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Crónicas zombi: Orígenes

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Crónicas zombi: Orígenes

Notapor Belthazor » Mar, 09 Abr 2013, 12:27

Hola foreros
Desde hace un tiempo vengo escribiendo una serie de relatos en mi blog y al descubrir esta sección del foro me ha apetecido compartirlos con vosotros. Si os pasais por el blog (solo teneis que hacer clic en mi firma) vereis que hay muchos más relatos escritos, la mayor parte de ellos pertenecientes a la misma metatrama, pero con otros protagonistas y la mayor parte de ellos autoconclusivos; sin embargo ahora me estoy centrando más en escribir una historia con varios capítulo sobre un grupo de supervivientes madrileños.
Cada capítulo está relatado en primera persona desde el punto de vista de un personaje, y por lo tanto la forma de ver las cosas puedes cambiar según quien lo cuente.
Os pongo seguidos los cuatro primeros capítulos, que son los que he creado hasta ahora, y conforme vaya creando nuevos los iré subiendo... si no me correis a gorrazos antes, claro.
Compra mi libro en Amazon y no te pierdas los relatos del blog:
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Belthazor
 
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Re: Crónicas zombi: Orígenes

Notapor Belthazor » Mar, 09 Abr 2013, 12:29

CAPÍTULO 1: MAITE


-Creo que me voy a dormir. –Declaró Silvio solo unas horas después de que el sol se pusiera; teniendo en cuenta que a las siete de la tarde ya era casi noche cerrada, no debían ser más que las nueve de la noche… como mi móvil se había quedado sin batería hacía mucho y mi reloj de pulsera se había quedado en mi casa no podía saberlo exactamente.
“No está bien” pensé mientras le veía levantarse y dirigirse cabizbajo a su tienda de campaña.
Pero, ¿quién podía estarlo? La caída de la civilización fue un golpe muy duro para las mentes de todos; la idea de que familiares, amigos y toda la gente a la que habías conocido alguna vez podría estar muerta, o peor, formando parte de los resucitados, era difícil de digerir. Esas bestias ávidas de sangre humana habían acabado con todo y con todos y, pese a mis pérdidas, no podía sino considerar que en el fondo había tenido suerte, mucha suerte. Aunque mi marido había muerto, mi hija Clara seguía viva, y eso era mucho más de lo que tenían la mayoría. Sin embargo, conforme los días iban pasando no podía dejar de preguntarme cada vez más a menudo si de verdad se podía decir que había tenido tanta suerte como creía… tenía a mi hija conmigo, y eso era algo de un valor incalculable, pero no tenía ni idea de cómo iba a apañármelas para mantenernos a ambas con vida en adelante. Algo que hasta hacía un mes todos considerábamos básico, como era el no tener que temer por tu vida, el no tener que preocuparte por tu supervivencia, se había esfumado igual que se había esfumado cualquier otro vestigio de civilización.
El grupo de supervivientes que intentamos salir de la ciudad cuando se cortó el suministro de agua estaba formado por más de treinta personas, y cuando logramos llegar a las afueras de Madrid no éramos ni una cuarta parte. Familias enteras se habían quedado por el camino; niños, mujeres y ancianos habían pasado a formar parte de los muertos vivientes, o habían sido devorados vivos. ¿Cómo iba a apañármelas para cuidar de Clara si la muerte era la única certeza? Cuando decidí ser madre nunca pensé que mi labor iba a ser proteger a mi hija del fin del mundo.
Salir de la ciudad fue como salir del infierno, pero sabía perfectamente que solo era una ilusión de seguridad lo que tenía, un leve respiro que no podía durar demasiado; y lo peor era que no había un objetivo, no hay donde ir, todo se ha ido a la mierda… volarse la cabeza y acabar con todo nunca había sido tan tentador.
Sin saber a dónde dirigirnos, nos instalamos a tan solo unos metros de la M-40, al norte de Madrid, y nos dedicamos a esperar ninguno sabía muy bien qué. Era tan mal sitio como cualquier otro para detenerse.
Pese a ser invierno, la temperatura nos estaba dando un respiro y era bastante soportable durante el día. Sin embargo, durante la noche bajaba hasta casi los cero grados, obligándonos a encender hogueras para entrar en calor, lo cual resultaba peligroso porque que la luz podía atraer a los muertos vivientes hasta nosotros. Con un bidón oxidado que encontramos logramos cubrir las llamas al máximo. La leña tampoco era muy abundante por allí, ya que el terreno no era precisamente boscoso y la vegetación se componía tan solo de unos cuantos matorrales. Esos mismos arbustos hacían que el campamento quedara fuera de la vista si mirabas desde la carretera.
No demasiado lejos de allí descubrimos una gasolinera unos días atrás, y algunos se aventuraron a su interior, ya que nos pareció que una estructura cubierta era mejor refugio que la intemperie… pero el lugar ya había sido atacado por los resucitados. Encontraron un par de cadáveres dentro, y las puertas rotas, reventadas desde fuera, lo hacían casi indefendible en caso de ataque. Lo más sensato era no instalarse allí, de modo que nos quedamos acampados detrás de los arbustos y a distancia de la ciudad, donde se podía ver a un muerto andante un kilómetro antes de que llegara hasta nosotros.
Esa noche estaba siendo considerablemente más fría que las de los días anteriores, y nos reunimos casi todos alrededor del bidón oxidado, en cuyo interior ardía una pequeña hoguera, y que era la única fuente de calor que disponíamos. Tras varios días de largos silencios, caras de miedo y dolor por todo lo perdido, por fin algunos supervivientes se estaban empezando a atrever a relatar lo que padecieron para lograr salir con vida.
-La base militar era un infierno. –Aitor nos estaba contando como cayó el ejercito, un tema que despertaba mucho interés entre nosotros, ya que en la últimas semanas de civilización los militares estaban en boca de todos; parecía que iban a ser nuestra salvación, pero no habían terminado resultando muy efectivos a juzgar por los resultados.- Ordenaron abandonar y replegarse en la zona segura a todos los efectivos de la ciudad, pero mi unidad estaba demasiado lejos y esos reanimados nos tenían rodeados. Al final cogimos el jeep e intentamos abrirnos paso para salir de allí… nos fue muy mal, solo salimos con vida el voluntario y yo. Él se largó a buscar a su familia, espero que los encontrase y pudieran ponerse a salvo en alguna parte. Yo fui a recoger a Raquel con el jeep. Aún no sé cómo logré atravesar media ciudad tomada por los muertos.
Aitor no era más que un crío, me hubiera jugado mi mano derecha a que no había cumplido los dieciocho años todavía, y su novia Raquel tampoco. No tenía ni idea de cómo un chaval tan joven había entrado a formar parte del ejército, pero me imaginé que cuando las cosas se pusieron realmente feas los militares no rechazaron a ningún candidato. El chico tenía “carne de cañón” escrito en la frente, pero había demostrado tener la habilidad, o quizá la suerte, de sobrevivir hasta ese momento.
“Al menos se le ve con esperanzas” fue lo que pensé mientras escuchaba su relato; pese a que se notaba que había pasado por una experiencia difícil, todavía tenía el ánimo de seguir adelante, quizá movido por el vitalismo de su corta edad.
El caso contrario era el de Agus, el último que llegó hasta el campamento y el que menos ganas tenía de comunicarse con nadie. Desde que se topó con nosotros cuando conducía por la M-40, tras huir de la zona segura, se pasaba los días y las noches vigilando subido encima de su coche, que era tan antiguo que debió dejar de fabricarse en los noventa… y por el aspecto también debió dejar de lavarlo desde entonces. Fue él quien nos trajo la dolorosa noticia de que la zona segura había caído, destruyendo todas nuestras esperanzas de que un rescate militar nos sacara de aquella agonía y nos devolviera a nuestra vida de siempre.
Jorge, un hombrecillo desagradable al que ya conocía, ya que estuvo refugiado con mi marido y conmigo en el polideportivo del que finalmente tuvimos que huir, daba vueltas por allí con un puro encendido en la mano; esos puros eran uno de los pocos lujos que pudo salvar de su vida anterior al fin del mundo, cuando se dedicaba a importar aparatos electrónicos de países del este y, según creía, manejaba importantes sumas de dinero.
Óscar, que tampoco está sentado en el fuego porque era su turno de guardia, se acercó a él.
-Apaga esa mierda. -Le dijo de malos modos, lo cual solo consiguió que Jorge sonriera desdeñosamente.- Pueden verlo.
-¿Crees que van a ver un puntito brillar desde más de un kilómetro de distancia? -Preguntó irónico.- Creo que estás un poco paranoico.
-Te sorprendería lo lejos que se puede ver un fuego, por pequeño que sea, cuando no hay otras luces. ¿Por qué te crees que cubrimos nuestro fuego con un bidón? -Le respondió él con un desdén parecido al que previamente le había mostrado Óscar.- Apaga esa mierda o fuma detrás de los arbustos, pero como atraigas a alguno de esos muertos vas a tener que ir a matarlo tú solo.
Jorge accedió a regañadientes y terminó sentándose en el suelo para que los arbustos le cubrieran. Por poco que le gustara Óscar, él había sido cazador y sabía lo suficiente de supervivencia como para que hubiéramos aprendido a respetar su opinión en esos temas. Además era uno de los pocos que tenía los redaños suficientes para plantarle cara a un resucitado sin que le temblara el pulso, aunque habitualmente lo hacía a distancia con una ballesta de caza que siempre llevaba encima.
Tras la interrupción, Aitor continuó con su historia.
-Luego quisimos ir a la zona segura pero estaba rodeada de reanimados y era imposible entrar. Así que salimos de la ciudad y acabamos aquí, con vosotros.- Concluyó.
-¿Y qué pasa con lo otro, con lo que de verdad importa? –Intervino Jorge desde su arbusto.- ¿Se ha encontrado alguna cura, alguna solución? ¿Se sabe al menos qué coño hace que los muertos se levanten?
-Se barajaron varias hipótesis. –Fue Luís quien respondió; Luís no era precisamente el hombre más valiente del mundo, pero había sido cirujano durante años, hasta que monto con su socio una clínica privada, y sus conocimientos médicos valían su peso en oro… no sabía si los demás lo habían pensado, pero sin hospitales, sin farmacias y sin clínicas estábamos expuestos a cualquier cosa, y yo me alegraba que hubiera alguien con conocimientos médicos entre nosotros.- Después del fiasco del Ébola, quiero decir. Sé que los chicos de la universidad estuvieron investigando hasta el último momento.
-Sí. –Confirmó Aitor asintiendo con vehemencia.- También se hizo todo lo posible por mantener las comunicaciones entre universidades y laboratorios de toda Europa, pero no sé como acabó eso.
-No acabó bien. –Dijo Judit limpiándose las gafas con el jersey.
Judit había llegado al campamento solo un par de días más tarde que nosotros, cuando llegaron también Sebas, Toni y Silvio. Era una chica menuda, de no más de veinte años, bastante retraída y, por lo que decía, una superdotada que a su edad ya tenía un doctorado en biología molecular y otras dos carreras para completar su currículum.
Todos nos quedamos mirándola, esperando que, como se diría en el ámbito académico, desarrollara un poco su respuesta. Aquello pareció sorprenderla.
-Yo… estuve allí, trabajando en el laboratorio de la universidad, en contacto con investigadores del CNI y con otras universidades, principalmente inglesas y alemanas. –Nos explicó.- Antes de que los militares nos sacaran de allí no habíamos obtenido ningún resultado. Lo único que pudimos confirmar es que esos seres estaban completamente muertos, excepto determinadas partes del cerebro que permanecían activas post mortem y que es lo que les permite levantarse y caminar. Pero no identificamos tóxico o patógeno que pudiera explicar esa conversión. Debido a que a los animales no les afecta, pensamos que su origen sería algún tipo de organismo especializado, pero no hubo ningún resultado concluy…
-Vamos, que seguimos sin tener ni idea de por qué ha ocurrido esto. –Resumió Jorge desde el suelo dándole una calada al puro.- Joder, ¿para esto pagaba impuestos? Una puta plaga apocalíptica de cadáveres antropófagos y...
-¡Ya lo hemos entendido! –Le interrumpió Félix poniendo fin a su perorata.
Igual que todos escuchábamos a Óscar cuando hablaba, porque reconocíamos que era quien más sabía sobre cómo salir adelante en la situación de supervivencia como en la que nos encontrábamos, también todos escuchábamos a Félix, no tanto por sus habilidades como porque era una persona razonable y diplomática que siempre sabía cómo evitar un conflicto antes de que se produjera y, como había sido el caso, cerrarle el pico a Jorge. Entre los dos eran quienes más o menos dirigían a todo el grupo, si es que había algo que dirigir cuando todo lo que hacíamos era dormir y ver pasar los días, con alguna incursión ocasional a por comida y agua.
-Mamá, tengo hambre. -Se quejó Clara, que hasta ese momento había estado dormitando a mi lado, casi ajena a todo lo que se había estado diciendo.
Clara había heredado de mí los ojos, la piel clara y llena de pecas que yo también tenía a su edad y la melena pelirroja. Al igual que a todo el mundo, todo por lo que había tenido que pasar había hecho que se mostrara temerosa de siquiera apartarse de mi lado. No es que me molestara tenerla siempre pegada, al contrario, en la situación en la que vivíamos prefería tenerla siempre cerca y vigilada, pero me dolía ver como una niña que desde bien pequeñita había sido muy independiente se había convertido en una niña siempre asustada. Solía tener pesadillas por las noches, sobre todo desde que murió su padre, y yo no sabía qué podía hacer para remediarlo.
-Lo sé, cariño. Ahora veremos si queda algo para cenar. –Le respondí con un poco de lástima, sabiendo que probablemente no quedara prácticamente nada.
La mayor preocupación que teníamos era que la comida comenzaba a escasear. Al principio era fácil acercarse a alguna tienda cercana y coger algo de comida; entre Óscar, Félix y algún otro, como el siempre voluntarioso Aitor, buscaban en el linde de la ciudad algún comercio y traían todo lo que podían que pudiera resultar útil. Pero casi todo había sido saqueado antes de que nosotros empezáramos a hacerlo por algún otro grupo como nosotros, o quizá antes de que la ciudad cayera, y adentrarse más era entrar en territorio de los muertos.
-No andamos muy bien de provisiones. –Dijo Félix torciendo el gesto.- Por más que racionemos, no hay para más de un par de días... por no hablar de que si no llueve estaremos sin agua mañana.
-Deberíamos pensar en ir mañana por la mañana otra vez a buscar algo de comer. Si no hay tiendas cerca puede que por aquí haya algún animal que pueda cazarse… o algo – Sugirió Sebas con timidez, o sea, como solía hablar normalmente.
Para haber trabajado de guardia de seguridad, Sebas no daba la talla. Era más bien delgado, tirando a bajito, y no tenía aspecto agresivo o intimidante. Llegó acompañado de Judit, a quien encontró vagando por la carretera, y de Toni, un hombre con claras raíces africanas manifestadas en su oscura piel. Como si fuera algo sin importancia, nos contó que se refugió en la comisaría más cercana que encontró cuando las cosas se pusieron mal, pero los muertos vivientes ya habían hecho una visita a ese lugar y no quedaba nadie… solo Toni, que se encontraba allí al haber sido detenido por saqueador. Según Toni, la policía le cogió cuando saqueaba una tienda en busca de comida, ya que estaba refugiado en su casa con su familia y no había tiendas abiertas cerca. Se pasó más de cinco días allí encerrado, dos de ellos rodeado de muertos, hasta que llegó Sebas y le abrió la celda.
Su historia tenía sentido, pero causó algunos recelos, especialmente porque, antes de irse de la comisaría con Sebas, cogió una pistola de un policía, lo que hacía que fuera uno de los pocos hombres armados del grupo. Solo el propio Sebas con su pistolita reglamentaria, Aitor con su fusil del ejército y Félix con un rifle de caza que le prestó Óscar tenían armas de fuego. También teníamos la ballesta de Óscar y el hacha de Érica, además de algunos cuchillos, para defendernos si los muertos vivientes llegaban. Pero como no vivíamos en Estados Unidos ninguno de nosotros tenía la menor idea ni de por dónde empezar a buscar para conseguir más armas.
Conforme los días fueron pasando y Toni resultó ser tan inofensivo como cualquiera, y desde luego mucho más agradable que Óscar o Érica, los recelos desaparecieron.
-Esto es un puñetero secarral. –Respondió Óscar a la sugerencia de Sebas.- Aquí no hay fuentes de agua, y solo se pueden cazar ratas y perros callejeros.
-Se que no os va a gustar, pero entonces la opción que queda es adentrarse más en la ciudad y buscar comida y agua. –Sugirió Félix, sabiendo que la propuesta no sería muy bien recibida por nadie… ninguno estaba tan loco como para arriesgarse a una muerte segura adentrándose demasiado en la ciudad.
-¿Estás loco? –Replicó Toni, que había permanecido en silencio hasta entonces, pero atento a todo lo que se decía.- No salí de ese infierno para volver a entrar... tío, ese lugar está plagado de esos bichos muertos vivientes, entrar ahí en un suicidio.
-Podríamos ir a mi casa. -Propuso Raquel inesperadamente.
A diferencia de Toni, Raquel había permanecido también en silencio, sentada al lado de Aitor mientras éste contaba su historia, pero no parecía estar demasiado interesada en lo que se había dicho desde entonces. Por lo que había llegado a conocerla, se veía que era una chica bastante callada, seguramente por lo afectada que estaba después de vivir la experiencia que Aitor relató.
El mundo parecía dividirse en esos momentos en tres tipos de personas: los que, como Agus, Miguel y Raquel estaban completamente sobrepasados por las circunstancias; los que, como Félix y Óscar, habían sacado lo mejor de sí mismos para luchar y seguir adelante; y los que, como yo, vivíamos en una especie de limbo, sin haber sido capaces todavía de digerir lo ocurrido y reaccionar en un sentido u otro.
-¿A tu casa? Menuda puta mierda de plan. –Bufó Érica con desdén.
Si, no había pensado en Érica al desarrollar las tres categorías. Estaba muy claro que ella no podía ser catalogada dentro de ninguna de ellas; sencillamente no encajaba en categoría alguna. Esa chica no estaba bien de la cabeza, la única explicación a su comportamiento era tan simple como eso. No parecía importarle estar helándose de frío, comiendo conservas y sin poder asearse durante más de dos semanas; hablaba de la muerte de su madre con una indiferencia pasmosa, como si realmente no le importara lo más mínimo; y sobre todo estaba lo del hacha… cuando llegó, venida de no se sabe dónde, llevaba consigo un hacha de leñador que utilizaba a dos manos y con las que disfrutaba matando resucitados.
Sí, realmente disfrutaba matándolos; se reía como una loca cada vez que tenía que hundía el filo del hacha en la cabeza de uno y se pringaba con la sangre que salpicaba como resultado de ello. A veces no sabía que daba más miedo, si los muertos vivientes o ella.
- A mi padre le gusta cocinar, tenemos varios frigoríficos en el sótano y dejó la despensa llena cuando empezó... bueno... todo esto. Almacenó bastante comida como para comer dos meses toda la familia.
Todos nos mantuvimos silencio, ya que la idea nos parecía tan mal como a Érica, pero no queríamos expresarlo tan directamente. Puestos a meterse en la ciudad, parecía mejor buscar una tienda, que sin duda tendrá más comida y será más accesible.
Como siempre, fue Félix quien tomó la palabra y rompió el silencio.
- Oye Raquel. –Comenzó a decir con suavidad.- Se que quieres saber qué ha sido de tu familia, si siguen bien... pero ir allí ahora es una mala idea, meterse en la ciudad ya es arriesgado y...
- ¡No es una mala idea! -Le interrumpió Aitor.- Su casa está en Mirasierra, justo aquí abajo. No tendríamos que penetrar mucho en la ciudad, la mayoría de esa gente fue evacuada o se largaron antes de que la cosa se pusiera realmente fea, no habrá muchos reanimados por las calles.
Félix se giró hacia él y abrió la boca, seguramente para explicarle también muy diplomáticamente por qué era una mala idea, pero Óscar le detuvo poniéndole una mano en el hombro.
- El chico puede tener razón. -Dijo pensativo.- No debería ser difícil entrar en un barrio como ese, y es menos probable que una casa haya sido saqueada, ¿no? Todas las tiendas que hemos visto hasta ahora habían sido saqueadas casi por completo, pero una casa particular…
-La densidad de población de Mirasierra es mucho menor que en cualquier otro punto de la ciudad. –Apuntó Judit como dato científico que nadie había pedido.- En teoría es cierto que debería haber menos muertos vivientes en sus calles, especialmente si fueron evacuados en etapas tempranas de la expansión de la enfermedad. La velocidad a la que se desplazan los muertos, la localización geográfica de Mirasierra y el tamaño de Madrid hace que sea poco probable que hayan llegado demasiados de otros lugares hasta allí… sobre todo si no tenían víctimas humanas que les atrajeran en esa dirección.
-¿Estáis hablando en serio? –Pregunté yo sin poder resistir más tiempo sin meterme en la conversación.- Quiero decir, estamos hablando de entrar en la ciudad. Puede que sea un barrio que evacuaron y todo lo que queráis pero… es entrar en la ciudad. ¿Hasta ese punto estamos desesperados?
-Me parece a mí que sí. –Contestó Óscar.- Estamos casi sin comida, estamos sin agua, y no parece que la situación vaya a mejorar si no hacemos algo. ¿Tienes alguna idea mejor?
No se me ocurría ninguna, pero hasta morirse de hambre me parecía mejor idea que arriesgarse con los muertos vivientes.
-Aguantamos varios días con lo que encontrasteis en la gasolinera que había sido invadida. –Les recordé.- Podemos buscar otra gasolinera cercana y ver qué encontramos.
-Precisamente porque fue invadida seguía habiendo cosas. –Me contradijo Félix.- De haber estado libre la habrían vaciado otros. No estoy diciendo que me parezca una buena idea ir a casa de Raquel, ojo, pero buscar en gasolineras es perder el tiempo, debieron ser los primeros lugares que saquearon.
-Eso nos vuelve a dejar con una única opción. –Dijo Óscar cruzándose de brazos.- No tendría que ser complicado. Subimos cuatro al furgón de Sebas…
-¡Eh! ¿Por qué mi furgón? –Protestó el aludido.
-Necesitamos un vehículo en el que poder meter todo lo que haya en la casa, y para eso hace falta espacio. –Razonó Óscar sin prestarle mucha atención a su indignación.
-También necesitamos espacio para que mis padres y mis hermanos vengan. –Intervino Raquel apartándose un mechón de pelo rubio de la cara.- No pueden seguir más tiempo allí, atrincherados en casa en una ciudad plagada de… muertos. Sobre todo ahora que sabemos que no va a llegar ayuda.
-Quizá adelanto acontecimientos, pero creo que también deberíamos buscar combustible y guardarlo para reservas. –Opinó Luís.- Si cada vez vamos a tener que movernos más lejos para conseguir recursos necesitaremos combustible. A la larga no tendremos más remedio que movernos a algún sitio más vivo, con agua, árboles, y alguna forma de producir comida. No podemos alimentarnos de plantas resecas toda… bueno, todo el tiempo que pase hasta que esto se arregle de alguna manera.
Félix suspiró con resignación, pues no le quedó otra que mostrarse de acuerdo con el plan de Raquel. Yo, sin embargo, no estaba nada convencida. No quería menospreciar a esa chiquilla, no la conocía tanto como para eso, pero aquello más que un plan sólido me parecía una excusa de una niña asustada para volver a ver a su familia. No obstante, tanto Aitor como Óscar apoyaban la idea, así que tenía que admitir que era posible que me equivocara… Óscar sabía lo que se hacía, y Aitor, por mucho que quisiera complacer a su novia, no iba a arriesgar su vida tan tontamente, y mucho menos la de los demás.
-Pues parece que tenemos un plan. –Resumió Félix.- ¿Quiénes vamos a ir? Has dicho cuatro personas, ¿no es cierto?
-Si, y yo voy. –Asintió Óscar con determinación.- Pero tú no, alguien tiene que quedarse cuidando del campamento el tiempo que estemos fuera… y más aún si algo sale mal y no volvemos nunca. ¿Quién más se apunta?
Las formas no eran el punto fuerte de Óscar, después de ese “si algo sale mal y no volvemos nunca” no esperaba que nadie más se ofreciera voluntario… pero me equivocaba, quizá por segunda vez aquella noche.
-Evidentemente yo, alguien tiene que guiaros. –Exclamó Aitor poniéndose en pie.
-Yo también voy. –Dijo Raquel, para sorpresa de todos.
-No, tú no vas. -Replicó su novio tajantemente.- Ese lugar podría ser peligroso.
-Es mi casa y voy a ir quieras o no. –Respondió ella con audacia.- Si no estoy yo, ellos no se convencerán de que tienen que salir de allí, y tampoco entregarán la comida. ¿No os parece?
-Bueno, entonces yo me quedo a vigilar el campamento. –Dijo Félix - Como bien ha dicho Óscar, no podemos dejar esto desprotegido.
- No pienso meterme en la ciudad ni loco. –Exclamó Jorge que, aunque nadie le había preguntado, debió pensar que ya había permanecido callado demasiado tiempo.- Así que también me quedo a vigilar.
-Creo que podéis contar con nosotros. –Se ofrecieron Sebas y Toni.- A fin de cuentas el furgón es nuestro, y unas armas de fuego os vendrían bien.
-No, los dos no. –Respondió Óscar negando con la cabeza.- Es igual que con Félix, uno debería quedarse aquí. Si tenemos que esperar a que Jorge proteja este lugar, cuando volvamos nos encontraremos un cementerio.
-En ese caso iré yo. –Dijo Sebas.- Sé manejarme con un furgón policial mejor que Toni… al menos en el asiento de delante.
-Me parto de risa. –Replicó Toni frunciendo el ceño.
-No sé si queda hueco, pero contad conmigo también. –Aunque lo veía, no podía creer que fuera Luís quien estuviera diciendo eso, él no era precisamente el hombre más valiente del mundo.- La gente de esa casa podría necesitar un médico, y alguien podría salir herido.
-Muy bien, pues ya tenemos al grupo de cuatro... no, de cinco- Resumió Óscar colgándose la ballesta a la espalda, como si estuviera dispuesto a salir para allá en ese preciso momento, en mitad de la noche.- Será mejor que descansemos toda la noche, mañana puede ser un día muy duro.
Dicho lo cual se encaminó hacia su saco de dormir.
Como todos parecían haber dado el día por finalizado, cada uno se retiró a su refugio particular. En el caso de Clara y de mí, como en el de la mayoría, se trataba también de una tienda de campaña. Aunque las suyas las habían conseguido en un saqueo, la mía era realmente mía, ya que en el pasado había pertenecido a mi hermano, al cual le solía gustar el alpinismo. Como vivía en Barcelona, no tenía ni idea de qué había sido de él, y tampoco una forma de averiguarlo, lo cual era difícil de digerir sumado a todas las otras cosas.
-Buenas noches cielo. –Le dije a Clara después de darle un beso de buenas noches en la frente y dejarla liada entre las mantas.
-¿No vienes a dormir? –Me preguntó alarmada.
Por las mañanas lo solía llevar un poco mejor sus miedos, pero en cuanto caía la noche éstos la superaban, y verse sola en la oscuridad y con la cabeza llena de resucitados se asustaba más todavía.
-Ahora voy cariño, solo voy a sacudir mi manta.- La tranquilicé.- Ya te he dicho muchas veces que no comas encima de las mantas.
-Sigo teniendo hambre… –Dijo lastimosamente.
Me reprendí mentalmente a mí misma por haber sacado el tema de la comida cuando ya parecía olvidado. Más valía que al día siguiente volvieran con una buena cantidad de comida, o si no íbamos a pasar hambre de verdad. Salí fuera con la manta en la mano para limpiarla de migajas, aunque cuando el estómago comenzó a rugirme casi me arrepentí de haber dejado que el viento las arrastrara.
-Pienso ir Aitor, es mi casa y mi familia. –Escuché la voz de Raquel junto a la hoguera, allí permanecían también su novio y Félix.- Prefiero... saber a no saber. Además, Aitor me ha enseñado a disparar si fuera necesario.
-Puede ser peligroso y tendréis que estar a pleno rendimiento mañana. –Dijo Félix.- Esta noche cubriremos vuestras guardias, le diré a Érica que me ha parecido ver algunas siluetas a lo lejos y que podrían acabar acercándose resucitados al campamento, eso la mantendrá alerta y a la espera varias horas. Me sigue pareciendo mala idea que vayas con ellos, Raquel, pero ya eres mayorcita para tomar tus propias decisiones.
Después de decir eso, tanto Aitor como ella se dirigieron hacia su tienda, que habían encontrado en la gasolinera y que era casi tan pequeña como la mía, donde apenas cabíamos mi hija y yo. Mi hermano la había utilizado para acampar en la montaña él solo, y las pocas veces que la habíamos usado mi marido y yo, antes de que naciera Clara, no había sido precisamente para estar separados.
-¿Es necesario que vayas? No creo que sea necesario.- Seguía insistiendo Aitor.- A mi me conocen, les diré que estás bien, les contaré lo que ha pasado y dónde estás… les convenceré para que vengan, te lo prometo.
-No insistas, voy a ir y punto. Es mi casa y es mi familia. –Repitió Raquel mientras ambos entraban en la tienda.- Además mi padre te odia, ¿recuerdas?
“Como vea dónde estáis durmiendo los dos sí que lo va a odiar” me dije mientras doblaba la manta que había salido a sacudir.
No podía evitar preguntarme si esos dos habían llegado a consumar su relación en el tiempo que habían pasado con nosotros en el campamento. En las condiciones en las que vivíamos probablemente nadie tenía cuerpo para esas cosas, pero estaban en una edad donde el sexo tira más que el sentido común, y durmiendo tan juntos durante más de dos semanas…
Abandoné esos pensamientos más propios de una maruja que de mí y volví con Clara a la tienda. Esa noche no me tocaba hacer guardia, así que podría dormir de un tirón, si es que una pesadilla de mi hija no me lo impedía. Me tumbé a su lado y me cubrí con la manta, lamentando profundamente que el apocalipsis no hubiera llegado en verano en lugar de haberlo hecho en invierno.
Unos minutos más tarde aún no me había dormido. Sentía los pies helados, pero lo que no me permitía conciliar el sueño era escuchar a Clara sorbiéndose los mocos.
-¿Qué pasa? –Le pregunté cariñosamente al final, cuando vi que ese llanto medio silencioso en el que estaba sumida no tenía previsto acabarse.
No era la primera vez que lloraba por las noches, ni durante el día, y me dolía la impotencia que me sentía a la hora de consolarla, porque no sabía cómo hacerlo… lloraba por unas cosas por las que habría llorado yo también.
-Es que echo de menos a papá. –Dijo lagrimeando.
-Ya lo sé cariño, yo también. –Dije yo abrazándola por debajo de las sábanas y dejándola llorar a gusto.- Yo también.
Un minuto más tarde me había unido a ese llanto, aunque en mi caso intentaba disimularlo para no asustar más a mi hija. No solo lloraba por mi marido, también por todos aquellos a los que seguramente había perdido: mi hermano, su mujer y mis sobrinos, mis padres, la gente de la oficina donde trabajaba antes de que todo se fuera a la mierda, los amigos, los vecinos… seguramente todos estaban muertos, o peor aún, formando parte de los muertos más peligrosos, los que todavía se movían.
Con ese triste pensamiento debí quedarme dormida, y a primera hora de la mañana, apenas hubo salido el sol, me desperté después de una noche aparentemente sin incidentes. Clara seguía profundamente dormida, y me alegré mucho al comprobar que al menos la llantina le había servido para no tener pesadillas durante la noche. Debía ser la primera desde que su padre murió en la que no soñaba.
Al asomarme al exterior de la tienda descubrí que el día había amanecido soleado, pero inusualmente frío. La hoguera fue apagada poco después de que nos acostáramos, ya que por la mañana el humo podía atraer resucitados, pero aun así algunos miembros del grupo se habían reunido alrededor de las ascuas que quedaban de ella para entrar en calor.
Frente a la tienda de campaña donde dormían Aitor y Raquel se encontraban ya los dos, completamente despiertos y equipándose para el viaje que iban a emprender. Agus ya se había colocado encima de su coche, mirando a la nada, igual que llevaba haciendo desde que llegó. Judit había hecho de una roca su asiento y se limpiaba las manos con una toallita húmeda, que era lo más parecido a asearse a lo que podíamos aspirar en esos días. Jorge permanecía de pie, intentando calentarse con el poco calor que el bidón pudiera desprender todavía. Óscar ponía a punto su ballesta practicando disparos contra un neumático viejo que hubo que cambiar a uno de los coches unos días atrás. Érica con su hacha y Félix con el rifle aparecieron de detrás de los arbustos en ese mismo instante, habiendo terminado su guardia nocturna.
- Eso es que ya me toca vigilar a mí. –Dijo Toni cogiendo su pistola; antes de marcharse se vuelve hacia Sebas y le tiende la mano.- Buena suerte tíos... os va a hacer falta ahí dentro.
-Si, bueno, gracias. –Respondió Sebas un poco asustado.
Al verme ya en pie, Félix se dirigió hacia mí. Por lo que parecía, Érica llevaba hablándole ya un buen rato, y todo indicaba que estaba un poco hasta los huevos.
-...entonces le rebané la cabeza al puto podrido... -Iba contando ella con un enfermizo entusiasmo- ... y el muy hijo de puta seguía intentando morder. ¿Te lo puedes creer? Es decir... su cuerpo no, solo su puta cabeza en el suelo. ¿Te lo imaginas? Una cabeza cortada intentando morder. ¡Qué hijo de puta! Era un pesado cuando estaba vivo, pero seguía siéndolo al transformarse en un puto pútrido de esos...
-Eh, si, es una historia muy interesante... oye, ¿por qué no vas a calentarte mientras yo hablo con Maite? –La interrumpió intentando ser amable.
Ella se encogió de hombros y se acercó al bidón, colocándose al lado de Jorge frente a las ascuas. El desagradable empresario hizo una mueca de desagrado al descubrir, al mismo tiempo que yo, que la muchacha tenía salpicaduras de sangre sobre la chaqueta.
-Que nunca te toque una guardia con ella. –Dijo Félix torciendo el gesto.- Está como una cabra... o como diría ella, como una puta cabra. ¿Cómo habéis dormido?
-Como hemos podido, la verdad.- Le respondí mientras intentaba que los huesos de la espalda me crujieran y dejara de sentirla entumecida.- Pero mejor que otras noches. ¿Habéis peleado con un resucitado?
-Consideró que uno se había acercado demasiado y fue ella misma a matarlo del todo. –Respondió suspirando.- No llegó a acercarse, pero pensé que a ella le vendría bien un poco de ejercicio y no me opuse.
-Ya veo. –Dije dirigiendo la mirada hacia la chica, que entrando en calor delante del bidón parecía completamente normal… mi mayor temor con respecto a ella era que necesitara alguna medicación para la cabeza, y lo que podía pasar después de tanto tiempo sin tomarla.
-¿Aun duerme Clara? –Me preguntó Félix.- ¿Otra vez pesadillas?
-No, al contrario. –Negué un poco animada dirigiendo mi mirada hacia la tienda; al menos parecía tranquila, aunque no quería estar muy lejos cuando despertara.- Anoche… bueno, no importa, ha dormido del tirón y creo que no ha soñado, voy a dejarla dormir lo que quiera hoy y que recupere el sueño atrasado, tampoco tiene mucho sentido hacerla madrugar.
-Poco a poco uno se va acostumbrando. –Afirmó con pesar.- Te vas haciendo a la idea de lo que hay, y de lo que nos espera.
-Unos más que otros… -Dejé caer pensando en Silvio y en Sebas.
-Yo creo que, si se mantiene ocupada, le hará bien. –Opinó.- Ponerla a ayudar en alguna de las tareas, como recogiendo palos para la hoguera, o algo así, la distraerá de todo por lo que está pasando.
-Puede ser. –Admití dándome cuenta de quizá tuviera razón; una mente ocupada tiene menos tiempo que perder con malos pensamientos.- La veía tan mal y tan asustada que no quería agobiarla mandándole cosas que hacer, pero quizá sea lo mejor. Luego la pondré a doblar las mantas de la tienda o algo.
Félix asintió y se dirigió hacia los héroes, o los idiotas, que iban a jugarse el pellejo entrando en una Madrid invadida por los muertos vivientes, que ya se habían reunido alrededor del furgón en el que iban a marcharse. Viéndolos ahí de pie a los cinco me preguntaba si volvería a verlos a todos alguna vez, y sentí algo de miedo por ellos. Cuando casi todo en tu vida ha muerto, a las únicas personas que estás seguro de que están vivas se les coge cariño.
- Llevad cuidado con disparar lo menos posible, el ruido les atraería y sería casi peor que no hacer nada. Que Érica utilice su hacha, o coged alguno de los cuchillos. –Le aconsejó Óscar a Félix cuando llegó a su altura.
-Nos las apañaremos, sois vosotros los que os la vais a jugar. –Respondió este.- Espero que todo os vaya bien, estaremos vigilantes esperando que volváis.
-No debería llevarnos demasiado. –Dijo Aitor.- Se llega fácilmente a la casa de Raquel, será solo cargar la comida y regresar con ellos aquí. Quizá también podamos sacar un botiquín y alguna herramienta que nos sea útil.
-Cuando se trata de esos seres nunca se sabe. –Exclamó Félix.- Mejor llega tarde y vivos que pretender llegar pronto y al final no llegar.
-Menos rollo, que pareces mi madre. –Dijo Óscar estrechándole la mano.- Venga gente, nos vamos. Esta noche cenaremos comida de verdad, o cenaremos en el infierno.
Al abrir la parte trasera del furgón policial que Sebas y Toni utilizaban para dormir, vi que en su interior, además de varias mantas, había un par de bidones de agua vacíos.
-Esto nos servirá para coger agua. –Afirmó el cazador echándoles un vistazo.- No parece que vaya a llover en los próximos días y estamos algo escasos.
-En mi casa bebíamos agua mineral, seguramente mi padre tenga en la despensa una buena cantidad de botellas. Como ya he dicho, aprovisionaron bastante bien la casa cuando empezó todo esto... –Repitió Raquel, que parecía incluso animada.- Será mejor que vaya yo en el asiento de delante, para guiaros.
Se dirigió al asiento del copiloto sin esperar el visto bueno de nadie, y ese repentino entusiasmo no me transmitió buenas vibraciones. Era muy fácil caer en la imprudencia y que todo terminara en una desgracia.
Óscar le lanzó una dura mirada a Aitor.
-No me gusta nada la actitud de tu novia. -Le dijo.
-¿Qué quieres decir? –Respondió él frunciendo el ceño.
-Habla de su familia como si estuviera segura de que sigue viva. –Le contestó el cazador.- Han pasado más de dos semanas, en estas condiciones eso es mucho tiempo, ¿estás seguro que no será un problema si resulta que no es así?
Durante un segundo Aitor no supo que contestar.
-No será un problema. –Le aseguró finalmente.- ¡Venga! ¿Tenéis todos las armas listas? ¡Pues vámonos ya!
El furgón se puso en marcha y los cinco se marcharon por la M-40… probablemente en el único momento de la historia de la ciudad en la que esa carretera no tenía tráfico, lo cual daba una idea bastante precisa del nivel apocalíptico de destrucción que habían causado los muertos vivientes.
El barrio, nada humilde, por cierto, donde vivía Raquel estaba muy cerca de donde habíamos acampado, y tenían razón cuando decían que no se aventurarían demasiado dentro de la ciudad, ya que quedaba pegado a la linde de ésta… pero aun así tenía un temor dentro que no era capaz de suprimir. Después de todo lo ocurrido más gente muerta era lo último que quería.
Clara salió de la tienda frotándose los ojos y bostezando. En cuando me vio, a apenas dos metros de ella, se vino a mi lado y me agarró de la mano.
-Buenos días cariño. ¿Has dormido bien? –Le pregunté.
Se limitó a asentir con desgana, todavía tenía cara de sueño, pero lo que no tenía eran las espantosas ojeras de otras mañanas.
-¿No hay nada para desayunar? –Peguntó ella.
-No sé, supongo que después de no haber cenado anoche ya nos toca. Vamos a preguntarle a Félix. –Le contesté dirigiéndonos hacia él, que seguía mirando el lugar por donde el furgón se había perdido de vista.
-Félix, Clarita pregunta si nos toca desayunar esta mañana o seguimos castigadas. –Bromeé con él cuando llegamos a su altura.
-Sí, creo que ya nos toca comer algo, ¿verdad? –Dijo.- Vamos con los demás.
Seguimos a Félix hasta el bidón, y una vez estuvimos todos allí fue a la tienda de campaña donde guardábamos la comida. Salió un minuto más tarde con varias latas cargadas entre los brazos, un par de tarros de cristal con salchichas dentro y algunas conservas.
-¡Por fin! –Gruñó Jorge cuando la comida llegó hasta nosotros.- Es inhumano esto de tenernos toda la noche en ayunas.
-Si no vuelven con más comida vas a saber tu lo que es estar en ayunas. –Replicó Félix mientras comenzaba a repartir lo que había sacado entre todos.- Érica, ¿quieres hacer el favor de ir a la tienda de Silvio y despertarle? También querrá comer.
Érica obedeció y se dirigió hacia su tienda mientras Félix nos daba a Clara y a mi el bote de cristal con salchichas. Lo abrí y dejé que fuera ella la primera en coger una…
-¡Agh! ¡Tío! ¡Mierda, joder! –Por el vocabulario utilizado no me cabía ninguna duda de que era Érica la que gritaba.
Félix dejó la comida en el suelo y salió disparado hacia ella, mientras que los demás simplemente nos quedamos observando. La chica se había asomado a la tienda de campaña de Silvio, el último miembro de nuestro grupo. Silvio era actor, o eso decía él, porque nadie le recordaba de ninguna película u obra de teatro, de modo que más bien debía ser un aspirante a actor. Él pertenecía al primer grupo de personas, al de la gente que se había visto sobrepasada por la situación y no hacía ningún esfuerzo por intentar sobreponerse y seguir adelante. Francamente, después de verlo día tras día al borde de un colapso me esperaba encontrarlo con las venas cortadas o ahorcado cuando Érica gritó, porque nadie puede aguantar eternamente en ese estado.
Sin embargo, aunque no era esa la situación, no me había equivocado por mucho…
-¿Qué pasa ahí? –Preguntó Jorge cuando Félix se asomó también a la tienda.
-¡Mierda! ¡Necesito ayuda! –Gritó agachándose en el suelo.
Como Toni estaba vigilando la carretera, Agus tan solo miraba sin decidirse a acudir a la llamada de ayuda, Jorge no estaba dispuesto a mover un dedo por nadie y se hacía el aturdido y Judit parecía no saber qué hacer, tuve que ser yo quien me acercara.
-¿Puedes quedarte con ella un momento? –Le pedí a Judit dejando a Clara con ella.- Ahora mismo vuelvo, cariño.
Me acerqué a la tienda de campaña de Silvio y me asomé dentro. Su cuerpo estaba tirado en el suelo de la tienda, blanco como una tiza y con espuma en la boca.
-¿Qué coño ha pasado? –Le pregunté a Félix comenzando a ponerme nerviosa.
Él le estaba tomando el puso en el cuello, y se me hizo eterno el instante que tardó en quitar el dedo y decir:
-Tiene pulso.
Como respuesta, el cuerpo de Silvio se sacudió con un espasmo. Al hacerlo movió la mochila donde guardaba sus cosas, y que utilizaba también de almohada. Bajo ella me pareció haber visto algo, de modo que me agaché a intentar cogerlo.
-No sé qué le pasa. –Decía Félix sin saber qué hacer.- Y el único médico se acaba de largar. ¡Joder, que oportuno todo!
Lo que Silvio guardaba bajo su almohada resultó ser una bolsita… una bolsita con un polvo blanco dentro, un polvo que explicaba perfectamente sus síntomas.
Cuando se la mostré, Félix y yo nos miramos, y luego miramos al pobre de Silvio, que se retorcía sumido en una sobredosis.
-Deshazte de eso discretamente. –Me dijo.- Lo último que necesitamos es que Jorge o Érica sepan que hay droga por aquí.
-Tuvo… tuvo que tenerla todo este tiempo. –Exclamé sin poder creer que no nos hubiéramos dado cuenta antes de que se estaba metiendo algo en el cuerpo.
-Parece que se le fue la mano. –Afirmó Félix.- ¿Sabes qué demonios podemos hacer?
Negué con la cabeza, no tenía ni la más remota idea de cómo se trataba una sobredosis. Seguramente no había demasiado que pudiéramos hacer sin un hospital y médicos, pero si se moría… sería horrible, sobrevivir a todo lo sobrevivido para morir así era de chiste.
-Vamos a intentar despertarlo, a mantenerle consciente. –Propuse sin mucha convicción.
-Traeré un poco de agua. –Se ofreció Félix.
-Avisa a Judit.-Se me ocurrió de repente.- A lo mejor ella sabía qué hacer.
Félix asintió y, mientras él iba a por el agua, yo le desabroché los botones de la camisa a Silvio para que pudiera respirar sin presiones y le coloqué la cabeza de lado para que escupiera la espuma y no se atragantara con ella.
Me aseguré de que Félix no estuviera cerca antes de decirle:
-No sé si ha sido un accidente o lo has hecho a propósito, pero más te vale luchar, porque ya hemos visto todos demasiadas muertes para toda una vida, ¿no te parece?
Última edición por Belthazor el Mar, 09 Abr 2013, 12:52, editado 2 veces en total
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Re: Crónicas zombi: Orígenes

