Review 4×02 – Infected

Tras romper la barrera de los 16 millones de audiencia con la vuelta de los zombies, servidora no entendía como la evolución de una serie visceral y angustiosa podía haber derivado en el “construye tu propia granja” que nos mostró el 4×01. Pero antes de que rueden cabezas mi excepticismo merecía una segunda oportunidad. Y este segundo episodio me ha devuelto un poco la fe en los lunes. Gracias al don de esta serie para engancharnos y mantenernos a la espera con sus últimos 10 minutos, nos echamos la ballesta al hombro y nos preparamos para un capítulo que ya se presentaba con tensión la semana pasada tras un arranque que me supo a poco.

Empezamos bien. Justo después de mi desayuno me regalan una escena que siembra la sospecha y revuelve mi estómago: alguien de dentro está alimentando a los caminantes a base de ratas. Puede que no sea un manjar, pero la voz se ha corrido y nuevos amiguitos no-muertos se acercan al buffet. La valla se empieza a llenar, esta vez con ayuda.

Pero no nos adelantemos y volvamos justo donde lo dejamos el capítulo anterior… Tyreese y su chica nos acercan a lo difícil que resulta conectar con alguien sabiendo que en cualquier momento puede convertirse en un puñado de intestinos con mucho apetito. Tras una visita al baño antes de acostarse, la armonía nos dura poco y vemos a nuestro recién resucitado Patrick echando la quiniela sobre a quien se va a comer esta noche. La tensión se traslada al Bloque D y el festín nocturno empieza en silencio ante la impasividad del resto.

Un nuevo día amanece para el resto de habitantes del Hotel Prisión, quienes ajenos a todo lo que está ocurriendo dentro comienzan sus labores: Rick sigue siendo un humilde granjero, Glen y Magie hacen sesión de fotos tiernas matutina y Michonne se despide al galope. Pero un grito desesperado desde el bloque de celdas les avisa de que algo no va bien.

Empieza lo bueno. Cuchillos en mano la cuadrilla de hombres se adentra en el foco de la infección y se ponen manos a la obra. Sin apegos emocionales saben perfectamente lo que tienen que hacer y no se lo piensan dos veces antes de atravesarle el cráneo a sus (hasta entonces) compañeros de barbacoa. Los que han sobrevivido (inexplicablemente, poniéndose a dar vueltas a gritos y sin intención de defenderse) se hacen a un lado y dejan al equipo de CSI analizar la escena. Hersel, Daryl, Rick y Bob Stookey encuentran al paciente cero y deducen lo que ha ocurrido: un nuevo virus les acecha, y en forma de mucosidad y hemorragias nasales puede acabar con cualquiera (véase el ejemplo del niño sonámbulo y la que ha liado).

Dicho de otra forma, en un mundo post apocalíptico donde las medicinas son los nuevos diamantes y las condiciones algo precarias, los anticuerpos no están muy a la orden del día y un simple catarro puede sacar tu zombie interior.

Pero por si la matanza no fuera poco, Carol descubre que la amputación es inútil en el padre de familia que ha sido mordido, y tras la promesa de mantener y cuidar de sus dos pequeñas, toca el último adiós. Entre flechas y hordas casi se nos había olvidado lo que era dar el golpe de gracia (atravesar el cerebro, así en bruto) a alguien cercano que sabe lo que se le viene encima. Unas niñas sin infancia que tienen que aprender la diferencia entre una persona viva y un caminante.

Otro de los problemas de ser un grupo tan grande es la guardería que llevas a cuestas. Un grupo de hormonados adolescentes en potencia que les pone nombre a sus zombies preferidos y que, pese a aprenderse la teoría de las armas, no llega a entender su uso práctico. Parece que aquí nadie entiende que la supervivencia tiene que ser una de las primeras lecciones que aprendan, antes casi de quitarse el chupete.

