días la radio y la televisión solo hablaban de lo peligrosos que eran esos seres, de cuánta gente había muerto, de cómo la sociedad se iba colapsando por culpa de ellos… tenía de sobra motivos para tener miedo. Sin embargo aquellos días estuve más asustada de lo que estaba mientras caminaba por el pueblo buscando la basílica; desde que me encontrara en el colegio abrazando mis rodillas mientras rezaba porque todo acabara de una vez hasta ese momento no había pasado demasiado tiempo, pero ese tiempo me había cambiado mucho. Ya había matado a nueve personas vivas, aunque cinco de ellas fueran niños, ¿cuánto más peligroso podía ser un reanimado? Debía de ser incluso más fácil, al menos psicológicamente hablando.
Sin embargo no tardé en averiguarlo. El bobo de Óscar había dicho la verdad cuando dijo que su grupo protegió las carreteras que llevaban fuera del pueblo colocando coches abandonados bloqueando las entradas a las calles, de modo que los muertos no podían atravesar la barrera y éstas se encontraban despejadas. No resultaba agradable moverse por allí debido a que los resucitados, aunque no pudieran pasar entre los coches, lo intentaban, y tener a muertos por todas partes gruñendo y estirando sus putrefactas manos hacia ti intentando agarrarte lograba ponerme de los nervios. No obstante, me acerqué a ellos cuando vi que tras una furgoneta atravesada que bloqueaba media calle una chica muerta viviente llevaba un crucifijo negro y bastante voluminoso colgado al cuello. Me lo pensé durante un segundo, pues no me hacía gracia acercarme a una de esas cosas putrefactas, pero luego pensé que daría una mejor impresión en mi nueva comunidad si pensaban que ya en el pasado había sido religiosa, de modo que me acerqué a la chica muerta y saqué el cuchillo con el que acababa de matar a Óscar.
No fue agradable. Aprovechando que ella no podía llegar hasta mí la agarré del pelo para sujetarle la cabeza y le clavé el cuchillo desde el mentón hasta el cerebro, llenándome una mano de sangre negra y espesa y la otra de un manojo de pelos, pues al parecer por lo podrida que estaba su carne se le caían con facilidad. Antes de que el cuerpo cayera como un peso muerto al suelo me las apañé para arrancarle el colgante, que se había librado de las manchas milagrosamente, y me lo colgué yo al cuello. Después me limpié las manos en la ropa de la muerta y seguí mi camino.
Tenía la impresión de que en la ermita nadie se había percatado del peligro que corrían después de encontrarse con el chiflado de la capa, y esa era mi ventaja. El crucifijo estaba bien, pero solo era un detalle, lo que realmente me garantizaría la permanencia allí era lo que les dijera cuando llegara. Tres de los sectarios habían muerto allí y sin duda la gente de la basílica querría saber qué había pasado, de modo que durante todo el camino hacia la casa fui preparándome una explicación que me desvinculara del grupo y sus acciones, pero en esos momentos se me ocurrió que sería buena idea ampliarla para que además incluyera la muerte de Óscar, y puesto que le estaba cogiendo el truco a eso de mentir no me costó elaborar una bastante razonable. Esperaba que todo eso, sumado a la falsa devoción religiosa y a la invitación que nos ofrecieron, fuera suficiente para que me admitieran entre ellos.
Caminar por una carretera amplia, donde los muertos vivientes que intentaban entrar a la calle quedaban a varios metros a ambos lados, era sencillo, pero resultaba mucho más agobiante hacerlo cuando el camino comenzó a estrecharse conforme me acercaba más al centro del pueblo. Tenía a los muertos tan cerca que si caminaba por el centro de la calzada casi podían rozarme con sus manos… afortunadamente aquel estrechamiento también significaba que las calles que se cruzaban con la mía también eran menos amplios, y por tanto estaban mejor bloqueadas, así que era menos probable que algún resucitado se colara fuera. Había tenido suerte en ese aspecto por el momento y esperaba tenerla hasta el final, pues no me apetecía tener que vérmelas cara a cara en un combate igualado con uno de esos muertos vivientes.
La primera señal de que iba en la dirección correcta la encontré junto a un árbol en mitad de la calle. En la tierra donde estaba plantado, un cadáver revivido y despellejado comenzó a gruñirme nada más verme aparecer, pero no pudo acercárseme porque estaba atravesado de arriba abajo por una estaca y clavado en la tierra. Aunque la piel podrida de aquellos seres era una imagen desagradable, verlos sin piel tampoco era mucho mejor, pues su aspecto era mucho más monstruoso y su hedor mayor.
Solo unos metros más adelante había otro muerto viviente de la misma guisa, y pronto toda la calle estuvo llena de ellos. Por muy repugnante que me pareciera moverme entre ellos tenía que reconocer que su presencia, tal y como Maite nos había explicado, daba resultado, pues no había ni uno de los que vivían en libertad por allí. ¿Sería posible que su propia peste a descomposición les ahuyentara, o en realidad solo atacaban a los que no olían a muerto, como ellos? Fuera como fuera la cuestión era que funcionaba, y siendo así ni siquiera me importaba que hubieran despellejado y empalado vivos a los civiles que no quisieron unirse a ellos para poder crear esa barrera contra los muertos andantes.
Al doblar una esquina lo vi, un muro de hormigón de cuatro metros de altura por lo menos, rodeado de alambre de espino como el que había frente al cordón militar del colegio y más de esos muertos despellejados y empalados delante. La basílica se podía ver detrás, levantándose por encima de las casas cercanas… y sobre aquel muro gente, gente viva caminando de un lado a otro, armados con fusiles de asalto del ejército y vigilando los alrededores por si los muertos se acercaban. ¿Qué más podía pedir alguien en esos tiempos que un buen muro protegido tras el que esconderse de los resucitados?
Su primera reacción podía ser dispararme, pero era un riesgo que tenía que correr, de modo que di un tímido paso al frente y salí a la vista de aquella gente, los que esperaba que fueran mis nuevos compañeros y mi nueva oportunidad para tener una vida después del fin del mundo. No tardaron en percatarse de mi presencia, uno de ellos me señaló y varios se acercaron y se me quedaron mirando. Esperé pacientemente hasta que uno de ellos se marchó corriendo y se perdió de vista al otro lado del muro… esperaba que hubiera ido a avisar a alguien de que estaba allí y que ese alguien se encargara de salir a recogerme, pues no parecía que ninguno de los que quedaban allí fuera a decirme nada, y no me gustaba un pelo permanecer allí parada, rodeada de cadáveres empalados.
Tal y como supuse, al cabo de un minuto un todoterreno militar apareció. En él iban montado tres hombres, los tres armados igual que la gente del muro, y dos de ellos se bajaron del vehículo en cuanto llegaron a mi lado.
-¡Gracias a Dios! –Exclamé con gemido lastimoso agarrando el crucifijo.- Pensé que no iba a conseguirlo…
-¿Que no ibas a conseguirlo? –Preguntó confundido uno de los hombres.
-Me envía Óscar. –Les expliqué.- Soy… o era, del grupo que está en la ermita. Óscar me dijo qué camino debía seguir para encontraros, pero ha sido horrible, había muertos tras los coches, he pasado mucho miedo viniendo hasta aquí.
-Tranquila, ya estás a salvo…
-Irene. –Le dije captando cuál era su duda.
-Ya estás a salvo, Irene. –Me aseguró tratando de calmar mis fingidos nervios.- Pero, ¿cómo es que estás sola? ¿Y el resto de tu grupo? ¿Y por qué Óscar no te acompañó?
-Mi grupo no ha querido venir. –Le respondí.- Esa gente… nunca fue precisamente creyente, y ahora mucho menos, el Señor les perdone. Maite se puso histérica al volver de aquí, hasta fue a la base militar no sé para qué. Óscar, bendito sea, quiso quedarse por si cambiaban de opinión, pero no creo que eso ocurra porque…
-Espera, espera. –Me interrumpió el otro hombre agitando una mano delante de mí.- ¿Has dicho que alguien fue a la base militar?
-Sí. –Aseveré haciéndome la inocente.- Maite, la mujer que nos dirigía. Volvió de allí completamente histérica con un hombre extraño, diciendo que no teníamos que unirnos a vosotros bajo ningún concepto, pero yo no estaba de acuerdo, así que me escapé en cuanto pude y fui al lugar donde nos dijo que esperaba Óscar.
-Deberíamos llevarla con el señor Veltrán. –Sugirió con preocupación el otro hombre.- Si lo de la base ha sido cosa de ellos…
-Perdona, todo esto nos ha pillado un poco desprevenidos porque se suponía que no tenía que haberse desarrollado así, pero te llevaremos dentro. –Me dijo el primero ofreciéndome ayuda para subir a la parte trasera del todoterreno, la cual acepté gustosamente; el papel de damisela en apuros me estaba gustando, era muy útil para manipular las mentes masculinas.- Hablarás con nuestro jefe, que seguramente querrá saber todo sobre lo que nos has dicho… si tienes algún arma es el momento de entregárnosla.
Le di el cuchillo sin oponerme a ello, pues como buena damisela en apuros no tenía que enfrentarme a esa gente y, si había problemas, dudaba que fuera a serme útil contra tipos con armas automáticas. En cuanto estuvimos dentro del vehículo nos pusimos en marcha de camino al interior de aquella zona segura, a la cual se entraba por una enorme puerta doble metálica que ni una horda de cientos de muertos vivientes podría sacar de sus ejes.
- Gracias Señor por sacarme de ese infierno. –Fingí rezar al atravesar el umbral y penetrar en lo que sería mi futuro hogar.
No pude evitar sentirme fascinada al ver calles limpias y con gente viva paseando por ellas… más que de haber retrocedido en el tiempo, a un momento donde los muertos vivientes no habían aparecido todavía, parecía que me encontraba en un mundo completamente distinto.
-¿Te gusta? –Me preguntó el conductor con una sonrisa.
-Es un auténtico milagro. –Respondí ciñéndome a mi papel de meapilas modosita.- Todo esto es como solía ser antes.
-Sí, así es. –Exclamó él con satisfacción.- Aun no tenemos agua ni electricidad, esas cosas son complicadas, pero todo se andará, como dice Santa Mónica: el Señor proveerá.
“Qué original” pensé.
-Amen. –Fue lo que dije para contentarles.
Montados en aquel vehículo llegamos hasta las mismas puertas de la basílica, donde nos detuvimos y bajamos. Resultaba extraño poner un pie en una calle sin temor a que pudiera aparecer algún reanimado, pero era algo a lo que podía acostumbrarme fácilmente.
-Vamos dentro, el señor Veltrán querrá hablar contigo. –Me dijo uno de ellos.
Por las explicaciones de Maite, Raquel y Judit sabía que ese señor Veltrán era una de las autoridades del lugar, la mano derecha de la chiflada que se creía o que fingía ser una santa, y quien llevaba los asuntos de carácter no espiritual de aquella secta… era un hombre al que tenía que ganarme como fuera.
Cuando me hicieron pasar, después de que entraran ellos a explicarle a su jefe lo que había ocurrido, descubrí que dentro no solo me esperaba Veltrán, un hombre de mediana edad que se conservaba bien, con gesto desconfiado y que nada más verle supe que no sería fácil de engañar; allí también se encontraba un hombrecillo bajito y flacucho con aspecto de estar permanentemente asustado, y quien no podría ser otra que la famosa Santa Mónica. Aunque no me la habían presentado, no cabía ninguna duda de que tenía que ser ella, pues la elegante y sedosa túnica blanca acompañada de pulseras doradas y un colgante de oro no dejaban lugar a dudas en cuanto a que se trataba de alguien de importancia. Además parecía tener un aura mística casi palpable a su alrededor que sin duda impresionaría a los crédulos.
Como se suponía que yo era una de esos crédulos, me mostré tímida y cohibida cuando me senté en el asiento que me ofrecían, frente a la mesa tras la cual los tres me observaban evaluadoramente… o al menos lo hacían Veltrán y Santa Mónica, pues el hombrecillo parecía incapaz de dejar la vista fija más que unos segundos en ninguna parte. Suspiré y me aparté el crucifijo que me colgaba del cuello a un lado para poner a prueba al mandamás, pero él no perdió un mísero segundo en mirarme el escote, detalle del que tendría que tomar nota para el futuro.
-Irene, tu llegada es bienvenida entre nosotros, nos alegra que tu fe te haya llevado a querer formar parte de esta pequeña comunidad. –Se pronunció Santa Mónica con una voz suave bastante agradable al oído.- Sin embargo, espero que entiendas que las circunstancias de tu llegada han sido un tanto atípicas, y por ello necesitamos que nos cuentes desde el principio qué ha ocurrido.
-Por supuesto, señora, para mí es un honor estar aquí. –Respondí agachando la cabeza, timorata.- En realidad no es una historia larga, lo que pasó fue que Maite y las demás volvieron ayer de visitar este lugar, pero Maite, que es quien nos dirigía, no quería que nos uniéramos a la comunidad… ella no es creyente, no entiende de asuntos de fe y creía… bueno, decía que todo este lugar solo era una estafa, con perdón.
-No pasa nada, prosigue. –Me indicó la mujer con amabilidad.
-Algunos querían venir al principio, y eso le molestó mucho, porque no le gusta que nadie le lleve la contraria. –Obedecí, por el momento no había dicho ninguna mentira.- Pero esta mañana temprano fue a la base militar, no nos dijo a qué, y volvió una hora más tarde con un hombre muy raro vestido con una capa negra que decía ser un militar.
No pude evitar fijarme cómo el hombrecillo nervioso se agitó al nombrar a aquel chalado, ni en cómo Veltrán apretaba los dientes. Ella, sin embargo, permaneció admirablemente impasible; desde luego si todo aquello era una farsa se había trabajado su papel en ella.
-Ese hombre me daba miedo. –Continué adoptando un tono de voz más lastimoso.- No parecía estar demasiado bien de la cabeza. Decía unas cosas que… yo no podía creerlas porque aquel hombre mató, junto con Maite, o eso dijo ella a la gente que habíais enviado allí, Dios los tenga en su gloria…
La bomba había sido soltada, aquella vez ni la propia “santa” fue capaz de no dirigirle una mirada a su lugarteniente.
-Esta mañana enviamos a tres hombres a… detener a ese hombre antes de que cause más daño del que ya ha hecho. –Le informó Veltrán; percibí sin demasiada dificultad el titubeo al decir “detener”, seguramente había enviado a esa gente a matarle, pero me daba igual la vida de aquel tipo.- Como tardaban en volver envié a más hombres a que averiguaran qué había pasado, los tres estaban muertos, pensábamos que había sido cosa de él.
-Ese hombre ha perdido el juicio, Irene.- Me explicó la santa.- Todo el dolor que padeció cuando los condenados poblaron la tierra le volvió loco… no podemos culparle, solo intentar que no se haga más daño a sí mismo ni a los demás, y para eso debemos capturarle. ¿Dices que Maite le ayudó a matar a nuestra gente?
-Así es. –Asentí… que se jodieran Maite y los demás… y lo mejor era que aunque aparecieran por allí no podían negar que eso era lo que había ocurrido.- Yo me fui de allí cuando vi que todos estaban de acuerdo con lo que había pasado y hablaban de marcharse de la ermita antes de sufrir represalias… lo hice a escondidas, pues Maite me daba miedo, más del habitual, quiero decir. Nunca le caí demasiado bien a esa mujer, decía que no era lo bastante dura para este mundo y que era un lastre para todos… pero le eché valor y me fui cuando no se dio cuenta. Corrí sin mirar atrás una sola vez hasta llegar al lugar donde nos esperaba Óscar.
-¿Por qué has venido tú sola? –Inquirió Veltrán con no demasiada delicadeza; aquel hombre no se dejaba ablandar por las damiselas en apuros.- ¿Por qué no te acompañaba Óscar Gutierrez, como tenía ordenado hacer?
-Me encontré con Óscar en el lugar acordado. –Contesté; pensé en fingir sentirme intimidada por él, pero no quería exagerar mi interpretación hasta el punto de que resultara increíble, de que esa gente, posiblemente unos estafadores profesionales, me creyera dependía mi futuro.- Le conté lo que había ocurrido, pero él quiso quedarse allí pese a todo a esperar, por si alguno más recapacitaba… yo le dije que tenía miedo de la reacción de Maite, pues como ya he dicho antes no le gusta que le lleven la contra en nada, y que quería venir cuanto antes. Pero él insistió, y al final me explicó cómo llegar hasta aquí para que viniera yo sola. Me dio comida y agua para el camino.
-Mandaré a alguien a por Gutierrez, a ver qué ha pasado. –Exclamó Veltrán a nadie en particular solo un segundo antes de marcharse de la habitación dando grandes zancadas, dejándonos a los demás solos; en cuanto descubrieran el cadáver de Óscar el círculo estaría cerrado por completo.
-Él es Jesús. –Me presentó Santa Mónica al hombrecillo con gafas y los nervios de punta.- Es el planificador comunitario, será el que te asigne un hogar cuando seas una de los nuestros, pero ya tendréis oportunidad de conoceros mejor después, antes quiero conocerte yo a ti, Irene.
-Claro pero, con perdón, me gustaría saber si está Óscar en un lío por mi culpa –Pregunté cándidamente.- En realidad fui yo quien le insistió en que nos fuéramos enseguida, pero comprendo que él tuviera otra obligación…
-Tranquila, Óscar es un buen hombre, seguro que hizo lo que creía mejor en ese momento. Cuando hablemos con él podrá explicarnos sus motivos para hacerte venir sola. –Respondió ella sonriéndome.- Ahora cuéntame un poco a qué te dedicabas antes de todo esto.
-Yo… era profesora de educación física en el colegio Virgen de Mirasierra. –Le conté, dándome cuenta enseguida que quizá ser profesora en un colegio religioso era un punto a mi favor en esa situación.- Tenía novio, se llamaba Lucas, era contable, pero pasó todo esto y…
-Entiendo que te sientas mal, pero si su alma era pura será salvado. –Dijo ella; si Lucas hubiera sido real me hubiera sentado mucho peor de lo que me sentó escuchar esa gilipollez, pero había tenido novio de verdad… aunque casi prefería que hubiera muerto antes de ver lo que había tenido que hacer para seguir viva.
- Gracias. –Le respondí pese a todo, si quería parecer una pánfila religiosa tenía que fingir que todas esas estupideces me resultaban reconfortantes.
-¿Y qué hiciste cuando todo esto comenzó? –Quiso saber.
Paradójicamente en aquel caso la verdad me parecía demasiado buena para resultar creíble. Decirle que me había quedado con los niños porque nadie fue a recogerlos sonaba excesivamente altruista para ser verosímil. Parecía como si aquella decisión la hubiera tomado otra Irene distinta a mí, porque estaba segura de que en ese momento habría mandado a esos críos a la mierda y me habría preocupado más por mi pellejo…
¿Qué coño había hecho el mundo de mí? Estaba renegando de lo que probablemente fuera la única cosa decente que había hecho desde que los muertos comenzaron a moverse.
-Lucas fue de los primeros en desaparecer. –Me inventé.- Estaba sola y no me atrevía a ir a la zona segura por mi cuenta, ni siquiera a un punto de evacuación, así que esperé en mi casa… pero me quedé sin comida y, como vivía cerca de allí, cuando no me quedó más remedio se me ocurrió ir al colegio a coger la del comedor. Allí fue cuando me encontré con Maite y su grupo, que buscaban una farmacia para conseguir medicinas. Me uní a ellos porque no sabía qué otra cosa hacer, pero pronto descubrí que no todos son buenos. Aitor sí que lo era, y algunos otros, como Raquel, pero a Maite le gustaba demasiado dar órdenes, y hay entre ellos un hombre que antes era un mafioso y va por ahí con una prostituta y un hijo bastardo…
El interrogatorio duró unos minutos más, y casi hubiera preferido que me lo hubiera hecho Veltrán a que fuera ella. Mentir a aquella mujer no era sencillo, hablaba como si fuera tan idiota como los bonachones de Óscar o Aitor, pero sabía que esa era solo una fachada creada para que me confiara, tras ella se escondía una persona inteligente que habría captado cualquier titubeo o contradicción. Por suerte era razonablemente buena mintiendo... no me quedaba otro remedio que serlo si quería sobrevivir.
-¿Podré ver a Aitor luego? –Le pregunté cuando me pareció que las preguntas se acababan.- Me gustaría mucho hablar con él.
Antes de que ella pudiera responder tres hombres llegaron siguiendo a Veltrán, que parecía enfadado, pues su ceño estaba más fruncido de lo habitual. Los tres se agacharon haciendo una reverencia frente a Santa Mónica, pero ella se limitó a levantar la cabeza y le mirar a su mano derecha como si esperara la respuesta a una pregunta que no había hecho.
-Muerto. –Dijo él.- Óscar también está muerto.
-¡Oh no! –Exclamé yo al escuchar la noticia, quise forzarme a llorar, pues habría quedado genial para mi papel, pero las lágrimas no me salían… no era tan buena actriz todavía.- ¿Pero cómo ha podido pasar? Hace una hora estaba perfectamente, dijo que se quedaría esperando a que el grupo cambiara de opinión…
No quería que olvidaran ese detalle, por si acaso.
La noticia puso más nervioso aún a Jesús, lo cual no era decir poco, pero ella se limitó a parpadear con sus bonitos ojos un par de veces.
-Será mejor que Irene se instale en la casa de invitados por el momento. –Sugirió Santa Mónica volviéndose hacia el hombrecillo.- Jesús, ¿podrías encargarte?
-Sí, por supuesto. –Respondió él rápidamente.
- Gracias, señora, muchas gracias.- “Ahí te va esa Maite” pensé con satisfacción mientras me levantaba para marcharme; si fueran tan listos como se creían se habrían dado cuenta de que yo era la última persona que vio a Óscar con vida, y que éste había muerto a puñaladas cuando a mí me habían requisado un puñal al llegar… sin embargo ellos, al igual que sus fieles seguidores, solo veían lo que querían ver.
-¿Sabes qué piensan hacer? –Les pregunté a mi acompañante cuando estuvimos fuera del despacho.- No irán a tomar represalias contra ellos, ¿verdad? Estoy segura de que todo ha tenido que ser un malentendido.
Por la mirada nerviosa y huidiza que me lanzó imaginé que la respuesta era sí, pero no se atrevía a decírmelo. Tanto mejor si los quitaban de en medio, desde luego no iba a echar de menos a una gente que en el fondo me odiaba… hasta los que me toleraban solo lo hacían porque eran demasiado idiotas para abandonarme a mi suerte, ¿por qué iba a preocuparme por ellos?
Jesús me acompañó hasta un edificio cercano al muro, en una zona donde no se movía demasiada gente, y juntos entramos a una casa. Era de estilo antiguo, pero estaba perfectamente amueblada y limpia, señal de que antes de que los muertos vivientes aparecieran allí había vivido alguien.
-¿Tengo que quedarme aquí? –Le pregunté inocentemente a Jesús, que parecía preocupado.
-Sí… es decir, no. –Respondió haciéndose un lío; cuando le miré interrogativa él se acercó temeroso hasta mi lado para hablar confidencialmente.- A lo mejor debería… irse.
-¿Irme? –Repetí confundida.- ¿Irme a donde? ¿Por qué?
-Irse… con ellos, con su gente. –Contestó nervioso.- Yo… llevo aquí desde el principio, desde que éramos solo unos pocos en la base… la base militar. Ella, pero sobre todo él, Veltrán, no son tan buenos como parece.
-¿Qué significa eso de que no son tan buenos como parece? –Insistí esperando que soltara de una vez lo que pretendiera decirme.
-Ellos… con la gente de aquí sí, pero con los demás… -Dijo atropelladamente.- Es más que probable que su gente esté en problemas. Tomarán represalias por esas muertes, y no van a estar ni remotamente preparados para plantar cara a lo… a lo que se les viene encima, ¿entiende?
-¿Insinúas que van a atacarles? –Inquirí con genuino interés.
-Sí, eso digo. –Asintió vehementemente.
-¿Y por qué me lo cuentas? –Quise saber.- Estás traicionando a tu propia gente.
-Mi propia gente son asesinos. –Estalló.- Este lugar se ha levantado con sangre y sufrimiento, cualquier persona que pase por aquí y no se una a nosotros corre peligro. No sé qué ocurriría con Gutierrez, pero esos tres hombres de la base fueron allí para asesinar a otro hombre, si ahora su grupo lo sabe corre peligro. Por eso he pensado que… que podría volver y advertirles, marcharos lejos antes de que os ataquemos. Será difícil, pero puedo sacarla de aquí sin que nadie se entere.
Me sentí tentada de reírme en su cara ante semejante oferta, pero la cosa no tenía en realidad ninguna gracia, porque me dejaba con las manos atadas. No podía delatar a Jesús porque aún no era parte de la comunidad, sería mi palabra contra la suya y tenía muy claro cuál creerían; pero si yo no aceptaba esa oferta seguramente se la ofrecería a Aitor, quien era lo bastante estúpido para aceptarla e intentar escapar… y tampoco podía matar a Jesús allí mismo y evitar que hablara con Aitor, sería demasiado descarado.
“¿Y qué importa que se vayan?” me dije dándome cuenta de que en realidad el odio me cegaba.
Me había entusiasmado tanto la idea de que esos sectarios chalados liquidaran a Maite y al grupo que no estaba pensando fríamente… en realidad aquella oferta era la mejor noticia que había tenido en todo el día. Si yo la rechazaba se la ofrecería a Aitor, quien sí la aceptaría, saldría de aquí y se marcharían todo lo lejos que pudieran de este lugar… y entonces no quedaría nadie que supiera sobre mí o sobre mi pasado. Era perfecto.
-Yo... creo que no estoy hecha para algo así. –Respondí dubitativa; pese a todo tenía que fingir preocupación por esa panda de cabrones de la ermita.
-¡No, no! ¡Tiene que hacerlo! –Insistió él.- Escuche, tenemos armas de todo tipo aquí, no tienen ninguna oportunidad de sobrevivir a un ataque.
-¿Por qué no hablamos con Aitor sobre esto? –Le propuse.- Él seguro que estaría dispuesto a arriesgarse… yo… no soy una persona de acción.
-¿Se… se quedaría aquí aún sabiendo que esta gente podría ser la asesina de la suya? –Se asombró Jesús, lo que me dejó un poco apurada por la coherencia de mi historia… pero aquello era una secta religiosa, y en ese tipo de lugares la coherencia no es necesaria.
-Si Santa Mónica lo dice, que así sea. –Respondí.- Yo creo en ella. Por el cariño que le tengo a mi grupo te ayudaré a convencer a Aitor, pero no les ayudaré a ellos, no después de los asesinatos que han cometido.
Pude ver duda en su mirada, pero en realidad aquel parecía ser su estado natural, de modo que no supe cómo iba a reaccionar hasta que finalmente se pronunció.
-Vale, de acuerdo… pero tenemos que darnos prisa en buscar a Aitor, ellos no saben aún la que se les viene encima. –Me apremió dándose la vuelta y dirigiéndose a la puerta de la casa… era una lástima, me hubiera gustado volver a sentarme en un sofá de verdad, y puede que incluso leer algo abrigada debajo de una manta, pero tenía una última cosa que hacer antes de poder descansar tranquila y volver a disfrutar de los privilegios de la civilización.
-No dejas de repetir eso y creo que les subestimas, ya se las han visto antes con hombres armados. –Le dije a Jesús mientras salíamos del piso.
-Los hombres armados son el menor de sus problemas. –Replicó él tragando saliva.- Usted no sabe qué clase de armamento tenemos aquí…
Debo reconocer que esa afirmación me dejó intrigada, y no pude sino preguntarme qué clase de represalias pensaban tomar contra Maite y el resto si consideraba que la gente armada era la menos preocupante de ellas.
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Belthazor
 