Notapor Belthazor » Mar, 09 Abr 2013, 12:33

CAPITULO 2: LUIS, primera parte


Tengo que admitir que, mientras veía por las ventanas de la puerta trasera del furgón policial como el campamento se alejaba, comencé a arrepentirme de haberme ofrecido voluntario para ir a casa de Raquel a por comida, y a traer con nosotros a su familia. Sentados en los asientos donde normalmente se coloca a los detenidos esposados íbamos Aitor, Óscar y yo; Sebas conducía y Raquel hacía de copiloto.
-Tienes mala cara, doc. –Me dijo Óscar mirándome como si me estuviera evaluando.
-Estoy bien. –Le tranquilicé recolocándome en el asiento y apartando la vista de la ventana..
La verdad era que no estaba bien, la idea de volver a entrar en la ciudad me aterrorizaba, pero de alguna manera sentía que era lo que debía hacer. Todos mis conocidos y familiares me habían dicho alguna vez que pensaba demasiado en el futuro, pero eso me había servido muy bien a lo largo de mi vida y, si bien no podía haber previsto que algo como la resurrección de los muertos ocurriera, sí podía servirme para continuar vivo en el mundo que dejaran a su paso. Si, como todo apuntaba, la sociedad tal y como la conocíamos había caído, los restos de humanidad, como nosotros, que sobrevivieran a tal cataclismo se verían catapultados a una etapa más similar a la edad media que a la contemporánea… y las implicaciones de aquello iban a ser bastante traumáticas para los que no pudieran adaptarse. ¿Cuánto tiempo puede verse un grupo asediado por los resucitados, escaso de comida, sin refugio ni lugar donde cubrirse de la lluvia, manteniendo alimentadas a bocas completamente inútiles? La desesperación terminaría haciendo que la humanidad y la compasión degenerasen en un cruel practicismo darwiniano que eliminaría a los más débiles… y no tenía intención de ser parte de ellos.
Mi única arma para evitar la extinción eran mis conocimientos de medicina, algo que se volvería más y más valioso con el paso del tiempo, y pretendía explotarlo todo lo posible. Pero para ejercer de curandero necesitaba materiales, y como jamás imaginé que podría estar viviendo la situación en la que de hecho me encontraba, cuando huí no se me ocurrió pasar por la clínica. Era un fallo que pretendía corregir con ese viaje de vuelta a la ciudad; un botiquín casero sería de mucha ayuda hasta conseguir algo mejor, y con eso me aseguraba de que no me dejaran atrás si la situación se volvía desesperada. ¿Por qué deshacerte de quien sabe curar heridas y tratar enfermedades si arrastras a personas como Silvio, Jorge, Agus, Raquel o Maite y su hija, sin ninguna habilidad práctica?
Reconozco que la mía era una forma de pensar terrible, pero los tiempos que vivíamos eran así de duros. Aunque nunca votaría por dejar a su suerte a alguien si no era una cuestión de vida o muerte, no quería tener demasiadas papeletas para que votaran en contra mía tampoco. ¿Se me podía culpar por ello? Quizá algunos los hicieran, por eso no tenía intención de expresar en voz alta mis pensamientos delante de nadie.
-Por allí, entra por allí. –Le indicó Raquel a Sebas señalándole una salida de la M-40 que nos metería directos en la boca del lobo.
“Que irónico” pensé, “todo el mundo luchando y muriendo intentando salir de Madrid y ahora nosotros intentando entrar.”
-Segunda salida. –Volvió a señalarle Raquel, pero entonces Aitor se puso en pie y se asomó a la pequeña rendija que comunicaba el vagón con la cabina del conductor.
-¡No! Coge la tercera. –Exclamó.- No es tan recto pero bajaremos por la avenida, que es más amplia, por si hay reanimados bloqueando la calle.
-¿No estará bloqueada por coches de la gente que intentaba salir? –Preguntó Óscar mirando hacia delante también.
-No debería, ya os he dicho que esta zona fue evacuada muy pronto. –Respondió Aitor con no demasiada seguridad.
Sin embargo, tal y como había dicho, la calle se encontraba completamente despejada, salvo por una buena cantidad de coches aparcados, coches que ya se podían considerar como abandonados a efectos prácticos. Aparte de eso, y salvo por el silencio sepulcral que lo dominaba todo, nadie podía decir en aquella zona que los muertos se habían levantado e invadido la ciudad.
Sebas comenzó a conducir más despacio para no hacer mucho ruido, ya que habíamos tenido la buena suerte de no encontrarnos resucitados, lo mejor era llamar la atención lo menos posible.
-Recuerdo esta avenida en concreto, fue de las primeras en ser evacuadas. –Nos explicó Aitor.- Sacaron a la gente en camiones militares, por eso están aquí sus coches.
-¡Espera! –Exclamó Óscar de repente- ¡Para aquí!
-Aun falta para llegar a mi casa. -Protestó Raquel mientras Sebas detenía la marcha.
-Si, pero estos coches tienen que estar llenos de gasolina, y no hay caminantes a la vista. ¿Qué mejor oportunidad para repostar vamos a tener? Podemos detenernos a llenar las garrafas de gasolina.- Propuso el cazador perspicazmente.- ¿No es lo que querías, doc?
-¿Y el agua donde la metemos? –Preguntó Aitor.
-Ella dijo que tenían botellas de agua mineral en la casa, podemos cargarlas sin más. De todas formas necesitaremos la gasolina tanto como el agua si queremos salir de ese puto campamento y buscar un refugio mejor.
Como nadie se opuso, Óscar y Sebas salieron del vehículo, cada uno cargado con uno de los bidones y con un tubo de plástico, con los que pretendían vaciar los depósitos de los coches abandonados. Yo bajé del furgón también, más que nada para ir haciéndome una idea de lo que iba a suponer estar allí fuera, sabiendo que al doblar la esquina, en cualquier lugar podía haber un resucitado acechando. No era una sensación tranquilizadora, pero tenía que empezara a acostumbrarme; los muertos vivientes iban a ser una constante en mi vida en adelante.
El proceso de vaciado de depósitos resultó más lento de lo que me hubiera gustado. Estar allí parados en mitad de la calle tanto rato, mientras los bidones se iban llenando con el escaso combustible que salía del tubo, comenzaba a ponerme nervioso.
-¡Oh mierda! –Gimió Sebas cuando los bidones estaban a medio llenar señalando hacia delante.
Al final de la calle había un hombre, un hombre que se tambaleaba mientras cruzaba la carretera... sentí un escalofrío al reconocer lo que era y, pese a que estaba bastante lejos, por un momento me quedé paralizado al verle aparecer. Sin embargo, la criatura no debió vernos y continuó su ritmo errante hasta perderse detrás de una casa.
-¡Joder me va a dar un puto infarto! –Gruñó Sebas volviendo al trabajo de sacar gasolina.
-¿Ese hombre era uno... de ellos también? –Preguntó Raquel, que se ha quedado pálida de la impresión, muy tontamente a mi parecer.
-Eso ya no era un hombre. –Le respondió Aitor, seguramente intentando reconfortarla, aunque con dudoso éxito- Puede que en su momento fuera un hombre, ahora solo es un reanimado.
-¿Qué pasa niña? No es el primer muerto viviente que ves. –Bufó Óscar con su poca delicadeza habitual.
-Ya lo sé. –Se defendió ella.- Pero es que… este es mi barrio, estas calles las conozco…
Con los bidones llenos de gasolina y el corazón un poco más en vilo al saber que, pese a las apariencias, no estábamos solos, seguimos el camino dentro del furgón hacia la casa de la chica. Tras dejar la avenida, y conforme nos íbamos internando en el barrio, la ilusión se disipó y comenzamos a cruzarnos con resucitados, que vagaban sin rumbo fijo con sus andares torpes y lentos. Cuando nos veían pasar comenzaban a tambalearse detrás de nosotros y, aunque podíamos dejarlos atrás con facilidad debido a nuestra velocidad superior, no dejaba de ser inquietante saber que esos seres nos querían coger, y que nos devorarían vivos si se les daba la oportunidad. Un escalofrío me recorrió la espalda solo de pensarlo.
El primero que nos topamos en medio de la carretera fue una mujer delgada de unos cuarenta años, muy despeinada y vestida con un pijama y una bata, ambos manchados de la sangre que seguramente salpicó cuando otro caminante le arrancó a mordiscos desde el labio inferior hasta la barbilla.
-¡Oh Dios! –Gimió Raquel con asco cuando la tuvimos delante.
Avanzó caminando como una borracha hacia nosotros, con las manos extendidas y gimiendo, por el centro de la carretera de una sola dirección, bloqueando el paso de nuestro vehículo.
-No pienso sacar el furgón de la carretera por una jodida muerta andante- Dijo Sebas apretando el acelerador, dispuesto a llevársela por delante.
-No pretenderás atropellarla, ¿verdad? –Exclamé yo alarmado.
-¿Por qué no? Solo es una resucitada, y ni siquiera se va a morir del todo. –Replicó el guardia de seguridad.
-Ella es una muerta, pero tú puedes cargarte el radiador al embestirla, por ejemplo, y si el coche se queda tirado, ¿cómo demonios pretendes que volvamos? ¿A pie?
-El doctor tiene razón. –Intervino Óscar en mi favor antes de que Sebas pudiera contradecirme.- Es poco probable, pero no podemos arriesgarnos.
Sin pronunciar palabra, Aitor abrió la puerta lateral del furgón y puso un pie en la carretera. Se descolgó el fusil de la espalda y apuntó a la resucitada con la intención de volarle la cabeza de un disparo. De nuevo fue Óscar quien tuvo que intervenir y salvar la situación.
-¡Pero qué haces! ¿Estás loco? –Le reprendió agarrándole el fusil para que no pudiera disparar.- ¿Es que quieres matarnos a todos? ¡Si disparas atraerás a montones de ellos!
-Ya nos vienen siguiendo un montón de ellos. –Le recordó Aitor señalando en la dirección de la que veníamos… y no le faltaba razón, por lo menos seis muertos vivientes nos iban siguiendo los pasos, aunque ya les habíamos sacado una buena ventaja.
-Un disparo puede escucharse a un kilómetro a la redonda, capullo. –Le dijo Óscar.- Si disparas nos echas a media ciudad encima.
Empujó a un cohibido Aitor dentro del furgón y luego entró el también, cerrando la puerta a su paso.
-Avanza lentamente, a 5 o 10 por hora, y pásale por encima sin golpearle. –Le indicó a Sebas.- La terminarás aplastando y no romperás nada… ¿cómo se os ocurre pensar en dispar?
El vehículo se dirigió hacia la mujer, que se lanzó contra él dando un par de puñetazos al parabrisas antes de verse superada y caer al suelo. El furgón dio un par de botes cuando las ruedas pasaron sobre ella.
-Por Dios... –Dijo Raquel con cara de asco- Preferiría haberla rodeado.
Por las ventanas traseras pude ver como la mujer, mientras la íbamos dejando atrás, se daba la vuelta hasta quedar cabeza abajo y comenzaba a arrastrarse persiguiéndonos. Probablemente el atropello le hubiera roto las piernas o la cadera y no le permitían incorporarse, pero eso no hacía mina en su tenacidad.
-Es aquí mismo, dobla la esquina y la primera a la derecha. –Nos guió Aitor.
Al entrar por donde nos había indicado, nos encontramos con una calle de chalets con un tamaño considerable; con jardín, piscina y unas magníficas vallas que protegían el interior de cualquier muerto viviente indeseable.
-Vaya, es muy raro ver esto así... –Comentó Raquel, seguramente refiriéndose a los contenedores volcados, las papeleras rotas y la basura que el viento había arrastrando y desperdigado por el suelo.
Siguiendo las señas de Aitor, entramos en otra calle idéntica a la anterior, salvo que en ella había tres resucitados dando vueltas por allí: un hombre grueso y barbudo, con tirantes y una camisa blanca llena de sangre; otro más joven vestido con un uniforme de jardinero y casi medio cuello arrancado a mordiscos; y, por último, un niño muy pequeño, de unos cuatro o cinco años, con el estómago abierto y las tripas colgando de una manera grotesca.
-¡Oh Dios! Ese es el hijo pequeño de los vecinos. –Exclamó Raquel llevándose una mano a la boca.- Pobre chiquillo...
-Es esa casa. –Dijo Aitor señalándonos el primer chalet a la izquierda tras doblar la calle, que se encontraba tan solo a unos veinte metros de los tres muertos vivientes, los cuales comenzaron a acercarse al furgón buscando carne humana.
-Deberíamos limpiar la calle antes de ponernos a trabajar aquí. –Dijo Óscar cargando la ballesta con una flecha.- Aitor, tu y Raquel entrad en la casa y abrid la puerta del garaje. Sebas, quédate ahí y mete dentro el furgón en cuanto abran la puerta. Doc, tú y yo vamos a eliminar a estos hijoputas, a ser posible sin armar escándalo.
-¿Yo? –Pregunté estupefacto mientras sentía que las manos comenzaban a temblarme.
-Si, tu. Vamos. –Abrió la puerta lateral del furgón y salió por ella con la ballesta en la mano.
-Pero… no tengo un arma. –Protesté, y pese a eso le seguí fuera.
-Toma mi pistola. –Se ofreció Sebas desenfundando su arma.
-¡No! –Bramó Óscar.
El muerto jardinero estaba casi sobre nosotros y Óscar tuvo que disparar su ballesta contra él. La flecha le entró a través de un ojo y la punta salió cubierta de sangre y sesos por el otro lado de la cabeza de aquél pobre desgraciado. El cuerpo cayó como un peso muerto al suelo. Al mismo tiempo, Raquel y Aitor corrieron hacia la puerta principal de la casa, que estaba unos metros más atrás que la del garaje, y entraron dentro. Raquel debía tener las llaves todavía, o quizá es que no estaba cerrada.
-¿Cómo coño tengo que deciros que nada de armas de fuego? –Dijo Óscar desenfundando su cuchillo y tendiéndomelo.
No lo consideraba la mejor arma para la situación en la que nos encontrábamos, pero aun así, si tenía que hacerlo lo haría, de modo que alargué la mano para agarrarlo… sin embargo, antes de poder cogerlo, un disparo sonó y el cuerpo del tipo grueso y barbudo, que seguía acercándose inexorablemente, cayó al suelo.
-¿Qué coño? –Bufó Óscar girándose hacia él.- ¿Aitor?
Pero ambos sabíamos que no había sido Aitor, no era un experto en la materia, pero tras mis escasos escarceos con las armas de fuego, sobre todo viendo disparar a otros, había aprendido a diferenciar perfectamente entre el disparo de una pistola y el disparo de un fusil militar… y ese había sido de los primeros.
El muerto viviente caído intentó ponerse en pie, y no fue hasta que se escuchó un segundo disparo cuando descubrimos el origen de los mismos. Asomado sobre la valla de la casa que había frente a la de Raquel se encontraba un muchacho no mucho mayor que ella, delgado y de pelo corto y castaño, que tenía una pistola en la mano.
-¡Pero qué coño…! ¡No, no, no! ¡Me cago en la puta, a la mierda todo el sigilo! – Bramó Óscar tras el segundo disparo.
-¡Ej! –Nos llamó el inconsciente chaval saltando a la calle.- ¿Venís de la zona segura?
-Venimos de tu puta madre. –Farfulló Óscar cargando una flecha y apuntándole con ella… estaba tan enfadado que creía que iba a matarlo ahí mismo.
-¡Eh, eh, eh, tranquilo tío! –Dijo el muchacho levantando las manos.
Sebas salió del furgón y apuntó con su pistola a los dos muertos que todavía seguían “vivos”: el niño y el barbudo que, pese a los disparos de aquel chico recién llegado, seguía luchando por ponerse en pie.
-Aun quedan estos dos. –Nos advirtió.
-¡Mierda! –Protestó Óscar, y entonces me tendió la ballesta.- No dejes de apuntar a este niñato de mierda, doc.
Sin perder un segundo utilizó su cuchillo, que todavía no me había dado, para acercarse hasta el barbudo, que casi se había levantado del suelo, y clavarle la hoja del arma por encima de la oreja hasta el fondo del cráneo. Me sorprendió que supiera que por esa zona los huesos del cráneo son más finos, y por tanto es más sencillo romperlos de una cuchillada que si intentabas hacer lo mismo en la coronilla, por ejemplo.
El niño resucitado llegó hasta Sebas, que lo contuvo con no demasiado esfuerzo estirando una mano y sujetándole de la frente. La criatura chasqueaba los dientes intentando morder sin mucho tino, pero aun así el guardia de seguridad parecía bastante incómodo en esa situación. En cambio, Óscar no tuvo ningún reparo en repetir el proceso y apuñalar al pobre crío hasta que cayó muerto definitivamente.
Cuando ambos se acercaron hacia mi posición me acordé de apuntar con la ballesta al chico, que se había quedado tan conmocionado mirando al cazador acabar con los muertos como yo. Que se dirigiera hacia él con las manos manchadas de sangre y rabia en la mirada no debió hacerle sentir mejor precisamente.
-¿De dónde coño has salido tu? –Escupió agarrándole de un brazo e inmovilizándole contra el furgón; la pistola del muchacho cayó al suelo.
-¡Ay! –Protestó el chico.- Me llamo Cristian, estaba escondido en esa casa, os vi llegar y pensé…
-Y pensaste en jodernos atrayendo a todos los putos muertos de los alrededores a disparos, ¿no? –Terminó la frase por él.
-Yo… lo siento, no pensé… -Balbuceó.- No pretendía… ¡Suéltame! Me haces daño.
-¡Déjalo tío! –Salió en su defensa Sebas.- Solo es un chaval asustado, no sabía lo que hacía.
Aitor salió corriendo por la misma puerta por la que entró, con el fusil preparado para disparar.
-¿Por qué os habéis puesto a disparar? Esto tenía que ser sigiloso. -Dijo bajando el arma al ver que ya no había problemas.- ¿Quién coño es este?
-Cambio de planes... –Contestó Óscar soltando bruscamente a Cristian, ignorando la pregunta de Aitor y recuperando su ballesta de mis manos.- ¿por qué no habéis abierto?
-Atrancaron la puerta con un candando enorme y cadenas, no hay manera de abrirlo. –Respondió.- Tendremos que dejar aquí el furgón e ir sacando las cosas que carguemos.
-Pues eso nos lo va a poner difícil. –Replicó Sebas señalando la esquina por la que habíamos llegado hasta allí subidos en el furgón.
Cuatro muertos se tambaleaban hacia nosotros, pero además, desde el fondo de la calle vimos venir un par más, caminando también en nuestra dirección… y lo más probable era que hubiera muchos otros que todavía no podíamos ver y que hubieran sido atraídos por el ruido.
De repente se escuchó un grito de mujer proveniente del interior de la casa.
-¡Raquel! –Gritó Aitor lanzándose dentro de la casa de nuevo.
-Es una locura, seguir matando resucitados solo atraerá más... –Reflexionó Óscar.- Creo que tengo una idea. ¡Entrad todos dentro de la casa y no hagáis ruido!
-¡Por favor! ¡No me dejéis aquí! –Suplicó el chico mirándonos alternativamente a Sebas y a mí, que no le habíamos maltratado como Óscar.
-Coge mi ballesta. –Le ordenó a Sebas mientras él recogía la pistola de Cristian del suelo.- Los intentaré alejar de aquí con los disparos y si hay algo ahí dentro lo podréis matarlo en silencio, para no atraerlos aquí. Cuando el ruido los lleve lejos de aquí podremos cargar el furgón con seguridad.
-¿Quieres que vaya contigo? Dos tiene más posibilidades… -Preguntó Sebas.
-¡No! -Exclamó Óscar revisando el cargador de su nueva arma.- Se tratar de atraerlos y luego volver sin que me sigan, mas fácil será escapar si voy solo... ¡Tu asegúrate de que este niñato no atraiga la atención de los resucitados sobre la casa liándose a tiros otra vez y nos condene a muerte! ¡Y mira a ver qué coño está pasando ahí dentro con la parejita!
Sin esperar a su respuesta, dio un ensordecedor disparo al aire mientras salía corriendo en dirección contraria a por donde se acercaban los muertos.
-¡Eh podridos de mierda! ¡Aquí! –Gritaba intentando atraer su atención.- ¡Aquí!
Movidos por el ruido, comenzaron a acercarse hacia él con sus lentos y tambaleantes pasos.
-¡Venga! ¡Vamos dentro! –Dijo Sebas después de coger la ballesta de óscar, lanzándose hacia la puerta y seguido sin rechistar tanto por Cristian como por mí, que no tenía ninguna gana de seguir allí fuera; con Óscar ocupado, Sebas se había quedado de alguna manera al mando del grupo… y no me parecía la persona más apta para el mismo, pero no habría sabido decir quién de todos nosotros lo era, de modo que no quise discutir.
Después de atravesar la puerta de la valla a toda prisa, entramos en un amplio jardín que todavía se conservaba bien cuidado, aunque se notaba que llevaba varios días sin ser atendido. Unos cipreses de pequeño tamaño crecían junto a la misma valla, protegiendo la propiedad de las miradas indiscretas del exterior y, como era el caso, ocultando nuestra presencia allí de los muertos vivientes. Me llamó la atención que en la gran cristalera de la fachada del chalet, a través de la cual se podía ver todo el comedor de la vivienda, se había resquebrajado.
En mitad del jardín, Aitor golpeaba con la culata de su rifle la cabeza de una mujer bajita y rechoncha, de origen probablemente sudamericano. Raquel se encontraba a dos metros de ellos, de rodillas en el suelo y con las manos tapándose la cara.
Con un último golpe de rifle, los sesos de la mujer se desparramaron sobre la hierba y dejó de moverse. Cuando Aitor se levantó tenía manchas de sangre en la ropa.
-¡Oh Dios! ¡Pobre Consuelo! –Gimió Raquel con lágrimas en los ojos.
-Estad alerta, podría... haber más. –Dijo Aitor mirando a su abatida novia de reojo.- ¿Por qué habéis empezado a pegar tiros? Seguro que lo han oído todos los caminantes de la urbanización. ¿Y se puede saber de donde ha salido este tío?
-Me llamo Cristian. –Volvió a presentarse el muchacho.- Los disparos han sido culpa mía, lo siento… creía que estaba ayudando.
-¿Tú has sido el que ha disparado? –Preguntó el soldado fulminándole con la mirada… por su tono de reproche parecía mentira que él hubiera estado dispuesto a hacer lo mismo solo unos minutos antes.- ¿Te has vuelto loco o qué?
-¡Ey! Buen rollo tíos. –Dijo Cristian levantando las manos.- No quería molestar, ¿vale? Es solo que no veía a nadie desde hace días y pensaba que veníais de la zona segura.
-La zona segura cayó. –Le expliqué yo- Fue arrasada por los muertos vivientes. Estamos unos pocos refugiados en un campamento a las afueras.
-¡No jodas! –Exclamó quedándose boquiabierto por la noticia.- ¿La zona segura cayó? Que putada tío, evacuaron a mucha gente allí...
-Ya basta de charla, tenemos trabajo que hacer y este lugar podría no ser seguro. –Nos interrumpió Sebas asumiendo su nuevo papel de líder.- Creo que primero deberíamos registrar toda la casa, de arriba a abajo, y cuando estemos seguros de que no hay resucitados nos ponemos manos a la obra. Aitor, ¿por qué no te quedas con Raquel aquí fuera hasta que inspeccionemos el interior?
-Yo voy con vosotros, conozco la distribución de la casa, seré más útil dentro. –Replicó Aitor colgándose el fusil a la espalda; luego se giró hacia Raquel, que comenzaba a recuperar la compostura tras ver a la asistenta transformada en un muerto viviente.- Tú quédate aquí fuera, ¿vale? Seguro que están bien, pero es solo para asegurarnos.
Se refería al resto de su familia, por supuesto… el habernos encontrado un resucitado en el jardín no era una señal esperanzadora como para pensar que todo iba bien allí dentro. Ella asintió y se quedó de rodillas sobre el césped del jardín.
-Esperad un momento, yo ni siquiera tengo un arma. –Protesté, poco dispuesto a entrar en una casa donde podría haber resucitados no teniendo siquiera un cuchillo a mano.- ¿No hay un cobertizo o algo así donde pueda conseguir alguna herramienta que usar?
Aquella casa tenía un jardín, no era del todo descabellado.
- ¿Herramientas para el jardín? Creo que están allí. –Respondió Aitor señalando una pequeña caseta en la esquina de la valla.
Cuando llegué hasta ella vi que la puerta tenía un candado, pero éste estaba abierto. Dentro había varios productos de jardinería, regaderas, rastrillo, azadas, palas, sacos de tierra, insecticidas, etc. También un pequeño cortacésped, una sierra, dos tijeras de podar y una motosierra, que seguramente utilizaran para podar las ramas de los cipreses. Terminé eligiendo como arma un rastrillo… era tentador coger la motosierra, pero nuestro cometido exigía sigilo.
Cuando regresé con los demás, Sebas estaba hablando con Cristian.
-… si quieres ayudar quédate aquí para abrirle la puerta a Óscar cuando regrese.
- Está bien, yo me quedo aquí vigilando. -Accedió.- ¿Puedo tener un arma? Ese tío se llevó mi pistola.
-¿De dónde sacaste tu una pistola? –Le preguntó Aitor con suspicacia.
-¡No la he robado! –Se defendió.- Se la cogí al cadáver de un poli… él ya no la necesitaba y creía que podría ser útil.
-Si quieres algo parecido a un arma mira en el cobertizo. –Le sugerí mostrándole mi rastrillo… luego caí en la cuenta de algo.- ¡Pero nada de coger la sierra eléctrica!
Mientras nos dirigíamos hacia la puerta de la casa, Sebas armado con la ballesta, Aitor con su fusil y yo con un rastrillo, escuchamos a lo lejos un disparo. Solo podía ser Óscar intentando que los muertos vivientes le persiguieran y se alejaran de la casa.
Con las llaves de Raquel abrimos la puerta principal, que daba directamente al amplio salón que se podía ver a través de la cristalera. Tenía dos alturas, estaba amueblado con dos sofás de diseño, una mesita de cristal en medio, una alfombra cubriendo la altura más baja y demás objetos de decoración que no parecían precisamente baratos. Al fondo, al lado de la cristalera resquebrajada, había una elegante mesa de madera rodeada de varias sillas, y al otro lado un pequeño pasillo por el que se podían ver las escaleras que llevaban al piso de arriba, dos puertas y, al final, la cocina. Todo parecía estar intacto, salvo la cristalera rota… como si la casa hubiera sido abandonada.
-La despensa está en la cocina. –Nos guió Aitor.- Arriba están los dormitorios y esas puertas llevan a un cuarto de baño y al garaje. Parece que nadie ha pasado por aquí en los últimos días, quizás los padres de Raquel decidieron marcharse, o quizás se hayan atrincherado en la despensa. De cualquier forma creo que deberíamos registrar toda la casa... también cabe la posibilidad, aunque no he querido decirlo delante de ella, que hayan acabado igual que la chacha.
-Empecemos asegurándonos de que hasta la despensa no hay problemas. –Dijo Sebas.- Cuando hayamos hecho lo que veníamos a hacer registraremos el piso de arriba y el garaje.
Como no tenía nada en contra de ese plan les seguí atravesando el comedor en dirección a la cocina. Pero antes de entrar en ella nos quisimos asegurar de que en el cuarto de baño todo estuviera en orden, de modo que abrimos esa puerta al pasar por su lado.
Era un cuarto de baño es bastante amplio y elegante, seguramente porque era el que utilizaban las visitas. Se encontraba en perfectas condiciones, pero alguien había abierto el armarito de detrás del espejo apresuradamente y había sacado el botiquín, que se encontraba desperdigado en el bidé, donde también había algunas manchas de sangre secas.
-Esperad un momento, todo esto puede sernos útil. –Les dije adelantándome para recoger las vendas, alcohol, agua oxigenada, tiritas, esparadrapo y todo lo que no se había manchado o estropeado.
-¿De quién será esa sangre? –Preguntó Aitor un poco preocupado… como no tenía forma de responder a su respuesta, me limité a no decir nada.
En cuanto tuve todo el material médico metido en una bolsa nos dirigimos hacia la cocina. El diseño de aquella habitación era bastante moderno, con un frigorífico de dos puertas, una vitrocerámica y muchos armaritos, lavavajillas, etc. Al fondo había otra puerta de madera, que debía ser la que lleva a la despensa.
Aitor se aventuró a abrir el frigorífico... solo para tener que volver a cerrarlo inmediatamente. Hasta a mí, que me encontraba a por lo menos tres metros, me llegó un asqueroso olor a comida podrida del contenido de la nevera.
-¡Uf! No creo que aquí haya nada útil. –Declaró al cerrar rápidamente la puerta para evitar que el olor se extendiera.- Cualquier cosa que necesitara frío se habrá estropeado a estas alturas.
-Miremos la despensa. –Propuso Sebas haciéndole una señal a Aitor para que se acercara a la puerta.
Éste intentó mover el pomo, pero no logró girarlo.
-Cerrada con llave... ¡¿Señor Collado?! ¿Están ahí?