El consejo de sabios se reúne y decide mantener separados a aquellos en contacto directo con la epidemia, hasta que encuentren una forma de ponerle remedio. Observo para sorpresa mía que Rick no se encuentra entre los que parten el bacalao y la explicación viene después. El sheriff se ha quitado el sombrero y la pipa porque no se ve capacitado para tomar decisiones (lógico por otro lado, después de convertirse en Hitler y alucinar con teléfonos). Pero lo que él no sabe es que el deber está a punto de llamarle.

Aun con el susto en el cuerpo y sabiendo que su zona de seguridad no se libra de los virus, el caos llama a la puerta desde fuera. Los zombies reclaman la merienda y se agolpan en una endeble valla que está a punto de ceder.

Momentos de angustia cuando parece que se les vienen encima unos cuantos cuerpos en descomposición con mucho apetito. En medio de un sobreprotector Glenn, la vuelta desesperada de Michonne con algún traspiés, y el descubrimiento inquietante de que alguien está preparando menús para llevar, a Rick se le enciende una bombilla y se pone manos a la obra. A veces lo que es necesario no es lo que queremos, y nuestro sheriff se pone al mando sacrificando su sueño de granjero para darles al resto una tregua y así salvar la única valla que los separa de los caníbales putrefactos.

Subido encima de un camión, Rick ofrece a los cerditos en un intento desesperado por distraer la atención de los zombies. Una comida que mantendría a los suyos durante mucho tiempo, una apuesta por el autoconsumo y la vida tranquila de campo, que se esfuma en cuestión de segundos. Cortando a los pequeños animales para presentarlos más jugosos, Rick parece darse cuenta de que lo que estaba intentando era una mera utopía. Ilusionado con la posibilidad de dejar todo ese salvajismo a un lado, su burbuja se rompe a base de salpicaduras de sangre de aquello que había estado intentando sacar adelante. La supervivencia tiene sacrificios y él no ha nacido para la vida pasiva.

Una de las escenas con más significado del episodio que hacen que Rick y su retoño se colocan de nuevo las armas: los chungos del lugar han vuelto. No pueden bajar la guardia y esperar que el mundo se convierta en algo seguro. Han aprendido a la fuerza que todos deben estar preparados para luchar y enfrentarse a la muerte, porque nunca saben dónde puede aparecer esta para intentar comérselos.

Y llegamos a la recta final que nos ofrece dos descubrimientos. El primero, un conmovedor momento en el que vemos a una Michonne que baja la guardia. Con un bebé en sus brazos, la letal ninja nos enseña que tiene un corazoncito que aún se sorprende por la humanidad que muestran sus amigos. El segundo nos deja helados. Alguien de dentro ha decidido cortar por lo sano con la epidemia interna y ha arrastrado y calcinado a aquellos que habían sido puestos en cuarentena tras mostrar síntomas. Y es que cuando alguien te muestra una escena sensible (el comienzo con Tyreese) no hay que fiarse mucho, porque los humanos ya no son lo que eran.

Tienen entre sus filas un alma solitaria que no dudará en llevarse por delante a quien sea necesario con tal de mantener la seguridad de la Prisión. ¿Tendrá algo que ver con el chef de las ratas? ¿Se ha cambiado la infección por un psicópata en potencia, o realmente la protección del grupo es lo primero? ¿Aguantará la valla otro capítulo, o tocará mover el campamento?

Por fin volvemos a ver la esencia de The Walking Dead, una serie que deja los sombreros de paja y se enfunda el revolver para abrir frentes que nos mantengan atentos ante cualquier caminante.

Toca esperar una semana más, pero recuerda que puedes quitarte el mono comentando en el foro si eres más de ballestas o de katanas.

Escrito por @Requiemxelcine

@Requiemxelcine

Serieadicta preparada para el apocalipsis.
Entre caminantes se deja caer por su blog personal Requiem por el Cine y la revista digital Frikimalismo. Si la quieres en tu grupo de supervivientes puedes encontrarla en Facebook y Twitter.

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