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Re: Crónicas zombi: Orígenes

Notapor Belthazor » Jue, 13 Feb 2014, 12:59

CAPÍTULO 18: MAITE

Tuve que frotarme la sien con fuerza para intentar quitarme el dolor de cabeza. Había estado a punto de morir por segunda vez en una mañana, una a manos de sectarios y otra a manos de Sergei… si antes me había sentido sobrepasada por las circunstancias era solo porque no tenía ni idea de cómo éstas podían llegar a enredarse en tan poco tiempo.
-Entonces explícame otra vez cómo es la historia. –Pidió Eduardo después de que volviéramos a la ermita, y pudiera por fin sentarme en uno de los pocos bancos sanos que quedaban, para explicar a todo el mundo qué había ocurrido.
Él y sus compañeros, Ramón Muñoz, cabo del ejército y Diana Aguilar, una soldado de su unidad, llevaban viajando a pie desde hacía una semana, cuando partieron del sur de León; habían permanecido escondidos a las afueras de la ciudad casi como hicimos nosotros en el campamento de Madrid, esperando que mejorara la cosa… pero como no fue así no les quedó más remedio que moverse, y quiso el destino que nos los cruzáramos cuando se dirigían hacia la base militar, pensando, como yo cuando llegamos, que allí encontrarían la protección del ejército. Dos de ellos eran militares, así que creyeron que no tendrían problemas en la base, pero el problema con el que se encontraron fue que la base ya no existía.
-Esa secta de Colmenar Viejo arrasó la base y mató a todo el mundo. –Repetí mientras Luís se aseguraba de que el intento de estrangulamiento de Sergei no me había causado ningún daño que requiriera atención médica; todavía me dolía un poco al hablar, pero no parecía nada grave; me sentía mucho mejor estando allí de vuelta, con Clara y con los demás.
-¿A todo el mundo? –Preguntó Diana con preocupación.- ¿Estáis seguros?
-Completamente. –Le respondió Gonzalo, a quien habían obligado a quitarse la capa con la que se cubría porque en un lugar cerrado como en el que estábamos la peste a putrefacción era insoportable.- Yo estuve allí… no quedó alma con vida cuando volvieron a por nosotros.
-Joder… - Gimió ella volviéndose hacia su gente.- ¿Y qué vamos a hacer entonces?
-No lo sé. –Respondió Ramón rascándose la cabeza.- Vinimos hasta aquí pensando que la base estaría operativa, o por lo menos con gente en ella… no me esperaba algo así para nada.
-Nadie podía esperarse algo así. –Dijo Toni, que ayudaba a Sebas a colocarse unos algodones en la nariz que Sergei le había puesto como un pimiento.
-Nosotros tenemos la intención de marcharnos de aquí cuanto antes, a lo mejor podríamos hacerlo juntos.- Les propuse.
En realidad tenía la esperanza de que aceptaran porque después de los chalados de la secta aquel grupo me parecía lo bastante normal como para confiar a priori en sus miembros, y necesitábamos urgentemente gente capaz entre nosotros.
-No sé si es buena idea, sería un grupo muy grande, ¿no? –Objetó Eduardo torciendo el gesto.- Alimentar y dar cobijo a tanta gente sería complicado.
-No somos unos inútiles. –Nos defendí.- Sabemos apañárnoslas. Un grupo más grande da más protección, y más posibilidades, como poder salir a buscar comida y al mismo tiempo proteger el refugio.
-Creo que ella tiene razón, Edu. –Le dijo Diana.- ¿Por qué tenemos que seguir solos? Pienso que cuántos más seamos más seguros estamos.
-Estoy de acuerdo. –Admitió Ramón.- No hemos tenido problemas de comida hasta ahora, y poder repartirnos un poco más las guardias y vigilancias, así como las tareas, nos vendría bien… sobre todo ahora que no tenemos donde ir y no sabemos cuánto tiempo vamos a estar dando vueltas aquí fuera.
-No me estaba oponiendo. –Se defendió Eduardo.- Solo ponía sobre la mesa los contras de hacerlo, pero si es lo que todos queréis por mí perfecto, así podré hablar con alguien que sepa de algo más que tácticas militares.
-Eso está muy bien. –Intervino Toni poniéndose en pie con dificultad.- Pero, ¿A dónde vamos? Me parece que nos hemos quedado sin ideas.
-Nosotros nos hemos estado moviendo por la sierra. –Dijo Eduardo.- Por allí apenas hay muertos vivientes y se puede forrajear o cazar si falta la comida, no creo que el exceso de caza vaya a ser un problema ya para ninguna especie salvaje.
-Pero no me gustaría ser una especie animal lenta. –Exclamó Luís todavía palpándome el cuello.
-Dímelo a mí. –Suspiró Toni.- Aunque me gusta la idea de que haya gente capaz en el grupo, creo que sois más que bienvenidos.
-Dentro de una hora cogeremos los coches y nos marcharemos siguiendo la carretera hasta que estemos lo bastante lejos de este sitio y de la gente de la secta. –Anuncié incorporándome y apartándome de las innecesarias observaciones de Luís.- Así que id recogiendo vuestras cosas.
-Si agacho la cabeza vuelve a sangrar. –Se quejó Sebas sujetándose la nariz.
-Yo te ayudo, venga. –Se ofreció Toni cojeando hasta él.- Quiero largarme de aquí cuanto antes.
-Nosotros estamos tan listos como cuando llegamos. –Me informó Eduardo.- Así que os esperaremos aquí fuera. Nadie tendrá un cigarrillo, ¿verdad?
-Creo que no, lo siento. –Le contesté.- ¿Alguien ha visto a Judit?
-Salió a por no sé qué. –Me respondió Raquel, que también se disponía a recoger sus cosas… y supuse que las de Aitor, ya que él había preferido quedarse con los sectarios y nos las había dejado pensando en que nosotros íbamos a necesitarlas más, cosa probablemente cierta.
-Nadie debería salir en solitario. –Gruñí pensando en que debería salir a buscarla; allí fuera había muertos vivientes y ella no era precisamente la persona más capaz para plantarles cara… pero tenía otras obligaciones, como cumplir la promesa que le había hecho a mi hija.
-Ya está todo listo, mamá. –Me dijo con una sonrisa cuando entré en nuestra habitación, ella sola había terminado de recogerlo todo en mi ausencia.
-Muy bien cariño, ¿vamos fuera? –Le propuse cogiéndola de la mano, pero tras agarrármela se me quedó mirando con un gesto preocupado.
-Mamá… ¿qué te ha pasado en el cuello? –Preguntó con aprensión.
-Nada, me he dado un golpe. –Mentí para no tener que explicarle la verdad, no creía que fuera a sentirse demasiado bien si le decía que Sergei había intentado matarme.- Pero no es nada, no me duele, solo que ha dejado marca, ¿estás preparada?
-Creo que sí. –Se apenó al pensar en lo que teníamos hacer; le había prometido un entierro para su padre y eso era lo que iba a darle, además habíamos acordado hacerlo en aquella ermita, un lugar adecuado y bonito para aquello.- ¿Qué va a pasar con Aitor? ¿Se va a quedar con esa gente?
-Parece que sí. –No me quedó otro remedio que contestarle.- Pero no te preocupes por él, estará bien, igual que nosotros.
-¿Y si él estará bien por qué no vamos allí también nosotros? –Quiso saber cuando salimos de la habitación; Katya y Andrei seguían en una esquina sentados, ella hablaba con el chiquillo en ruso, quizá consolándole por todo lo que había tenido que ver.
-Es… más complicado que eso. –Repliqué pensando en cómo responder a aquella cuestión.- Esa gente ha hecho cosas malas, pero solo a gente que no era de los suyos, Aitor ahora es de los suyos, así que no le harán nada malo, ¿vale?
-Pero, ¿por qué se ha ido Aitor con gente mala? –Inquirió.- ¿Es Aitor malo ahora?
-No… es solo que él no sabe que son mala gente… -Conforme iba explicándole aquello me di cuenta de que no encontraría la forma de que ella pudiera entenderlo, y me sabía mal tener que admitir que en realidad más que quedarse allí le estaba abandonando… otra vez.- Oye, ahora no te preocupes por eso, ¿vale? Aitor va a estar bien y nosotros también, tú solo piensa en lo de papá. ¿Tienes todavía la foto que te di?
-Sí. –Dijo sacándosela del bolsillo; era la foto de un cumpleaños de Clara en la que se nos veía a los tres delante de una tarta, la había llevado en la cartera conmigo hasta que me pareció que ella la necesitaba más que yo.
-¿Puedo acompañaros? –Preguntó repentinamente Raquel dándonos alcance.- Todo funeral necesita asistentes.
Mi primer impulso fue decirle que no, ya que había planteado aquello como un acto íntimo, solo para la familia, creyendo que sería mejor para Clara. Pero ella misma le dijo a Raquel que sí, así que no me opuse… solo realizaba todo aquello por ella, para que empezara a superarlo, de modo que sería a su gusto.
-Este lugar está bien. –Afirmé al llegar al patio trasero.- Haremos un montículo con la tierra de fuera y utilizaremos una de las cruces de la parte delantera. ¿Por qué no traéis una mientras voy a buscar una pala?
-Vale, vamos Clara. –Exclamó Raquel cogiéndola de la mano y llevándosela al otro lado.
Había una pala y varias herramientas de jardinería en un armarito de una de las habitaciones, así que volví al interior de la ermita para buscarla. Sin embargo Luís me vio cuando volví a pasar por el retablo y aprovechó el momento para abordarme.
-¿Podemos hablar un momento? –Me pidió agarrándome del brazo y apartándome a un lado para que Katya y Andrei, los únicos que quedaban allí, no pudieran escucharnos.- Me preocupa que hayas decidido tan felizmente que nos unamos a esta gente. No sabemos nada de ellos.
No sabía por qué no me había esperado esa reacción por su parte, después de todo era bastante lógica… quizá se debiera a que ya estaba muy quemada de tomar decisiones y me estaba volviendo descuidada.
-Sabemos que no son unos tarados sectarios y que están dispuestos a dejarnos ir con ellos, con eso me basta por el momento. –Le respondí haciendo un ademán de marcharme, pero él insistió.
-¿Y ya está? –Inquirió.- ¿Otra vez con las decisiones unilaterales?
-¿Sabes qué? Que sí. –Le espeté.- Decisión unilateral, y a quien no le guste puede quedarse aquí, unirse a los sectarios o pegarse un tiro en la cabeza. Tengo mis propios problemas, estoy haciendo un funeral simbólico por mi marido para que mi hija pueda empezar a dormir bien por las noches. Si tanto te gusta decirme cómo tengo que dirigir este grupo puedes dirigirlo tú mismo, yo dimito.
-No puedes dimitir. –Respondió el, tan calmado como siempre; no esperaba alterarle demasiado con mi dimisión, pues ya le conocía y no era esa clase de persona, pero que se mantuviera tan sereno resultaba hasta insultante.- Tienes una responsabilidad. Recogiste las riendas cuando el carro se quedó parado y ahora no puedes soltarlas, está en juego la vida de todos nosotros.
-La única responsabilidad que tengo se llama Clara. –Le contradije.- Todos somos mayorcitos para cuidarnos y para tomar las decisiones por consenso sin que mamá Maite tenga que decir lo que es mejor o peor. Hoy casi me matan dos veces tratando de hacer lo que una buena líder tendría que hacer, y no puedo permitirme morir por vosotros teniendo una hija, lo siento.
Quizá por una vez le había dejado sin palabras, porque me marché de allí sin que él dijera nada más, lo que me resultó extraño en un hombre que siempre tenía algo que decir. Tal vez le hubiera convencido o tal vez me diera por caso perdido, pero no me importaba, apartarme de la responsabilidad de dirigir al grupo me quitaba mucha presión, y cuando llegué al armario de las herramientas de jardinería hubiera jurado que hasta estaba sonriendo.
-Hola. –Me sobresaltó una voz a mi espalda, haciendo que se me cayera un montón de rastrillos al suelo… era Gonzalo, y me extrañaba no haberme dado cuenta antes de que estaba allí porque había vuelto a ponerse la apestosa capa negra sobre los hombros.
-Qué susto me has dado. –Gemí agachándome a recoger las cosas del suelo.
-Perdona, no era mi intención. –Se disculpó.- Solo quería decirte que me voy.
-¿Cómo que te vas? –Pregunté incorporándome.
-Hice lo que me pediste, le conté lo que ocurrió a tu gente. –Se justificó.- Ahora os vais, y yo regreso a la base.
-¿Y se puede saber para qué? –Quise saber.- ¿A seguir actuando como el fantasma de la ópera hasta que logres que te maten?
-Los seguidores de esa mujer mataron a mi gente… –Replicó, pero no le dejé terminar la frase.
-Y ahora tú quieres vengarte de ellos porque así se arregla todo, ¿no? –Le reprendí.- ¿Vas a tocar las campanas cada vez que aparezca uno de ellos por la base, como hiciste con nosotros? Así no vas a matarlos, y aunque lo hicieras eso no devolvería a la vida a tu gente… deberías venir con nosotros.
-¿Con vosotros? –Soltó un bufido.- La mitad me consideran un tipo mal de la cabeza, y puede que tengan razón, ¿por qué querrías que fuera con vosotros?
-Fuiste sargento en el ejército. –Le expliqué.- Sabes pelear, sabes disparar, sabes… sobrevivir. Necesitamos gente así más de lo que me gusta admitir. Luís es médico, pero no sabe utilizar un arma, Raquel y Judit solo son unas niñas, Toni está herido, Sebas no es precisamente un tipo duro y Katya y Andrei están indefensos… y yo solo era una oficinista antes de esto. Si tienes que luchar por alguien que sea por los vivos, no por los que ya están muertos.
Mis palabras le dejaron pensativo un par de segundos, durante los cuales volví a guardar los rastrillos y azadas y cogí la pala.
-Quise cavarles unas tumbas. –Afirmó.- A mis compañeros asesinados, digo… pero eran más de cuarenta, y después de lo que esa gente hizo con la capilla no quería ni pensar lo que podían hacer con esas tumbas cuando las vieran.
-Lo siento, es duro perder a gente y no poder enterrarlos en condiciones… -Levanté la pala para que la viera.- Dímelo a mí.
-Está bien, os acompañaré. –Accedió finalmente.- Tienes razón, es mejor luchar por los vivos.
-Ya solo falta que te quites esa capa apestosa. –Bromeé con él.- ¿Por qué te la has vuelto a poner?
-Es útil. –Se excusó.- Me sirve para…
Antes de que pudiera terminar la frase se interrumpió, pues un sonido proveniente del exterior de la ermita llamó nuestra atención debido a su similitud con el sonido de un fusil abriendo fuego.
-¿Qué es eso? –Pregunté olvidándome por un momento de palas y rastrillos.
-Disparos. –Me aclaró Gonzalo.- Eso son fusiles de los nuestros, a lo mejor vuestros nuevos amigos se han encontrado con algún reanimado.
-¿Y por qué siguen disparando? –Exclamé alarmada tirando al suelo las herramientas y descolgándome el rifle de la espalda… los disparos no cesaban, al contrario, parecía como si se hubieran unido más personas al tiroteo, de modo que o bien venía una horda, o bien tenían muy mala puntería.
“Clara” recordé de repente… mi hija estaba allí fuera, con Raquel, de donde venían los disparos.
No había corrido tan rápido en toda mi vida como en ese momento, cuando casi me llevo por delante a Sebas, que también había acudido atraído por el escándalo.
-¿Qué pasa? –Preguntó cuando le quité de en medio, pero no me detuve a responderle, de un tirón abrí la puerta de la ermita y me asomé al patio.
Sentada en el suelo y abrazada a Raquel, Clara se escondía de los disparos detrás del todoterreno, donde también se encontraban Eduardo y su gente. Un vehículo militar estaba plantado frente al muro que rodeaba la ermita, y desde él por lo menos cuatro hombres abrían fuego con sus fusiles de asalto contra nosotros.
“Sectarios” deduje inmediatamente.
Nos estaban atacando, y aunque no entendía del todo por qué, me imaginaba que tendría que ver con el hecho de que no nos uniéramos a ellos, o tal vez a los muertos de la base militar… pero era imposible que supieran que habíamos tenido algo que ver con eso.
De todas formas el motivo era irrelevante, lo único importante era que estaban allí, intentando matarnos. La parte buena era que Clara y Raquel parecían estar a cubierto por el momento.