Nadie respondió ni dio señal alguna de estar escuchando, así que intentó empujarla con el hombro, pero tampoco logró abrirla. Mientras él intentaba forzarla, me di cuenta de que había unas pequeñas gotas de sangre en el suelo, gotas que hacían un rastro desde la entrada de la cocina hasta la puerta de la despensa.
-Voy a abrirla de una patada, apartaos.- Nos advirtió echándose atrás para coger impulso.
-¡Espera un momento! –Le detuve interponiéndome entre él y la puerta.
Luego me agaché para observar mejor la sangre, a ver si estaba seca o era reciente.
-¿Qué pasa? –Preguntó el soldado agachándose también.
-Sangre seca aquí también. –Respondí.
Los tres nos miramos durante un segundo, pero como ninguno dijo nada, porque ninguno sabíamos muy bien cómo reaccionar ante ese descubrimiento, Aitor volvió a coger impulso y abrió la puerta con un golpe seco de una de sus botas militares… y poco faltó para que cayera rodando escaleras abajo debido a la inercia, pues resultó que aquella despensa era subterránea.
La luz que entraba por la puerta iluminaba unas escaleras que bajaban hasta un pequeño sótano, del cual solo podía ver la mitad porque el resto estaba protegido de la luz por las propias escaleras. De esa zona oscura comenzó a escucharse el ruido de algo arrastrándose, seguido de algo que no supe identificar… ¿un gemido quizá? Pero sin duda lo más revelador era el olor a putrefacción que emergía de allí; no era como el del frigorífico, aquel era el olor de la muerte, el olor a resucitado.
Aitor, que comenzó a bajar las escaleras, seguido por Sebas y por mí, parecía haberlo olido también, porque agarró su arma con fuerza y parecía preparado para abrir fuego en cuanto algo se le pusiera por delante. Yo opté por la opción más sensata, que no era aventurarse en un oscuro sótano donde podía haber un muerto viviente, y esperé arriba.
-¿Hola? –Preguntó el soldado, pero no se escuchó nada más que ese ruido como respuesta.
Conforme mis ojos se acostumbraban a la tenue luz de aquel agujero, descubrí que Raquel decía la verdad sobre su padre: en la pared del fondo había gran cantidad de comida almacenada en estanterías. También había dos congeladores, que seguramente no funcionaran y cuyo contenido estaría estropeado, pero sí que había otras muchas cosas aprovechables, como latas de conservas, fruta en almíbar, incluso algo de fruta y verdura que, aunque madura, quizá aún aguantaran unos días más.
-¡Oh joder! –Exclamó desde la zona oscura. –Podéis bajar, no hay peligro.
Al llegar al suelo de la despensa vi a una mujer, que bien podría ser una Raquel con 20 años más, ya que tenían el mismo pelo rubio, sentada en el suelo con los brazos extendidos y atados por cuerdas a unas tuberías. Su piel cenicienta y el profundo mordisco rodeado de sangre seca en uno de los brazos era toda la explicación que necesitaba para saber qué le había ocurrido.
Pese a que pataleaba e intentaba abalanzarse contra nosotros con todas sus fuerzas, por fortuna éstas no eran suficientes para romper las cuerdas que la mantenían sujeta.
-Pobre mujer. –Se lamentó Aitor.- ¡Dios! No sé cómo le voy a decir esto a Raquel.
Ajena a sus palabras, la madre de Raquel continuaba pataleando e intentando soltarse de sus ataduras, sin apartar la vista de sus presas, o sea, nosotros.
-Hazlo tú, por favor.- Le pidió a Sebas, que se acercó con la ballesta y le disparó a bocajarro en la frente; los gruñidos y forcejeos se detuvieron instantáneamente.
Tras unos instantes de silencio en memoria de aquella pobre señora, Sebas recordó a qué habíamos venido, y me hizo una señal para que le ayudara con la comida. En el sótano había varias bolsas de tela de un tamaño considerable que podían servir perfectamente para llenarlas de cosas, y mientras los dos íbamos preparándolo todo para poder cargar aquellas bolsas con la comida que habíamos venido a buscar, Aitor contemplaba el cadáver de su suegra bastante afectado.
-Se llamaba Raquel también. –Dijo con amargura.- Joder... con lo que he odiado yo a esta mujer y ahora… no le gustaba que su hija saliera con alguien que había dejado el instituto para meterse en el ejército. No le deseo acabar así ni a mi peor enemigo.
Tras decir aquello se cargó el fusil a la espalda y descubrió lo que estábamos haciendo.
-Oye, ¿no íbamos a asegurar la casa antes de hacer eso? –Preguntó.- Odio decir esto, pero podría haber más.
-Sí, vale, tienes razón. –Admitió Sebas dejando las bolsas en el suelo.
-¿Estáis ahí? –Se escuchó la voz de Raquel desde las escaleras.- Fuera...
Antes de que pudiéramos impedir que bajara, ahogó un grito al ver al resucitado muerto que había sido su madre. Apartando a Aitor, que había intentado interponerse en su camino, de un empujón se acercó a ella y se arrodilla a su lado.
-¡Mama! ¡Oh Dios no, no, no! -gime ella.
Junto con Raquel había venido también Cristian, con una pala que había cogido de la caseta del jardín, y que se encontraba visiblemente incómodo por la escena que se estaba desarrollando.
-La… la calle se está llenando de resucitados. No creo que podamos salir por ahí. –Dijo sin poder apartar la vista del cadáver del sótano.- Yo… lo siento mucho.
-¿Qué has dicho de resucitados? –Le preguntó Sebas.- Creía que Óscar los estaba alejando de aquí.
-Bueno pues no ha funcionado. –Replicó el muchacho.
-No podemos hacer nada con eso. –Intervine yo sabiendo que Sebas no estaba hecho para las crisis.- Deberíamos registrar el resto de la casa como teníamos previsto, y más si de momento no podemos salir.
-Si, vale, hagamos eso. –Accedió a mi idea.- Aitor, eh…
-Id vosotros tres. –Nos dijo el soldado, que cubría con un brazo a su desconsolada novia mientras ésta lloraba sobre el cadáver de su madre.- Y… bueno, tened cuidado.
En silencio, los tres subimos las escaleras reflexionando sobre las palabras del soldado. Era evidente de qué debíamos tener cuidado: de algún otro miembro de la familia de Raquel que pudiera haber acabado igual que su madre… y la pregunta que yo me hacía era cómo de mal podía tomárselo ella si aquello sucedía. Había gente que perdía los nervios por mucho menos.
-¡Joder tío! –Gimió Cristian cuando llegamos a la cocina.- ¿Esa mujer era… de su familia?
-Su madre. –Le confirmó Sebas, que parecía también profundamente afectado.- Yo creo… yo creo que si hubiera alguien vivo en la casa, a estas alturas ya lo sabríamos, ¿verdad?
-A lo mejor no es eso. –Le contradije yo, que por empatía empezaba a sentirme un poco triste por Raquel… sabía lo duro que era perder una madre, y eso que la mía había muerto años atrás debido únicamente a su edad; verla así, transformada en una muerta viviente y con un flechazo atravesándole la cabeza tenía que haber sido horrible.- Si la criada y la madre se transformaron y no tuvieron valor para rematarlas, a lo mejor decidieron marcharse porque la casa no les parecía segura.
-Puede ser. –Dijo Sebas aferrándose a esa posibilidad.
Los sollozos de Raquel podían escucharse aun estando fuera de la despensa, y podía notar como afectaban tanto al muchacho como al guardia de seguridad… hasta a mí, que siempre había sido considerado como una persona fría y distante, estaban empezando a inspirarme compasión.
-Será mejor que nos aseguremos de que la casa está limpia. –Les propuse para dejar a Raquel sola con su dolor y que éste no nos minara la moral.- Si no la hemos asegurado antes de que vuelva, Óscar nos va a matar.
Como Sebas no quería quedar mal como hombre al mando, y a Cristian el cazador le daba miedo, comenzamos a movernos siguiendo la misma ruta que habíamos seguido a la ida, pero en dirección contraria.
-¿Garaje o piso de arriba? –Preguntó el guardia de seguridad cuando llegamos hasta la puerta que, según nos había dicho Aitor, llevaba hasta el garaje de la casa.
-Mejor piso de arriba, ¿no? –Respondió Cristian agarrado a su pala.- Si hay más… muertos, no creo que puedan abrir esta puerta, pero sí podrían bajar las escaleras.
El argumento nos pareció bastante válido, de modo que, antes de inspeccionar el garaje, nos aventuramos a las habitaciones superiores. Subiendo la escalera, Sebas abría la marcha armado con la ballesta de Óscar, seguido por mí, con el rastrillo entre las manos, y por Cristian, que sujetaba la pala como si fuera un bate de beisbol.
El piso superior consistía en un pequeño pasillo con cuatro puertas. Tres de ellas estaban abiertas, la primera a la derecha, la segunda a la izquierda y la del fondo. En el suelo, saliendo de una de ellas, un leve rastro de gotitas de sangre secas iban desde el umbral hasta la habitación del fondo.
-Esto me da muy mal rollo. –Gimoteó Cristian a mi espalda.
Como respondiendo a sus palabras, un ruido cuyo origen determiné que se encontraba en la habitación del fondo nos sobresaltó a los tres. Sonó como si algo se hubiera caído al suelo, o como si alguien le hubiera dado un golpe a un mueble.
Como la puerta estaba entornada, no se veía nada de lo que pudiera haber allí dentro, salvo que las ventanas debían estar abiertas, porque entraba una claridad que solo podía provocarla la luz del sol. De repente, algo pasando delante de la puerta creó una pequeña sombra durante un instante.
-¡Oh tíos, ahí hay algo! –Lloriqueó el muchacho, que se estaba acobardando por momentos.
-Vamos a acerarnos. –Propuso Sebas.- Si es uno de esos seres, en cuanto se asome le atravieso de un disparo.
Asentí y caminé muy despacio detrás de él. Conforme nos adentrábamos en el pasillo comencé a sentir un creciente olor a putrefacción cuyo origen me resultaba incierto. Era verdad que los resucitados olían a podrido, la madre de Raquel me lo había recordado un minuto antes, pero por la misma razón que no se decidían a descomponerse del todo, ese olor era mucho más tenue del que cabría esperar en un cadáver normal en el mismo estado. Había tratado con muchos cadáveres antes, sobre todo cuando estudiaba, y sabía de lo que hablaba… aquel olor no podía estar causándolo un muerto viviente.
-Ahí tiene que haber algo. –Dije volviendo la vista hacia la habitación con las manchas de sangre.- A lo mejor deberíamos…
Me callé cuando la repentina llegada de luz solar me hizo mirar de nuevo hacia delante. La puerta del fondo estaba completamente abierta y frente a ella había una chica, de unos catorce o quince años, de pelo largo y tan rubia como Raquel; vestía con un camisón azul completamente cubierto de sangre, al igual que sus brazos y piernas, aunque no había ninguna herida visible en su cuerpo, salvo unos profundos cortes en las muñecas.
La chica gimió lastimosamente un segundo antes de comenzar a tambalearse hacia nosotros.
-¡Ah! ¡Mátala! ¡Mátala! –Gritó Cristian retrocediendo un par de pasos.
Sentí como a Sebas le temblaba el pulso antes de disparar, pero cuando lo hizo no falló y el virote se clavó en un ojo de la muerta viviente, que cayó de espaldas al suelo por el impulso del impacto, completamente muerta.
-Tranquilo chico, ya está. –Intentó tranquilizar el guardia de seguridad a Cristian.- Madre mía, esta cría no tendría ni quince años… supongo que es… era, familia de Raquel también.
-Si. –Respondí con pesar; aquel pelo rubio era inconfundible… la pobre Raquel iba a volver a pasar por un mal trago, y algo me decía que no iba a ser el último.
-¿De dónde viene ese olor? –Preguntó Cristian olfateando el aire con una mueca de asco.
-Creo que de ahí. –Dije señalando la puerta con manchas de sangre en el suelo frente a ella.
-¿Por qué no te aseguras de que la habitación del fondo está limpia mientras nosotros miramos esta? –Me indicó Sebas cargando una flecha en la ballesta.
No me parecía buena idea dividirnos, pero si hubiera habido algún otro resucitado en aquella habitación ya habría salido, de modo que asentí, y con el rastrillo en la mano recorrí todo el pasillo hasta llegar a la puerta.
Por el tamaño, aquél lugar tenía que ser el dormitorio principal, y por la cama de matrimonio que había al fondo deduje que pertenecía a los padres de Raquel. La cama estaba deshecha, como si hubieran estado durmiendo allí, pero no tenía claro si eso significaba algo. ¿La dejaron deshecha porque tuvieron que huir rápidamente? ¿O simplemente porque, si iban a marcharse, no tenía sentido molestarse en hacer la cama?
Di un paso dentro. Una gran ventana por la que se colaba la luz del sol daba a la calle por la que vinimos... y lo que vi a través de ella me dejó helado. Cuando entraron, Raquel y Cristian habían dicho que se había llenado el exterior de resucitados, pero no imaginé que fueran tantos. Alrededor de veinte de ellos daban vueltas por la carretera delante de la casa, seguramente atraídos de los alrededores por los disparos tras nuestra llegada.
Todo apuntaba a que la estrategia de Óscar, del que, por cierto, no se escuchaban disparos desde hacía tiempo, no había dado resultado.
Unos rápidos pasos en el pasillo me sacaron de mis pensamientos y me pusieron en alerta. Aparté la vista del movimiento casi hipnótico con el que los muertos vivientes se tambaleaban y corrí hacia la puerta del dormitorio. Saliendo de la habitación que habían ido a inspeccionar a toda prisa, doblado por la cintura y sujetándose el estómago, Cristian corrió hasta meterse en la tercera y última habitación abierta… de la cual salió un segundo más tarde para acabar a cuatro patas en el suelo y comenzar a vomitar.
-¿Qué pasa? –Le pregunté alarmado acercándome.
No pudo decir nada, solo balbuceó un par de palabras ininteligibles antes de tener otra arcada y volver a vomitar en el suelo, donde todavía se encontraba el cadáver de la muerta viviente que habíamos eliminado.
Me asomé a la tercera habitación entornada, de la que había salido después de apenas asomarse, y lo que vi me dejó pasmado, pues su interior era una visión más propia de una película de terror que de la vida real. Se trataba de un cuarto de baño completamente manchado de sangre; una cuchilla sobre el filo de la bañera tenía sangre seca en su filo, y dentro de la propia bañera las manchas se multiplicaban hasta cubrir prácticamente toda su superficie. La mampara de baño estaba descolocada, como si hubiera recibido un golpe muy fuerte que la hubiera sacado de su sitio.
Sebas salió de la otra habitación cubriéndose la boca y la nariz con las manos y con los ojos llorosos. Todavía tenía una flecha cargada en la ballesta, de modo que no la había utilizado con lo que demonios hubiera allí dentro.
-Es… -Farfulló con angustia.- Es horrible…
Cubriéndome las fosas nasales con la manga del jersey, que tampoco olía a rosas después de llevarlo puesto más de dos semanas, me asomé a lo que resultó ser otro dormitorio, que por la decoración seguramente era de un chico al que le gustaban mucho los ordenadores. Manchas de sangre salpicaban por todas partes, y sobre la cama, como fuente de aquel olor imposible de aguantar, se encontraba el cuerpo putrefacto y casi devorado del dueño de la habitación.
Probablemente el hecho de haber sido comido casi por completo, ya que en algunas zonas solo se le veían los huesos y la cabeza estaba tan mordisqueada que su rostro resultaba irreconocible, dejando ver solo algunos mechones de pelo rubio, era lo que ha evitado que se despertara como un resucitado. Al encontrarse las ventanas cerradas, los insectos no habían entrado en mucha cantidad, pero algunas moscas revolotean sobre el cuerpo y sus larvas se retorcían en su cuerpo muerto.
Volví al pasillo conteniendo yo también las ganas de vomitar… aquel pelo rubio delataba que se trataba de otro familiar de Raquel, sin ninguna duda.
-Esto es demasiado. –Dijo Sebas apoyándose en las rodillas y escupiendo en el suelo, mientras Cristian vomitaba por tercera vez.- Resucitados pase, pero un pobre chico medio comido es demasiado.
Ver al muchacho muerto me hacía preguntarme qué habíamos hecho los humanos como raza para llegar al punto en que nos encontrábamos. ¿Qué diablos habíamos hecho para merecer esto? Aunque quien iba a preguntarse eso era Raquel cuando descubriera lo que había sido de su familia…
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Belthazor
 
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Re: Crónicas zombi: Orígenes

Notapor Belthazor » Mar, 09 Abr 2013, 12:34

CAPITULO 3: LUIS, segunda parte

-¡Déjame pasar! –Exclamó Raquel con la cara colorada y los ojos todavía llorosos.- ¡Mónica! ¡Rubén! ¿Estáis ahí?
-Baja la voz. –Le suplicó Aitor agarrándola por el brazo.- Si llamas la atención de los de fuera estamos vendidos...
Pero ella, sin hacerle el menor caso, le apartó la mano con un movimiento brusco mientras intentaba que Sebas dejara de bloquearle el camino.
-¿Dónde están? ¡Déjame pasar! –Insistió una vez más.
-No creo que debas pasar, créeme. –Le dijo él recuperando su tono inseguro y débil, que había aparcado al erigirse como líder en ausencia de Óscar.
Por supuesto, esas palabras no hicieron sino poner más nerviosa a la pobre chica, que acabó apartándolo de su camino de un empujón.
Sabiendo que no podríamos ocultar lo que había ocurrido, antes de que los demás subieran habíamos envuelto el cadáver del chico devorado entre las propias sábanas de la cama. El resultado había sido bastante regular, ya que gran cantidad de fluidos corporales asquerosos se habían filtrado, pringando toda la cama… pero al menos habíamos cubierto la terrible visión de su estado. Después, entre Sebas y Cristian dejaron el cadáver de la muchacha sobre la cama; le quitaron la flecha de la cabeza y la colocaron de tal forma que parecía que estuviera durmiendo… de no ser porque tenía el cráneo agujereado y la piel medio podrida.
Cuando Raquel entró en la habitación y vio lo que había ni siquiera tuvo fuerzas para decir nada, tan solo cayó de rodillas al suelo. Aitor se agachó a su lado justo en el momento en que rompió a llorar, y los demás nos quedamos allí, sintiéndonos como unos intrusos entre tanto dolor.
Sin saber dónde mirar, terminé haciéndolo hacia el escritorio del dormitorio, donde el chico tenía todas sus cosas. No había nada destacable allí encima, tan solo un iphone que debió quedarse sin batería hacía mucho, un paquete de chicles de menta medio gastado y su ordenador, que, por supuesto, estaba apagado. No obstante, junto al teclado vi una pequeña libreta que me llamó la atención porque tenía escrito “blog” con tinta de bolígrafo en la tapa.
Pensando que aquellos podrían ser los últimos pensamientos del chaval, me acerqué a la libreta y la cogí. Con ella en la mano me giré para mirar a Raquel, que se había arrastrado hasta la cama y lloraba sobre la mano de la niña muerta, preguntándome si debería leer lo que pudiera haber escrito o si solo Raquel tenía derecho a hacerlo.
-Yo… lo siento mucho. –Se lamentó Sebas acercándose.- ¿Cómo se llamaban?
-Eran Mónica y Rubén. –Contestó Aitor, ya que Raquel seguía demasiado afectada.
-¿Puedo…? –Preguntó torpemente alargando la mano hacia las sábanas que cubrían a su hermano.
Me acerqué rápidamente y la cogí de la mano para evitar que destapara el horror que se escondía entre esas sábanas.
- Chica, -Le dije mirándola a los ojos.- Mejor que le recuerdes tal y como era antes.
Dudó un instante, pero acabó retirando la mano y abrazándose a Aitor.
-¿Por qué no vamos a tu habitación? –Le propuso él.- Puedes coger ropa limpia.
-Mi padre. –Dijo secándose las lágrimas con la manga de la chaqueta mientras se ponía en pie.- ¿No le habéis visto aquí?
Negué con la cabeza.
-A lo mejor está bien. –Intentó consolarla Cristian, pero Raquel no le hizo ni caso y, siendo dirigida por Aitor, entraron en la última habitación que quedaba por registrar de la planta.
-No le des falsas esperanzas. –Le reproché al chico cuando estuve seguro de que no podían oírnos.- Las posibilidades de que esté vivo son casi nulas.
-Yo solo… -Se disculpó un poco cohibido.- Lo siento, es que no sé que hay que decir en estas situaciones. Es decir, ¿qué se puede decir?
-Es mejor no decir nada. –Concluyó Sebas.
En mis manos todavía tenía la libreta que había cogido del escritorio, al final no le había dicho nada a Raquel sobre ella. Pensé que lo mejor sería mirar qué había escrito en ella antes de dársela; quizá los últimos pensamientos de su hermano no fueran precisamente agradables e hiciera más mal que bien que los leyera.
El cuaderno resultó ser una especie de diario improvisado del hermano.
"27-1-2013: Tener que escribir esto a mano es una mierda, pero ya no hay electricidad ni internet, asique no puedo actualizar el blog. Debimos largarnos a la zona segura cuando pasaron los camiones de evacuación la última vez, porque esta casa es un puto infierno. A Consuelo la mordieron mientras venía y nos lo ha estado ocultando desde anteayer, ahora está agonizando en mi habitación y me toca dormir en la de Raquel y Mónica. Desde que ese capullo se fue con Raquel, Mónica ha estado bastante triste, pero Dios sabe que no tengo ni las ganas ni la forma de consolarla.
28-1-2013: Consuelo ha muerto esta tarde. Papa la ha llevado al jardín, no podemos sacarla de la casa porque anoche había otra vez de esos resucitados en la calle. La cosa cada vez pinta peor, anoche la ciudad estaba a oscuras completamente. Mama dice que es porque ya no hay electricidad, pero yo creo que están todos muertos. Al menos he recuperado mi cuarto y no tengo que aguantar a Mónica todo el día llorando.
29-1-2013: Joder que puto día de mierda. Consuelo se ha despertado al mediodía como resucitada y está ahí fuera. Papa dijo que había que atravesarles el cerebro, pero no tuvo cojones para hacerlo… joder en las pelis es mucho más fácil. Al despertarse, resucitar, o lo que sea, ha empezado a golpear el cristal del salón. Cuando se ha empezado a quebrar hemos decidido subir al piso superior y hace un par de horas que no se escuchan los golpes. Papa dice que mañana por la mañana saldremos para matarla, rematarla, o lo que sea… eso espero, porque Mónica me está poniendo de los nervios, dice que todos vamos a acabar como ella y mamá ya está histérica. Rectifico lo que dije anteayer, Raquel hizo bien en largarse de aquí en cuanto pudo."
Eso era todo, no había nada más escrito… al día siguiente, o quizá ese mismo día, amaneció devorado sobre su cama, probablemente devorado por su propia hermana muerta viviente, y su madre acabó en la despensa, con un mordisco y atada a la pared. Todavía me faltaban unos cuantos datos para saber qué había ocurrido exactamente, pues no veía como podían haber terminado así si la tal Consuelo no había podido entrar en la casa, lo cual podía deducir fácilmente porque los cristales del comedor no estaban rotos y ella seguía fuera cuando llegamos.
-¡Joder! ¡Mirad esto! –Exclamó Sebas, que se había acercado a la ventana a respirar un poco de aire fresco, pues el olor a podrido de aquella habitación seguía siendo considerable.
“Debe haber visto la multitud que tenemos delante de la casa” pensé cerrando la libreta y guardándola en la bolsa donde llevaba el botiquín; no tenía claro si sería algo positivo o negativo para Raquel leerla, así que dejaría que fuera ella quien decidiera si quería hacerlo o no.
-¿Qué pasa? –Preguntó Cristian acercándose a mirar.
Me sorprendió cuando se escuchó un disparo desde la calle. Un disparo solo podía significar que Óscar estaba volviendo… pero no tenía sentido que disparara estando tan cerca de la casa cuando su intención era alejarlos. Haciéndome entre los dos un hueco en la ventana vi a Óscar llegar doblando una esquina, con varios resucitados tambaleándose tras él, y frenando en seco al ver que delante de la casa también teníamos a una considerable cantidad de muertos vivientes esperándole.
-¿Qué pasa? –Preguntó a nuestra espalda la alarmada voz de Aitor.- ¿Qué ha sido ese disparo?
-Es Óscar. –Le señaló Sebas apartándose para que pudiera asomarse.
El cazador salió corriendo hacia la puerta de la casa, pero hasta yo me daba cuenta de que eso no era factible; había como diez muertos bloqueándole el paso.
-¿Qué demonios pasa? ¡Se supone que tenía que alejar a los reanimados y no atraerlos! –Exclamó Aitor apoyando el fusil contra el alfeizar de la ventana y arrodillándose en el suelo para poder observar por la mira del arma.
-¡Apártale los de la puerta! –Le urgió Sebas.- Si no, no podrá entrar.
-¡Mierda! Me tapa la valla. –Maldijo Aitor.
Sebas apuntó con la ballesta, pero tenía el mismo problema. La valla que rodeaba la casa hacía que desde el primer piso fuera difícil apuntar a algo que estuviera más cerca de la mitad del ancho de la calle.
-¿Qué pasa? –Preguntó también Raquel entrando corriendo a la habitación.
Ninguno le contestó porque en ese momento un Óscar rodeado de muertos vivientes se lanzó hacia el interior del furgón, que seguía aparcado al lado de la puerta del garaje.
-¡Me cago en la puta! –Se escuchó su voz maldecir desde la calle.- Lo sabía, ¡Es que lo sabía! ¡Oh no hijos de puta... a mí no me vais a comer!
Lo siguiente que se escuchó fue un disparo… e inmediatamente después todo saltó por los aires. Los cinco caímos al suelo cuando una inmensa explosión reventó los cristales de la ventana. La onda expansiva hizo vibrar la casa y a mis tímpanos hasta tal punto de que llegué a pensar que se me iban a romper. Una llamarada y un apestoso humo negro comenzaron a surgir del lugar de la explosión, y al mismo tiempo empezaron a llover trozos de metal y de cuerpos carbonizados al césped del jardín.
Raquel gritó, Aitor se cubría la cabeza con las manos para protegerse de la lluvia de cristales, Sebas y Cristian habían caído uno encima del otro al pie de la cama, y yo me clavé dolorosamente el borde del escritorio en la espalda, pero medio aguanté en pie, y gracias a eso fui el primero en volver a la ventana y mirar atónito cómo el furgón en el que habíamos llegado se había desintegrado casi por completo en la explosión. Todo apuntaba a que Óscar, acorralado por los resucitados, al disparar había hecho estallar los bidones de gasolina que habíamos rellenado antes de llegar a la casa.
Muchos muertos vivientes habían saltado por los aires en pedazos. Todos los que había alrededor del furgón estaban en el suelo por la onda expansiva, y algunos todavía seguían ardiendo… aunque sabía por experiencia que a aquellos seres no les importaba estar quemándose hasta que eso no afectaba a sus capacidades motoras.
Un humo muy negro se elevaba hacia el cielo, llamando la atención de todo el barrio, y el ruido de la explosión seguramente atraería a todos los muertos vivientes de la ciudad hasta nosotros.
-¡Joder! –Exclamó Aitor desde el suelo.
-¿Qué ha pasado? –Preguntó Raquel.
-Óscar… -Murmuró Sebas levantándose y asomándose también por la ventana.- ¡Oh mierda! ¡Oh joder! ¡Joder!
-Está muerto. –Sentencié yo.
-¿Qué? –Preguntaron al unísono Cristian y Raquel.
Su cuerpo debía estar consumiéndose en las llamas que seguían quemando lo poco que quedaba del furgón… furgón que también era nuestro vehículo para salir de allí. Si en algún momento hasta ese instante había tenido miedo, no era nada comparado con el que sentía en ese instante; el único que sabía más o menos qué estaba haciendo había muerto, llevándose por delante nuestro vehículo, con el cual teníamos que sacar las provisiones que nos mantendrían alimentados los próximos días. ¿Podía ser peor la situación…? Aitor pensaba que sí.
-Tenemos que ir abajo. –Dijo atropelladamente recogiendo su fusil del suelo.- Tenemos que asegurarnos de que siguen sin poder entrar.
Lamentablemente tenía razón, la explosión había hecho saltar los cristales de todas las casas de los alrededores, y eso seguramente incluía la gran cristalera del comedor. Como el furgón estaba aparcado al lado de la valla, también cabía la posibilidad de que se hubiera abierto brecha, y sin valla y sin cristalera estábamos a merced de los muertos.

Tal y como pensaba, el enorme cristal del comedor había saltado por los aires, llenando el suelo de toda la habitación de cristalitos, volcando varias sillas y haciendo que el televisor de plasma de la pared se quedara colgando en precario equilibrio.
-La valla parece que aguanta. –Dijo Aitor cuando volvió del jardín después de salir a confirmar que la casa seguía siendo inexpugnable.- El furgón estaba pegado a la puerta del garaje, pero como la habían atrancado con cadenas ha soportado la explosión.
-¿Y vuestro amigo? –Preguntó Cristian apurado.- ¿Estaba dentro del furgón?
-Todo apunta a que sí. –Se lamentó el soldado.
-¡Oh mierda! Es mi culpa. –Dijo cubriéndose la cara con las manos.- Yo disparé y atraje a los muertos hacia aquí, está muerto por mi culpa.
Nadie le quiso quitar la razón, porque era cierto. Nunca se podía prever con total certeza lo que puede ocurrir pero, si él no hubiera aparecido, en ese momento habríamos estado cargando bolsas de comida en el furgón, no encerrados en una casa destrozada y con Óscar muerto de eso estaba completamente seguro.
Raquel, que nada más bajar se había sentado sobre el sofá de diseño, abrazando sus propias rodillas y mirando al vacío, se puso a llorar otra vez, aunque dudaba mucho que lo hiciera por Óscar.
-¿Qué vamos a hacer ahora? –Preguntó Sebas ya sin disimular que el papel de líder le quedaba grande.
-Analicemos la situación. –Propuso Aitor.- Hemos perdido a Óscar, no tenemos furgón ni vehículo para salir de aquí, ahí fuera está lleno de reanimados, y la explosión atraerá a todos los que la hayan escuchado, que no serán pocos, porque no sé de dónde coño han salido tantos de repente cuando por el camino no hemos visto casi ninguno.
-Tío esos cabrones son engañosos. –Contestó Cristian.- Yo llevo aquí varios días y los he visto. Por las noches están más activos y te aseguro que hay un huevo de ellos dando vueltas por el barrio.
-Bueno, y ¿qué hacemos? –Repitió Sebas.
-Los muertos vivientes están en la parte delantera de la casa. –Intervine con algo parecido a una idea.- Hay un jardín trasero al que se sale por la cocina, creo que da a la casa de al lado, podemos saltar por allí y salir por otra calle.
-Pero esa casa es la de los Martínez. –Replicó Raquel secándose las lágrimas y con la voz tomada.
-¿Y qué pasa? –Preguntó Sebas.
-Su hijo era el niño que estaba fuera, en la calle, como uno de esos seres, ¿no os acordáis?
-Aunque el resto de su familia sean también resucitados, serán muchos menos que los que tenemos aquí fuera. –Repuse yo, pero Aitor negó con la cabeza.
-Aun así, con todos los reanimados que habrá rondando por aquí a partir de ahora no podemos ir andando. Sería un suicidio, y más si tenemos que sacar la comida.
-Necesitamos un vehículo para salir de aquí. –Exclamó el guardia de seguridad.
-¿Habéis mirado el garaje? –Preguntó Raquel.- En el coche de mi padre cabríamos todos.
Sebas, Aitor, Cristian y yo nos miramos durante un segundo… nos habíamos olvidado por completo del garaje. Lo dejamos para lo último, pero los acontecimientos recientes habían hecho que no nos acordáramos de que seguía ahí, y en él podría estar la salvación que necesitábamos.
-De acuerdo. Doctor, usted, Sebas y yo iremos al garaje a ver si podemos usar el coche. Cristian, tu empieza a subir la comida desde el desván, mete todo lo que puedas en bolsas. –Organizó Aitor, habiendo quedado el guardia de seguridad fuera de juego.- Raquel, además de comida podríamos coger mantas, jabón y de todo lo que nos falta en el campamento, ¿te encargas?
Tardó un segundo en responder, pero finalmente asintió.
-Ahora más que nunca nada de hacer ruido. –Nos recordó.- Puede que la calle se llene de muertos, pero no tienen ningún motivo para intentar entrar en la casa si no se lo damos.
Con un plan trazado era más fácil mantenerse optimista, o al menos esperanzado. Mientras íbamos de camino al garaje me paré un segundo a pensar en Óscar, cuyos restos carbonizados debían seguir consumiéndose fuera… eran tiempos duros, y no podíamos pararnos a pensar en los muertos, los vivos éramos la máxima prioridad y no nos podíamos permitir el lujo de llorarlos ni de prestarles más atención de la necesaria.
El interior del garaje se encontraba en penumbras porque, aunque había rendijas por las que entraba el sol en la puerta que daba a la calle, no eran suficientes para iluminar aquello completamente. En el centro se encontraba aparcado un vehículo de alta gama cubierto por una lona azul, y en las paredes había estanterías con herramientas y diversos artilugios mecánicos, principalmente repuestos para el coche. También vi una linterna y varias garrafas en una esquina… supuse que, además de para guardar el coche, utilizaban aquel lugar como trastero.
La puerta del garaje era metálica, y como no vi ningún mecanismo de apertura manual me imaginé que debía abrirse con un mando a distancia… pero al no haber electricidad era poco probable que funcionase.
-Esas cosas podrían sernos útiles. –Afirmó Sebas mirando las herramientas de la pared.- Si podemos, deberíamos intentar llevárnoslas también, ¿no?
En cuanto dio un paso hacia los estantes, el coche tembló y se escuchó algo moviéndose dentro. En ese mismo instante me di cuenta de que alguien ha colocado una manguera en el tubo de escape del coche... una manguera que llegaba hasta la ventanilla delantera del automóvil. Por la lona que lo cubría no podía ver lo que había dentro, pero la realidad era más que evidente... alguien se había suicidado gaseándose con monóxido de carbono, y el hecho de que el coche se hubiera movido indicaba que se había transformado.
Aunque encerrado en el coche no suponía un gran peligro, era sin duda inquietante. Sebas y yo nos quedamos mirando el coche como pasmarotes, mientras que fue Aitor el que le echó huevos y se acercó, con el fusil en la mano, y comenzó a retirar la lona que lo cubría.
Al hacerlo, un hombre de unos cincuenta años, demacrado y de pelo entrecano, comenzó a golpear la ventanilla del coche, intentando lanzarse contra nosotros. Tal y como sospechaba era un muerto viviente. La teoría del suicidio se confirmó cuando vi que la manguera se metía por una rendija que había dejado abierta en la ventanilla del coche.
Uno de los golpes que dio hizo temblar el coche y la manguera terminó cayendo al suelo.
-¡Mierda! –Bramó Aitor.- Es… es el padre de Raquel.
-¿Cómo ha acabado convertido? –Pregunté sin ser capaz de encontrar una respuesta a esa pregunta; la muerte por inhalación de gases tóxicos no contagiaba la enfermedad que te transformaba en resucitado.
-A lo mejor le mordió la niña… o la mujer del sótano. –Se imaginó Sebas encogiéndose de hombros.- ¿Qué hacemos? ¿Avisamos a Raquel?
-¡No! –Exclamó Aitor.- ¿Puedes meterle un flechazo a través de la rendija de la ventanilla?
-¿Estás seguro? A lo mejor ella… -Dudó el guardia de seguridad, pero le callé poniéndole una mano sobre el hombro.
-Es mejor que no lo vea así.- Le dije.- Nadie querría ver a alguien de su familia convertido en una de esas cosas.
-Pobre chiquilla. –Se lamentó cargando la ballesta.- Menudo día de mierda.
No resultó difícil rematar a aquél hombre, pues en cuanto Sebas se acercó a la puerta del coche, él se lanzó hacia la ventanilla gruñendo, gimiendo e intentando sacar la cabeza por el estrecho hueco que utilizó el guardia de seguridad para disparar la flecha, que le atravesó la frente y se le incrustó en el cerebro, acabando con su desgraciada existencia de una vez por todas.
Entre él y Aitor abrieron la puerta del coche y arrastraron el cadáver fuera. Mientras lo hacían olfateé el interior del coche, que además de a carne muerta y pudriéndose, no olía a nada más.
-Este hombre lleva mucho tiempo muerto. –Deduje.- Ya ni huele a humo, debe haberse ido dispersando a lo largo de los días.
Sobre el asiento trasero vi algo que parecía una agenda de cuero negro que me llamó la atención. Alargué la mano y la recogí preguntándome si, al igual que la libreta del chico, encontraría alguna respuesta a mis dudas allí dentro.
-Utiliza la lona que cubría el coche para envolver su cuerpo. –Le indicó Aitor a Sebas mientras él se sentaba en el asiento del conductor.
-¿Pero tú sabes conducir? –Le preguntó éste al ver lo que pretendía.
-Claro que sí. –Respondió el soldado.- ¿Pero tú cuantos años te crees que tengo?
Mientras ellos hablaban, abrí la agenda a ver qué había escrito en ella. Como era de 2013, apenas había rellenado unas pocas anotaciones de los primeros días de enero con cosas relacionadas con su trabajo, a las que no presté demasiada atención. Sin embargo, entre los primeros días de febrero, había escrito a bolígrafo una buena parrafada.
"Fue un error dejar a Consuelo aquí, lo dijeron mil veces en las noticias y en todas partes, sabíamos lo que iba a pasar… pero no es lo mismo escucharlo que verlo… no podíamos matarla así sin más. Fue mi culpa. Su muerte, que habláramos de atravesar su cerebro, su resurrección en una de esas cosas… nunca debieron presenciarlo los chicos. Mónica estaba destrozada desde que su hermana se fue. Que se fuera le salvó la vida. Creo que no impedir que se marchara con su novio es mi única colaboración positiva desde que todo esto empezó.
No tengo claro como fue, creo que Mónica no lo soportó más y se cortó las venas durante la noche. Al rato debió despertar como una resucitada, no sé cómo, porque no tuvo contacto con Consuelo en ningún momento… y la única puerta abierta que había era la de Rubén. Nos despertaron los gritos. Fue horrible. Ella le había mordido en el cuello y la sangre salpicaba por todas la habitación. Raquel se puso histérica e intentó separarlos, y eso le costó la vida. Mónica… o lo que antes había sido Mónica, le mordió en el brazo en el forcejeo. Cuando Rubén cayó sobre su cama y dejó de sangrar sabía que no tenía nada que hacer, era el segundo hijo que perdía esa noche.
Raquel y yo corrimos hasta el baño de abajo e intentamos detener la hemorragia… lo conseguí, pero no servía de nada. Aun así me resistía a aceptar la realidad, así que bajamos al sótano, donde estaban la comida y el agua. Mónica ya era una resucitada, Rubén seguramente también, teníamos que protegernos.
Consuelo aguantó un par días después de ser mordida… mi mujer no llegó a vivir doce horas más. No soy médico, pero Consuelo apenas había sangrado y Raquel casi se desangra, creo que la velocidad con la que la fiebre te mata tiene que ver con la distancia a una arteria o una vena… no lo sé.
Tampoco pude hacer nada por ella, si no fui capaz de abrirle la cabeza a la asistenta, mucho menos a mi mujer cuando finalmente murió. Durante unas horas pensé que lo mejor era dejarla despertarse y que acabara conmigo. No sé por qué, al ver las cuerdas que tenía allí de cuando los niños tenían el columpio fuera decidí atarla. No aguanté ni dos horas allí abajo después de que se despertara y empezara a forcejear para atacarme. Salí corriendo escaleras, cerré con llave y vine al garaje con la idea de lo que pensaba hacer… es la forma menos dolorosa que conozco. Mi familia está muerta, Raquel se ha ido y no va a volver, no tengo nada por lo que seguir.
No se cuanta gente queda viva ahí fuera, pero mientras el coche se llena de gas me ha dado por pensar que no les envidio."
Era un relato duro, aquel hombre había visto con sus propios ojos como su mujer y sus hijos morían irremediablemente y había decidido terminar con su vida. Miré a Aitor, que en ese momento estaba girando la llave del coche para ponerlo en marcha… Rubén tenía razón, Raquel había hecho bien yéndose con él; si se hubiera quedado en esa casa podría haber acabado como el resto de su familia. La suerte había favorecido tanto al soldado como a la chica, pero no podía evitar preguntarme si, como decía su padre, viendo en lo que se había transformado el mundo, era mejor estar muerto que vivo.
-No arranca. –Dijo Aitor después de varios intentos.- ¡Mierda! ¿Qué le pasa?
-¿No es evidente? –Respondí yo al caer en la cuenta.- Se suicidó dejando el motor en marcha, quemando gasolina… cuando murió no había nadie que apagara el motor, así que siguió encendido hasta que se quedó sin combustible.
-Que putada… -Lamentó Sebas.- ¿Y qué vamos a hacer?
-Nada. –Exclamó Aitor.- ¿Qué podemos hacer? No tenemos vehículo… y encima tengo que decirle a Raquel que su padre también está muerto. ¡Joder! ¿Por qué no puede salir nada bien por una vez?
Tampoco tenía respuesta para eso… últimamente tenía respuesta para muy pocas cosas. ¿Cómo se podían tener respuestas cuando el mundo había perdido el sentido?

Después de que Aitor le diera las malas noticias a Raquel, entre Sebas y yo subimos el pesado cadáver del hombre al comedor. Allí, Cristian había amontonado unas cuantas bolsas llenas de comida, junto a varias mantas y alguna ropa que la chica había sacado de los armarios.
-Oh tío… ¿y qué vamos a hacer? –Preguntó Cristian secándose el sudor con una manga de su jersey cuando les explicamos lo que había.
Dejamos el cuerpo del padre de Raquel al pie del sofá y ella se arrodilló a su lado para velarlo. No lloró, no debían quedarle lágrimas, o fuerzas para que salieran… desde luego no había sido su mejor día. Casi habría hecho mejor no viniendo con nosotros, se habría ahorrado tener que pasar por lo que estaba pasando.
-No lo sé. –Le respondió Sebas.- Ya se nos ocurrirá algo.
-¿Qué significa eso? ¿Vamos a quedarnos aquí encerrados mientras la calle se llena de muertos vivientes? –Cristian parecía aterrado.- ¡No podéis hacer eso! ¡Podemos salir por el patio trasero y correr hasta salir de la ciudad! Si nos damos prisa…
-¡Eh, tío, corta el rollo! –Le interrumpió Aitor, que se sentó al lado de Raquel para darle fuerzas en un momento tan difícil.- Estamos así por tu culpa, que no se te olvide.
Esas duras palabras le hicieron callar y, alicaído, se sentó en una de las sillas de la mesa del comedor.
-Quizá tenga razón. –Intervino Sebas.- Si salimos por el patio de atrás y saltamos a la otra casa…
-¿Con todo eso? –Dije yo señalando las bolsas.- Se que eso parece lo más fácil, pero vinimos aquí a por comida y agua, no podemos andar saltando tapias y corriendo de un lado a otro con ese cargamento encima, con los alrededores llenándose de resucitados y sin un vehículo. Los muertos vendrán atraídos por el ruido, pero si no detectan comida se acabarán dispersando, podemos simplemente esperar.
-¿Esperar a qué? –Insistió el guardia de seguridad.- ¿A que se haga de noche?
-Si hace falta. –Respondí.- No me hace ninguna gracia a mí tampoco, pero creo que es mejor tomárselo con calma que intentar huir de cualquier manera.
-Yo… creo que me estoy mareando. –Dijo Raquel desde el suelo, interrumpiendo la discusión; intentó ponerse en pie, pero Aitor tuvo que sujetarla para que no se cayese al suelo.
-¡Ayúdame! –Me pidió Aitor ayudándole a sentarse sobre el sofá.
-Estoy bien. –Dijo con voz débil mientras yo me acercaba a ella.- Ha sido solo un mareo… quiero subir a mi habitación.
-No deberías subir escaleras ahora. –Le recomendé poniéndole una mano en la frente para ver si tenía fiebre.- Deberías descansar, han sido demasiadas… impresiones negativas.
-No. –Dijo negando con la cabeza.- Quiero subir a la habitación, por favor.
Suplicando con esa voz tan débil, Aitor no pudo negarse, de modo que, pasándole una mano por encima de su cuello, la ayudó a subir las escaleras.
-Espera. –Les detuve acordándome de la libreta y la agenda, que todavía tenía encima: cuando se las ofrecí me miró como sin comprender.- En esta libreta están las últimas palabras que escribió tu hermano. Y en la agenda las de tu padre… no sé si te ayudarán, pero a veces saber la verdad tranquiliza.
Las recogió con una mano temblorosa y siguió subiendo con Aitor las escaleras. Cuando los perdí de vista volví a prestar atención a los que nos habíamos quedado en el comedor; Sebas caminaba de un lado a otro, nervioso, y Cristian seguía sentado en una silla con aspecto abatido.
-Cuando os vi llegar pensaba que veníais de la zona segura. –Confesó el chico.- Pero dijisteis que había caído. Llevo casi una semana en la casa de enfrente y no he visto a ningún vivo hasta que aparecisteis vosotros. Sé que muchos son ahora resucitados de esos pero, ¿qué coño ha pasado con todo el mundo? ¿Están con vosotros a las afueras?
-¿Con nosotros? –Le preguntó Sebas anonadado deteniendo su paseo.- Con nosotros apenas hay diez personas más.
-¿Diez? -Exclamó alarmado.- Pero habrá otros lugares donde la gente huiría, ¿no? ¡Joder! ¡En esta ciudad vivían millones de personas!
-Pues en tal caso ya tienes el número aproximado de muertos vivientes que hay por ahí fuera ahora mismo. –Le respondí yo dejándole más chafado si cabía.
Tras un par de minutos en silencio, reflexionando sobre el significado de lo que se acababa de decir, y las implicaciones de que todos los habitantes de Madrid pudieran ser en ese mismo momento resucitados, escuchamos los pasos de Aitor bajando las escaleras. No iba solo, Raquel debía haberse quedado en la habitación, pero él bajaba arrastrando la sábana donde iba envuelta la hermana.
-¿Qué haces? –Le pregunté.
-Si vamos a pasar todo el día aquí no vamos de dejar los cuerpos pudrirse sin más, ¿no? -Respondió.- Les voy a dar un entierro digno en el jardín trasero. Cristian, necesito tu pala.
Miré a Sebas dubitativo, no me parecía buena idea ponernos a cavar tumbas en el jardín, ni siquiera en el trasero, con esos muertos dando vueltas por la calle… pero él parecía estar de acuerdo con todo aquello.
-Merecen un entierro, y mantenernos ocupados nos servirá para no volvernos locos. -Dijo encogiéndose de hombros.
No podía quitarle la razón, así que me sumé a aquel ritual funerario, y entre Aitor, Sebas, Cristian y yo sacamos todos los cuerpos al jardín trasero. Un solitario árbol era la única vegetación que creía allí, además del césped del suelo y los cipreses de la valla. Sebas tenía razón, mantenerse ocupado el algo ayudaba a sobrellevar todo aquello, y sentir el fresco viento del invierno en la cara mientras cavábamos unas tumbas para la familia de Raquel resultaba hasta agradable.
Al cabo de un rato, la susodicha apareció por la puerta de la cocina. Por los ojos hinchados y la cara roja resultaba evidente que había estado llorando otra vez, aunque ya parecía más serena.
-¿Puedo ayudaros? No quiero estar sin hacer nada.
-Claro. –Dijo Aitor dejando de cavar y tendiéndole la pala. - Intenta no hacer mucho ruido para que los reanimados no nos escuchen.
-¿Por qué no subes a ver si los muertos vivientes se han dispersado un poco? Si Óscar estuviera aquí seguro que hubiera querido tener a alguien vigilándolos. –Le propuse al soldado, que asintió y volvió al interior de la casa.
Aproximadamente una hora más tarde, pasado ya el mediodía, estábamos depositando los cadáveres enrollados en mantas en cuatro agujeros cavados al pie del árbol. Como ninguno de nosotros era sacerdote o tenía especial habilidad con la oratoria, nadie dijo nada, y en cuanto Raquel estuvo preparada y nos hizo una señal comenzamos a llenar las tumbas de tierra otra vez.
-Ojalá hubiéramos podido recuperar algo del cuerpo de Óscar. –Dijo Sebas una vez terminado el trabajo, contemplando los cuatro montículos que eran las tumbas de la familia de Raquel.- Sé que era un poco desagradable a veces, pero debía tener buen corazón cuando se quedó con nosotros… sobre todo porque yendo solo le habría ido mucho mejor que cargando con todo el campamento a sus espaldas, ¿verdad?
No lo había visto desde ese punto de vista, pero probablemente tuviera razón. Él era un hombre habituado a vivir de lo que él mismo cazaba y a pasar largas temporadas en el campo, si hubiera pasado de nosotros no le habría ido mal… sin embargo, se quedó.
Aitor volvió a salir del jardín y nos hizo un gesto a todos para que nos acercáramos.
-¿Qué pasa? –Le preguntó Raquel alarmada.- No habrán entrado los resucitados, ¿verdad?
-No, pero he visto una cosa, venid rápido. –Nos dijo misteriosamente.
Le seguimos escaleras arriba, hasta la habitación del hermano de Raquel, que todavía olía a podrido, aunque habiendo retirado el cadáver y con la ventana rota el olor era aguantable.
-Mirad allí. –Nos señaló con la ventana.- La furgoneta al fondo de la calle.
Efectivamente, al final de la calle había una furgoneta aparcada, de color amarillo y verde, con una pala y un rastrillo dibujados.
-¿Qué le pasa? –Preguntó Sebas.
-Pertenece a una empresa de jardinería. –Dijo.
-Sí, hacen muchos trabajos en esta zona. –Corroboró Raquel.- Estuvieron en la casa el año pasado, cuando papá quiso plantar el césped nuevo.
-Cuando llegamos nos encontramos con tres reanimados, uno de ellos era un jardinero, ¿os acordáis? Llevaba un uniforme con los mismos colores que la furgoneta.
-¿Insinúas que…? –Dije yo viendo por donde iban los tiros, pero no me dejó terminar la frase.
-Que podría haber llegado aquí en esa furgoneta, que podría tener las llaves encima todavía y que, si es así, podríamos utilizarla para huir. –Concluyó el soldado con entusiasmo.
-Pero ese jardinero podría haber venido de cualquier parte. –Le contradijo Sebas.- No tiene por qué tener relación con la furgoneta.
-¿De la misma empresa y en la misma calle? Mucha casualidad, ¿no te parece? –Insistió Aitor.- ¿Cuántos trabajos de jardinería debieron pedirse cuando la crisis de los muertos vivientes ya había empezado?
-Supongamos que todo eso sea como dices. -Intervine yo no muy convencido.- Seguimos teniendo el problema de que el cadáver del jardinero está ahí fuera, donde se están juntando todos los muertos vivientes del mundo.
Desde la misma ventana donde nos encontrábamos se podía ver como los muertos eran ya más de treinta. La explosión había herido a muchos de ellos, pero no reaccionaban a las heridas como las personas normales, algunos todavía caminaban o se arrastraban con medio cuerpo calcinado.
-Sí, ese es un problema. –Confesó.- Pero si tres de nosotros los atraemos hacia un lado de la valla y otro cubre desde aquí, uno podría salir, buscar en el cadáver del muerto las llaves y volver. Yo mismo podría salir y…
-¡No! –Exclamó Raquel alarmada.- Podrían matarte, hay muchos de esos seres ahí fuera.
-Lo haré yo. –Se ofreció Cristian, dejándonos a todos atónitos… que no tenía la actitud y la sangre fría de un héroe era algo de lo que cualquiera de nosotros se había dado cuenta ya.- Yo saldré fuera y cogeré las llaves de la furgoneta.
-¿Estás seguro de eso? –Le preguntó Aitor tan sorprendido como los demás.- Podría ser muy peligroso.
-Tengo que hacerlo, estáis aquí atrapados por mi culpa. –Se explicó.- Y por mi culpa ha muerto también vuestro amigo… iré yo.

Unos minutos más tarde, mientras Sebas, Raquel y yo esperábamos en el jardín a que Cristian estuviera listo para salir, no pude evitar pensar en que el chico, aunque valiente, era estúpido. Quería hacer un acto noble para redimirse a nuestros ojos, pero aquello le podía costar la vida, y si era así no habría logrado nada; seguiríamos encerrados por su culpa y el estaría muerto.
-Recuerda, a la cabeza, siempre a la cabeza. –Le dijo Sebas mientras le ayudaba a ponerse una cazadora de cuero que habíamos encontrado en el armario del hermano de Raquel… confiábamos en que un mordisco fortuito no lograra atravesar el duro tejido.- No dejes que te agarren, ni que te rodeen.
-Sí. –Asintió Cristian dando un par de saltos con la pala en la mano para entrar en calor.
-Aitor te cubre con el fusil desde la habitación, y nosotros intentaremos atraer a todos los posibles contra la valla, pero no te confíes. –Le dije yo.- ¿Estás listo?
-Cuando queráis. –Respondió con convicción, aunque la voz le tembló un poco en el “queráis”.
Raquel, el guardia de seguridad y yo nos acercamos a la parte de la valla que estaba pegada a la puerta del garaje. Allí los cipreses dejaban un hueco por el que podíamos asomarnos para ver el exterior. Los restos carbonizados del furgón policial estaban a apenas dos metros delante de nosotros, y los gemidos de los muertos vivientes que rondaban por allí no hacían sino ponernos más nerviosos de lo que ya estábamos.
-A la de tres. –Nos indicó Sebas.- Uno, dos tres…
Apenas dijo “tres” empezamos a golpear la valla con las herramientas que habíamos cogido del jardín, o con nuestras propias manos. A través del hueco entre los cipreses vi como las cabezas de los muertos vivientes se giraron hacia el origen de ese estruendo y, como autómatas, los dueños de esas cabezas empezaron a caminar en nuestra dirección, despejándole el camino a Cristian.
-¡Aquí muertos de mierda! –Gritaba Sebas subiéndose a la valla mientras Raquel y yo golpeábamos la misma para hacer ruido.- ¡Aquí joder! ¡Carne fresca!
Cuando el primer muerto viviente se acercó y se lanzó contra la valla, Raquel dio un paso atrás y yo me sentí tentado de hacer lo mismo, pero al ver que la estructura aguantaba el envite de los resucitados me calmé un poco y seguí con el plan… aunque el corazón me latía a cien por hora.
-¡Ahora chico, ahora! –Le gritó Sebas a Cristian, que tomó aire y salió corriendo por la puerta, cerrándola tras de sí para que los muertos no pudieran colarse, tal y como habíamos planeado.
No tardó ni tres segundos en escucharse el primer disparo, y al mirar hacia la ventana rota de la habitación, desde donde Aitor ejercía de francotirador, vi salir humo del cañón de su arma.
-¿Cómo le va? –Preguntó Raquel sin dejar de dar golpes.
-De momento bien. –Contestó Sebas, que era el único que tenía un amplio rango de visión.- Está a punto de llegar hasta el cuerpo. ¡Eh! ¡Aquí cadáveres podridos!
Se escuchó otro disparo, y un tercer disparo un segundo después.
-¡Mierda! –Bramó Sebas.- Pasadme la ballesta.
Antes de subir a la valla la había dejado apoyada contra un ciprés, y como yo era el que la tenía más a mano fui el que se la alcancé.
-¿Qué pasa? ¿Va todo bien? –Le pregunté.
-No, son muchos, joder. –Respondió cargando un virote.
Sin poder aguantar la curiosidad me subí yo también a la valla, al mismo tiempo que Aitor volvía a disparar desde la ventana, y lo que vi no me gustó nada. Cristian había llegado hasta el cuerpo y lo estaba registrando, y a su alrededor había cuatro resucitados muertos que no estaban antes, de modo que tenían que ser víctimas suyas o de los disparos de Aitor. Pero la cosa no iba bien, algunos muertos de los que todavía se movían le habían visto y se dirigían hacia él, que muy apurado no parecía encontrar las llaves.
-¡Aquí! ¡Aquí! –Grité intentando atraer a todos los resucitados posibles… pero esos seres no eran tan tontos; el ruido los distraía, pero si ya habían detectado una presa no se desviaban de su camino por nada del mundo.
Sebas disparó una flecha, que atravesó el cuello de un muerto cercano que se dirigía hacia Cristian, pero que no logró matarlo ni detener su avance.
-¡Chico sal de ahí! –Le advirtió.- ¡Déjalo o te cogerán!
-¡Espera! –Gritó él dándole la vuelta al cuerpo y comenzando a buscar en los bolsillos traseros.
-¡Vete de ahí, ya! –Insistió Aitor desde el piso superior volviendo a disparar y abatiendo a un resucitado que estaba solo a dos metros de él.
-¿Qué pasa? –Preguntó Raquel desde el suelo.
-Mierda, sin flechas. –Dijo Sebas tirando la ballesta al suelo y comenzando a dar golpes a la valla con las manos.- ¡Chico lárgate de ahí ya!
-¡Las encontré! –Exclamó con júbilo alzando una mano con un juego de llaves agarrado en ellas.
Un muerto viviente llegó hasta él y le agarró del brazo. Aitor disparó, pero el disparo no le acertó, y cuando lazó el mordisco la chaqueta de cuero fue lo único que salvó a Cristian de la muerte.
-¡Vete de ahí! –Le gritamos todos.
El se puso en pie y se soltó con auténtico pánico de su agresor, que cayó al suelo. Pero cuando fue a salir corriendo, una mano del mismo resucitado le agarró del pie y le hizo caer a él también. Tres muertos vivientes más estaban ya muy cerca, y yo comenzaba a temer en serio que no lo consiguiera.
Gritaba mientras intentaba soltarse, pero al final fue Aitor quien le liberó cargándose al resucitado que le sujetaba de un disparo en la cabeza. Sin embargo, tuvo tan mala suerte que, con la inercia de los tirones que daba, al levantarse tropezó con otro que se acercaba por delante, y ambos se precipitaron al suelo de nuevo. Intentó librarse de él golpeándole con la pala, pero para entonces los otros dos ya estaban encima.
Sebas hizo un gesto como de ir a saltar al otro lado, pero le agarré de un brazo y se lo impedí.
-No puedes salir ahí. –Le dije.- Te matarán.
-Pero… -Fue a protestar, y en ese momento se escuchó un grito de dolor por parte de Cristian.
Un resucitado le había mordido en una pierna, arrancando en el proceso un pedazo de carne sanguinolento, y los otros dos se le estaban echando encima.
-¡Quitádmelos! ¡Quitádmelos de encima! –Suplicaba.
Aitor mató al que tenía encima, que cayó como un peso muerto sobre él. Lo apartó con esfuerzo e intentó incorporarse, pero otros dos llegaron hasta él. Viéndose rodeado, embistió a uno de ellos hasta derribarlo en el suelo… y unas manos muertas le volvieron a agarrar.
-Oh Dios… -Murmuré sin querer ser testigo de lo que iba a pasar a continuación.
Ya no tenía salida, Aitor no podía matarlos más rápido de lo que llegaban; estaba atrapado y lo sabía. Como último gesto, tuvo la consideración de lanzar las llaves por encima de la valla hasta caer a nuestro lado, en el jardín.
Y entonces empezó la carnicería.
Aparté la mirada para no tener que verlo, pero aun así los gritos eran terribles. Estaban descuartizando y comiéndose vivo a ese pobre chaval, y la impotencia que sentía al saber que no podía hacer nada por evitarlo era casi tan terrible como el sonido de la carne desgarrándose y los huesos rompiéndose.
Raquel soltó el rastrillo con el que golpeaba la valla y se cubrió la cara con las manos. Sebas apartó la mirada y contuvo las nauseas como pudo, mientras que yo no me atrevía ni a mirar. Un último disparo de Aitor fue lo que acabó con la tortura que Cristian estaba sufriendo.
-¡De prisa! ¡Tenemos que irnos ya! –Gritó el soldado desde la ventana.
El banquete que los muertos se estaban dando con el cuerpo de Cristian no duraría mucho, de modo que le hice un gesto a Raquel para que recogiera las llaves de la furgoneta del césped y entré con Sebas a cargar con las bolsas en las que íbamos a llevarnos la comida que habíamos ido a buscar, así como las otras cosas que nos terminamos llevando.
Cuando subimos a la valla de nuevo descubrimos que varios muertos se aproximan de todas direcciones, aunque la mayoría tardarán bastante en llegar a nuestra altura. La mayoría de los que estaban más cerca seguían devorando el cuerpo de Cristian, de modo que pudimos bajar a la calle sin que nadie nos molestara.
-De prisa, vamos. –Nos alentó Aitor en un susurro mientras rodeábamos los restos en llamas del furgón y corríamos hacia la furgoneta de jardinería, cargados con bolsas y mantas.
Cuando lo alcanzamos, tres muertos vivientes ya habían llegado hasta allí. Medio torso se arrastraba, impulsándose a duras penas con sus manos, desde el cruce de calles; un hombre grueso, mal afeitado y con chándal se tambaleaba desde la entrada de una de las casas de la calle de enfrente; y por último, una chica joven y morena vestida para hacer footing, con medio brazo devorado y que todavía arrastraba el aparato de música que debía estar escuchando mientras vivía, se interpuso en nuestro camino.
-¡Ug! A esa la conozco. -Dijo Raquel con una mueca de asco.- Solía correr por esta calle todas las mañanas.
Aitor no tuvo piedad de ella. La derribó de un bolsazo y la hizo caer al suelo, donde le pisó el cuello hasta que se escuchó un crujido. Pese a que la resucitada seguía gimiendo, sus brazos y piernas se quedaron inmóviles al haberle roto el cuello, y dejó de suponer un peligro.
-¡Vamos, vamos, vamos! –Nos apremió Sebas, que junto con Raquel abrían la marcha.
Abrió con las llaves la puerta trasera y nos encontramos dentro varios sacos de estiércol, unas palas, azadas, rastrillos y hasta una cortacésped. No había tiempo para sacarlo todo, de modo que echamos las bolsas con la comida de cualquier manera y nos metimos dentro.
Sebas tuvo que coger su pistola y disparar al resucitado barbudo, lo que nos dejó muy poco tiempo para huir, ya que había demasiado comensales que no habían podido probar bocado de Cristian, y el disparo llamó su atención.
-¡Arranca! –Le ordenó Aitor a Sebas, que se había sentado en el asiento del conductor, mientras Raquel y yo cerrábamos las puertas traseras de la furgoneta; el medio torso se arrastraba lastimosamente hacia nosotros, pero al ser tan lento no suponía un problema.
El vehículo se puso en marcha a la primera, para tranquilidad de todos; y en cuanto comenzamos a avanzar, doblamos la esquina y perdimos a esa jauría de muertos que nos acosaba, casi sentí ganas de reír.
-Si mi sargento no hubiera sido devorado vivo, se avergonzaría de ver cómo ha salido esto. –Exclamó Aitor bastante aliviado pese a todo.- Hemos perdido a Óscar y a Cristian.
-Al menos tenemos comida para unos días. -Replicó Raquel mirando las bolsas que habíamos cargado.- Que Dios me perdone, pero no creo que pueda lamentar la muerte de nadie más en una temporada.
- Gracias a ellos los demás podremos vivir un poco más. –Dijo Sebas, y no quise decir nada más porque me parecía que era una conclusión adecuada.
Miré través del cristal de la ventanilla como íbamos dejando las casas atrás, regresando hacia las afueras de Madrid, y pensando en el gran coste en vidas que se había pagado a cambio de unas míseras bolsas de comida y unas mantas. Lamentaba la muerte de Óscar, y la de Cristian, también la de los familiares de Raquel… pero lo que más removía mi conciencia era que, en el fondo, sentía alivio por no haber sido yo uno de los que se habían quedado atrás.
No sabía si eso me convertía en una mala persona, pero en unos minutos habríamos vuelto al campamento, y realmente tenía ganas de volver a verlos a todos, especialmente a aquellos que solo unas horas antes casi había tachado de prescindibles… a Maite y su niña, a Silvio, hasta al pobre de Agus, siempre sobre su coche mirando al horizonte.
Me parece que si algo había aprendido de ese viaje y de las muertes que habíamos sufrido era el valor de hacer lo correcto por encima de la supervivencia pura y dura. Óscar lo había demostrado, Cristian también… en el camino de ida pensé que, de haber una votación para expulsar a alguien que no fuera capaz de aportar algo al grupo, no votaría a favor; pero después de la experiencia vivida tenía claro que, de darse esa situación, quien sobraba en el grupo era quien hubiera propuesto una votación semejante.
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Belthazor
 