-¿Qué está pasando? –Quiso saber Katya, que se había acercado hasta la puerta.
Un balazo impactó contra ésta, quedando incrustada en la madera, de modo que aparté a Katya de un empujón y me agaché en el suelo.
-¡Nos atacan! –Respondí a todos los presentes, que en esos momentos eran todos los que seguíamos dentro de la ermita.
-¿Son esos sectarios? –Inquirió Toni, que se acercaba cojeando.
-Sí que lo son. –Confirmó Gonzalo asomándose fuera también, a mi juicio de manera demasiado temeraria.- Creo que ya saben que estoy aquí.
¿Podría ser ese el motivo? Seguía sin entender cómo era posible, pero tenía sentido, Óscar no estaba en el lugar acordado cuando Sergei quiso unirse a ellos; a lo mejor había un cuarto hombre en la base que vio lo que ocurrió, si nos había visto a Judit y a mí allí podrían haber hecho que Óscar se fuera y empezar un ataque, porque no había forma de que otra persona se lo hubiera contado…
Pero enseguida me di cuenta de que en realidad sí que la había.
“Irene” pensé con rabia; debí tomar más en serio a Luís cuando me dijo que se había ido, ella lo sabía absolutamente todo, si fue ella la que habló con Óscar…
-¿Y qué hacemos? –Suplicó Sebas notablemente asustado.
“¿Es que nadie va a decirlo?” me dije con irritación al ver que todos se quedaban callados y mirándome, incluido Luís; ¿de verdad iban a obligarme a hacer de líder una vez más?
-Coged los fusiles y la escopeta que trajimos. –Ordené, muy a mi pesar.- Si quieren fuego vamos a devolvérselo. Gonzalo, tú sabes manejar estas cosas, ponte en la ventana y abre fuego cuando yo te diga, cubriremos a los que siguen fuera para que puedan entrar y cubrirse.
Lo primero era poner a Clara fuera del alcance de las balas, luego ya veríamos.
-¿Qué hacemos los demás? –Preguntó Toni mientras el antiguo sargento cogía uno de los fusiles y se dirigía a la ventana; un par de balas se incrustaron en la puerta, pero la madera era fuerte, no la atravesarían tan fácilmente… esperaba que la carrocería del todoterreno también lo fuera.
-Coged vuestras armas y estad preparados. –Les dije.- No os expongáis, moveos siempre por debajo de las ventanas. Y recoged vuestras cosas, en cuanto podamos salir de aquí nos largamos para siempre.
Después de que los demás se dispersaran sentí como si algo me presionara en el pecho. Un grupo de lunáticos nos estaba tiroteando y mi hija estaba allí fuera, expuesta a cualquier cosa… todo aquello empezaba a ser demasiado para mí.
-¿Estás bien? –Exclamó Luís volviendo a mi lado.- Te has quedado pálida de repente.
-No, no estoy bien. –Le contesté.- Recoge tus cosas y prepárate, es posible que haya heridos.
-Vale... vale. –Asintió dándose la vuelta de nuevo.
-¡Luís! –Le llamé.
-¿Qué? –Dijo volviéndose una vez más.
-Creo que esto es cosa de Irene. –Le confesé mis sospechas, lo que hizo que se quedara pensativo durante un segundo.
-Sí, tiene toda la pinta. –Afirmó.
-Debí hacerte más caso cuando me dijiste que se había ido. –Me disculpé con él.- Por eso ya no valgo para esto…
-Te lo diré si logras sacarnos de esta con vida. –Replicó antes de marcharse a por sus cosas.
-Estoy listo. –Me informó Gonzalo posicionándose junto a la ventana; desde ella tendría un buen ángulo para disparar contra nuestros atacantes y no poner en peligro con fuego amigo a Clara y a los demás.- Si te sirve de algo, creo que solo nos están advirtiendo.
-¿Qué quieres decir? –Pregunté volviendo la vista hacia el todoterreno para asegurarme de que mi hija seguía bien.
-Solo están pegando unos cuantos tiros, si han saqueado la base militar tiene más que esto. –Se explicó.- Podría ser solo una avanzadilla, gente tanteando el terreno.
-Sean lo que sean tenemos que sacar a los nuestros del patio. –Le contesté.- Voy a llamar su atención para que sepan cual es nuestro plan.
Tuve que asomarme fuera más de lo que me hubiera gustado, exponiéndome demasiado a una posible bala perdida, o no tan perdida, para llamar la atención de la cinco personas que se cubrían tras aquel vehículo. Dos de ellas tenían armas automáticas también, y otro un rifle incluso mejor que el mío, pero con cuatro tipos acribillándoles no tenían oportunidad de asomarse e intentar responder.
-¡Eh! –Les llamé; la primera en verme fue Clara… no la había visto tan aterrorizada en mi vida, y eso me dolió mucho más que los otros dos intentos de asesinato que había sufrido esa mañana.- ¡Esperad a mi señal! ¡Esperad a mi señal para venir!
Ramón levantó un pulgar, dando a entender que había captado lo que pretendía hacer. Teniendo en cuenta que estaba intentando imitar a los militares que había visto en las películas me extrañó que a él, un soldado de verdad, no le pareciera una locura… pero quizá no hubiera más opciones que esa.
Conocedores del plan, en cuanto le hice un gesto a Gonzalo y éste comenzó a devolver las balas, obligando a los tiradores atacantes a refugiarse tras el muro para no ser alcanzados, salieron corriendo en dirección a la entrada de la ermita. Me sentí más tranquila al ver que tanto Ramón como Diana también aprovechaban para devolver el fuego con sus propias armas, pero no me pude serenar del todo hasta que Clara, se lanzó en mis brazos y pude sacarla del campo de batalla.
-¡Mami! –Gimió temblando como un cachorrillo.
-Ya pasó cariño, ya pasó. –Le dije para consolarla.
-¡Dios! ¿Qué le ha picado a esa gente? –Sollozó Raquel dejándose caer al suelo mientras Eduardo cerraba la puerta, justo cuando las balas enemigas comenzaban a volar de nuevo.
-Parece que los habéis cabreado más de que nos dijiste. –Me acusó mirándome con el ceño fruncido.
-¡No hemos hecho nada para provocar esta respuesta! –Le espeté teniendo a Clara todavía agarrada a mí como una lapa.
-¿No matasteis a tres de los suyos? –Me recordó él.
-¡Ellos intentaron matarnos a mí y a…! –Acababa de caer en la cuenta de que Judit estaba fuera, no sabía dónde, pero fuera.- ¡Mierda!
-¿Qué importa eso ahora? –Gruñó Diana.- ¡Nos están atacando!
Luís fue el primero de los demás en regresar, y traía la bolsa de medicinas en la mano.
-¿Estáis todos bien? –Preguntó.- ¿Algún herido?
-De momento no. –Respondió Eduardo mientras Gonzalo se unía a los demás; con el tiroteo, la cristalera de la ermita se había hecho añicos.- Pero deberíamos intentar escapar de aquí por detrás.
-¡No! –Replicó Gonzalo.- Eso es lo que esperan que hagamos, esos cuatro solo son un señuelo.
-Tiene razón. –Le concedió Ramón.- Por muy legos que sean en estrategia militar, mandar a cuatro tíos a disparar contra un edificio de piedra es una pérdida de tiempo y de munición, esto debe ser algún tipo de trampa.
-Aun así deberíamos intentar escapar. –Inquirí yo tras escucharles; Katya y Andrei, seguidos de Sebas y Toni regresaron también.- Si no lo hacemos podríamos acabar sitiados aquí dentro.
-Es posible que ya lo estemos. –Aseveró Gonzalo.- Si salimos todos ahí fuera podemos acabar con esos cuatro, es lo único que no esperan.
-¿Estás loco o qué? –Le reprendió Eduardo.- Si cargamos contra ellos como idiotas nos abatirán antes de llegar a la mitad de la distancia que hay hasta el muro.
-Saldremos por detrás. –Se me ocurrió de repente.
-¿Es que no estabas escuchando? –Replicó Diana.- Podrían estar esperando que saliéramos huyendo por detrás para…
-No para huir, sino para emboscarles a ellos. –Le contradije.- Unos se quedan aquí, haciendo como que devolvemos el fuego, y otros salen por detrás y rodean discretamente la ermita hasta cogerlos por detrás sin que se den ni cuenta. En cuanto esté la salida despejada los de dentro podrán escapar y juntarse con los demás.
-No parece que tengamos un plan mejor. –Exclamó Eduardo encogiéndose de hombros.- Si salimos de aquí podemos perderlos campo a través.
-Eso suena bien. –Afirmó Toni.- ¿Cómo lo hacemos?
-Los que salgan ahí fuera estarán más expuestos que nadie. –Observó Ramón.- Lo haremos Edu, Diana y yo. Vosotros los distraéis desde fuera.
-Judit está ahí fuera. –Me vi en la obligación de recordar a los demás; algunos hasta miraron a su alrededor, sorprendidos de que no estuviera por allí.- Podría estar en peligro.
-Si no la han visto podría ser la que está más a salvo de nosotros. –Replicó Diana recargando su arma.- Yo estoy lista.
-Voy con vosotros. –Se ofreció Gonzalo.- Ahí puedo ser más útil… y quiero darles las gracias a esa gente por el intento de asesinato de esta mañana.
-Vamos, cuanto menos tiempo perdamos más posibilidades tendremos. –Exclamó Eduardo poniéndose en camino en dirección a la salida trasera de la ermita.
-Toni, tú y Sebas sabéis disparar, así que coged los otros dos fusiles y devolved el fuego desde la ventana. –Les indiqué.- Los demás esperaremos junto a la puerta a que ellos se encarguen, estad preparados para correr.
La espera se volvió casi insoportable, Clara no se atrevía a soltarse de mí, y no podía culparla de tener miedo después de lo que acababa de ocurrir, pero sospechaba que Gonzalo tenía razón en una cosa… aquello solo era una advertencia. No había ningún otro motivo para que siguieran disparando como idiotas contra la fachada de la ermita sabiendo que no iban a alcanzar a nadie. Quizá fueran tan malos soldados como decía Ramón y simplemente contentaban con devolver el fuego, o quizá realmente estuvieran esperando a que saliéramos por detrás para tendernos una emboscada.
Fuera como fuera, no escuchamos disparos desde la parte trasera de la ermita. Hice que bloquearan las puertas con los bancos que quedaban para que nadie intentara colarse dentro y esperé que Gonzalo y los demás cumplieran su parte… si no nos traicionaban y aprovechaban para escabullirse era solo cuestión de tiempo que se encargaran de nuestros cuatro atacantes.
-Tengo miedo. –Susurró Clara.
-Ya lo sé cariño, yo también. –Le respondí abrazándola aún más fuerte.- Pero todo va a salir bien, ya lo verás.
-¡Ahí están! –Anunció Sebas señalando al exterior.
-¡Joder! Menos mal… ya no tenía balas. –Añadió Toni bajando el fusil.
Los disparos se interrumpieron durante un segundo y después se reanudaron. Se escuchó un coche derrapar y más disparos. No fue hasta que vi a Gonzalo atravesar el muro y hacernos una señal cuando supe que todo había salido bien.
-¡Es el momento! ¡Vamos! –Arengué a los demás.- Salgamos en fila, y rápido.
Luís fue el primero en hacerlo, salió corriendo, rodeó el todoterreno tiroteado y siguió hasta donde se encontraba Gonzalo, a quien se unieron Eduardo, Diana y Ramón; éste último se agarraba una herida sangrante en el brazo, pero parecía estar bien.
-Ahora tu. –Señalé a Raquel al ver que el camino parecía realmente despejado.
Raquel echó a correr en dirección al muro, cuando ya estaba a la altura del todoterreno agarré a Clara de la mano y salí con ella… pero entonces vi algo en el cielo que no pude identificar acercándose a nosotros.
Parecía un helicóptero, pero era tan pequeño que lo habría confundido con uno de juguete… o al menos hacía ruido como si fuera de juguete. Moviéndose increíblemente rápido llegó hasta la ermita y se quedó parado en el aire a unos veinte metros de distancia. No supe qué era eso hasta que Gonzalo abrió fuego contra él, y como respuesta aquella cosa giró sobre sí misma y le devolvió los disparos desde el aire.
-¡Joder! –Exclamé lanzándome con Clara en brazos detrás del todoterreno; Gonzalo tuvo que esconderse detrás del muro para cubrirse de las balas junto a Luís y los demás, mientras que Raquel se escondió detrás de un árbol… los demás se quedaron en las puertas de la ermita, sin atreverse a salir.
-¿Qué es eso mamá? –Me preguntó mi hija sobre el ruido de las balas que disparaba aquel artilugio infernal.
-Eso es un drone, hija. –Le respondí.
La única explicación a la presencia de aquel aparato era que los militares hubieran tenido uno en su base y los sectarios hubieran aprendido a manejarlo, pero el motivo por el que estaba allí era irrelevante, lo único importante era que nos había cortado el paso completamente.
Tras tirotear a Gonzalo, aquel aparato volvió su atención hacia nosotras, de modo que el todoterreno, ya muy desmejorado, se llenó de nuevas marcas de disparos, igual que la corteza del árbol que cubría a Raquel, la cual parecía muy agobiada tratando de que aquel tronco flaco la cubriera completamente… era un sentimiento perfectamente comprensible.
En la ermita, Toni, Sebas, Katya y Andrei se habían quedado bloqueados sin poder salir, pero ellos al menos estaban más a cubierto que nosotras. De nuevo temí por la resistencia de la carrocería del vehículo, pero lo que de verdad me daba miedo era que el drone no necesitaba quedarse donde estaba para disparar, solo tenía que moverse hasta tener un ángulo donde pudiera alcanzarnos y acabaría con nosotras en un suspiro.
Eduardo, Gonzalo, Diana y Ramón iniciaron un contraataque, abrieron fuego contra el drone los cuatro a la vez y a éste no le quedó más remedio que comenzar a moverse para esquivar las balas.
-¡Vete! ¡Ahora! –Le grité a Raquel, que era la que lo tenía más fácil para escapar; pero ella negó con la cabeza… estaba demasiado asustada para moverse.
-¡Maite! –Me llamó Sebas desde el otro lado dando un paso fuera de la ermita con Katia de la mano, quien llevaba en la otra a Andrei.
El drone volvió justo en ese instante, aunque más que verlo le escuché moverse cerca de nosotros. Quien sí lo vio fue Katya, que se soltó de la mano de Sebas de un tirón y regresó junto con su hijo al interior de la ermita. Sebas, sin embargo, se quedó allí tendiéndole la mano para que volviera con él.
-¡No te quedes ahí en medio! –Le avisé echándome sobre Clara cuando escuché que el aparato volvía a abrir fuego… como seis o siete balas alcanzaron a Sebas, que cayó al suelo completamente muerto, pues una de ellas le había alcanzado en la cabeza.
-¡Dios!
Raquel gritó, Clara intentó levantar la cabeza para ver qué había ocurrido, pero no se lo permití.
-No mires cariño, no mires. –Le dije apretando los dientes con rabia mientras veía las baldosas del suelo llenarse de sangre.
“Esto no está pasando” intenté convencerme a mí misma, “esto no puede estar pasando…”
Pero estaba pasando, como todo lo malo que ya había ocurrido anteriormente; en el mundo en que vivíamos solo las cosas buenas eran espejismos, como el supuesto lugar seguro que representaba la secta. Gonzalo y los demás volvieron a la carga aprovechando que el drone se había quedado parado de nuevo en el aire, pero en aquella ocasión solamente Ramón y Eduardo disparaban. Supuse que la munición de los demás debía haberse acabado… lo que significaba que el tiempo se nos acababa también.
Cuando el aparato comenzó a maniobrar le hice un gesto a Katya y a Toni, que observaba horrorizado el cadáver de Sebas en el suelo, para que vinieran, pero Katya se negó en redondo. No quería arriesgarla vida de su hijo y podía comprenderlo, pero las opciones se nos acababan y no le veía solución a la situación.
-¡Raquel! ¡Vete de una puta vez! –Bramé en dirección a la chica para hacerla reaccionar, pero entonces me di cuenta de que Clara y yo también teníamos que salir de allí, así que preferí callarme y predicar con el ejemplo.
Tirando de mi hija salimos de detrás del todoterreno en dirección al árbol, una vez allí empujé a Raquel para que se moviera… pero entonces el drone regresó, aunque por suerte o desgracia no para atacarnos a nosotras. De la parte inferior de aquel artilugio surgió con un silbido un misil en dirección a la ermita. El pequeño artefacto rompió la cristalera superior cuando entró dentro, y un segundo más tarde se produjo una explosión tan intensa que nos lanzó a las tres por los aires.