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Re: Crónicas zombi: Orígenes

Notapor Belthazor » Mar, 09 Abr 2013, 12:38

CAPÍTULO 4: MAITE


Pese a que hacía un frío que pelaba, tuve que secarme el sudor de la frente cuando salí de la tienda de campaña de Silvio, donde el pobre hombre seguía en un estado lamentable debido a la sobredosis que estaba sufriendo.
-¿Qué le pasa mamá? –Me preguntó Clara con cara de preocupación intentando asomarse dentro.
La cogí de las manos y la aparté de allí… no me parecía un espectáculo para una niña de su edad, y con Judit y Félix allí yo no les hacía falta.
-No te preocupes, cariño, solo está enfermo porque ha cogido frío. –Le mentí mientras nos dirigíamos al bidón, donde las ascuas de la hoguera de la noche anterior todavía desprendían algo de calor.
-Sí, se le ha metido “frío” por la nariz. –Dijo Jorge con una desagradable sonrisa en la cara.- Qué cabrito, ya podría haber compartido algo, seguro que colocado todo esto sería más llevadero.
-¿Por qué no te callas? –Le espeté fulminándole con la mirada.
-¿La niña puede ver cadáveres podridos descuartizar gente viva pero no se puede hablar de drogas en su presencia? –Bufó frotándose las manos delante de las ascuas.
Sentí como Clara se agarraba con fuerza a mis pantalones asustada porque aquél gilipollas le hubiera recordado las cosas que la pobre había tenido que ver.
-¡Cierra la boca de una vez! –Exclamé hasta los ovarios de ese tipo.- ¿Por qué no haces algo útil y buscas un poco de leña para encender esto? Hoy va a hacer frío.
Jorge se encogió de hombros y se marchó. Le seguí con la mirada hasta que desapareció entre los arbustos, y un minuto más tarde, de entre los mismos arbustos aparecieron Érica y Toni. Cuando Judit se hizo cargo del estado de Silvio, mandé a Érica a buscarle porque pensaba que debía saber lo que estaba ocurriendo en el campamento, y Félix estaba demasiado ocupado para encargarse.
-Ya me lo ha contado, ¿cómo ha pasado? –Exclamó nada más llegar al bidón, lanzando miradas hacia la tienda de campaña, donde Félix y Judit seguían intentando ayudar a Silvio.
-Pues… no creo que necesite mucha explicación. –Respondí yo no queriendo profundizar en el tema, ya que noté que Clara no se perdía una palabra de lo que estábamos diciendo.
-¿Cómo no nos dimos cuenta hasta ahora? –Se preguntó sin apartar la vista de la tienda.
-No lo sé. –Le contesté para inmediatamente cambiar de tema.- ¿Cómo está la cosa? ¿Has visto algún resucitado?
-No sabría decirte. –Dijo volviendo la mirada hacia mí.- Está todo despejado, pero por un momento me pareció ver a uno acechando al otro lado de la carretera, aunque para cuando pude fijarme mejor ya no había nada.
-Los podridos no acechan. –Escupió Érica.- Sería un puto animal.
-Espero que los demás vuelvan pronto, Judit tiene buena intención, pero creo que solo Luís puede ayudar a Silvio ahora mismo. –Comenté justo en el mismo momento en que la susodicha se acercó corriendo hacia nosotros.
-¡Necesito agua! –Pidió atropelladamente.
-Pues bebe. –Le respondió Toni señalándole la cantimplora que se encontraba junto al batiburrillo de cosas almacenadas junto al bidón.
-¡No! Es para Silvio, se ha desmallado y no se despierta. –Nos explicó bastante nerviosa.- Tal vez si le echamos agua por encima…
-¡Joder! No podemos desperdiciar el agua. –Protestó Toni agarrando él mismo la cantimplora.- Yo lo haré.
Aunque no quería hacerlo, por Clara, cuando Érica, Judit y Toni fueron hacia la tienda de campaña les seguí. Tenía la sensación de que al menos debía estar cerca por si me necesitaban para algo, no quedarme indiferente junto al calor, como había hecho Jorge.
Toni se arrodilló junto a Félix y roció la cara de Silvio con unas gotas de la cantimplora.
-¡Eh tío, despierta! –Decía dándole golpecitos en la cara, que estaba todavía más pálida que un momento antes, cuando lo dejé.- Vamos, no seas capullo, despierta.
-Esto no tiene buena pinta. -Murmuró Félix agarrando al actor de la muñeca.- No sé si tiene pulso… sí, creo que sí, pero es muy débil.
-Eh, chicos… -Escuché la voz de Jorge desde atrás.
Ninguno le hicimos caso, pendientes como estábamos de saber si Silvio seguía vivo o muerto.
-Chicos… -Insistió Jorge.
-¡Ahora no, esto es serio! –Le reprendí girándome hacia él… y lo que vi entonces también podía calificarse como serio sin riesgo de equivocarse.
Tres soldados, cargados con pesadas mochilas y pesados fusiles de asalto, estaban plantados detrás de Jorge, que nos miraba un poco apurado con las manos en alto. Clara se agarró más a mí, y yo comencé a golpear a Félix en el brazo hasta que se giró también. Al final todos nos quedamos mirando a esos tres militares como pasmarotes.
-Me han seguido hasta aquí. –Dijo Jorge.- ¿Nos los podemos quedar?
No eran como Aitor, aquellos parecían soldados de verdad. Aunque los tres eran jóvenes también y ninguno de ellos debía haber cumplido los treinta años todavía, ya andaban cerca. Por el estado de sus uniformes parecía que hubieran vuelto de una guerra, tenían manchas de sangre seca esparcidas por todas partes, las botas manchadas de barro y tierra y las caras llenas de mugre, aunque no sabía si era mugre de verdad o que se habían ensuciado a propósito como camuflaje.
Como nadie se había imaginado ni remotamente una situación como esa, nadie del campamento supo qué decir, de modo que fue uno de los militares quien se adelantó y comenzó a hablar.
-Somos miembros del ejército. –Dijo.- No sabíamos que quedara nadie vivo por aquí. ¿Lleváis mucho tiempo en este lugar?
-Un par de semanas, más o menos. –Respondió Félix animándose a hacer de portavoz.- Sois del ejército, ¿os ha enviado alguien?
-Somos lo que queda del ejército, creo. –Contestó en tono lúgubre.- Venimos de la zona segura, cuando cayó tuvimos que huir y creímos que fuera de la ciudad estaríamos a salvo de los reanimados.
-La zona segura cayó hace mucho. –Observó Toni suspicaz.
-Nos llevó un tiempo poder salir de la ciudad. –Se explicó el soldado.-Ya no es tan fácil hacerlo como solía ser en el pasado.
-Bueno, sois militares. –Apuntilló Érica con muy poca delicadeza.- Lleváis armas, joder, seguro que venir hasta aquí fue un puto paseo para vosotros.
-¡Eh! Cuidado con lo que dices. –Intervino otro de los soldados con tono agresivo; era el más bajito de los tres, y bajo la capa de mugre se le notaba una cicatriz que llegaba desde la oreja hasta la comisura de la boca.- Hemos perdido a muchos amigos intentando salir de aquí.
-Ella no quería decir eso. –Rectificó inmediatamente Félix.- Nosotros escapamos desarmados y también perdimos gente por el camino. Sabemos lo difícil que es.
-Éramos siete cuando empezamos. –Añadió el tercero con un gruñido.- Nuestra unidad fue abatida casi por completo por esas criaturas, no fue un camino de rosas.
-Como puedes ver no estamos bien armados. –Dijo Jorge.- No nos queda agua y la única comida que tenemos no da ni para un bocadillo. Si habéis venido a saquear a unos civiles indefensos no os ha tocado la lotería precisamente.
-¡Cierra el pico Jorge! –Gruñó Félix que, igual que yo, ya se había dado cuenta que las palabras de Érica habían causado una mala impresión a esos tres soldados, y las suyas no ayudaban.- Yo soy Félix, ellas son Maite, su hija Clara, Érica y Judit. A Jorge ya le conocéis, él es Toni y el del coche es Agus, él… digamos que no habla mucho.
-A lo mejor podéis ayudarnos. –Sugirió Judit.- Nuestro compañero ha sufrido una sobredosis y necesita atención médica.
Los soldados se miraron entre sí durante un segundo, dubitativos.
-Podéis quedaros con nosotros si queréis. –Les ofreció Félix.- A vosotros os vendrá bien descansar y comer algo, y no niego que todos nos sentiríamos más seguros con tres soldados aquí… a menos que tengáis otro lugar a donde ir.
-No hay lugares a donde ir. –Dijo el soldado de la cicatriz escupiendo en el suelo; después de hacerlo nos miró a todos como evaluándonos, y cuando su parada se detuvo en mi un segundo más que en los demás por algún motivo me sentí un poco incómoda.- A la mierda López, yo me quedo.
El soldado López, que era el primero que había hablado, dudó durante unos segundos.
-¡Venga tío! Mejor aquí que en cualquier otra parte. –Le insistió el tercer soldado.
-Está bien, vale. –Cedió López.- Veamos qué ocurre con vuestro compañero. Víctor, ¿por qué no te quedas vigilando la carretera? No me gusta la visibilidad que hay desde aquí.
El soldado de la cicatriz dio un gruñido y, con el fusil en la mano, se alejó por el mismo lugar del que habían aparecido un momento antes.
-Estupendo, más militares por aquí… como nos defiendan igual de bien que la zona segura. –Murmuró Jorge con sarcasmo regresando al bidón, cuyas ascuas cada vez eran cada vez menores, ya que no había traído la leña que le había pedido.
-Ignoradle, es que es gilipollas. –Les dijo Félix a los soldados mientras se acercaban a la tienda de Silvio.
El pobre hombre seguía inconsciente, pálido… tan pálido que daba miedo. Ambos se arrodillaron a su lado para comenzar a examinarle, y los demás nos reunimos a su alrededor para observar.
-Creemos que la sobredosis ha sido por cocaína. –Explicó Judit como si fuera una experta.- Escupía espuma y tenía espasmos hasta hace un momento, pero se ha desmayado y no sabemos…
-Creo que no tiene pulso. –Afirmó López tan convencido que hizo que me echara a temblar.
“¡No, Dios, por favor… más muertos no!” supliqué a cualquier poder superior a mí que pudiera escucharme.
El otro militar le abrió la camisa y apoyó la cabeza sobre el pecho de Silvio para confirmar el diagnóstico.
-Nada. –Exclamó antes de comenzar una maniobra de reanimación, que se prolongó durante unos segundos que me parecieron horas.
-Mamá… -Me llamó Clara tímidamente.
-Tranquila cariño, todo está bien. –Le dije para reconfortarla.- ¿Por qué no vas al fuego a entrar en calor?
-No reacciona. –Dijo el soldado terminando con el masaje cardiorespiratorio.
-¿Qué significa eso? –Preguntó Félix que, a diferencia de mí, parecía ser capaz de mantener mejor la compostura en ese momento de tensión.
Los dos militares se miraron, y entonces, para sorpresa de todos, López apunto con su fusil hacia la cabeza de Silvio.
-¡Eh! ¿Qué coño haces? –Exclamó Félix agarrándole del brazo para que no pudiera disparar.
-Vuestro amigo ha muerto, vamos a evitar que siga siendo un peligro. –Respondió el otro soldado con gesto serio.
-Hay que seguir intentando reanimarle. –Dije sin que nadie me hiciera mucho caso.
-¿Siendo un peligro…? ¿Qué demonios quiere decir eso? –Saltó Félix empezando a enfadarse.
-Quiere decir que está muerto y que pronto se transformará. –Replicó López soltándose del agarre de Félix.- No vuelvas a tocarme, te aviso.
-Quizá aún podamos reanimarle. –Insistí, pero nadie me prestaba atención, de modo que me agaché y comencé a golpearle en el pecho mientras los demás discutían.
-Ha sido una sobredosis, no se va a levantar de nuevo, no le han mordido. –Exclamó Félix intentando que no pudieran apuntar con sus fusiles a Silvio.
-No es cosa del mordisco, ¡apártate! –Le ordenó López.- Todos los que mueren se convierten en reanimados, no solo los mordidos.
-¡Eso no tiene sentido! –Escuché decir a Toni, que había acabado metiéndose también en la pelea.
“No te mueras” le decía yo a Silvio mentalmente mientras intentaba que su corazón volviera a bombear sangre, “vamos, levántate, ¡levántate!”
Aunque no pronuncié ni una palabra en voz alta, de algún modo debió escucharme, porque me hizo caso. Abrió los ojos y la boca como si acabara de despertar de una pesadilla.
-¡Silvio! –Exclamé con alegría al ver que volvía a vivir… pero la alegría no me duró mucho, sus manos se agarraron a mis brazos cuando intentó incorporarse, todavía aturdido por la experiencia que acababa de sufrir, y entonces se escuchó un disparo.
Durante unos segundos solo pude escuchar los latidos de mi corazón. Todos los demás sonidos del lugar me eran ajenos y distantes. Delante de mí había un charco de sangre, y en medio de ella el cuerpo de Silvio con la cabeza hecha pedazos. Veía figuras moviéndose como a cámara lenta a mi alrededor, pero ninguna de ellas tenía sentido, pues era incapaz de procesar información alguna. Me llevé una mano a la mejilla y noté un líquido pastoso en ella; cuando la retiré vi que tenía los dedos manchados de sangre, de la sangre de Silvio que me había salpicado en la cara.
Sol un grito me hizo volver al mundo real, el grito desgarrador de mi hija llamándome. “Mamá, mamá” decía, y tuve que salir de mi burbuja cuando empecé a escuchar esos gritos demasiado cerca.
-No te acerques. –Dije arrastrándome fuera de la tienda, que se había transformado en una carnicería, y echando la lona que cubría la entrada para esconder lo que había allí dentro.
En cuanto levanté la mirada pude ver la mirada de pánico en los ojos de mi hija al verme cubierta de sangre. Era la misma mirada que puso cuando los muertos vivientes cogieron a su padre delante de las dos... una mirada a la que habían seguido semanas de pesadillas.
-¿Mamá? –Preguntó dubitativa con un hilo de voz.
-Estoy bien. –La tranquilicé limpiándome la cara con la manga de la chaqueta, que quedó inmediatamente cubierta de sangre.- No es mía, ¿lo ves? No pasa nada.
Donde sí pasaba algo era solo a unos metros de nosotras. Ni Félix, ni Toni, ni Érica se habían tomado bien lo que acababa de ocurrir, e increpaban a los militares, mientras que Judit permanecía asustada al lado de la tienda y Jorge se escondía detrás del bidón. Hasta Agus había bajado del coche y se había acercado unos pasos, aunque su rostro indiferente no cambió la expresión ni cuando me vio completamente cubierta de sangre.
-¡Asesinos de mierda! ¿De qué cojones vais? –Vociferaba Toni fuera de sí.- Os lo habéis cargado a sangre fría cabrones.
-¡Será mejor que te relajes! –Bramó López casi tan enfadado como él.- Solo hemos hecho lo que había que hacerse.
-¿Lo que había que…? ¡Los cojones!
El tercer soldado, Víctor, llegó corriendo con el fusil en la mano hasta el campamento, alertado por el disparo y los gritos.
-¡Hijos de puta! ¡Maricones hijos de puta! –Les gritaba Érica fiel a su estilo, agitando el hacha tan cerca de ellos que los dos le apuntaron con los fusiles, aunque fue Víctor quien se acercó y le puso el arma en la sien.
-Será mejor que te relajes, zorra, no quiero abrirte un agujero en la cabeza. –Dijo como disfrutando cada palabra.
-¡Ya vale! –Exclamo López.- Le disparamos porque se había transformado, vosotros mismos lo visteis. Ahora, por vuestro bien, será mejor que todos os tranquilicéis.
Con tres hombres armados con fusiles amenazándonos no teníamos otra opción que obedecer, aunque Toni y Érica todavía se permitieron fulminar a un par de ellos con la mirada.
-¿Qué ha pasado? –Preguntó Agus mientras los militares se dirigían hacia el bidón, detrás del cual Jorge salió disparado a buscar otro lugar donde sentarse.
Félix apartó la lona que cubría la entrada a la tienda de Silvio y echó un vistazo dentro. Volvió a sacar la cabeza en tan solo un segundo.
-¡Dios! –Se lamentó antes de volver la vista hacia mi.- ¿Estás bien?
-Si. –Mentí.- Solo necesito algo para limpiarme.
Agus se sacó del bolsillo un pañuelo de tela y me lo tendió, le miré a la cara, igual de ausente que siempre, antes de cogerlo y murmurar un “gracias”.
-¿Es verdad? –Preguntó Judit en un susurro.- ¿Volvió como un resucitado?
-¿Te vas a poner de su parte? –Le recriminó Toni lanzando otra mirada desafiante hacia los soldados; Víctor se colgó el arma a la espalda y volvió a alejarse del grupo para seguir vigilando, pero antes de ello me lanzó una mirada específicamente a mí que me hizo sentir un escalofrío.
-Yo… no… o sea, yo solo quiero saber si ocurrió o no. –Se defendió Judit.
-No lo sé. –Admití comenzando a limpiarme la cara.
No me había parecido así cuando lo vi levantarse, pero por otra parte, ¿y si lo que intentaba era atacarme? De haber sido así lo más probable es que hubiera conseguido morderme, y si el soldado no hubiera disparado me podía considerar muerta.
-No lo sé. –Repetí.
Me puse en pie y, con Clara agarrada a la cintura, volví hacia mi tienda de campaña. Seguramente a continuación iban a discutir qué hacer con los tres hombres, si pedirles que se fueran o marcharnos nosotros o cualquier otra opción, pero no tenía cuerpo para eso.
-¿Por qué no te metes dentro y acabas de desayunar? –Le dije a mi hija.- Aquí fuera vas a coger frío.
Sin decir ni mu me hizo caso y regresó a la tienda. Mientras me limpiaba la sangre, que además de haberme salpicado hasta las orejas me había manchado la chaqueta y la camisa, lamenté que todo lo ocurrido hubiera pasado precisamente ese día, el día que medio grupo estaba fuera y que Clara por fin había comenzado a dar muestras de estar mejor. Después de aquello volvería a tener pesadillas, como yo iba a tenerlas con la cabeza destrozada del pobre Silvio.
Se me escapó una lágrima pensando en él. Sentía en el alma no haber llegado a conocerle más en el tiempo que habíamos tenido… de hecho, ni siquiera sabía su apellido, ni si además de ser actor se dedicaba a otra cosa, ni nada de su vida antes de que todas las vidas fueran destrozadas por los muertos vivientes. También sentía que hubiera pasado por el infierno de salir de Madrid con vida para acabar muriendo así. Pero lo que sentía más que todas las cosas era el hecho en sí de que hubiera muerto; cuando pensaba que todo aquél ciclo de muerte ya había acabado resultaba que no, que todavía quedaban muertes que lamentar. Pensaba que saliendo de la ciudad estábamos a salvo de eso, pero no era cierto.
Intenté serenarme cuando Félix se acercó y se sentó en suelo a mi lado. Toni y Agus estaban desmontando la tienda de campaña de Silvio con él dentro, como si fuera una improvisada mortaja. Judit miraba nerviosa de un lado a otro sin saber que hacer mientras que Érica se dedicaba a dar hachazos contra el suelo. Los dos militarse seguían intentando calentarse junto al bidón, como si la duda de si habían matado a alguien vivo o rematado a un muerto viviente no les importase lo más mínimo.
-¿Estás bien? –Volvió a preguntarme, pero esa vez decidí no mentir.
-No, ni de lejos. –Dije mientras intentaba encontrar una esquina que aún no estuviera manchada de sangre en el pañuelo de Agus para acabar de limpiarme.- ¿Qué vamos a hacer?
A Félix no le extrañó que adivinara que habían estado hablando sobre eso.
-Esperar. –Contestó.- No podemos irnos hasta que lleguen los demás, y la verdad es que no hay huevos para decirles que se vayan. Esos tíos ya han matado a una persona.
-¿Crees de verdad que lo han matado? –Pregunté.- Quiero decir, a lo mejor tenían razón.
-¿Qué los muertos se levantan sin haber sido infectados? Judit no ha sabido responderme a esa duda, dice que muy poco de lo relacionado con esta enfermedad puede sorprenderla ya. Lo que sí ha dicho es que, de ser así, significaría que todos deberíamos estar infectados con lo que sea que hace que los muertos vuelvan de la muerte.
-Es una idea perturbadora. –Le dije con algunas reservas sobre su verosimilitud.- ¿Qué crees que pasará cuando vuelvan los demás?
-Por lo pronto seremos más. –Me contestó.- Con Aitor, Sebas y Óscar armados podemos someterlos si se resistieran a marcharse.
-¿Y si tenían razón? ¿Y si todos los muertos resucitan y me han salvado la vida?
-Entonces no sé. –Confesó agachando la cabeza.- Pero no sé, esos tipos me dan mala espina.
No sabía explicarlo, pero yo tampoco confiaba en ellos. Algo en ellos me hacía dudar, más allá del hecho de que no tuviera claro si habían ejecutado a Silvio o no. Seguramente lo habían pasado tan mal como nosotros saliendo de la ciudad, y más si les había llevado tantos días como decían, y esas cosas marcan; la propia actitud autodestructiva de Silvio era la prueba.
-¿Puedes echarle un ojo a Clara? Necesito ir al baño. –Le pedí a Félix dejando en el suelo el pañuelo de Agus… dudaba mucho que quisiera recuperarlo después de cómo lo había dejado, y más teniendo en cuenta que no había forma de lavarlo; la ropa sucia iba a ser un problema más pronto que tarde, ya que algunos llevábamos vestidos con la misma ropa con la que salimos de Madrid hacía semanas.
-Claro. –Asintió Félix mirando de reojo la tienda de campaña.- No te preocupes.
Me levanté y fui hacia la letrina que habíamos excavado, por idea de Óscar, entre unos arbustos poco después de llegar, cuando necesitamos un lugar donde hacer nuestras necesidades. En realidad era la tercera letrina que teníamos, las otras dos las tuvimos que tapar cuando empezaron a llenarse; habíamos sido demasiados utilizándolas durante demasiado tiempo ya.
Siempre que tenía que utilizar la letrina echaba de menos mi casa… aunque también la echaba cuando me dejaba la espalda sentada sobre una roca, cuando me helaba de frío en una tienda de campaña, o cuando tenía que calentarme con un fuego dentro de un bidón viejo. El piso de protección oficial con un solo cuarto de baño donde había vivido durante quince años nunca me pareció más atractivo; era verdad eso de que no se valora lo que se tiene hasta que se pierde.
Mientras me desabrochaba el botón del pantalón solo podía pensar en que habría dado cualquier cosa por volver a discutir con mi marido por dinero, por horarios, por el desorden que siempre lograba imperar en la casa, o cualquier otro problema que, dada la situación, parecían tan poco importantes que llegaban a resultar risibles.
Cuando hube terminado me puse en pie, pero antes de poder volver a subirme del todo los pantalones alguien apareció a mi espalda tan sigilosamente que no me di cuenta de que estaba allí hasta que me tapó la boca con su mano.
Lo primero que pensé era que se trataba de un muerto viviente, pero enseguida me di cuenta de que eso era imposible; los muertos vivientes no aparecen de repente, el sigilo no está entre sus habilidades, y había tenido la precaución de mirar a mi alrededor y asegurarme de que no había nada antes de comenzar a utilizar la letrina... además, de haber sido un resucitado me habría mordido sin más.
Con un golpe en la parte trasera de la rodilla me hizo doblar la pierna y caer al suelo, con él encima de mí tapándome la boca para que no pudiera gritar y pedir ayuda, que era lo que me pedía el cuerpo hacer. Ya tirada boca abajo en el suelo, con aquel peso encima aplastándome las piernas para que no pudiera ni patalear, sentí algo frío y puntiagudo apoyándose en mi cuello.
-Tranquila pelirroja. –Me dijo al oído la desagradable voz del soldado llamado Víctor.- Si te va a gustar, ya verás.
Aterrada por sus palabras y por comprender lo que estaba ocurriendo intenté forcejear para quitármelo de encima, pero aquel hombre era mucho más fuerte que yo y no sirvió de nada. Moví la cabeza de un lado a otro queriendo librarme de su mano y poder gritar, pero tampoco lo conseguí.
-¡Estate quieta zorra! –Gruñó en un susurro clavándome dolorosamente la rodilla en la espalda.- No me obligues a hacerte daño.
Intentó volver a bajarme los pantalones, pero entre que tenía que utilizar una mano para mantenerme callada y que yo, muerta de miedo, no paraba de patalear, no tuvo mucho éxito… lo cual solo sirvió para enfadarle más.
-¡Me cago en la puta! –Bufó levantándose y dándome un golpe en la cintura que hizo que me girara, quedándome boca arriba.
No vi ni un atisbo de compasión en su mirada, solo furia e ira porque le estaba dando más problemas de los que se esperaba. Durante un segundo tuvo que quitarme la mano de la boca, pero antes de que pudiera gritar nada recibí un puñetazo en el estómago que me cortó la respiración… y cuando quise darme cuenta ya volvía a tenerle encima, con un cuchillo en las manos apoyado en mi mejilla y con la boca cubierta de nuevo.
-Escúchame bien porque solo voy a decirlo una vez. –Me dijo amenazadoramente.- Si no te estás quieta te corto el cuello, ¿entiendes? Y será tu hija a la que me folle en tu lugar, porque me van las pelirrojas pero no las muertas.
No sabía si cumpliría su amenaza, o si, de querer hacerlo, habría podido, pues aún quedaba gente en el campamento que no lo permitiría… pero en ese momento tenía demasiado miedo para pensar, y lo que había en juego era demasiado importante para arriesgarme. Con lágrimas en los ojos tuve que dejar que aquel sádico me bajara los pantalones del todo.
Cuando comenzó a quitarse el cinturón del uniforme volví la vista hacia otro lado, hacia los arbustos que el viento mecía en mitad de aquella llanura a las afueras de Madrid. ¿Por qué tenían que ocurrirme algo así a mí? ¿Acaso no había sufrido ya lo suficiente? Al echarse encima de mí y dirigir su mano libre hacia mi entrepierna intenté evadirme, escapar de mi cuerpo para no tener que sentir en mis propias carnes lo que ese cerdo iba a hacerme a continuación…
Sin embargo, lo que hizo fue lanzar al aire un sobrecogedor grito de dolor. Aproveché el momento de confusión para escurrirme de debajo de él, y entonces descubrí por qué había gritado. Con un gesto muy poco cuidadoso, Érica desincrustó de su espalda su hacha, que goteaba sangre como si acabara de descuartizar un animal con ella.
Comencé a subirme los pantalones mientras el soldado se giraba hasta quedar boca arriba. Agarró su fusil, pero no tuvo tiempo de hacer nada más.
-¡Hijoputa! –Bramó Érica tomando impulso desde su espalda y clavándole el hacha entre las piernas.
El siguiente grito fue tan fuerte que creí que las cuerdas vocales del soldado no lo soportarían. Se quedó tirado en el suelo, retorciéndose de dolor mientras a su alrededor la tierra se manchaba de rojo. El último hachazo le había partido los genitales en dos de una manera tan asquerosa que casi me hizo vomitar, y cuando él mismo agachó la vista y vio lo que había gritó con más fuerza. Érica, sin embargo, sonreía satisfecha por el resultado. Fue a lanzarle otro hachazo, pero se interrumpió cuando el resto del campamento llegó hasta nosotros.
-¿Qué coño pasa aquí? –Preguntó con tono autoritario López.
No era difícil imaginárselo, solo tenían que mirarme a mí, en el suelo, magullada y con los pantalones por las rodillas; Érica con un hacha cubierta de sangre y aquél soldado desangrándose y retorciéndose de dolor.
-¡Oh, joder! –Exclamó Félix llevándose las manos a la cabeza.- ¿Qué demonios…?
-¿Mamá? –Dijo Clara con preocupación corriendo hacia mí.
-¡Baja esa hacha, puta tarada de mierda! –Le ordenó el otro soldado apuntándole con el fusil.
-¡Matad a esta puta loca! –Gritó Víctor de rodillas en el suelo, intentando detener con las manos el sangrado de la carnicería le habían hecho entre las piernas.- ¡Ag! ¡Dios!
-¡Violador de mierda! –Le escupió la chica antes de señalar a los otros dos con el dedo.- ¡Y vosotros sois unos asesinos de mierda!
Levantó el hacha y fue a descargar un tercer golpe, golpe que tenía intención de matar. Aparté la mirada e hice que Clara, que ya había llegado hasta mí y se había arrodillado a mi lado, la apartara también. No obstante, el hachazo no llegó a caer; se escuchó un disparo y una bala hizo saltar la tierra a solo unos centímetros del pie de Érica… el único motivo por el que la chica no estaba muerta era porque Toni había golpeado el fusil del soldado antes del disparo, desviando su trayectoria.
Lo que sucedió entonces fue muy rápido. Jorge se fue corriendo de vuelta al campamento, huyendo como un cobarde mientras Toni y el soldado forcejearon, pero éste acabó disparándole en una pierna, soltándose de su agarre; Agus y Judit se tiraron al suelo tras escuchar el disparo, cubriéndose los dos la cabeza con las manos, y Clara gritó abrazándose a mí muerta de miedo. El soldado quiso disparar otra vez a Toni, que desenfundó su pistola mientras reprimía el dolor del balazo que acababa de recibir, pero Félix se interpuso entre ambos.
-¡Espera! ¡Podemos…!
No llegó a pronunciar la frase completa, el militar disparó y la bala le destrozó la cabeza de la misma forma que lo había hecho con la de Silvio. Toni no perdió el tiempo y disparó contra él, hiriéndole en un brazo. López fue a intervenir abriendo fuego con su fusil también, pero se encontró con Érica, que se había lanzado contra el hacha en mano y terminó hundiéndosela en el cuello. Mientras el hombre caía al suelo salpicando sangre por todas partes logró disparar una ráfaga de balas que podían alcanzarnos a Clara y a mí, de modo que rápidamente me eché sobre ella para cubrirla.
Sentí un lacerante dolor en un costado cuando una de esas balas terminó acertándome, pero no me moví, no podía dejar que otra bala le diera a mi hija, aunque eso implicara convertirme en un escudo humano.
-¡Estáis todos muertos, cabrones! –Bramó el soldado restante cogiendo su arma y lanzando una nueva ráfaga de disparos, esa vez con más tino.
Vi a Toni y a Érica echarse al suelo, uno para esquivar las balas y la otra abatida por ellas. Se escuchó un disparo y de la cabeza del soldado saltaron sangre y sesos por todas partes. El rifle de caza de Félix humeaba cuando Agus lo dejó caer al suelo después de matar al militar y acabar con la amenaza.
-¡Mamá estas sangrando! –Exclamó Clara alarmada al ver que del agujero que la bala me había hecho en la chaqueta brotaba sangre como si hubieran degollado a un cerdo.
-Está bien. –Le dije llevándome una mano a la herida y poniéndome en pie.- No pasa nada.
Judit levantó la mirada y, al ver que el peligro había pasado, se incorporó también. Toni se agarraba la pierna bastante dolorido en el suelo, mientras que Érica luchaba por seguir respirando y Félix ya no volvería a respirar. Delante de mí, Víctor se arrastraba por el suelo intentando escapar; el hachazo de su espalda tenía un aspecto horrible, como una enorme raja de la que fluía la sangre como de un manantial. Un reflejo del sol me indicó donde había caído su cuchillo, y fui a recogerlo. Era un cuchillo grande y pesado, con un filo de sierra tan afilado que parecía capaz de cortar la piedra.
Cuando le di la vuelta de una patada para ponerlo boca arriba parecía a punto de desmayarse, el amasijo de carne sanguinolenta en que se había convertido su entrepierna estaba manchado de tierra de andar arrastrándose, y no tenía fuerzas para hacer otra cosa que no fuera gemir. Sentía tanta rabia, tanta ira, tantas ansias de venganza, que no dudé ni un segundo cuando le clavé el cuchillo en un ojo; y tampoco cuando lo hice por segunda vez, ni por tercera, ni por cuarta…
Solo cuando alguien me agarró de los hombros y tiró de mí para atrás, dándome un dolorosísimo tirón en la herida de bala, dejé de apuñalar a ese desgraciado, cuyo rostro, de seguir vivo, habría conseguido unas cuantas cicatrices más.
Cuando alcé la vista, más calmada, solo podía ver la cara de horror de Clara, que salió corriendo con lágrimas en los ojos en dirección al campamento. Levanté una mano hacia ella y quise llamarla para que volviera, pero no me salían las palabras. ¿Qué me había pasado? ¿Por qué había reaccionado de aquella manera?
-Te han herido, tienes que mirarte esa herida. –Dijo la voz de Agus a mi espalda, en la que probablemente fuera la frase más larga que había dicho desde que llegó con nosotros.
-¿Félix y Érica están…? –Pregunté porque todavía no podía creerme lo que había pasado en tan solo un segundo, pese a que los había visto caer con mis propios ojos.
-Félix está muerto, Érica… aguanta. –Respondió.- Mejor vamos con ellos.
Me puse en pie, pero antes de marcharme cogí el fusil que Victor, o lo que había dejado de él, llevaba todavía encima. Agus me lanzó una extraña mirada al verme con él en la mano.
-Ahora son nuestros. –Le dije señalándole el cuerpo.- Coge su mochila, seguro que tiene algo útil.