No podía escuchar nada, tan solo un molesto silbido que me taladraba el cerebro. Aturdida, abrí los ojos solo para encontrarme rodeada de escombros ardiendo que caían del suelo, me dolía todo el cuerpo y tenía recuerdos confusos de lo que acababa de ocurrir. Alguien se movía a cuatro patas a mi lado, pero me costó lo que me pareció casi un minuto darme cuenta de que se trataba de Raquel, que boqueaba como luchando por respirar con la cara llena de hollín.
“Clara” dijo una voz en mi cabeza, “¿dónde está Clara?”
De repente el sonido regresó y volví a poder escuchar, aunque seguía demasiado dolorida para incorporarme. Raquel sollozaba a mi lado, pero en lo único que podía fijarme era en el cuerpecito tirado en el suelo bocabajo que tenía a un metro de mí. Con un esfuerzo sobrehumano logré arrastrarme hasta él y cogerle de la muñeca, y para mi alivio ella movió la cabeza… gracias a Dios seguía viva.
Quienes creía imposible que siguieran vivos eran Toni, Katya y Andrei. La explosión había hecho saltar por los aires todo el interior de la ermita, nadie podía sobrevivir a eso.
-Joder… -Logré balbucear.
Comencé a escuchar disparos, pero no sabía si los producía el drone, enemigos o amigos. Un vehículo se acercó y de él bajaron varias personas que no pude identificar, pues desde el suelo solo podía verles los pies. Eran por lo menos cuatro, así que lo primero que pensé era que se trataba de Gonzalo y los demás, pero luego escuché una voz que no me sonaba de nada.
-Cogedlos, vamos. –Dijo un desconocido con voz firme.- Hay que largarse rápido.
Alguien tiró de Raquel y la levantó del suelo. Ella intentó resistirse, pero estaba demasiado aturdida para conseguirlo, y yo también para poder ayudarla.
-¡No la toques! –Logré decir cuando otro se agachó junto a Clara, pero al mismo tiempo otras dos manos me agarraron a mí; puede sujetar la pierna de mi hija para evitar que la cogieran, pero no creía que fuera a resistir mucho tiempo tirando de ella.
-¡Mierda! ¡Están ahí! –Bramó alguien justo antes de que comenzaran de nuevo los disparos.
Me soltaron, y también a Clara porque la tenía firmemente sujeta en mi mano, pero en cuando caí al suelo sentí como mi consciencia se desvanecía al tiempo que escuchaba a un vehículo arrancar.
Al despertar descubrí que alguien se encontraba agachado junto a mi hija, instintivamente intenté rechazarle de un manotazo, pero no sirvió de nada, y tuve que revolverme como una bestia salvaje atrapada cuando una segunda persona intentó sujetarme para impedirlo.
-¡Tranquila, somos nosotros! –Dijo Eduardo, que era quien me había agarrado.
-¡Clara! –Llamé a mi hija… no estaba en condiciones de atender a razones, solo quería que quien fuera que estaba con ella se quitara de en medio y me dejara verla.- ¡Clara!
Ese hombre resulto ser Luís, que en cuanto me escuchó se giró para atenderme a mí.
-La niña se pondrá bien. –Les dijo a los demás.- Pero habrá que cargar con ella. Maite, ¿me escuchas? Clara se pondrá bien, ¿cómo te encuentras tú?
-No tenemos tiempo para esto. –Refunfuñó Ramón.- Ya hemos perdido bastante tiempo reanimándolas, tenemos que largarnos antes de que vuelvan con más gente.
-Estoy bien. –Le respondí a Luís… lo cierto era que verlos ahí me había aliviado bastante, más que herida lo que estaba era aturdida por la explosión.- ¿Se han ido?
-Todos. –Asintió Diana mirando a su alrededor.- Tenían otro grupo escondido, pero no nos atacaron cuando rechazamos al primero, solo esperaron a que ese puto drone les hiciera el trabajo sucio… hijos de puta.
-¿Y Raquel? –Pregunté inmediatamente.- Creo que intentaban llevarnos con ellos.
-A Raquel… se la han llevado. –Me informó Luís angustiado.- Lo intentamos, fuimos tras ellos y agotamos la poca munición que nos quedaba, pero no pudimos impedirlo, no teníamos coches a mano y se nos escaparon. Creo que se la han llevado al pueblo.
-¡Joder! –Bramé quizá con demasiada fuerza, ya que inmediatamente comencé a toser.- ¿Seguro que Clara está bien?
-Solo son magulladuras, el susto y el aturdimiento por la explosión. –Me aseguró el doctor.- Se pondrá bien… ¿y tú cómo te sientes? Perdona pero, aunque estuvieras inconsciente, me pareció más urgente atender a tu hija.
-Creo que estoy bien, pero los demás están muertos. –Dije tanto para informarle como para hacerme yo mismo a la idea; a mi espalda la ermita ardía como si estuviera hecha de madera.- Katya y Andrei, Toni, Sebas…
-Ya lo sé. –Asintió Luís con pesar.- No hay forma de sobrevivir a algo así, casi no creíamos que vosotras lo hubierais conseguido, pero cuando perdimos a Raquel pensamos que podía quedar alguien más con vida…
-¿Por qué no nos dijiste que tenían un drone? –Acusé a Gonzalo, que miraba casi hipnotizado el fuego de la ermita… él había sido militar allí, sabía el armamento que podía tener esa gente mejor que cualquiera de nosotros.
-¡No lo sabía! –Se excusó.- El drone no estaba en mi base, debía estar en la de las fuerzas aeromóviles del ejército de tierra… ¡Pero yo ni sabía que tenían un aparato así!
-¿Mamá? –Me llamó Clara desde el suelo, rápidamente la agarré de la mano.
-Estoy aquí cariño. –Le dije para tranquilizarla.- No te muevas, ¿vale? ¿Te duele algo?
-Sí. –Protestó sentándose sobre la hierba y la ceniza.- ¿Qué… qué ha pasado?
-Una explosión. –Contesté.- No la mires.
-Será mejor que nos movamos. –Sugirió Eduardo secándose el sudor de la frente, pese a que estábamos en invierno y ese día era especialmente fresco.- No es seguro estar aquí, no sabemos si esa gente se ha conformado con esto o pretende rematar la faena.
-Pretenden rematarla. –Aseveró Ramón completamente convencido.- Su plan era muy sencillo, obligarnos a encerrarnos en la ermita disparándonos y volarla con el drone con todos dentro. Nos hemos salvado porque les atacamos y nos pillaron fuera a la mayoría, pero sin duda vendrán con más gente ahora que saben que aún queda gente viva... seguramente no contaban con nosotros tres en sus cálculos.
-Eso no es del todo así. –Dijo una conocida y querida voz de listilla sabelotodo desde el muro de la ermita; Judit había vuelto, y gracias a Dios estaba viva… era una pequeña buena noticia después de tanta desgracia.
-¡Judit! –Exclamé sorprendida.- ¿Dónde has estado?
-Tuve que salir para buscar una cosa antes de marcharnos. –Se disculpó.- No podía irme sin saber… pero no me esperaba que fuera a ocurrir esto. ¿Estáis todos bien?
La pregunta era muy inocente teniendo en cuenta que apenas había logrado arrastrarme hasta estar al lado de mi hija, pero Judit era así.
-No. –Le respondí.- Katya y Andrei han muerto, Toni y Sebas también. A Raquel se la han llevado y no podemos hacer nada por ayudarla… ¡Mierda!
Si rescatar a Aitor cuando todavía creíamos que esa gente iba de buenas a por nosotros ya era difícil, salvar a Raquel de lo que fuera que le esperara por parte de los sectarios se me antojaba imposible. No podíamos plantar cara a ese grupo, ni remotamente, ni siquiera cuando todos seguían vivos y las armas tenían munición.
-A mí me han herido. –Añadió Ramón mirándose el brazo donde una bala le había alcanzado, aunque Luís ya se había encargado de la herida.- Pero me da cosa quejarme, visto lo visto.
-¿Qué querías decir con que eso no era así del todo? –La interrogó Eduardo.
-¡Oh si! –Exclamó ella como si cayera en la cuenta de algo.- Su plan no consiste en enviar a nadie más, a nadie más vivo, quiero decir. Pretende utilizar a los muertos vivientes contra nosotros para rematarnos.
-¿Qué? –Replicó él.- ¿Qué significa eso?
Judit se limitó a señalar hacia el exterior. Me costó incorporarme para poder ver por encima del muro, pero cuando lo hice casi deseé que me hubiera matado la explosión, pues lo que se acercaba era una enorme horda de muertos vivientes surgida de no sabía dónde.
-¡Oh Dios! –Gemí al verlo.
-Esta zona estaba bastante despejada. –Exclamó atónito Ramón.- ¿Cómo ha podido el ruido atraer a una jauría tan rápido desde el pueblo?
-No los ha atraído el ruido. –Le contradijo Judit, que por algún extraño motivo hasta se permitió sonreír ligeramente.- Los ha atraído ella, con sus poderes.
Todos la miramos atónita después de que pronunciara esas palabras, por un momento pensé que la conmoción de todo lo que había ocurrido la había vuelto loca… hasta que vi que la horda estaba en cabezada por una mujer, una mujer cubierta por una capa color rojo sangre que portaba un báculo con una cabeza cortada en las manos.
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Re: Crónicas zombi: Orígenes

Notapor Belthazor » Mié, 26 Feb 2014, 14:31

CAPÍTULO 19: AITOR


Si en algo tenía razón Sara era en que vigilar desde lo alto del muro podía llegar a ser mortalmente aburrido. A primera hora de la mañana, justo después de despertarme, me había vestido, había cogido mis armas y me presenté en el muro dispuesto a recibir órdenes. Me asignaron vigilar la parte Este, poco más de cien metros divididos en varios fragmentos por varios edificios, junto con tres personas más. No se podía decir que allí arriba tuviera mucho que hacer, los muertos despellejados y empalados mantenían a los que todavía eran libres de andar relativamente alejados, y el espino hacía el resto. Me explicaron que el procedimiento habitual era dejar que los reanimados se enredasen en el espino y por la tarde, antes del segundo cambio de guardia, salir y rematarlos a mano; de ese modo no se gastaban balas tontamente y evitábamos hacer ruido al disparar. Las armas de fuego solo debían utilizarse en caso de extrema necesidad, como si se acercaba una horda que pudiera sobrepasar el espino o alguno lograba acercarse al muro.
En realidad me hubiera gustado poder decir que simplemente estaba aburrido de vigilar un fragmento de calle completamente desierto, pero a ese sentimiento había que sumar la inquietud por el resto de mi grupo. Se suponía que iban a decidir si se unían a la comunidad o seguían por su cuenta, y hubiera dado una mano por haber estado haciendo guardia junto a la puerta por si los veía aparecer junto a Óscar, que llevaba toda la mañana fuera. No dudaba de mi decisión de quedarme con aquella gente, no tenía ninguna queja sobre ellos, salvo algunas de sus costumbres religiosas, pero me habría sentido mucho más seguro si los demás hubieran terminado quedándose también.
Un anciano cubierto de sangre se tambaleó junto a la entrada de un bar, quizá porque algún vestigio de la persona que fue le llevó al lugar donde solía tomarse el carajillo, o más probablemente por pura casualidad. Le apunté con la mira de mi fusil solo por hacer algo y me quedé viéndole cojear hasta perderse en la siguiente calle, donde un niño de un solo brazo vestido con uno de esos babis que les ponen en las guarderías se cruzó con él.
-¿Aburrido? –Me preguntó otro de los vigilantes cuando se cruzó conmigo haciendo la ronda… creía recordar que se llamaba Víctor, pero me habían presentado a varias personas aquella mañana y no estaba seguro.
-No. –Respondí instantáneamente poniéndome tenso y bajando el arma; pero luego recordé que ya no estaba en una unidad militar, ese hombre no era mi superior y todas esas formalidades no eran necesarias.- Vigilaba a los… condenados.
Tenía que empezar a llamarlos así, cuando los llamé “reanimados” antes de empezar la guardia todos me miraron como si hubiera soltado una blasfemia. Y es que de esa forma solo los llamábamos en el ejército, y la mala experiencia sufrida con los militares seguía muy fresca para muchos.
-¿Sabes algo de la puerta? –Le pregunté con preocupación.
-¿Tu gente? –Dijo intuyendo por donde iban los tiros.- La verdad es que no, pero todavía es temprano, apenas es mediodía. Cuando acabe tu guardia puedes ir a preguntar.
-Sí… perdona, no quiero parecer distraído mi primer día. –Me disculpé.
-¿Estás de coña? –Replicó él divertido.- Si no fuera porque el señor Veltrán me echaría la bronca yo me traería unas cartas para echar la mañana. Aquí nunca pasa nada, para eso tenemos a los cabrones despellejados, y ahora que el muro está completado mucho menos.
El desprecio hacia los reanimados desollados era un detalle que no se me había escapado. Evidentemente a nadie le caían bien los muertos vivientes, pero aquella animadversión hacia esos en concreto, y más teniendo en cuenta que ayudaban mucho a la protección del lugar, no terminaba de entenderla.
-¿Sabéis quienes eran? –Le pregunté.- Los despellejados, quiero decir, a veces habláis de ellos como si los conocierais…
-¡Bah! No nos hagas caso. –Respondió quitándole hierro al asunto.- Lo que pasa es que les coges manía cuando los ves día tras día y no puedes matarlos, como a los otros.
-Sí, supongo que sí. –Admití encogiéndome de hombros.
-Sé lo que es estar preocupado por lo que le pueda pasar a tu gente ahí fuera. –Me dijo en tono confidencial.- Yo también tuve que pasar un tiempo al otro lado de estos muros y no fue fácil, vi morir a mucha gente… pero ahora estamos aquí, protegidos por Santa Mónica. En fin, te dejo seguir vigilando. ¡Ah! Por cierto, si ves a alguien famoso convertido en una de esas cosas tienes que avisarnos, hay un concurso.
-¿Habéis visto algún famoso? –Le pregunté tan intrigado como divertido.
-Tres. –Respondió orgulloso.- Una presentadora de las noticias, un político y un tipo de esos de los cotilleos… supongo que en Madrid capital será mucho más fácil ver alguno, pero estamos cerca, quien sabe si aparecerán más. Así que ya sabes, estate atento.
-Lo estaré. –Le dije sonriendo antes de que se marchara.
Cuando volví la vista descubrí que el viejo y el niño se habían unido para perseguir a una rata que había salido de no sabía dónde. Por supuesto, ninguno de los dos tenía la velocidad y coordinación necesarias para cazar una esquiva rata, pero resultaba hasta gracioso verles caer de boca al suelo cada vez que lo intentaban. No entendía por qué el animal se movía solo unos cuantos pasos, lo justo para obligar a los muertos a incorporarse y empezar de nuevo, en lugar de alejarse corriendo sin más… se me ocurrió pensar que a lo mejor estaba alejándolos de alguna piltrafa que sus compañeras ratas tuvieran intención de comerse, pero no sabía si esos bichos eran tan listos como para elaborar un plan semejante.
“Dios… ¿ahora me preocupo por lo que hace una rata?” me recriminé a mí mismo.
Ya me estaba planteando preguntarle a alguien si podía tomarme un momento para averiguar si Maite y los demás habían dado señales de vida cuando vi que tras de mí, en el lado del muro seguro, un grupo de unas seis personas se dirigían al trote hacia la basílica, todas ellas armadas.
Mi primer pensamiento fue creer que algo grave tenía que había pasado, ya que no me parecía lógico que si el grupo había llegado por fin fueran a recibirles un montón de tipos armados… un muerto viviente podría haber traspasado el perímetro, o quizá alguien había muerto y se había transformado. En cualquier caso me sentí obligado a averiguarlo, no tenía sentido llamarme vigilante para pasarme horas sin hacer nada sobre un muro y quedarme quieto si ocurría algo dentro de la comunidad.
Me dirigí rápidamente hacia las escaleras dispuesto a ofrecer mi ayuda, pero Víctor, o como se llamara, me interceptó cuando ya estaba empezando a bajarlas.
-¡Epa! ¿Por qué tanta prisa? –Me preguntó.
-¿No lo has visto? Han pasado seis tíos armados. –Le dije.- A lo mejor necesitan ayuda, puede que haya pasado algo.
-Sí que lo he visto. –Asintió con despreocupación.- Pero si nos necesitaran para algo ya nos llamarían, seguramente no sea nada… vaya, estás a la que salta, ¿eh?
-Puede ser. –Tuve que admitir… a lo mejor me había preocupado de más, la gente de la comunidad se las había apañado bien antes de que yo llegara, sabrían cómo resolver cualquier crisis sin que tuviera que intervenir.- Creía que a lo mejor tenía algo que ver con los míos.
-Oh, eso. –Exclamó él.- Bueno, ahora los tuyos somos nosotros, no te preocupes tanto por ellos, si vienen lo acabarás sabiendo, y si no… bueno, supongo que sabrán lo que se hacen, es difícil pero se puede sobrevivir ahí fuera, lo habéis hecho hasta ahora, ¿no?
Con aquellas palabras tan poco reconfortantes regresó a su puesto y me dejó pensativo en las escaleras. Me disponía a subirlas de nuevo y regresar yo también al mío cuando escuche que alguien me chistaba. Tardé un par de segundo en ver de quien se trataba porque había puesto mucho empeño en permanecer oculto, pero tras chistarme una segunda vez descubrí que era Jesús quien me hacía gestos desde detrás de una casa para que me acercara.
Miré hacia arriba para asegurarme de que Víctor no estaba antes de bajar las escaleras del todo y acercarme a él.
-¿Qué ocurre? ¿Por qué tanto mist…? –Quise preguntarle, pero entonces vi que Irene se encontraba allí, con él.- ¡Irene! ¿Qué…? ¿Cuándo habéis llegado?
Me sentí tremendamente aliviado sabiendo que finalmente habían decidido unirse a la comunidad, que por fin habíamos encontrado el lugar seguro que tanto ansiábamos… pero mi ilusión duró apenas un par de segundos.
-No hemos llegado Aitor. –Me confesó ella.- Solo he venido yo, los demás se van… o bueno…
-¿Bueno? –Que los demás no estuvieran allí también era una noticia chocante para mí, chocante y triste, pero debí preverla después de cómo se marchó Maite el día anterior… que Irene sí hubiera decidido quedarse si los demás no lo hacían no me extrañaba, nadie le tenía especial apego y era su oportunidad para separarse de ellos.
-Ha habido… complicaciones. –Intentó explicarme Jesús, que no sabía por qué pero parecía muy nervioso.- Tu grupo… cómo decirlo…
-Maite perdió los nervios, Aitor. –Intervino Irene ante la indecisión de Jesús.- Mató a tres personas de esta comunidad en la base, y luego, por lo visto, también al hombre que tenía que esperarnos si decidíamos unirnos.
Me quedé completamente en shock al darme cuenta de que precisamente ese hombre era Óscar, quien me había salvado cuando los reanimados me perseguían, me había llevado a la comunidad y fue el padrino de mi nuevo bautizo.
-¿Maite mató a Óscar? –Dije sin poder creerlo… no dudaba que Maite fuera capaz de matar si era necesario, aquella cualidad dejó de ser algo malo cuando los muertos vivientes lo destruyeron todo, pero me extrañaba que Óscar pudiera haberle dado algún motivo para hacerlo, el hombre era un cacho de pan.
-No solo eso. –Añadió Jesús.- Una de las tres que fueron a… a la base, era Sara.
Que ella también estuviera muerta fue un impacto incluso mayor, ¿cómo podía estar pasando aquello? No entendía nada.
-Pero, ¿por qué iba Maite a hacer eso? –Pregunté consternado y muy confundido.
-¡No! Ella no es la mala en esto… –Me contradijo Jesús al tiempo que se escuchaban varios disparos en la distancia, aquello hizo que el hombrecillo se encogiera atemorizado.- ¡Madre mía! Ya ha empezado…
-¿Empezado a qué? –Inquirí comenzando a perder los nervios yo también.
-A formar su ejército. –Exclamó él apretando los dientes con aprensión.- Esta… esta comunidad no es lo que parece. Sara y los otros dos hombres fueron a la base militar a matar… a matar al hombre de la capa.
-¿El hombre de la capa? –Cada vez estaba más perdido.- ¿A matarlo? ¿Por qué? Ese pobre desgraciado solo es un loco.
-Era… el único militar superviviente de cuando los… los asesinaron. –Confesó.- No hubo tal conflicto entre los nuestros y los militares, simplemente Ella y Veltrán quisieron ser los que mandaran, y no los militares, así que los… los mataron a todos… o a todos menos a uno. La historia de que nos fuimos y luego volvimos y estaban muertos es una patraña, una mentira que contamos para la gente de este lugar. Solo los que empezamos esto sabemos la verdad.
-¿Y qué es ese ejército? –Le interrogué, su historia me daba completamente igual en ese momento.- ¿Qué pretenden hacer?
-Van a… a atacar a tu gente en represalia por esas muertes. –Me respondió.
-¿Van a atacarles? –Exclamé espantado… si iban a por ellos estaban completamente acabados, no había nadie allí que pudiera repeler el arsenal que la comunidad guardaba en la basílica.- ¿Por eso los hombres armados?
-Sí, pero hay algo peor. –Continuó.- Guardamos un drone, hay un hombre que aprendió a manejarlo y está armado con misiles. Esa gente… tu gente, va a ser masacrada.
-¡Oh Dios! –Gemí al darme cuenta de la gravedad de la situación.- ¿Por qué me cuentas esto?
-¡Quiero que vayas a advertirles de lo que se les viene encima! –Replicó dándome un tirón del brazo.- Tienen que largarse de esa ermita antes de que lleguen los ataques.
-¿Y cómo se supone que voy a hacer eso? –Inquirí en voz quizá demasiado alta para el tipo de conversación que estábamos teniendo… pero con tanta información nueva y siendo ésta tan preocupante me estaba costando asimilarlo todo.- Si van a atacarles no me dejarán salir.
-Soy planificador de la comunidad. –Dijo él.- Uno de los objetivos de la comunidad a medio plazo era volver a disponer de agua corriente… y una vez conseguido habría que tener en cuenta la eliminación de residuos por las alcantarillas. Tengo… tengo un mapa que sacamos del ayuntamiento donde se muestra el alcantarillado de esta zona, puedo decirte cómo salir, hay un desagüe que podría sacarte de aquí antes de que nadie se diera cuenta de que no estás.
-¿Las alcantarillas? Vale. –Accedí sin tener que pensarlo demasiado; no podía dejar que mataran al grupo, no podía dejar que mataran a Raquel…
-¡Tenemos que darnos prisa! –Nos urgió Jesús.- En cuando el ejército de muertos esté formado Ella misma los comandará contra tu gente.
-¿Puede hacer eso? –Le pregunté extrañado.
-Te sorprendería. –Contestó el.
-De acuerdo, entonces Irene y yo nos vamos y… -Comencé a decir, pero al ver la mirada de la susodicha me di cuenta de que sus planes eran otros.
-Yo no voy contigo Aitor, yo me quedo aquí. –Dijo mirándome con lástima.- Ya, ya sé que la gente de este lugar son unos asesinos, pero bueno… en el fondo no somos tan distintos, ¿verdad? Ambos tenemos sangre en las manos.
-Pero no puedes quedarte… -Insistí.
No quería dejarla allí, con esa gente; no tras conocer su verdadera cara. Por muchas cosas malas que hubiera hecho, y nadie podía decir que no las había hecho, no merecía tener que quedarse allí, rodeada de chalados peligrosos.
-El grupo no me acepta Aitor. –Se justificó.- Aquí sí, estaremos todos mejor así.
-¡Por favor! ¡Hay que darse prisa! –Insistió Jesús.
-Sí, vale… está bien, vámonos. –Le indiqué echando a correr; me giré una última vez para mirar a Irene y me pareció ver en ella un deje de tristeza que casi me hace darme la vuelta e insistirle una vez más que viniera con nosotros… pero ya era tarde para eso, había tomado su decisión igual que la tomé yo, esperaba que ella no estuviera tan equivocada.
-Me dijiste que ella, Santa Mónica, te había convencido para unirte. –Le reproché a Jesús durante la carrera.- ¿Por qué lo hiciste sabiendo lo que sabías?
-¿Qué otra opción tenía? –Replicó él entre jadeos.- Mírame… no estoy hecho para sobrevivir ahí fuera, tenía que ser parte de esta comunidad o morir.
-¿Cómo vamos a hacerlo? –Pregunté cuando doblamos una esquina y seguimos corriendo en dirección a la basílica, que en esos momentos se encontraba desierta.
-Frente a la basílica hay una bajada al conducto principal. –Me explicó señalándome el enorme edificio.- Si bajas por ahí solo tienes que seguir recto. Cuando se acabe el conducto subes y estarás prácticamente a las afueras. Pero tenemos que darnos prisa ahora que están reuniendo el ejército de muertos y la basílica está desierta.
-¿En serio tiene un ejército de muertos? –Quise saber.
-No necesita tenerlo. –Replicó él negando con la cabeza.- Acuden a los disparos y luego, no sé cómo, los maneja para que la sigan. Pero eso no debe preocuparte, los muertos serán los últimos en atacar, los que rematarán la faena; antes de eso les atacarán hombres armados, intentarán encerrarlos en la ermita y luego la bombardearán con el drone.
-¡Joder! –Maldije al ver que aquel ataque no iba a ser una broma precisamente al tiempo que nos deteníamos justo delante de la entrada a la basílica.
En el suelo había un enrejado de un tamaño considerable que debía hacer de desagüe cuando llovía y esa zona se encharcaba, y parecía que aquella iba a ser mi entrada a las cloacas.
Ayudados por mi fusil logramos hacer palanca y abrirlo con facilidad.
-¡Date prisa! –Me urgió Jesús mirando a su alrededor para asegurarse de que nadie nos estaba viendo hacer aquello.
El desagüe caía por una rampa hasta el amplio conducto que había mencionado antes.
-¿Por qué no vienes conmigo? –Le sugerí cuando ya estaba sujetándome para no deslizarme hasta el fondo.- Estoy seguro de que mi grupo te trataría bien, y no pareces muy conforme con lo que hacen por aquí.
-No estoy hecho para vivir ahí fuera. –Dijo una vez más moviendo la tapa para cerrarla al tiempo que me tendía una linterna con la que iluminarme bajo tierra.- ¡Date prisa o no llegarás a tiempo para salvar a los tuyos!
En cuanto estuve abajo, pisando un charco de lo que esperaba que solo fuera agua y la porquería que ésta hubiera podido arrastrar por el desagüe a lo largo de los años, Jesús cerró la tapa y se marchó de allí andando, como si no pasara nada.
Encendí la linterna para orientarme allí abajo. Según las indicaciones que me había dado antes, únicamente tenía que seguir recto por aquel conducto, de modo que me puse en camino hacia la oscuridad sin perder un instante.
Mientras caminaba no podía creerme que solo un par de minutos antes creyera estar en una comunidad al salvo. La máscara había caído tan rápido que todavía estaba mareado, había pasado de esperar que el grupo se uniera a mí a tener que llegar hasta ellos antes de que unos tíos armados, un drone y un ejército de muertos los mataran.
“Pero, ¿y Ella?” no pude evitar preguntarme… ¿qué pasaba con Santa Mónica?
La mordedura que no la había matado, la experiencia religiosa… el ejército de muertos que por lo visto podía controlar. ¿Cómo encajaba todo eso? Si solo eran trucos, como pensaba Judit, cada vez veía menos de qué manera los realizaba. Todos estaban convencidos de que aquello eran milagros, la prueba de que su santa estaba realmente bendecida por Dios, pero yo nunca supe qué creer en realidad. ¿Una mujer bendita por Dios comandaría a un montón de muertos contra gente viva con la intención de aniquilarlos? ¿Una santa masacraría a los militares de la base para hacerse con el poder? O peor aún, ¿y si todo aquello en realidad era cierto y era la voluntad de Dios que Raquel, Maite y los demás murieran?
Esos pensamientos me tenían tan confundido que hasta comenzó a dolerme la cabeza, y por culpa de eso casi la pierdo del todo, ya que no me di cuenta hasta el último segundo de que en un cruce de la galería principal se escuchó una especie de gorjeo.
“¡Mierda, reanimados!” me dije parándome en seco y apagando la linterna rápidamente; había otro enrejado por el que se colaba el sol a tan solo un par de metros de allí, de modo que más o menos podía ver sin ella en ese punto.
Sin embargo ya era tarde, un muerto viviente casi cadavérico y manchado de cosas que prefería no saber qué eran dobló la esquina arrastrando los pies. La situación era peliaguda porque no me atrevía a hacer ruido, ya que todavía estaba bajo terreno de la comunidad. Sin poder disparar tuve que sacar el puñal y prepararme para enfrentarme a él cuerpo a cuerpo.
Acertarle en la cabeza fue fácil, solo tuve que clavar el puñal con todas mis fuerzas sobre su cráneo para acabar con su vida… pero otro muerto andante surgió de la oscuridad y se abalanzó sobre mí al tiempo que el cuerpo del primero caía al suelo. Tuve que interponer un brazo entre mi agresor y mi cuello para así poder estamparle contra la pared de piedra; él gruñó e intentó arañarme cuando le apuñalé en un ojo, tras lo cual se dejó caer al suelo también.
-¿…has oído algo ahí abajo? –Me llegaron unas voces de la superficie.