-No va a aguantar. –Declaró Judit unos minutos más tarde, con las manos y la frente cubiertas de sangre.
Le habíamos quitado el jersey y la camiseta a Érica para ver sus heridas, y resultó que había recibido nada menos que tres disparos en torso y abdomen. Si todavía seguía viva era simplemente porque esa chica no era de este mundo.
-Algo podremos hacer, ¿no? –Le preguntó Toni, que se encontraba a mi lado echándose agua oxigenada en el agujero que le habían hecho en la pierna.
Yo era la única que se había vendado la herida, ya que tan solo resultó ser una rozadura más espectacular en cuanto al sangrado que en cuanto a gravedad. En cuanto la hemorragia se cortó y me la desinfecté adecuadamente no necesitó más atenciones, aunque por su situación me molestaba al doblarme.
-No lo sé. –Confesó Judit bastante apurada.- La verdad es que no sé ni cómo sigue viva. El polvo coagulante ha detenido el sangrado, pero las balas siguen ahí dentro, y si han dañado algún órgano interno… yo no soy doctora… bueno, sí lo soy, pero no de ese tipo, no sé por qué estoy haciendo esto, a lo mejor solo lo empeora… a lo mejor…
-Está bien, vale. –Le dije yo para calmarla.- ¿Puedes ayudar a Toni? Yo iré con Érica.
-Esto duele como si fuera de ácido. –Protestó él conteniendo un grito de dolor cuando un chorro de agua oxigenada entró en la herida.- ¡Mierda! ¿Desde cuándo el agua oxigenada escuece?
-Vale, gracias… yo… solo me he visto un poco sobrepasada. –Admitió Judit sentándose en el lugar que yo dejaba libre.- Necesitamos a Luís aquí cuanto antes, ¿sabes?
-Lo sé. –Dije dirigiéndome hacia el bidón.
Por una vez Jorge había hecho algo bien, posiblemente como intento de redimirse después de largarse corriendo con el asunto de los militares, y un fuego de pequeño tamaño ardía dentro de aquel bidón abandonado. Había dejado a Clara sentada junto al fuego para que entrara en calor y no tuviera que ver más sangre, heridos y muertos.
Al pasar junto a Jorge ni me molesté en mirarle a la cara.
-No podemos dejar esto sin vigilancia, ve a hacer la guardia. –Le dije con un tono tan frío que me sorprendió hasta a mí misma.
-¿Qué? ¡No me jodas! ¿Por qué tengo que hacerla yo? –Protestó.
-¿A ti que te parece? –Le espeté fulminándole con la mirada… no sé que debió ver en mis ojos ese imbécil, pero no tuvo que ser nada bueno, porque nunca antes le había visto abandonar una discusión tan rápido.
-Está bien, vale, ya voy. –Dijo como defendiéndose de un ataque.
Sin prestarle más atención me arrodillé al lado de mi hija, que seguía mirándome con miedo. No sabía si tenía miedo de mi después de lo que me había visto hacer, de lo que me pudiera pasar por el disparo, o que tan solo sentía miedo en general.
-¿Estás bien, cariño? –Le pregunté con toda la dulzura que pude encontrar en un momento como ese, en el que sentía muchas cosas y pocas de ellas eran buenas.
Se limitó a asentir antes de volver su vista hacia el fuego de nuevo.
-Voy a ver cómo está Érica, pero vengo enseguida, ¿vale? –Le prometí.- ¿No prefieres ir a la tienda?
Hubiera preferido que volviera a la tienda y no estuviera allí, rodeada de gente herida o muerta, pero negó con la cabeza sin ni siquiera mirarme. Le di un beso en una mejilla e inmediatamente se la tuve que limpiar, porque se la había manchado con una gotita de sangre que ya ni sabía de quién era.
Con el costado aún dolorido fui hasta el lugar donde habíamos dejado a Érica, tumbada sobre su saco de dormir. Agus estaba con ella, haciéndole compañía por orden mía. No sabía si iba a sobrevivir, de modo que no quería que se quedara sola en ningún momento… no hay nada más triste que morirse estando solo.
Respiraba con dificultad y parecía estar en las últimas, peor al verme llegar a su lado sonrió. Sus encías estaban completamente manchadas de sangre, y cuando escupió a un lado lo que cayó en el suelo era una mezcla entre sangre y saliva poco prometedora.
-He matado a dos hijos de puta. –Dijo con dificultad, pero muy orgullosa.
En realidad al otro lo había matado yo, pero tal y como me lo había dejado permití que lo añadiera a su cuenta. Tampoco tenía intención de llevar una cuenta de muertos.
-Lo has hecho muy bien, nos has salvado a todos. –Le dije agarrándola de la mano para reconfortarla.- Sobre todo a mí. Gracias.
-Que se jodan. –Exclamó antes de comenzar a toser.- Esto duele de la hostia.
-Tú aguanta, cuando vuelva Luís te curará.
No sabía si decía eso para animarla a ella o para animarme a mí misma, porque la verdad era que de no ser por ella no sabía cómo podía haber acabado la cosa, ¿qué habría pasado de consumarse la violación? ¿Y si ella no hubiera matado a uno y malherido al otro? A lo mejor en ese momento estaríamos todos muertos.
-Qué cabrón ese tío. –Dijo.- Le partí la polla en dos, ¿lo viste?
-Sí, lo vi. –Le confirmé.
Quiso reírse, pero al hacerlo solo sentía más dolor y tuvo que dejarlo.
-No hagas esfuerzos, ahora vuelvo. –Le dije dándome la vuelta dispuesta a marcharme, pero Agus me cogió del brazo y me detuvo… después de lo que había pasado, no me sentía nada cómoda siendo tocada por un hombre, y el instinto me pedía que le diera un codazo, pero me contuve.
-¿A dónde vas? –Me preguntó como si le extrañara que me fuera.
-Tengo que hacer una cosa. –Respondí crípticamente; realmente había algo que necesitaba saber y que no podía esperar, especialmente si Érica acababa muriendo.
-Los disparos atraerán a los resucitados cercanos. –Me recordó… como si no lo supiera ya.
-En ese caso aprende a usar las armas de los militares. –Le contesté antes de seguir con mi camino.- Es algo que vamos a tener que hacer de todos modos.
Pasé por delante del fuego, donde Clara se encontraba sentada, y pasé de largo lamentando no poder prestarle un poco más de atención, pero había un asunto importante que aclarar todavía.
-Necesito que vengas conmigo. –Le solté a Judit mientras ayudaba a desinfectar la herida de Toni.
-¿A dónde? –Preguntó confusa.
-Necesito comprobar una cosa y te necesito a ti. –Dije sin intención de dar más explicaciones por el momento.
-¿Ocurre algo? –Intervino Toni suspicaz.
-Nada grave, luego os lo explicaré, solo vamos a estar al lado de la letrina. –Decir “al lado de la letrina” era mejor que decir “con los cadáveres”.- ¿Te importa echarle un ojo a Clara?
-Mientras no tenga que moverme mucho… -Respondió mirándose la pierna.
Judit me siguió hasta el lugar donde habíamos dejado los cadáveres sin disimular su confusión. Debido a la urgencia de las heridas que recibimos, no tuvimos tiempo de hacer nada con ellos, y los cuerpos de Félix y los tres militares seguían allí tirados de cualquier manera.
-No sé si me gusta estar aquí. –Dijo ella mirando los cadáveres.
-¿Crees que a mí sí? –Respondí con frialdad parándome delante del cadáver medio decapitado por Érica.- Pero es necesario.
Después de pasar por lo que había pasado me sentía muy insegura, y como si fuera un estadounidense había decidido suplir esa inseguridad con un arma. Los fusiles de los militares resultaban bastante complicados, pero el rifle de caza de Félix, que ya no podría utilizar, me parecía un arma más manejable, de modo que la recogí cuando Agus la dejó caer al suelo y en mi poder seguía.
-Tú los estuviste estudiando, ¿verdad? –Señalé el cuerpo del soldado casi decapitado.- Necesito que me digas si, de haber sido mordido, podría haber resucitado, o si está demasiado dañado para eso.
Judit me miró y parpadeó dos veces, incrédula. Para una chica tan lista como ella no debió ser difícil atar cabos y saber qué pretendía realmente.
Se agachó y le echó un vistazo superficial al cuerpo.
-Dios… el corte… no creo que haya afectado al cerebro, de estar infectado tendría que reanimarse con normalidad. Bueno, normalidad no, pero ya me entiendes.
Asentí y, con el rifle sobre las piernas, me senté en el suelo a esperar.
-¿De verdad crees que podría pasar? –Me preguntó muy interesada.- ¿Reanimación sin mordedura?
-Eso quiero comprobar. –Contesté.- En cuanto se mueva le volaré la cabeza… si es que llega a moverse. Puedes irte con los demás, no tienes por qué ver esto si no quieres.
Negó con la cabeza.
-No, yo… en realidad sí que quiero verlo, quiero decir, ver si es verdad.
Se sentó a mi lado y, sin decirnos nada la una a la otra, simplemente esperamos.
Mientras los minutos pasaban solo podía pensar en cómo había cambiado todo en un instante. Creía que las cosas habían ido mal todo este tiempo y que no se podían poner peor, y había sido una inocente. Había estado lamentándome y compadeciéndome durante semanas, pensando que cómo había logrado salir de la ciudad, ya solo quedaba esperar a que todo se arreglara… y no era así ni mucho menos. El mundo estaba lejos de arreglarse, y los problemas no habían hecho sino empezar. Muchos habían logrado salir de Madrid, como yo, pero ninguno estaba a salvo por ello. Me di cuenta de eso en el momento en que Silvio y Félix murieron, y decidí tomar una determinación, la determinación de que mi actitud iba a cambiar por completo, de que iba a dejar de esconderme e iba a plantarle cara al nuevo mundo, al mundo de los muertos… o más bien al mundo que los muertos habían dejado tras de sí.
Cuando el soldado abrió los ojos y comenzó a gimotear casi ni me inmuté, a diferencia de Judit, que dio un salto de sorpresa a mi lado y tuvo que ahogar un grito. Aquello no representaba un misterio para mí como lo era para ella… en su cerebro, quizá igual que en el mío antes, bullirían preguntas del estilo “¿cómo es posible?”, y quizá un centenar de posibles hipótesis. En el mío solo se procesaba la información; habíamos descubierto que los muertos también se levantan aún sin ser infectados por la mordedura de otro, y mi única preocupación eran las implicaciones prácticas de aquello, cómo nos iba a afectar, y no las teóricas.
Disparé el rifle contra la frente del soldado resucitado, acabando con su existencia miserable para siempre. Habiendo averiguado eso, la siguiente prioridad era estar pendiente del regreso de Óscar, Aitor, Raquel y los demás… de lo que tardara en volver Luís dependía la vida de una miembro del grupo. Mientras les esperaba confiaba en tener un momento para tranquilizar a Clara y hablar con ella, explicarle que el mundo había cambiado y que tocaba adaptarse a él.
Judit se quedó mirando el cadáver del soldado mientras yo emprendía el camino de vuelta al campamento. Había sido una mañana de infarto, y el día sería largo todavía.
-¿Vamos a dejar su cuerpo ahí? Quiero decir, el de Félix. –Preguntó al ver cómo me marchaba.
-Luego le pediré a Agus que lo traiga, deberíamos darle un entierro digno. –Le prometí mientras pensaba en que todavía quedaba mucho por hacer.
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Re: Crónicas zombi: Orígenes

Notapor Robla » Mar, 09 Abr 2013, 17:57

¡Pero porqué me haces esto! Me has puesto cuatro seguidas, y yo sin tiempo para leer la primera, a ver si esta noche lo leo. ¡Esto es un vicio! :meparto: :meparto: :meparto:
Saludos, Robla.Imagen
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Re: Crónicas zombi: Orígenes

Notapor Nadia » Mié, 10 Abr 2013, 10:57

¡Por fin tengo un compi en este subforo! :combustion: :combustion: :combustion:

Me he leído los dos primeros y me encanta que uses la técnica de narrar desde el punto de vista diferente de cada personaje, muy original :aplauso:

En cuanto me lea los demás comento más a fondo pero muy buena pinta, muy bien narrado todo ;)
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Re: Crónicas zombi: Orígenes

Notapor Belthazor » Mié, 10 Abr 2013, 11:34

Nadia escribió:¡Por fin tengo un compi en este subforo! :combustion: :combustion: :combustion:

Me he leído los dos primeros y me encanta que uses la técnica de narrar desde el punto de vista diferente de cada personaje, muy original :aplauso:

En cuanto me lea los demás comento más a fondo pero muy buena pinta, muy bien narrado todo ;)

Muchas gracias compi, me alegra que te guste. Te prometo que a partir de mañana, que en mi tierra es fiesta, me pongo a leer el tuyo (ahora estoy de trabajo hasta el cuello :? )
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Re: Crónicas zombi: Orígenes

Notapor Belthazor » Vie, 12 Abr 2013, 12:04

CAPÍTULO 5: AITOR


-¿Ese no es Jorge? –Señaló Sebas a un hombrecillo que daba vueltas por el arcén de la carretera.
-Sí que parece él. –Le respondí casi seguro de que era él, tenía los mismos andares y la misma complexión; además, iba fumándose un puro, ¿quién fumaba puros después del fin del mundo además de Jorge?
- ¡Joder! –Exclamó sacándose el puro de la boca cuando detuvimos el coche a su lado.- Que susto me habéis dado... solo faltaba más gente nueva. ¿Y esta furgoneta?
-Es una larga historia. –Respondió Sebas.
-¿Has dicho más gente nueva? –Preguntó Luís desde la parte trasera del vehículo, donde transportábamos toda la comida y mantas que sacamos de la casa de Raquel, y donde también viajaba Raquel.
No podía ni imaginar por lo que estaba pasando la pobre después de lo que había tenido que ver en su casa. Yo sabía de algún modo que mi familia también debía estar muerta, y no era algo fácil de digerir, pero verlos muertos, convertidos en reanimados o devorados vivos… era demasiado, y no lo estaba llevando nada bien. La miré a través del espejo retrovisor de la furgoneta, ya no lloraba pero se la veía triste, más alicaída de lo que la había visto nunca; quizá fuera por eso por lo que me dijo lo que me dijo cuando estábamos a solas en su habitación…
-Sí, gente nueva, aunque ya da igual. –Respondió Jorge con una mueca.- No hay buenas noticias, mientras no estabais llegaron tres soldados que acababan de escapar de la ciudad. Luego no sé qué pasó, pero hubo un tiroteo.
-¿Un tiroteo? –Repetí sus palabras casi sin poder asimilarlas; lo último que habría esperado eran problemas en el campamento durante nuestra ausencia, se suponía que los que íbamos a buscar problemas éramos nosotros.
-No os voy a engañar, el actor mariquita ese y Félix han muerto, la chiquilla psicópata está en camino y el negro y la pelirroja están heridos. –Dijo mirando su cigarro como si hubiera algo interesante en él.- Deberíais ir ya, creo que van a necesitar al doctor.
Lo dijo con tal parsimonia que tardé un momento en entender lo que estaba diciendo. A los demás debió pasarles lo mismo porque tardaron unos segundos en reaccionar.
-¿Félix ha muerto? –Exclamó Luís mientras abría la puerta lateral de la furgoneta para salir.
-¿Toni está bien? –Preguntó Sebas apagando el motor.
-Sí y sí, pero la chica no durará mucho, he visto sus heridas. –Respondió Jorge frunciendo el ceño.- ¿No erais más al salir?
-Óscar también ha muerto. –Le expliqué yo abriendo mi puerta.
-¿Sí? Pues eso es una putada. –Dijo mientras aprovechaba para asomarse dentro; pese a la gravedad de todo lo que nos estaba diciendo se rió por lo bajo.- ¿Habéis traído una cortacésped? ¿Qué pasa, ya no os gustan los arbustos y les queréis dar una poda?
Raquel, que todavía se encontraba dentro de la furgoneta, le lanzó una mirada de desprecio que tampoco le había visto nunca justo antes de comenzar a bajar.
-Será mejor que me adelante y vea qué ha ocurrido. –Dijo el doctor echando a correr y perdiéndose de vista entre los arbustos que protegían el campamento.
-¿Qué coño ha pasado? –Preguntó Sebas mientras abría la puerta trasera del furgón para comenzar a descargar la mercancía que habíamos traído.
-Ya te lo he dicho, llegaron tres soldados salidos de vete tú a saber dónde y me pillaron por sorpresa. –Explicó Jorge con desgana.- Me preguntaron si estaba con alguien más y les conté lo del campamento, los llevé allí, pero empezaron con mal pie.
-¿Qué quiere decir eso? –Incidió Raquel.
Jorge la miró con desdén, como si ella no fuera nadie como para hacerle una pregunta a alguien como él, cosa que me cabreó bastante; pero esa era el don de Jorge en esta vida, ser capaz de hacer enfadar a cualquiera y en cualquier situación.
-Silvio se metía cocaína. –Dijo.- Se pasó de la raya, nunca mejor dicho, y sufrió una sobredosis… fue solo unos minutos después de que os fuerais. Estaba mal y los soldados le metieron un tiro, luego no sé qué pasó, creo que a la sociópata se le fue la pinza del todo y atacó a uno de ellos, y entonces se formó la carnicería.
-¿Mataron a Silvio a sangre fría? –Dijo Sebas con la boca abierta cogiendo un par de bolsas.
Yo también lo hice, y al cargar con ellas no pude evitar pensar durante un segundo en Cristian, que las había llenado de la comida de la despensa de Raquel antes de salir a buscar las llaves de la furgoneta. Yo mismo había tenido que volarle la cabeza cuando los reanimados le atraparon… no había sido algo agradable o fácil de hacer, pero vi las súplicas en su mirada cuando ya se lo estaban comiendo y no dudé. No sentía pena por ello, lo cual me inquietaba un poco, ¿me habría acostumbrado a ver morir a gente? Muchos compañeros del ejército lo habían hecho delante de mí cuando aún combatíamos a los muertos vivientes, pero nunca pensé que llegaría el día en que dejara de afectarme. Hasta las muertes de Félix y Silvio me sorprendía más que apenaban.
Cuando cargados de bolsas de comida llegamos al campamento, lo primero que pensé fue que en aquel lugar se había producido una matanza. Dos cuerpos enrollados en tela de tienda de campaña descansaban en el lugar donde al marcharnos había estado la tienda de campaña de Silvio. La sangre había salpicado por todas partes, mezclándose con la arena del suelo y formando un sangriento barro. Toni, con la pernera del pantalón rota y cubierta de sangre, estaba sentado en el suelo, junto al doctor, que atendía a Érica, la cual permanecía tirada sobre el suelo y cubierta completamente de sangre. Judit daba vueltas de un lado para otro hecha un manojo de nervios. En la hoguera, la hija de Maite entraba en calor mientras que su madre se acercó a nosotros, con el rifle de caza de Félix cargado en la espalda; tenía un corte en un costado de la chaqueta y también estaba manchada de sangre seca, así como algunas pequeñas salpicaduras restregadas en su cara… era una imagen dantesca.
-¡Dios! ¿Qué...? –Exclamó Raquel sin poder terminar la frase debido a la impresión.
-Oh, tío. –Dijo a su vez Sebas, de nuevo con la boca abierta.
-¿Habéis traído la comida? –Nos preguntó Maite con un tono que me recordó a mi difundo sargento.
-S… sí, aquí está. –Respondí levantando un poco las bolsas, pero sin dejar de mirar aquel campo de batalla.- Jorge nos ha contado… pero no sabía que…
No tuve más remedio que tragarme mis pensamientos anteriores, todavía podía sentirme mal por la muerte de una persona. Quizá fuera por la sangre, o por lo surrealista de la situación, pero lo estaba sintiendo en ese mismo momento.
-Ahora os pondré al día. –Afirmó Maite sin darle importancia.- ¿Y Óscar?
-No lo consiguió. –Contestó Sebas alicaído.- Los dos cuerpos, ¿son Félix y Silvio?
-Sí, y hay tres más, eran militares. –Cuando dijo eso me miró de una manera que no supe cómo interpretar.- Dejad la comida y lo que hayáis traído junto al fuego, sé que estaréis cansados, pero hay cosas que tenemos que hacer, y que hablar.
Como nos indicó, dejamos las bolsas junto al bidón. Allí se encontraba la hija de Maite, Clara, que pareció ser la única que mostró un poco de alegría por vernos volver.
-Hola Raquel. –La saludó con una sonrisa infantil.
-Hola. –Respondió ella escuetamente casi dejando caer las bolsas en el suelo, lo cual desanimó a la pobre niña.
-Perdona, es que estamos un poco cansados. –Me disculpé con ella mientras Raquel se dirigía hacia nuestra tienda de campaña.
-Cariño, necesito que hagas una cosa. –Le pidió Maite a su hija agachándose a su lado.- ¿Ves las bolsas? Quiero que la separes, que pongas la comida a un lado y esas mantas en otro, y que separes la comida, las latas a un lado y lo demás al otro, ¿vale?
La niña asintió, y yo me sorprendí por ver a su madre organizándolo todo. No se podía decir que Maite fuera una persona participativa, había perdido a su marido mientras huía de la ciudad y tenía a su cargo a una niña pequeña, era normal que estuviera asustada… pero de repente parecía como si se hubiera transformado.
Mientras caminaba hacia la tienda con Raquel se me ocurrió que aquello era bueno. Nuestro grupo había estado liderado principalmente por Óscar y por Félix, y los dos habían muerto… alguien tenía que coger las riendas. Yo no tenía madera de líder, no se me daba bien juzgar a las personas, y los demás… no me parecía que ninguno diera la talla.
Pasé junto a Érica que, rodeada por Luís y por Agus, que por una vez se había apartado de su coche, permanecía tumbada boca arriba sobre el suelo, luchando por seguir respirando con al menos tres disparos en el pecho.
-No ha perforado el pulmón, eso es bueno… -Decía el doctor mientras ella escupía sangre a un lado.
No quise quedarme porque, desde que hablamos en su dormitorio, necesitaba volver a hablar con Raquel en privado y aclarar algunas cosas.
Cuando entré me la encontré sentada en el suelo, con los brazos rodeándose las rodillas y la cabeza apoyada en ellas. Quise abrazarla, pero eso ya no era posible… al verme entrar levantó la cabeza y descubrí que había empezado a llorar otra vez.
-Puedes quedarte con la tienda. –Me dijo limpiándose una lágrima con el dorso de la mano.- Yo puedo utilizar la de Félix, o el saco de Óscar.
-Creo que deberíamos hablar de esto antes. –Dije sentándome a su lado.
-No quiero pasar por esto otra vez. –Exclamó negando con la cabeza.- ¿Por qué no podemos dejarlo estar sin más?
-Porque aún no sé por qué me has dejado, por eso. –Le espeté sin poder contenerme más tiempo; había guardado silencio mientras estuvimos en su casa porque no creía que fuera el momento de hablar algo así, después de pasar el mal trago que tuvo que pasar, pero ya no había excusa.
-Porque toda mi familia está muerta, por eso. –Dijo lagrimeando de nuevo.- Todos mis seres queridos han muerto… no quiero seguir teniendo seres queridos que perder, por eso no puedo seguir queriéndote. Lo siento.
-Pero… -No supe qué responder a eso, ¿qué podía argumentar ante una decisión así?- Anoche, antes de dormir, dijiste que estabas dispuesta a… que querías que tu yo…
-¡Anoche creía que hoy estaría con mi familia, Aitor! –Soltó de malos modos.- ¿Es que no lo entiendes? Todo ha cambiado, y lo siento pero no puedo seguir con esto…
No sabía qué más decir, no creía merecerme ser abandonado por una decisión en caliente después de haber sufrido un hecho traumático como el que había sufrido, pero además de darle tiempo para que se lo pensara mejor no sabía qué hacer.
-Déjame sola un momento, por favor. –Me pidió con voz llorosa, y la obedecí porque pensé que agobiarla no hacía ningún bien a mi causa.
Al salir de la tienda estaba realmente cabreado con ella, tanto era así que me estaba planteando seriamente que cuando se le pasara la rabieta y me pidiera volver, cosa que estaba seguro que haría tarde o temprano, mandarla a la mierda, para que viera lo que es sentirse abandonado como un perro por una decisión arbitraria.
Tal enfado llevaba encima que Clara me miró asustada cuando me dejé caer junto al bidón. No me importó lo que pudiera pensar esa niña, no me importaba nada en ese momento; acababan de dejarme, tenía derecho a estar molesto.
-¡A ver, venid todos aquí un momento, por favor! –Nos llamó Maite acercándose al fuego también.
Uno a uno todos se fueron acercando. Toni cojeaba y tuvo que apoyarse en Sebas, y Luís traía las manos llenas de sangre de Érica, que fue la única que, por razones obvias, no pudo acudir… ella y Raquel.
-Me han contado lo que ocurrió en la casa. –Me dijo Maite cuando me puse en pie, mirando de reojo la tienda de campaña donde se encontraba ella.- ¿Estará bien?
-Si, creo que sí… solo necesita tiempo. –Respondí algo inseguro, pero deseando que fuera cierto.
-Sea lo que sea, que sea deprisa. –Advirtió el doctor limpiándose el sudor de la frente.- La chica está bastante mal, de hecho no entiendo cómo sigue teniendo fuerzas para mantenerse consciente, solo con la sangre que ha perdido…
- Gracias. –Le interrumpió Maite al ver que a su hija se le ponía la cara cada vez más pálida.- Solo será un momento, tenemos que decidir algunas cosas. Lo primero es qué hacer con los… caídos.
-¿Los habéis registrado? –Pregunté yo.- Si eran soldados tendrían cosas útiles encima.
-Hemos cogido las armas y las mochilas, pero estaría bien que las revisaras, tú sabes mejor que nadie qué puede ser útil de todo eso. -Sugirió Maite, a lo que yo asentí.- ¿Y con los cuerpos?
-Lo más higiénico sería quemarlos. –Dijo Luís.- Sobre todo si vamos a estar por aquí todavía un tiempo.
-Deberíamos enterrar a los nuestros. –Propuso Toni.- Se merecen un final digno. A los tres soldados que les jodan, por mí los podemos tirar al cagadero y que se pudran allí.
-Una hoguera llamaría mucho la atención, ¿no? –Exclamó Sebas.- Lo último que queremos es que vengan más resucitados hasta aquí.
-Doblaremos las guardias. –Afirmó Maite.- Solo por el tiroteo ya tienen un motivo para venir. De todas formas no deberíamos quedarnos mucho más tiempo aquí. No podemos pasarnos el resto de nuestras vidas tirados a las afueras de Madrid y durmiendo en tiendas de campaña.
-¿El resto de nuestras vidas? –Repitió Judit sin comprender.
Maite señaló en dirección a la ciudad, aunque desde nuestra posición no podíamos verla por culpa de los arbustos.
-Mira a tu alrededor, ¿crees que esto se va a arreglar? Cuando la zona segura fue arrasada debimos darnos cuenta de que ya no hay vuelta atrás. Ya no hay políticos, policías, militares… ya no hay nadie luchando contra los muertos vivientes, ellos han ganado y no van a desaparecer por mucho que esperemos.
Era una verdad difícil de asimilar, pero no por ello menos cierta. No quedaba nada, la sociedad al completo había sido destruida por la invasión de los muertos, solo estábamos nosotros, luchando por seguir vivos un día más.
-Hasta los vivos se han vuelto peligrosos. –Continuó su discurso.- Lo que ha pasado aquí es la prueba de ello.
-Pero, ¿qué ha pasado aquí? –Pregunté yo, que solo conocía la historia según Jorge.
-Antes de eso hay algo que tenéis que saber y que quizá os cueste creer, pero he comprobado personalmente que es así. Resulta que no solo la gente mordida que muere resucita como muerta viviente, por lo visto todo el que muere termina levantándose. –Confesó Maite.
Aquello, además de no tener sentido, me pareció una broma de mal gusto.
-¿Cómo que “todo el que muere”? ¿Qué muere cómo? –Inquirió Jorge de malos modos.
-Yo lo he visto. –Intervino Judit mirando hacia el suelo.- Uno de los soldados muertos… no había sido mordido por nadie y se reanimó.
-A lo mejor estaba ya infectado. –Dijo Sebas.- A veces, si la herida es pequeña, los síntomas tardan…
-No, eso tiene sentido. –Le cortó Luís, que miró de reojo a la tienda de campaña donde seguía metida Raquel antes de volver a hablar.- Eso explica las muertes de la familia de Raquel.
-Cariño, ¿por qué no vas a la tienda mientras los mayores hablamos? –Le pidió Maite a su hija que, después de mirarnos a todos con algo de miedo, se marchó corriendo siguiendo las indicaciones de su madre.
-¿Qué quieres decir con la familia de Raquel? –Preguntó Toni.
-Por lo que pude averiguar, todo apunta a que su hermana pequeña se cortó las venas. –Relató el doctor.- Fue durante la noche, mientras todos dormían. Luego resucitó, atacó a su hermano y mordió a su madre. Su padre se suicidó dentro del coche y también resucitó. Es lo único que explica que todos fueran resucitados cuando llegamos… todos los que estaban en condiciones de resucitar, al menos.
El argumento era bueno, y que Judit y el doctor estuvieran de acuerdo le daba más credibilidad, pero yo seguía teniendo mis dudas… sin embargo, otros del grupo parecían convencidos.
-Joder, eso explica muchas cosas. –Soltó Toni.- Que cayera la zona segura, por ejemplo. Había miles de personas ahí dentro, si alguien murió por un accidente, o por muerte natural, se verían con el enemigo en el interior.
-Y que la infección se expandiera tan rápido una vez llegaba a algún lugar. –Añadió Sebas.- ¿Cuánta gente muere al día en una ciudad por causas naturales? Las zonas de cuarentena, los barrios limpiados y evacuados, todo eso no serviría de nada.
-Pero, ¿cómo es posible? –Pregunté yo, que me estaba perdiendo.- La gente no resucitaba antes, si no es la infección, ¿qué ha cambiado?
-Yo… no lo sé, el gobierno no nos dijo nada de esto, no creo que lo supieran. –Se excusó Judit.
-Cada vez tengo más claro lo bien invertidos que estuvieron mis impuestos. –Replicó Jorge con sarcasmo.- Y pensar que rechacé una cuenta en Suiza…
-Es posible que todos estemos infectados y que la enfermedad permanezca latente hasta el momento de la muerte. –Continuó Judit no demasiado segura.
-¿Y el mordisco? –Inquirió Toni.- Porque todos sabíamos que los mordiscos eran letales.
-El mordisco te mata debido a la fiebre, pero lo que hace que resucites es el haber muerto. –Dedujo Maite.
-Un mordisco mortal seguido de una resurrección en forma de cadáver con ansias de morder a otros vivos… parece todo muy bien preparado, ¿no? –Dejó caer Jorge.- Parece algo así como una enfermedad diseñada que se le ha ido de las manos a alguien, o terrorismo biológico.
-Es una posibilidad.- Admitió Judit.- Aunque ahora irrelevante.
-Aclarado este punto, ¿qué hacemos al final con los cuerpos? –Dijo Sebas volviendo al tema anterior.
-Enterraremos a los nuestros, los demás se quedarán donde están. –Determinó Maite.- Luego nos marcharemos de aquí, tenemos comida para aguantar unos días, los suficientes ahora que somos menos, hasta encontrar un lugar más seguro que este.
-¿Entonces nos vamos definitivamente? –Preguntó Toni.
-En cuanto podamos. –Respondió Maite.- Esta ciudad no tiene nada para nosotros ya.
-Eso puede ser complicado ahora. –Replicó el doctor.- Ya dije ayer que me parecía buena idea el marcharnos a lugares más seguros donde podamos conseguir comida más fácilmente, pero con Érica así va a resultar difícil moverla.
-Podemos vaciar la parte trasera del furgón y tumbarla allí. –Sugirió Sebas mirándonos a todos.
-No es solo eso, voy a intentar sacarle las balas, pero no nos engañemos, aunque sobreviva va a necesitar un tiempo de recuperación de meses, y necesitará calmantes, antibióticos y demás cosas que yo no tengo. –Nos explicó.- Traje el botiquín de la casa de Raquel, pero nunca pensé que se daría una situación así… cuando acabe con Érica no tendré ni hilo para suturas.
-¿Qué sugieres? –Le preguntó Maite sin rodeos.
-Una segunda incursión en la ciudad. –Respondió el doctor.- No a buscar comida, pero sí para buscar medicinas, vendas, calmantes y cualquier cosa que podamos necesitar.
-Eso suena peligroso. –Objetó Sebas.- Mira como ha acabado esta visita a Madrid, Óscar ha muerto y aquí ha habido un tiroteo.
-Es verdad. –Le apoyó Jorge.- Y seamos realistas, la chica no es probable que sobreviva de todas formas, jugarse el cuello por una moribunda no merece la pena. Aunque viva, ¿cómo va a correr si se acercan los putos muertos? A uno de mis guardaespaldas le metieron un tiro una vez y tardó medio años en recuperarse.
-¿Por qué no cierras la boca, capullo? –Le escupió Toni.- Yo también necesito algo para la pierna.
-Si nos vamos a alejar de las ciudades es algo que necesitaremos tarde o temprano. –Concluyó Luís.- No hay clínicas, hospitales o sanatorios, no podemos contar ni con que nos encontremos con más médicos. Si no tenemos algo para curarnos nuestras propias heridas…
-¿Y los botiquines de los militares? –Le preguntó Maite.
-Allí había algunas cosas útiles, pero no todas, y necesitamos más si pretendemos aguantar con ello a largo plazo. Puedo hacer una lista, deberíamos poder encontrarlo en cualquier farmacia.
-¡Eh! El hospital Ruber Internacional está aquí cerca. –Recordó Sebas entusiasmado.- Allí seguro que tenemos todo lo que podamos necesitar.
-Los hospitales fueron los primeros en caer. –Replicó Maite.- Ese lugar podría estar invadido.
-Lo está. –Dijo por sorpresa la voz de Raquel a mi espalda.
No la había visto salir de la tienda, atento como estaba a la conversación, pero su aparición solo parecía haberme sorprendido a mí. Pensaba que estaría demasiado desanimada para querer participar en esas cosas.
-Lo escuché por la radio cuando estaba en mi casa, antes de que Aitor me recogiera. –Explicó.- Le presté atención precisamente porque estaba ocurriendo cerca. Los militares sellaron esa clínica desde fuera, así que no quiero ni pensar lo que puede haber allí dentro.
-Pues menuda mierda. –Se quejó Sebas, viendo su idea frustrada.
-Érica está quejándose, creo que alguien debería echarle un vistazo. –Dijo Raquel.
-Perdonad pero debería volver con ella. –Se disculpó Luís saliendo del corrillo y volviendo con ella.
-¿Sabes de alguna farmacia cerca de aquí? –Le preguntó Maite a Raquel.
-La verdad es que no sé. –Confesó ella.- Nunca me fijé, pero cerca de un hospital tiene que haber una farmacia, ¿no?
-A ver un momento, ¿estamos hablando de dividirnos de nuevo y de volver a la ciudad? –Intervino Toni.- No digo que no sea importante, ojo, pero Óscar, Félix y Silvio están muertos, ni Érica ni yo estamos en nuestro mejor momento tampoco… ¿seguro que es sensato? Quizá haya otra forma.
-Habrá que arriesgarse, no tenemos otra opción. –Afirmó Maite.
-¡Sí que hay otra opción! –Protestó Jorge.- No gastar lo que tenemos, marcharnos ya de aquí y buscar lo que necesitemos en alguna clínica de pueblo abandonada, no en la capital de zombilandia.
-¿Y dejar morir a Érica en el proceso? –Le recriminó Maite con cara de pocos amigos.- ¿A ti qué coño te pasa? Si ella no hubiera estado ahí estaríamos todos muertos.
-No, solamente te habrían foll…
Fue tan rápido que no pude ni verlo. En un pestañeo, Maite cogió el rifle al revés y le estampó la culata en la cara a Jorge, que cayó al suelo agarrándose la cara y sangrando. Ninguno se esperaba una reacción tan agresiva por parte de ella, pero desde luego ninguno iba a salir en defensa del capullo de Jorge.
-¿Sabes qué, tío? Ya estoy harto de ti y de tu puta actitud. –Le espetó Maite dando un paso hacia él, que cobardemente se arrastró hacia atrás.- No haces más que quejarte, como si esto fuera culpa nuestra, y no te he visto mojarte ni una sola vez… hasta mi hija estuvo más cerca de los disparos que tu, y las dos veces que te quedaste vigilando o casi nos comen los muertos o casi nos aniquilan unos soldados.
Jorge no dijo nada, solo la miró con ira contenida sin apartar la mano de su nariz, que seguía sangrando.
-Enterraremos a nuestros muertos y nos curaremos las heridas, luego moveremos el campamento, mañana por la mañana un grupo irá a Madrid a por medicinas que nos diga Luís, y en cuanto las tengamos nos largaremos de aquí para siempre. –Dijo Maite volviéndose hacia nosotros, luego señaló a Jorge.- Y quienes vayan a Madrid tendrán que cargar con este tipo.
-¿Qué? –Protestó él.- ¿Estás loca? ¡No pienso entrar ahí!
-Entrarás si quieres seguir formando parte de este grupo. –Le amenazó Maite, que se podía ver fácilmente que no hablaba en broma.- Ya es hora de que empieces a colaborar un poco y dejes de vivir de la muerte de los demás.
-¿Y quién coño murió y te nombró la jefa a ti? –Bufó Jorge poniéndose en pie y sin dejarse amedrentar.
Maite tan solo señalo el lugar donde reposaban los cuerpos de Félix y Silvio antes de darse la vuelta y marcharse a su tienda de campaña.
-Me gusta. –Dijo Toni.- Al menos le echa huevos.
-Deberíamos empezar con esas tumbas antes de que se haga de noche. –Propuse antes de que el grupo se dispersara, dejando a Jorge al lado del fuego, sujetándose la nariz y con pánico en la mirada.