-No, no, no… -Murmuré para mí mismo mientras me recomponía del ataque, pero antes de que pudiera siquiera dar un paso la rejilla se movió, por lo que tuve que meterme en el cruce por el que habían llegado los muertos para evitar que me vieran.
-Será mejor echar un vistazo. –Dijo otra voz.- Solo faltaba que se nos colase algún condenado por una tapa rota o algo así.
Un hombre bajó de un salto, mientras que otro se limitó a asomar la cabeza.
-Aquí no hay nada. –Dijo ese último.- Solo olor a mierda.
-No huele a nada. –Replicó el primero, que en ese momento se fijó en los dos reanimados muertos.- ¡Eh! Aquí hay dos cadáveres, a lo mejor es eso lo que hueles.
-¿Cadáveres de qué? –Quiso saber el de arriba.
-¿Y yo qué sé? –Replicó el otro.- Supongo que serían condenados, aunque están bastante desmejorados, pero puede que sea por la humedad.
“Vamos, daos prisa, joder” les increpé mentalmente al ver que no se iban.
-Podría haber condenados aquí. –Dijo el de abajo examinando los cuerpos.- No me jodas, a estos dos se los han cargado.
-¿Qué coño dices? –Exclamó su compañero.- ¿Quién va a matarlos ahí abajo?
-Ni idea, pero mira, tienen puñaladas en la cabeza, y todavía sangran esa mierda negra que tienen dentro… esto ha sido reciente.
“Esto se pone feo” me temí al ver que el tipo miraba a su alrededor, como buscando a alguien.
-A lo mejor sí que deberíamos echar un vistazo. –Dijo el de arriba bajando también.
“Genial” pensé yo escabulléndome hacia atrás, con tan mala suerte que pisé algo que crujió, y eso sirvió para alertar a aquellos dos, que inmediatamente sacaron sus armas y apuntaron en mi dirección, hacia la oscuridad.
-¿Hay alguien ahí? –Preguntó uno de ellos.
-¿Quién va a haber ahí? –Replicó el otro escéptico, o quizá asustado.- Habrá sido un bicho, una rata por ejemplo.
-O quizá es que hay más condenados aquí abajo. –Sugirió el primero.- Deberíamos echar un vistazo a esto, por si acaso.
-No sé, esto da un poco de miedo, ¿sabes? –Rezongó el segundo.
“Eso, largaos y volved después, con más gente o lo que sea” me dije deseando que me dejaran seguir mi camino.
-Estamos tras los muros. –Dijo su compañero.- Aquí Ella nos protege.
“¡Putos fanáticos de mierda!” maldije para mí mismo antes de salir corriendo hacia la oscuridad, lo que hizo que se pusieran más nerviosos al escuchar mis pasos; pero no podían verme y me daba igual lo que pensaran, yo tenía que irme de allí como fuera.
Mi intención era dar un rodeo sencillo y salir al canal principal más adelante, quitándomelos de encima de una vez por todas… pero me avergüenza decir que me perdí. Entre que no me atrevía a encender la linterna demasiado, por si me localizaban, y que aquellos túneles discurrían en todas direcciones acabé completamente perdido.
El camino no era sencillo, pues efectivamente había muertos vivientes allí abajo. No sabía cómo habían llegado hasta allí, tal vez cayéndose por alguna alcantarilla abierta o algo así, pero de vez en cuando escuchaba pasos o gemidos y tenía que detenerme para poder prestar la atención necesaria para identificar la dirección y la distancia a la que se encontraban de mí.
En un momento dado debí meterme en una cloaca de verdad, pues el aire que se respiraba por aquel conducto era realmente nauseabundo. Además del olor, un leve destello sobre el agua me reveló que a mi lado discurría un río de deshechos, deshechos que debían llevar allí acumulados desde que la civilización se hundió. Sentí moverse algo junto a mis pies y encendí la linterna a tiempo para ver cómo una rata salía espantada dando grititos por el repentino rayo de luz.
-Qué asco… -Me dije apuntando al frente con la linterna para tener bien vigilado el camino; no creía que ya estuviera cerca de los dos tipos que habían bajado a buscarme.
Un extraño gorjeo surgió de una apertura lateral que daba un río de porquería que desembocaba en el mío. Sabiendo lo que venía después me armé con el cuchillo, pues tampoco quería disparar en un espacio tan cerrado para acabar ensordecido. Un reanimado inusualmente asqueroso apareció arrastrando los pies, atraído por la luz de mi linterna.
Como no quería pelear contra él en un terreno resbaladizo y estrecho esperé a que llegara hasta mí chasqueando los dientes y estirando sus putrefactas manos. Justo en el instante en que iba a abalanzarse sobre mí le agarré de un brazo y tiré de él, haciendo que resbalara y cayera al suelo. Luego, de un empujón lo lancé al flujo de agua mugrosa que fluía a nuestro lado.
-¡Joder! Que divertido. –Exclamé nauseado cuando la mierda salpicó por todas partes después de que el muerto cayera.
Superado el incidente seguí adelante sin saber a dónde me dirigía. Comenzaba a sentirme un poco agobiado de estar allí dentro, bajo tierra, pero tenía que seguir, tenía que intentar llegar hasta la ermita y avisar de lo que se les venía encima…
“Vamos, vamos, vamos…” me decía un cuarto de hora más tarde mientras intentaba levantar una tapa redonda que parecía sellada en el techo de la alcantarilla; en el tiempo que había pasado perfectamente podrían haber matado a todo el grupo y haber vuelto a casa para comer, teniendo en cuenta que la ermita se encontraba tan solo a dos minutos en coche.
-¡Mierda! –Exclamé al darme cuenta que no podía abrirla.
Dando por imposible salir por allí me dirigí hacia un resquicio de luz que vi a lo lejos, pensando que si no podía utilizar la apertura como salida al menos podría orientarme. Mi abatimiento fue mucho mayor al darme cuenta de que la luz provenía del enrejado por donde mismo había bajado, el que se encontraba frente a la basílica.
-¡Oh no! –Gemí cayendo al suelo de rodillas; pese al tiempo perdido confiaba en estar lo bastante lejos ya de la comunidad para tener una oportunidad de llegar a la ermita… pero aunque había encontrado el camino no había avanzado nada, estaba donde empecé, solo que mucho más tarde.- ¡No, no, no!
“Aun así tengo que intentarlo” me dije para darme ánimos al tiempo que me incorporaba del encharcado suelo, “tengo que llegar allí, y que sea lo que Dios quiera, nunca mejor dicho.”
Me disponía a volver a empezar cuando escuché unas voces fuera que sonaban como si una multitud se hubiera reunido allí. Intrigado, me asomé al exterior y vi un montón de zapatos sobre la rejilla, además de escuchar el ruido de un par de coches en marcha.
-¡Damas, caballeros, por favor! –Tronó la voz de Joaquín Veltrán sobre la multitud, lo que sirvió para alimentar todavía más mi curiosidad y mi ansiedad, quizá dijeran algo de mi grupo.- Como la mayoría ya sabéis, nuestra pacífica comunidad ha sido atacada esta mañana. El grupo, que al principio creímos amigo, que se refugió de los condenados en la ermita ha resultado ser peor que los propios muertos. Esta mañana, en un acto vil, cobarde y sin provocación previa, cuatro fieles de la congregación han muerto, sus nombres eran: Sara Escobar, Jesús Carrasco, Francisco González y Óscar Gutiérrez. Todos les conocíamos y queríamos, pues eran nuestros hermanos, por lo que hemos tomado represalias contra esa gente. Les hemos atacado con todas nuestras fuerzas para demostrarles que ellos y la gente como ellos no serán tolerados en el nuevo mundo.
-¡Sí! –Gritó alguien de la multitud; y un instante después todos los presentes alababan y apoyaban las palabras de Veltrán, con gritos de apoyo y aplausos.
“¿Cómo cojones pretendían que tragara con esto?” no puede evitar preguntarme tras escuchar la perorata que les había soltado… ¿pensarían que ya tenía el seso tan comido como los idiotas que le jaleaban y que simplemente me callaría y dejara que les atacaran sin hacer nada, o esperarían a que me quejara para expulsarme por traidor?
Tuvieran lo que tuvieran en mente para conmigo en ese momento daba completamente igual, lo único que importaba era que el ataque se había producido mientras yo andaba perdido por las alcantarillas, cosa que dudaba que llegara a perdonarme alguna vez. El corazón comenzó a latirme a toda velocidad solo de pensar en las víctimas que el ataque podría haber producido mientras yo me peleaba con reanimados despistados y ratas atontadas.
-Que Dios perdone sus almas pecadoras. –Continuó Veltrán.- Nuestros hombres trajeron a una superviviente del ataque, que será juzgada y condenada por Santa Mónica según nuestras normas cuando llegue el momento.
“Una superviviente” me dije prestando todavía más atención.
-¡Pero ahora nuestra Señora necesita que la ayudemos! –Exclamó en tono grave.- Por Su Gracia, ha reunido una muchedumbre de condenados y los está dirigiendo a la ermita para que purifiquen estas tierras de la inmunda presencia de esos pecadores definitivamente. ¡Hermanos, oremos y démosle a Santa Mónica las fuerzas que necesita! Todos juntos, por favor.
Para mi sorpresa, aquella multitud de sectarios alienados comenzó a rezar como si se tratara de un solo hombre. Desde las rendijas del desagüe puede verles bajar la cabeza, juntar las manos y empezar a murmurar para sí mismos, como si estuvieran en misa.
“Idiotas” pensé al darme cuenta de que no eran más que un montón de borregos a los que Santa Mónica y Veltrán habían hecho comulgar con ruedas de molino; Maite tenía razón cuando dijo que la desesperación lleva a la gente a creerse cualquier cosa con tal de sentirse a salvo… yo era un ejemplo de ello, me había dejado seducir por las comodidades de ese lugar, pero no me había dado cuenta de que por dentro estaba completamente podrido.
No obstante, ya tendría tiempo más adelante para reprocharme mi credulidad, en esos momentos tenía una ocasión que ni pintada y que dudaba que fuera a repetirse. Al menos una persona del grupo seguía viva y la tenían allí, y todos estaban distraídos rezando…
No podía salir a la superficie en mitad de la multitud, pero además de la dirección que me marcó Jesús aquel túnel subterráneo también avanzaba en dirección contraria. A unos metros de mi rendija se filtraba la luz de otra vía a la superficie, y esperaba que estuviera lo bastante lejos de la multitud como para que pudiera salir por ella sin llamar la atención.
Dudar no era algo que pudiera permitirme en esos momentos, así que corrí hacia allí y empecé a forzar la rejilla todo lo silenciosamente que pude cuando comprobé que no había nadie cerca. Por suerte para mí aquella estaba más suelta que las tapa de alcantarilla que intenté abrir anteriormente y acabó cediendo.
Al asomar la cabeza me encontré con la muchedumbre a apenas diez metros de mi, pero todos mirando en dirección contraria a donde yo me encontraba, hacia Veltrán, que se había subido sobre unas cajas para soltar su discurso desde una posición elevada donde todos pudieran verle. A mi derecha había un furgón militar como en el que me recogieron cuando me encontré con ellos por primear vez, dos hombres permanecían sobre él de pie, todavía armados con fusiles de asalto y manchas de polvo y hollín que delataban que habían participado en el ataque a la ermita. Los dos, igual que el resto, rezaban con la cabeza agachada, de modo que no pudieron verme.
Creyendo que por fin había tenido un poco de suerte me deslicé fuera de la cloaca silenciosamente y di un rodeo para asomarme al camión por detrás. Esperaba que tuvieran allí a la superviviente, y no me equivoqué.
-Raquel… -Murmuré preocupado al verla atada de manos y pies en el fondo del camión; parecía como si hubiera salido de una explosión, pues su ropa estaba medio rota y tenía manchas de cenizas por todas partes, además de magulladuras.
El arrebato de ira que sentí en ese momento casi me hace perder la cabeza y cometer una locura, como liarme a tiros con mi fusil de asalto contra la multitud para llevarme por delante a cuantos sectarios hijos de puta pudiera. No había tenido tiempo para plantearme quien podía ser la que estuviera allí, pero que fuera mi ex novia me tocó la fibra sensible. No obstante logré contenerme porque, mientras ellos rezaban, si tenía cuidado podría sacarla del camión y regresar con ella a la alcantarilla antes de que se dieran cuenta.
La expresión de sorpresa que puso al verme subir al camión casi lo fastidia todo, pues estuvo a punto de decir mi nombre en voz alta, pero me puse un dedo delante de la boca pidiéndole silencio y supo mantener la calma.
-¡Dios! ¡Cómo me alegro de verte! –Exclamó en un susurro cuando llegué a su lado y comencé a desatarla.- Hubo una explosión, no sé…
-Ahora no. –Le advertí; los murmullos de los rezos cubrían los nuestros propios, pero teníamos a dos hombres armados a tan solo un par de metros, no podíamos arriesgarnos.- ¿Puedes andar? Tenemos que irnos de aquí ya.
-Creo que sí. –Respondió ella agarrándose a mi cuello para que la ayudara a bajar.- Esta gente está loca, Aitor, loca de remate.
-Ya lo sé, qué me vas a contar… -Una figura moviéndose a nuestro lado al bajar del camión me sobresaltó tanto que le apunté con la pistola, ya que cargando con Raquel no podía utilizar bien el fusil; sin embargo tan solo era Irene.
-Cuando me dieron la descripción de la superviviente me imaginé que acabarías apareciendo de alguna forma –Me dijo acercándose a nosotros.
-¡Baja la voz! –Le pedí mirando a nuestro alrededor para asegurarme de que nadie nos había visto todavía.- Finge que no nos has visto, nos vamos por la alcantarilla…
-Aitor, ella… -Intentó advertirme Raquel, pero en ese instante sentí algo frío y doloroso clavándose en mi estómago; cuando miré a bajo me di cuenta de que Irene me había apuñalado.
-¡Ah! –Exclamó Raquel asustada.
-¿Por qué? –Pregunté quedándome congelado en el sitio por el dolor.
-Debisteis largaros cuando pudisteis. –Replicó ella mirándonos con desprecio.- Ahora esta es mi gente Aitor, y vosotros unos enemigos.
Fue a apuñalarme una segunda vez, en esa ocasión mortalmente, pero Raquel la detuvo de un puñetazo que la derribó en el suelo.
-¡Socorro! –Gritó sujetándose la mandíbula.- ¡Se llevan a la prisionera!
-¡Hija de puta! –Exclamé con la pistola en la mano; me hubiera gustado matar a esa zorra allí mismo, pues nos había condenado a los dos al delatarnos, pero en lugar de eso apunté a los dos hombres armados sobre el camión y disparé.
Ambos fueron abatidos antes de que pudieran siquiera descolgar sus armas, pero el esfuerzo hizo que la puñalada comenzara a sangrar más profusamente.
-¡Corre! –Le ordené a Raquel intentando hacer yo lo mismo mientras la multitud de sectarios se daba cuenta de lo que ocurría y comenzaba a reaccionar.
Pronto tuvimos un pelotón de ellos tras nuestros pasos, pasos que no eran precisamente rápidos por culpa de mi herida. Raquel me tenía cogido de la mano y en realidad casi iba tirando de mí.
-¡Date prisa! -Me urgió aterrorizada; la rabiosa muchedumbre a nuestra espalda, compuesta por más de treinta hombres arengados por Veltrán, recortaba distancia poco a poco, y pronto la calle se acabaría y habría que comenzar a callejear, con la desventaja de que ellos conocían el lugar mejor que nosotros.
-No puedo. –Me rendí aflojando la marcha… el dolor era demasiado grande y estaba perdiendo mucha sangre.- Vete tú, sálvate tú.
-¡No digas tonterías! –Replicó ella tirando con más fuerza de mi mano.- ¿Cómo pretendes que sobreviva yo sola a esto? ¡Vamos!
Tenía razón, no lo conseguiría, no era una persona de acción y un grupo de sectarios locos nos perseguía, no tenía ninguna oportunidad ella sola.
-Allí. –Le señalé hacia una esquina de la basílica; habíamos abandonado la parte frontal y recorrido corriendo uno de los lados casi totalmente, de modo que la parte trasera se encontraba doblando esa esquina, y allí estaba nuestra última oportunidad de acabar con aquello.
Con un esfuerzo sobrehumano eché a correr de nuevo. Lo único que me hacía insistir pese al sufrimiento que acompañaba a cada paso era la posibilidad de evitar que Raquel muriera a manos de esa gentuza… a la cual se habían unido un par de hombres armados del muro que nos acribillarían en cuanto alcanzaran la cabeza del pelotón de perseguidores.
Antes de girar la esquina me descolgué el fusil de la espalda y lo puse en mis manos, pues sabía que otros dos hombres nos estarían esperando al otro lado. Sin embargo no tuve que ir a por ellos, ya que ambos se asomaron atraídos por el ruido.
-¡Dios! –Exclamó Raquel asombrada cuando acabaron acribillados a tiros.
-¡Por aquí! –Le indiqué señalándole la entrada trasera de la basílica; esos dos hombres eran la única vigilancia y la puerta estaba abierta… estábamos en el arsenal.
-¿Qué es este sitio? –Preguntó ella cuando estuvimos dentro, rodeados de gran cantidad de armas de todo tipo, granadas y explosivos suficientes para derribar un rascacielos.
-El arsenal. –Respondí cerrando la puerta y atrancándola antes de que llegaran nuestros perseguidores.
-No necesitamos más armas. –Replicó ella confundida.- Esto no tiene salida, ¿qué hacemos aquí?
-Nos habrían cogido. –Le dije apartando mirándome la mano, manchada de mi propia sangre… cada vez me sentía más débil, Irene me había jodido bien.- El ataque a la ermita, ¿sobrevivió alguien?
-Cre… creo que sí. –Respondió ella muy nerviosa.- Creo que Maite sobrevivió a la explosión, Luís y Judit no estaban dentro… pero mataron a Sebas, le vi morir, yo…
La puerta comenzó a ser golpeada salvajemente, como si una multitud de muertos vivientes se encontrara tras ella, lo que hizo que diera un respingo hacia atrás. Sin embargo no podrían entrar, no a golpes al menos, la madera era fuerte. No obstante, dudaba que aquel lugar fuera a permanecer cerrado apenas un par de minutos más, antes o después alguien lograría forzar la entrada de alguna forma y todo se habría acabado.
-¡Atrás! ¡Dejad paso! –Se escuchó decir a una voz autoritaria; un segundo después los golpes cesaron, pero en su lugar teníamos a Veltrán llamándonos.- ¡Aitor! ¡Esto no es necesario!
-¡Yo creo que sí! –Repuse apoyándome en una mesa para no perder el equilibrio.- ¡Sois unos farsantes! ¡Os hacéis pasar por una comunidad cristiana, caritativa, bienintencionada, pero en realidad solo sois una pandilla de asesinos! ¡Este lugar se erigió con sangre, no con fe!
-¡No son necesarias más muertes! –Exclamó.- ¡Podemos hablar sobre esto como gente civilizada!
-¡Habéis olvidado completamente lo que ser gente civilizada significa! –Le espeté buscando en mi cinturón y cogiendo la granada que llevaba en él.
-¡Aitor! ¡No hagas ninguna tontería! – Me gritó como si pudiera intuir mis pensamientos.
-No vamos a salir de aquí con vida, ¿verdad? –Me preguntó Raquel casi resignada al ver la granada en mis manos.- Dios… Dios…
-Lo siento. –Le dije cogiéndola de la mano mientras con la otra le quitaba la anilla a la granada y la echaba sobre la caja llena de decenas de ellas.- Lo intenté.
-Lo sé. –Asintió al tiempo que unas lágrimas comenzaban a brotarle en los ojos.- Y tú tenías razón, separarte de los que quieres por miedo a perderlos solo sirve para perderlos de todas formas.
Ignoraba si había otra vida, otra que no fuera la de los reanimados, por supuesto; tampoco sabía si, de haberla, me esperaría el paraíso, el infierno o si volvería a ver a mi familia muerta, pero al menos cuando la granada explotó, volando todo el arsenal consigo, me llevé a ella un último beso de Raquel… y esperaba que a todos los malditos sectarios de esa comunidad que fuera posible.
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Belthazor
 