Los tres eran soldados rasos, morralla, carne de cañón igual que yo; los restos dispersos de un ejército sobrepasado y aniquilado por los muertos vivientes. Los cadáveres demostraban que no exageraban cuando llamaron “carnicería” a lo que allí había ocurrido allí. Uno de ellos tenía un corte que casi le había seccionado medio cuello, además de un tiro en la cabeza; el segundo había sido apuñalado repetidas veces en la cara, hasta el punto de quedar irreconocible, y había recibido un espeluznante tajo en las partes bajas que me hacía sentir nauseas; el ultimo había perdido media cabeza, probablemente de un disparo a bocajarro… cuando en la tele le disparan en la cabeza a alguien tan solo muestran un agujero del que sale sangre, pero yo ya había visto lo que hacía un disparo en la cabeza de alguien en la vida real, y no era ni mucho menos algo bonito de ver.
Los registré a fondo, miré en los bolsillos de todo el uniforme, debajo del cinturón y hasta dentro de las botas. Las botas las cogí, eran de buena calidad, como las mías, y seguramente le servirían a alguien del grupo; al escapar de la ciudad no habían tenido tiempo de elegir las prendas más adecuadas para lo que nos esperaba y agradecerían tener un calzado mejor. También encontré un paquete de cigarros a medio usar y un mechero, que guardé por si acaso. Ignoré el anillo de uno y una pequeña cruz que llevaba otro como colgante… esas cosas ya no tenían ningún valor. Sin embargo, uno conservaba todavía una de sus granadas de mano.
-¿Has encontrado algo útil? –Preguntó Maite a mi espalda.
-Esto. –Dije enseñándole la granada.
-Ah, vale… será mejor que la guardes tu, no quiero pensar en qué podría pasar si cae en manos de alguien que no sepa utilizarla. –Dijo con la cara que hubiera puesto alguien a quien se le acabara de ocurrir que la situación podría haberse complicado mucho más si en lugar de liarse a tiros hubieran utilizado aquello. -¿Algo más?
-Las botas. –Le señalé enganchando la granada en mi cinturón, donde ataño hubo una también, hasta que tuve que utilizarla para distraer a los resucitados mientras intentaba llegar a casa de Raquel.- Cigarros si alguien fuma… ¿qué coño pasó aquí?
-Ese. –Dijo señalando al de la cara destrozada.- Intentó… propasarse conmigo, Érica lo pilló y le dio un hachazo. Los demás llegaron y, como el ambiente ya estaba muy caliente porque le dispararon a Silvio, la cosa acabó en lo que ves.
-Lástima, estos tres nos habrían sido muy útiles. –Dije.- Vi a muchos compañeros caer, pero no pensé que los vería caer a manos de gente viva.
-Este mundo te cambia. –Afirmó ella, que estaba demostrando ser un ejemplo vivo de ello.- Cuando la gente está desesperada hace cosas que nunca haría. Me alegra que tú no seas como ellos, porque te necesitamos más de lo que crees.
-Bueno, gracias. –Dije un poco cohibido por el elogio.- Al menos tenemos sus armas, eso nos será de ayuda.
-Hablando de eso. –Exclamó poniéndose a mi lado y tendiéndome el rifle de Félix.- Necesito que me enseñes a utilizar esto… antes disparé una vez, pero no sé cómo se recarga.
Lo cogí y le eché un vistazo. Hasta ese momento no me había fijado en aquel rifle, puesto que Félix no había llegado a utilizarlo en ningún momento; normalmente era Óscar quien se encargaba si aparecía algún reanimado porque la ballesta era más silenciosa. Probablemente por eso le dejó el rifle a Félix.
-Es un rifle de palanca… no es lo más habitual en caza, pero no me extraña que alguien como Óscar lo utilizara. –Le expliqué.- Solo le caben cuatro balas, pero tiene una buena pegada. Se utiliza para la caza mayor, así que creo que servirá para matar reanimados.
Me pasé un buen rato explicándole cómo se disparaba y, aunque no llegué a hacerle una demostración práctica, sí que mostró mucho interés. Cuando mi hermano, que era diez años mayor que yo y también se alistó en el ejército, me enseñó a disparar aprendí mucho sobre armas, y resultaba satisfactorio que alguien quisiera ahora aprender de mí. Me di cuenta de que, además de Sebas, que era guardia de seguridad y como mucho sabría algo de pistolas, nadie más en el grupo sabía de armas y, por tanto, los tres fusiles de asalto a lo mejor eran menos útiles de lo que me imaginaba.
“Tengo que enseñarles a utilizarlos” me propuse pensando que aquello nos ayudaría a la larga; le había dado algunas nociones básicas a Raquel, pero los demás no podían permanecer indefensos toda la vida, sobre todo porque por culpa de eso sus vidas podían ser muy cortas.
-Siento lo de la familia de Raquel. –Me dijo por sorpresa mientras le enseñaba la forma correcta de coger el rifle.- Supongo que no se lo habrá tomado demasiado bien, ¿cómo está?
-Raquel y yo hemos roto. –Le dije intentando no parecer afectado; no era lo mismo saberlo que decirlo en voz alta.- No sé cómo está porque no quiere hablar conmigo.
-Oh, vaya, lo siento. –Dijo inmediatamente.- ¿Puedo preguntar qué ha pasado?
-Después de lo que pasó en su casa… básicamente dice que no quiere seguir queriéndome por si yo también muero. –Le resumí con tristeza.
-Es una reacción natural, me parece, pero no durará. –Afirmó ella tan segura que tuve que seguir escuchándola; si había alguna esperanza quería saber cual era.- Después de perder a su gente, y con la inseguridad en la que vivimos todos… mi mayor temor ahora mismo es que le pase algo a Clara, y es un temor constante y opresivo que llega a sacarme de quicio. Si te ha dejado es porque si te quiere y, si te pasara algo, no podría soportarlo después de lo que ha sufrido ya.
-Me deja porque me quiere, fantástico. –Dije con un gruñido de fastidio.- Creo que ya le has pillado el tranquillo a eso, solo te queda practicar puntería, o sea, el noventa por ciento.
Debió percibir que prefería no hablar más del tema y no insistió, cosa que le agradecí. Con el arma de nuevo a la espalda y cargando las botas de los soldados muertos volvimos con los demás.
-Hay otra cosa que te quería decir, y es que te necesito de mi lado. –Dijo de repente a mitad de camino.- Sin Óscar y sin Félix estamos más perdidos que nunca, y eso no es bueno, hace falta alguien que tome las decisiones, alguien a quien respetar.
-¿Quieres que sea tu brazo armado? –Le pregunté irónicamente.
-Pues algo así. A menos que quieras coger el mando tú mismo. –Admitió sin rubor.
La mera idea de hacerme responsable de decisiones que podían costarles la vida a los demás me hacía sentir mareos.
-Creo que no me veo. –Respondí.
-¿Y ves a alguien más? –Inquirió ella.
Tuve que pensármelo un momento. ¿Quién más podía dirigirnos? Sebas había demostrado tenerlos bien puestos en el viaje a la ciudad, pero las situaciones difíciles le podían, y la seguridad no era su fuerte; Judit, Raquel, Luís o Agus no tenían madera de líderes; Toni estaba herido, y nadie aceptaría una orden de Érica o de Jorge. Tampoco habría dicho que Maite era la más adecuada hasta el día anterior, pero viendo como había cogido el toro por los cuernos en las últimas horas parecía la candidata más viable.
-No, la verdad es que no. –Confesé.- Creo que todo esto es mi puta culpa. Ir a la casa de Raquel fue una idea estúpida. En cualquier supermercado habríamos encontrado más comida, ella no habría tenido que ver lo que ha pasado con su familia, no habríamos perdido a Óscar ni a Félix y habríamos estado aquí a tiempo para evitar que estos hijos de puta hicieran una matanza.
-No seas tan duro contigo mismo. –Me disculpó ella sin darle importancia a mis palabras, que me habían salido del corazón.- No podías saber cómo iba a salir esto... era imposible que supieras que iban a llegar tres militares asesinos justamente hoy. No puedes hundirte en la culpa, ahora te necesitamos más que nunca.
-¡Eh eh! Espero que sepas lo que haces. –Se escuchó la voz de Toni al otro lado de los arbustos.- ¿En los cursos para ser segurata te enseñaron a...? ¡Me cago en tu puta madre!
Con unas pinzas, Sebas estaba intentando extraer la bala que Toni tenia incrustada en la pierna. Con el doctor ocupado con Érica apenas había tenido tiempo de echarle un vistazo a él.
-¡Dios para! ¡Casi prefiero quedarme con la bala! –Se quejó.
-Ya casi la tengo, deja de quejarte. –Le decía Sebas sin hacer caso a sus protestas.
-¿Qué posibilidades crees que tiene Érica? –Le pregunté a Maite sin tapujos.
-No sabría decirte, tres disparos son muchos, pero de momento aguanta. –Respondió ella encogiéndose de hombros.- Recemos porque siga adelante, siento que me repito al decir esto, pero ya hemos tenido demasiadas muertes.

Frente a tres túmulos de tierra nos juntamos todo el grupo para despedir a nuestros compañeros caídos. Toni se apoyaba en una muleta improvisada hecha con unas ramas; Judit y Jorge permanecían en un discreto segundo plano, la primera bastante triste y el segundo luchando por mantener su bocaza cerrada por un rato al menos. Maite y su hija Clara, Raquel, Sebas y Agus miraban las improvisadas tumbas con cara de circunstancias mientras que Luís, aunque había logrado estabilizar a Érica, todavía estaba liado sacando las balas de su cuerpo, y por supuesto ella no estaba en condiciones de estar presente.
A varios metros de distancia, los cadáveres de los culpables de ese funeral fueron tirados de cualquier manera en la letrina. Nadie tenía la moral necesaria para cavarles tumbas nuevas, y quemarlos habría gastado una leña que no teníamos.
-Menuda mierda todo. –Dijo Sebas expresando lo que todos sentíamos… cavar las tumbas y meter los cuerpos había resultado ser una experiencia dura de llevar a cabo, era como revivir la pesadilla de la gente muriendo en las calles a manos de los reanimados cuando ya creíamos habernos librado de eso.
Se adelantó y dejó la ballesta en el túmulo que le habíamos dedicado a Óscar. Por supuesto su cadáver no estaba allí, en esos momentos debía ser un esqueleto carbonizado dentro de un furgón también carbonizado, pero con la tierra que sobró y la mayor parte del fertilizante que había en la furgoneta que habíamos traído pudimos hacer un tercer montículo en su honor.
-Ellos no habrían querido que estuviéramos tristes. –Dije por decir algo, porque estar allí todos callados se me hacía incómodo.
-Los conocíamos hace una semana. –Exclamó Jorge, que llevaba demasiado tiempo callado.- Creo que les importaría una mierda como nos sintamos.
-Les debemos mucho, ellos nos mantuvieron a salvo estos días. –Dijo Maite con solemnidad plantada frente a la tumba de Félix.- Ahora nos toca seguir su ejemplo y empezar a valernos por nosotros mismos.
-No entiendo que queráis volver a la ciudad. –Dijo Raquel sin apartar la vista de las tumbas.- Después de lo que ha pasado... de todos a los que hemos perdido, con los heridos...
-Solo es cuestión de organizarse mejor. –Intervine en mi nuevo papel de mano derecha.- Además ahora tenemos los fusiles y cargadores de esos tres capullos, podemos defender el fuerte en condiciones.
-Sigue siendo muy arriesgado. –Objetó irritantemente... o quizá solo me lo parecía a mí.
-Sí, pero hay que hacerlo. –Replicó Maite.- Lo que consigamos nos vendrá bien para mover el campamento de una vez, aquí ya no podemos seguir, estamos demasiado cerca de los muertos.
-Mira, yo creo que entre Maite, Sebas, Agus y yo podemos defender el fuerte en condiciones. –Propuso Toni.- Ya no vamos a fiarnos de nadie, y tenemos al doctor también.
-Yo sé manejar un arma. –Dijo Raquel muy dispuesta a colaborar.- También puedo ayudar.
“Yo sé manejar un arma” repetí en tono burlón para mí mismo; si sabía manejar un arma era porque yo había sido su profesor… y eso de que sabía manejarla era cuestionable, las lecciones que le había dado eran más o menos las mismas que había recibido Maite.
Sin embargo, aunque tampoco él parecía muy convencido, Toni asintió ante sus palabras y las utilizó para reforzar su argumento.
-Yo voy a la ciudad. –Dijo de repente Agus, haciendo que todas las miradas se centraran en él.
-¿Por qué? –Le preguntó Maite incisiva.
-Necesitáis cosas de una farmacia, yo sé donde hay una cerca de aquí.
Creo que no que equivocaba al pensar que todos nos quedamos sin saber qué decir en ese momento. De acuerdo que su traumas le habían hecho una persona reservada y poco participativa, pero sabiendo que llevábamos toda la tarde hablando del tema ya podría haberlo mencionado antes.
-Eh, bien… perfecto entonces. Entre Jorge, Agus y yo podemos encargarnos. –Dije para romper el silencio.
El poco tiempo que tardamos en recoger las cosas nos hizo darnos cuenta de las pocas cosas que teníamos en realidad. Además de la tienda de campaña y el equipo de la mochila, realmente no tenía nada más.
-Lo que no se es a dónde vamos a ir al volver de la farmacia. –Comentaba Sebas mientras él y Toni cargaban sus cosas en el maletero del coche de Agus.- ¿Dónde vamos a estar mejor? Si, las ciudades son peligrosas, pero hay comida y eso.
-Mejor que os deis prisa con eso. –Dijo Agus, que había vuelto a subirse a su coche; como todas sus pertenecías estaban allí dentro no tenía que recoger nada.
-Vamos todo lo deprisa que podemos. –Replicó Toni molesto mientras cojeaba.
-Pues mejor que seáis más rápidos. -Repitió.- Creo que una horda se acerca hacia aquí.
Entre Maite, Judit y Luís habían improvisado una especie de camilla utilizando el saco de dormir de Óscar con la que habían transportado a la pobre Érica hasta la furgoneta. Una vez allí la habían acomodado en la parte trasera y el doctor se había quedado con ella, pero Maite, en cuanto escuchó las palabras de Agus, corrió hasta el coche y se subió sobre él para verificar sus palabras.
Al subir, hizo un gesto de dolor y se llevó la mano a un costado.
-Estoy bien. –Dijo sin darle importancia cuando Agus la miró con preocupación.- ¿Dónde está esa horda?
Al final me subí yo también al coche para mirar donde señalaba Agus, y pude ver como a lo lejos, saliendo de Madrid, un montón de puntos negros avanzaban en nuestra dirección con paso lento y errático. Debían ser más de veinte, y su número no hacía sino aumentar conforme más de ellos iban saliendo desde las calles que los edificios cubrían.
-No importa, cuando lleguen aquí ya no estaremos. ¡Cargad las cosas deprisa! ¡Nos vamos en dos minutos! –Ordenó Maite bajando al suelo de nuevo, donde volvió a agarrarse el costado y, cuando separó la mano, vi que tenía una mancha de sangre.
-¿Estás bien? –Le pregunté aprovechando que nadie nos miraba, ya que estaban muy ocupados terminando de desmantelar el campamento antes de que la horda se nos echara encima.- Eso es sangre.
-No es nada, una rozadura, pero al subir la herida se ha abierto. –Me explicó sin darle importancia.- Asegúrate de que todos se dan prisa, tenemos que largarnos antes de que ese grupo pueda perseguir a los vehículos.
Asentí y me dirigí al bidón, donde todavía quedaban un par de bolsas de comida por cargar. Raquel estaba allí, aprovechando los últimos rescoldos del fuego.
-Hola. –La saludé sin siquiera mirarla al pasar a su lado.
-Hola. ¿Ya tienes todas tus cosas? –Me preguntó.
-Sí, las he puesto en el coche de Agus. –Respondí agachándome a recoger las bolsas… solamente había una.
-Yo voy en la furgoneta con los demás, supongo que es lo mejor.
-Ya, oye, ¿alguien ha cargado la otra bolsa? –Le pregunté mirando el interior de la que quedaba, por si alguien había decidido juntar sus contenidos.
-No lo sé, yo acabo de llegar. –Contestó ella preocupada.- ¿Falta una? La habrá puesto Maite en la furgoneta.
-¿Alguien ha cargado ya la bolsa que falta aquí? –Pregunté en voz alta para que todos pudieran oírme.
Todos me miraron, pero nadie respondió.
-Aquí hay dos. –Dijo Maite acercándose desde la furgoneta.- Las otras dos tenían que ir en el coche. ¿Has mirado ahí?
-Venía precisamente a cargarlas. –Repliqué mostrándole la única que quedaba.
-Aquí no están. –Nos dijo Sebas mirando en el maletero.
Maite miró a su alrededor, y casi puede ver como la sospecha se iba formando en sus ojos.
-¿Dónde está Jorge? –Preguntó al final.
Como nadie pudo responderle, dio un gruñido y se descolgó el rifle de la espalda.
-¿Cuándo le visteis por última vez? –Volvió a preguntar, y de nuevo nadie supo responder, lo cual solo sirvió para cabrear más a Maite.- Hijo de puta…
-Espera, ¿A dónde vas? –Le dije agarrándola de un brazo cuando parecía dispuesta a marcharse a toda prisa.
-A buscar a ese cobarde ladrón. –Bramó enfadada.- Sabía que le íbamos a hacer ir a Madrid y se ha largado con una cuarta parte de nuestra comida. ¡Cuando lo coja se va a enterar!
-No tenemos tiempo para buscarle, la horda se acerca. –Le recordé.- Puede estar en cualquier parte, hace un buen rato que nadie le ve.
-Debió escaquearse después del funeral. –Dedujo Judit.- Cuando todos estábamos ocupados.
-Que le jodan, tenemos que irnos de aquí si se acercan resucitados. –Apremió Toni.- Aún tenemos mucha comida y ahora él está solo, no durará.
Maite apretó los nudillos contra el rifle y se quedó mirando al horizonte con cara de cabreo durante por lo menos diez segundos.
-Muy bien, nos vamos. –Cedió finalmente, aunque a desgana.- Pero será mejor, por su propio bien, que no nos lo volvamos a cruzar.
Un par de minutos más tarde, por los retrovisores del coche de Agus podía ver las solitarias tumbas de nuestros compañeros caídos hacerse más y más pequeñas hasta desaparecer de nuestra vista, probablemente para siempre. La horda de reanimados seguía demasiado lejos para poder seguirnos, pero tampoco nosotros fuimos muy lejos; solo unos kilómetros más adelante la carretera estaba completamente bloqueada por una buena cantidad de coches abandonados en mitad de la vía. Cogimos una salida secundaria que transcurría por un camino de tierra, pero no llevábamos ni dos minutos en ella cuando el furgón, que abría la marcha, se detuvo.
-Hay demasiados baches, Érica apenas los aguanta. –Nos explicó Maite cuando nos bajamos de los coches.- Luís dice que no es bueno para los puntos.
-¿Y qué vamos a hacer? –Preguntó Sebas nervioso.- Esa horda podría estar pisándonos los talones.
-No creo que ni siquiera llegaran a vernos. –Le tranquilicé.- Estábamos muy lejos.
-No era lo que había pensado, pero podemos acampar aquí mismo. –Propuso Maite.- Sin hogueras, con vigilancia doble… solo será una noche. Mañana por la mañana nos acercaremos todos a la ciudad y esperaremos a que saqueéis la farmacia. Luego nos iremos de Madrid para siempre.
-Solo espero que nadie se nos haya adelantado en el saqueo. –Murmuré mientras veía el sol poniéndose en el horizonte sobre un montón de coches abandonados.
“Por lo menos no vamos a tener problemas de combustible” pensé al imaginarme que los depósitos de aquellos vehículos todavía estarían llenos.
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Belthazor
 
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Re: Crónicas zombi: Orígenes

Notapor Belthazor » Vie, 19 Abr 2013, 01:01

CAPÍTULO 6: “CHARLI”


-¡Dios! ¡Dios! ¡Joder! –Pese a que estaba solo en el coche no pude evitar blasfemar en voz alta… ¿es que la pesadilla no se iba a acabar nunca?
Di un giro al volante para esquivar otro de esos putrefactos seres andantes, pero el coche derrapó y acabé lanzándole por los aires y dispersando sus trozos por todas partes. El muy hijo de puta había reventado como una piñata dejándome la parte delantera del vehículo bañada en sangre y vísceras, pero frente a mí aun tenía a tres más, que estiraban las manos como idiotas hacia el coche intentando atraparme. ¿Es que no se cansaban nunca?
Bajé la ventanilla del coche y, hasta los cojones de aquello, saqué la pistola y disparé contra uno de ellos, un tipo gordo y peludo que andaba por ahí en camiseta y babeando sangre.
-¡Que te jodan! –Le grité cuando la bala le atravesó el corazón.
“En la cabeza, en la cabeza” me recordé con fastidio dejando caer el cargador, ya vacío, y cargando el arma con uno nuevo.
Con el segundo disparo le volé la tapa de los sesos y el muerto cayó al suelo rebotando contra el asfalto como la bola de carne que era… sin embargo, todavía había dos cabrones acercándose, y a ese ritmo iba a quedarme sin munición antes de salir de la ciudad.
-¡Que os den! –Farfullé apretando el acelerador y girando el volante rápidamente para dar la vuelta al coche.
Con tanto desvío para esquivar a los muertos vivientes ya no sabía ni donde coño me encontraba, y mucho menos si estaba cerca de salir de Madrid. Mi mayor temor era estar dirigiéndome de nuevo al centro, lo cual sería realmente malo, porque ese lugar era una zona muerta, completamente tomada por ellos, y vedada para los que aún respirábamos.
-¡Mierda! –No lo vi hasta el último momento, cuando ya lo tenía encima; medio torso se movía ayudándose de las manos por la carretera, con las tripas arrastrando por la calzada, y no pude esquivarlo a tiempo.
El muy idiota hasta logró alargar una mano hacia mí antes de que me lo llevara por delante, pringando aun más la parte delantera del coche de zumo de muerto. Con ese montón de carne y huesos enredado entre las ruedas no pude evitar perder el control del coche, que terminó chocando contra la esquina de una calle.
El airbag saltó, aturdiéndome durante unos segundos, durante los cuales perdí la noción del tiempo. En cuanto me recuperé volví a blasfemar en voz alta y arranqué el airbag de un tirón; luego intenté poner en marcha el coche, pero no respondía.
“¿Cómo coño va a responder si medio motor está incrustado en la pared?” pensé al ver con más detenimiento en qué estado había quedado el vehículo tras la colisión.
El sonido de unas manos restregándose contra el cristal trasero me obligó a reaccionar deprisa. Abrí la puerta de una patada y salí de él con la pistola por delante. Junto a la ventanilla había una mujer de piel grisácea y pelo castaño y sucio dando golpes al cristal que, en cuanto me vio, giró su fea cara en mi dirección y comenzó a gruñir.
-¡No toques mi coche, zorra! –Dije antes de volarle la cabeza de un disparo.
Mientras aquella puta desparramaba sus sesos contra la ventanilla, cuatro figuras tambaleantes más se acercaban entre la oscuridad de la noche hacia mi… ¿es que esos cabrones eran infinitos? Cada vez que mataba uno salían dos más, como las cabezas de una hidra.
Pensé en perder unos segundos en abrir el maletero y sacar la mercancía para llevarla conmigo, pero luego pensé que no haría falta, los putos muertos no iban a robarme, y en esa ciudad tampoco quedaba nadie vivo que pudiera hacerlo en su lugar. Encontraría un lugar donde esconderme de los muertos durante la noche y por la mañana, cuando tuviera mejor visibilidad y se hubieran dispersado, seguiría mi camino. No es que me hiciera mucha gracia pasar otra noche en Madrid, pero tampoco tenía más opciones en ese momento.
Sin perder un segundo más empecé a correr, alejándome del coche y de los muertos vivientes que me perseguían. Había visto al fondo de la calle una valla que podía saltar para darles esquinazo.
Aunque me había prometido no disparar más, ya que el ruido de las balas atraía la atención de esos seres del mismo modo que lo hacía cuando estaban vivos, no tuve más remedio que hacerlo para terminar de cargarme a un hijo de puta que apareció de repente entre dos coches aparcados, arrastrándose y gruñendo como un borracho que se ha pasado de copas. Sin quererlo, ese disparo atrajo a todos los muertos vivientes de la calle, de modo que tuve que correr a toda prisa y lanzarme contra la valla, pistola en mano, y comenzar a trepar.
-¡Hijos de puta! –Dije con un gruñido tras resbalarme después de apoyar el pie en uno de los huecos, que por algún motivo estaba húmedo.
Cuando alcancé la cima de aquél cercado me sentí a salvo, estaba al menos una cabeza por encima de las cabezas de los muertos, que comenzaron a llegar uno a uno hasta el pie de la valla. Miré al interior y vi que me estaba metiendo en el patio de un edificio de tres plantas cuya silueta podía intuir a por lo menos cincuenta metros de donde me encontraba… en una noche cerrada, sin farolas ni luces artificiales, la oscuridad era tan profunda que solo podía ver lo que tenía delante de mis narices.
Como aquel patio estaba libre de muertos vivientes me dispuse a bajar y ver si encontraba algún lugar seguro donde pasar la noche allí dentro, pero al ir a apoyar el pie en el otro lado, la humedad de la valla volvió a hacerme resbalar y, por no caer sobre el grupillo de muertos que se estaba congregando en el lado de fuera, me fui de cabeza contra el suelo del interior.
La vista se me nubló en cuanto recibí el doloroso impacto en la nuca y sentí como mi consciencia se desvanecía mientras los muertos vivientes se agachaban en el suelo y metían sus putrefactas manos entre la valla para intentar alcanzarme.
“Que os jodan” fue lo último que pensé antes de que todo se volviera oscuridad.