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Re: Crónicas zombi: Orígenes

Notapor Belthazor » Mié, 26 Feb 2014, 14:32

CAPÍTULO 20: MAITE


La explosión fue tan fuerte que, además de escucharla en la distancia, sentí el suelo vibrar debajo de mí. Asustada después del bombardeo que habíamos vivido nosotras mismas, Clara gateó hasta mí y me agarró del cuello con fuerza.
-¿Qué ha sido eso? –Pregunté a los demás, que se habían distraído por un segundo de la horda de muertos vivientes que se nos acercaba para buscar en la distancia el origen de aquel inesperado estruendo.
-Eso ha tenido que ser en el pueblo por lo menos. –Observó Eduardo.
-¿Qué cojones importa? ¡Tenemos que largarnos de aquí antes de que nos coja la jauría que se acerca! –Replicó Ramón.
Por mucho que me hubiera gustado hacer caso a su idea, la realidad era que no me sentía con fuerzas para levantarme del suelo… no todavía, cuando la cabeza me daba vueltas como un tiovivo. El bombardeo contra la ermita me había lanzado volando por los aires apenas unos minutos antes y me encontraba como si me hubieran dado una paliza de muerte.
-¡Esperad! ¡Mirad! –Exclamó Judit, que seguía extrañamente contenta pese a la dramática situación en la que nos encontrábamos y las desgracias que acababan de sacudirnos.- ¡Los resucitados!
El efecto de la misteriosa explosión en el pueblo fue que buena parte de la horda dirigida por Santa Mónica se había dado la vuelta al verse atraídos por el ruido nuevo, en detrimento del viejo. Por supuesto, aquello no fue aplicable a los más cercanos a nosotros, que ya habían debían habernos visto y que no se dejaban engañar por sonidos lejanos… no teniendo carne fresca a su alcance. No obstante, más de la mitad del grupo de muertos vivientes se dio la vuelta y comenzó a dirigir sus pasos de vuelta a Colmenar Viejo.
Por supuesto aquello no agradó en absoluto a la líder de la secta, que giró varias veces la cabeza para asegurarse de que era cierto que la mitad de su ejército estaba desertando. Me imaginé que aquella nueva explosión no estaba prevista, pero en aquellos momentos no me planteé cuál podría ser su origen, pues me sentía tentada de agarrar mi rifle, que había caído a unos metros delante de mí tras la explosión, y volarle la cabeza en ese mismo instante…
-Siguen siendo demasiados para nosotros. –Repuso Diana.- No tenemos munición y esos cabrones de la secta se han cargado los coches a tiros. Si queréis que os diga la verdad creo que deberíamos empezar a correr…
-No creo que pueda correr todavía. –Les advertí haciendo un esfuerzo realmente importante para incorporarme… pero no pude, de modo que volví a tumbarme en el suelo para tomar aire; por mucho que urgiera salir de allí sencillamente no podía.
-Iros, yo me quedaré aquí con ella. –Exclamó Gonzalo agachándose a mi lado; seguía llevando encima esa apestosa capa negra llena de porquería, aunque por suerte mis fosas nasales estaban demasiado saturadas de hollín para percibir el olor.
-¿Qué? –Replicó Luís poco dispuesto a abandonarnos sin más.- No vamos a dejaros morir aquí, podemos cargar con ella y correr.
-Nadie puede correr cargando con ella. –Le contradijo Gonzalo… pese a mi estado no puede evitar ofenderme un poco al darme cuenta de que en cierto modo me estaba llamando gorda; sin embargo tenía razón, por muy en mi peso que me mantuviera, cargar con un adulto requería un esfuerzo que no era compatible con las prisas.- Puedo protegernos de los reanimados, ya lo he hecho antes muchas veces, confía en mí.
Su plan no me entusiasmaba demasiado, no veía cómo pretendía evitar que los resucitados nos devoraran en cuanto nos alcanzaran, y fui a hacer precisamente esa observación cuando Judit se me adelantó defendiendo precisamente la tesis contraria.
-Él tiene razón. –Nos aseguró muy convencida.- Quiero decir, en la base militar sabía moverse sin que fueran a por él, estarán bien.
-¿Estás dispuesta a jugarte la vida haciéndoles caso? –Me recriminó el doctor lanzándome una dura mirada.
-No tenemos tiempo para esto. –Les urgió Eduardo impacientándose.- Cuanta menos ventaja les saquemos más difícil será perderlos. ¡Vámonos!
-Iros. –Le dije a Luís depositando toda mi confianza en Gonzalo y Judit; no era la primera vez que tenía que confiar en ellos y hasta entonces no me habían dado motivos para desconfiar.- Llevaos a Clara, ponedla a salvo.
-De acuerdo... ¡Dios! Espero que sepas lo que estás haciendo. –Accedió Luís agachándose a coger a mi hija, la cual se resistió aferrándose a mí con más fuerza todavía.
-¡No! –Gimió.
-Clara, cariño, ahora tienes que irte con Luís. –Le dije intentando soltarla de mi cuello; los muertos estaban cada vez más cerca y si no se daban prisa allí podría acabar sucediendo otra masacre.- Luego iré con vosotros, te lo prometo.
-¡No! –Se empecinó, y entre que el doctor no se atrevía a tirar de ella con demasiado empeño después del daño que había sufrido en la explosión, y que yo no estaba en condiciones de hacer fuerza, acabó ganando ella.- ¡No quiero irme mamá!
-Déjala, que se quede… estarán bien, pero largaos ya. –Les aseguró Gonzalo a los demás.
-Vale, está bien. –Acabó cediendo Luís, que inmediatamente después se incorporó y se encaró con Gonzalo.- Pero más te vale que sea cierto, porque si les acaba pasando algo tendrás que responder ante mí.
-Aquí todo el mundo está como una cabra. –Resopló Eduardo antes de que él y su grupo echaran a correr en dirección contraria a por donde se acercaban los muertos; Luís apretó los dientes frustrado antes de seguirles, abandonarnos en manos de Gonzalo le seguía pareciendo una idea pésima, y yo le agradecía la preocupación.
-Espero que sepas de verdad lo que estás haciendo. –Le dije al sargento abrazándome a mi hija… si lo que pensara hacer no daba resultado sería el final de la historia para nosotras, como lo fue para mi marido cuando intentábamos escapar de Madrid.
Sin embargo, cuando alcé la vista me di cuenta de que Judit seguía con nosotros.
-¿Qué haces? –Le espeté.- ¡Vete ya! ¡Corre!
-He decidido que me quedo con vosotros. –Anunció ella muy tranquila.
-¿Qué? –Exclamé sin poder creerlo.- ¿Es que te has vuelto loca?
-Puede ser. –Admitió sin darle importancia.- Pero después de todo lo que ha pasado quiero comprobar si ciertas suposiciones que hice terminan siendo ciertas.
-¿Qué suposiciones? ¿De qué demonios hablas? –Grité enfadada por su falta de juicio.- ¡Vete antes de que sea tarde!
-Ya es tarde. –Anunció Gonzalo dando un paso al frente; los muertos estaban casi encima, en cuanto traspasaran el muro, cosa que harían fácilmente porque éste tenía una entrada de tres metros de ancho sin ningún obstáculo, tendrían una visión perfecta de los cuatro allí plantados como pasmarotes, y entonces nadie podría detenerlos.- ¡Todos detrás del muro, vamos!
Como la explosión nos había hecho rodar por la hierba una distancia considerable, éste no se encontraba demasiado lejos, tan solo a unos pocos metros, pero aun así me costó moverme hasta allí, no solo porque seguía dolorida, sino también por ir agarrando a Clara. Sin embargo, con Gonzalo casi tirando de mí acabamos llegando hasta el muro y nos agazapamos detrás de él rápidamente. Con total seguridad los muertos tenían que habernos visto, de modo que no comprendía del todo cuál era el plan del militar para engañarlos.
-¿Y ahora qué? –Le pregunté empezando a inquietarme.
-Aquí, venid. –Nos indicó estirando la amplia capa que llevaba encima y cubriéndonos a Judit y a mí con ella.
Agachados en el suelo, aquella capa nos cubría casi por completo a los cuatro, aunque en realidad mi hija no hacía apenas bulto al estar aferrada a mi cuello tirada en el suelo. La posición no era cómoda precisamente, pero aquella era la menor de mis preocupaciones.
-Que peste. –Protesté al percibir por fin el hedor a putrefacción que emanaba de la capa; estando dentro de ella el olor era incluso más intenso.
-¡Esa es la clave! –Exclamó Judit con entusiasmo.- ¿No lo entiendes? No atacan a los que huelen a podrido, así es cómo…
-¡Silencio! –Interrumpió Gonzalo haciéndonos un gesto.- Que no os escuchen hablar.
Apenas tardaron unos segundos más en dejarse ver, y pronto tuvimos un montón de pies arrastrándose a nuestro lado mientras sus dueños se tambaleaban entre gruñidos y gemidos en dirección a la ermita, atraídos por la explosión y probablemente por el grupo corriendo a lo lejos que aún debían poder ver. No obstante, pasaron junto a nosotros como si no pudieran percibirnos siquiera, sin molestarse a comprobar si lo que había bajo esa capa negra era la gente viva que tenían que haber visto desaparecer un momento antes.
-Mamá, tengo miedo… -Susurró Clara tan bajito que apenas pude oírla.
No se me ocurrió qué decir para tranquilizarla porque para mí también estaba siendo una situación como poco aterradora y que temía que pudiera echarse a perder en cuando un resucitado avispado se diera cuenta del engaño, de modo que me limité a abrazarla más fuerte. Si los resucitados hubieran sido solo un poquito más listos habríamos estado acabados, pero afortunadamente no era así, esos seres eran idiotas y por lo visto cubrirse de la vista tras una manta apestando a podrido era una forma de engañarles.
Levanté la cabeza muy lentamente, tan solo lo necesario para poder ver las cabezas de los muertos que caminaban a solo unos metros de nosotros y asegurarme de que ninguno se nos quedaba mirando. Nunca había tenido a aquellos seres tan cerca, al menos en una situación en la que pudiera quedarme mirándolos sin temer que me mordieran… todos esos rostros anónimos reconvertidos en muertos vivientes me recordaron los peores momentos vividos en Madrid, de modo que tuve que bajar la cabeza y limitarme a mirar sus piernas pasar.
-Ya casi han pasado todos. –Anunció Gonzalo unos segundos más tarde; Clara sollozaba pegando la cara a mi chaqueta para que no se la escuchara y hasta Judit estaba más pálida de lo normal, pero todo apuntaba a que lo habíamos conseguido, que la horda que nos habían lanzado para acabar la labor de los tiradores y el drone había pasado de largo.- En cuanto podamos, cogeremos la carretera y daremos un rodeo…
-¡Está allí! –Murmuré con rabia al ver a Santa Mónica cerrando aquella funesta marcha; al igual que con nosotros, los muertos vivientes parecían ignorarla por completo, aunque ella no se agazapaba en una esquina atemorizada..
-¿Ella? –Se interesó Judit levantando la vista.
-¡Silencio! –Exigió Gonzalo.- Si nos escuchan susurrar…
-Vamos a ir por ella, es el momento. –Les dije bajando la voz; de repente me sentía con las fuerzas necesarias para aquello, la memoria de los cuatro compañeros que habían muerto por su culpa lo exigía.
-Cuidado, esa mujer es peligrosa. –Me advirtió Judit temerosa.
-¡No me fastidies! ¿Ahora crees en sus milagros? –Le espeté con frustración, manteniendo el tono lo más bajo que pude, tal y como la situación exigía.
-Mmm… estoy contigo, tengo cuentas pendientes con esa zorra. –Se me unió Gonzalo finalmente.- Preparaos, esos cuatro son los últimos reanimados.
No nos vio venir. Aquella chiquilla se quedó junto al muro contemplando cómo los resucitados marchaban contra los restos de la ermita… no se percató de que un extraño bulto negro y apestoso se había quedado en una esquina hasta que fue demasiado tarde para huir. Mi intención había sido lanzarme contra ella por la espalda y por sorpresa, pero Gonzalo debía tenerle más ganas de las que parecía, porque no fue capaz de esperar y se abalanzó contra la delgada mujer demasiado pronto, cuando ella todavía tuvo tiempo para reaccionar.
Santa Mónica alcanzó a abrir la boca tras ver la capa negra arremolinada en el aire que se abalanzó a toda velocidad contra ella, pero aún así, cuando Gonzalo llegó a su altura, logró hacer un movimiento con las manos que no alcancé a ver del todo y el militar cayó al suelo, retorciéndose de dolor. Tras ver aquello decidí no perder el tiempo con tonterías y agarré el rifle… me daba igual que los resucitados estuvieran todavía a menos de veinte metros de nuestra espalda, esa mujer tenía que pagar por lo que nos había hecho.
Al darse cuenta de mis intenciones, levantó una mano indicándome que no le disparara y con el báculo señaló a Gonzalo, que seguía sufriendo espasmos en el suelo. No podía entender qué le había ocurrido para acabar de aquella manera cuando ya prácticamente la tenía en sus manos, pero la amenaza que me estaba dirigiendo era clara: si osaba dispararle acabaría también como él. En ese momento tuve miedo, miedo de verdad, pues aunque nunca había creído en ella su lista de milagros era cada vez más grande y preocupante, y viendo lo que había hecho con Gonzalo con apenas un ligero movimiento de manos, por mucho que me doliera en el orgullo, no me atreví a desafiarla.
Por suerte para nosotros Judit estaba allí presente, tras decidir quedarse por propia voluntad, para hacerlo por mí. Sin vacilar, y para mi asombro, dio un par de pasos hacia ella, plantándole cara como era más que probable que nadie hubiera tenido el valor de hacer en aquella secta que habían fundado en su honor.
-¡Atrás o acabaréis como él! –Exclamó en voz alta y en tono poco amigable.
Gracias al escándalo de la ermita ardiendo no había peligro de que los muertos vivientes que habían pasado de largo persiguiendo a Luís, Eduardo y los demás, o simplemente atraídos por la explosión, nos escucharan... o al menos eso esperaba.
Al ver que Gonzalo dejaba de temblar me atreví a acercarme a él para comprobar cómo estaba tras ser atacado por la furia divina. Clara se pegó a mi costado y se quedó allí, mirando conmigo la batalla entre fe y razón que se produciría en aquella arboleda tan solo unos segundos más tarde.
-¡No oséis desafiar la voluntad del Señor! –La amenazó; pero al ver que Judit no cedía interpuso la cabeza de muerto viviente que llevaba en el báculo entre las dos… sin embargo eso no logró intimidarla tampoco.
-Nunca hubo “Señor” alguno. –Le espetó en un tono muy tranquilo, como si estuviera resolviendo un problema de matemáticas pintado en una pizarra.- Ni magia, ni milagros, todo era una farsa para engañar a la gente de la base. Por supuesto el truco más sencillo fue averiguar cómo evitar que los muertos te atacaran.
Se volvió hacia Gonzalo, que se incorporaba del suelo ayudado por mí y miraba también con mucho interés las explicaciones de Judit.
-No obstante, también fue el truco que más me costó descifrar. Pero él me dio la clave. –Añadió señalando al sargento.- Acabamos de tener una muestra de cómo lo haces ahora mismo. No creo que te rociaras de vísceras, pero el olor a sulfhidrato de sodio de esa capa roja que tienes es inconfundible. Descubristeis que no atacan a cosas podridas, por eso no se atacan entre sí ni comen cadáveres, y te impregnaste de olor a putrefacción para poder moverte entre ellos.
-Eso mismo hacía yo. –Intervino Gonzalo todavía aturdido.- Me di cuenta de ello cuando profanaron la capilla y vi que los muertos ni se acercaban a ella.
-Por eso pudo salir de la base cuando aún estaba entre los militares para asombrar a todos los crédulos, y por eso también llenaron los alrededores de su refugio de muertos desollados, que huelen mucho más de lo normal. –Sentenció Judit.
-¿Pero por qué le obedecían? –Preguntó Gonzalo muy intrigado.
-No lo hacían, el tiroteo les marcó la dirección, ella solo hizo el numerito para impresionar a su gente, tanto cuando partió con ellos desde el pueblo como a los que nos atacaron. Pero la explosión del pueblo disperso a la mitad de sus tropas. –Explicó Judit.- No era más que una farsa.
-Puede que te creas muy lista, pero no lo sabes todo. –Le espetó Santa Mónica con furia en la mirada.- Lo que tu llamas farsa no es más que sentido común, hasta ese soldado idiota se dio cuenta, pero hay cosas que no sabes, que escapan a tu compresión.
-Ahí te equivocas. –Replicó Judit.- De hecho puedo desmontar todos tus trucos. Acabamos de ver uno de los más burdos, ¿Dónde guardas el taser con el que has aturdido a Gonzalo?
-¿Un taser? –Se extrañó éste.- Ni siquiera lo he visto…
-Paparruchas. –Replicó la cada vez menos santa.
-¿Me permites? –Le pidió Judit acercándose más a ella, que respondió amenazándola con el báculo, a lo que tuve que intervenir.
-Yo que tu tiraría de una vez esa porquería. –Le advertí apuntándole a la cabeza con el rifle.- No me da miedo convertir a una santa en una mártir de un disparo… las manos donde pueda verlas.
Con el báculo en el suelo Judit pudo acercarse y registrarla, encontrando una incriminatorio porra de descarga eléctrica en una abertura de la manga izquierda de su túnica.
-Supongo que lo sacasteis de alguna comisaría del pueblo. –Dedujo Judit, que parecía encantada desacreditando a aquella mujer.- Y ya que tenemos el bastón aquí pasemos al mayor misterio, el de los mordiscos inocuos. A diferencia de lo que creía inicialmente, el mordico fue real… admito que me equivoqué y que tuve que darle muchas vueltas hasta dar con la respuesta, pero ahora estoy segura de que si este muerto viviente me mordiera a mí tampoco me infectaría. ¿No es cierto?
Acompañó sus palabras agachándose y recogiendo el báculo del suelo. Sin ningún pudor arrancó la cabeza de su soporte y se quedó con ella en las manos. Tras mirarla durante un par de segundos se volvió hacia nosotros y nos sonrió.
-¿Alguno ha visto un reanimado que conserve tan bien la dentadura? –Nos preguntó arrojando la cabeza al suelo, donde comenzó a mordisquear el aire; Clara se agarró a mi pierna, espantada.- Es una dentadura postiza… le quitaron sus dientes y le pusieron una dentadura postiza en su lugar. Esos seres no tienen saliva, y una vez limpios de sangre no producen más. Con unos dientes falsos y ningún fluido corporal como foco de infección su mordisco es completamente inofensivo.
Fue Gonzalo quien se acercó a la cabeza y metió la mano en la boca del pobre muerto para terminar arrancando de un tirón toda la dentadura, que efectivamente era postiza.
Sin embargo, todavía había un asunto que no podía ser explicado y que, aunque había evitado hablar sobre él todo lo posible, me molestaba más que ningún otro.
-¿Qué hay de lo que sentimos en la basílica? –Le pregunté a Judit, confiando en que también tuviera la respuesta.- Todos, hasta tú, sentimos lo que ocurrió allí, la experiencia religiosa.
-Eso fue un misterio para mí hasta esta mañana. –Replicó ella sacando del bolsillo un trozo de la hostia consagrada que escupió durante la misa en la que ocurrió todo.- El coche de la policía con el que nos encontramos realizaba controles a los conductores antes de que los agentes desaparecieran o murieran, encontré en él el test de drogas que utilizan en esos controles, y descubrí que estas aparentemente inofensivas obleas esconden una pequeña dosis de dietilamida de ácido lisérgico.
-LSD. –Explicó Gonzalo a nadie en particular.
-¿Droga? –Repliqué sintiéndome como una tonta.
-Drogaba ligeramente a su congregación para que creyeran que estaban sufriendo una experiencia religiosa. –Asintió Judit.- La pequeña dosis de ácido les hacía sufrir pequeñas alucinaciones y el ambiente religioso que imperaba tanto en ese sitio como en sus propias crédulas cabezas las transformaba… y todo esto para fingir ser algún tipo de elegida divina.
-¡Sí! ¡Lo admito! –Confesó Santa Mónica cayendo al suelo de rodillas, con lágrimas en los ojos.- En la base militar estábamos bien… pero cuando cayó la zona segura y nos llegó la noticia los militares se dieron cuenta de que aquella situación podía volverse permanente, de modo que empezaron a emplear a todo civil cualificado y a asignarles funciones para mantener y proteger ese sitio. Aquello era como una pequeña ciudad, dijeron que todos podríamos tener una función… pero yo veía como me miraban y tenía miedo. Estudiaba arte dramático antes de todo esto, algo completamente inútil en este nuevo mundo, y temí terminar teniendo que abrirme de piernas para los soldados a cambio de mi parte de la comida.
-Así que para evitarlo montaste esta farsa. –Terminó Gonzalo por ella, tan irritado que tuve que contenerle.- ¡Los mataste a todos porque creías que acabarías de puta del cuartel! ¿Es eso?
-Fue idea de Veltrán. –Admitió ella agachando la cabeza.- Él tenía un espectáculo, hacía trucos de magia en teatros, casinos y esas cosas. Se dio cuenta de que su situación era muy parecida a la mía, así que nos asociamos para cambiar las tornas. Todos los trucos que esta listilla ha destripado fueron idea suya, yo solo puse mi talento interpretativo al servicio de la causa.
-No se puede negar que talento tiene. –Admitió Judit encogiéndose de hombros.- Engañó a todo el mundo, realmente creyeron que era una santa.
-¡Matasteis a más de cuarenta personas! –Le recriminó Gonzalo rabioso.- ¡Todo por una farsa!
-No solo matasteis a esa gente. –Intervine yo, que todavía le apuntaba con mi arma.- En este ataque murieron tres buenas personas y un niño… además, tu gente se llevó a Raquel. ¿Qué vais a hacer con ella? ¿Lo mismo que hicisteis con los civiles que no quisieron unirse a tu farsa? ¿Despellejarla y empalarla a las puertas de vuestra casa?
Iba a matarla, lo supe en cuanto alzó la vista y vi que sus ojos llenos de lágrimas no se arrepentían de nada. Al igual que Irene, estaba convencida de que su necesidad de sobrevivir y de hacer lo necesario para seguir adelante justificaban esos crímenes… era una actitud que no podía soportar, no cuando por culpa de ello Sebas había sido tiroteado hasta la muerte; Toni, Katya y Andrei habían sido desintegrados en una explosión y Raquel podía sufrir un destino aún peor.
-¿Mamá? –Me llamó Clara asustada.
-Hazlo. –Me incitó Gonzalo.- Haz justicia por nuestros muertos.
-¿Mamá? –Repitió Clara.
Bajé el rifle… no podía hacerlo, no podía ejecutarla a sangre fría allí, delante de mi hija. No quería que volviera a ver a su madre matando a alguien en un ataque de rabia.
-No vamos a matarte, aunque al Dios al que insultas con tu numerito sabe que lo mereces. –Le dije, a lo que ella me miró esperanzada.
-¡Oh, venga ya! ¿En serio! –Gruñó Gonzalo molesto.
-Iremos a tu comunidad y te intercambiaremos por Raquel y Aitor. –Continué sin prestar atención a las quejas del sargento.- Pero si les ha pasado algo, o si tratáis de engañarnos de alguna manera, te volaré la cabeza... ¡Ah! Y a Irene, también quiero a Irene, ella pagará por ti lo que las dos habéis provocado. ¿Entendido?
No le costó asentir y aceptar mi demasiado generosa oferta. Mi mayor deseo habría sido vengarme de las muertes que había provocado, pero le había dicho a Gonzalo que luchara por los vivos, y tenía que preocuparme por los que todavía podían estar vivos que por los que habían muerto. Que ella se fuera de rositas sería el precio que habría que pagar por las vidas de Raquel y Aitor… nadie dijo que el mundo fuera justo, y después de todo lo que había vivido ya no esperaba que lo fuera.