No era una buena persona, no fui una buena persona tampoco… la verdad es que no recordaba haber sido buena persona en ningún momento de mi vida. De hecho, se podía decir sin riesgo de equivocarse que era un cabrón. Me había comportado como un cabrón con mis padres, con mi hermana, con mis novias, con mi ex mujer… había hecho daño a mucha gente, a los que vendía drogas, a los que me cargaba para que no vendieran sus drogas, a la gente que había robado, al idiota que di pasaporte en la cárcel y a muchos otros. ¿Más recientemente? Me había dedicado a saquear las casas de la gente que era evacuada por los militares.
La idea fue del Ruso, que era el doble de cabrón que yo. Cuando los militares iban a un barrio y sacaban a la gente de sus casas antes tenían que cargarse a todos los muertos que había por las calles, lo que significaba que, una vez se habían marchado, las calles quedaban relativamente limpias y las casas con todas las posesiones valiosas de esa gente en bandeja de plata para que el Ruso, el Chino, Rodra y yo pudiéramos saquearlas a gusto. Habíamos calculado que teníamos aproximadamente unas ocho horas antes de que los muertos volvieran a infectarlo todo, y en ese tiempo habíamos amasado una fortuna. Tanto era así que tuvimos que buscar otro escondite cuando el nuestro estuvo lleno de los objetos que la gente decente había adquirido trabajando para poder comprarlos.
Así que sí, era un cabrón, robaba las posesiones más valiosas de la gente aprovechándome de la situación. ¿Por qué era así? Porque en el universo no había justicia, únicamente por eso. La prueba era que, mientras todas esas buenas personas se habían convertido en horrendos muertos vivientes, yo seguía vivito y coleando. Mi último golpe había sido fugarme con el dinero que habíamos almacenado de nuestros saqueos, dejando a los demás con un palmo de narices mientras yo huía con una fortuna en el maletero del coche.
En realidad Rodra ya nos había dejado antes de eso; mientras nos estábamos planteando si robar un banco sería sensato, sabiendo que ya no había policía que los protegiera, decidió marcharse con su familia a la zona segura… peor para él, aunque si se hubiera quedado habría acabado como el Ruso y el Chino. Ese mismo día, después de pasar dos semanas encerrados, decidieron acercarse al banco más cercano a echar un vistazo, asegurarse de que era seguro intentar robarlo, y aprovechando su ausencia me agencié el único coche que teníamos y todo el dinero.
Cuando el mundo se recuperara iba a ser un cabrón rico, y una prueba más de que en el mundo no había justicia.

Durante un par de segundos no sabía dónde me encontraba. Una molesta luz me golpeó en los ojos mientras un terrible dolor de cabeza, concentrado en el lugar donde me golpeé al caer de la valla, comenzó a hacerme recordar todo lo sucedido. Estaba en una especie de pequeño despacho, tirado en el suelo entre una mesa con un ordenador viejo y un archivador. Por la única ventana de aquel lugar entraba un radiante sol que indicaba que ya había amanecido... tenía que haber pasado toda la noche allí dentro.
Lo primero que hice fue preguntarme donde estaba mi pistola. Recordaba haberla llevado en las manos al trepar la valla, pero no sabía qué había sido de ella después del golpe.
-¡Puta mierda! –Murmuré al no encontrarme el arma encima.
Me llevé una mano a la cabeza para palparme el lugar del golpe, y descubrí que alguien me había colocado una venda alrededor de la cabeza. Preguntándome donde me encontraba, me puse en pie con dificultad y me fijé con atención en todo lo que me rodeaba, intentando encontrar alguna respuesta a mi pregunta con ello. El despacho estaba bastante ordenado, pero sobre la mesa no había nada interesante, salvo material de escritura y una placa donde ponía "Señor director". El archivador estaba cerrado con llave.
Antes de aventurarme al otro lado de la puerta se me ocurrió mirar a través de la ventana, que tampoco era un lugar propicio por el que salir de allí, ya que estaba protegida por unas rejas que impedían el paso. Al otro lado había un pequeño patio pedregoso con algunas plantas, y unos metros detrás una verja parecida, probablemente la misma, a por la que trepé la noche pasada... y tras ella una docena de muertos vivientes golpeándola intentando atravesarla, pero sin conseguirlo.
De repente, detrás de mí, la puerta se abrió, y por ella entró una mujer alta, de veintipocos años y morena. Tenía mi pistola en las manos y me estaba apuntado con ella, pero el seguro seguía puesto, así que deduje que era la primera vez que tenía una de esas entre las manos.
-¿Quién eres tú? ¿A qué has venido aquí? –Me preguntó intentando parecer dura, pero no se me escapó que en realidad estaba asustada.
Decidí que era mejor tratar con ella por las buenas, a fin de cuentas aún no sabía si estaba sola o había alguien más con ella que sí pudiera resultar un problema.
-Tranquila, me llamo “Charli”. Llegué aquí huyendo de los muertos… por cierto ¿Dónde estoy?
- Estás en el colegio Virgen de Mirasierra. –Me respondió mirándome suspicaz y sin bajar el arma.- Te vi... o más bien te oí llegar anoche, te diste un buen golpe. No parece grave pero yo que tu no haría movimientos bruscos, las heridas en la cabeza son peligrosas. ¿De dónde vienes? No llevabas ni comida ni agua encima, solo esta pistola.
-Tuve que dejar mis cosas para escapar de los muertos vivientes. ¿Por qué no bajas esa pistola y me dices quien eres tú? Al fin y al cabo los vivos estamos en el mismo bando...- Le dije sonriendo y en un tono amable.
Tras pensarlo unos instantes, mientras me observaba como evaluando el peligro que podría llegar a ser, bajó un poco el arma.
-Sí, supongo que si... Me llamo Irene, soy profesora de educación infantil en este colegio. No tengo noticias del exterior desde hace días. ¿Qué está haciendo el gobierno para solucionar esto?
-No lo sé, ni siquiera sé si sigue habiendo un gobierno. –Respondí con completa sinceridad.- ¿Estás sola aquí?
-Bueno, no, no del todo. -Contestó ella apartando el arma del todo.
En ese momento entró por la puerta una pequeña niña que no debía tener más de cinco o seis años, vestida con un babi de guardería color azul claro.
-Señorita, quiero desayunar... –Le dijo a Irene.
Al darse cuenta de que estaba allí, se agarró a los pantalones de su profesora y me miró un poco asustada.
-Está bien cariño, ahora voy, ve con los demás. –Le respondió Irene acariciándole la cabeza.
La niña salió corriendo del despacho mientras yo todavía mirada anonadado lo que acababa de ver, y de escuchar… ¿había críos en ese colegio?
-Hay cuatro más. –Confesó Irene un poco alicaída anticipándose a mi siguiente pregunta.- Sus padres… nunca volvieron a recogerlos cuando cerraron las escuelas y, no sé, ¿qué podía hacer? No podía dejarlos solos, ¿no?
-Supongo que no. –Dije por mera cortesía… si de mi hubiera dependido les habrían dado mucho por culo, pero yo tampoco era un modelo de conducta precisamente.- ¿Por qué no los sacó de aquí la policía, el ejército o quien fuera?
-Lo intenté, pero todo se desmadró muy rápido. –Me explicó alicaída.- No vino nadie, nos quedamos aquí sobreviviendo de la comida del comedor, y así hasta hoy… ¿de verdad que no sabes nada de lo que ocurre fuera?
-Sé que cada vez hay más muertos. –Respondí.- No sé si el ejército está haciendo algo, pero si es así no están ni remotamente cerca de este lugar.
-En el comedor todavía tenemos un poco de comida, pero la mayoría se está pudriendo porque no hay refrigeración. –Dijo.- Seguimos sin electricidad y sin teléfono, así que hasta que el gobierno no restablezca las comunicaciones no podemos hablar con nadie. Escribí un mensaje de ayuda en el tejado por si pasa algún helicóptero del ejército, para que sepa que hay gente viva aquí, pero hace mucho que no pasa nadie. Yo creo que podemos aguantar todavía una semana aquí por nuestros medios.
- Pues tendrás que ir pensando otras opciones... sea lo que sea lo que pasa ahí fuera, no creo que se solucione en una semana. –Le dije rascándome la cabeza en el lugar donde me había golpeado. - ¿Conoces la zona? ¿Sabes lo que tenemos alrededor?
-Llevo trabajando aquí tres años, conozco bien la zona, si. -Respondió ella un poco a la defensiva.- Yo creo que racionando la comida un poco más se puede aguantar hasta dos semanas... por aquí son todo casas residenciales, no hay otro lugar del que coger comida y agua. Puedes echar tu mismo un vistazo si quieres desde el tejado del colegio, yo ahora tengo que dar de desayunar a los niños... No hay agua corriente pero si tienes sed...
Dejó un botellín de agua mineral sobre la mesa antes de salir del despacho.
Sonreí al mirar el botellín medio vacío… ¿la pobre se había pensado que tenía previsto ayudarles? Si le había preguntado qué había alrededor del colegio era para no seguir moviéndome a ciegas, la noche anterior había descubierto que aquello era una pésima idea.
Después de beberme el contenido de la botella de agua decidí hacer caso a su consejo y salí del despacho para buscar las escaleras que llevaban hasta el tejado. Por el camino me di cuenta de que ese no era un colegio normal y corriente, debía ser un colegio de esos de pago, donde los ricos y pijos llevan a sus hijos tan ricos y pijos como ellos, donde seguramente les darían educación bilingüe y demás chorradas.
El colegio se componía de tres pisos, en el piso inferior parecían encontrarse las clases de los niños más pequeños, a juzgar por los pequeños pupitres y los colorines en las paredes. Las clases situadas al lado derecho del pasillo tenían ventanas que daban al patio, desde donde se podía ver al grupo de muertos aún luchando por entrar. Las clases estaban como si nadie se hubiera molestado en recogerlas... los últimos lápices, juguetes y material escolar que usaron están por ahí desperdigados sin orden alguno. Las clases situados al lado izquierdo del pasillo tenían ventanas más pequeñas que daban al otro lado del patio; desde allí no se podía ver a los muertos porque se encontraba el otro edificio que componía el colegio bloqueando la vista. Las clases de ese lado tenían más o menos el mismo aspecto, pero en una de ellas había varias colchonetas en el suelo y un montón de abrigos en un rincón. Supuse que debía ser la clase que utilizaban para dormir. A diferencia de las demás, esa tenía pinta de estar siendo usada constantemente, ya que estaba llena de dibujos, que debía ser en lo que se entretenían los niños, ya que estando veinticuatro horas recluidos dentro del colegio tiene que ser aburrido. El contenido de los dibujos debía ser digno de un psicólogo infantil... aunque tal y como estaban las cosas, dibujar gente muerta era plasmar la realidad con bastante acierto.
En el segundo piso se encontraban las aulas de los niños un poco más mayores, que utilizaban pupitres más grandes y estaban más ordenadas. No parecía que nadie las hubiera utilizado para nada en varios días. Además de tizas, borradores, un diagrama del sistema solar, un poster con las aves autóctonas de la zona, varias banderas de los países de la unión europea y todos los pupitres y sillas que pudiera querer, no había nada de interés en ellas para mí, de modo que seguí subiendo.
La mayoría de las aulas de la tercera planta estaban cerradas, y como tampoco tenían el más mínimo interés, simplemente pasé de largo, buscando la forma de subir al tejado.
Aquel lugar era enorme pero, tras pasar unos minutos perdido, acabé saliendo a una especie de terraza tan amplia como todo el edificio del colegio. En el suelo había, dibujado con enormes letras de pintura roja sobre las baldosas amarillentas, el mensaje que Irene había mencionado antes. Cualquiera que pasara volando por encima de aquel lugar podría leer “Vivos dentro” sin ninguna dificultad.
Desde ese tejado no se podían ver más que las casas que rodeaban el colegio, lo cual me supuso un fastidio. Esperaba estar lo bastante cerca del exterior de la ciudad como para que se pudiera ver desde allí, pero no era así, y eso solo significaba que aún tendría que recorrer un largo trayecto hasta escapar de esa ciudad infernal. Lo que sí puede localizar fue mi coche, estrellado contra una esquina a pocos metros de allí; si el mundo todavía funcionara con normalidad habría formado un gran atasco, ya que tan y como había quedado bloqueaba por completo la carretera.
La parte positiva era que solo tenía que volver a saltar la valla y sacar el dinero del maletero, abrir otro coche y buscar la salida de Madrid si quería marcharme. La parte negativa era que los muertos vivientes habían tomado las verjas del colegio. Y lo peor es que cada vez eran más... por lo visto, los que simplemente pasan por allí, al ver a los demás intentar atravesar la verja, se unieron a ellos pensando que hay algo que comer dentro, no sin razón. Sin embargo, las verjas eran fuertes, no cederían por el peso, y su incapacidad de trepar hacía que dentro estuviera a salvo por el momento, aunque atrapado con un montón de críos de mierda.
Mientras bajaba de nuevo hacia el despacho, escuché el ruido de los criajos dando berridos, de modo que supuse que encontraría a Irene allí. No me equivocaba, estaba sentada en una mesa del comedor, comiendo cereales en unos tazones. Mientras los cinco niños, dos de los cuales eran niñas se peleaban y jugaban entre ellos, Irene miraba al vacío con una radio al lado.
-¿Y eso? –Le pregunté al llegar a su lado, sacándola de su ensoñación.
-¿La radio? –Preguntó dirigiendo su mirada hacia ella.- El director tenía una en su despacho, pero hace días que no se recibe ninguna emisora. La tengo aquí por si acaso dicen algo, pero aparte de algún mensaje de emergencia pregrabado nadie está emitiendo.
Era tan triste verla aferrarse a la remota posibilidad de un rescate que hasta estaba comenzando a darme pena… y eso me cabreaba.
-¿Has echado un vistazo ahí fuera? ¿Quién coño crees que va a venir a rescataros? No sé tú, pero yo me quedaría aquí esperando para ver cómo es morirse de hambre.
- Puedo ver perfectamente lo que ocurre fuera, gracias. -Respondió enfadada.- Y si tú quieres pasear por unas calles llenas de muertos vivientes en dirección a ningún lugar te deseo suerte. Por lo que a mí respecta no veo ningún motivo para pensar que el gobierno, el ejército o un equipo de salvamento no terminarán llegando. Tras los muros de la escuela estamos seguros y tenemos un lugar donde puedan encontrarnos. Además, esos niños son responsabilidad mía ahora.
Frunció el ceño fulminándome con la mirada… me pareció que estaba empezando a caerle mal, cosa que solía pasarme a menudo, aunque normalmente solo después de intentar meterles mano o intentar comprar sus favores con dinero. Deformación profesional.
-Los resucitados de la valla los has atraído tú al llegar anoche... pero se acabarán dispersando cuando otra cosa llame su atención.
-Entonces esperaré en el despacho a que se dispersen. –Dije secamente marchándome de allí; no tenía ganas de recibir una reprimenda por cosas que no dependían de mi, y si aquella zorrita no se andaba con cuidado iba a tener problemas conmigo… el único motivo por el que la soportaba era porque no me resultaba molesta, pero como eso cambiara se iba a enterar de quien era el “Charli”.
Entré al despacho y me senté en la silla del director. Incliné el respaldo hacia atrás todo lo posible, ya que cuando estaba tumbado la cabeza me dolía menos, y cerré los ojos para descansar un poco.
Todo iría bien, en unas horas los muertos se habrían dispersado y podría coger un coche. Saldría de la ciudad con un pastón en las manos y me refugiaría en la casa de campo de mi tía hasta que todo pasara. Luego, cuando el mundo recuperara el sentido, la policía tendría mejores cosas de qué ocuparse que de averiguar de donde había salido todo mi dinero.
Mientras seguía dormitando y pensando en mis cosas, alguien llamó tímidamente a la puerta. Volví a poner recto el respaldo, solo para adoptar una pose más respetable, y sentí un pinchazo en la parte trasera de la cabeza debido al rápido movimiento.
-Soy yo. –Dijo Irene entrando.- Mira, creo que te debo una disculpa… seguramente te resbalaste porque yo puse aceite en la valla. Tenía miedo de que los resucitados intentaran trepar por ellas. Afortunadamente no parecen capaces de coordinar sus movimientos lo bastante bien como para eso, ¿no?
Aunque se quedó esperando una respuesta por mi parte, seguramente diciendo que la perdonaba, no dije nada. La verdad era que sus lamentos me resultaban cansinos… pero, por otra parte, me di cuenta de que quizá ella fuera la última persona con la que hablara en mucho tiempo, así que a lo mejor no era una pérdida de tiempo responder.
-No pasa nada, lo hiciste para protegerte. –La disculpé amablemente.
-Mira, no pueden tardar mucho en llegar. -Añadió ella.- Se que la cosa pinta mal, pero los militares evacuaron a la mayoría a las zonas seguras, ahora solo es cuestión de esperar lo que tarden en ir recuperando la ciudad. Estoy segura de que todo se habrá solucionado pronto.
-Es posible. –Asentí por no discutir.
-Supongo que puedo devolverte esto. –Dijo entregándome mi arma.- Te la quité por prevención, pero no pareces un saqueador, esos suelen venir en grupos. ¿Es tuyo el coche ese que hay ahí fuera estrellado? Ayer no estaba y anoche escuché ruidos, por eso salí y te vi... ¿a dónde ibas? ¿A la zona segura?
- Gracias – dije guardándome el arma... casi me había olvidado de ella, ¿sería por el golpe en la cabeza?- Sí, es mi coche, iba buscando la zona segura cuando me rodearon y tuve que continuar a pie. Ahora, si no te importa, voy a descansar un poco. Todavía me duele la cabeza.
-Oh, sí, claro. –Dijo ella un poco apurada retrocediendo hasta la puerta.
-Despiértame si llegan los buenos a rescatarnos. –Apuntillé sin poder evitar el sarcasmo mientras cerraba la puerta.
Parece ser que estar inconsciente no es lo mismo que estar durmiendo, porque de repente me sentí agotado, tanto que cuando me volví a recostar acabé cayendo rendido en seguida.

Al despertarme apenas entraba luz por la ventana del despacho... tenía que haber dormido durante todo el día. El dolor de cabeza había remitido bastante y me encontraba mucho mejor, más lúcido y, sobre todo, con mucha hambre, y es que no había comido nada desde el día anterior.
Los buenos no habían venido a rescatarnos, pero la horda de muertos vivientes que forcejeaba por entrar en la escuela se había calmado un poco. Seguía habiendo muchos de ellos, pero ya no luchaban en vano por atravesar la valla, solo daban vueltas por la calle. Me imaginé que algo debió haberles distraído y se habían olvidado de mí, lo cual era una buena señal. A lo mejor no esa noche, pero al día siguiente podría continuar con mi camino.
Me levanté y me dirigí al comedor; allí los niños ya estaban cenando, con Irene ayudándoles a cortar unos nada desdeñables trozos de carne asada.
-¡Vaya! Por fin has despertado. –Dijo la profesora al verme.- Empezaba a preocuparme... los golpes en la cabeza son peligrosos. He visto por la ventana que la mayoría de los resucitados se han dispersado, algo debe haberles distraído, ¿qué piensas hacer?
-Si no te importa me gustaría comer algo con vosotros. –Dije sentándome a su lado, dispuesto a seguir con el paripé.- Creo que también debería darte las gracias por rescatarme y meterme aquí dentro, ahora me encuentro mucho mejor.
-No hace falta que me des las gracias... técnicamente el golpe ha sido culpa mía. –Respondió ella con una sonrisa.
La cena no era muy variada, tan solo había unos correosos trozos de carne cocinados con más bien poca gracia que no entendía cómo se habían conservado frescos después de tanto tiempo sin refrigeración. De todas formas, con el hambre que arrastrabas casi me pareció un manjar al probarla.
-Da gusto tener otro adulto por aquí, con los críos no hay muchos temas de conversación. Y los muertos vivientes no creo que sea el más apropiado... al principio fue bastante duro, lloraban y echaban de menos a sus padres, pero son más fuertes de lo que parecen. ¡No tiréis la comida!
Al terminar de cenar habían empezado a tirarse trozos de carne entre ellos, lo cual no era muy sensato, dado que las reservas de comida no son eternas... pero los críos eran así de irresponsables.
Al grito de su profesora se detuvieron y se contentaron con hacerse burlas entre ellos.
-No puedes dejar de prestarles atención un segundo... –Se lamentó.- Entonces, ¿tan mal está la cosa? En las últimas noticias que dieron antes de que se cortara la electricidad decían que una vez reforzadas las zonas seguras los militares irían limpiando las ciudades de esos resucitados, pero eso fue hace más de dos semanas y por aquí no ha pasado nadie aún. ¿Sabes si están intentando limpiar alguna otra zona de la ciudad? Supongo que al estar la zona segura en la otra punta estarán tardando más en llegar hasta aquí, ¿no?
-Si te soy sincero no tengo ni idea. –Le respondí un poco cansado del tema, entendía que quisiera hablar de ello, estar dos semanas rodeada de niños sin saber qué pasaba fuera tenía que ser difícil pero, ¿acaso no se daba cuenta de que yo no sabía más que ella?
- Oh… oye, voy a ir acostando a los críos. No sé si tendrás sueño después de haber dormido todo el día, pero en el gimnasio tienes colchonetas de sobra para montarte una cama donde quieras. –Me dijo antes de ponerse en pie.
Lo cierto era que no tenía mucho sueño después del porrón de horas que había dormido pero, ¿qué otra cosa tenía que hacer allí salvo esperar?
-Los niños ya parecen capaces de dormir tranquilamente ellos solos... puede que esta noche me instale en el sofá de la secretaría, que es más cómodo que unas colchonetas. –Dijo mientras se marchaba del comedor seguida de los niños, dejándome terminar la cena solo.
Me entretuve intentando adivinar de qué era la carne que estaba cenando hasta que, al cabo de un rato regresó.
-Han caído rendidos rápido, por suerte. -Dijo sentándose en una silla frente a mí.- ¿Sabes? El jefe de estudios tenía una botella de ginebra en uno de sus cajones...
-Vaya, eso sí que suena interesante. –Exclamé realmente interesado… un buen trago era lo que estaba necesitando.- ¿Te parece que vayamos a buscarla?
Ella asintió y cogió unos vasos antes de que volviéramos al despacho del director. Sentándose en la silla donde había dormido hasta un rato antes, abrió uno de los cajones de la mesa y sacó de ella una botella de ginebra medio vacía.
-Siempre creí que el director y Sara, la de matemáticas, se montaban aquí sus fiestecitas después de clase. –Dijo sonriendo mientras servía un buen chorro en cada vaso; luego agarró el suyo y lo levantó para brindar.- Por la compañía con la que se puede hablar de algo distinto de Bob Esponja y Dora la Exploradora.
-Por la compañía- Brindé con ella bebiendo un largo trago de aquel glorioso líquido- Bueno ¿cómo te iba antes de todo esto?
Al tragar la bebida ella hizo una mueca como si se abrasara.
-Pues... yo diría que no muy bien, pero tal y como están las cosas me parece mal quejarme. -Respondió sirviendo de nuevo bebida en los dos vasos.- Doy... o daba clases de educación física aquí, en este colegio. Vivía de alquiler en el centro y no me hablaba con mis padres. Ahora llevo semanas atrincherada dentro de este colegio haciendo de madre de cinco niños que probablemente sean huérfanos.
Dio un largo trago a su vaso, pero aquella vez no pareció afectarle como antes.
-¿Y tú a qué te dedicabas antes de que pasara todo esto?
Di otro trago a mi baso mientras pensaba una mentira que resultara plausible, pues no me parecía prudente contarle lo que hacía en realidad… ¿o qué diablos? ¿Por qué tenía que resultar plausible? ¿Acaso tenía forma de averiguar la verdad? Por una noche sería quien quisiera ser.
- Tenía una sociedad de inversión, era algo así como un tiburón de las finanzas, al menos hasta que empezó la crisis. Hace años que no sé nada de mi familia y nunca he tenido muchos amigos. Vaya vida, ¿eh?
-Sí, cuando parece que no se puede poner peor, ¡Invasión de muertos vivientes! Como si esto fuera una mala película de serie B. -Tras beberse otro vaso más de ginebra empiezo a achisparse visiblemente.- Dios... ¿cuánta gente debe haber muerto? Oí que en China el propio gobierno bombardeó sus ciudades cuando se vieron completamente invadidos. Menos mal que el ejército no ha hecho esto aquí, si no estaríamos fritos.
-Pues sí, ¿qué crees que pasará ahora? -Pregunté rellenándome el vaso… qué bien me estaba sentando la ginebra, tanto para dolor de cabeza como para levantar un poco el espíritu.- ¿De verdad crees que todo se arreglará?
Dio un profundo suspiro y otro trago al vaso antes de contestar.
-Espero que si... se supone que los militares irán recuperando terreno desde la zona segura hasta limpiar toda la ciudad. Pero no sé, escuché que algunas zonas seguras habían caído, pero son militares, joder, seguro que saben lo que se hacen. Lo único que puedo hacer yo es esperar a que nos rescaten. Por suerte esos seres no pueden entrar aquí.
Dirigió su mirada a la ventana del despacho, desde ella se podía ver un trozo de patio y los firmes barrotes de la valla del colegio. Al otro lado de ellos, algunos muertos se tambaleaban arrastrando sus cuerpos putrefactos de un lado a otro sin un rumbo fijo.
-Cuesta creer que hasta hace unos días eran personas normales haciendo su vida, y ahora...
Se quedó un rato pensativa, y finalmente volvió la vista hacia su vaso.
-Creo que ya he bebido suficiente por hoy, -Dijo dejando el recipiente sobre la mesa.-Mañana a las nueve de la mañana empezarán a despertarse los críos, y seguir durmiendo es imposible con ellos armando jaleo.
-Muy bien, te acompaño, creo que voy a montarme una cama en el gimnasio. –Dije levantándome de mi asiento con dificultad debido al alcohol.
Ella también estaba un poco achispada, porque al ponerse en pie se le cayó el vaso al suelo. No llegó a romperse, pero tuvo que agacharse a recogerlo, y cuando lo hizo no desaproveché la oportunidad de mirarle el culo.
Era un trasero pequeño, redondito, embutido en unos vaqueros que resultaba muy sexy… y la chica no debía tener ni veinticinco años, el mejor momento. ¿Estaría lo bastante borracha como para acostarse con un desconocido? ¿Importaba eso realmente? En las circunstancias en las que nos encontrábamos podría habérmela tirado contra su voluntad y nadie podría habérmelo impedido, después de todo tenía un arma, y hasta que el mundo se restaurara mi dinero no atraería a culitos como el suyo hasta mi puerta.
Sin embargo, fue uno de los niños el que me cortó el rollo apareciendo de repente por la puerta del despacho.
- Seño, tengo pis... –Dijo la niña que había ido a buscarla por el desayuno al comienzo del día, pero con un aspecto más somnoliento.
-¡Oh Jessica! –Exclamó Irene agotada agarrando a la niña de la mano.- Está bien... vamos. Dios, por favor, que se acabe esto de una vez.
Con el rabo entre las piernas cogí la botella de ginebra y le di un profundo trago antes de taparla y dejarla sobre la mesa. Luego me fui del despacho y busqué el gimnasio. Allí había un montón de colchonetas con las que podía construirme una cama en condiciones para pasar la noche. Aunque no tenía mucho sueño prefería intentar dormir para estar fresco durante la mañana al día siguiente, cuando intentaría salir de la ciudad de una vez por todas.
Tras colocar unas colchonetas para dormir sobre ellas me tumbé, comprobando que no iba a ser la noche más cómoda de mi vida, ya que eran muy finas y estaban algo duras… pero eran mejor que dormir en el suelo o volver a dormir en la silla del director y terminar con una contractura de cuello además de la herida de la cabeza.
Mientras intentaba quedarte dormido, pensando en lo que haría con mi pequeña fortuna una vez pudiera darle uso, vi que la puerta del gimnasio se abrió con cuidado, y por ella entró Irene, vestida tan solo con la camisa a modo de pijama y unos calcetines en los pies, con la botella de Ginebra en las manos. Sus delgadas piernas y el imaginarme lo que habría debajo de esa camisa fueron suficientes para volver a espabilarme rápidamente.
Cuando se acercó a mi percibí cierto nerviosismo en ella, pero también deseo en su mirada… no el deseo de las putas al ver el contenido de tu cartera cuando ésta está llena después de un buen golpe, sino del que sienta una mujer cuando te quiere por tu cuerpo.
- He pensado que, quizás, no te apetecería... bueno, pasar la noche solo... -El efecto del alcohol también era notable en ella, pero parecía lo bastante lúcida como para saber lo que quería.
-Y yo que pensaba que te caía mal. –Dije mostrándome interesado en su oferta e invitándola a subirse a mi colchoneta; cuando se sentó a mi lado, cruzando las piernas, pude ver sus braguitas debajo de la camisa… y comencé a notar que mis pantalones empezaban a apretarme.- Así que profesora de gimnasia, ¿eh?
Por sus constitución tenía claro que no mentía con su profesión, como había hecho yo, se notaba que ese cuerpo estaba ejercitado.
-No quiero engañarte.- Dijo tendiéndome la botella, a la que di un profundo trago.- No eres la pajera que escogería para esto en condiciones normales pero… ¡Joder! Llevo casi un mes encerrada aquí dentro con un grupo de niños, necesito echar un polvo.
-Completamente de acuerdo. –Asentí acercándome a ella y poniendo una mano sobre su muslo.- Nadie va a juzgarte por eso, eres una mujer adulta y tienes tus necesidades, como todos.
Sacó del bolsillo de la camisa un preservativo y me lo lanzó.
-Lo siento pero ya hay bastantes niños por aquí. –Exclamó, pero para compensarme comenzó a desabrocharse los botones de la camisa, hasta dejar sus pechos al descubierto.
Di otro trago a la ginebra antes de comenzar a bajarme los pantalones y ponerme en faena… aquella prometía ser una noche memorable.
“Quizá pueda cambiar mis planes” pensaba mientras la ayudaba a desnudarse del todo, “quizá pueda convencerla de que se venga conmigo, que pase de estos críos de mierda… podría acostumbrarme a esto”
Era una locura, ninguna persona decente abandonaría a unos niños, y ella ya había demostrado serlo quedándose con ellos desde un principio. También cabía la opción de raptarla, pero eso le quitaría la gracia al asunto… tendría que hacerme a la idea de que aquello solo iba a durar esa noche.

Me desperté aturdido, mareado, con resaca y, por alguna razón, amordazado, lo cual no tenía mucho sentido. Abrí los ojos y solo vi oscuridad a mí alrededor. Intenté moverme pero estaba también atado de pies y manos. Seguía desnudo, tal y como me encontraba cuando me dormí, pero en lugar de hacerlo sobre las colchonetas del gimnasio, lo estaba sobre una tabla rígida que me pareció de madera. Había un olor muy raro en el ambiente, como metálico, y se escuchaban unos gorjeos de origen desconocido.
Asustado, intenté soltarme por la fuerza, ya fuera rompiendo mis ligaduras o haciendo volcar la mesa, pero no conseguí ninguna de las dos cosas. Intenté gritar pidiendo ayuda, pero la mordaza no me dejaba emitir más que un ahogado sonido apenas audible a unos metros de distancia. Sin embargo, sentí algo moverse por los alrededores, lo que no hizo sino ponerme aún más nervioso.
Una vela se encendió, iluminando muy tenuemente la cara de Irene, que se acercaba hacia mí con un gesto muy serio, casi de pena, que resultaba bastante tétrico a la luz de la vela. Tenía manchas en la cara, como salpicaduras; aunque no podía distinguir color exacto sí me di cuenta de que eran más oscuras que su piel… lo que no pude ver hasta que dejo la vela en la misma mesa en la que me tenía atado era que esas mismas salpicaduras las tenía por todo el cuerpo, ya que estaba también completamente desnuda.
No sabía qué estaba pasando, pero todo aquello empezaba a darme mucho mal rollo…
-Antes que nada quiero que sepas que yo no soy así. –Dijo en un tono tan lastimoso que parecía a punto de echarse a llorar.- Yo era una persona normal, con unos padres a los que quería, aunque llevara tiempo sin hablar con ellos, un novio con el que esperaba tener una vida algún día, un trabajo que quizá no me encantara, pero me gustaba, y costumbres normales: ir al gimnasio, al cine, tomar café con mis amigas, salir a bailar los fines de semana, ir de compras…
No supe a qué venía eso, y como estaba amordazado tampoco pude preguntar. Volví a intentar soltarme, pero no había manera, estaba completamente atrapado… y ese maldito gorjeo que no cesaba me estaba sacando de quicio.
-Lo que quiero que entiendas es que no estoy loca, ¿vale? Si hago esto es solo y únicamente por necesidad. –Continuó.- No me gusta hacerlo, no disfruto haciéndolo, eso demuestra no estoy loca… solo, no tengo otra opción, los muertos vivientes no me han dado otra opción; la culpa es suya, yo no creé esta situación, ¡yo no quería esta situación!
Si antes había tenido miedo, lo que sentía en ese momento era mucho peor. ¿Qué pretendería hacer esa tarada? Por un momento me la imaginé cortándome la polla o algo así e instintivamente intenté cruzar las piernas, aunque me fue imposible porque estaba atado.
-Ojalá pudiera compensarte de alguna manera, lo digo de corazón. –Dijo acercándose a mi cara y acariciándomela.- Tendrás que conformarte con lo de anoche.
Movió la mano y vi que estaba sujetando un cuchillo, un cuchillo de carnicero de un tamaño considerable que tenía manchas secas de sangre por todo el filo. Supongo que no es difícil entender que mi reacción fuera chillar como una adolescente histérica al imaginar lo que iba a hacerme.
-Si hubieras venido unos días antes a lo mejor no tendría que hacerlo, pero el otro está agotado. –Dijo señalando a un lado, a una mesa como en la que yo estaba atado que no había podido ver hasta que mis ojos se hicieron a la oscuridad.
En ella se encontraba el cuerpo de otra persona empapado en sangre. Le faltaban los brazos y las piernas, que habían sido cortados torpemente, y las heridas habían sido cauterizadas con fuego. La boca de ese pobre desgraciado era la que emitía el inquietante gorjeo… todavía estaba vivo, esa zorra loca le había mutilado salvajemente pero, pese a todo seguía con vida.
De repente caí en la cuenta de qué era la carne que había cenado la noche anterior… la misma carne que les había dado de cenar a los niños. Me imaginé que, a falta de refrigeración, la mejor forma de mantener la carne en condiciones era con el individuo vivo todo el tiempo posible.
Viendo lo que me esperaba sentí un sudor frío caerme por la frente. No podía ser, no podía creer que me encontrara en esa situación, que todo fuera a acabar así. No podía creer que una loca desquiciada de veinte años quisiera descuartizarme y comerme… era de locos.
-Siento que tengas que pasar por esto, pero los niños necesitan comer. –Dijo agarrando el cuchillo con la mano derecha y mi brazo con la izquierda.
Mientras el filo se acercaba a mi carne solo pude lanzar un grito que se quedaría enquistado en la mordaza.


Última edición por Belthazor el Jue, 16 May 2013, 14:04, editado 1 vez en total
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