-Siento lo de tus amigos. –Me dijo Gonzalo de camino al pueblo; había dejado a Clara al cargo de Judit, pues no podía llevarla conmigo a algo tan peligroso, de modo que solo estábamos el sargento, Farsa Mónica, como la había rebautizado, y yo, aunque ella no parecía muy dispuesta a mantener una conversación después de que descubriéramos su juego.- Parecían buena gente, sé lo que es perder a amigos.
-He visto morir a tanta gente que ya no lo siento como antes. –Le confesé.- Me duele que hayan muerto, me gustaría volarle la cabeza a esta zorra por ser la culpable de eso, pero ya no es como antes. Cuando murió mi marido el mundo se me vino encima… ahora es solo un recuerdo doloroso más que añadir a la colección.
-Hay que mirar adelante. –Afirmó.- Luchar por vivir… yo no fui consciente de ello durante mucho tiempo, estaban tan resentido con esa gente por lo que habían hecho que casi pierdo la cabeza. Si logramos resolver esto creo que salir de aquí me vendrá muy bien.
-No te quiero mentir, el camino es duro. –Tuve que contarle.- Tener un lugar seguro donde dormir y algo que comer son ahora las posesiones más valiosas, y no es sencillo encontrarlas con tanto muerto viviente, aunque ahora sepamos como engañarlos.
-Lo del olor a podrido tampoco es la panacea. –Me advirtió.- También nos reconocen por el movimiento, por el ruido… y no creo que si te están viendo vayan a evitarte porque te escondas tras una capa… ¿qué es eso?
Habiendo dejado los árboles atrás y teniendo una visión completa del cielo nos encontramos con que una densa nube de humo negro surgía desde el interior del pueblo.
-Debe haber sido la explosión que oímos antes. –Deduje, luego le di un empujón a Farsa Mónica.- ¿Qué se supone que está haciendo tu gente?
-No lo sé. –Respondió.- Esto no es nada… ¡oh Dios!
-¿Qué pasa? –Le increpé.
-La explosión, el humo… es posible que haya explotado el arsenal. –Contestó estremecida.- Le… le dije a Veltrán que debíamos tener cuidado con cómo lo guardábamos.
-Es lo que pasa por matar a todos los militares. –Le recriminó Gonzalo.- No había nadie para explicaros las medidas de seguridad que hay que tomar cuando guardas explosivos. ¡Joder! No me digas que no os lo merecéis tú y tu pandilla de sectarios locos.
-¡Tenemos que llegar allí cuanto antes! –Exclamé dándome cuenta de que Raquel y Aitor podían estar en apuros si lo que decía la farsante era cierto.
-Pues cojamos un coche entonces. –Propuso Gonzalo.
-¿Un coche? No vamos a volver, la ermita está infestada de resucitados, y los coches fueron tiroteados. –Le recordé.
-No, uno del pueblo. –Matizó él.- Sé cómo puentearlos, vamos.
Seguimos el camino al trote, casi arrastrando a la farsante para que nos siguiera el paso hasta las afueras del pueblo, donde el sargento se entretuvo un par de minutos en forzar la puerta de un utilitario y ponerlo en marcha. Durante un instante me acordé de Sergei, cuyo cadáver debía seguir en la casa donde lo abandonamos Katya y yo esa misma mañana…
Quizá había sido un poco fría al decirle a Gonzalo que las muertes sufridas no me habían afectado tanto; en realidad me sentía muy mal por Katya y Andrei porque, aunque era difícil, esperaba que sin Sergei tuvieran una vida un poco mejor… dentro de lo que cabía esperar en el mundo que nos estaba tocando vivir, claro. Pero el destino había querido acabar con sus vida prematuramente, muy prematuramente en el caso de Andrei. Pensar en Sebas y Toni era algo que prefería no hacer por el momento, ya que ellos estuvieron con nosotros desde el principio y al perderlos era como si hubiera muerto una parte del espíritu de aquel grupo que formamos de forma casi casual a las afueras de Madrid.
-Listo, vámonos. –Exclamó Gonzalo cuando el coche arrancó.- Sé que tenéis rutas para moveros por el pueblo de forma segura, farsante, así que guíanos por una de ellas si quieres regresar lo antes posible con tu secta de idiotas.
Montados en coche y guiados por ella seguimos una carretera despejada hasta las inmediaciones de la comunidad. Cada vez era más evidente que el humo venía de ella, y conforme nos fuimos acercando vimos cascotes cada vez más grandes esparcidos por el camino. Finalmente, al llegar a las proximidades, nos cortó el paso un enorme fragmento de hormigón que se había desprendido del muro. Un cadáver despellejado y atravesado con un palo se arrastraba torpemente por el suelo, buscando algo que comer.
-¡Oh no! –Gimió Farsa Mónica al bajar del coche.- ¡Oh no, no! ¡Mi basílica!
Era como si hubieran bombardeado aquel lugar. Las calles estaban llenas de escombros, hollín y cristales rotos, y de la basílica no quedaba más que media fachada, el resto se había desintegrado por completo debido a la explosión, que debió ser de un tamaño considerable.
Por el suelo se arrastraban algunas personas, pero también varios muertos vivientes habían acudido atraídos por el ruido. Ni los cadáveres putrefactos habían servido para contenerlos, y pronto ser darían un banquete con los heridos que no pudieran ponerse a salvo a tiempo. No obstante, aquella gente no era mi problema y su suerte me resultaba irrelevante... no así la de las dos personas que habíamos acudido a buscar.
-Raquel, Aitor… -Murmuré consternada contemplando tanta destrucción a mi alrededor.- ¿Cómo vamos a encontrarles entre todo esto?
-No sabemos ni si están vivos. –Argumentó Gonzalo.- La basílica ha volado, los muros han caído y la gente está muerta o herida… este lugar ya no vale nada.
-Tenemos que buscarles. –Insistí dando un paso hacia los escombros, pero él me sujetó cuando una horda de algo más de diez muertos vivientes apareció por una calle y se metió entre las ruinas y el humo en busca de carne fresca que llevarse a la boca; el sonido de los lamentos de los supervivientes debía ser para ellos como la campana para la comida.
-No podemos entrar ahí. –Dijo el sargento.- Maite, lo siento, pero no creo que sigan vivos.
-¡Eso no lo sabes! –Le reproché no dispuesta a creerlo.- ¡No puedes saberlo!
-¡No podemos buscarlos, los reanimados nos matarían! –Arguyó él no sin razón.- No podemos hacer otra cosa, este lugar se va a poner hasta el culo de reanimados entre los que acudan y los que la explosión haya matado, no podemos hacer nada.
Era cierto, no teníamos capacidad para entrar allí y buscar entre la humareda debajo de cada escombro con la esperanza de encontrarlos con vida… además la caminata y la tensión hacían que las secuelas de la explosión de la ermita se incrementaran, y no sabía cuánto más podría aguantar a ese ritmo.
Era duro, pero una vez más tenía que dejar atrás a Aitor; aunque al menos me consolaba saber que, estuvieran donde estuvieran Raquel y él, estarían juntos de nuevo.
-¡Mi comunidad! –Lloriqueó Santa Mónica cayendo al suelo y tirándose de los pelos desesperada- ¡Mi hogar!
Verla así, derrotada, desacreditada y cubierta de hollín hacía que me sintiera estúpida por haber dudado siquiera de que no fuera más que una persona normal y corriente, como cualquiera de nosotros.
-Casi se podría decir que esto ha sido un castigo divino por lo de la ermita. –Manifestó Gonzalo, para consternación de la mujer.- ¿Cómo era eso? ¿Ojo por ojo y diente por diente?
Loca de ira, aquella farsante se incorporó y se lanzó a por Gonzalo, dispuesta a atacarle con uñas y dientes en un último arrebato de furia.
Alguien que no fuera yo quizá hubiera dejado que el militar la redujera y luego se habría dado la vuelta y se habría marchado sin mirar atrás, dejándola contemplar impotentemente los restos calcinados y dispersos de su farsa… pero esa persona que no era yo no había visto como su hija lloraba de puro terror, como Sebas era abatido a tiros, como Toni, Katya y Andrei desaparecían dentro de una explosión, como Raquel y Aitor podrían haber muerto… así que la persona que sí que era yo le voló la cabeza de un disparo a aquella mujer sin arrepentirse y sin que su hija estuviera mirando.
La bala le impactó en el centro de la frente, lanzándola había atrás y provocando que su cadáver cayera boca arriba al suelo.
-Le advertí de lo que le ocurriría si les pasaba algo. –Le dije a Gonzalo antes de entregarle el rifle y hacer lo mismo que la persona que no era yo habría hecho: marcharme de regreso al coche sin mirar atrás.

El camino de retorno fue duro, no solo por no haber tenido éxito en nuestro viaje a la comunidad, sino también porque las fuerzas terminaron abandonándome definitivamente y, de no ser porque íbamos en coche, no habría sido capaz de completarlo. Por tanto no puedo ni comenzar a expresar la alegría y el alivio que sentí al llegar al embalse y encontrarme con que ya estaban todos allí, esperándonos. Temí que los muertos que les perseguían no hubieran permitido a Luís y a los otros quedarse en el sitio acordado, y también que Judit y Clara no hubieran encontrado el lugar cuando las dejamos solas. Pero no había sido así, y cuando puse un pie en el suelo al salir del coche casi vuelvo a caerme de culo dentro después de que mi hija se abalanzara sobre mí.
-¿Y Raquel? ¿Y Aitor? –Me preguntó Luís, a quien Judit debió poner al tanto del motivo de nuestro viaje.
Como respuesta me limité a negar con la cabeza, no tenía fuerzas, en ese caso mentales, para expresar en voz alta que posiblemente estuvieran muertos.
-Aquel sitio voló por los aires. –Les explicó Gonzalo unos minutos más tarde, cuando intentaba arrancarme la sangre y las cenizas que tenía incrustadas por todas partes con el agua del embalse.- La basílica entera destruida, y todo lo que pilló la explosión en los alrededores. Al parecer su arsenal saltó por los aires... y no tenían poca cosa ahí, se llevaron todo lo de la base.
-Un castigo divino por sus crímenes. –Dijo Eduardo volviendo la vista en dirección al pueblo; aun desde tanta distancia podía verse la nube de humo que todavía se elevaba en el aire… la del pueblo y la de la ermita.- Siento lo de esa chica, Raquel, y lo del otro chaval que no llegamos a conocer. ¿No pudisteis buscarlos?
-Aquello era un infierno, y estaba a punto de llenarse de reanimados atraídos por la explosión. –Le respondió mientras me frotaba la cara casi con rabia, ver la cabeza reventada y los sesos desparramados de la líder de esa secta no me había proporcionado ningún consuelo, ningún alivio en absoluto, y eso me frustraba.- Solo estábamos nosotros dos, no podíamos hacer nada.
-A lo mejor si vamos ahora… -Propuso Diana apenada por el resultado de la historia.
-Si sobrevivieron, a estas alturas ya se habrán marchado de allí. –Repliqué quitándome una mancha de sangre de la cara, aunque no recordaba de qué era después de todo lo que había pasado.- Buscarles sería una tontería, no podemos levantar escombros mientras los resucitados dan vueltas a nuestro alrededor. Dejamos la capa de Gonzalo haciendo una flecha señalando hacia aquí a la altura de la ermita, si vuelven allí puede que nos encuentren… pero Raquel sabe que fue bombardeada y que ahora está llena de resucitados, así que a lo mejor no se atreven a acercarse.
-Echaré de menos esa capa. –Se lamentó Gonzalo dando un suspiro.- Me ha salvado la vida en más de una ocasión, gracias a ella pude quedarme en la base cuando fue invadida, de lo contrario habría tenido que largarme cuando mataron a mi gente.
-Bueno, si vamos a viajar juntos me alegro que no la tengas ya. –Confesó Diana.- Apestaba.
-Aunque ahora sabemos lo valiosa que es esa peste. –Arguyó Ramón mostrando media sonrisa, no obstante ésta se le borró rápidamente de la cara al ver que la cosa no estaba para bromas; el dolor era muy reciente para pensar siquiera en sonreír.
-¿Y cómo esquivasteis a los reanimados que os perseguían? –Les preguntó Gonzalo con interés.
-Hay unos almacenes no muy lejos de aquí. –Explicó Eduardo.- Les hicimos creer que íbamos en una dirección pero nos escondimos y nos marchamos en dirección contraria cuando pasaron de largo. Esos bichos son idiotas, no es difícil engañarlos.
-Deberíamos decidir qué camino tomar. –Propuse para cambiar de tema cuando estuve todo lo limpia que podía estar.- Estamos sin nada de comida, creo que solo mi rifle tiene munición, no tenemos refugio donde pasar la noche y tan solo nos queda un coche en el que no cabemos todos si vamos a movernos.
-Creo que podríamos tomarnos un descanso. –Sugirió Luís, que en esos momentos seguía examinando a Clara para asegurarse de que las heridas por la explosión no habían provocado ningún daño importante.- Ha sido una mañana difícil, esta tarde algunos podríamos acercarnos a algún pueblo cercano y buscar comida, pero por ahora creo que nos hemos ganado un descanso… tenemos muertos a los que llorar, y hay heridos.
-Sí, pero el mundo no se va a detener por eso. –Le contradije levantándome del suelo y limpiándome el barro de las rodillas.- Los muertos no van a darnos un descanso porque estemos machacados, necesitamos un plan ya, ¿alguna sugerencia?
-Puedo volver al pueblo y conseguir otro vehículo. –Se ofreció Gonzalo.- Con eso tendríamos el transporte solucionado por el momento.
-¿Y después? –Preguntó Ramón toqueteándose el lugar del brazo donde una bala le había alcanzado, por suerte solo fue una herida superficial que no le impedía en modo alguno.- ¿A dónde vamos? La verdad es que cuando empezamos a viajar tenía puestas todas mis esperanzas en la base, creíamos que ese sería un lugar seguro.
“Pues ya somos dos” dije para mí misma… pero eso se había acabado, no pensaba volver a dirigir a nadie, me limitaría a seguir las ideas de los demás, mi liderazgo ya se había cobrado suficientes vidas.
-Deberíamos ir a la sierra. –Propuso Eduardo.- Allí no hay comunidades de chalados ni muertos andantes, yo llevo toda la vida viviendo en la montaña y en temporada de caza me he pasado días sin ver otra alma por allí.
-Quizá deberíamos ir al sur, a un clima más templado hasta que acabe el invierno. –Sugirió Diana, que no parecía muy entusiasmada por la idea de perdernos en la sierra, cosa que tampoco llamaba demasiado mi atención.
-O al norte, no creo que el frío le siente bien a unos seres sin pulso, ¿no? A lo mejor por allí las cosas están mejor. –Añadió Ramón.
“Esto me suena” me dije al recordar una conversación parecida en el burdel de Sergei… parecía como si hubiera ocurrido hacía años, pero en realidad no había pasado ni una semana, y la mayoría de la gente que formó parte de la misma había muerto o desaparecido.
Mientras los demás iban sugiriendo lugares, Judit, Clara y Luís se acercaron mí.
-La niña está bien, aunque los oídos taponados le durarán todavía un tiempo. –Dijo Luís frotándole la cabeza a mi hija, lo que hizo que se llenara la mano de cenizas… ella también iba a necesitar un baño.- Debería echarte un vistazo más a fondo antes de que vayamos a ninguna parte, una explosión no es ninguna broma.
-Estoy bien. –Le dije sin muchas ganas de un examen médico en ese momento.- Ya sé que es lo que te digo siempre, pero de verdad que estoy bien, solo cansada, ha sido una mañana difícil.
-Judit me ha explicado los trucos que utilizaba esa mujer para engañar a su comunidad. –Afirmó el doctor.- Pensé que nunca vería algo más raro que los muertos levantándose, pero al parecer una vez más me equivocaba al juzgar a la gente… menudo juego de prestidigitación el que se traía entre manos.
-Desde luego ha sido raro. –Tuve que admitir.- Toni, en paz descanse, tenía razón cuando me advirtió que el mayor peligro ahora no eran los muertos sino las personas vivas. Hemos perdido a seis hoy por una estúpida farsa.
-Ocho si contamos a Sergei e Irene. –Matizó él.- Pero creo que mejor no contarlos…
-Debimos hacerle caso a Judit desde el principio. –Dije mirándola bastante impresionada por la forma en que había descubierto el juego de aquella mujer.- Lo que has hecho antes ha sido realmente impresionante.
-Bueno, gracias. –Respondió sonrojándose ligeramente, pero también muy satisfecha de haber demostrado ser más lista que su rival.- No es tan difícil darte cuenta de cuál es el truco si no te dejas encandilar por él.
-Por cierto, ¿Dónde fuiste cuando nos atacaron? –Le preguntó Luís con curiosidad.- ¿Qué era lo que dijiste que querías comprobar?
-¡Oh, eso! –Exclamó metiendo la mano en uno de sus bolsillos y sacando de él un pequeño frasco plateado.- Es una crismera, la encontré en la ermita y pensé que podría serme útil.
Nada más abrirla retirando la tapa un horrendo hedor surgió de ella, obligándonos a apartar la vista de su contenido, que consistía en un líquido rojizo parecido a la sangre, pero más denso y negruzco, casi como la sangre de un muerto viviente.
-¡Por Dios cierra eso! –Suplicó Luís al borde de la nausea.
-Estuve recopilando los fluidos más olorosos de los cadáveres que sacamos de la ermita el día que llegamos, quería demostrar que no hacía falta impregnar de vísceras una capa para cubrirse, eso habría sido muy obvio para cualquiera cuando Santa Mónica lo utilizó para mostrar que los muertos no la atacaban. -Nos explicó Judit obedeciendo al doctor y cerrando el frasco.- No creo que tuviera acceso fácil a ácido sulfhídrico en la base militar, así que debió utilizar algo como esto. Creo que en caso de apuro podría ser útil ahora que sabemos que los resucitados no atacan a los que huelen a podrido.
-Y yo que pensaba que las blasfemias habían terminado… -Dejó caer al doctor al ver el uso que le había dado al lugar donde se guardaba el aceite para los bautismos.
-Aun así tiene razón, puede ser útil. –Opiné.- Y no creo que en tal y como están las cosas nos vaya a costar encontrar con qué reponer su contenido.
-Bueno, ¿y qué opinas tú de lo de marcharnos de aquí? –Me preguntó Luís cambiando de tema a uno menos asqueroso.- ¿A dónde deberíamos dirigirnos?
-No tengo ni idea, así que me da igual. –Le contesté.- Mi dimisión se mantiene firme, yo ya no dirijo este grupo, quizá eso nos de alguna posibilidad.
-Te castigas demasiado. –Me reprochó.- No había forma humana de prever esto.
-Puede que no, o puede que sí… no te hice caso cuando Irene se marchó y mira lo que ha pasado. –Le recordé.- Quizá ahora que no dirijo yo nos vaya mejor.
-No te hicimos caso cuando no querías traer a Irene con nosotros, ni cuando nos dijiste que no nos fiáramos de la gente de la secta. –Replicó él.- No tienes mal instinto, eso te hace una buen líder.
-La lista de muertos que arrastramos desde que yo nos dirijo dice lo contrario. –Repuse.- Te agradezco la confianza Luís, pero no voy a cambiar de opinión. ¿Por qué no vais a ver qué ha decidido esta gente?
Por la mirada que me echó el doctor antes de darse la vuelta y llevarse a Judit con los demás para unirse al debate sobre nuestro próximo destino supe que aquello no había terminado, pero pensé que tarde o temprano se daría cuenta de que tenía razón, y yo por el momento tenía suficientes responsabilidad con cuidar de mi hija… a quien igual que a mí la explosión había llenado el rostro de pequeños cortes y contusiones, pero nada que fuera a dejarle ninguna marca permanente, afortunadamente.
-¿Ya no vas a ser la que manda, mamá? –Me preguntó muy seria.
-No cariño, mandar no es tan chulo como parece. –Le respondí casi con desgana.
-¿Es por todos los que han muerto, como le has dicho a Luís? –Inquirió ella.
-Pues en parte sí. –Le expliqué.- Pero también porque no me gusta tener que ir a sitios y dejarte sola, o tener la culpa si las cosas salen mal, como ahora.
-No es culpa tuya lo que ha pasado. –Dijo volviendo la mirada al embalse.- Ya te lo dije mamá, todo el mundo se muere.
La miré con un poco de aprensión, pues no me gustaba nada que tuviera esa actitud tan fatalista siendo tan joven… pero, ¿qué podía hacer? Aquel no era el momento más oportuno para decirle que se equivocaba, no después de haber perdido a tantos.
-Siento que no hayamos podido hacer el funeral por papá al final. –Me disculpé.- Podemos encontrar otro lugar donde hacerlo, si quieres.
-O podemos fingir que lo hemos hecho. –Replicó volviendo la vista hacia mí.- Podemos… hacer como si estuviera allí. De todas formas papá tampoco estaría en ese otro lugar, ¿verdad? Y me gustaba la ermita, era bonita.
-Como tú prefieras. –Concedí de buena gana.
Para seguir adelante teníamos que enterrar a los muertos del pasado y luchar por el presente. Sabía que siempre recordaría con dolor a mi marido, pero por el bien de nuestra hija era el momento de que ambas dejáramos de pensar en él.
-¡Maite! ¡Tenemos ruta! –Nos llamó Luís.
-Vamos hija, aún nos queda un largo camino por recorrer. –Le dije agarrándola de la mano; no tenía ni idea de lo que nos podía esperar al sitio donde nos dirigiéramos, pero solo cabía esperar que Clara no tuviera razón al decir que todo el mundo se moría.
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Belthazor
 
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